La mayor contribución de los Papas a la sociedad ha sido la Doctrina Social de la Iglesia (1990)

Rafael Caldera, palabras improvisadas Fundación Humanitas
Rafael Caldera durante una intervención en el Capitolio de los Estados Unidos, junto a congresantes estadounidenses. 7 de febrero de 1990.

La mayor contribución de los Papas a la sociedad ha sido la Doctrina Social de la Iglesia

Palabras improvisadas en el seminario organizado por la Fundación «Humanitas» en la Casa Rómulo Gallegos (CELARG) en Caracas, con motivo de aproximarse al centenario de la Encíclica «Rerum Novarum», el 1 de junio de 1990.

 

Confieso que me ha causado una impresión formidable el acto de esta tarde, sobre todo por la concurrencia. Temía, y así lo dije a los organizadores, que las circunstancias adversas del ambiente, del día, de la hora y hasta de la amplia dimensión de esta hermosa sala, presentarían graves dificultades para llenarla. Pero aquí está una inmensa y calificada concurrencia, en la cual, como dijera Rafael Punceles, puede estimarse un esperanzador promedio de 35 años de edad. Hay algunos por debajo del promedio, otros por arriba de él, y en mi caso, me siento como encajado dentro del promedio porque simplemente lo tengo multiplicado por dos.

La conmemoración del centenario de la Encíclica Rerum Novarum, sobre la condición de los obreros, que emitió a sus 81 años de edad el papa León XIII, el 15 de mayo de 1891, la entiendo no como una simple ocasión para elogiar la acción valiente y oportuna de aquel Pontífice, no para exaltar los méritos de aquel documento extraordinario solamente, sino para analizar, estudiar y actualizar lo que significa la doctrina social de la Iglesia Católica al cabo de cien años de experiencia. Una doctrina social que tiene su punto de partida formal en la Rerum Novarum, pero que ha ido enriqueciéndose, no sólo a través de los pensadores cristianos, sino a través de los documentos que diversos Papas han ido emitiendo; sobre todo a partir de la célebre Encíclica Quadragésimo Anno de Pío XI, expedida justamente para conmemorar los cuarenta años de la Encíclica de León XIII.

Las intervenciones que hemos escuchado han formado un conjunto estupendo. Amalio Fiallo ha puntualizado los diversos valores que integran esa doctrina social, desde el punto de vista de la dignidad humana, desde el punto de vista de la familia, de la familia al trabajo, del trabajo a la cultura, de la cultura a la organización social, de la organización social de cada pueblo a la organización internacional, señalando la preeminencia de los valores del espíritu en estas materias. Me decía Su Santidad Juan Pablo II, después de le entrevista que celebró en el Vaticano con el presidente de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, que Gorbachov, si bien no llegó a hacer un reconocimiento que implicara la creencia en Dios, le dijo de una manera muy formal que consideraba la religión como un valor importante para fortalecer la paz, el entendimiento y el propósito de superación en los pueblos.

Dentro de este concepto, indudablemente que la conferencia de Amalio Fiallo ha sido muy puntualizadora. Y Abdón Vivas Terán, que además de ser un político es un economista profesional, nos abrió el camino para entender los orígenes y situación actual de esta corriente neoliberal que nos invade y frente a la cual es necesario fortalecer los instrumentos, las concepciones fundamentales de la doctrina social de la Iglesia, y que arrancan formalmente de la Rerum Novarum.

Indudablemente, la doctrina social de la Iglesia podría verse primordialmente desde el punto de vista religioso, pero, si bien es cierto que para quienes somos creyentes este aspecto tiene un valor muy importante (sin que la palabra pontificia en las Encíclicas tenga el carácter de declaración ex cátedra sino que puede ser objeto de análisis, de discusión y de crítica), lo más significativo a través del tiempo es que esta doctrina social trasciende mucho más allá del campo religioso y mueve muchas conciencias y muchos espíritus que no están imbuidos en la fe, que no comparten las concepciones, el credo religioso del catolicismo.

Puedo decir –me atrevo a afirmar–, que quizás la contribución más importante que en estos cien años los Papas le han dado a la sociedad civil ha sido precisamente la doctrina social de la Iglesia. Es una doctrina capaz de ser aceptada y compartida en muchos de sus elementos fundamentales por diversas corrientes de seres humanos que comparten la creencia en el valor fundamental de la persona humana, en el sentido propio y genuino de la libertad; que entienden la necesidad sustantiva de la paz y de la justicia como fundamento de ella; que comparten la preocupación de lograr el desarrollo como una posición que permite a cada hombre, a todos los hombres y a todo el hombre (no solamente estómago y cerebro, sino corazón y espíritu) la participación que reclama dentro de la vida social.

Yo me atrevería a asegurar esta tarde aquí que el pensamiento social cristiano, que tiene como fundamento una fuente ideológica inagotable en la doctrina social de la Iglesia, es quizás el más apto para darle sentido al pluralismo armónico que conjugue las diversas posiciones, que armonice los diversos esfuerzos, que conduzca el propio debate de las ideas y de los sistemas hacia fórmulas constructivas, hacia fórmulas que reflejen el postulado de la solidaridad social.

Y a este respecto, me atrevería a decir algo, me atrevería a decir que en la Constitución venezolana, promulgada el 23 de enero de 1961, hay muchos valores que ha defendido y sostenido, y defiende y sostiene de una manera permanente y decidida la doctrina social cristiana, pero que su formulación y su expresión no refleja una concepción aislada de una corriente determinada y contradictoria, sino que son expresión del sentir profundo de las aspiraciones más nobles de toda la comunidad nacional.

El análisis de esa doctrina, de cómo ha ido presentándose a través de los tiempos, de cómo se ha enriquecido en las diversas circunstancias históricas, de qué representa hoy en su potencialidad, de cuáles son las necesidades para que se la enriquezca aún más y se la ponga cada día más a tono con los cambios profundos que experimenta la humanidad, es lo que yo creo que tiene que ofrecer este año centenario de la Rerum Novarum, y así lo expuso Francisco Plaza en una exposición muy lúcida, muy cabal, muy completa, muy actual y la presencia de ustedes aquí, y especialmente la presencia juvenil en este acto, demuestra la necesidad que las nuevas generaciones tienen de que se les dé un alimento ideológico, de que se les abran caminos que permitan abrirle a su inteligencia y a su corazón posibilidades de expresión y de avance; de que no es como se piensa, que en este momento en que atravesamos una situación tan difícil y en que muchos se dejan necesariamente invadir por el escepticismo, priva la indiferencia, pues existe en el fondo esta necesidad, esta angustia, esta exigencia de que se aclaren los principios, de que se fortalezcan los valores, de que se exprese un propósito de mantener el comportamiento humano en la línea que esos principios y esos valores señalan.

Yo me siento muy vinculado a esta idea, a este propósito de analizar a través del centenario de la Rerum Novarum la situación social del mundo y de nuestros pueblos, y la aportación que para enfrentarla ofrece la doctrina social de la Iglesia; y me siento en este momento obligado a recordar a un sacerdote tachirense, a quien quise mucho (y él me quiso mucho también) que cuando ya estaba a las puertas del sepulcro adonde lo llevó una cruel enfermedad, me recomendó como su último deseo el que no olvidáramos de hacer presente a la juventud venezolana –y en el caso de él, concreta y especialmente, a la juventud de su estado Táchira el centenario de la Rerum Novarum. Era el padre Luis Ernesto García, con cuyo nombre se ha creado por cierto una cátedra para estudiar la doctrina social en la Universidad Católica del Táchira.

La Encíclica Rerum Novarum surge como una afirmación de la necesidad de enrumbar los pueblos por los caminos de la justicia social. El papa León XIII, como el arzobispo Joaquín Pecci en su Diócesis de Perugia en 1877, había lanzado ya una pastoral de cuaresma contra la explotación de los trabajadores. Fueron muchos los precursores de este movimiento que culminó en la Rerum Novarum en los distintos países de Europa. Fueron diversas las corrientes y las posiciones que se plantearon; y un recuento, por cierto, muy vivido e interesante lo hizo nada menos que Alcide De Gásperi, el que habría de ser en la post-guerra el artífice de la reconstrucción italiana y que para entonces estaba refugiado en el Vaticano por la persecución del fascismo, que con pseudónimo de Mario Zanatta escribió sobre «los tiempos y los hombres que prepararon el advenimiento de la Rerum Novarum».

La Rerum Novarum comienza por decir que «no hay cuestión alguna, por grande que sea, que más que ésta preocupe los ánimos de los hombres», y por señalar cómo «unos cuantos hombres opulentos y riquísimos han puesto sobre los hombros de la innumerable multitud de proletarios un yugo casi de esclavos». En la Rerum Novarum se afirma la dignidad humana del trabajo, la superioridad del trabajo sobre todos los bienes. Esta afirmación que recogieran los otros pontífices, y de una manera muy concreta el Papa actual en su Encíclica Laborem Excercens, donde por cierto recuerda lo que para los cristianos señala como un compromiso fundamental: Cristo Dios tomó figura de hombre como un trabajador y de los 33 años de su vida, hasta los 30 fue un humilde artesano. Cuando salió a predicar, algunos en su pueblo dijeron, pero ¡éste no es el carpintero, el hijo del carpintero? ¿De dónde le han salido estas cosas para predicar estas ideas? Cristo no escogió para venir al mundo la figura de un empresario próspero, renovador, que pudiera significar algo formidable en la transformación de la sociedad. Si escogió la forma del obrero fue para imprimir en quienes creemos en él la idea irrenunciable de la superioridad del trabajo.

Sobre la Rerum Novarum se hicieron muchos comentarios, muchos ataques. En alguna prensa de una gran nación capitalista se consideró poco menos que disolvente, infiltrada por el marxismo, contra el cual precisamente la doctrina social ha sido el más permanente baluarte. La Encíclica Quadragésimo Anno de Pío XI llega a manifestar que hubo empresarios católicos que no permitieron que en sus fábricas se divulgara la palabra del Papa. La consideraban contraria a su propia manera de actuar y de ser. Ello lo ha simbolizado una estrofita que un día leí en una hojita parroquial en una iglesia de los Estados Unidos y que he recordado con frecuencia. Decía esto: «Mr. Bussiness went to church; he never missed mass on Sundays. Mr. Bussiness went to hell; because of what he did on Mondays», es decir: «El señor Negocio iba siempre a la iglesia; no faltaba nunca a misa los domingos. El señor Negocio fue al infierno por lo que hacía los lunes».

Realmente ese tipo de posición, ese tipo de negación, desgraciadamente no ha desaparecido en el mundo. Yo encuentro en la lucha de estos días, con motivo del nuevo proyecto de Ley Orgánica del Trabajo, que muchos de los ataques no son contra el Proyecto, son contra el Derecho del Trabajo. «Que la ley es muy larga, que pone muchas condiciones, que la mejor regulación del trabajo es el acuerdo directo entre las partes…», como si no hubiera sido precisamente el acuerdo directo entre las partes lo que provocó la terrible «Cuestión Social», contra la cual reaccionó el mensaje del papa León XIII en la Encíclica Rerum Novarum.

Yo, en mi intervención, no pienso añadir nada a lo que ha sido dicho en forma excelente por quienes han intervenido. Apenas insistiré en algunos puntos para ampliar un poco el comentario y para abrir la posibilidad, que ustedes tienen derecho a utilizar (aunque ya los hemos sometido a una fatiga de varias horas), para formular sus preguntas, para expresar sus inquietudes al respecto.

Quiero decir que la posición del papa León XIII ha sido considerada por grandes autoridades como una base fundamental, no sólo para la actuación de la Iglesia, sino para la construcción social en el mundo a partir de 1891. El cardenal Manning, dijo: «Desde cuando las palabras divinas misereor super turbam fueron pronunciadas en el desierto, ninguna voz se oyó jamás en el mundo que expresase con tan profunda y amorosa simpatía a la causa del pueblo y de los que se fatigan y sufren, como la voz de León XIII». Alcide De Gásperi, dijo: «La legislación europea de pre-guerra lleva su impronta y ¿quién podrá negar la evidencia de su influjo sobre los principales documentos sociales de la reconstrucción post-bélica?». Pero, agrega esta observación muy valedera: «si este espíritu de amor no se transfunde en los ordenamientos, las reformas serán estériles y las soluciones aparentes y poco duraderas».

En el momento actual está tomando fuerza la corriente que se da en llamar neo-liberal. Un pragmatismo político está invadiendo los cuadros de las distintas organizaciones y dentro de ese pragmatismo se tiende a endiosar, a través de una interpretación no correcta del principio de la libertad, el predominio de las fuerzas económicas del gran capital sobre la vida humana.

Roberto Papini, el secretario general del Instituto Jacques Maritain, en el libro en que hace historia de la Internacional Demócrata Cristiana, cuya edición en español está por realizarse en Caracas, al final de un relato en el cual recoge cuidadosamente los antecedentes, las características, las corrientes que llevaron a la formación, al desarrollo y a la organización de una institución internacional que representa la ideología demócrata-cristiana, señala el peligro, a través del pragmatismo político, de lo que llama la «involución conservadora» o también, en otro sitio, «la tentación neo-liberal».

Esto comienza a aparecer entre nosotros, y es por ello tan importante que fortalezcamos las verdaderas raíces de nuestro pensamiento, que nos obliga a la lucha por un mundo distinto y no entregar a las fuerzas de la economía como señalaba Abdón el proceso social, por una idea trasladada de la lucha de las especies que en la historia natural sostuvo Darwin, quien pensaba que había que dejar que las especies se enfrentaran unas y otras para que prevaleciera la más fuerte y para que fueran desapareciendo los más débiles a través de la «selección natural».

En la Encíclica Quadragésimo Anno, Pío XI, refiriéndose a la Rerum Novarum, dice lo siguiente: «No pidió auxilio ni al liberalismo ni al socialismo: el primero se había mostrado completamente impotente para dar una solución legítima a la Cuestión Social, y el segundo proponía un remedio que al ser mucho peor que el mismo mal hubiera lanzado a la sociedad humana a mayores peligros». Este es el juicio que sintetiza, a los 40 años de la Rerum Novarum, el papa Pío XI: la posición sostenida por León XIII condenando al socialismo y al liberalismo.

Por eso me atreví a decir en un librito mío llamado Especificidad de la Democracia Cristiana, que mi propósito es recordar que la Democracia Cristiana no es ni un socialismo bautizado ni un liberalismo bautizado, sino una concepción propia, que tiene su origen en el pensamiento cristiano y en los valores cristianos, y que a través de ellos busca la paz y la solidaridad a través de la justicia social.

Hizo referencia Francisco Plaza a la reciente visita de Juan Pablo II a México y precisamente porque en la hermana nación mexicana está tomando cada vez más cuerpo esta corriente que me he atrevido a llamar del «socialismo neo-liberal», porque en partidos que se definen socialistas ha entrado como una epidemia un neo-liberalismo que sigue los dictámenes del Fondo Monetario Internacional. El Papa hizo declaraciones muy firmes y muy claras que es necesario tener presente, porque nos puede ayudar mucho en el análisis de los problemas en este año centenario de la Rerum Novarum. En su mensaje, en su exhortación de Durango a los empresarios, hizo una recomendación muy clara para tomar en cuenta las exigencias de la justicia social, el mejoramiento de los salarios, la atención a los trabajadores, la atención a los marginales. Y en una alocución que hizo en el Valle de Chalco, dijo lo siguiente:

«Cercana ya la conmemoración del primer centenario de la Encíclica Rerum Novarum del papa León XIII, no podemos dejar de evocar su enorme caudal de doctrina. La dimensión social perteneció desde el principio a la enseñanza de la Iglesia misma, a su concepción del hombre y de la vida social, y especialmente a la moral social elaborada según las necesidades de las distintas épocas. Ese patrimonio tradicional, y el esfuerzo de tantos hijos de la Iglesia por practicar la caridad social, son recogidas por el magisterio Pontificio y van constituyendo un corpus doctrinal que sirve de orientación segura para cuantos tienen la responsabilidad sobre las realidades terrenas. Aliento pues a todos a profundizar en el pensamiento social católico, que tiene su fuente más profunda en la revelación. Escuchad la enseñanza social de la Iglesia; adheríos vitalmente a ella, dejando que ilumine vuestra conducta y convirtiéndose en propagadores incansables de los principios de juicio y de acción que os ofrece el magisterio, haciendo llegar sus contenidos a todos los hombres y mujeres de México».

Tratándose de un Papa Polaco, que vivió muchos años su formación y su magisterio sacerdotal y episcopal en un país comunista, que conoce profundamente lo que ha ocurrido en la Europa del Este, y que admite, y es indudable y justo que así lo sea, que todo el proceso de la Europa del Este se inició el día que el Cónclave Vaticano eligió a Karol Voytila como Papa de la Iglesia Católica, lo que significó la penetración –a través de la católica Polonia- de una idea que tenía que conmover los cimientos de un régimen comunista fundado sobre la ocupación de un ejército extranjero,  dijo el 9 de mayo pasado en Durango, dirigiéndose a los empresarios:

«Los acontecimientos de la historia reciente a que antes aludí han sido interpretados, a veces de modo superficial, como el triunfo o el fracaso de un sistema sobre otro: en definitiva, como el triunfo del sistema capitalista liberal. Determinados intereses quisieran llevar el análisis al extremo de presentar el sistema que consideran vencedor como el único camino para nuestro mundo, basándose en la experiencia de los reveses que ha sufrido el socialismo real, y rehuyendo el juicio crítico necesario sobre los efectos que el capitalismo liberal ha producido, por lo menos hasta el presente, en los países llamados del Tercer Mundo. No es justo afirmar –como pretenden algunos que la doctrina social de la Iglesia condena una teoría económica sin más. La verdad es que ella, respetando la justa autonomía de la ciencia, da un juicio sobre los efectos de su aplicación histórica cuando de alguna forma es violada o puesta en peligro la dignidad de la persona.  En el ejercicio de su misión profética, la Iglesia quiere alentar la reflexión crítica sobre los procesos sociales, teniendo siempre como punto de mira la superación de situaciones no plenamente conformes con las metas trazadas por el Señor de la creación. Mal haría la Iglesia quedándose en el mero nivel de simple crítica social. Corresponde pues, a sus miembros, expertos en los diversos campos del saber, continuar la búsqueda de soluciones válidas y duraderas que orienten los procesos humanos hacia los ideales propuestos por la Palabra revelada.»

«En el caso concreto de México, hay que reconocer que, a pesar de los ingentes recursos con que el Creador ha dotado a este país, se está todavía muy lejos del ideal de justicia. Al lado de grandes riquezas y de estilos de vida semejantes –y a veces superiores a los de los países más prósperos, se encuentran grandes mayorías desprovistas de los recursos más elementales. Los últimos años han visto el creciente deterioro del poder adquisitivo del dinero; y fenómenos típicos de la organización de la economía, como la inflación, han producido dolorosos efectos a todos los niveles. Es preciso repetirlo una vez más: son siempre los más débiles quienes sufren las peores consecuencias, viéndose encerrados en un círculo de pobreza creciente; y ¿cómo no decir, con la Biblia, que la miseria de los más débiles clama al Altísimo? (ef. Ex 22, 22s).»

Es interesante analizar esta opinión, porque, como dije antes, no es sólo la del maestro supremo en el magisterio católico, sino porque es además la de un hombre que conoce profundamente la realidad de los países del Este, donde vivió y padeció a lo largo de muchos años.

Yo creo que es muy importante esta iniciativa de «Humanitas», de iniciar formalmente en Venezuela y de continuar –como seguramente lo hará a través del año el análisis de estos problemas. Yo, como católico, que tengo el orgullo de serlo, no tengo ningún problema en aceptar que se hagan críticas a la Rerum Novarum, que se analice por qué la Rerum Novarum se publicó a los 40 años casi del Manifiesto Comunista, por qué no salió antes y por qué no trató algunos puntos que pudieran ser fundamentales ya entonces; cuáles fueron las circunstancias que motivaron cambios a través de las Encíclicas posteriores de la Quadrágesimo Anno, de la Mater et Magistra de Juan XXIII, de la Populorum Progressio de Paulo VI, de las dos Encíclicas (que han sido dos Encíclicas sociales de las siete primeras que ha dado su magisterio pontificio) del papa Juan Pablo II. Que se analice, que se discuta, que se señale lo que pueden ser carencias o lo que pueden ser, más difícil de encontrar sin duda, errores, pero que se llegue al centro, al meollo, al análisis profundo de lo que es una doctrina social de la que está necesitado el mundo hoy más que nunca.

He hablado con gente responsable, que piensa profundamente en el futuro, y tengo la convicción de que en este momento en que cae estrepitosamente el comunismo marxista-leninista, porque no fue capaz de darle a sus pueblos lo que sus pueblos esperaban de él, sería una tragedia doble para la humanidad que cayéramos en los viejos errores de un capitalismo liberal egoísta, de un laissez faire-laisser passer, que fue condenado por los hechos y que tuvo como su consecuencia la necesidad de que surgieran las leyes, las instituciones, los sindicatos, las organizaciones y la intervención del Estado, que cuando es exagerada es mala, que cuando es incompetente es funesta, que cuando es corrupta es abominable, pero que cuando se mantiene dentro de los límites de la justicia, del bien común y del interés social es una necesidad para impedir que el pez grande se coma al chico, para impedir que, como dijo Lacordaire, esa libertad mal entendida se convierta en tortura para el pobre; porque entre el pobre y el rico, entre el débil y el fuerte, a veces es la libertad la que oprime y es la Ley la que libera.

Yo estoy dentro de aquéllos que defienden sinceramente la libertad, la libertad política y la libertad económica, el derecho de la persona humana y de las instituciones, sean cuales sean; pero estoy contra aquellos que convierten el dogma de la libertad en un camino abierto, sin trabas de ninguna especie, para que el egoísmo, la ambición o el predominio de los países fuertes sobre los países débiles, y de los poderosos sobre los pobres, se ensañen en la humanidad y nos presenten nuevos cuadros de angustia y graves problemas frente a los cuales hay que defender la justicia social, que corresponde a la esperanza de los pueblos.

Los pueblos de Europa Oriental, si cayeran en la concepción egoísta del capitalismo liberal, estarían dentro de pocos años experimentando terribles males, terribles situaciones, y quizás estarían engendrando otros muy graves conflictos. La alegría que inundó los espíritus con el derrumbe del muro de Berlín; el entusiasmo que a todos nos llenó por ver que aquello que parecía indestructible, se desmoronó;  esa ilusión que tenemos, esa esperanza, hay que canalizarla.

Afortunadamente, nos llega de algunos pueblos de la Europa del Este la idea de que la Democracia Cristiana tiene atractivos para muchos sectores sociales. Nosotros esperamos que la Democracia Cristiana no se deforme, que no ceda a la involución conservadora y a la tentación neoliberal, que exprese genuinamente sus ideales, como lo hicieron en la Italia de De Gásperi y la Alemania de Konrad Adenauer. Que en nuestro país también fortifiquemos nuestro concepto, defendamos nuestros principios, no nos dejemos llevar por una absurda corriente que pretende servir en extremo intereses que pueden ser muy poderosos pero que muchas veces no son justos ni convenientes para la nación. No nos dejemos arrastrar a una corriente en la cual ya hablar de reforma agraria es antigualla, hablar de legislación del trabajo es el pasado, hablar de justicia social no tiene objeto, que todo se vuelva simplemente un canto a unas ideas que no corresponden a las necesidades y al sentimiento de los venezolanos. Defendamos las ideas fundamentales de la doctrina social cristiana, de la cual fue su primera genuina y solemne expresión la Encíclica Rerum Novarum de León XIII.

Muchas gracias.

El nacimiento de América (1992)

Rafael Caldera en El Vaticano
Rafael Caldera durante su conferencia en el Simposio Historia de la Evangelización en América.

El nacimiento de América

Conferencia dictada en El Vaticano, Roma, con motivo del Simposio «Historia de la Evangelización de América: trayectoria, identidad y esperanza de un Continente», organizado por la Comisión Pontificia pro América Latina, el 11 de mayo de 1992.

 

«La misteriosa presencia de Dios en la Historia, que es la Providencia» (Centésimus Annus, 59) –según la expresión insuperable de Juan Pablo II– llevó a Cristóbal Colón en su memorable viaje de 1492, desde Puerto de Palos hasta una isla del Caribe, donde llegó el 12 de octubre de aquel año. Sin entrar a juzgar lo que pudiera ser imperfecto en su conducta, era un cristiano rancio y un creyente. Y como eran cristianos también quienes lo acompañaban, oyeron misa, confesaron y comulgaron en la preparación para acometer su gran aventura.

Colón quiso ir a la India y murió con la idea de haber llegado al Asia, atravesando el Océano Atlántico por la vía de Occidente. Se equivocó: no importa. Por otra parte, se insiste en que otros europeos antes que él habían estado en nuestro continente: tampoco importa. Por lo demás, numerosos habitantes de origen no europeo vivían en diversas porciones del territorio americano cuando llegaron los nuevos explotadores. Ello no tiene importancia para calificar la hazaña. Lo que verdaderamente importa es que ese primer viaje de Colón y sus compañeros (que habría quedado en el misterio si no hubieran logrado regresar) es, sin disputa, el hecho más importante y de mayores consecuencias ocurrido en el Universo en el segundo milenio de la Cristiandad. En los mil años que están por terminar, no ha habido otro acontecimiento cuyas repercusiones hayan sido mayores en profundidad y en extensión, no sólo para quienes estamos radicados en el Hemisferio Occidental, sino para quienes moran en otros meridianos  y en otras latitudes. Como dice el Senador Paolo Emilio Taviani, el más acucioso de los historiadores modernos sobre la vida y sobre los viajes de Colón: «Las consecuencias del gran descubrimiento se difundieron, se multiplicaron con el correr de los años y de los siglos. Todavía hoy están vivos, y provocan nuevas consecuencias. De esta manera, el genio de Colón llegó a ser y sigue siendo, el símbolo del recodo que cambió el curso de la historia» (Los viajes de Colón, ed. Castellana, I., 262).

Se equivocó el Almirante genovés sobre el destino final de su viaje, pero no sobre el propósito fundamental del mismo: demostrar que la tierra era tal que podía recorrerse íntegramente, ponerse proa al Oeste para llegar a los países de Oriente. Por él, la humanidad tuvo prueba fehaciente de la unidad y continuidad del Universo.

Llevó a España prueba documental de lo que había encontrado. Naturaleza viva y muerta y seres racionales lo acompañaron, para que nadie pudiera creer que estaba fabulando. Su éxito encendió en muchos el espíritu aventurero y el incontenible deseo de conocer que dominaba en su época. El escenario de los caballeros andantes, que un siglo después sepultaría Miguel de Cervantes con su inmortal relato de la vida del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, se trasladó al mundo nuevo a través de múltiples expediciones que, asumiendo a plenitud el riesgo en frágiles embarcaciones, navegaban hacia lo todavía desconocido y echaban raíces profundas en el fértil continente americano.

Admitamos que no sólo los motivara la atracción caballeresca de la empresa. También hizo acto de nefanda presencia la codicia dentro de la cada vez más caudalosa migración. Ni pretendemos afirmar que solamente la fe religiosa y el espíritu misionero impulsaron el flujo interminable de hombres y mujeres que salían de sus propios ambientes a aposentarse en un mundo disidente: la ambición de fama y poder, la fiebre del oro y de los metales preciosos, el afán del enriquecimiento rápido empujaron muchas voluntades. Y si es inimaginable el desprendimiento abnegado de infinidad de religiosos y religiosas, que lo dejaban todo por servir a Dios y extender su fe en cumplimiento del mandato evangélico, hubo también prototipos de crueldad, se cometieron crímenes repugnantes, se incurrió en ensañamientos innecesarios y chocantes traiciones, que son la sombra de una luz que sigue iluminando la historia y señalando rumbos que aspiran a seguir la estrella de Belén en búsqueda incesante de la paz para los hombres de buena voluntad.

Porque después del encuentro de las nuevas comarcas vino también –y era imposible que no lo viniera– el hecho fatal de la conquista. Y «los conquistadores, como dice el escritor venezolano Rufino Blanco Fombona, vistos con ojos ecuánimes no resultan ni el bandolero de Heine ni menos el hermano de San Francisco. Tampoco representan al héroe paradigmático, cuyos pasos y ejemplos deban seguir los soldados de una gran potencia industrial y democrática en el Siglo XX. ¿Qué son, pues? En ellos vemos resplandecer las virtudes del país y de la época a que pertenecen. También advertimos en ellos defectos nacionales contemporáneos, agravados tal vez por el teatro bárbaro y distante en que actúan y por la casi completa irresponsabilidad con que manifiestan y defienden su personalidad» (El Conquistador Español del Siglo XVI, Madrid, 1922, p. 9-101). Esto que afirma de los españoles un historiador del siglo XX puede decirse, y en algunos aspectos hasta magnificarse, de los conquistadores de otras nacionalidades: de los portugueses, a pesar de las diferencias que pueden observarse; de los anglosajones, que fueron más pragmáticos, pero que quizás por ello mismo fueron también más recios e implacables frente a los naturales señores de los territorios que iban ocupando.

Pero al mismo tiempo que con fuertes acentos de barbarie se desarrollaba la conquista frente a ella, surgía de la pluma bendita del maestro salmantino Francisco de Vitoria la defensa del derecho natural y el origen de la disciplina del Derecho Internacional; pues sostuvo en sus «Relaciones de Indias», en los mismos días en que apenas llegaban las primeras noticias de los descubrimientos y de la conquista, y en los propios escenarios donde brillaba el emperador Carlos V, en cuyos dominios no se ponía el sol, el derecho natural e inviolable de los indígenas sobre los territorios que ocupaban.

Todo puede decirse acerca del acontecimiento histórico que actualmente está la humanidad conmemorando, pero lo afirmativo de su esencia en torno a la presencia de Cristo, el mensaje de Cristo, a los reclamos de la moral cristiana, siempre presentes frente a las trasgresiones, a los abusos cometidos y a los excesos de poder, impuestos en numerosas ocasiones hasta por portadores oficiales de la fe cristiana. La Iglesia no tiene ningún interés en ocultar esos errores: está interesada más bien, en denunciarlos para repararlos.

Dentro de los designios inescrutables de la Providencia estuvieron las circunstancias en las cuales se desarrollaron los viajes de Colón. No llegó él a las regiones en las cuales se habían desarrollado civilizaciones avanzadas en el Continente americano, llenas de esplendor, aunque también forjadas mediante procesos de conquista no exentas de las mismas y aún peores injusticias y abusos de las de quienes llegaban de Europa. Sus naves fondearon en parajes donde la feracidad de la tierra, la suavidad del clima y la arrobadora belleza del paisaje no habían producido florecientes culturas, o si acaso las hubo, habían desaparecido ante el empuje de pueblos invasores. Apenas en su cuarto y último viaje tuvo la sorpresa de encontrar a unos mercaderes que mostraban un nivel más alto de existencia. Pero no estaba en su destino penetrar para inquirir qué había sido de la civilización Maya a que pertenecían, ni qué otras sociedades avanzadas podía haber en la extensión de nuestro continente.

El encuentro de dos mundos, según la expresión que tiende a emplearse más en la ocasión del Quinto Centenario, tuvo características que lo diferencian de lo que comúnmente se entiende por encuentro. El «acto de coincidir en un punto dos o más cosas, por lo común chocando una contra otra», o «el acto de encontrarse dos o más personas», según el Diccionario, tuvo un sentido físicamente unidireccional. Los indígenas, unos en estado primitivo y otros viviendo en condiciones muy adelantadas, no se motivaron ni entonces ni después para desplazarse hacia los lugares de origen de los recién llegados, mientras de los países de donde éstos provenían continuaban llegando en las siguientes décadas verdaderas oleadas humanas. Todas las sangres de todas las naciones fueron a unirse en el más fabuloso crisol del ser humano.

Rafael Caldera en Madrid 1992
Monumeto homenaje a la Reina Isabel La Católica, en el Instituto de Cooperación Iberoamericana, Madrid, España.

Dice la física que en los vasos comunicantes el más lleno por presión pasa a ocupar al menos lleno, en busca de nivelación. Los venidos de Europa eran portadores de variadas culturas, superpuestas en proceso de siglos. No eran españoles solamente, ni siquiera solamente europeos los que venían a América. A través de ellos se trasmitía la cultura del Egipto milenario, la severidad del hebraísmo austero, la pujanza del islamismo avasallante, la fascinación del Oriente misterioso impregnado de Buda y de Confucio. Pero todo traía un signo definitorio, incomparable: el que le imprimía al mundo nuevo que nacía, la idealidad cristiana.

Los hechos de conquista, por lo demás, no fueron sustancialmente diferentes de los que habían ocurrido en el resto del mundo, cuando unos grupos fueron sojuzgando a otros grupos humanos para terminar fundiéndose con ellos y adoptar su cultura; ni de los que habían formado los propios imperios existentes en México o Perú, porque en ninguna parte los hombres habían logrado eliminar la guerra, ni soñaban con una paz definitiva, ésa que se nos acerca y se nos aleja y a veces nos parece un espejismo a las mismas puertas del siglo XXI.

Los conquistadores, evidentemente, trataron de trasladar su propia civilización a las tierras para ellos desconocidas a las que les abrió camino el viaje de Cristóbal Colón. No hay por qué sorprenderse de que a las ciudades que fundaban les dieran nombres europeos que sobrevivieron con frecuencia unidos a los nombres autóctonos. Bautizaban ciudades, es cierto, con los nombres de Santiago, de Santa Fe o de Nueva Cádiz, o Nueva Barcelona, o La Asunción; también lo hicieron los anglosajones en el Norte como Nueva Amsterdam o Nueva York y los misioneros californianos con San Francisco, San Diego o Los Ángeles, iluminadas por el celo de unos cuantos Junipero Serra; pero la pervivencia de la toponimia original demostrará que no se trasladó el Viejo Mundo al otro lado del Atlántico, sino que ha nacido de verdad un Mundo Nuevo, en el cual por vez primera se reúnen, se mezclan, los ingredientes étnicos y sobre todo culturales de los otros tres grandes continentes. Se creó lo que un gran latinoamericano, el mexicano Vasconcelos, llamó «raza cósmica». Se crearon escuelas, colegios y universidades; y es timbre de orgullo para los misioneros y para los monarcas de ultramar que lo ordenaron, el que se preservaran los idiomas nativos, se dictara una noble legislación de Indias y se recogieran en anales las costumbres y tradiciones que conservaban quienes habitaban en América antes de la llegada de los europeos.

Pero, en medio de tantos hechos, muchos de ellos contradictorios y confusos, ocurridos en estos cinco siglos, surge la pregunta de cuándo nació América. No es fácil precisarlo. Todavía, en medio de lo mucho que se estudia para indagar nuestros orígenes y buscar explicación satisfactoria a nuestro acontecer, la duda se presenta. No basta el dato de que a los quince años del primer viaje y a los cinco del último viaje de Colón, en 1507, un cosmógrafo alemán divulgara en reconocimiento al florentino Américo Vespuccio, quien por lo demás, tenía méritos propios (v. Roberto Leviller, Américo Vespuccio, «El Nuevo Mundo», Editorial Nosa, Buenos Aires) el nombre de tierra de Américo o América para designar al nuevo mundo. Nada pudieron los esfuerzos colombinos de gente como Fray Bartolomé de Las Casas para la reparación de lo que se considera una injusticia al genovés. Simón Bolívar hubo de darle como compensación el nombre de Colombia a la creación más grande de su genio.

Se empezó a hablar, pues, en los albores del siglo XVI, de América como equivalente al Nuevo Mundo. Pero solamente era una denominación geográfica. Pero América, como unidad, existía para el momento del encuentro en 1492. No había siquiera, en los pueblos visitados durante los cuatro viajes de Colón ni en los encontrados en los inmediatos por los sucesivos viajeros, relación con los grandes imperios de los aztecas o los incas, no conocimiento exacto de lo que muchos años atrás debió haber ocurrido con la civilización Maya. Fue treinta años después del primer viaje de Colón cuando Cortés ocupó México, en una hazaña saturada de audacia y penetrada de crueldad. Cuarenta transcurrieron para que otro extremeño, Francisco Pizarro, cumpliera una hazaña equivalente en el Perú. Si fue en el Norte, la ocupación se iba realizando por etapas, sin que exista constancia de que los espacios conquistados formaran parte de una unidad política y social. América, el Nuevo Mundo, era vista como una gran demarcación continental, pero en nuestras propias gentes no había conciencia de que formaran una comunidad.

Un proceso de consolidación se fue cumpliendo en los siglos XVI, XVII y XVIII y vino a aflorar definitivamente en los preludios de la Independencia. Cuando va a finalizar el Ochocientos se independizan y confederan las colonias anglosajonas y adoptan el nombre de Estados Unidos de América. Su mayor poder, su mayor presencia e influencia en los acontecimientos mundiales ha hecho para los no americanos y hasta para los americanos del Centro y del Sur del Continente, el vocablo «americano» a secas se use para denominar a los anglo-norteamericanos. Cuando despunta el siglo XIX, las antiguas colonias españolas se sienten movidas a luchar también por su propia independencia política y una corriente de unidad las acerca, por encima de las demarcaciones que determinarán la formación de un número elevado de Estados.

El precursor Francisco de Miranda fue un visionario de la unidad de América, considerando como tal la América española. El sabio venezolano Andrés Bello, siguiendo su ejemplo, durante largos y penosos años de permanencia en Londres, editó en colaboración con otros ilustres hispanoamericanos la Biblioteca Americana y el Repertorio Americano, revistas dedicadas a robustecer la conciencia de los hispanoamericanos sobre su propia realidad y sus propios problemas, y publicó la primera poesía dedicada expresamente a fomentar la literatura propia del «mundo de Colón», por lo que fue llamado por Henríquez Ureña y por otros, «libertador artístico» del Continente. Bolívar, en la cumbre de su gloria, convoca el Congreso Anfictiónico de Panamá en 1824, inspirado en el deseo que había expresado al Libertador O’Higgins, de Chile, de hacer de nuestros pueblos «una nación de repúblicas».

Mientras tanto, las antiguas colonias portuguesas conservaron, a través de una estrategia inteligente desplegada por la Casa de Braganza, su organización política unitaria, pero cuando se constituyeron en República la denominaron «Estados Unidos del Brasil», nombre que mantuvieron por unas cuantas décadas, sin que en él se hiciera expresa mención del gentilicio americano.

Con el tiempo se ha ido generalizando el calificativo latinoamericano para comprender a todo el área de países de América distintos de los de lengua inglesa y holandesa. Y la unidad se ha ido expresando más y más en medio de la diversidad. No se habla ya tanto de América, sino de las Américas: el cognomento «panamericano» se sustituyó acertadamente por el de «interamericano».

Pero viene de nuevo la ocasión de señalar cómo los símbolos cristianos son de manera implícita una identificación cabal del Nuevo Mundo. Especialmente, se prestan maravillosamente para expresar lo que los latinoamericanos perseguimos en nuestra identificación, a saber, la «nación de repúblicas» de que habló el Libertador Simón Bolívar, o sea, como antes dije, la unidad en la diversidad.

Ningún símbolo puede para ese objetivo ser más bello que la Madre de Dios. Cada uno de nuestros países venera a la Virgen María, pero cada uno lo hace bajo una advocación especial. Nuestra Señora de Guadalupe es patrona de toda la América Latina y providencialmente se manifestó a un indiecito humilde, que paternal bondad ha elevado recientemente a los altares; pero Guadalupe es, especialmente, una vivencia íntima en el corazón del pueblo mexicano. Los nombres de tantas maravillosas patronas de nuestras colectividades nacionales, como la de Coromoto en Venezuela, la de Chiquinquirá en Colombia, la de Aparecida en Brasil, la de Copacabana en Bolivia, la de Luján en la Argentina, y pare de contar porque la lista es interminable, expresan una conmovedora devoción y a la vez una afirmación de propia identidad dentro de la unidad.

Visitando sus santuarios con emotiva veneración, no puede uno menos que admirar esa milagrosa presencia de Dios en la Historia de que habló Juan Pablo II. Porque ha encomendado a su Madre Santísima renovar la fe y la esperanza de los pueblos que gimen en medio de la pobreza y de la confusión. Es antídoto contra desesperanza. No es privilegio solamente de Lourdes y de Fátima, y de tantos otros lugares donde se ha aparecido la celestial Señora para encender el espíritu creyente, donde los altos valores del espíritu prevalecen por encima de las tribulaciones. El Pontífice reinante, fervoroso mariano, no tiene mejor aliada para la evangelización de nuestra América que la Virgen María, que le salvó la vida y que ha salvado al mundo en forma que no puede considerarse sino milagrosa.

Rafael Caldera, Alicia Pietri y Juan Pablo II
Alicia Pietri y Rafael Caldera saludan a Juan Pablo II, en audiencia ofrecida a los participantes en el Simposio sobre los 500 años del Descubrimiento de América, en El Vaticano.

Todos los compatriotas latinoamericanos saben que la Madre de Dios es una sola. Que bajo diferentes formas es la misma. Pero en sus diversas advocaciones, en la historia que a veces embellecida por la leyenda rodea a cada una de ellas, se manifiesta a cada pueblo con una personalidad diferente. Así mismo, los países latinoamericanos sabemos que somos uno; que tenemos un común origen, una manera de ser común y nos compromete un mismo destino, pero cada uno de nuestros pueblos mantiene con firmeza su propia identidad dentro de la unidad.

Los españoles dieron a las naciones mestizas que engendraron en América muchos dones: los mayores, sin duda, la religión y el idioma. El idioma, preservado amorosamente por la genial visión de Andrés Bello, vínculo unificador. La religión, concebida y practicada dentro de un amplio ecumenismo, como lo ha definido el Concilio Vaticano II, nos lleva necesariamente a pensar en objetivos superiores a los egoísmos individuales y nacionales: nos obliga a buscar la paz, a esforzarnos en la solidaridad.

Tres lenguas se reparten casi totalmente el mundo americano. El español y el portugués son idiomas afines, entre los cuales el entendimiento y la comprensión son fáciles. El inglés, hablado como lengua materna por los grandes países del Norte y por las pequeñas comunidades del Caribe, tiende a ser cada día la segunda lengua más usada por todos los grupos humanos.

Todo ello nos lleva a afirmarnos cada vez más en la idea de que lo ocurrido hace quinientos años fue la apertura de una gran avenida para el futuro de la humanidad. Fue un acto de fe; y como lo dijera Miguel de Unamuno (citado por Ángel Rosemblat «Estudios sobre el Español de América», III, 122) «creer es crear». El proceso de estos quinientos años no ha sido, para los países americanos, nada fácil. Pero en los peores momentos los ha salvado la fe. Hemos reparado con nuestros sufrimientos colectivos los pecados cometidos por los conquistadores y por sus herederos en la extorsión y en la crueldad. Pero hay que ver cómo la muchedumbre de esos pueblos, los más abandonados y oprimidos, acuden en silencio, muchas veces andando en el suelo áspero sobre sus rodillas, a los santuarios donde se conserva un documento inconfundible de su religiosidad.

Cuando Colón llegó a Guahanani, esa isla hoy casi olvidada a la que denominó San Salvador, lo primero que hizo fue besar la tierra como un acto de reconocimiento a Dios. Cuando el Papa Woytila besa la tierra al llegar a cada uno de nuestros países, está pronunciando, en gesto mudo, la más hermosa de las oraciones. Al fin y al cabo, la tierra es madre porque el género humano está hecho del barro al que el Creador dispuso insuflarle un alma inmortal. Y al besar a esa madre sufriente, el corazón se eleva a lo infinito, dando gracias al Padre Universal por habernos concedido con la vida, el privilegio de amarlo.

No importa que en la conmemoración de este medio milenio se hayan querido desempolvar viejas controversias y echar sobre quienes llevaron a América el mensaje evangélico la imputación de errores y de crímenes que no negamos y de los cuales la propia Iglesia ha pedido reparación y penitencia. Como dijo el poeta español, «crímenes son del tiempo y no de España». Lo mismo podrían decir el anglosajón y el portugués. Pero a pesar de todos los pesares, el sol que brilló en una playa del Caribe el 12 de octubre de 1492 sigue alumbrando para los que creen en la justicia y la reclaman. Los humildes de América, como los pastores de Belén, soportan sus carencias y dolores por la esperanza irrenunciable de una vida humana mejor.

Muchas gracias.