1991. Marzo, 6. ALA / El Universal: La encrucijada de la corrupción

La encrucijada de la corrupción
Recorte de El Universal del 6 de marzo de 1991, donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

La encrucijada de la corrupcíon

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 6 de marzo de 1991.

 

El drama de la corrupción, que ha invadido todos los sectores sociales y concretamente el de la dirigencia política, es tan grave y doloroso para el país que me cuesta referirme a él. He evitado valerme del tema en el debate político porque sé lo lesivo que es para la comunidad; además, he observado que la opinión púbica tiende a caer más y más en un peligroso escepticismo, porque piensa que quienes atacan la corrupción, con frecuencia lo hacen para denunciar a otros y tapar su propia tolda, y que las denuncias nunca quedan en nada, salvo algunos raros casos en que se logra comprobar hechos dolosos por acusación o infidencia de personas que estuvieron mezcladas en su realización.

En días pasados, sin embargo, en una visita a San Juan de Los Morros no pude dejar de referirme al asunto. El ambiente prácticamente lo reclamaba. No hablé en función de denunciante, sino de miembro y fundador de un partido lesionado por el mal endémico. Reconocí que él no ha sido inmune a la corrupción; y expresé que me erizo cada vez que oigo rumores de que se adoptan posiciones acomodaticias por el interés que algunos tienen en determinadas operaciones o en contratos de obras con el sector público.

Ante estas palabras, pronunciadas en la casa de Copei, podían caber dos actitudes: o preocuparse seriamente y disponerse a hacer las averiguaciones pertinentes por si fuere posible aplicar medidas correctivas; o tomar la pose farisaica de supuestos portavoces de la honestidad para increparme en forma agresiva y hasta grosera, demandando que se formalicen y personalicen denuncias y se ocurra ante los tribunales, so pena de ser considerado encubridor e irresponsable.

Es lo mismo de siempre. La gente se da cuenta de que las respuestas conminatorias sólo buscan dejar las cosas como van. Yo usé la palabra rumor, que según el diccionario de la Real Academia es «voz que corre entre el público», y estoy absolutamente convencido de que los rumores que yo he escuchado los han escuchado también esos que han pretendido conminarme. De no ser ciertos, lo que procedería sería demostrar su falsedad. Ello es más necesario si hay quienes ostentan un nivel de vida que no corresponde a los ingresos que se les conocen. Pensar en denuncias judiciales sería ingenuo. El doctor Jesús Petit Da Costa , quien estuvo durante cinco años en el Consejo de la Judicatura, acaba de escribir en El Universal: «El sistema judicial no se ha ideado y concebido para impartir justicia, sino para negarla. Es un sistema diabólico construido para que la justicia se extravíe por los vericuetos de la leguleyería».

Si algunos voceros del cogollito de mi partido adoptaron la actitud referida, en Acción Democrática no se resignaron a no sacar provecho. Saltaron jubilosos a decir que pedirán en el Congreso una investigación. Su propósito era evidentemente señalar que si connotados dirigentes de su tolda han sido acusados de corrupción, ellos no son los únicos corruptos. Triste argumento, cuyo solo efecto es acentuar en el ambiente la mala imagen de la dirigencia política.

Si ambos partidos tuvieran en verdad el propósito de averiguar lo que haya de cierto en el rumor público, podrían dotar a la Fiscalía General y a la Contraloría General de la República de recursos suficientes para que, a través de funcionarios imparciales, examinaran los contratos otorgados en los últimos años por organismos administrativos e investigaran las actividades de los contratistas y sus relaciones con dirigentes políticos. Pero ya se sabe que esto no lo harán. Todo quedará en nada.

Sin embargo, debería al menos pensarse en medidas que para el futuro hagan menos fácil el abuso que corrientemente se practica, que comienza por pedir al contratista un porcentaje para el financiamiento del partido y termina por asegurar una tajada personal a los representantes de los mismos; cosa que nunca se logrará probar porque el mismo origen ilícito de los fondos hace casi imposible la investigación.

La Ley de Licitaciones, si se lograra aplicar en su espíritu y en toda su plena intención, podría ayudar en algo. Pero también podrían contribuir algunas medidas que pueden considerarse en una próxima enmienda constitucional. Tengo el propósito de llevarlos al seno de la comisión bicameral que estudia las posibles mejoras a la Carta. Uno se refiere al artículo 114, que trata de los partidos políticos; porque se ha planteado en el seno de la comisión la conveniencia de precisarlo mejor para hacer más «transparente» su funcionamiento. ¿Por qué no prohibir a sus dirigentes participar directa o indirectamente en empresas que contraten con entidades del sector público? Otra medida sería la de ampliar el artículo 124, cuyo análisis ha sido planteado también. Se puede establecer que nadie que esté al servicio de la República, de los estados, de los municipios y demás personas de derecho público podrá tener participación directa o indirecta en empresas que contraten con ellas, e igualmente podría ampliarse el artículo 160, especificando que quienes contraten  con los entes públicos pueden ser sometidos a investigación en cuanto al destino de los fondos percibidos por esos contratos.

Quizás argumenten que aun esto sería inútil. Que por severas que sean las leyes, siempre encontrarán cómo evadirlas los que están dispuestos a incumplirlas. Pero por lo menos se haría más difícil y riesgoso para ellos continuar una práctica viciosa que tanto daño le está haciendo a la vida institucional de la República.

Por lo demás, todo el mundo sabe que lo que dije en el Guárico, dolorosamente, es verdad. Esos rumores existen y no están confinados a pocas personas. El viejo adagio procesal de «público y notorio» se escucha con frecuencia. Ojalá estemos sinceramente dispuestos a luchar para erradicar el mal. Declaraciones recientes del presidente de Copei, Hilarión Cardozo, hacen pensar que hay la intención de moverse en ese sentido. Sinceramente lo deseo.

1991. Marzo, 20. ALA / El Universal: Un nuevo Paraguay

Rafael Caldera en Paraguay
Rafael Caldera junto al presidente de Paraguay, general Andrés Rodríguez Pedotti, en Asunción el 15 de marzo de 1991.

Un nuevo Paraguay

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 20 de marzo de 1991.

 

Acabo de hacer un rápido viaje a la Argentina y al Paraguay. En Buenos Aires participé en el V Coloquio Europa-América Latina, dedicado esta vez a rendir homenaje a un ilustre internacionalista argentino, Juan Carlos Puig, que en Venezuela durante doce años enseñó en las universidades y contribuyó en forma sobresaliente a impulsar el Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Universidad Simón Bolívar. Fue un justiciero reconocimiento a un intelectual y demócrata de valor excepcional. Se inició el coloquio en el Senado de la nación argentina y continuó en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires.

Al Paraguay fui invitado por el pequeño pero importante Partido Demócrata Cristiano, con el motivo central de dictar una conferencia sobre la Constitución de Venezuela. Allá están iniciando una nueva etapa de vida política y se considera necesaria la convocatoria de una Constituyente. El golpe de Estado de febrero de 1989 declaró simplemente vacante la jefatura del Estado, la cual se suplió, conforme a la Constitución vigente, llamando a elecciones para completar el último período iniciado por el general Strossner en 1988. La Constituyente, pues, habrá de adaptarse al procedimiento de la Constitución «stronista», lo que supone ciertas complicaciones.

El ambiente que encontré en Paraguay fue, en general, optimista. Hay preocupación, naturalmente, sobre la marcha de la democracia y sobre el futuro de la nación; pero el ánimo colectivo es muy distinto del que había cuando fui por vez primera, en las postrimerías del régimen stronista, a dictar en la Universidad Católica una conferencia sobre la encíclica papal de 1987, en medio de gran expectación y ante una impresionante concurrencia. No faltaba entonces gente con valerosa voluntad de lucha, pero las esperanzas eran remotas en cuanto al fin de la dictadura. Ahora predomina la aspiración común de que la libertad recuperada y la democracia conquistada marchen firmemente hacia su consolidación y superación progresiva.

Esta vez visité al jefe de Estado, con quien mantuve una larga y franca conversación. El general Rodríguez, que movió la palanca decisiva para defenestrar al autócrata, se está manejando en tal manera que le resulta fácil convencer a sus interlocutores de la sinceridad de su propósito de mantenerse decididamente en la vía democrática. Una cuestión crucial es la de si aspirará o no a la reelección, al concluir en 1993 el período presidencial que inició Strossner y que él asumió cuando lo declara cesante las Fuerzas Armadas. Rodríguez, con llaneza que produce el efecto de que realmente piensa lo que dice, a pesar de que en su entorno puede haber quien desee lo contrario, manifiesta que no quiere prolongar por un mandato más su presidencia y ve con simpatía la institución de la senaduría vitalicia, establecida en Venezuela como en Italia desde 1948 y en el Perú desde 1980.

Las entrevistas que sostuve con otras personalidades, como el ministro de Relaciones Exteriores, Alexis Frutos (hijo de un distinguido político, recientemente fallecido, que fue durante algunos años embajador en Venezuela) y el de Justicia y Trabajo, Hugo Estigarribia (relacionado familiarmente con el Mariscal Estigarribia, héroe de la Guerra del Chaco), el nuevo arzobispo de Asunción, monseñor Benites (su predecesor monseñor Rolón, ahora Arzobispo Emérito, conserva una gran autoridad en el país); el vicepresidente de la Corte Suprema de Justicia (antiguo presidente del Partido Demócrata Cristiano y profesor en la Universidad Central de Venezuela durante su exilio, Jerónimo Irala Burgos), armoniosamente coincidían en el vehemente deseo de impulsar la marcha de la institucionalidad democrática, enfrentando los numerosos y agudos problemas que envuelve toda transición y que, paradójicamente, se hacen más difíciles de resolver cuando la transición es pacífica (si no que lo digan los chilenos).

El Partido Demócrata Cristiano, presidido ahora por Angel José Burró, y entre cuyos dirigentes se encuentran personas de probada vocación democrática, como Luis Alfonso Resk, Luis Andrada Nogues, Jorge Darío Cristaldo, José María Bonín y muchos otros, tomó la iniciativa de iniciar el debate cívico sobre la materia constitucional. Al acto en el cual pronuncié mi conferencia sobre los antecedentes, realidad actual y perspectivas de la Constitución venezolana, asistieron dentro de un público muy numeroso, algunas de las personalidades que he mencionado arriba, más el presidente de la Cámara de Diputados, el del Colegio de Abogados, algunos senadores y diputados, el secretario general de la Presidencia de la República y otras distinguidas figuras de la vida paraguaya.

Mi recomendación, por supuesto, fue la de que se esforzaran en dictar su nueva Constitución dentro del mayor consenso nacional. Para mí, la característica fundamental de la nuestra es precisamente esa: la de haber obtenido el mayor y más ancho consenso, con un poder constituyente representativo de las más variadas concepciones y tendencias políticas. El Paraguay necesita una carta que defina todo lo fundamental presente y futuro, pero sin excederse en una prolija y detallada regulación que haría difícil la dinámica política y llegaría a estar en creciente desajuste con las realidades sociales. En la opción entre la reforma general y las enmiendas parciales que ofrece la Constitución de 1967, hay una tendencia abrumadora a favor de una reforma general, con lo que, como para nosotros en 1961, desaparecerá hasta el recuerdo de la anterior horma de hierro del régimen dictatorial y la nueva Carta servirá de punto de partida definitivo del nuevo Estado de Derecho.

Fácil me fue expresar la simpatía de los venezolanos por el nuevo Paraguay que se inicia. El afecto de pueblo a pueblo es de siempre, y su nuevo camino refuerza nuestra vinculación. Traje mucha fe en el éxito de este trascendental experimento. Ya, de por sí, el cambio de régimen abrió a ese país las puertas de la integración latinoamericana: en este mismo mes se suscribirá en Asunción el Tratado de «Merca-Sur», que conducirá a la realización de un mercado común entre el Brasil y los países del Plata (Argentina, Uruguay y Paraguay). Las ratificaciones se depositarán en la cancillería paraguaya, convertida así en celadora del compromiso subregional.

No quiero concluir sin referirme a dos contactos muy especiales que tuve fuera del programa original. Uno con la Juventud Demócrata Cristiana: la encontré llena de generosidad, de anhelo de servir, de voluntad de estudio, de propósito de defender denodadamente los principios que inspiran el pensamiento democristiano. Recibí de ella un gran afecto y creo que, modestamente, a mi vez pude sentir que llegó a su corazón la voz de mi experiencia y el mensaje de aliento. El otro contacto fue con los dirigentes de un vasto movimiento, de sentido claramente apostólico, que reúne a un importante número de grupos laicos inspirados en la doctrina social de la Iglesia Católica. Su preocupación por los problemas sociales está rectamente orientada y constantemente mantenida; guiados por las exhortaciones del actual Pontífice, no tienen prejuicios contra la acción política noblemente inspirada, sin excluir la que emprendan quienes militen o hayan militado dentro de ellos, pero tampoco pretenden deformar su movimiento sacándolo de su campo específico e introduciéndolo en el escabroso terreno del quehacer político.

Estos son algunos, entre muchos, de los signos de esperanza que encontré en el nuevo Paraguay. Era la pieza que faltaba para armar el rompecabezas de la democracia suramericana, y a fe mía, que si las cosas avanzan como se espera, puede llegar a ser una pieza que, brillando con luz propia, sirva en no pocos aspectos como ejemplo para el conjunto continental.

1991. Abril, 3. ALA / El Universal: La Gran Sabana

Pedro León Zapata dibuja a Rafael Caldera en la Gran Sabana
Zapatazo del 1 de abril de 1997, en el que el caricaturista Pedro León Zapata hace referencia a los consecuentes viajes de Rafael Caldera a la Gran Sabana en tiempos de Semana Santa.

La Gran Sabana

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 3 de abril de 1991.

 

Vengo de pasar la Semana Santa con mi familia, como todos los años, en la Gran Sabana. Es incomparable la sensación que inducen en el espíritu, sustraído del incesante fragor de la ciudad, aquellas dilatadas extensiones, con sus valles y suaves colinas, ornadas por la majestad de sus tepuyes y arrulladas por la frescura de las aguas que por todas partes las cruzan. Un clima extraordinariamente benigno y una población dispuesta a la amistad hacen que los días transcurran velozmente y dejen en el alma el sabor de una armonía fecunda entre el ser humano y la naturaleza.

Kavanayén es una muy pequeña población construida por los indígenas bajo la conducción esforzada de unos misioneros increíblemente capaces de servir. El paisaje es arrobador. La misión, dedicada a Santa Teresita del Niño Jesús (eran los tiempos en que había más que fervor, amoroso entusiasmo por la dulce santa de Lisieux, canonizada en 1925), tiene una hermosa fachada de piedra, y de piedra se visten también las humildes casas de sus habitantes. Es una comunidad integrada; tiene, como toda comunidad humana, sus problemas, pero los resuelve pacíficamente.

La Gran Sabana es hoy un municipio autónomo. Tiene 46.000 kilómetros cuadrados, más del doble que los estados Miranda, Aragua y Carabobo juntos. De esa vasta superficie fluye el agua que por mil diferentes conductos y a través de impresionantes saltos va a reunirse al Caroní, donde la tecnología moderna y una ininterrumpida política del Estado democrático la hace producir energía para toda Venezuela.

La actividad oficial nunca ha faltado, pero no ha sido coherente ni continua. Ni suficiente tampoco. La carretera que la une con el resto del país estuvo muchos años haciéndose: fue en febrero de 1973, para realizar el histórico encuentro con el presidente del Brasil, cuando pude hacer por vía terrestre el completo recorrido en autobús, acompañado de los representantes diplomáticos acreditados. Entonces inauguré la estatua del Libertador en la Plaza Bolívar de Santa Elena, una residencia construida para que los altos dignatarios nacionales no tengan pretexto para no visitar la zona (de arquitectura cónsona con el ambiente y construcción modesta, pero confortable), y la pista de un nuevo aeropuerto, mejor y menos peligroso que el primitivo, aunque ya insuficiente, por lo que será seguramente reemplazado por otro que tendrá las condiciones requeridas por las nuevas realidades.

Rafael Caldera en la Gran Sabana en 1947
Rafael Caldera de visita en la misión de Santa Elena de Uairén, la Gran Sabana, durante la campaña presidencial de 1947.

Actualmente, la carretera está toda asfaltada hasta la frontera con Brasil. El compromiso que hicimos ambos presidentes fue el de completar la pavimentación, que empalmará a Brasilia con Caracas: Venezuela cumplió su parte, pero al lado de Brasil hay todavía largos trechos en condiciones poco satisfactorias. Edelca le da su mano a la sabana; el ministro Sucre Figarella consideró su mayor compromiso el asfaltado de la vía. Pedevesa ha ayudado en algunas iniciativas útiles.

El mantenimiento es una preocupación fundamental para el alcalde del municipio, electo por votación popular, Carlos Julio Massero, nacido en la sabana y casado con una hija del fundador, Lucas Fernández Peña. Sabe que la naturaleza es agresiva y que, si no estuvieran pendientes de cuidar las vías, quitar la maleza y promover la siembra de gramíneas en los bordes de la carretera, se correría el riesgo de perderla. Tiene muchos proyectos en marcha y ya, en un año, el resultado de su gestión se evidencia en variados aspectos. Santa Elena cobra una fisionomía cada vez más hermosa. Luce limpia y señalizada como cualquier ciudad importante y tal vez mejor que muchas de alto rango. Trabaja en perfecta armonía con el prefecto, almirante retirado Daniel Gámez Calcaño, quien decidió hace unos cuantos años irse a vivir a la sabana, con el obispo monseñor Mariano Gutiérrez y demás misioneros, y con los demás funcionarios del área.

En Santa Elena hay liceo y hospital. En las distintas misiones hay institutos de enseñanza; no solamente elemental, sino, en algunas, técnica metalúrgica y agrotécnica. El personal docente, laico y religioso, es graduado en normales institutos pedagógicos y universidades; he encontrado a indígenas que han hecho estudios de postgrado y enseñan a su propia gente. Me atrevería a afirmar que entre los habitantes de hasta cincuenta años de edad no existe el analfabetismo. Y no dejan de usar y cultivar su propio idioma como elemento que con orgullo guardan de su identidad étnica.

Rafael Caldera en la Gran Sabana 1972
Rafael Caldera, bañándose junto a sus hijos, durante una gira presidencial a la Gran Sabana, el 29 de marzo de 1972.

El problema principal es el de crear oportunidades de trabajo. Hasta ahora muchos se sostienen porque prestan servicios a entes públicos, bien en la educación, bien en las actividades de vigilancia y conservación de bosques y aguas o en otros menesteres. El indígena vivía tradicionalmente de sus pobres conucos; ha costado trabajo erradicar su costumbre de realizar quemas por todas las partes por donde se movía. Edelca ha tenido una estación experimental para ensayar los cultivos más convenientes. Pero no sé por qué no ha obtenido todo el resultado necesario. Cuando uno conoce la experiencia de la Sabana de Bogotá piensa que tal vez el cultivo de las flores podría ser una actividad productiva en lo económico y en oportunidades de trabajo: ésta y otras posibilidades habría que abordarlas de lleno.

El turismo debería ser la gran fuente de ingresos para la población indígena. Está aumentando en forma irregular la afluencia de turistas, y aparte las dificultades que plantea, produce daños ecológicos y perturbaciones ambientales. Durante mi administración fue declarada la sabana parque nacional (excluyendo áreas fronterizas por razones de seguridad). Ese parque nacional merece una ley especial, que coordine las necesidades y prospectivas de los núcleos poblados con la conservación del agua y de los suelos. En todos los países del mundo los parques nacionales los disfruta la población en general, pero se los atiende y regula cuidadosamente. Paradores turísticos en forma de churuatas, en los sitios más frecuentados, dotados de servicios sanitarios adecuados y atendidos por familias indígenas, serían de gran beneficio para todos.

Se ha creado una autoridad Gran Sabana, que está empezando sus tareas, las cuales requieren la coordinación de los veinte y tantos organismos oficiales que allí confluyen. Esa autoridad debería tener el nivel de un comisionado presidencial. Por lo demás, las Fuerzas Armadas cumplen un gran papel y prestan auxilios de toda índole. Tienen su sede principal en Luepa, La Ciudadela, donde está el Batallón de Infantería Mariano Montilla. El Monumento al Soldado Pionero, obra del finado escultor Santiago Poletto, rememora el esfuerzo que cumplió la ingeniería militar al participar en la construcción de la carretera. La Guardia Nacional cuida las fronteras: es importante que sus oficiales interpreten su responsabilidad sin arbitrariedades. En este orden de cosas, ha habido indudable progreso. El intercambio con los brasileños, que con frecuencia vienen del otro lado a visitar la sabana, se ha ido haciendo más natural y amigable.

Tendría tanto, tanto más que referir. Pero concluyo diciendo encarecidamente a mis lectores: no olviden que en la Gran Sabana tiene Venezuela una de las porciones terrestres más bellas del mundo. Cuidarla es nuestro deber; amarla, una necesidad; quien llega a conocerla no lo podrá evitar.

Rafael Caldera en la Semana Santa de 1998, la Gran Sabana.
Rafael Caldera junto a Alicia y dos de sus nietos, de visita en Kanavayén, en la Semana Santa de 1998.

1991. Abril, 17. ALA / El Universal: El japonés y la ley

El japonés y la ley
Recorte de El Universal del 17 de abril de 1991, donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

El japonés y la ley

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 17 de abril de 1991.

 

Con un despliegue digno de mejor noticia, los principales diarios abrieron sus primeras planas, a cuatro columnas, con la información de que un caballero japonés, de nombre Tacuya Nagami, director no presidente, de la empresa Kobe Steel, había arremetido en Nagoya, en un seminario celebrado con motivo de la reunión de directores del Banco Interamericano de Desarrollo, contra nuestra Ley Orgánica del Trabajo.

Según se informa, el señor Nagami dijo que esa ley «potencialmente atrasará y pondrá en dificultades al gobierno del presidente Pérez, en las reformas e implementación del programa general de reformas económicas, y particularmente en la necesaria política de privatización oficial». La nueva ley, según él, «es retrógrada y populista», «un retroceso frente al reto de los avances económicos desarrollados por la actual administración (sic)».

Dijo Nagami que «infortunadamente Venezuela sufre del típico síndrome latinoamericano de políticas populistas, un permanente intervencionismo burocrático (“a pesar de los esfuerzos de la administración actual, dominada por tecnócratas, por impulsar políticas económicas destinadas al desarrollo del país”), sindicatos con poderes dentro de las empresas y un sector privado protegido por políticas de sustitución de importaciones, factores éstos que impiden que Venezuela logre su verdadero potencial económico».

¡No dejó a salvo a nadie! Ni Fedecámaras, porque debemos suponerla vinculada a ese sector privado protegido por políticas de sustitución de importaciones, que a lo mejor se pregunta si Japón no inició su industrialización precisamente por la sustitución de importaciones, hasta que pudo ponerse de quién a quién con los industrializados de occidente. Por supuesto que me tocó también mi parte, ya que –dijo– «el síndrome se vuelve a presentar en 1989, con la introducción de una retrógrada Ley del Trabajo, instigada por un ex presidente». Menos mal que elogió las «amplias reservas en recursos naturales renovables y no renovables» de Venezuela, y reconoció «su estable democracia que cumple ya 30 años» (supuestamente esa democracia ha vivido por generación espontánea y no es mérito de nadie su existencia).

A la lectura de la información, cuya divulgación habría tenido que ser naturalmente la estampida de los potenciales inversionistas extranjeros de nuestro país, traté de indagar quién es el señor y cuál la situación de los trabajadores de su país, que le hacen considerar retrógrada y populista a la Ley Orgánica del Trabajo. Lo que hasta ahora sé es que tiene «vasta experiencia como inversionista extranjero en Venezuela», que su empresa está construyendo una planta de pellas en Guayana y que el nombre de la referida empresa ha aparecido alguna vez en comentarios relacionados con ese «intervencionismo burocrático» a que él hizo referencia, que por cierto nada tiene que ver con la legislación del trabajo. Por supuesto, como buenos inversionistas, los señores de la Kobe Steel disfrutan de materia prima barata, electricidad subsidiada y mano de obra modestamente remunerada. ¿Qué más pueden pedir?

Pero, ¿cuál es la situación laboral en Japón? Su intervención me llevó a revisar un material que recibí el año pasado, por conducto de la Embajada de Venezuela, del 5º. Congreso Regional Asiático en Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social celebrado en Tokio, en marzo de 1990. No me fue posible asistir a tan importante reunión –aun cuando lo deseaba vivamente–, pero tengo las ponencias y un material informativo adicional sobre salario, condiciones de trabajo y otros aspectos en el país de origen del señor Nagami.

Para 1986, en la ciudad de Tokio, el salario promedio mensual era de 364.631 yens, que al cambio actual, fluctuante alrededor de 135 yens por dólar, equivale a unos 2.700 dólares; a Bs. 55 por dólar llegaría a cerca de Bs. 150.000 por mes. A este salario se agrega un bono de verano y un bono de invierno, que equivalen más o menos a un 50% más, con lo que alcanza a más de Bs. 200.000 mensual. El promedio de horas de trabajo fue de 170,5 por mes, o sea 7,9 por día; y el número de días trabajados por mes, de 21,4. Desde 1980, la tasa de incremento salarial ha sido siempre superior a la tasa inflacionaria.

La ponencia nacional japonesa, del profesor F. Komiya para el Congreso Asiático, sobre los «procedimientos de despido y los beneficios a la terminación de la relación laboral» tiene cosas interesantes. Empieza por afirmar algo muy conocido, pero muy singular: que «la relación normal para los empleados claves en las compañías japonesas es el empleo vitalicio». «La expectativa de un empleo vitalicio en los empleados regulares está de hecho apoyada en la ley. Además de diversas previsiones legales, una regla que hace nulo el despido injustificado ha sido desarrollada por los tribunales, aplicando el principio de ‘abuso del derecho’ del Código Civil».

Las reglas laborales (shug-yo kisoku) han sido fuente de amplias interpretaciones. Los tribunales «han privado de efecto los despidos sin las justas causas estipuladas en los contratos colectivos. Ha anulado también los despidos hechos sin consulta a, o consentimiento del sindicato». «La Corte Suprema confirmó el criterio de los tribunales de que la renovación automática de los contratos por tiempo determinado los hace sustancialmente contratos de duración indeterminada». Las «comisiones de trabajo», que conocen de casos de despido, «normalmente dan como remedio la orden de reinstalación con pago retroactivo, y a menudo incluyen la orden de que el empleador expida un anuncio en el cual declare que él ha cometido una práctica laboral incorrecta y no la cometerá nuevamente».

En cuanto a la indemnización por terminación de la relación de trabajo, es variable. «Por ejemplo, un trabajador masculino, con un grado de bachiller, que trabajó por más de 35 años para el mismo empleador y se retiró a la edad de retiro, obtiene un promedio de 44,4 meses de pago como alocación de retiro». Además, recibe los beneficios de vejez: «los empleados de empresas privadas están amparados por la Pensión Nacional de Seguro y por la Pensión de Seguro de Empleados, conjuntamente».

¿Qué se proponía con su desplante el señor Nagami? En todo caso, la alarma provocada por su intervención no produjo los esperados efectos destructivos. Al día siguiente, la prensa venezolana abundó en noticias contrarias al efecto temido. Se leían, por ejemplo, estos titulares: «Japón y Corea interesados en invertir en Venezuela» (Economía Hoy); «Japón incrementa inversiones» (El Nacional); «Mil millones de dólares invertirán Reynolds y Mitshubishi en planta de aluminio» (El Universal).

Por otra parte, la ministra de Fomento informó «que su presencia en Japón y Corea tiene la finalidad de atender un conjunto de solicitudes formuladas por distintos consorcios industriales, los cuales quieren concertar con el Gobierno posibilidades de inversión extranjera en las áreas de calzado, aluminio, plástico, desarrollo agropecuario, automóviles, biotecnología, pulpa y papel, cemento y explotación de recursos naturales renovables»; y aclaró: «En cuanto a la Ley del Trabajo, les he informado a los empresarios japoneses que el mayor sobrecosto (sic) de este nuevo instrumento jurídico  es el referente a las prestaciones sociales, el cual será tratado en una ley especial que permitirá la liquidación anual y no acumulativa como hasta ahora».

Parece que con lo expuesto, por ahora, basta para que se calmen las alarmas que pudo provocar, con tanta resonancia en los medios informativos, el señor Nagami. Para complemento, en estos mismos días se informa que en Japón se proyecta establecer una licencia de maternidad-paternidad de un año como un paso para enfrentar el déficit demográfico.

1991. Mayo, 8. ALA / El Universal: Centesimus Annus

Papa Juan Pablo II, Alicia Pietri y Rafael Caldera
Alicia y Rafael Caldera recibiendo la comunión por parte del papa Juan Pablo II. Guanare, 12 de febrero de 1996.

Centesimus Annus

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 8 de mayo de 1991.

 

No esperó el Papa Juan Pablo II el día 15 de mayo para expedir su encíclica dedicada al centenario de la «Rerum Novarum». Prefirió publicarla con fecha 1º. de mayo, fiesta de San José Obrero, quizás con el propósito de vincular más estrechamente el Día Internacional del Trabajador con la doctrina social de la Iglesia. Así, para el trabajador venezolano este 1º. de mayo, en medio de tantas contradicciones, representó un doble motivo de satisfacción: la plena vigencia de la Ley Orgánica del Trabajo, al vencerse la «vacatio legis» que ella misma fijó, y la aparición de un documento que ratifica ante la faz del mundo la superioridad del trabajo sobre la riqueza y la obligación impretermitible de asegurar al trabajador sus derechos y dar preeminencia a la dignidad de su persona humana.

Es un gran mensaje el que el actual pontífice dirigió al mundo en la ocasión de cumplir un siglo la «Carta Magna de los Trabajadores», como ha sido llamada la «Rerum Novarum» de Leon XIII. Pulcra es la edición de la Tipografía Políglota Vaticana, con un total de 117 páginas que comprenden 62 incisos. Después de la introducción, la encíclica está repartida en seis capítulos, titulados así: I. Rasgos característicos de la Rerum Novarum; II. Hacia las «cosas nuevas» de hoy; III. El año 1989; IV. La propiedad privada y el destino universal de los bienes; V. Estado y Cultura; VI. El hombre es el camino de la Iglesia.

La simple enunciación de estos capítulos revela el propósito orientador del discurso pontificio. El quiso, por supuesto, destacar el valor intrínseco y la actualidad que mantiene la carta leoniana; pero al mismo tiempo creyó necesario puntualizar las bases fundamentales de la doctrina social de la Iglesia. Se puso énfasis en la necesidad de que esa doctrina sea acogida, estudiada y aplicada como cauce fundamental sobre el cual han de desarrollarse las actividades económicas, políticas y culturales y las normas de la vida social. Pero no creyó el Papa que su tarea docente estaba confinada a la reiteración de principios abstractos. Consideró indispensable entrar al análisis de la situación concreta del momento en que vivimos.

León XIII motivó su epístola en las «cosas nuevas» (rerum novarum) que ocurrían cuando finalizaba el siglo XIX; Juan Pablo II se sintió obligado a desarrollar el contenido doctrinario sobre las «cosas nuevas» que ocurren cuando está terminando el siglo XX. Y tanto lo vio así, que dedicó un capítulo especial al año 1989, por ser el año de los grandes traumatismos que derribaron con el muro de Berlín los dogmas del «socialismo real» y los procedimientos del totalitarismo marxista-leninista, y abrieron nuevos horizontes en torno a los cuales la palabra del pastor refleja la necesidad de sumar a las alegrías las inquietudes y a moderar las satisfacciones con la enunciación de los peligros que criterios erróneos podrían suscitar.

Afirma el Papa que «la rica savia» que nutre la doctrina social de la Iglesia y que «sube desde la raíz» del magisterio leoniano «no se ha agotado con el paso de los años, sino que, por el contrario, se ha hecho más fecunda». Pero, no sólo invita a «una “relectura” de la encíclica leoniana, “echar una mirada retrospectiva” a su propio texto, para descubrir nuevamente la riqueza de los principios fundamentales formulados en ella, en orden a la solución de la cuestión obrera», sino «además a “mirar alrededor”, a las “cosas nuevas” que nos rodean y en las que, por así decirlo, nos hallamos inmersos, tan diversas de las “cosas nuevas” que caracterizaron el último decenio del siglo pasado»; e invita, «en fin, a “mirar el futuro”, cuando ya se vislumbra el tercer milenio de la era cristiana, cargado de incógnitas, pero también de promesas».

Hay un juicio severo sobre la «sociedad de consumo», que «coincide con el marxismo en el reducir totalmente al hombre a la esfera de lo económico y a la satisfacción de las necesidades materiales». Se hacen definiciones muy precisas sobre el rol de la cultura y del Estado, sobre la importancia central de la familia que debe ser «santuario de la vida»; pero, sin duda, la parte más actual de la encíclica, que es al mismo tiempo la más novedosa, es la que se refiere a los acontecimientos del año 1989, que en los países de Europa central y oriental vio estallar pacíficamente la crisis del totalitarismo socialista, y que en algunos países de América Latina, e incluso de África y de Asia, continuó desplazando «ciertos regímenes dictatoriales y opresores», y «en otros casos da comienzo a un camino de transición difícil pero fecundo, hacia formas políticas más justas y de mayor participación».

Mucho preocupa e interesa al Papa Woytila, que en carne propia sufrió durante ominosas décadas la opresión del totalitarismo materialista en su patria nativa, el destino de los pueblos liberados de un yugo pero expuestos a nuevas injusticias. No deja de alentar la esperanza en que la vuelta a la libertad y la economía libre puedan aliviar la penuria económica y producir beneficios, pero no puede escapar a la obligación de alertar contra peligrosos errores que podrían hacer equivocar el rumbo y producir graves frustraciones.

«¿Se puede decir quizás –expresa– que después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea el capitalismo, y que hacia él están dirigidos los esfuerzos de los países que tratan de reconstruir su economía y su sociedad? ¿Es quizás éste el modelo que es necesario proponer a los países del Tercer Mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?».

«La respuesta –contesta– obviamente es compleja. Si por “capitalismo” se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, aunque sería más apropiado hablar de “economía de empresa”, “economía de mercado”, o simplemente de “economía libre”. Pero si por “capitalismo” se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa».

¿Entendido? Mas si desea mayor claridad, continuemos leyendo: «La solución marxista ha fracasado, pero permanecen en el mundo fenómenos de marginación y explotación, especialmente en el Tercer Mundo, así como fenómenos de alineación humana, especialmente en los países más avanzados; contra tales fenómenos se alza con firmeza la voz de la Iglesia. Ingentes muchedumbres viven aún en condiciones de gran miseria material y moral. El fracaso del sistema comunista en tantos países elimina ciertamente un obstáculo a la hora de afrontar de manera adecuada y realista estos problemas; pero eso no basta para resolverlos. Es más, existe el riesgo de que se difunda una ideología radical de tipo capitalista, que rechaza incluso el tomarlos en consideración, porque a priori considera condenado al fracaso todo intento de afrontarlos y, de forma fideísta, confía en su solución al libre desarrollo de las fuerzas del mercado».

Mucho estudio, mucho análisis, muchos diálogos y talleres de trabajo merece y, a no dudarlo, va a tener la encíclica centenaria de Juan Pablo II. Es, por cierto, la tercera encíclica social de su pontificado. Debemos reconocerle esta permanente preocupación, inspirada por la caridad genuina y por la solidaridad. Pero debemos además agradecerle, como latinoamericanos, su advertencia sobre el peligro que envolvería olvidar los requerimientos urgentes de nuestros pueblos por dirigir los ojos y los recursos de los países capitalistas hacia el centro-este europeo.

Mérito especial es el suyo, porque como ciudadano polaco mantiene una amorosa inquietud hacia su gente y hacia las gentes de los pueblos de su entorno, pero no se olvida de nosotros. Por ello, después de reclamar para los europeos centro-orientales el que se les pague «una deuda de justicia» añade: «Esta exigencia, sin embargo, no debe inducir a frenar los esfuerzos para prestar apoyo y ayuda a los países del Tercer Mundo, que sufren a veces condiciones de insuficiencia y de pobreza bastante más graves».

El sucesor de Pedro, sin duda, tiene conciencia de su carácter ecuménico; no pierde de vista el carácter universal de su enseñanza. Hagamos votos para que los oídos atormentados por el creciente resonar de los caudales se abran a la voz que desde su corazón y su conciencia proclama el evangelio del bien común universal, guiado y robustecido por la justicia social.

1991. Mayo, 22. ALA / El Universal: ¿Privatización o desnacionalización?

¿Privatización o desnacionalización?
Recorte de El Universal del 22 de mayo 1991, donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

¿Privatización o desnacionalización?

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 22 de mayo de 1991.

 

Yo no soy enemigo jurado de la privatización. Debo aclararlo, porque en el momento actual quien se atreve a expresar opiniones diferentes de las que con monótono acento de letanía y con expresión dogmática se repiten, corre el riesgo de ser calificado de opositor a lo que se supone constituye la «modernización». Repito, no soy enemigo jurado de la privatización, pero tampoco soy fanático de ello. No me han convencido de que entregándole todas las empresas e institutos autónomos del sector público al capital privado nacional e internacional (el último predomina, porque el doméstico no alcanza) se solucionen los problemas del país.

Para comprobar que no soy enemigo de la privatización, ya que no basta solamente afirmarlo, voy a citar algunos hechos:

  1. Cuando asumí el gobierno, por ejemplo, quienes se habían opuesto en el período anterior a la venta del hotel Tamanaco al sector privado, me pidieron que deshiciera la operación y readquiriera el hotel para el Estado. Me negué a hacerlo, porque, sin entrar a juzgar las circunstancias de la operación, no veía razón para que destináramos partidas del gasto público a asumir de nuevo la propiedad de un establecimiento que por su naturaleza corresponde más a la actividad particular que a la estatal.
  2. Encontré a Viasa como una empresa mixta, creada durante el gobierno del presidente Betancourt, y así la mantuve, esforzándome en que las relaciones con los accionistas privados fueran excelentes. Mi sucesor, el presidente Pérez, eliminó la participación privada, y ahora ha dispuesto privatizarla toda.
  3. Autoricé la creación de Venalum, una empresa cuyo capital lo aportaban inversionistas japoneses en un 80%, con la cláusula de que en cualquier momento podríamos adquirir todo o parte de esa inversión, al precio de inventario. Mi sucesor se mostró ufano de cambiar la relación, asumiendo el 80% (con dinero prestado que no hemos pagado todavía y por el cual hemos pagado y estamos pagando cuantiosos intereses). Ahora se anuncia el propósito de privatizarla.
  4. Autoricé un ensayo, que resultó feliz, de participación de inversionistas zulianos en las industrias derivadas del complejo petroquímico de El Tablazo. Y me complace aseverar que en los desarrollos mixtos en materia de viviendas para familias de clase media, autorizados por mi Gobierno, tuvieron excelentes resultados.

Creo en el papel insustituible de la iniciativa privada en la vida económica. Por ello he manifestado categóricamente mi convicción de que no hay motivo para mantener suspendidas las garantías económicas.

El régimen económico de la Constitución se orienta a una justa y armónica integración de la iniciativa privada y el papel del Estado y debe mantenerse. El Estado no sólo es responsable del bien común, sino dueño de la mayor riqueza que existe en el país. No se puede olvidar que por ser suyo el petróleo, está obligado a dedicar una parte por lo menos de lo que obtiene por la venta del mismo (que es un proceso de descapitalización) a inversiones que protejan a las generaciones futuras, para cuando el combustible no juegue el papel que actualmente desempeña en la economía nacional.

Cuando oigo decir que es necesario privatizarlo todo, pienso que se debe averiguar en cada caso las razones que así lo indican. La de que el Estado no tiene por qué ser hotelero, o banquero, o dueño de centrales azucareros, es a primera vista irrefutable, aun cuando la Historia –maestra de la vida– revela que si el Estado construyó hoteles o centrales fue porque la iniciativa privada no alcanzó a crearlos en cantidad y tiempo oportunos, y si asumió bancos fue porque sus propietarios los manejaron mal, con daño de la colectividad, o porque se necesitaban institutos de crédito para servir en forma razonable a sectores productivos de fundamental importancia.

Otra razón que se da, bastante grave por cierto, es la de que las empresas del Estado, creadas para producir beneficios, han sido pésimamente manejadas y se han convertido en algunos casos en colmenas de clientelismo partidista, en espejo de ineficiencia gerencial y en pozos de creciente corrupción. Ante el déficit que estas causas generan, no se encuentra salida más fácil que soltarlas como clavos calientes y entregarlas al mejor postor. Y si el precio es muy alto, no hay otra posibilidad sino la de acudir a medios financieros internacionales.

Dentro del proceso privatizador ocurren cosas que no se alcanza a comprender. ¿Por qué se considera urgente privatizar hoteles que dan utilidades y que el sector público no maneja, ya que su gerencia la realizan corporaciones internacionales especializadas en el ramo? En los hoteles Hilton, Meliá, Intercontinental, Sheraton, aunque el propietario sea el sector público, no se puede decir que el Estado sea «hotelero» porque la función administradora está en manos privadas. Lo lógico sería empezar por los hoteles que el sector público maneja, algunos de ellos bastante mal.

Pero hay empresas del Estado en las cuales «privatizar» es más bien «desnacionalizar». Son aquellas en las cuales el traspaso se hará de las manos del Estado venezolano a empresas de Estados extranjeros. Yo no me opondría a que Viasa se asociara con KLM o con Iberia, pongamos por caso, pero me pregunto si no sería preferible hacerlo sin anunciar una supuesta «privatización» ni sacar el control de la empresa de las manos en que debe estar.

Estoy convencido de que los dogmas son siempre funestos en materia económica, y de que la economía debe tener la realidad por soporte y por norte el sentido común. Durante el gobierno del presidente Pérez se quería nacionalizarlo todo; ahora se quiere privatizar lo que se nacionalizó, y algo más. Vamos dando bandazos, de un extremo a otro.

El dogma de que el sector público no sabe administrar  y el sector privado sí, no responde a una verdad absoluta: hay no pocos ejemplos de casos en que la gestión pública fue eficiente y honesta y otros en los cuales la gestión privada ocasionó grandes perjuicios porque dejó mucho qué desear.

Nada más perjudicial que esos teoricismos extremos, entre los cuales se nos quiere obligar a bambolearnos. Hay que recuperar el sentido común, y debemos estar alertas ante una literatura que califica de «nacionalismo trasnochado» la defensa de derechos inmanentes de la nación. No es hacer «arqueología política o económica» sostener instituciones y conductas que han sido resultado de un proceso difícil y costoso, para afirmación de la propia identidad. ¡Cuidado, si bajo la consigna de la «privatización» se mueven intereses que, poniendo a un lado los intereses colectivos, nos conducirían peligrosamente a una situación de dependencia cuyas consecuencias serían trágicas para el país!

1991. Junio, 5. ALA / El Universal: La Ley del Trabajo y el salario

Recorte de El Universal del 5 de junio de 1991, donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

La Ley del Trabajo y el salario

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 5 de junio de 1991.

Cuando en su encíclica sobre el centenario de la Rerum Novarum, el papa Juan Pablo II se refiere a la perspectiva de los países que estuvieron sujetos al yugo del comunismo, expresa la esperanza y la necesidad de «reconstruir una sociedad democrática inspirada en la justicia social», para «preservar el trabajo de la condición de “mercancía” y garantizar la posibilidad de realizarlo dignamente».

Esta orientación coincide con la de nuestra legislación del Trabajo. León XIII había sostenido que frente a los problemas laborales «deberá intervenir de lleno, dentro de ciertos límites, el vigor y la autoridad de las leyes». El legislador lo ha hecho, inspirándose en el propósito de reconocer la libre contratación para la fijación del salario, pero exigiendo según «las normas de la justicia y de la equidad», «que los trabajadores cobren un salario cuyo importe les permita mantener un nivel de vida verdaderamente humano y hacer frente con dignidad a sus obligaciones familiares» (como lo proclama la Encíclica Quadragésimo Anno de Pío XI, de 1931).

La Ley del Trabajo de 1936, en este orden de ideas, establecía: «El salario se estipulará libremente, pero en ningún caso podrá ser menor que el fijado como mínimo de acuerdo con las prescripciones de esta ley en su artículo 80» (art. 72). En consecuencia, después de firmar el principio del libre acuerdo entre las partes, establecía un procedimiento especial para los casos en que fuera necesario fijar salarios mínimos obligatorios, siguiendo fielmente las normas del Convenio 26 de la Organización Internacional del Trabajo y de la recomendación respectiva. Lo cierto es que nunca o casi nunca se siguió ese procedimiento, sino que se optó por vías que se consideraron más expeditas en aquellos casos en que las circunstancias indicaron la necesidad o conveniencia de aumentar los salarios vigentes.

El presidente Carlos Andrés Pérez en su primer gobierno decretó un aumento salarial sin que hubiera una situación inflacionaria ni un fuerte reclamo sindical. Se fundamentó, según creo, en las atribuciones extraordinarias que le había concedido el Congreso. Durante el gobierno del presidente Herrera, el Congreso, respondiendo a una política de sinceración de precios, dictó una ley que aumentó los salarios, por iniciativa del diputado José Vargas, presidente de la CTV.

En el período del presidente Lusinchi se decretaron ejecutivamente aumentos salariales. Se invocaron la atribución 1ª. del artículo 190 de la Constitución («hacer cumplir esta Constitución y las leyes») y el artículo 26 de la Ley del Trabajo, que decía: «El Ejecutivo Federal, por Resoluciones Especiales o en el Reglamento de esta Ley, queda facultado para establecer cláusulas irrenunciables que se considerarán integrantes del contrato de trabajo». Dicho artículo, sin duda de difícil interpretación, sirvió de puerta de escape para los decretos respectivos.

Al elaborar el anteproyecto sobre el cual se elaboró la Ley Orgánica del Trabajo, pensamos que no era factible, ni conveniente, cerrar la vía del decreto frente a aumentos desproporcionados del costo de la vida; pero se requirió encuadrar esa facultad dentro de ciertas condiciones, como la de oír la opinión de los organismos más representativos de empleadores y trabajadores, del Consejo de Economía Nacional y del Banco Central de Venezuela.

Por otra parte, se dio una redacción más operante y realista a la materia del salario mínimo. Esta solución fue adoptada en el proyecto definitivo, pero en el curso de las discusiones, en la Cámara de Diputados, se consideró conveniente completar el procedimiento mediante una intervención del Congreso, a través de un procedimiento muy expedito, tal cual quedó en el artículo 138 vigente.

Por otra parte, el artículo 13 de la Ley, según el cual el Ejecutivo nacional tendrá las más amplias facultades para reglamentar las disposiciones legales en materia de trabajo y a tal efecto podrá dictar decretos o resoluciones especiales y limitar su alcance a determinada región o actividad del país, se agregó un parágrafo único, que dice:

«Cuando el interés público y la urgencia así lo requieran, el Ejecutivo Nacional, por Decreto del Presidente de la República en Consejo de Ministros, podrá establecer cláusulas irrenunciables en beneficio de los trabajadores y de la economía nacional que se considerarán integrantes del contrato de trabajo». Esta era la nueva redacción del antiguo art. 26.

Y se incorporó un nuevo artículo, el 22, según el cual: «Los Decretos que dicte el Ejecutivo Nacional, de conformidad con los artículos 13 y 138 de esta Ley, deberán someterse a la consideración de las Cámaras en sesión conjunta o de la Comisión Delegada, dentro de los cinco (5) días siguientes a su publicación. Las Cámaras en sesión conjunta o la Comisión Delegada, según sea el caso, decidirán la ratificación o suspensión de los Decretos dentro de los diez (10) días siguientes a la fecha de recepción. Parágrafo Primero. En caso de pronunciarse por la suspensión, el Congreso o la Comisión Delegada, según sea el caso, podrá recomendar al Ejecutivo Nacional la elaboración de un Decreto modificado. Parágrafo Segundo. Si transcurrido el lapso indicado, las Cámaras en sesión conjunta o la Comisión Delegada, según sea el caso, no se hubieren pronunciado sobre la decisión sometida a su consideración, ésta se considerará ratificada».

La solución adoptada no me pareció objetable. La clásica separación de los poderes ha tenido y cada vez tiene más excepciones. El veto presidencial, por ejemplo, es una interferencia del Ejecutivo en la formación de las leyes; la aprobación del Senado para la designación de Embajadores o del Procurador General de la República, o para los altos ascensos militares, y la de la Comisión de Finanzas para ciertas operaciones administrativas, consagran una interferencia considerada necesaria de la rama legislativa en actos administrativos.

El aumento salarial, por su carácter excepcional y sus efectos sobre el sector privado, no debe dejarse exclusivamente al Ejecutivo; pero legislar sobre esta materia, aparte la inevitable lentitud que supone la formación de las leyes, en relación con la urgencia invocada como fundamento de la medida, presentaría diversos inconvenientes. El sistema que se adoptó era, pues, el más equitativo y más práctico.

Por supuesto, tratándose de una materia nueva, se plantean problemas de interpretación y de procedimiento. Uno es el de si el Decreto, antes de recibir la conformidad del Congreso, debe publicarse en la Gaceta Oficial, y si de hacerlo entraría inmediatamente en vigor. Yo he opinado que no debería ir a la Gaceta sino al estar definitivamente firme; pero, de considerarse que cuando la Ley Orgánica habla de publicación debe presumirse que ha de ser en el órgano oficial, el Decreto debería llevar una disposición que aclare que no entrará en vigor hasta no ser ratificado expresa o tácitamente por el órgano legislativo.

Lo que es inconcebible es que al Presidente de la República le hayan hecho creer que la Ley le ha arrebatado una facultad constitucional. Tal facultad constitucional no ha existido. Lo que ha hecho la Ley Orgánica es condicionar la amplísima atribución que le daba el artículo 26 de la Ley derogada (cuya intención no pudo ser la de darle libertad absoluta para manejar a su antojo las relaciones de trabajo) que por experiencia demostró evidente peligrosidad. La prudencia del legislador la colocó en un justo medio: le confirió la atribución en forma expresa al Presidente, pero con algunas formalidades, dentro de un encuadre justiciero.

Ello ha venido a demostrar el sentido de responsabilidad y de prudencia que guió la elaboración de la nueva Ley Orgánica del Trabajo.

1991. Junio, 19. ALA / El Universal: La separación de los poderes

La separación de los poderes, artículo de Rafael Caldera
Recorte de El Universal del 19 de junio de 1991, donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

La separación de los poderes

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 19 de junio de 1991.

 

Dentro del pensamiento político contemporáneo, una de las ideas de mayor influjo en los regímenes republicanos ha sido la separación de los poderes. De aquella idea derivó, en los textos constitucionales, la definición, no de tres ramas del poder, sino de tres poderes: el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial. Pero como ocurre siempre en la realidad de la vida, no hay sistema ni régimen en el que no se mezclen esas tres instituciones que comparten las tareas fundamentales del Estado: la encargada de dictar leyes, la de aplicarlas y la de velar por su cumplimiento. No hay país donde el Gobierno no participe en tareas propias del órgano legislativo, ni donde el Parlamento no tenga algunas funciones de gobierno, ni donde la administración de justicia no perfeccione o defina el ámbito de las leyes y no cumpla tareas relativas al ejercicio de las atribuciones del Ejecutivo.

Esta necesaria e inevitable interpretación de las funciones propias de cada una de esas ramas se acentuó a medida que el Estado moderno fue asumiendo actividades más complejas. La administración se ha complicado tanto, que en ningún lugar del mundo se atribuye totalmente al Ejecutivo, sino que se dan al Legislativo atribuciones para coadyuvar con él en ejercer esta función. A su vez, las normas constitucionales hacen que el Ejecutivo participe en diversas formas en la función primaria del Parlamento que es la de legislar. Y en más de una ocasión la Judicatura tiene asignadas posibilidades ciertas de influir en el perfeccionamiento de las leyes y en el manejo de la administración.

He allí por qué la Constitución venezolana, si bien no logró evitar las denominaciones tradicionales: «Poder Legislativo», «Poder Ejecutivo», «Poder Judicial», prefiere hablar del «Poder Público» (uno solo), en torno al cual estableció: «Cada una de las ramas del Poder Público tiene sus funciones propias, pero los órganos a que incumbe su ejercicio colaborarán entre sí en la realización de los fines del Estado» (artículo 118).

Esa colaboración se manifiesta en múltiples formas y supone interferencias cada vez más frecuentes. La iniciativa de los proyectos de ley y el veto presidencial constituyen una participación del Ejecutivo en la función legislativa. La facultad de dictar medidas extraordinarias en materia económica y financiera, cuando así lo requiera el interés público y haya sido autorizado para ello por ley especial, ha llegado hasta el discutible extremo de modificar por decretos en forma permanente el texto de importantes leyes (como lo hizo Pérez en su primer gobierno con la Ley del Trabajo, la Ley de Bancos y otras leyes).

La inmiscuencia del Congreso en actos propios del Ejecutivo está prevista en numerosos casos. El nombramiento del procurador general de la República y los de embajadores, así como el ascenso de los más altos oficiales de las Fuerzas Armadas, o el mero hecho de viajar al exterior el presidente de la República, requieren una previa autorización del órgano legislativo. El presupuesto, los contratos de interés nacional, las operaciones de crédito público, los traslados de partidas presupuestarias son actos en los cuales condividen su responsabilidad ambas ramas del Poder Público. La Cámara de Diputados puede dar voto de censura a los ministros, que deben ser removidos cuando se adopte por las dos terceras partes de los miembros presentes. Y hay leyes especiales, como la Ley Orgánica que reserva al Estado, la industria y el comercio de los hidrocarburos, que dan al Congreso la atribución de autorizar determinadas operaciones para que puedan realizarse.

Muchos ejemplos más podrían citarse. A los cuales se debe añadir que las atribuciones de la Corte Suprema de Justicia llegan en algunas ocasiones a darle parte en la función legislativa, cuando declara la nulidad total o parcial de disposiciones legales o establecidas, en caso de colisión, cuál norma debe prevalecer, o cuándo inicia proyectos de leyes relativas a la organización y procedimientos judiciales. Por otra parte, la Corte puede declarar la nulidad de actos administrativos del Ejecutivo nacional, y a su vez, el Ejecutivo tiene injerencia en la administración de justicia al decretar indultos.

Lo expuesto, cuya enumeración podría alargarme considerablemente, lo traigo a colación para justificar mi sorpresa porque altos funcionarios del Estado parecen alarmarse porque la Ley Orgánica del Trabajo dispone que los decretos que dicte el Ejecutivo para «establecer cláusulas irrenunciables en beneficio de los trabajadores y de la economía nacional» que se considerarán «integrantes del contrato de trabajo» o para «decretar los aumentos de salarios que estime necesarios para aumentar el poder adquisitivo de los trabajadores, en caso de aumentos desproporcionados del costo de la vida» o para «fijar salarios mínimos obligatorios de alcance general o restringido según las categorías de trabajadores o áreas geográficas, tomando en cuenta las características respectivas y las circunstancias económicas, en caso de aumentos desproporcionados de costo de vida» (artículos 13 y 22, 138 y 172 de la citada Ley Orgánica), sean sometidos a la consideración del Congreso o de la Comisión Delegada para su ratificación o suspensión.

No hay ninguna norma constitucional que autorice al Ejecutivo para fijar salarios. La legislación laboral establece que «el salario se estipulará libremente». Los decretos dictados por anteriores gobiernos, en materia salarial (como dije en un artículo anterior) se basaba, supuestamente, en la atribución 1ª. del artículo 190 de la Constitución, interpretada con una exagerada liberalidad (la de «hacer cumplir esta Constitución y las leyes») y en el artículo 26 de la Ley del Trabajo derogada que decía, con demasiada amplitud: «El Ejecutivo Federal, por resoluciones especiales o en el reglamento de esta ley, queda facultado para establecer cláusulas irrenunciables que se considerarán integrantes del contrato de trabajo».

Como lo he explicado reiteradamente, al redactarse la nueva ley se contempló la necesidad, si no de eliminar totalmente, al menos de encuadrar dentro de ciertos requisitos tan desorbitada atribución. Se condicionó a que los decretos (ya no resoluciones especiales) que establezcan cláusulas irrenunciables «cuando el interés público y la urgencia así lo requieran» sean dictados en Consejo de Ministros y los relativos a salarios «oyendo previamente a los organismos más representativos de los trabajadores y de los patronos, al Consejo de Economía Nacional y al Banco Central de Venezuela», y se requirió la presentación al órgano legislativo para que este, en el término improrrogable de diez días, decida su ratificación o suspensión.

¿Dónde está la pretendida infracción de alguna norma constitucional? Nada más justo que el que en esta materia, que afecta a la población en general, esa facultad extraordinaria concedida al Ejecutivo por la ley sea objeto de revisión por el Congreso. La condición es saludable, porque en definitiva obliga a las dos ramas fundamentales del Poder Público a ponerse de acuerdo para dar este paso, que no encaja dentro del funcionamiento normal de la economía nacional, sino que tiene carácter extraordinario.

Lo que sí creo necesario advertir es que, por haber quedado la disposición relativa a cláusulas irrenunciables como un parágrafo único del artículo 13 y no como un artículo distinto, algunos han querido interpretar –con intención non-sancta– que el legislador pretendió someter a una ratificación del Parlamento la atribución constitucional del Ejecutivo de reglamentar las leyes. Esa es una interpretación ilógica. El legislador no ignoró que la atribución constitucional no es susceptible de limitación, salvo la que la misma Carta establece al requerir que no se altere el espíritu, propósito y razón de la ley. Más bien, su evidente intención fue reconocerle gran amplitud. Nadie puede pretender que el reglamento (o los reglamentos, si es que van a ser varios) deben ir al Congreso. La participación del Congreso se limita, en realidad, a las medidas extraordinarias que van a convertirse en «cláusulas irrenunciables integrantes de los contratos de trabajo», y especialmente a las de aumentos de salario.

Estoy convencido de que en el futuro seguirán apareciendo nuevos casos de colaboración entre las ramas del Poder Público, sin que pierdan su propia identidad ni se debilite la potestad de cada una.

1991. Julio, 3. ALA / El Universal: Las prestaciones sociales

artículo Caldera sobre prestaciones
Recorte de El Universal del 3 de julio de 1991, donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

Las prestaciones sociales

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 3 de julio de 1991.

 

La Ley del Trabajo de 1936, siguiendo una costumbre universal, introdujo a favor del trabajador una indemnización de antigüedad, o mejor dicho, por antigüedad. Al terminar la relación del trabajo por despido injustificado, retiro justificado o cualquier causa ajena a su voluntad, el trabajador recibiría el equivalente a una quincena de salario por cada año de servicio.

Con el nombre de «auxilio de cesantía» se introdujo después, en 1947, una indemnización adicional, de quince días de salario por año de servicio, cuando la terminación de la relación de trabajo se debiera al despido injustificado o al retiro justificado.

Estas dos indemnizaciones, que en la mayor parte de los casos se liquidaban juntas, se mantuvieron así durante casi treinta años (1947-1974). Se calculaban a base del último salario devengado por el trabajador en la empresa. (En 1983, la Corte Suprema de Justicia dictaminó que el cálculo debía hacerse año por año, pero ello provocó una reforma parcial aprobada con suma rapidez, por unanimidad, la cual explícitamente definió que la liquidación debía hacerse en base al último salario).

En 1974 el presidente Carlos Andrés Pérez, en uso de poderes extraordinarios (interpretados con una amplitud discutible), reformó la Ley del Trabajo y dio a las indemnizaciones por antigüedad y cesantía la condición de derechos adquiridos. Es decir, que se pagarían al trabajador fuera cual fuera la causa de terminación de la relación de trabajo. El 14 de junio del mismo año, el gobierno de Pérez, siendo Ministro del Trabajo el doctor Antonio Léidenz, introdujo a la Cámara de Diputados un Proyecto de Ley contra Despidos Injustificados.

Se proponía la creación de Comisiones Tripartitas Laborales y se disponía que los trabajadores, excepto los contratados por tiempo determinado o para una obra determinada, los temporeros, eventuales u ocasionales «no podrían ser despedidos ni desmejorados en sus condiciones de trabajo, sino por causa previamente calificada por la Comisión». En la breve Exposición de Motivos se decía: «Es indudable que la seguridad de permanencia en la labor que se rinde o se ejecuta, constituye un factor de imponderable valor, desde los puntos de vista económico y moral, pues el temor o inseguridad en el empleo surte efectos negativos, tanto en la esfera del trabajador como en el ámbito de la producción, y la pérdida del empleo constituye sin duda un grave daño para quienes sólo cuentan con su salario o sueldo para cubrir las necesidades propias y de su familia».

El proyecto comportaba la estabilidad absoluta, lo que suscitó acalorados debates. Ante ellos, la Comisión Permanente de la Cámara propuso incluir un nuevo artículo, redactado así: «Si la decisión de la Comisión niega la solicitud del patrono para efectuar el despido, el trabajador podrá optar por conservar la relación de trabajo o por el pago de una cantidad igual al doble de lo que pudiera corresponderle por concepto de antigüedad y cesantía».

En medio de violentos debates, para la segunda discusión se introdujo otra modificación al nuevo artículo: «Si el patrono persistiera en su propósito de despedir al trabajador, podrá hacerlo siempre que le pague una indemnización de antigüedad y cesantía dobles de los contemplados en la Ley del Trabajo, más el doble que pueda corresponderle por concepto de preaviso, estando además obligado a sustituirlo por otro, con salario no inferior al del trabajador despedido». El tono de la discusión bajó y algunos oradores afirmaron que la nueva fórmula había sido convenida con Fedecámaras.

Pero la confrontación había sido tremenda. Las expresiones del líder cetevista José Vargas contra Fedecámaras no habían sido menos duras que las que hemos escuchado estos últimos días de la dirigencia sindical. Y entre los más categóricos defensores del proyecto estuvo, por cierto, el entonces diputado Germán Lairet, quien sostuvo que debía aprobarse el artículo propuesto en primera discusión y no el texto modificado en la segunda, porque éste otorgaba al patrono y no al trabajador el derecho a elegir entre reincorporarlo o pagar doble indemnización. «Ello porque partimos de la idea –afirmó– de que el tema de la estabilidad ha pasado a ser de las reivindicaciones más importantes que tiene planteadas actualmente el trabajador venezolano». «Nosotros creemos –agregaba– que la única posibilidad de que esta ley, con todas sus deficiencias, pueda tener eficacia real, es la propia movilización de los trabajadores».

La oposición de Fedecámaras y de otros organismos patronales a este sistema de prestaciones se ha renovado en los últimos años, en tanto que los trabajadores lo defienden con firmeza e invocan el carácter irreversible de los beneficios obtenidos. En el curso de la elaboración del Proyecto de Ley Orgánica del Trabajo, los voceros empresariales no desarrollaron ninguna actividad para que se modificara el sistema, sino casi al final.

El Anteproyecto que yo presenté había sugerido un sistema transaccional, introduciendo la prima anual pero manteniendo la indemnización por antigüedad de un mes por año. Esta idea no tuvo apoyo. Concluyendo la discusión del Proyecto, la Comisión del Senado que lo revisaba, clara en la posición de que un cambio como el propuesto no puede imponerse sin la aquiescencia de los trabajadores, propuso el artículo 128, que era muy sencillo en su primera redacción y que, en definitiva, quedó así: «Con el objeto de facilitar que el trabajador reciba el salario que requiere para satisfacer sus necesidades fundamentales y sin menoscabo de la cuantía de los derechos que esta Ley consagra en su interés con motivo de su permanencia en el trabajo, podrá dictarse una ley especial sobre el régimen a cumplir por patronos y trabajadores acerca de sus relaciones y derechos patrimoniales a que refieren los capítulos VI y VII del Título II de esta Ley y la organización de un sistema a cargo de la Seguridad Social al cual contribuyan patronos y trabajadores, que ampare a éstos en caso de cesantía y los proteja en el retiro, vejez o invalidez».

Ante los proyectos de Ley Especial, los trabajadores han mantenido una impresionante unanimidad en defensa de sus prestaciones. Consideran que dichos proyectos infringen el artículo 85 de la Constitución, según el cual «son irrenunciables por el trabajador las disposiciones que la Ley establezca para favorecerlo o protegerlo» y el artículo 88: «La Ley adoptará medidas tendientes a garantizar la estabilidad en el trabajo y establecerá las prestaciones que recompensen la antigüedad del trabajador en el servicio y lo amparen en caso de cesantía». Por otra parte, invocan que esas prestaciones constituyen el único patrimonio del trabajador y de su familia y alegan los casos en que ellas han servido para adquirir sus viviendas. También podrían señalarse casos interesantes, como el nacimiento de una economía ganadera en la Costa Oriental del Lago de Maracaibo y en el Occidente de Falcón, creada con las prestaciones sociales de antiguos trabajadores petroleros.

No es justo decir que los trabajadores quieren imponer sin razonar su punto de vista, porque lo cierto es que han presentado estudios serios, elaborados por sus asesores, los cuales pueden discutirse, pero deben analizarse. Por otra parte, hay que dilucidar si el régimen de prestaciones es incompatible con la necesaria y urgente Seguridad Social, y si el Seguro Social Obligatorio debe y puede ser privatizado o mantenerse paralelamente con los proyectados fondos de retiro. Es necesario examinar el argumento de la inflación, pues si se le considera operante en un caso, probablemente lo es también en el otro, y dilucidar si precisamente el cálculo de la indemnización por antigüedad a base del último salario no viene a compensar en cierto modo el deterioro de las cantidades correspondientes a los salarios anteriores. Habría que precisar en qué consiste «la libre elección» del nuevo régimen por el trabajador: si esa libertad es para todos los trabajadores –actuales y futuros– o sólo para los actuales y qué garantía se establecerá para impedir que al aspirante al trabajo lo presionen diciéndole: «Tómelo o déjelo», es decir, si lo acepta, tiene el empleo, si no, no.

Todo esto justifica que se continúe el diálogo, lo cual requiere un clima de cierto sosiego. Cuando pase la campaña electoral en Fedecámaras habrá seguramente mayor posibilidad de plantearlo. El acuerdo no es fácil, pero tampoco imposible. Es cierto que hay en el país una tendencia para otorgar a los empresarios una extrema movilidad de la mano de obra, pero la protección del trabajador ante el despido no sólo le conviene a él, sino a la sociedad, como un paliativo para la dramática situación del desempleo. Lo cierto es que buscar una solución equitativa es para todos un compromiso que no se debe eludir.

1991. Julio, 17. ALA / El Universal: La restitución de las garantías económicas

Garantías económicas
Rafael Caldera durante el II Congreso Venezolano de Derecho Social. Maracaibo, 1 de diciembre de 1991.

La restitución de las garantías económicas

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 17 de julio de 1991.

 

Hace ya bastante tiempo había venido pronunciándome a favor del restablecimiento de las garantías económicas. En el discurso que pronuncié en 1986 en la sesión solemne del Congreso, para conmemorar el 25º. Aniversario de la Carta Fundamental dije:

Soy de quienes han sostenido que los 25 años de la Constitución serían propicios para restablecer las garantías económicas. No auspicio con ello un régimen de laissez faire. Restablecer las garantías económicas no es dar rienda suelta al abuso: es fortalecer la seguridad jurídica. En estos 25 años se han dictado ya leyes que protegen al consumidor, que dan al Poder Público la facultad de regular precios y salarios, que otorgan al sector público amplias atribuciones en cuanto al sistema financiero, que invisten al Gobierno de un extenso poder en materia aduanera y en cuanto al comercio exterior, que establecen parámetros para el ordenamiento territorial y urbano, la venta de terrenos urbanizables, el arrendamiento de viviendas, etc., todo ello seguirá en pie cuando las garantías se restituyan, y si por alguna circunstancia se demostrara indispensable dictar de nuevo alguna norma de excepción, no habría inconveniente para ello. Por otra parte, la Constitución establece la obligación de consultar a los sectores económicos privados, a la población consumidora, a las organizaciones sindicales, a los colegios de profesionales y a las universidades, en los asuntos que interesan a la vida económica. Lo que es evidente es que los excesos cometidos en una intervención innecesaria y el asfixiante abuso de la permisería reclaman un ejercicio más moderado y eficiente de los poderes del Estado.

Nada tengo hoy que rectificar de lo expuesto en el largo párrafo que deliberadamente he transcrito. Saludo como un hecho positivo la decisión del Gobierno de resolverse, por fin, a una restitución mil veces prometida y otras tantas olvidada. Pero creo que valdría la pena aclarar dos aspectos generalmente ignorados o tergiversados en torno a la materia: uno, el origen histórico y causal de la suspensión, y otro, el alcance y significación que la restitución tiene.

1) El inicio del régimen de excepción ocurre cuando empieza la Guerra Mundial. Como dice Brewer Carías en el prólogo del volumen que compila Las Constituciones de Venezuela:

Bajo el amparo de la Constitución de 1936, el Ejecutivo Nacional tuvo que enfrentar los efectos de la crisis económica y social que produjo la Guerra Mundial, para lo cual acudió a la figura de la restricción o suspensión de los derechos y garantías constitucionales. Conforme a ello, desde fines de 1939 hasta 1944 se dictó, mediante Decretos Leyes emanados en virtud de la restricción de esa garantía, lo que puede considerarse  que fue la Legislación básica del país en materia económica, origen de la actual».

El 18 de octubre de 1945, ante el estallido de una insurrección cívico-militar, el presidente Medina decretó la suspensión de todas las garantías. La Junta Revolucionaria de Gobierno, al constituirse, la mantuvo en vigor; y en el Decreto No. 217, de 15 de marzo de 1946, dispuso: «Quedan a salvo todas las disposiciones de los decretos emanados de la Junta Revolucionaria de Gobierno de Estados Unidos de Venezuela, así como también las medidas de alta policía nacional ya adoptadas por el Gobierno Revolucionario y todas aquellas disposiciones que facultan al Ejecutivo, en razón de situaciones de emergencia, para intervenir en cuestiones de orden económico y financiero».

El 5 de julio de 1947 se restableció la constitucionalidad, más por breve tiempo. La Disposición Transitoria 19 decía: «Mientras no sea modificado o derogado por los órganos competentes del Poder Público, o no quede derogado expresa o implícitamente por esta Constitución, se mantiene en vigencia el ordenamiento jurídico existente».

El 24 de noviembre de 1948 el golpe de Estado abre un paréntesis autocrático de cerca de diez años. En el Acta de Constitución de la Junta Militar de Gobierno se repone la vigencia de la Carta de 1936, reformada en 1945 «sin perjuicio de dictar todas aquellas medidas que aconseje o exija el interés nacional». En cuanto a la Constitución espúrea de 1953, en su Disposición Transitoria 3ª establecía: «Entretanto se completa la Legislación determinada en el capítulo sobre garantías individuales de esta Constitución, se mantienen en vigor las disposiciones correspondientes del Gobierno Provisorio y se autoriza al Presidente de la República para que tome las medidas que juzgue conveniente a la preservación en toda forma de la seguridad de la nación, la conservación de la paz social y el mantenimiento del orden público».

No había, pues, garantías económicas ni de ninguna clase, al iniciarse el régimen democrático en 1958. Cuando se promulgó la Constitución en 1961, el presidente Betancourt insistió en suspender las garantías para que las fuerzas de la subversión no interpretaran la adopción de la Carta como un pasaporte válido para los caminos de la violencia. Cuando las garantías fueron restituidas, se hizo excepción de las económicas, en vista de la transición que se estaba viviendo. No fueron, pues 30 sino 50 los años en que no hubo garantías económicas; y si no se restituyeron antes, durante tres decenios de régimen democrático, no fue ello atribuible sólo a los gobiernos, sino también al Congreso, comprometido a dictar unas leyes consideradas necesarias para que la libertad económica funcionara debidamente.

2) El otro aspecto que no debe ignorarse es el de que la restitución de esas garantías no implica la adopción de una economía neoliberal para el país. Ella lo que hace es dar vigencia plena al régimen económico que la Carta Fundamental ha adoptado para Venezuela y quitar potestades arbitrarias al Ejecutivo. Las víctimas de la restitución son, pues, la decretomanía y la decretorragia.

José Antonio Mayobre, en un denso artículo sobre los derechos económicos de la Constitución se preguntaba «¿cuál es el sistema económico que para el presente y futuro más o menos inmediato postula la Constitución de 1961?» y respondía: «Si nos atenemos al régimen jurídico de la propiedad, es más fácil definirlo como de “economía mixta”, en el sentido de que coexisten la propiedad del Estado y la privada nacional y extranjera, sometidas éstas, y en mayor grado la última, a determinadas restricciones. Si tomamos en cuenta la reserva para el Estado de las actividades básicas y las amplias facultades de regulación y planificación de que goza con las finalidades de promoción del “bienestar general”, de la “participación equitativa de todos en el disfrute de la riqueza” y del “desarrollo de la economía al servicio del hombre”, el sistema diseñado en la Carta Magna es de un fuerte contenido social, dentro de un régimen de democracia representativa y con la garantía y el reconocimiento de la propiedad privada y de la iniciativa privada» (Estudios sobre la Constitución, Libro-Homenaje a R.C., p. 1.137).

Es, por tanto, a lo menos ingenuo lo que dijeron en la Asamblea de Fedecámaras de que la restitución de las garantías obliga al Congreso a reformar la Ley Orgánica del Trabajo, suprimido, entre otras cosas, la estabilidad en el trabajo y las prestaciones sociales, consagradas por la Carta en el artículo 88. Por algo dijo un reciente editorial de un diario caraqueño:

«Ya no es posible escudarse en aquello de la confianza, pues ahí están las garantías. Tampoco vale lo de las trabas porque estamos –según el Gobierno– en pleno proceso de desregulación y afianzamiento de las condiciones para la libre competencia. La Ley del Trabajo, aunque engorrosa, tampoco puede servir como excusa, porque el salario real en Venezuela ha descendido a niveles de Cuarto Mundo, o a los de la Venezuela de los años 40, gracias a los esfuerzos muy eficaces del Gobierno en estos últimos años» (Economía Hoy, «La hora del empresario», editorial, 9 de julio de 1991).

Alegrémonos por la restitución y pongamos las cosas en su puesto. Empeñémonos en lograr el papel efectivo de la iniciativa privada, dentro del amplio marco que la Constitución le señala.