El papel del estudiantado en nuestra historia y su responsabilidad actual (1936)

Rafael Caldera (primero de derecha a izquierda) en el Puente Internacional Simón Bolívar, durante la gira de la UNE por el Táchira, 1936.

El papel del estudiantado en nuestra historia y su responsabilidad actual

Mensaje trasmitido por La Voz del Táchira. San Cristóbal, 2 de diciembre de 1936.

Introducción

De pie, serenos y confiados, estamos ante la opinión pública de San Cristóbal. Hemos venido desde el Centro a traer al estudiantado y pueblo de Los Andes un abrazo cordial y afirmar así, de estudiante a estudiante, de compatriota a compatriota, el ideal de la Unión Nacional Estudiantil, que no es sino el mismo que ha sido siempre el ideal legítimo del estudiantado venezolano: la creación de una patria auténticamente libre, grande y fuerte.

Serenos y confiados, he dicho. Serenos y confiados, porque contamos con el veredicto de nuestra conciencia. Ella nos dice que en todos nuestros actos ha sido único móvil la elevación del estudiantado nacional; que nunca se ha mezclado en la vida de la UNE ninguna especie bastarda, ni ningún interés mezquino.

Necios rumores se han expresado por ahí acerca de una pretendida animadversión del pueblo de San Cristóbal para nosotros. Nosotros no tememos, no podemos temer, a esos rumores interesados. El pueblo nunca podrá estar en contra nuestra, porque nosotros somos estudiantes, y el estudiante es para el pueblo símbolo de lo más puro. El pueblo nunca podrá estar en contra nuestra, porque desde nuestra fundación nos hemos empeñado en acercárnosle, en ayudarlo, y siempre le hemos dado la palabra honrada del hermano, si bien es cierto que no hemos querido ser a su lado –como esos aduladores– fementidos que lo marean con sus melifluas serenatas.

¿Qué hay algunos hijos del pueblo a quienes se ha engañado haciéndoles creer que somos enemigos suyos? No importa. Ellos habrán de salir tarde o temprano de su error, cuando comparen la actitud de sus falsos apóstoles con la posición ruda, sí, pero siempre honrada, de los estudiantes de la UNE. Por eso es que en los meses que llevamos de vida han ido naciendo nuevos órganos de nuestra asociación, que en toda la República se han ido constituyendo con estudiantes que han podido estudiar nuestra conducta.

Un saludo, pues, a los estudiantes y al pueblo tachirense. Un saludo de estos estudiantes que entienden su misión histórica en la forma en que lo expresan las palabras que de seguida me permitiré leer, y en las cuales hemos concretado la esencia de nuestra posición.

Siempre ha sido el estudiante venezolano el símbolo del patriotismo. En todo momento culminante de lucha, él ha ido al frente de la ciudadanía, rebosante de un entusiasmo que ha arrollado todos los pesimismos y ahogado todos los intentos de claudicación.

Ágil el cerebro para vislumbrar en lontananza el camino de la patria, presta la palabra para señalarlo a sus conciudadanos, dispuesto el corazón para encarar todas las situaciones, para arrostrar resuelto todos los peligros, el estudiante ha sido para nuestro pueblo algo que le hace pensar en la patria. (El estudiante ha sido como el bravo potro que alienta en nuestro escudo, una encarnación de nuestra nacionalidad irredenta).

Ya existía una conciencia estudiantil

Remontémonos a la época de la Independencia. En la Universidad se había reunido el Congreso. La tribuna de los largos y vehementes debates, de los maravillosos discursos; la tribuna en donde de manera solemne se leyó el Acta del 5 de julio, es la misma tribuna que enriquece todavía nuestro Paraninfo de Caracas. Estudiantes debían ser los que llenaban las barras del Congreso, que se instaló en su vieja casona maternal; e hijos de la Universidad fueron caso todos los hombres de aquella generación que no ha sido superada en nuestra historia.

Pasa la etapa puramente cívica (Junta Suprema, Congreso, Declaración de Independencia) y viene la conmoción dolorosa de la guerra. El estudiante no puede menos que dejar sentados en ella su patriotismo, su capacidad para el sacrificio. Si antes había llenado las barras del Congreso, ahora va a llenar en las filas de los ejércitos venezolanos; a perpetuar, bajo la dirección de Ribas, su definitiva consagración a la patria en la jornada inolvidable de la Victoria.

Ya estaba formada, para entonces, por lo tanto, una conciencia estudiantil. Una conciencia estudiantil que le indicó a nuestros universitarios con trazo firme, la conducta que exigía Venezuela de ellos, en el momento de la decisión y del optimismo, ya en el de la inmolación, ante la cual no fue posible nunca el titubeo.

El estudiante y nuestras tiranías

De entonces para acá continuó siendo el estudiante la conjunción del entusiasmo y del desprendimiento; continuó siendo eterna esperanza de un futuro mejor y víctima eterna en los altares de la Patria.

Nació el amor de Venezuela al estudiante, y ese amor jamás fue defraudado. Por el contrario, en cada nuevo hecho ha resultado el aumento de ese tesoro invalorable.

La tradición estudiantil se ha mantenido íntegra. Los que ahora son nuestros maestros y los que fueron maestros de nuestros maestros, supieron vivir su momento estudiantil y consagrarlo a manera de relámpago del Catatumbo en nuestra larga noche nacional.

Ese ha sido el papel del estudiantado venezolano en nuestra historia. Y en ello hay algo que interesa recalcar. Para el pueblo no fue nunca su héroe «este» o «aquel» estudiante determinado. El nunca quiso saber quién fue x o z que en tal o cual momento llevaba la voz cantante del estudiantado; para él fueron simplemente «los estudiantes», especie de personalidad moral que sentían siempre renovada, pero siempre la misma. Por eso no le importó que Fulano o Zutano claudicaran, ni que muchos se transformaran al dejar de ser estudiantes. A la Nación siempre le bastó que el estudiantado continuara alentando inagotable patriotismo, que la Universidad fuera a la manera de caldo de cultivo perenne de las virtudes cívicas.

El sentido de la palabra patriotismo

Nada engendra mayor responsabilidad que una historia gloriosa. Grave no es que aquellos que siempre han pasado inadvertidos por la vida continúen vegetando, sin pena ni gloria, ante la vista de la humanidad y ante el juicio de su propia conciencia. Pero sí sería gravísimo que quien antes contrajo un compromiso, sellado con el sello sagrado del propio sacrificio, desconociera un día la misión que asumió voluntariamente y en la cual se ha empeñado para siempre.

De allí dimana el rasgo fundamental de la responsabilidad del estudiante venezolano en el momento actual: de su gloriosa historia.

Ya por su juventud estaría obligado, como los estudiantes de los otros países, a dar ejemplo de cualidades que parecen olvidadas, a difundir como una onda su palabra cuajada de honradez y de virilidad. Pero el estudiante venezolano no es como otro estudiante cualquiera, a quien solo se exige alguno que otro rasgo de genio en medio de una serie de locuras. Es un ser que irrevocablemente ha echado sobre sí la carga que entraña «su significación preponderante en nuestra vida nacional».

Pero ¿cuál es la idea fundamental que inspire al estudiante en el cumplimiento de tan grave misión?

Es el patriotismo. Es el mismo de siempre, pero dotado de un sentido que no tuvo antes. Es el mismo sentimiento noble que hace de Venezuela objeto de todos nuestros afectos, nuestra dedicación y nuestro renunciamiento. Pero, como decía ha cambiado el sentido de la palabra patriotismo…

Antes el patriotismo solo vivía del gesto. Sólo vivía del momento de heroísmo que exigía al ciudadano consumirse en el fuego para mantener encendida la llama del espíritu patriótico. Ya hoy el patriotismo exige otra cosa. Exige, sí, que permanezca vivo aquel aliento para sacarlo afuera en los momentos decisivos. Pero reclama una labor más constante. Más sorda pero más fructífera. Más baja en la apariencia porque la altura momentánea del nivel de sublimación no llega a la hermosura brillante de la muerte; más alta en definitiva, porque exige más amor para que pueda haber más constancia, mayor sacrificio para que pueda acumularse día a día el mérito muchas veces opaco, el desprendimiento muchas veces oculto.

Yo deseo insistir en el sentido que la palabra patriotismo ha adquirido en el momento actual. Yo quiero recalcarlo ante estudiantes y no estudiantes, para que los unos se percaten de que vivimos un nuevo momento histórico que necesariamente reclama un nuevo enfoque histórico y, para que Venezuela entera le reclame la actitud que, a no ser criminal de lesa patria, tiene ineludiblemente que asumir.

Ya no puede ser loco

Ya no puede ser loco. Una locura estudiantil significaría en nuestro tiempo una locura nacional. Un paso en falso, una vehemencia suya, engendraría consecuencias que podrían llegar a increíbles extremos, extremos que con todo está obligado a prever.

La experiencia de los últimos meses ha venido a justificar lo que digo. A movimientos impulsivos de algunos estudiantes, ha respondido el pueblo lleno de fe y de abnegación. Y el pueblo venezolano, la Nación entera, han sufrido las consecuencias de lo que en otra época o en otro lugar se habría catalogado como una simple locura estudiantil.

Ese frenesí incontrolado ha redundado desgraciadamente en menoscabo de la influencia social del estudiante. Pero, con eso y todo, es aún mucha la intensidad de esa fuerza. Fue tan grande el arraigo que la tradición estudiantil venezolana adquirió en el alma nacional, que todavía está ella pendiente de lo que diga el estudiante, todavía es señero de rutas su actitud, todavía se oye su palabra con la misma fruición embelesada con que hasta ayer se escuchó su grito contra la tiranía.

Ya no puede ser loco. Hoy está obligado el estudiante a refrenar sus ímpetus, cuando ellos no conduzcan a mejorar la situación de Venezuela: está obligado, – y es la prueba más dura a que se halla sometido -, está obligado a inmolar muchas veces algunos de sus caros ideales en aras del ideal fundamental, que es la felicidad de la patria.

La oportunidad que vivimos definirá de modo trascendente la situación de Venezuela durante muchos años. Es el momento de iniciar el trabajo creador. Es el momento de hacer que se transforme la palabrería vaga que está tan en uso, en actividad consciente, fecunda.

Al estudiante cabe un papel principal en la tarea. De él depende en mucho cual sea el rumbo que en definitiva se imprima; él decide, además, la forma en que mañana se aproveche el desarrollo de nuestras posibilidades; si se ha preparado, obteniendo el rendimiento máximo; si ha despilfarrado su vida actual en aventuras absurdas, dejando perder entre sus manos la fuerza que pudo ser engendradora de una Venezuela engrandecida y respetada.

Ya no puede ser loco. El estudiante de hoy ha perdido el derecho a justificar sus errores como genialidades. Ha echado sobre sí el tremendo deber de pensar como hombre, de reflexionar, antes de tomar una medida, sobre las consecuencias que ella pueda tener para la patria.

El nuevo sacrificio

El estudiante ha vivido siempre para el sacrificio. Pero ese sacrificio repetido, indudablemente invalorable como afirmación patriótica, se ha convertido en verdadera desgracia en que la Nación ha perdido hasta la esperanza de un futuro mejor; porque en la hoguera de las revoluciones y de las protestas, ha ido ella arrojando con majestuosa resignación los que habrían debido ser hombres capaces de restaurarla y levantarla.

«Crisis de hombres», se oye decir de un lado a otro, y es realmente la mayor calamidad venezolana. Aquellos que pretenden dirigir hoy la marcha del país, han desfilado por los puestos públicos, dando un triste espectáculo de incapacidad.

Y es que para encaminar a Venezuela, para orientarla en un sentido de progreso efectivo, no basta haber protestado contra la tiranía. El gesto valiente de la protesta empeña, es cierto, la gratitud ciudadana; pero para realizar una labor efectiva es necesario mucho más: es necesario poseer una preparación sólida, no constituida por dos o tres ideas aprendidas con precipitación y digeridas a pedazos.

A esa preparación estamos obligados los estudiantes de hoy. Ayer, cada protesta contra un tirano significó la anulación de los hombres de mayores esperanzas, para que otro nuevo tirano encontrara el camino más limpio, encontrara la Nación más debilitada, más entregada entre sus manos. Hoy, para poder afirmar con júbilo efectivo: «no habrá más tiranías en Venezuela», debemos aprovechar estos momentos con tesón verdaderamente infatigable a fin de que no nos encuentre el mañana imposibilitados para desempeñar la ardua labor que estaremos obligados a asumir.

Preparación, constancia, conciencia de responsabilidad. Eso exige hoy el patriotismo y eso supone el nuevo sacrificio. Sacrificio, sí, porque lo es apartar la actividad brillante por el trabajo sordo y lento de la preparación; sacrificio, porque lo es muy grande revestirse de una serenidad excepcional en medio de la precipitación en que vivimos, para esperar, saber esperar. Raíz debe sentirse el estudiante; raíz que si no se esconde en las entrañas de la tierra no llegará a robustecerse, no alcanzará a servir a ningún árbol robusto y empinado.

No quiere esto decir que por esa necesidad de prepararse vaya el estudiante a eximirse de todo contacto social. Eso sería absurdo. Hoy más que nunca reclama la sociedad del estudiante. Hoy más que nunca reclama de él nuestro pueblo, ese pueblo bueno que pide a gritos una palabra honrada que lo oriente. Pero ese contacto social, esa palabra orientadora, la debe prestar siempre, por sobre todo y ante todo, sin salirse de su condición de estudiante.

Me explico con ejemplos. El estudiante debe ir a la prensa, pero no como el periodista profesional que vive de ella, que está sumido en los intereses creados del ambiente; el estudiante ha de escribir en el periódico reflejando siempre una faceta del alma estudiantil. El estudiante tiene que interesarse en los problemas nacionales; el estudiante puede hasta sentirse interesado e iniciarse en la cuestión política: pero debe pretender siempre irse a la política como fenómeno social que marca el rumbo de la vida nacional y no a la política como lucha de conveniencias que se debate por la posesión del gobierno.

Si el estudiante llega a la política, ha de hacerlo de modo que se diga de él: es esencialmente un estudiante, como tal, interesado vivamente por las necesidades de la patria, y que excepcionalmente, ha asumido actividades políticas. En eso estriba nuestra diferencia fundamental con otros hombres, que ya hace muchos años alejaron definitivamente la senda de su vida de los claustros universitarios; hombres que han venido, ya en edad no adecuada, a meterse de nuevo a los corredores de la Universidad para aprovechar ésta como instrumento de maniobras políticas. Esos no son estudiantes sino de manera accesoria y por una necesidad de táctica. Vale, pues, recalcarlo, por el contraste que ello significa:

NOSOTROS SOMOS ESTUDIANTES, QUE A LO MÁS ACCIDENTALMENTE ESTAMOS METIDOS EN POLÍTICA; ELLOS SON POLÍTICOS METIDOS ACCIDENTALMENTE A ESTUDIANTES.

Hoy y mañana

Termino resumiendo en dos párrafos las ideas expuestas.

Al estudiante, hoy, incumbe la grave responsabilidad de su prestigio. Hacer caso omiso de ella y lanzarse por caminos de aventura, sería traicionar a la patria, a sus antecedentes y a su propia conciencia. Compenetrarse de esa responsabilidad y obrar teniendo siempre en cuenta que un paso suyo necesariamente ha de repercutir en el pueblo, es su imperativo del momento actual. A ese imperativo debe someter su conducta; y marchar adelante, con la vista en la patria y la mano en el corazón, sin que sean nada a preocuparlo las algazaras de los profesionales del insulto, canalla embravecida, calumniadora e injuriosa, cuyos insultos honran y cuyas alabanzas avergüenzan.

Pero debe por sobre todo el estudiante tener presente que no ha llegado todavía su hora. Darlo todo hoy significaría presentarse con las manos huecas en el momento en que la patria le reclame que definitivamente la encauce y la engrandezca. Permitir que, perpetuándose esa «crisis de hombres», siga siendo mañana  Venezuela la misma nación desgraciada, sería el más culpable de los crímenes y la más absurda de las incomprensiones. En sus estudios, aún en sus actividades; y sobre todo en su contacto con la realidad venezolana, debe resonar este grito de guerra:

ESTUDIANTE, PREPÁRATE PARA LA PATRIA GRANDE QUE HABRÁS DE CONSTRUIR TÚ MISMO.

 

Rafael Caldera R.

Discurso en el Colegio San Ignacio como antiguo alumno (1938)

Discurso en el Colegio San Ignacio como antiguo alumno

Palabras de Rafael Caldera como antiguo alumno del San Ignacio, en el acto de premiación de Fin de Curso. Noviembre de 1938.

Señores:

Cada año, en noche como ésta, el Colegio se viste de sus mejores galas. Profesores y alumnos, familiares y amigos, hacen un solo esfuerzo de solidaridad para estimular a aquellos que han merecido premios. Ni una leve sombra de mezquindad fluye en estos momentos. Los vencedores no aceptan mezcla de pequeñez en su júbilo. Los que no lo son, saben rendir tributo a la justicia y sentir la alegría del compañero que convive en las aulas.

Noche es solemne en que ha sido costumbre llamar a a personalidades de verdadera valía para que digan el discurso de orden. Hoy aquella costumbre se ha roto. Por una flaqueza paternal, el Colegio ha preferido traer aquí a un antiguo alumno; para que represente a quienes en estas aulas se formaron, oyendo la palabra orientadora y admirando el ejemplo de vidas integérrimas.

Es, pues, total concepto el de esta repartición de premios. Yo vengo con sincera emoción a recoger el mío. A falta de otro mérito, se ha querido recompensar mi cariño infinito por esta casona caraqueña. Por lo que ella representa de trabajo, que es esperanza, y de sacrificio, que es amor y redención. Por el ideal noble y puro que ella encarna. Por la abnegación inquebrantable de estos obreros de Dios que aquí trabajan momento tras momento, sin hacer caso de que a veces la gente enseguida se revuelve contra la mano que la bendice y la levanta.

No he de hablar, aunque bien lo quisiera, de la santa misión del maestro. Tampoco me pondré a disertar sobre la elevada eficacia de estos torneos de sana emulación. Hablaré sin rebusques de retórica a condiscípulos de los cuales los mayores empezaban a estudiar primaria cuando yo terminaba la vida del Colegio. Sin el brillo de los poetas, cuyos versos recitaba en oportunidades similares, mi palabra será un llamado de sinceridad a condiscípulos obligados a marchar por un camino recto. Obligados a cumplir un deber cuya traición comería las entrañas con hiel amarga de remordimiento.

A ustedes, pues, mis compañeros de colegio, va a hablar otro colegial. Otro muchacho que a pesar de serlo ha conocido ya los sinsabores de la lucha. Que ha podido palpar la comprensión de quienes más obligados están a comprender; la cobardía de quienes más obligados se encuentran a luchar. Yo he venido a hacerme eco de una realidad de dolor y esperanza. Dolor por la traición y esperanza en la juventud, es lo que siempre ha venido sintiendo nuestro pueblo; y las generaciones que nos precedieron se han encargado cada vez de añadir más sufrimiento a su tortura y de restar más optimismo a sus precarias ilusiones.

Hoy se siente con mayor arrebato la llamada de la Patria que gime y que espera. Porque son más graves sus problemas y más trascendental su encrucijada. Hay épocas en que la humanidad satisfecha se entrega al regodeo de lo que considera pináculo de la civilización. A esas épocas suceden otras en las cuales se siente la angustia de los males que produce cada etapa de abandono y egoísmo. Como aquéllas era el siglo pasado, como éstas, el momento nuestro. Al leer los escritores de hoy es imposible dejar de notar un dejo de amargura y un sentido de inconformidad.

Estamos en un instante histórico en que una transformación va a operarse, y el quietismo es un crimen. Se contempla el problema horroroso que afecta el mundo entero y que se ha designado con el nombre de cuestión social. Horroroso problema de ateización y descristianización, de injusticia para la mayoría inmensísima de la humanidad. La mayor parte de los hombres padecen abandono y miseria: y si empezó por negárseles la idea de un Dios que ama y redime, de un Cristo que murió por el pueblo, ha acabado por hurtársele el mendrugo que sostiene una vida dolorosamente irracional.

Estamos en momento que reclama el esfuerzo. En el mundo entero se sienten tremendas convulsiones. En Venezuela, la Nación busca ansiosamente el camino de reconquista de su destino histórico. Va a resolverse allá y acá, el problema máximo del universo actual. De los hombres habrá de depender que predomine la solución atea y bárbara del odio o la cristiana y humana del amor. Canalla y criminal será quien se encierre en el círculo de su propio egoísmo. Quien se niegue a integrarse en una responsabilidad colectiva. Quien ceda el paso por miedo, o por conveniencia, o por las dos cosas a la vez, a las corrientes que quieren destruir la base misma de nuestra civilización.

En una grave obligación está empeñada la juventud venezolana. Y nosotros, colegiales del San Ignacio, no somos los menos obligados. Dios nos ha traído a un Colegio donde se pone empeño en formar la conciencia. Donde no se plasman inteligencias veletas, dispuestas a girar con la brisa. Donde no se dan conocimientos de mercado listos para empacarse a quien mejor los pague o a quien por las malas se imponga.

Algún día compañeros, sentiréis asco y dolor al mismo tiempo ante la insignificancia moral de elementos perdidos que hubieran podido hacer el bien. Algún día comprenderéis que Venezuela no se ha perdido por falta de hombres talentosos, sino por falta de hombres reciamente probos. Por falta de voluntades heroicas que no sepan flaquear ante el halago fácil que compra la conciencia al mero precio de dejar hacer. En nuestra Patria ha habido malos de verdad, pero su fama demuestra que no han sido la especie más corriente: lo más corriente ha sido una caterva interminable de hombres que han claudicado o se han vendido; que han prestado sus nombres hasta entonces honrados, para la defensa de los asesinatos de la Patria; que han echado sus talentos mercenarios como alfombra para que se patee y se atropelle la moral.

Por eso, repito, gracias debemos al Supremo por habernos traído donde se pone empeño en formar ciudadanos honrados. Por eso, no somos nosotros los menos obligados a atender la llamada de la Patria.

Nos emociona, es cierto, oír cómo en países afortunadamente lejanos, ante el espectro de la guerra, no hay quien se estremezca al escuchar la llamada a las filas y acuda a darle todo en servicio de su propia nacionalidad. Ante el clarín que los conjura, negligencia sería deserción. Traidor sería el científico que quedara encerrado en su laboratorio y no saliera con sus retortas y su microscopio y con su voluntad de sacrificio, a ofrendarlas en el ara común. Traidor el padre que no dejara ir a su hijo; traidor el comerciante o artesano que enfrascado en sus propios negocios se olvidara de la primera obligación de todo ciudadano.

Nosotros oímos el clarín. El clarín nos llama a una guerra más difícil, que no se nos hace todavía con ametralladoras y cañones pero sí con propagandas venenosas y traidoras. Podemos escuchar los cánticos guerreros de los enemigos de la Patria que marchan jactanciosos de su fuerza y seguros del triunfo. Oímos el «rum-rum» de los motores que van bombardeando los cerebros y corazones indefensos de nuestro pueblo ingenuo y bueno. Podemos oír el escandaloso derrumbe de la armazón moral de Venezuela. ¿Seremos nosotros los cobardes que no acudamos a la primera línea? ¿Seremos los que agachemos la cabeza, para pasar inadvertidos ante el pregón que menciona nuestros nombres llamándonos a filas?

Dios y la Patria nos reclaman y no podemos vacilar. Dios y la Patria no se contentan con el tributo lánguido de una oración oculta, ni el propósito de aprender un arte y una ciencia con el solo deseo de ganar más dinero y de vivir mejor. Dios y la Patria piden acción. Piden energía y constancia; y es necesario que ustedes, compañeros, se forjen desde hoy la convicción de que sería un crimen negarlas y de que hay que atender la llamada.

Desgraciadamente, muchos han traicionado esa responsabilidad. Quizá aún dentro de los actuales mayores del Colegio, haya quienes tengan el concepto de que la vida es para el trabajo individual y tranquilo. Dentro de nuestros mismos compañeros ha habido Pablos que persiguen a Cristo pero sobretodo Pedros que lo niegan. Aquéllos a quienes el error o la pasión han torcido, manifiestan siquiera una preocupación por la Patria. Una preocupación que traducen en acciones perversas; pero al menos puede esperarse que cambie de sentido cuando caigan las escamas que los ciegan. Esos Pablos, torcidos como están, han tenido siquiera la intención de hacer algo más allá de su propio egoísmo. Pero los Pedros se empeñan en no llorar su culpa. Siguen obstinados en el camino de las negaciones. Y la negación está reñida con nuestra misma escuela. Somos jóvenes y como tales debemos arder en deseos de luchar. Somos venezolanos y debemos responder al espíritu incansable de nuestros mayores.

No podemos nosotros ser de quienes niegan. Y negaríamos si presentáramos oídos duros al menosprecio de los mercenarios del pretorio por el sublime ideal del Galileo. Si rehuyéramos nuestro aporte a las empresas colectivas que persigan la regeneración de la Patria. Si fuéramos incapaces de hacer nada – como en la poesía de Benavente – más allá de los intereses del yo: mi carrera, mi comodidad, mi diversión y mi descanso, yo, yo, yo, yo.

Estamos obligados a darnos a la Patria. Y con nosotros obligados están –  propicio es recordarlo – nuestros padres. A los padres de familia aquí presentes esperando el premio de sus hijos hay que recalcar que el premio es símbolo de recompensa y prenda de responsabilidad. Loable es su presencia en el entusiasmo y el júbilo: pero obligada también en el estímulo a la labor social. Padres hay que extienden el concepto de una tranquilidad egoísta hasta imponer el abstencionismo a sus hijos. Que les prohíbe mezclarse en nada que pueda traerles sinsabores y dificultades. Forman así seres cobardes y asociales que el día del remordimiento lamentarán la inclinación que se les dio. Yo espero que no sean de esos los que aquí me oyen. Que en los aquí presentes no germine ese retraimiento criminal.

Ya debo terminar. Ahora – según las palabras del ritual – vendrá el momento en que «para honor de la virtud, esplendor de las ciencias, cultura de las letras y estímulo de los alumnos del Colegio San Ignacio, se proclamen los nombres de los que por su ejemplar conducta , aplicación constante y aprovechamiento, previo certamen literario, han merecido las insignias de premio y honorífica mención».

Esa mención de honor es mención de responsabilidad. Tú, el que vas a obtener la Excelencia o el premio de conducta, debes saber que de nada serviría ese premio si fuere posible ganarlo a fuerza de pasividad y de abstención. Que obtenerlo supone crédito de obras positivas que logren ejemplarizar.

Tú, el que recibirás el premio de puntualidad, endereza ese tesón que has demostrado hacia el propósito de ser perseverante en el trabajo por la Patria, sin que te aflijan las derrotas ni te detengan los obstáculos.

Tú, el que has ganado el de Filosofía, obligado estás a comprender que el hombre es un ser intelectual y volitivo que no logra su fin mientras no ejercite sus facultades hacia el bien.

Tú, el que sobresales en Literatura, recuerda que la palabra es vehículo de acercamiento humano y las letras algo que no tendría objeto si no se empleara hacia una alta finalidad social.

Tú, en fin, el que vas a recibir premio o mención honorífica en Instrucción Primaria o en Bachillerato, en matemáticas o en ciencias naturales: jamás olvides que todas las cosas forman un sistema de armonía; y que un conocimiento aislado es una nota discordante en el grandioso himno que la naturaleza tributa al Autor del Universo.

Pero especialmente, tú, premio de geografía, conmuévete cada vez que veas esparcidas sobre el mapa, en nuestro inmenso territorio, pequeñas manchas de población humana; convéncete de que poco harán sin una corriente espiritual que dinamice y que lleve a la acción. Y tú, premio de Historia, ¿no has sufrido el dolor del presente al mismo tiempo que se hincha tu entusiasmo ante las epopeyas del pasado? ¿No has comprendido que la Gesta Magna presupone tres siglos de labor perseverante y abnegada? ¿No te has convencido de que ella fue un inmenso y glorioso sacrificio colectivo?

Sí, compañeros todos. Los que subirán a este escenario con los pechos cargados de cruces y los que desde sus puestos sabrán ser soldados insobornables de nuestra nacionalidad. Compañeros todos que habéis llenado los pulmones para echar a vibrar por los aires las notas del himno nacional. Es necesario que se inflame nuestro patriotismo al recordar que la epopeya gloriosa de la independencia fue la obra de un pueblo que avanzó decidido a la conquista de un destino histórico. Fue una labor de superación, primero, en la preocupación y en la cultura; y luego, en los días de la lucha, un inmenso movimiento colectivo que no retrocedió ante el sacrificio. Fue el esfuerzo de toda Venezuela electrizada por una corriente de incontenible misticismo, encendida por la chispa fulgurante de Bolívar. No es creación de nuestros literatos la historia de esas hazañas portentosas. No es mentira ni leyenda que un ejército de llaneros flacos y andrajosos cruzó los Andes en una sucesión de triunfos y triunfó en lugares de difícil acceso.

La Independencia fue cruzada que tuvo en Bolívar su predicador y su caudillo. Hoy, insensato pesimismo pretende que no podrá nada Venezuela; y cuando sólo tenía un millón de habitantes sembró de gloria medio Continente.

Es necesario predicar una nueva cruzada de optimismo. Dios se vale de los pueblos como de los hombres. Muchas veces los pueblos pequeños con su ejemplo y aún con su acción hacen más para la humanidad que los grandes colosos. Para ello deben empezar por sanearse. Por erguirse. Por lanzarse en una ambición incontenible de futuro.

Recojamos la misión de regenerar esta tierra dolorida. No hurtemos energías a esa obra que a las nuevas generaciones reclama. No traicionemos lo que la juventud significa en obligación de optimismo y de impulso. Y no vacilemos, en nuestra cruzada de desbordante amor por Venezuela.

Ni ante la incomprensión – mala yerba que por doquier florece -.

Ni ante el insulto y la emboscada.

Ni ante la traición y la calumnia.

El alma puesta en Dios, mantengamos firmísimos esta inmensa obsesión: «Venezuela será lo que nosotros queramos que sea».

¡Arriba Venezuela!

Discurso en el acto inaugural del Primer Congreso de la UNE (1939)

Reunión preparatoria del Primer Congreso Nacional de la UNE (Enero de 1939).

El Congreso Uneista

Discurso pronunciado por Rafael Caldera en el acto inaugural de la Unión Nacional de Estudiantes, el viernes 20 de enero de 1939.

Señores:

La emoción con que en este momento declaro solemnemente instalado el PRIMER CONGRESO NACIONAL UNEISTA no es de retórica, sino de realidad vivida. No puede oírse con indiferencia esa llamada, una y múltiple, de esta Venezuela que bulle en pechos jóvenes y dispuestos. De esta Venezuela anhelosa de brotar, restañando la costra seca que dejó la inclemencia de vendaval siniestro.

Una y múltiple voz. Una, porque la juventud que la lanza tiene un solo ideal y un solo corazón para amar a Venezuela y sacrificarse por ella. Múltiple, porque el eco de diferentes tonos ha sido el resonar de diversos rincones de la Patria, viva en cada una de sus regiones, en el dolor de su provincia, en la esperanza renovada de un futuro de bien y de gloria.

Cada una de esas voces que ha marcado una reafirmación en el trabajo y en la lucha, ha refrendado una noción vivida de venezolanidad. Esta conjunción de delegados trae la palabra auténtica de quienes en cada lugar venezolano se dan sin reservas a la labor. Pero sobre todo significa que hay compenetración en la idea, en el sentimiento y en la acción. Que Venezuela vive en todas y cada una de las porciones de nuestro territorio y que éstas, al sentir su vida y sus necesidades, sienten la vida y las necesidades de Venezuela entera.

Aquí está Venezuela, señores, Venezuela que es una ansiedad de revalorización desde el pasado y de renovación hacia el futuro se levantó de un golpe al sentir su propia llamada. Breve y sincera la palabra de cada uno de los que aquí han hablado en representación de sus delegaciones respectivas, ha sido como cada nota de una diana que anuncia el despertar de algo distinto.

De algo nuevo. De algo que se trabaja con tesón construyendo con granítica base sobre corazones que no ha atacado la polilla. Universitarios de todas las Facultades, estudiantes de bachillerato, mostrando con satisfacción diferencias de edades o de estudios; ciudadanos de todos los lugares matizando con legítimo orgullo la expresión por la tonalidad característica de su solar natal, son voceros de un ideal de Patria Auténticamente Libre, Grande y Fuerte, que no ha de decaer un momento.

Horas de profunda angustia determinaron el nacimiento de UNE. Aquí y allá, núcleos pequeños pero decididos y compactos enarbolaron su estandarte. Un solo ideal, el de la Patria, logró el milagro de la unión inmediata de quienes vivían en lugares distintos y carecían de nexos personales. Hoy, cuando casi tres años de ruda lucha ofrecen el haber de un pensamiento uneísta claro y firme, tiene que ser aquel mismo ideal proclamado como estrella polar del movimiento.

Por eso las juventudes uneístas gritan a una: ¡Arriba Venezuela! Por sobre sinsabores y dificultades, por sobre la arremetida brutal o la trampa falaz y dulzona; por sobre resquemores o traiciones: ¡Arriba Venezuela! Venezuela arriba de todo, y siempre más arriba. Más arriba, cuando en el pulmón agonizante no quede sino una miseria de oxígeno. Y después, todavía más arriba, porque es grito que encarna ideal del espíritu y el espíritu vive más allá de la muerte.

A la sombra del ideal de Venezuela, UNE ha venido elaborando una doctrina que resume su pensamiento. UNE, como en otra ocasión lo he expresado, no quería ni podía reducirse a un papel negativo. Combatir contra algo no podía ser la única consigna. Queríamos actuar y afirmar. Venezuela es algo positivo que reclama labor positiva. Nuestro «anti» no era el motivo único.

Ni siquiera la razón primordial. Fuimos y somos anti-marxistas porque afirmamos como verdad motriz la de la Patria, con su territorio y su pueblo, con su tradición y su gloria, con su espíritu, con su religión y su raza. El marxismo es la negación de nuestra idea matriz y de ahí que la significación de nuestra lucha ha sido preponderantemente anti-marxista. Pero no es pues, por combatir el comunismo por lo que levantamos la consigna de la Patria. Fuimos abiertamente contra aquel sistema, precisamente porque creímos, creemos y seguiremos creyendo decididamente en Venezuela.

De ahí la necesidad de hacer cristalizar el ideario que se ha venido elaborando en la vida de UNE. Sin contradicciones, él se ha ido plasmando en nuestra acción y en nuestra propaganda. Es ya el momento de darle forma definitiva. Para hacerlo concurrimos representantes de todas las partes de UNE. Representantes que son los luchadores auténticos de sus respectivas secciones. Los que tienen la experiencia del combate difícil y de ella han sacado más coraje y más fe.

Eso será, señores, el Congreso de UNE. Una jornada de trabajo efectivo, para dar forma a las ideas que inspiran nuestra preocupación venezolanista, y para trazar más definitivos programas de acción. Previsto desde la fundación de UNE, reiterado en los Estatutos que aún rigen a nuestra Asociación, vuelto a afirmar en nuestro primer libro de afirmación uneísta, el primer Congreso Nacional Uneísta es la coronación lógica y normal de una etapa. No es una improvisación acalorada ni venimos aquí en son de elementos disgregados, quizá contrapuestos que pretenden embarcarse en un mar de discusiones estériles. Es la solidarización de una labor, el resumen de una experiencia, la concretación de una idea fija y persistente: Venezuela.

Congresantes venidos de las principales regiones de la República, que bien pueden atribuirse sin jactancia la representación de una idea nacional, han venido a convivir estos días de Congreso. De una amistad cimentada sobre ideales y sentimientos comunes, caldeada en una jornada de acción, habrá de surgir más efectiva compenetración. Se adquirirá un nuevo y poderoso estímulo para otra etapa de la cuesta.

Desde este momento, el primer Congreso Nacional Uneísta se entregará de lleno a su labor. Será trabajo en su mayor parte silencioso, sin ruidos disonantes. Pero hoy hemos querido venir ante ustedes, que nos han hecho el honor de su presencia y en quienes vemos representado el pueblo todo de Venezuela, para afianzar nuestra intención.

En esta tarde, profundamente emotiva venimos a garantizar firmemente que nuestra labor será la prosecución de los legítimos ideales del estudiante venezolano. Cuando abordemos, pues, la determinación de nuestra actitud ante los problemas educacionales lo haremos como estudiantes fieles a una tradición que ha sabido ser gloriosa– y como venezolanos deseosos de bien para la Patria. Cuando fijemos nuestra posición ante los «problemas sociales» mantendremos el mismo criterio que sin griterías ni demagogias hemos sostenido en todo instante. Justicia Social reclamamos. Justicia Social efectiva, de realizaciones que transformen la precaria condición económico-social del trabajador venezolano. Pedimos para el proletariado mejoramiento y atención. No sólo en su condición material, sino en la intelectual y moral. Pedimos que se le redima de la miseria; también que se le eduque. Que se le ofrezca un ambiente de valores morales en que aprenda a amar una familia y a sentir una patria. Reafirmaremos nuestra posición de defensa de los derechos del trabajador, que deben serle garantizados efectivamente. Pero además pedimos al trabajador una cosa: que por sobre sus personales intereses coloque los intereses sagrados de la Patria.

Queremos que por sobre la solución bárbara y marxista del odio, se coloque la solución del acercamiento e integración de las clases sociales, mediante una acción positiva del Estado que le de justicia a quien se debe. Nuestra justicia social es una justicia de realizaciones de solidaridad, ¡de Patria! Cuando fijemos la posición ante los «problemas internacionales» defenderemos la firme concepción nacionalista de Venezuela integrada en un decidido ideal iberoamericano.

Cuando abordemos, en fin, el cuarto de los grupos de temas que tratará el Congreso, es decir, «Estructuración y proyecciones del movimiento Uneísta» dejaremos la base definitivamente echada. Pero también ratificaremos un concepto que hemos preconizado: UNE no es, ni puede ser en el concepto de cada uno de nosotros, ninguna alianza transitoria. Es un compromiso para toda la vida. Y permitidme, señores, al llegar a este punto el desahogo de una intensa emoción personal.

Esa frase que dije otra vez quiero decirla nuevamente ahora, cuando terminada mi carrera, mi papel de estudiante toca a su fin definitivo: UNE es un compromiso para toda la vida, repito hoy con la conciencia del que ya se va y con el recogimiento religioso del que acaba una jornada.  Fieles seremos al ideal que ha guiado nuestro movimiento y que nos tiene congregados en este recinto. Fieles al concepto de la Patria Auténticamente Libre, Grande y Fuerte, que ha sido el señero de la marcha de la UNE. Fieles a la solidaridad Uneísta, que ha constituido la consigna fundamental. Fieles al cúmulo de sentimientos y de aspiraciones que simboliza ese triángulo amado, resumen de una vida vivida intensamente, semilla de Venezuela Nueva que hemos cultivado arriesgándolo todo y que hoy se levanta, germinada en arbusto, en conquista vertical del infinito.

Señores:

El primer Congreso Nacional Uneísta está aquí, cabe el espíritu del Libertador. Sus propósitos pueden sintetizarse en eso: vivir a Bolívar. Queremos reivindicar el espíritu del venezolano cien por cien que si supo llevar a toda costa una guerra increíble por lo prodigiosa, supo también sacrificarlo todo por el deseo frustrado de hacer de su Patria un pueblo sano y fuerte, grande, justo y feliz. Nuestro Bolívar no es el simple héroe de los ditirambos: es el ser intensamente humano que sintió el dolor de la traición, que abominó –son sus propias palabras– contra «la hipocresía y la maldad de los señores demagogos» y que en momentos de intensa amargura exclamó: «Del desvío de los sanos principios ha provenido el espíritu de vértigo que agita el país».

En más de un siglo de vida independiente, mientras ha traicionado la idea bolivariana, se ha fabricado un Bolívar desvinculado de la realidad nacional; se ha ahogado en un mar de palabras lo que del pensamiento y la voluntad de Bolívar podía y debía servir de fuerza viva para la reedificación de Venezuela. Nosotros queremos reaccionar contra aquella tendencia. Aquí nos tenéis, pues, deseosos de recoger la ambición patriótica del Padre de la Patria. Dispuestos a sentir y a vivir un Bolívar integral, además de grandioso en sus hechos, profundamente venezolano en sus anhelos.

Que sea él, Bolívar– espíritu más que ditirambo, guía y protección para este impulso de juventud que anhela construirle un pedestal de robusta realidad venezolana.

¡Arriba Venezuela!

Rafael Caldera

Ganar la Patria – La fundación de COPEI (1946)

Ganar la Patria: una responsabilidad mancomunada

(La fundación de COPEI)

Palabras en la clausura del acto de la instalación del COPEI, Caracas, domingo 13 de enero de 1946.

Está reciente, pero es necesario machacarlo insistentemente, el recuerdo de la noche inolvidable del 18 de octubre: la profunda tensión espiritual que en todos los hogares de Venezuela se sentía en aquella memorable oportunidad. No creo que haya habido ningún venezolano que hubiera podido dormir aquella noche. El pueblo no sabía con certeza de lo que se trataba, pero sentía una profunda conmoción interna. Su instinto infalible comprendía que se estaba cumpliendo alto trascendental. Era una transformación radical lo que ocurría; no un simple tiroteo, no un cuartelazo anónimo como algunos interesados quisieron presentarlo. Se sentía algo distinto a todo lo anterior. Se sentía llegada una oportunidad acariciada profundamente por todos los venezolanos honrados desde hacía mucho tiempo.

Y ese sentimiento como la mayor parte de los sentimientos humanos, tenía un aspecto dual: una inquietante angustia, y un profundo optimismo traducido en el júbilo popular más intenso que esperarse pudiera, y que no se atrevieron a negar ni aun aquellos que, en las propias horas en que se rendía el Presidente, todavía vilipendiaban a los héroes de la democracia venezolana, que habían jugado su vida, su honor y la tranquilidad de sus familias en una aventura decisiva.

El pueblo se lanzó a la calle por la revolución; y los cartelones preparados, y los discursos repetidos a través de la radio policial por quienes desnaturalizaban sus funciones excitando al odio de las clases, por quienes pedían a todos los venezolanos una posición de anarquía espiritual y moral, no pudieron apabullar el sentimiento del pueblo, no pudieron con toda su propaganda, impedir que los hombres humildes corrieran a las calles a empuñar el fusil y dar sus vidas con ignorada valentía, por una causa que no se conocía pero que se sentía patriota y generosa.

Ese doble sentimiento de fe y de inquietud

Ese doble sentimiento de fe y de inquietud, de optimismo y de angustia, de esperanza en las realizaciones que exigía el momento e inquietud ante el tremendo interrogante de si no iría a sepultarse una oportunidad que no se volvería a repetir, ese doble sentimiento tenemos que mantenerlo vivo. Tenemos que mantener la fe en la revolución para que ella pueda cumplir sus promesas. Tenemos que mantener la inquietud en todos los sectores, porque el fracaso de este momento revolucionario sepultaría por varias generaciones toda esperanza de salvación en Venezuela.

Y el problema lo comprendemos todos. De que lo comprendemos da fe esta Asamblea preparada en muy poco tiempo, prueba evidente del deseo vivo en cada uno de los presentes, de sumarse a un movimiento que tienda a plasmar el porvenir de la Patria y a mantener vivos aquel optimismo y aquella inquietud. Porque a eso precisamente ha venido el «COPEI». A decirle a cada venezolano que es por la responsabilidad de todos y cada uno de nosotros, por la acción mancomunada y solidaria de todos los sectores sociales, como puede salvarse este momento histórico. A decirle que la desidia, la indiferencia, el egoísmo, harían pasar el golpe del 18 de octubre como un golpe de audacia feliz que no logró cumplir una transformación radical en nuestra Patria.

A decirle que solo la colaboración, el esfuerzo, la responsabilidad solidaria de todos y cada uno de nosotros en la empresa, puede hacer que la Revolución del 18 de octubre sea el comienzo definitivo de una era de trabajo, de normalidad, de decencia, de respeto a las instituciones, que permita cumplir en pocos años la obra que se ha venido postergando por un siglo.

Todos, absolutamente todos, seremos responsables

Y en este sentido, todos, absolutamente todos, tenemos una responsabilidad política. Hay que decirlo claramente: el apoliticismo en Venezuela, en el momento actual, es una deserción.

No estoy pretendiendo que el comerciante abandone su empresa, que el industrial olvide su fábrica, que el obrero deje de prestar su labor diaria a la reconstrucción del país; eso sería una traición mayor. Pero dentro de la atención propia y de la propia actividad, manteniéndolas y superándolas, si cabe, para corresponder a las esperanzas del momento, tenemos que mantener también una viva, actuante, generosa preocupación por la organización social. Porque, señores, ya tenemos experiencia elocuente.

El obrero no encuentra trabajo, no encuentra justicia, no tiene redención ni esperanza, si la organización política está corrompida. El industrial no puede desarrollar sus proyectos, el agricultor, el criador, el comerciante no pueden encontrar confianza en sus actividades, el profesional no puede lograr el cumplimiento satisfactorio de sus propias e individuales preocupaciones, si existe un orden político alterado, que utiliza los recursos nacionales para el sostenimiento de una camarilla, para el enriquecimiento de los favoritos, y para la tergiversación de las obligaciones administrativas.

Ni es posible lograr que el estudiante sienta el optimismo de una Patria, ni pueda responsabilizarse en su tarea, si la política no marcha. Y cuando hablo de los estudiantes quiero repetir claramente, porque aquí hay muchos universitarios, lo que explicó el compañero bachiller Páez Pumar. En el «COPEI» tenemos muchos estudiantes inscritos: estudiantes de las diversas fracciones estudiantiles, que con entusiasmo y generosidad han venido a trabajar en nuestras filas. Pero no pensamos llevar la política a la Universidad, pues entendemos que lo estudiantil es una función nacional que está por encima de las diferencias de matices, y que las luchas de los estudiantes como ciudadanos, tienen que realizarse en la calle, de las puertas sagradas de la Universidad hacia fuera, para que se mantenga adentro un solo espíritu y una sola verdad.

Y vosotras, mujeres, ¿creéis posible que vuestro hogar pueda encontrar la tranquilidad y la alegría, creéis posible que se puedan educar vuestros hijos por la senda de la rectitud y del bien, creéis posible que se pueda pensar en una Patria serena y pacífica y próspera, como la deseáis para cada uno de vuestros hijos, si la política y el ejercicio del poder se desnaturalizan, si desde arriba se combate con la inmoralidad todo intento de regeneración de la Patria, si desde las alturas del poder se obstaculiza toda iniciativa honrada, y si en vez de sembrarse un ambiente de honradez lo que se hace es preparar semillas constantes de inquietudes, de zozobras, de revoluciones, de luchas, de destrucción? No. No es posible contar con hogares sanos, no es posible pensar en una Patria próspera, no es posible aspirar un ambiente donde decorosamente cada uno de nosotros pueda entregarse a su tarea, si no tenemos un orden político legítimo, un orden político sano y respetuoso por el que debemos luchar.

Es Venezuela misma quien debe señalar el rumbo

El momento exige una transformación. Esa transformación es de nosotros: somos nosotros quienes podemos cumplirla. No podemos mantenernos en la incuria para dejar que las cosas marchen bien o mal, según la buena voluntad ocasional del gobernante de turno. Es Venezuela misma, todos sus hombres responsables, quienes deben señalar el rumbo. Somos todos, los que tenemos que hacer definitivo este camino, los que tenemos que cumplir una mutación definitiva para que podamos trabajar, construir, construir infatigablemente nuestra destruida nacionalidad. Necesitamos un régimen sincero, un régimen genuinamente democrático, y tenemos que construirlo nosotros a través de la sinceridad.

La democracia no puede existir con un solo partido. La democracia no puede existir sin el juego libre de las opiniones. La democracia no puede existir si acecha en cada uno de nosotros la preocupación de que agruparnos, de que expresar nuestras convicciones es exponernos a insultos, es exponernos a la agresión de quienes tratan de sembrar un ambiente fatal para la democracia venezolana; de quienes con su prédica diaria, tendiendo a que ningún ciudadano honrado esté tranquilo con su honradez, buscan un ambiente que prepare y permita la dictadura social, objetivo fundamental de sus aspiraciones.

Por eso, señores, porque creo en la necesidad de una democracia sincera, porque creo en la urgencia de que se abra campo limpio y decente a la discusión de los problemas ciudadanos, por eso es que he aceptado la responsabilidad de clausurar este acto. He meditado mucho sobre si yo debía venir aquí, en esta Asamblea de carácter político, a decir las palabras que estoy pronunciando. Circunstancial y transitoriamente, e inmerecidamente también, estoy desempeñando un alto cargo en la maquinaria política del país: quizás esa circunstancia debía impedir que me presentara a esta tribuna. Pero creo indispensable que se vea y se palpe la posibilidad de que a las altas filas políticas no vayan los hombres de un solo partido político; creo que ningún servicio mayor puedo prestar en este instante a mi Patria y al Gobierno establecido, sino el de hacer que suene y que se oiga, y que se sepa, que en las altas esferas políticas, cumpliendo allá su deber como venezolano integral, cabe un hombre afiliado a una agrupación política distinta de la que está manteniendo la responsabilidad del poder.

Hay urgentes motivos comunes

Los promotores del «COPEI» creemos que el momento actual exige el implantamiento definitivo de ciertas mínimas conquistas. Que la discusión de problemas relativos a la posición ideológica de cada uno de nosotros tiene que postergarse. Es necesario consolidar el orden, consolidar la posibilidad de que la democracia venezolana exista. Individuos de las más variadas ideologías y de las más variadas posiciones debemos coincidir, por ejemplo, en la aspiración de que se acabe el robo en las esferas administrativas. Que al enemigo se le aplauda, deseamos eso, y al amigo se le castigue y se le recrimine, para que por encima de las banderas y de los compromisos personales, se imprima en toda la colectividad la convicción profunda de que los dineros de la Nación a la Nación pertenecen, de que esos dineros no son el patrimonio personal que se disfruta y se maneja al antojo de los gobernantes.

Nosotros consideramos urgente el que la democracia se establezca a base de instituciones y por eso hemos apoyado y apoyamos la conquista, ya hoy definitivamente lograda, de la incompatibilidad entre las funciones ejecutivas y legislativas: porque no es posible mantener la mentira de un poder soberano como el legislativo, mediatizado y dirigido, con grave daño hasta de la misma administración. Y nosotros creemos que es necesario abrir el cauce de la discusión con toda la energía posible, arrostrando el granizo de los ataques por mampuesto. Hacer que en Venezuela se vea con el respeto más sacramental y absoluto la expresión de las honestas opiniones.

Y sobre todo, señores, creemos urgente en el momento actual hacer un llamado para que cese la lucha anárquica entre los diversos sectores, porque así no se puede construir. Es necesario que el obrero y el patrono discutan sus problemas, pero en un ambiente de serena tranquilidad. Los obreros saben que en nosotros tendrán los defensores constantes de sus mejores reivindicaciones. Que es en defensa de sus propios derechos que sostenemos que no es por el vilipendio de un sector hacia el otro, por donde puede llegarse a la solución de sus problemas. Creemos que todos los venezolanos debemos sentirnos por alguna vez una sola familia. Que los individuos de las diversas regiones, el andino, por ejemplo, que representa una región plena de reservas imperecederas para el país (y no me ruborizo en reconocerlo aunque no soy andino) y el occidental, y el oriental, y el insular y el central, todos debemos sentir que por encima de nuestras propias aspiraciones, caras, legítimas, porque son aspiraciones naturales de beneficio de la región nativa, estamos unidos sin reticencias, sin restricciones mentales y con el solo objeto de hacer una Venezuela como la que todos debemos estar empeñados en crear.

Nosotros queremos plena sinceridad

Nosotros queremos sinceridad. Sinceridad en el Gobierno, sinceridad en los partidos, sinceridad en el pueblo. He tenido la satisfacción de oír en estos mismos días, de labios de políticos distinguidos de diversos sectores, la afirmación de que debemos desterrar el concepto de que política es engaño, de que política es traición. De que debemos implantar la convicción de que un genuino político es el hombre que tiene una idea, que profesa esa idea, que la echa a andar a los cuatro vientos de la opinión y que es capaz de jugarse su bienestar y su tranquilidad en defensa de esa convicción.

Nosotros pensamos que sin la sinceridad colectiva la estabilidad es imposible. Diez años de experiencia nos demuestran que no puede mantenerse un régimen a base del engaño; que no puede sostenerse una democracia que no se practica, que no puede preconizarse una honradez que no se cumple. La insinceridad es la ruina de los regímenes hipócritas, y tarde o temprano marchan forzosamente al precipicio.

Nosotros por los ideales de la Patria damos la cara abiertamente. No nos importa la calumnia. Ningún recurso nos importa, de propaganda que se ejerza en contra de nosotros. Queremos inculcar en la conciencia de cada venezolano la verdad que estamos diciendo, de que es urgente trabajar, preocuparse, de que esta oportunidad perdida sería por mucho tiempo la ruina colectiva.

Por eso estamos organizando este «COPEI». Es un principio de organización, es un Comité de Organización Política Electoral Independiente que marcha hacia la estructuración de fuerzas nuevas en el país. Queremos sembrar en todos los campos y ciudades estas ideas, sin egoísmo, sin restricciones. No vemos con temor el que se formen otros grupos: los queremos, los estimulamos. Estamos ansiosos de entrar a la emulación honrada y limpia; queremos que florezcan en los diversos sectores de opinión, diversos grupos políticos, para que poco a poco se vaya superando la conciencia política del país. Se irán depurando los campos, se irán calificando los hombres por su honradez y por su decisión en la defensa de los ideales. Y de esa evolución que nosotros debemos apresurar pero no precipitar jamás, surgirán los grandes grupos políticos, los grandes partidos que puedan darle a Venezuela como a otros países, una etapa de tranquilidad, de orden y progreso.

Y la etiqueta que nos den no nos preocupa

Y la etiqueta que nos den, esa etiqueta en realidad no nos preocupa. Derecha, izquierda, centro, reacción, progreso, son palabras que se repiten sin sentirlas. Son palabras que a menudo se dicen sin saber qué es lo que significan. ¿Qué quiere decir derecha? Para unos, derecha es defensa de la tradición, defensa de ciertos principios fundamentales en la vida de los pueblos. Si eso fuera así, nosotros seríamos derechistas. Para otros, derecha es negación de progreso, injusticia con el trabajador, mantenimiento de métodos caducos. Si eso fuera así, nosotros seríamos izquierdistas. ¿Qué es izquierda? Para unos, la izquierda es el progreso, es la reforma, el bienestar de los pueblos. ¿Quién sería más izquierdista que nosotros si la interpretación fuera esa? Para otros es destrucción, es lucha, es fomento del espíritu de combate de unos contra otros. Si eso fuera así, ninguno de nosotros sería amigo de ese concepto de izquierdismo.

Quizás en cierta manera nuestro programa podría corresponder al de centro, no en el concepto de mosaico de abigarrados egoísmos, sino en el sentido de reconocimiento de la necesidad de que se imparta justicia por igual para unos grupos y para otros, de que se acerquen todos los sectores nacionales. Pero tampoco queremos llamarnos así.

Como no nos preocupa tampoco la etiqueta que quiera acordársenos en la terminología de «reaccionarios» y «progresistas». Los grupos comunistas se empeñan especialmente en esta terminología. Reacción, para los comunistas, es anticomunismo. Progreso, para los comunistas, es filocomunismo.

Ya lo dijo un compañero en la defensa del ideario del «COPEI» en fecha muy reciente. Para nuestros enemigos no importaba que un hombre tuviera la más negra historia política, no importaba que un hombre representara en el poder el abuso y el robo más desenfrenado: si mantenía una actitud complaciente para los grupos comunistas se le llamaba progresista.

No importaba la honradez; y no importaba que algunos individuos como yo —y perdóneseme, en gracia a la defensa, esta personal alusión— lucháramos casi desde nuestra infancia por obtener las mejores reivindicaciones para los obreros, no importaba que se luchara para que cristalizara una Legislación del Trabajo que es una de las mejores de América; no importaba que se combatieran el abuso y el robo, no importaba que se pidiera el voto para la mujer y la incompatibilidad de las funciones legislativas y ejecutivas: si éramos anticomunistas, éramos reaccionarios, pues reacción se consideraba todo obstáculo bueno o malo que se opusiera en la marcha del Partido Comunista. Nosotros no creemos en esos calificativos.

En justicia, creemos que progresista es el hombre que quiere el mejoramiento, el cambio, el progreso material y social de nuestra Patria. Que reaccionario es el que añora la vuelta al pasado, la reacción hacia los métodos antiguos, la resurrección del General Gómez con sus métodos de gobierno, que se pensaron definitivos en la estructura social.

Si se aplica este justo criterio, nosotros podemos medir nuestro progresismo con el falso progresismo de aquellos que se dedicaron a arrojar incienso a los pies de los gobernantes y a apoyar los abusos y la arbitrariedad, y a sostener un régimen que marchaba a pasos agigantados hacia el regreso de lo más detestable y lo más corrompido, y lo más repudiado por todos los venezolanos en la historia política del país.

Nosotros no queremos divisiones

Nosotros no queremos etiquetas. No somos un grupo de «derechas», ni de «izquierdas», ni de «centro»; no somos una agrupación «reaccionaria» ni «progresista». No queremos dividir a los venezolanos en buenos y malos, con barreras infranqueables. Queremos medir la posición de cada uno, pesar su capacidad de comprender la necesidad de sacrificios que impone el momento actual. Queremos hacer de todos los venezolanos una sola familia, una familia que discute, con ardor pero con serenidad, los derechos de cada uno de sus hijos, que pone siempre por encima de la discusión los intereses del grupo familiar.

Queremos reforma social, la queremos; una reforma profunda, sentida y practicada por todos. Queremos paz social, esa paz que significa solidaridad, conciencia nacional, comprensión, ya que en pleito constante, infecundo, no haríamos sino acabar los pocos recursos humanos que nos quedan. Predicamos la necesidad de compactarnos, precisamente para que podamos resolver problemas que ya otros pueblos de América Latina resolvieron hace más de cincuenta años, y que nosotros, en este perpetuo tirarnos de las greñas, no hemos querido ni sabido resolver.

El trabajo realizado por los promotores del «COPEI» representa hoy un resultado plenamente satisfactorio. Tenemos el derecho de estar contentos por el éxito de esta magnífica y compacta Asamblea. Pero no lo queremos para mera satisfacción: lo queremos para estímulo. Ya lo dijo el vicepresidente del «COPEI» y lo señalaron otros oradores: este es el comienzo de una labor, el comienzo de una responsabilidad. Tenemos que ganar la Patria para la Patria. Tenemos que trabajar con energía. Merecen nuestro agradecimiento los señores de la Comisión Organizadora de esta Asamblea. Han sacrificado muchos intereses personales y han desatendido en mucho sus negocios; han sido capaces de todos los esfuerzos, con entusiasmo verdaderamente juvenil para obtener este resultado. Pero su ejemplo más que todo debe servirnos para formalizar nuestro compromiso.

Tenemos, amigos y miembros del «COPEI» una grave tarea. La Revolución de Octubre se salvará si no la dejamos perder por la senda infecunda de nuestros anteriores golpes de Estado. Si queremos salvar este golpe hermoso realizado por un grupo de jóvenes abnegados, si queremos corresponder a la responsabilidad que un grupo de ciudadanos han echado sobre sus hombros, es necesario que nosotros hagamos nuestra la Revolución, hagamos nuestros los propósitos, los ideales formados por la Revolución, que no podrían hallarse más hermosos en nuestra historia política. Hagamos nuestra la preocupación de esta hora. Si la hacemos, la Revolución será de todos los venezolanos y habremos salvado a la Patria. Pero si para mal de la Patria fracasara, tendríamos que decir, sin que nada nos sirviera de excusa, que hemos sido nosotros mismos los asesinos de nuestra propia madre.

¡Escogemos la lucha! (1952)

¡Escogemos la lucha!

Discurso pronunciado por Rafael Caldera en el Nuevo Circo de Caracas, la noche del 15 de septiembre de 1952, para clausurar la VI Convención Nacional de COPEI.

Pueblo de Caracas:

Nunca pensamos los venezolanos que asistimos a la transformación iniciada en el país a la muerte del General Gómez, que a los 17 años de haber muerto en su lecho el anciano dictador íbamos a presenciar la más descarada propaganda, en la teoría y en la práctica, de la tesis del «gendarme necesario». (Gran ovación).

El momento nacional es extremadamente grave. Hemos venido los venezolanos transitando un camino lleno de dificultades y de imperfecciones. Nos hemos combatido los unos a los otros. Nos hemos iniciado en el ajetreo de la lucha política. Pero hemos pensado que había un atrás definitivamente ido en las páginas más dolorosas de nuestra historia; y es precisamente esa idea la que tenemos hoy que salvar: la de que ese atrás pasó en Venezuela; la de que hay una nueva patria que busca su destino. (Gran ovación).

La lucha no es hoy de grupos contra grupos, ni de personas contra personas. Bien quisiéramos nosotros que lo fuera, bien quisiéramos nosotros que la lucha no fuera, como lo es, la lucha del destino de un pueblo contra sus páginas más cargadas de oprobio, contra la realidad más dolorosa que la patria de hombres que nombraron la libertad vivió ante la conciencia consternada del mundo. (Muchos aplausos).

Venezuela sorprendió al mundo en los albores del siglo XIX lanzando sus hombres a conquistar la libertad en los campos de América. Venezuela sorprendió al mundo, dolorosamente, en el resto de ese siglo XIX y en las primeras décadas del siglo XX, soportando una ignominia que le hacía sentir a uno, para amarlo más en el dolor, la angustia del gentilicio venezolano. (Ovación). Y esa es la lucha que está planteada en el dilema que confronta hoy el pueblo venezolano: de un lado, los que dicen que este es un pueblo bárbaro, inculto, que no tiene derecho a gobernarse; que la única ley que existe en Venezuela es la ley de la fuerza; que es necesario buscar – fabricar, si fuere necesario – la figura de un hombre fuerte y rodearlo para seguir transitando la senda de los desmanes. Del otro lado: la conciencia de la patria, que no quiere venderse; la voluntad del pueblo, que aquí, esta noche, en este lleno inmenso del Nuevo Circo de Caracas, está mostrando que todas las amenazas y todos los halagos y todos los millones del Presupuesto Nacional no son capaces para sobornar ni para doblegar la voluntad de un pueblo libre. (Ovación, prolongados aplausos).

Antecedentes de la situación

La situación venezolana se ha agravado más y más en los últimos tiempos. Recuerdo la lucha de COPEI, cuando se instauró el régimen de facto, por mantener el índice de la Nación sobre la Junta de Gobierno, para recordarle su deber inmediato de convocar el pueblo a unas elecciones libres y sinceras. Al cabo de un año de esa lucha se logró algo: el nombramiento de una Comisión que redactara un Proyecto de Estatuto Electoral. Fuimos a esa Comisión a defender principios: el principio del voto de la mujer, el del voto de los jóvenes de más de 18 años. Y pregunto yo: ¿ por qué no tienen derecho a votar en Venezuela los jóvenes de más de 18 años, cuando al país lo gobiernan hombres que apenas están frisando los 40?. (Aplausos y ovación. Vivas a COPEI).

Defendemos, sí, el voto de los analfabetos; defendemos la representación proporcional; defendemos algo que se olvidó en las páginas del Estatuto Electoral: el derecho de los partidos políticos de estar presentes en todos los organismos electorales en forma capaz de cohibir abusos y maniobras; defendimos la libertad para la propaganda electoral; no una propaganda alborotosa, no una propaganda dañina, pero sí una propaganda amplia, que diera especialmente a los pueblos de Venezuela – los que no tienen Nuevo Circo – la posibilidad para que a la plaza pública salieran sus hombres y mujeres a escuchar la voz de los luchadores políticos. (Prolongados aplausos).

Ese Estatuto Electoral – lo sabe toda Venezuela -, ese Estatuto Electoral – el proyecto inicial de la Comisión Redactora – fue defendido por COPEI en publicaciones de prensa y en conferencias públicas en todo el país, conferencias a las cuales invitamos a los que quisieran replicar los principios que sustentamos. Ese Estatuto Electoral, como todo el país lo sabe, iba a ser promulgado el 24 de noviembre de 1950, de no haber ocurrido pocos días antes el asesinato del Coronel Carlos Delgado Chalbaud. (Aplausos).

A raíz de este hecho doloroso, a raíz de este hecho sin precedente alguno en la historia política de nuestro país, a raíz de ese hecho del que antes nos habíamos encontrado libres, a pesar de todos nuestros dolores y de todas nuestras miserias, continuamos reclamando, reclamando ante el pueblo, que el camino de la patria era el camino del sufragio y que era necesario abrirlo, sin temores, si es que se quería salvar para la historia la responsabilidad del régimen actual. Pero he de decir que la promulgación del Estatuto, que debió ser, señores, la apertura de un régimen de libertades y de amplitud; la promulgación del Estatuto, que debió ser ya el cierre del paréntesis en el camino de las represiones, se convirtió en el punto de partida de una ola de represiones de mayor alcance todavía. Por un lado se promulga un Estatuto Electoral maltrecho, se lo acompaña de unos Decretos restrictivos de los derechos de reunión y de asociación y por otro lado comienza la maquinaria represiva, especie de «proyecto de aplanadora nacional», para abrirle el camino a las agrupaciones gobierneras. (Estruendosa ovación. Grandes aplausos. Vivas a COPEI).

Esa ha sido, y me duele decirlo (me duele por mi patria, porque quisiera yo que gobernaran bien los que mandan, cualquiera que sea su nombre o significación), esa ha sido la campaña electoral del Gobierno. La fundación de las agrupaciones gobiernistas se ha representado por una serie de amenazas, de detenciones, de expulsiones, de arrestos, de confinamientos, de citaciones a la Seguridad Nacional, de destitución de funcionarios públicos; especie, repito, como de gran aplanadora que quiere machacar la resistencia para que pueda pasar cómodamente ese engendro que nadie sabe si es partido o si no lo es; que nadie sabe si es transitorio o si no lo es; que nadie sabe lo que quiere, como no sea sostener el Gobierno… (Gran ovación y estruendosos aplausos impiden oír la voz del orador).

Política de «mano dura»

La evolución del país ha sufrido por eso un serio y sostenido retroceso. En vez de abrirse las compuertas del sentimiento nacional, se ha tratado de cerrarlas por una política de mano dura. De mano dura ha sido el cierre de la Universidad Central. Ha sido la tesis del gobierno ilimitado, que no reconoce valla alguna, frente al máximo instituto de la vida espiritual de la Nación. Y conste que COPEI no ha querido hacer estribillo de una campaña política el cierre de la Universidad. Lo ha mencionado porque lo debe mencionar; lo ha mencionado con respeto supremo, porque hemos proclamado y lo seguimos proclamando, que la resistencia de la Universidad ante el atropello no fue un hecho de partidarismos políticos ni de combinaciones políticas: fue una emanación del espíritu universitario, que es la mejor expresión del espíritu de la nacionalidad. (Muchos aplausos).

El Gobierno ha dicho que en la Universidad hubo una componenda, porque aparecimos juntos en la defensa de su autonomía estudiantes y profesores, hombres políticos y hombres independientes, militantes de agrupaciones políticas entre las cuales existe un hondo abismo doctrinario; pero ese argumento que el gobierno esgrime es precisamente el argumento que lo condena: porque para que se hubiera logrado esa unanimidad, para que se hubiera logrado ese frente absoluto por encima de todas las diferencias, tenía que estarse ventilando algo muy por encima del deseo de plantear posturas o gestos ante la opinión de los grupos políticos. (Ovación. Aplausos).

La Universidad resistió con entereza, con sobriedad, universitariamente. Está cerrada; pero yo les digo a ustedes que nunca, ni cuando sus claustros centenarios estaban repletos de estudiantes, la Universidad Central de Venezuela le ha dictado a su pueblo una lección más hermosa. (Muchos y prolongados aplausos).

La política de mano dura se ha expresado en las destituciones. El Banco Agrícola y Pecuario, que es instituto autónomo, ha tenido que pagarles indemnización a trabajadores con más de nueve años de servicio, para darse el gusto de despedirlos, porque no quisieron llenar la ficha de la agrupación oficial. (Cerrada ovación. Prolongados aplausos).

Y cuando el Comité Nacional de COPEI le dirigió a la Junta de Gobierno una carta reclamándole, en nombre de la Patria, la clausura del centro de reclusión de detenidos políticos establecido en la Isla de Guasina, ¿cuál fue la respuesta del Gobierno? Someternos durante dos días a una detención que no tiene otra explicación sino el desahogo bárbaro de querer ofendernos ante la conciencia de Venezuela, bajo el pretexto de un ridículo y tendencioso interrogatorio. (Cerrada ovación. Nutridos aplausos. Vivas a COPEI).

Y yo les digo a ustedes: en Guasina, que nosotros sepamos, no está detenido ningún copeyano. Hemos defendido principios, no estamos defendiendo intereses de partido. Le dimos al Gobierno la oportunidad de rectificar, porque al Gobierno nos dirigimos con las firmas de los miembros del Comité Nacional del Partido, en una exigencia, en un reclamo responsable ante la opinión pública. No nos supieron contestar sino en la única forma que ellos conocen. Pero la carta del Comité Nacional exigiendo la clausura de esa Colonia, esa carta, respondida así, tuvo más amplia repercusión en la conciencia del país y en los oídos de todos los pueblos del mundo, que cualquier agitación estridente. COPEI obró con responsabilidad. Y hasta revistas extranjeras por el tipo de Time, que no pudo circular en Venezuela, señalaban como un argumento decisivo el que COPEI, cuya palabra no era sospechosa de parcialidad, se había dirigido, con los calificativos que merece, a la Junta de Gobierno, en relación a la Isla de Guasina. (Estruendosa ovación. Prolongados aplausos. Vivas a     COPEI).

En carne propia

Nosotros conocemos, pues, la gravedad de la situación de Venezuela. Esa situación la hemos sentido en carne propia. Un buen día Luis Herrera Campíns y José Luis Zapata, miembro el uno del Comité Nacional de COPEI y el otro del Directorio Nacional de la Juventud Revolucionaria Copeyana, son llevados, tras de varias escalas, a la Cárcel Modelo de Caracas; de allí, al exilio. No hay explicación al respecto. Otro día, en la casa del doctor Alberto Silva Guillén, Presidente de COPEI en el Estado Sucre, y en la casa de Víctor Lemus, miembro del Comité Regional en ese Estado, aparece un mensaje de la Seguridad Nacional: están obligados a desocupar el Estado, con prohibición de quedarse en los vecinos Estados Anzoátegui y Monagas. Pero esto es apenas una pequeña demostración de todas las cosas que están sucediendo en relación a COPEI. Raro es el Estado de Venezuela donde no tengamos una lista de detenidos a los que nunca se dio explicación de los motivos de su detención. Una vez ésta ocurre en un mitin del Partido; en otra ocasión es después de un mitin. En general, la consideración que ocurre es ésta: «Usted tiene perfecta libertad para hablar, pero nosotros tenemos perfecta libertad – dice el Gobierno – para ponerlo preso, sin dar motivo ni razón». (Gran ovación. Vivas a COPEI).

La situación del Táchira

Pero este clima de represiones que estamos padeciendo en toda Venezuela es pálido – y el hecho es significativo – ante lo que está ocurriendo en el Estado Táchira. Y esto tengo que decirlo yo esta noche, en el Nuevo Circo de Caracas, porque lo prometí a tachirenses eminentes que me pidieron allá, en el Táchira, con ruego encarecido, decir aquí en Caracas, cuando hablara en esta arena del Nuevo Circo, que el Táchira no es responsable de los desmanes que se están cometiendo en Venezuela (aplausos); que el pueblo del Táchira está sufriendo más que ninguna otra porción del Territorio nacional, su delito de querer una patria libre, una patria grande y unida, sin fronteras internas. Y yo tengo que decirlo aquí, porque todas nuestras demás listas de detenidos son pequeñas ante las listas de detenidos que se nos hacen en el Estado Táchira; porque casi la totalidad del Comité Regional del Táchira está expulsado del territorio del Estado, pues les molesta su actuación a los señores que detentan el poder; porque muchos dirigentes, desde los más altos en el rango del Partido, hasta los más humildes, han purgado con la cárcel o con la expulsión el delito de no aceptar un puesto público o un mendrugo para engrosar el partido oficial. (Gran ovación. Aplausos).

Y yo quiero decirlo también por un motivo: porque si alguna justificación histórica tuvo el hecho de una candidatura presidencial mía en las elecciones pasadas, fue el demostrar, ante la conciencia de Venezuela, que el pueblo del Táchira, como el pueblo de Mérida, como gran parte del pueblo de Trujillo, sí podía respaldar, masivamente, la candidatura de un venezolano nacido en otro lugar de la República. (Gran ovación). Y puedo y debo hablar porque aquí, ante mi conciencia y ante este pueblo, que tiene pleno sentido de responsabilidad, puedo decir, con la boca muy llena, que ningún hombre nacido en los Andes ha recibido en el territorio del Táchira las manifestaciones de adhesión y fervor popular que he recibido cuando he ido a predicar la palabra de COPEI  . (Gran ovación. Vivas a COPEI).

Esta es la situación de Venezuela. Se está queriendo echar mano de los peores principios, de las peores propagandas y de los peores sistemas para tratar de eternizar en el mando a hombres que no sólo no tienen el respaldo de la opinión pública venezolana (gran ovación, nutridos aplausos, vivas a COPEI), sino algo más grave todavía: que no buscan el respaldo de esa opinión; que no son capaces de acercarse a auscultar el corazón del pueblo, sino que quieren gobernarlo a las malas, a los «trancazos», de una manera simple, que debe desaparecer del panorama nacional. (Prolongada ovación. Vivas a COPEI).

El tema de las Fuerzas Armadas

La situación política del país, por lo tanto, es muy grave. Y no puedo agotar este tema sin referirme a uno muy delicado, pero inexcusable en la reunión de esta noche: el tema de las Fuerzas Armadas. A nosotros, en la Seguridad Nacional, con perfidia y malicia, se nos preguntó «por qué era que COPEI estaba realizando una campaña deliberada contra la dignidad de las Fuerzas Armadas Nacionales, con el propósito de crear una conciencia y un clima antimilitarista» (creo que las palabras son textuales, porque no eran de aquellas que se olvidan fácilmente). Pregunta malsana y mezquina, dirigida a nosotros, porque toda Venezuela conoce la voz de COPEI, y sabe que somos respetuosos de nuestros adversarios y somos respetuosos de todas las instituciones. Pregunta dirigida contra la institución armada del país, porque en este momento nacional se está tratando de convertir la institución armada en factor de beligerancia política. (Nutrida y prolongada ovación. Vivas a COPEI. Prolongados aplausos). Y nosotros creemos que no estamos atacando sino defendiendo al Ejército, cuando estamos diciendo y reclamando ante la conciencia de Venezuela que el Ejército, institución creada por la ley, institución amparada por privilegios que emanan de la ley, institución sostenida con el esfuerzo de los venezolanos, e institución que recibe, en depósito de responsabilidad, las armas de la patria, está obligada a mantenerse siempre por encima de la politiquería. (Estruendosa ovación. Vivas a COPEI. Nutridos y prolongados aplausos).

Ante la situación internacional

Es que se está tratando de sembrar el odio, de convertir en hecho permanente el rencor de unos venezolanos contra otros: y eso se está tratando, precisamente, ante una situación internacional cuajada de amenazas y angustias como no han existido en la historia de la humanidad. Está pendiente la humanidad del choque de dos inmensos imperios, de dos imperios que exceden en extensión y en poderío, a todos los imperios que la imaginación humana ha podido concebir; y ante esta situación, naciones pequeñas como ésta están en el deber de presentarse unidas, de presentar gobiernos que cuenten con el respaldo de sus pueblos, de presentarse en el camino de resolver sus problemas más graves a través de la justicia social en lo interior y a través de la defensa de la nacionalidad en lo exterior, para mostrar una entidad suficiente de imponerse ante la conciencia del mundo. (Gran ovación, prolongados aplausos). Para que el imperio más cercano de nosotros, que es el que se halla colocado en el Norte de este Hemisferio, deje de ser imperio y represente principios de verdadera libertad y justicia social, y represente una actitud que lejos de amparar en estos pueblos pequeños premisas de explotación, ampare premisas de entendimiento y solidaridad, es necesario que los pueblos de América nos unamos todos alrededor de nuestros principios. (Prolongados aplausos). Yo soy un fervoroso defensor del concepto de la unidad del Continente. Nuestro partido está muy decidido en sus principios y en su ubicación para que nadie pudiera abrigar alguna duda acerca de nuestra actitud; pero no queremos una América organizada bajo los viejos principios de la injusticia: queremos una América nueva, que sea capaz de presentar al mundo un ejemplo de una verdadera libertad, porque en sus pueblos hay libertad en su interior, y el ejemplo de una verdadera justicia, porque en sus pueblos se trabaja por el bienestar de las clases humildes. (Gran ovación. Vivas a COPEI. Prolongados aplausos).

Es oportuno hablar de estos temas, porque lo que está ocurriendo en otros países hispanoamericanos está poniendo hacia la flor de la tierra la existencia de viejos anhelos que no han sido justicieramente contemplados. América está atravesando para ella y para el mundo un momento feroz de peligro frente a un totalitarismo cuyos principios pugnan fundamentalmente con los principios espiritualistas que informan la civilización occidental (prolongados aplausos). Pero, precisamente, para hacerle frente a ese totalitarismo, tenemos que presentar un frente unido de libertad; y para hacer frente a los principios negadores de la armonía entre las clases sociales, debemos llevar a la verdad y sacar de los discursos esos principios de que las riquezas de los pueblos tienen que ir fundamentalmente a remediar las necesidades de los pueblos. (Gran ovación. Vivas a COPEI. Prolongados aplausos).

Pero parece que nosotros «o quienes hablan en nombre de nosotros» se olvidaran del mundo. Existe en la situación oficial de Venezuela la obsesión de lo pequeño. «Una Universidad cerrada, problemas para dentro de varios años: eso no importa! Lo inmediato es que en la Universidad no molesten al Gobierno. Un país sano y fuerte ante la cuestión internacional: eso no importa! Lo que nos interesa es sostenernos nosotros». Ese es el mezquino razonamiento que está dominando la situación política de la República y para defenderlo apenas aparecen dos clases de argumentos: el argumento, manido y tonto, de los oradores que vienen a decir lo que los mandan y que a veces dicen una cosa aquí y otra en el periódico, porque resulta que lo que se les había escrito no fue lo que dijeron ante el público, pero lo que se les había escrito es lo que sale en las columnas de la prensa. (Risas y aplausos). Ese argumento, ¿vale la pena acaso? Que nosotros atacamos al Gobierno, porque es «demócrata»… Que nosotros pedimos libertad de prensa, porque somos «fascistas»… Que pedimos que haya un régimen de armonía, que no haya cárceles, que no haya expulsados, porque somos «fascistas»… Es una manera muy cómoda y necia conque algunos individuos quieren justificar ante quienes fueron ayer sus compañeros de barricada, la actitud que hoy asumen para vender su lengua y su pluma a la situación imperante. (Ovación. Aplausos. Vivas a COPEI).

El argumento administrativo

Pero el otro conato de justificación tampoco es nuevo: es muy viejo y se repite en forma pálida y desvaída: el de que no hay libertad, pero se administra bien, es decir, el de que el pueblo debe renunciar a su libertad, el de que cada uno de nosotros debe resignarse a olvidarse de la vida pública porque el Gobierno está administrando bien. Y para eso hay unas cuantas obras que se presentan ante los turistas y que se anuncian con costosos remitidos en la prensa, y que se van a sacar en las exposiciones oficiales que van a preparar la realización de los comicios. Porque antes de las elecciones van a inundar al país con exposiciones: un retrato del viaducto de la autopista, así (señalando con la mano el enfoque); otro retrato, así (señalando con la mano otro enfoque); otro de abajo para arriba (risas); otro con los rieles ya llegando hasta el fin… (risas) y así sucesivamente, para que los venezolanos nos sintamos turistas y digamos: «verdaderamente! Pero esta gente está haciendo mucho: hay que votar por ellos!» (Prolongados aplausos y risas).

Ese argumento es un argumento fascista, típicamente fascista. El sistema fascista lo conoce todo el mundo muy bien: él parte de la base de quitar las libertades pero haciendo obras de beneficio social. Aquí ni siquiera se habla de beneficio social, sino de obras públicas. (Risas). Pero para responder a ese argumento nos bastaría decir que hay derechos tan fundamentales en la persona humana – el derecho a estar tranquilo en su casa quien no ha cometido ningún delito; el derecho a obtener el fruto de su trabajo quien ha trabajado con lealtad y con corazón; el derecho a decir cada uno lo que piensa, siempre que no ofenda a los demás – son tan fundamentales estos derechos que no pueden venderse a ningún precio, ni siquiera al precio del pan.

Pero el argumento se hace más débil porque en Venezuela no hay tampoco una administración verdaderamente eficaz. Y para decir esto no necesito criticar la autopista de Caracas a La Guaira, que considero, sí, una obra revolucionaria desde el punto de vista de la vialidad y que puede tener una gran significación en el país; ni voy a negar que existe un plan de vialidad que es una de las pocas cosas en las que Venezuela ha tenido una tradición, que a través de varios gobiernos se ha ido estudiando y se ha comenzado a ejecutar y ha recibido notorio impulso en los últimos años. Yo no voy a negar eso. Tampoco es el momento de entrar a analizar (porque no podría hacerlo sin documentos en la mano) el rumor público que señala la existencia de fortunas que nacen de la noche a la mañana (prolongados aplausos y risas); el rumor público que señala la existencia de influencias en la gestión de los contratos para que los realicen otros, quedando cantidades considerables entre uno y otro contratante. No necesito tampoco entrar allá. Pero sí me basta preguntar: ¿es que en Venezuela hay un plan administrativo orgánico, reflexivo, fundamental, que haya hecho el censo de las necesidades del pueblo venezolano, que las haya jerarquizado, que haya dicho cuál es la manera como se va a resolver cada uno de los problemas principales, dentro de un número más o menos razonable de años? Porque yo me encuentro, por ejemplo, con que en el Presupuesto actual de Venezuela, de 2.400 millones de bolívares, se dan 10 millones apenas para el Instituto Nacional de Obras Sanitarias, encargado de los acueductos y cloacas de toda Venezuela. Y me encuentro con que para el Banco Obrero en el Presupuesto actual están asignados 5 millones de bolívares, y me pregunto: ¿es que se va a resolver en esa forma el problema de la vivienda? Es muy fácil llevar visitantes a ver los bloques que se han fabricado últimamente; es muy fácil retratarlos en diversas formas para atiborrar con ellos la pupila de los espectadores; pero con todas las fotografías y con toda la propaganda no podrán borrar de cada padre de familia que sufre el angustioso problema, la idea de que vive en una casa miserable (aplausos); la idea de que está sujeta su familia a un estado de inhumano hacinamiento, y el pensamiento de decir: ¿cuándo me va a tocar a mí una de esas viviendas? ¿Acaso las colas del Banco Obrero no se hacen más largas todos los días, y acaso todas esas gentes humildes que van allá no andan de un lado a otro buscando alguna persona influyente que les dé una tarjeta de recomendación para ver si puede tocarles la solución de su problema? (Gran ovación. Prolongados aplausos). ¿Acaso no es un hecho general el que funcionarios del Banco Obrero van visitando de apartamento en apartamento a los concesionarios para decirles que llenen cierta tarjeta, cobrándoles así el precio de la lotería que les tocó con la vivienda que se les adjudicó? (Prolongados aplausos). Y yo pregunto: ¿es que el problema de la vivienda en Venezuela no es uno de los problemas fundamentales? ¿Se ha hecho siquiera un survey para saber cuántos millones de venezolanos no tienen hogar, para saber en qué forma se va a solucionar esa angustia, para ver cómo se va a atraer el concurso de todos los venezolanos – actividades públicas y privadas a fin de que en un término de años se pueda atender fundamentalmente ese reclamo y se pueda poner a vivir a los venezolanos como seres humanos que son? (Prolongados aplausos). Yo pregunto: ¿al ritmo que van las construcciones, cuántos años serían necesarios para resolver el problema? A lo mejor digo que cuatrocientos años y me quedo corto; a lo mejor al cabo de cuatrocientos años todavía no se habrán construido, a este ritmo, viviendas suficientes para los venezolanos que viven hoy, y dentro de cuatrocientos años seremos una población ocho, diez, quince veces, quién sabe cuántas veces mayor de la que existe hoy.

Y lo mismo, en relación a la vivienda rural. Allí el panorama es más grave. Yo fui una vez al Banco Obrero a gestionar un crédito para un agricultor que quería hacerles viviendas a sus campesinos, y me contestaron, con la ley en la mano, que el Banco no tenía facultad para materias en ese campo de la vivienda rural. Y yo pregunto: ¿en un Gobierno que se ufana de la administración, es posible que al cabo de cuatro años no haya surgido una iniciativa efectiva para convertir el rancho del campesino venezolano en una vivienda? (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

El problema del campo venezolano se está resolviendo con Turén. Yo no conozco a Turén. No estoy entre la legión de invitados que han ido de todos los países y de todas las regiones a pasar por allá para que canten después cánticos de loas a la administración actual. Pero voy a dar por supuesto que la obra de Turén es buena, que está bien organizada, que representa un principio útil; y busco en las informaciones del Instituto Agrario y me dicen que en Turén, para marzo de 1952, están alojadas 254 familias y 66 de las que llaman micro-parceleras, y que el proyecto supone la posibilidad de llegar a un total de 463 familias instaladas y de 237 en las micro-parcelas; total, 700 familias. Y yo pregunto: ¿cuántos años, cuánto dinero habrá costado alojar a esas 700 familias? ¿cuánto tiempo, cuánto dinero se invertiría en instalar, en convertir en unidades productoras dentro del campo venezolano a las miles de miles de familias venezolanas que integran la realidad campesina de Venezuela? (Cerrada ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

Pero la burocracia crece. Crece la burocracia y es una planta cuyas ramas será muy difícil que nadie, mañana, pueda recortar. Su crecimiento es raudo. En la Exposición de Motivos del Ministerio de Hacienda al proyecto de Presupuesto del año pasado, encuentro que en lo que llaman gastos de personal se invirtieron en ese año (o se proponían invertir, porque los créditos adicionales aumentan las cifras) 637 millones de bolívares (con una fracción de 600 y pico de mil). Sumándole a éste el 65% que la misma Exposición de Motivos calcula que del Situado Constitucional se invierte en lo que se llama gastos administrativos, se obtiene un total de 828 millones de bolívares por año en esos gastos de personal! Está creciendo la fronda burocrática, y ojalá fuera para recompensar lo sudores de los modestos empleados que sirven a la administración sin estar pensando en el juego político! Ojalá fuera para eso. Las cifras presupuestarias están llenas de testimonios para demostrar que no es cierta la pretendida capacidad administrativa del régimen. Solamente por el Capítulo de Seguridad Nacional se gastan en el Presupuesto vigente 21 millones de bolívares, mientras que todo el Presupuesto del Ministerio de Minas e Hidrocarburos, comprendiendo un millón de bolívares para el fomento de la industria minera, no llega sino a 20 millones de bolívares. Cuesta más la Seguridad Nacional que todo el Ministerio que tiene en sus manos la riqueza fundamental de Venezuela! (Estruendosa ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

No se administra, no!

No se administra, no! Hay una postura de nuevos ricos. No se buscan las raíces fundamentales de los problemas venezolanos. La política petrolera en Venezuela, desde muchos años a esta parte ha venido estando dominada por un signo preponderantemente fiscal. Nosotros pensamos que al lado de la política fiscal debe haber una política nacional que vaya haciendo de Venezuela, progresivamente, alguien que trabaja, a lo menos en parte, su propia riqueza, alguien que sabe manejar sus pozos, alguien que sabe las dificultades que cuesta vender su petróleo en los mercados extranjeros, alguien que tenga en sus manos suficientes cartas para poder debatir asuntos en los cuales – la verdad debemos decirla con franqueza – en gran parte nos sentimos todavía indefensos.

La administración venezolana es una administración de nuevo rico: la del hombre que tiene una hacienda y se encuentra de repente con una riqueza. Pongamos el caso de un agricultor que tenga un royalty sobre la explotación de un pozo de petróleo que se encuentra en sus tierras; entonces, con ese dinero comienza a construir una casa nueva: hace una pared y la derriba porque no le gustó; le pone una fachada y resulta que la fachada es de cemento o de granito y la manda a tumbar para ponerle mármol, como sucede, por ejemplo, en el Teatro «Juáres» de Barquisimeto; se encuentra ante el deseo de mostrar opulencia para llevar a sus amigos a que digan: Qué hombre tan próspero es éste!. Y el amigo, que entra por una verja de hierro rodeada de decorados de cobre, que transita hasta la casa de la hacienda por un camino regiamente asfaltado y que encuentra en la casa de la hacienda magníficos tapices y decorados de toda índole, sale diciendo: Es la mejor casa que he encontrado! Ese es el hombre más rico del mundo!. Y mientras tanto el dueño de la hacienda está labrando la tierra con los mismos arados, se le están secando las capacidades productoras porque no tiene obras para regar su finca. Ese hombre está botando la riqueza que la casualidad le dio y se está creando para el día de mañana muchas mayores necesidades y quedando más pobre que antes! (Ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

Semejante es la situación de Venezuela. Queremos hacer cosas para decir que son las más grandes del mundo. En la Avenida Bolívar hay muchas cosas buenas, pero hay muchas cosas que me parecen malas. Yo sería capaz de llevar ante la Directiva del Colegio de Ingenieros el planteamiento de una serie de cuestiones que en mi concepto no tienen justificación. Se están construyendo edificios sin que todavía estén terminadas las vías de tránsito. Todavía para pasar del Sur al Norte de Caracas los peatones tienen que ir apresurados para tratar de salvarse de los raudos vehículos que van por una pista de alta velocidad. Todavía está dividida Caracas en dos mitades, recordando el caso de Curazao, donde hay un puente para comunicar los barrios que llaman «Punda» y «Otra banda». Todavía no está resuelto el problema de la vialidad urbana y se está pensando en levantar dos «Torres» de 20 pisos. Y dice el rumor sostenido que se está tratando de vender una torre a la Creole Petroleum Corporation, para obligarla a financiar lo que una administración desorganizada va a realizar, lo que provocaría el hecho doloroso de que el mismo turista que viene y se admira de lo que se hace en Venezuela, al subir a la llamada «plaza aérea» de la Avenida Bolívar y preguntar desde allí a quién pertenecen los dos edificios más altos de la ciudad, obtendrá por respuesta la de que, uno por lo menos, es de una compañía petrolera! (Prolongados aplausos y risas).

El caso es serio y lo han comentado muchos observadores extranjeros. Uno de los juicios más recientes es el de una revista de Londres, «El Economista», que en artículo reproducido en un diario de Caracas y a pesar de hacer grandes cánticos a la situación de Venezuela, pregunta sin embargo, acerca de los «admirables proyectos», si «la henchida cornucopia» no se estará vaciando «demasiado ligero» y ello no habrá llevado a hacer esos proyectos que «no están siempre destinados a satisfacer las necesidades urgentes de Venezuela».

Una provisionalidad que dura

No tenemos, pues, ni política ni administración. Un personaje suramericano a quien no es del caso nombrar, definió la actual situación de Venezuela en una forma que me parece admirable: «Lo que hay en Venezuela es una provisionalidad que dura». Nada más. «Una provisionalidad que dura»…, no hay sistema, no hay plan; todavía a estas alturas en que se ha convocado para las elecciones, los grupos del Gobierno no nos han dicho qué van a hacer si llegan a la Constituyente; cómo se va a elegir el Presidente de la República; si va a ser elegido en conciliábulo o si va a ser su elección el resultado de la expresión libre y soberana de la voluntad popular. (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

Esa «provisionalidad que dura» no ha mostrado otra preocupación que la de durar más. Y esa es la situación electoral. En la política electoral del régimen, la única preocupación fundamental es esa: que lo provisional siga durando. Después…, después ellos pensarán que «en el camino se enderezan las cargas». Hasta ahora el camino no ha servido para enderezar nada, sino que las cargas se están yendo fatalmente hacia el suelo.

Ante esta situación política se nos plantea a nosotros el dilema de la situación electoral. Es el punto fundamental que se debía tratar en la noche de hoy. (Una voz: «por favor, dígalo, Doctor»). Sobre esta materia la Convención Nacional de COPEI elaboró un manifiesto a los venezolanos que será distribuido una vez termine mi discurso. El dilema electoral que se nos ha planteado a nosotros es verdaderamente torturante: «Ustedes van o no van a elecciones: si van a elecciones legalizan la farsa; si no van a elecciones, entonces es porque no tienen el apoyo del pueblo y porque ustedes están dispuestos a cerrar el camino cívico y abrirse al camino de la violencia». Este es el dilema que el Gobierno nos ha venido planteando. El primer camino, el camino de la llamada «legalización»: ¿legalizamos nosotros el atropello por el hecho de ser atropellados? Es una lógica muy curiosa. Yo pregunto, acaso, si los periódicos de Venezuela están legalizando la censura por el hecho de imprimirse dentro de un régimen de censura. Según esa interpretación, establecida la censura, los periódicos deberían cerrarlos y decir: «no queremos legalizar la censura, vamos a esperar que se acabe la censura para volver a salir». Pero es que el argumento puede llegar todavía más allá. El argumento puede llegar hasta esto: «Señores, el preso está legalizando las prisiones; el interrogado está legalizando las citaciones» (prolongados aplausos). Y dentro de ese camino de conjeturas podría hasta llegar a decirse que el venezolano expulsado de Venezuela está legalizando el régimen, porque lleva un pasaporte firmado por la Junta de Gobierno.

Argumentación muy pobre, tan pobre como la que se formula con el otro término: si nosotros no vamos a elecciones es porque nosotros no tenemos pueblo. Ya ustedes lo están viendo: (echando una mirada al Circo completamente lleno) «no tenemos pueblo…» (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI). También si no vamos a las elecciones nos dicen que nosotros hemos tomado el camino de la violencia. Es cosa curiosa. Un Gobierno que es fruto de una conspiración, ha procedido como otro Gobierno que fue fruto de otra conspiración. Uno y otro sabían y saben que nosotros no conspiramos, pero el desahogo de los sentimientos vuelve a ser llamarnos a nosotros conspiradores. Pero si nosotros, que luchamos más que nadie contra el régimen fenecido, nosotros, que vinimos aquí, que fuimos a la Constituyente, que recorrimos los campos de Venezuela para hacer una oposición sin tregua, sin descanso, una oposición feroz – si la quieren llamar ustedes así, pero dentro del campo de la ética política – no quisimos conspirar con ellos ni con nadie, para defender precisamente la pureza de nuestras ideas y de nuestros principios! (Gran ovación. Prolongados aplausos).

El argumento, sin embargo, tiene una intención: la intención de justificar todas las medidas de fuerza para acabar en Venezuela con la oposición organizada en caso de irse al término de la abstención. Entonces, en bandeja de plata le pondríamos al Gobierno el instrumento que quiere para quitarse esta molestia de que le vengamos a hablar mal; para quitarse esta incomodidad de que vengamos a decir sus errores; para quitarse la especie de cavilación que van a tener esta noche sobre si nos mandan a la cárcel o no nos mandan, sobre si nos dejan seguir o no seguir en nuestra propaganda! (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

Naturalmente que, para el caso de la abstención ya estaría montado el espectáculo: más de un partidito habría por ahí al que, como dijo uno de sus miembros en declaraciones muy recientes en la prensa, se le «prestarían» unos votos para que llevara unos Diputados a la Constituyente. Pero, si ya existió el juego! Si el doctor Rojas Contreras, Director del Partido Socialista Venezolano fue nombrado Ministro del Trabajo, para decir que los partidos – el Partido Socialista de Venezuela – estaban incluidos en el Gabinete de este régimen! (Prolongados aplausos y risas). Ya nosotros sabemos muy bien cómo es el sistema: para eso están preparados esos personajes, que saldrían, dado el caso, a las primeras filas de la política internacional. (Risas).

Ante el dilema, escogemos la lucha

La situación en Venezuela es tremenda. No es la misma, con ser muy grave, y en algunos aspectos quizá más grave, la situación de la hermana República. En Colombia ha habido abstención electoral. Los conservadores decretaron la abstención durante casi tres períodos: desde el primer Gobierno de Alfonso López hasta el segundo Gobierno del mismo Alfonso López. Y ahora son los liberales quienes han decretado la abstención. Ambos partidos tienen muchos años en la conciencia popular; no son hechos recientes; pueden dejar de actuar durante mucho tiempo y, después, una tarjeta de un dirigente conservador o liberal en uno de los periódicos que sirven al partido basta para reunir de nuevo toda una asamblea y seguir como si nada hubiera pasado. En Venezuela el fenómeno de la vida de nuestro Partido es nuevo; nuevo pero hermoso, porque nosotros tenemos en toda Venezuela millares y millares de hombres y mujeres manteniendo lo sagrado de sus compromisos y resistiendo todos los embates y todas las tentaciones. No hay una región de Venezuela donde este noble ejemplo no existe. (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a     COPEI).

Y debo decirlo aquí: donde más hermoso me fue el testimonio durante mi última gira de propaganda fue en el Estado Trujillo, pueblo calumniado por sus mismos hijos como el nido del personalismo. Allá, en Trujillo, como en toda Venezuela, hombres a quienes no se les agua el ojo ante la responsabilidad, han respondido a los que les llevan la palabra corruptora con el ejemplo de la lealtad a su partido, que es la lealtad al programa de una nueva Venezuela. (Estruendosa ovación. Vivas a COPEI. Grandes aplausos).

Yo quiero que los venezolanos que no sean copeyanos nos ayuden en estas reflexiones para que vean cómo la decisión adoptada por COPEI es la única que se podía adoptar. Ambos términos del dilema son viciosos, ambos términos se prestan para que una prensa censurada admita en sus columnas artículos enviados por los redactores del Gobierno, destinados a tergiversar nuestra actitud; pero ante ese dilema, ante la incertidumbre de escoger, el camino copeyano tiene que ser el camino de la lucha, el camino del combate. Vamos a continuar la lucha contra este Gobierno también! (Estruendosa ovación. Vivas a COPEI. Prolongados aplausos).

Sabemos que para esa lucha no tenemos sino un remedo de libertad: un margen estrecho que nosotros tenemos que usar para que no se olvide a los venezolanos el uso de la libertad. Sabemos que se nos va a coaccionar en toda forma. No es una simple conjetura. Es que nuestra gente ha sido encarcelada, expulsada, amenazada! Es que todavía no le encuentro otra explicación lógica que la agresión arbitraria, al atentado de que fuera objeto nuestro compañero de Comité Nacional, Edecio La Riva Araujo! (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

Pero al decidirnos a la lucha no es para legalizar situaciones de fuerza: es para denunciar esas situaciones ante todos los venezolanos que nos quieran oír. Si vamos a la lucha no es para servir de cómplices, sino para hacer escuchar la voz de la patria, admonitoria en la palabra de los Diputados que llevemos, que estarán dispuestos a jugarlo todo para recordarle a los gobernantes que ésta no es una hacienda sino un país libre y responsable. (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

Vayamos a la lucha, pueblo de Caracas! Vayamos a la lucha y devolvamos al Gobierno su dilema. Porque ahora nosotros le ponemos al Gobierno un dilema para él angustioso, pero que siempre dará qué ganar al pueblo venezolano: o le abre cauce de verdad a la expresión de la voluntad popular y rectifica – cosa que desgraciadamente no esperamos, aunque habría tiempo todavía -; o nos persigue, nos encarcela, nos atropella y, entonces, la conciencia nacional se levantará más enérgica, más unánime, para repudiar al Gobierno! (Estruendosa y prolongada ovación, acompañada de grandes aplausos y vivas a COPEI).

En esta decisión que tomamos, estamos reclamando para nosotros la parte más dura. Sabemos que sobre nosotros, por ser el grupo más compacto, más fuerte de la oposición, va a recaer toda la fuerza de las maniobras, de las artimañas y de los ataques. Pero creemos que es nuestro deber. Muy grave sería para nosotros que la historia dijera que los partidos se acabaron en Venezuela, porque COPEI no tuvo pantalones para hacer frente a los problemas en la hora de decir la verdad. (Gran ovación, acompañada de grandes aplausos y vivas a COPEI). Mientras haya partidos legalizados, esos partidos tienen el deber de la lucha abierta; mientras se nos dé un permiso para un mitin, tenemos el deber de hablarle al pueblo, aunque le queme en lo más hondo los tímpanos y los oídos a los hombres del Gobierno. (Ovación). Mientras haya en Venezuela, así sea una rendija a través de la cual se acuse que los que están arriba no representan la voluntad nacional, que los sistemas que representan caducaron definitivamente, aquí está nuestro deber y estamos dispuestos, ante Dios y ante la Patria, a cumplirlo con integridad! (Estruendosa ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

En el interrogatorio que se nos hizo en la Seguridad Nacional hubo una pregunta vejatoria, humillante, desleal, que reflejaba la deslealtad de quien la escribiera. Se nos preguntó a nosotros, a los miembros del Comité Nacional de COPEI – desde el doctor Pedro Del Corral, cuyas canas son espejo de dignidad ciudadana (aplausos) hasta el último de nosotros – se nos preguntó con cinismo desvergonzado: «¿Hasta cuándo piensa usted permanecer en COPEI?». Eso quisieran ellos! que les hubiera dicho cada uno de nosotros que hasta que ellos nos dieran permiso o hasta que ellos lo toleraran. Pero otra respuesta fue clara y categórica: Mientras Dios nos dé fuerzas, mientras no nos falten los ánimos, mientras el aguijón del deber esté espoleando nuestras conciencias, aquí estamos en la lucha, por la defensa de Venezuela, aquí estamos en el combate por la defensa de los principios! (Estruendosa ovación. Repetidos vivas a COPEI. Prolongados aplausos).

Nosotros podemos comprender las razones que puedan tener otros para irse por el camino de la abstención; pero eso no es el camino nuestro: el camino nuestro es el camino de la lucha. Estamos, pues, en esta lucha y nuestra decisión va apoyada en dos posturas complementarias e indestructibles: en la denuncia de los atropellos que se están cometiendo y que hacen que este proceso electoral sea oscuro, ventajista, alimentado por ansias de poder, impregnado de un «como sea» en el deseo de llevar una mayoría, dócil al Gobierno, a la Asamblea Constituyente; y en el reclamo de las garantías, que ratificamos aquí, que ratifico yo aquí, en el nombre de ustedes y en el nombre de todos los venezolanos, para que se rompan las cortapisas que están cerrando el pensamiento, para que desaparezcan las cadenas que están tratando en balde de sujetar las manifestaciones de la conciencia nacional. (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

Estamos, pues, en el momento de invitar nuevamente a llevar adelante esta lucha con nuestro ideario social-cristiano, que es convicción impregnada de nacionalismo, para pedir una política verdaderamente nacional frente a nuestra fuente de riqueza petrolera y minera y frente a los problemas del agro venezolano; que es invitación para que busquemos todos una fórmula de armonía, una fórmula de convivencia nacional, una fórmula de entendimiento; para que busquemos, señores – es el momento de la reflexión, pero es el momento también de la actitud decidida y firme – para que busquemos, señores, la manera de salir de este atolladero y de abrir paso a una nueva Venezuela! (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

COPEI es la solución

Y es por esta razón por la que estamos diciendo, sin exclusivismos, sin mezquindades, con la fuerza de la convicción para repetírnoslo a nosotros mismos como imperativo deber, que COPEI es la solución. (Vivas a COPEI). Porque la solución copeyana no sería nunca una solución para beneficio egoísta de los copeyanos: sería una solución para todos los venezolanos, donde todos los esfuerzos se conjuguen, donde todas las iniciativas honradas se reciban, donde todos los hijos de esta patria, por encima de nuestras disensiones ideológicas – que tenemos el deber de mantener los que defendemos principios categóricos muy claros – , por encima de esas diferencias y sin traicionar nuestros postulados, hagamos lucha contra el peculado, contra la corrupción, contra el retroceso en la historia venezolana. (Estruendosa ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

Vamos, sí, a las elecciones, seguros de que cada voto de cada venezolano será un testimonio de dignidad, de una conciencia que no ha sabido venderse. Vamos, sí, a las elecciones, pero no para dejar la lucha, sino por miedo de dejar la lucha si decidiéramos la abstención. Vamos a las elecciones, para mantener este combate por el ideal. En ese combate hemos auscultado la voluntad de nuestro partido y de nuestro pueblo y podemos declarar aquí, solemnemente: estamos orgullosos de nuestra patria, por sus antecedentes históricos y por sus inagotables posibilidades; estamos orgullosos de nuestro pueblo, porque nuestro pueblo ha demostrado que lo que es en él fría y serena calma no es entreguismo ni sinvergüenzura (prolongados aplausos); y estamos orgullosos de nuestro partido, porque nuestro partido ha demostrado que sabe decir «No» al soborno, que sabe decir «No» al atropello, que sabe ratificar sus principios, que no pregunta nombres propios para atacar a los que proceden mal, que está firme en la lucha por Venezuela y que está noblemente abierto a todas las iniciativas; porque ha demostrado, en fin, que su ideario social-cristiano no es mentira, que ese ideario social-cristiano no es comedia para engañar a nadie sino convicción de un ideal que considera lo cristiano, no como manifestación formal de culto aparente, sino como la convicción puesta en el espíritu de Cristo, mediante el respeto de los hombres, amigos o enemigos, hacia la creación de instituciones que de verdad puedan llevarnos a la justicia. (Gran ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

En esta lucha, venezolanos, no se trata de una contienda de partidos: se trata de un deber nacional. Es un deber que todos tenemos. Cada uno da lo que puede. Los copeyanos reclamamos el derecho de darlo todo para luchar por ese ideal. Pero el trabajador o el empresario, el hombre de iniciativas, intelectuales o manuales, la mujer que está en el hogar, cada uno tiene un deber en este momento nacional. El que se abstiene está apoyando al Gobierno actual de la República. El que se niega a la lucha está negándole su aporte, no a un partido, sino a una Venezuela hambrienta de que se le devuelva su decoro. (Estruendosa ovación. Prolongados aplausos. Vivas a COPEI).

Adelante, pueblo venezolano! Esta lucha es hermosa. Jamás se vio un espectáculo tan noble, de un pueblo inerme luchando mediante la expresión de su conciencia contra una maquinaria oficial omnipotente, manejada por manos que tienen a su alcance las arcas de un tesoro inextinguible y todos los recursos de la fuerza física. Jamás se ha visto un espectáculo tan noble como el de esta Venezuela, que sabe que su fuerza está aquí, en su corazón; que sabe que eso no se podrá destruir mientras exista en él la fuerza de su dignidad. (Prolongados vivas a COPEI). Jamás se ha dado, venezolanos, un ejemplo tan esperanzador. No vayamos a comprometer este ejemplo, negándonos a combatir, para esperar la ocurrencia que un golpe de fortuna pueda determinar y que pueda traer una tiranía ominosa o llevarnos a circunstancias casi imprevisibles e indefinibles.

Vamos a luchar! Vamos a continuar la lucha! Esta lucha es de todos: de todas las profesiones, de todas las edades, de todas las regiones! Vamos adelante, hasta que reine la justicia social en una Venezuela mejor! (Estruendosa y prolongada ovación, acompañada de grandes aplausos y vivas a COPEI).

Tomás Liscano: el padre amante, el maestro de todos los días (1953)

El joven Rafael Caldera condecorado por su tío y padre adoptivo, Tomás Liscano, en la premiación del fin de curso del Colegio San Ignacio. Caracas, octubre de 1928.

Tomás Liscano: el padre amante, el maestro de todos los días

Primera parte del discurso de incorporación a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Rafael Caldera el 6 de agosto de 1953, en el Sillón No. 2 que ocupaba su padre adoptivo, Tomás Liscano Giménez, y que contempla el elogio acostumbrado al predecesor en la Academia.

El discurso completo, puedes revisarlo haciendo click al siguiente enlace de la sección Folletos:

Idea de una sociología venezolana (1953)

 

Si una costumbre justiciera impone y un elemental sentido de reconocimiento exige que las primeras palabras de todo Académico sean para dar gracias a la Ilustre Corporación que lo recibe, en mi caso el deber de gratitud excede cuanto pudiera decir. No hay fórmula que baste, por elocuente que ella fuere, para expresar cuánto debo a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, que me acepta en su seno, con tan escasos méritos, casi al comienzo de una carrera que bien colmada habría estado con lograr como término  –al cabo de los años– esta honrosa consagración. Pero me corresponde proclamar, señores Académicos –y lo generoso de vuestra acción sobrepasa, con sólo mencionarlo, todo el énfasis que pudiera darle mi palabra–, que no queriendo agotar vuestra benevolencia en el hecho de la elección, la habéis excedido al asignarme, para sentarme entre vosotros, el sillón que hasta ayer ocupara el hombre a quien debo más en mi vida: el padre amante, el maestro de todos los días, el compañero de todas las horas, el amigo en quien se depositan las más recónditas congojas y de quien se recibe el don invalorable del consejo, de la comprensión y del consuelo.

No habéis tenido a menos elegirme para acompañaros en vuestra mesa de ciencia, en la que nada vengo a daros, ya que no es a enseñar sino a aprender a lo que vengo a esta Corporación. Sobrado motivo habría con ello para que mi gratitud quedara empeñada irrevocablemente con vosotros.

Habéis tenido paciencia para disimular mi tardanza en incorporarme, debido a circunstancias que no estaba en mi mano dominar y al deseo –que no pude lograr todavía– de presentar un trabajo acabado, digno de la significación de este Instituto. Esa bondadosa paciencia ha aumentado el motivo de mi agradecimiento.

Pero habéis ido más allá de todo límite y me habéis obligado por encima de toda medida, al acceder a que el sillón que ocupe en la Academia sea el del doctor Tomás Liscano. Permitís con ello que un motivo del más puro afecto se vincule para siempre al honor inmenso de este acto. Y me ofrecéis una impar oportunidad para expresar, con el elogio que como académico debo hacer de mi predecesor, la pública proclamación de sus méritos –que vínculos familiares me habrían obligado a callar– y volver paladina la íntima asociación de mi vida y de lo que pueda llegar a ser mi obra (esto es, el saldo que aspira a dejar un ser humano en la memoria de los otros) con la de quien me tomó de la mano desde niño, me guió con solicitud inefable y me comprometió con su ejemplo y con su estímulo a seguir en el camino del deber.

Permitidme pues que, sin olvidar que fui su hijo –su hijo por el afecto, por el espíritu y por la voluntad de Dios–, empiece mis funciones de académico cumpliendo el deber de recordar la vida y la obra del académico Tomás Liscano, cuyo ejemplo brilla con relieves innegables por sobre su modestia personal.

En el taller del propio esfuerzo

Mi predecesor en la Academia se hizo a golpe de voluntad en el taller del propio esfuerzo, pero no para caer en la pedantería de ignorar que la voluntad humana nada puede sin el auxilio de la Providencia. Se abrió un camino, pero no para lanzarse por él al desenfreno, sino para mantener como brújula perenne la moral. Venció obstáculos, pero llegado el momento de verificar que tenía a su alcance la elección de ruta, no buscó como meta el medro personal sino el decoro. Y así, cuando tuvo la satisfacción de sentir que estaba en su mano escoger, escogió: en vez de la ventaja propia, el honor y la paz de la conciencia; en lugar de riquezas, el amor por la ciencia jurídica.

Fue, en verdad, un enamorado del Derecho. El, que llegó a desempeñar altas magistraturas, tuvo siempre como su galardón más estimado la incorporación a esta Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Nadie podría vencerlo en su afecto por ella. En su vida era uno como centro religioso donde, al oficiar sin fatiga, encontraba su espíritu la mejor expansión.

Vino de la provincia el bachiller Tomás Liscano a empezar sus estudios universitarios. De la provincia venezolana, entonces sometida a la lejanía de una vialidad inexistente, hoy acercada pero ignorada todavía. No se sustrajo a la ley ecológica de buscar en la metrópoli nacional un centro más intenso de formación y acción. Poco tiempo pudo durar este primer acercamiento, ya que la fuerza de las cosas lo empujó de nuevo al interior para encararse con la vida. Largos años transcurrirían aún. Titánico sería su esfuerzo por volver, cabeza de familia, a coronar con fresco y bien ganado lauro doctoral su frente, ya madura. Pero habría de regresar una vez más a la provincia, escuela de experiencia imborrable. De modo que fue fruto de renovada lucha y recia voluntad volver a la metrópoli, hacerse dignamente un puesto en ella, ganar limpio nombre de abogado en el ejercicio profesional, actuar por mérito propio en el primer plano de la vida jurídica y desempeñar, con nombre ya forjado, altas funciones en los poderes públicos.

La voz de la provincia

Para quien no conozca la provincia, para quien no tenga idea de lo que ha sido a través de hombres ilustres y de momentos de esplendor, para quien ignore cómo en la vida de la Patria ella ha marcado, en medio de dolores, indelebles signos de valor, decir que de allá vino puede casi sonar como si se dijera que desde la barbarie acudía en pos de algo de civilización. Sería injusta y apresurada tal idea. Liscano vino, sí, de la provincia. Pero en la provincia había hogares para el pensamiento y ejemplos para la conducta. Trajo de allá una base, sin la cual no habría podido ganar, aun con su perseverante estudio, una dilatada cultura.

Como piedra angular se perfila, en los cimientos de su formación, una figura venerable. Se trata de alguien cuyo nombre pronuncia con respeto todo aquel que haya estado vinculado en el primer cuarto de este siglo a la vida del occidente venezolano: monseñor Alvarado, insigne obispo de Barquisimeto, cerebro claro y voluntad de acero, corazón de incansable apostolado, varón de recia santidad, verdadero padre de todos los larenses, yaracuyanos, falconianos y portugueseños que formaron su grey. Aguedo Felipe Alvarado lo fue en grado eminente para con los retoños de las distintas ramas de la familia Liscano, familia de ilustres maestros como Mateo Liscano Torres y de honorables hombres de acción como don Carlos.

Monseñor Alvarado, el mismo que había sido cura de Quíbor cuando Luis Razetti comenzaba allí a ejercer su profesión de médico, el mismo que arrancó de labios del bondadoso incrédulo los más encendidos testimonios de admiración y respeto personal[1], fue el primer forjador de su vida. Bajo su amparo comenzó a levantarse el huérfano Tomás Liscano, como antes comenzó y no sin éxito a forjarse en manos del obispo la de su primo Juan, terminada prematuramente mas no sin dejar prenda de su cultura jurídica y de su talento de escritor.

Fueron del obispo Alvarado los más humanos y orientadores consejos. Fueron de aquél los recuerdos más hondamente grabados en su alma. El fue, sin duda, quien le inculcara una fue y un sentimiento religioso profundo que perduraría a través de las aulas: del Colegio, de la Universidad y de la dura lucha cotidiana. Él le dio las primeras nociones humanistas, durante el tiempo que lo tuvo a su lado, cuando alentaba la esperanza de hacerlo sacerdote; le administró la más saludable enseñanza al orientarle a la vida civil cuando manifestó no estar bien seguro de su vocación para el altar; le puso bajo la tuición del férreo varón tocuyano presbítero José Cupertino Crespo y le abrió indirectamente la puerta de un contacto fecundo con don Egidio Montesinos y con Pepe Coloma.

De Egidio Montesinos, el maestro ilustre del Colegio de «La Concordia», fue Liscano uno de sus últimos discípulos. Perteneció a una de las promociones finales del famoso Colegio[2] y de labios del maestro recibió, no sólo la enseñanza profunda, sino la relación emocionada que hacía de sus mejores años, cuando pasaron por sus manos de educador los hombres más ilustres de Lara: un Ezequiel Bujanda, un Ramón Pompilio Oropeza, un Lisandro Alvarado y un discípulo por quien parecía haber tenido debilidad especial, José Gil Fortoul.

De Pepe Coloma, el gran latinista que esplendía desde el modesto curato quiboreño que monseñor Alvarado había honrado con su ministerio, obtuvo inolvidable conocimientos, a través de largas pláticas en la suave quietud de la aldea. La memoria del padre Eduardo Antonio Alvarez[3], que cubierta quedó en la historia de las letras larenses con la fama de su seudónimo de Pepe Coloma, fue de las últimas que Tomás Liscano tuvo consigo cuando con espíritu entero y convicción cristiana esperaba la muerte. Había comenzado a recoger sus trabajos con deseo de ofrecerlos a su región nativa en la ocasión del cuarto centenario de Barquisimeto.

Terminó Liscano sus estudios de Bachillerato en «La Concordia» y en agosto de 1910, con sus compañeros de curso del famoso plantel, rindió exámenes por ante el Colegio Federal de Barquisimeto. Su tesis filosófica había versado sobre la existencia del libre albedrío, como si presintiera la jornada de su vida, que habría de ser un canto heroico a la fuerza de la voluntad. Vino a Caracas a iniciar sus estudios universitarios, y en 1912 el cierre de la Universidad le obligó a retornar a la provincia. Era inútil pensar por entonces en continuar la carrera universitaria.

La vida se le presentaba en toda su áspera exigencia. La provincia habría de ser el aula de sus estudios más intensos, los que le enseñaron a conocer mejor el hombre y el medio. Sirvió en la política de entonces. No lo ocultó ni lo negó más tarde. Estuvo al lado de hombres de interesante trayectoria, cuyas condiciones personales dejaron balance positivo en el juicio de la opinión pública, a pesar de las circunstancias adversas en que les tocó formarse y actuar. En efecto, casi toda su actuación política de entonces se desarrolló al lado de los generales Bartolo Yépez, primero, y Juan Victoriano Giménez, después. Colaboró con ellos y tuvo en elevado aprecio su amistad. Figuras casi legendarias por el valor y la prestancia, fueron relieves propios de su tierra larense, tan amada por el doctor Liscano, y de su segunda tierra, el Yaracuy, donde echó raíces de afecto y formó hogar. Para ellos mantuvo en todo tiempo sincera amistad y de ellos recibió después quien había sido, cuando muchacho, subalterno, el testimonio de afectuoso respeto. Desempeñó con entera lealtad las funciones que se le confiaron; y ahora, a su fallecimiento, pudo medirse el aprecio de que gozó en aquellos pueblos donde esa época le tocó servir.

Pero no había perdido la aspiración de ejercer el Derecho. En 1922 le tenemos, ya jefe de un hogar, metido con ímpetu ejemplar en las aulas recién reabiertas de la Universidad. Coronó sus estudios con calificación de sobresaliente y obtuvo el título de doctor en ciencias políticas el 31 de enero de 1925. Jamás podrá borrarse del recuerdo de mis días infantiles el cuadro deslumbrante del paraninfo universitario en el día de su grado. La majestuosa sala, presente por primera vez ante mis ojos, vibró con la elocuente oración del graduado, emocionado canto a la Universidad y amoroso tributo a su abnegada esposa, compañera inseparable de su vida[4].

Circunstancias familiares contribuyeron a empujarlo al interior, en sus primeros esfuerzos de ajetreo profesional. Era un nuevo mandato de Dios el que su vida acabara de madurar en la provincia, en el recorrido incesante de los caminos de la patria. Para 1929, por fin, el doctor Liscano puede abrirse paso definitivamente hacia Caracas. Es ya un hombre completo. Es un abogado que ha sabido luchar con éxito en el campo profesional. Es un valor firme, dispuesto a dar su esfuerzo en la obra mancomunada que reclama la patria.

Por esos caminos provincianos, ahogados por el polvo cuando no estaban borrados por el lodo, le acompañé y con sus indicaciones comencé a penetrar en la entraña de la tierra y en el alma de nuestra gente. Una de las cosas que con mayor interés me enseñó, fue a querer a Venezuela tal como ella es. Tomás Liscano nunca sintió vergüenza de su provincianismo. Sentía más bien una como íntima satisfacción en proclamarlo. En Caracas, lo mismo que en París o en Nueva York, se sentía un venezolano elemental, ingenuo, desnudo de afeites, ajeno a actitudes postizas. Circulaba vigorosamente por sus venas la savia de la realidad venezolana.

Retrato de Tomás Liscano (1885-1951).

La toga con alma

Por largo y duro que para él hubiera sido el camino, no fue tarde para empezar a producir. Su vida, su afán, su ilusión, residían en la ciencia jurídica. Sus libros le llamaban. A prepararlos dedicaba ratos que una recia labor profesional habría justificado para un merecido descanso. Verlos, sentir la fruición de sus páginas que recogían nobles preocupaciones, oírlos recorrer tierras remotas, sentir en ellos perpetuarse lo mejor de su alma, era en su vida de luchador un fresco oasis. Cada una de sus obras era un hijo más para llenar el sitio de los muchos que habría querido tener y que la naturaleza no quiso regalarle. Porque tenía un espíritu privilegiadamente dispuesto a la paternidad. Vivía un entrañable amor por los niños. Sabía comprenderlos y mimarlos. Esa compresión y ese mimo no le faltaron nunca para sus libros, los hijos de su actividad intelectual.

Ya su tesis de grado, sobre El parentesco de afinidad con relación al divorcio, le había granjeado palabras de estímulo. Gil Fortoul, a quien aprendió a admirar –más diría yo, a querer como cosa cercana– en los bancos de «La Concordia» tras los relatos de don Egidio Montesinos, le había dicho de ella lo que podría encontrarse como nota común en sus otros trabajos: «Su razonamiento jurídico es claro, preciso y convincente».

En 1932 se lanza con Tildes jurídicas, su obra más extensa[5]. Recoge en ella diversos artículos de interpretación y de crítica de preceptos legales de resonancia práctica. Se enfrenta muchas veces a la opinión de juristas ilustres y no deja de acompañarle el éxito en la defensa de su propio criterio. Tildes jurídicas es su paso crucial. Es la prueba decisiva en el campo científico. Conoce el terreno en que se lanza, pero por ello mismo tiene conciencia de las dificultades que encara. El resultado es positivo. Gil Fortoul lo prologa. Para Grisanti, maestro apreciado, el libro del discípulo no es un simple motivo para la felicitación ritual, enviada de la Roma lejana. Es algo más. Es la ocasión para el desahogo que justifica la devoción común y que estimula la Ciudad Eterna. «Usted no sólo está dedicado al cultivo del Derecho, le dice, sino también le profesa culto. Ninguna ciencia es más digna de nuestra dedicación y de nuestro amor que el Derecho, porque nos enseña los cánones de la justicia, uno de los más elevados conceptos que puede concebir la mente, y el más benéfico para el individuo y para el género humano, ya que realiza la perfecta unión del orden y la libertad».

En Tildes jurídicas no hay la simple exégesis, ni mucho menos, la exposición de doctrina extranjera. Se siente el derecho vigente como un fenómeno social, como una cosa viva, capaz de mejorar en sus imperfecciones, necesitado de adecuación al medio. Hay una protesta encendida contra el anquisolamiento doctrinario: «no es posible –se afirma en una “nota premonitoria”– que el concepto jurídico de hoy, que es producto natural de las nuevas orientaciones sociológicas, como lo es toda concretación de orden legislativo con respecto a su época de vigencia, lo pretendamos ajustar bajo golpes de rigurosa exactitud, al molde criterial de investigaciones cuya labor de observación la hicieron a vista de conglomerados sociales lejanos de nosotros por trechos de centurias» [6]. Se abarcan con decisión ramas diversas y se tiene el propósito de poner un óbolo en el acervo de una doctrina jurídica nacional.

Del exterior no falta tampoco la palabra de estímulo, que ayuda a reparar del esfuerzo en la creación intelectual. El profesor Balogh, secretario perpetuo de la Academia Internacional de Derecho Comparado, le dice: «Sus monografías son verdaderamente obras maestras, excelentes por su método, originales y bien documentadas». Y le insinúa el estudio de la influencia del Código de Napoleón en Venezuela que habrá de constituir el tema de su trabajo de incorporación a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales.

Porque Tildes jurídicas y el generoso aprecio de los académicos, entre los cuales se encontraban algunos de sus maestros, le abrieron en 1933 las puertas de la Academia[7]. Antes de incorporarse, puso en circulación La moral del abogado y de la abogacía, que tenía en preparación y que fue editada en 1934[8]. Y al ingresar a la Academia desarrolló como afirmación temática, la de que la influencia del Código de Napoleón en la legislación venezolana había sido, en tesis general, puramente refleja o indirecta[9].

El tema tuvo resonancia especial. Acogida con favor por el académico doctor Alejandro Urbaneja, encargado de contestar al recipiendario, dio motivo para una interesante polémica, de alto interés científico. Ejemplo de preocupación intelectual fue el debate que desde la alta tribuna de la Corporación se libró entre el recién llegado académico y el veterano colega, distinguido jurista, doctor Gustavo Manrique Pacanins. Lanzas se rompieron entonces por un tema de pura significación científica; y aunque no faltó la muestra de alguna que otra punzante ironía, la discusión cordial y elegante tuvo la virtud de sembrar inquietudes en el auditorio estudiantil y el magnífico resultado de estrechar, antes que relajar, vínculos de sincera amistad[10].

Otros dos libros había de publicar, antes de que su vida se extinguiera en plena producción. La responsabilidad civil del delincuente versa sobre un asunto técnico, desarrollado como contribución al IV Congreso de Colegio de Abogados, reunido en Barquisimeto en 1941[11]. Lo dedicó al Colegio de Abogados de Lara, como un tributo de adhesión –no exento de la satisfacción de darle lustre– a la región nativa. Y Libertad de prensa en Venezuela recoge capítulos escritos sobre un tema en el cual lo jurídico se mezcla hondamente con lo político y social[12]. Lo dedicó a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales y al periodismo venezolano. Sostuvo la necesidad de una buena ley de prensa, capaz de garantizar la libertad de imprenta así contra la restricción como contra el abuso; se pronunció por la garantía de libertad bajo fianza hasta sentencia definitiva, pero no por la irresponsabilidad de la imprenta; e hizo suya, enalteciendo con ella el estudio que ofrendaba a la Academia, la frase del maestro Sanojo: «La publicidad es el pulso de la libertad, y sin libertad de imprenta no cabe otra publicidad que la que permiten los mismos que tienen interés en ocultar los malos procedimientos del Gobierno», y aquella del Papa Pío XI: «La prensa es la mayor fuerza del mundo moderno, la necesidad de nuestros tiempos, a ella está reservada la fecundación de este momento histórico e importante que se halla entre el presente y el porvenir, que cierra el pasado y abre el futuro»[13].

De sus libros citados, es fundamental –en mi criterio– La moral del abogado y de la abogacía, pues traduce la esencia de su ser, refleja mejor aquellas cualidades que un jurista cubano le atribuyó (después de haberlo conocido y tratado en la Primera Conferencia Interamericana de Abogados reunida en La Habana el 3 de mayo de 1941), a saber, «la claridad de su pensamiento y la virilidad serena de su espíritu». Yo no quiero aparecer cegado por la piedad filial, pero no sería sincero si callara mi juicio de aquel librito –incompleto, sin duda, y con imperfecciones que no hay por qué ocultar– es una obra digna de divulgación, poseedora de verdadero mérito.

En mi sentir, lo más valioso de este libro (sobre el tema existen unos pocos aunque muy interesantes en la literatura jurídica en lengua castellana) es el sentido de equilibrio profundamente humano y sincero con que se enfrenta el problema de la deontología profesional. No hay una mera exposición de verdades abstractas. Hay, más bien, un deseo de hacer asequible a esos estudiantes de ciencias políticas de los países latinoamericanos a quienes se dedica –y para quienes se sustenta la necesidad de establecer como asignatura de obligación, la Ética Profesional del Abogado– [14], esa aspiración de norma moral que algunos quizá juzguen a priori impracticable.

La moral del abogado y de la abogacía recibió, entre las obras del doctor Liscano, los más significativos elogios. «Una bella y convincente exposición de la ética jurídico-profesional» la llamó la Revista Jurídica de la Universidad de Puerto Rico. El doctor Esteban Gil Borges, desde Washington, la calificó de «excelente trabajo. Usted ha prestado –le dijo– un gran servicio a la profesión y al país trazando las líneas de la orientación moral que debe seguir el jurista». El profesor Sánchez de Bustamante afirmó, con palabras que no pueden ser más categóricas: «Servirá de base en América a la moral profesional presente y futura», mientras otro intelectual cubano, positivo valor de promociones jóvenes, Armando M. Raggi, escribía: «Le soy totalmente sincero al felicitarlo por este trabajo magnífico, cuyas tesis merecen repetirse prolijamente por todos los ámbitos de nuestros países (tan precarios de buenos principios por lo general) para beneficio y enseñanza de esa juventud americana a quien con tanto acierto viene dedicado».

Sería detenerme demasiado en este punto, insertar siquiera los juicios más notables que recibió este libro, para honda satisfacción de su autor. Entre sus papeles he encontrado, sin embargo, tres testimonios que por expresivos no me creo con derecho a omitir. Dos emanan de abogados venezolanos, desgraciadamente ya desaparecidos, dedicados uno al ejercicio profesional en el interior de la República, otro a los ajetreos de la diplomacia: y hay una elocuente ilación en sus conceptos. Parece como si uno fuera la premisa deliberada del otro. Del doctor José María Domínguez Tinoco es la premisa, transida de doliente experiencia: «Con frecuencia he visto tan tambaleante e incierta la moral profesional – no quiero ni debo referirme a la nuestra únicamente – que muchas veces he desesperado de nuestro presente y de nuestro porvenir, tanto más cuanto que la apatía, por no darle otra clasificación, de nuestros profesionales deja muy poco que esperar. Los honrados, los buenos, los morales, se apartan, se huyen de la lid y muy escasos son los que como usted dejan ver un esfuerzo desinteresado en bien de la profesión que han abrazado como título honorable para legarlo a sus hijos y como emblema y símbolo de una conducta intachable».

Y la consecuencia proviene del lamentado amigo y colega Fernando Díaz Paúl: «Tan importante obra debiera adoptarse, obligatoriamente, como catecismo de moral en el curso de ciencias políticas. Así se haría una labor efectiva de patriotismo, inculcando en cada profesional, desde las aulas universitarias, los principios básicos del derecho». El tercer juicio, en su elegante estilo, es del doctor Gregorio Marañón: «Breviario admirable –dice del libro– no ya para abogados, sino para todo hombre consciente. Por la alta y noble bondad que respira cada una de sus páginas, le agradezco, una por una, como lector y como español, hermano en el alma y en esa lengua que fluye con tanta dignidad de su pluma».

La moral del abogado y de la abogacía constituye, para mí, la mejor expresión del abogado amante de su ministerio que vivía en la persona de Liscano. Más de una vez se le parangonó con una obra insigne: El alma de la toga por Osorio y Gallardo. Esto al doctor Liscano le halagaba, pues admiraba sinceramente al jurista español. Enamorado yo también de la obra famosa de don Ángel, pecaría de insincero si tratara de colocarlas en un mismo plano. Coincidentes en su intención y en su base, se trata de dos puntos de vista distintos. La bella obra del jurisconsulto español proviene de un filósofo, de un profesor, de un escritor. La obra de Liscano es más la obra de un abogado. Por eso se tratan en ésta con originalidad y realismo problemas éticos de tan gran trascendencia como el secreto profesional, la obligación de conciliar o el pacto de cuota-litis. Inspirada en el mismo propósito de superación, parte de un punto más cercano a la realidad humana del interés profesional, a la experiencia vivida en el bufete.

Bien calificado el insigne prontuario de Osorio y Gallardo con el nombre de El alma de la toga, yo me atrevería a calificar el libro de Liscano como la presentación de la toga con alma. Eso es: la toga con alma. No la sola armazón de los principios que han de vitalizar el ejercicio del derecho, sino, más bien, el ejercicio del derecho que quiere penetrarse de aquéllos. En su vida, en las alternativas del ajetreo profesional, el autor fue eso mismo que pinta en su libro: una conciencia jurídica que no quería refugiarse en el frío reducto de la hermenéutica. En una palabra, una toga con alma.

Tomás Liscano, Presidente del estado Falcón, en ofrendas florales en la Plaza Bolívar de Coro, el 19 de abril de 1942.

«… de fe constante no excedido ejemplo»

Pero no está completa la semblanza con la narración de sus comienzos y con el recuerdo de su producción intelectual. Faltan aspectos de indispensable consideración para tener la figura del hombre. Falta recordar variados motivos dentro de los cuales actuó el trabajador infatigable, que no han podido menos de sugerirme aquella frase de Andrés Bello, al cantar «en su desolación» a la patria lejana y recordar que «a la familia de Colón dio aquélla de fe constante no excedido ejemplo».

Pudiera pensarse que en los años de su producción bibliográfica el doctor Liscano había vencido la etapa de las dificultades y obtenido un bienestar económico que le permitía dedicarse al cultivo amoroso de la ciencia. Lo cierto fue, por lo contrario, que hasta el fin de sus días se mantuvo en la diaria brega del foro y del bufete. La verdadera vocación profesional se muestra con frecuencia en esa imposibilidad de abandonar las tareas que impone el ejercicio de una actividad. Más de una vez he encontrado abogados ilustres, colocados en la cima del éxito, a quienes se les mataría de obligárselos a abstenerse de ejercer la profesión a la que han dedicado la mayor parte de su vida. En el doctor Liscano esa necesidad emocional existía, aunque no faltaba tampoco la necesidad económica. Triunfó profesionalmente, pero no llegó a amasar una fortuna que le permitiera retirarse al descanso. Por otra parte, disposiciones de la Providencia impidieron que pudiera sustituirlo en las obligaciones del despacho jurídico el hijo a quien había formado para ello y a quien la conciencia de otra responsabilidad llamó a menesteres urgentes que le impidieron dedicarse por entonces, de lleno, al ejercicio de la profesión.

Pero estas dos últimas razones, en mi sentir, no fueron decisivas. La razón decisiva fue aquélla: la vocación firme, imposible de desatender. Hasta el postrer momento activo que la terrible enfermedad le permitió, anduvo en el Palacio de Justicia atendiendo solícito los asuntos que le confiaban, grandes o pequeños. De su lecho de enfermo, cuando ya las fuerzas físicas faltaban, salió a su escritorio. Con el pretexto de arreglar unos papeles, sin sospechar aún pero presintiendo quizá que estaban contados sus días, quiso imprimir en su retina la visión amorosa de aquel recinto donde había dedicado las más de sus horas al culto del Derecho.

Como abogado actuó, con la toga y el alma, en los escaños parlamentarios. Senador por el Estado Lara, durante cuatro años puso el mismo entusiasmo y la misma vocación jurídica en la alta función de legislador. Tuvo en dos ocasiones la honra de presidir las sesiones del Congreso Nacional. Afirmó, hasta en incidentes triviales, un alto concepto de la dignidad y el decoro de la función legislativa. Y cuando le tocaba recordar los múltiples asuntos en que había actuado como parlamentario, tres le satisfacían especialmente: la defensa de la enseñanza religiosa, ardorosamente debatida en el Proyecto de Ley de Educación; la promulgación del Código de Menores, que como presidente del Congreso le tocó anunciar ante la faz de la República, y la afirmación de la soberanía nacional en la tramitación de la ley de Hidrocarburos de 1938, ante la cual obró, no como proyectista ni como técnico minero, pero como un corazón auspiciador de lo que representara afirmar mayores ventajas y derechos en pro de la nación venezolana.

A través del Senado, en pleno momento nacional de transición, se reinició su actividad política, penetrado de esperanza en un destino mejor para la patria. Ya dije cómo había actuado antes, al lado de hombres que le profesaron gran aprecio, en la política venezolana. Si algo admiré en él –y debo decirlo ahora porque lo creo fundamental para entenderlo y para entender quizá a otros muchos venezolanos– fue su actitud ante el pasado y ante el porvenir. Ni fue un tránsfuga de las responsabilidades que pudo tener en el ayer, ni fue un desertor ante la responsabilidad del mañana. Es decir, no negó su parte de responsabilidad en una larga y dolorosa época nacional, pero no por ello dejó de comprender la necesidad y la urgencia de una revisión de sistemas para empezar a vivir en Venezuela una vida distinta. Cuanto al pasado, le quedaba la satisfacción de haber actuado con buena intención, de haber sido leal con sus amigos, de haberles servido sin bajezas, de haberles dicho la verdad más de una vez cuando el incienso aldeano los nublaba. Cuanto al porvenir, veía la necesidad de defender la libertad progresivamente conquistada, de no cerrar el paso a nuevas fórmulas, de alentar los ideales de la juventud hacia una Venezuela mejor.

Acostumbrado a las luchas del foro, en la política activa sintió la necesidad de debatir con ardor y constancia. No fue taimado ni voluble. Defendía el derecho de los demás a combatir por sus ideas y, como es lógico, no tuvo nunca el propósito de renunciar a luchar por las suyas. En el complejo mar de las conveniencias políticas no siempre es ello lo más útil, pero es al menos lo adecuado para mantener la paz de la conciencia.

Después de los cuatro años del Senado fue elevado a una magistratura más cónsona con su vocación: la Corte Federal y de Casación lo vio sentarse entre sus miembros, por elección hecha el 29 de abril de 1941. Allí pensó fijada la cúspide de su carrera y en el Supremo Tribunal creyó pasar sus últimos años de vida pública. Dios no lo quiso así. Sus íntimos conocen cuán grande sacrificio constituyó renunciar a aquel alto destino para incurrir en la debilidad –debilidad de amigo, de hombre activo, de soñador impenitente en posibilidades de servicio colectivo– de aceptar la gobernación de un Estado.

Pasaron dos años de lucha incesante. Su temperamento estaba habituado a la polémica y en esa polémica sus adversarios llevaban la ventaja por razones diversas, entre las cuales no escasearon maniobras y combinaciones. Largo sería analizar hechos y circunstancias de los que el público sólo podía conocer aspectos fragmentarios. Pero al menos debo proclamar que manejó el tesoro de Falcón sin que sus manos se mancharan y que en épocas de adversidad recibió testimonio abundante de aprecio y simpatía por parte de quienes habían visto de cerca su empeñosa y noble labor de gobernante.

Fue en esos breves días de mandatario cuando pude mejor medir la alteza de su espíritu. Porque en el propio tiempo en que él formaba parte del equipo oficial, mi voz –la de su hijo y compañero de Escritorio– emitida desde mi curul de Diputado, disonaba en aspectos fundamentales de la política imperante. De sus labios, jamás un reproche. Ni la más velada insinuación para que dejara de hacer lo que mi conciencia me indicaba. En alguna ocasión cayó sobre él la sugestión de que influyera en mi conducta. El sabía que al negarse, se jugaba su alta posición; pero no tuvo ni un momento de duda. Meses después de haber sido removido de la Presidencia de Falcón se le envió a la Aduana de Puerto Cabello. Salió también de allí sin razón aparente, pocos días después de haberme alentado desde la barra del Congreso en mi tesis de crítica a la reforma constitucional. Así cesó su última participación en el gobierno. Después, no perdió nunca oportunidad de expresarme su firme convicción de que la lucha de la juventud por sus ideas era exigencia indispensable de una patria más libre y más justa.

En medio de las actividades mencionadas no le faltó una sostenida preocupación gremial. Fue asiduo en el Colegio de Abogados y en el Montepío de Abogados. En representación del primero formó parte, con los doctores Julio Blanco Uztáriz y Luis Loreto, de la Primera Conferencia Interamericana de Abogados, reunida en La Habana en 1941. Del segundo ocupó la Presidencia en el año de 1946. Llevó la representación de la Academia en unión de los doctores G.T. Villegas Pulido y Julio Blanco Uztáriz, al 2º. y al 4º. Congreso de Colegios de Abogados de la República, reunidos en Maracaibo el 24 de octubre de 1939 y en Barquisimeto el 1º. de septiembre de 1941.

La preocupación de escribir no le dejó tampoco. A base de unas conferencias que años atrás pronunció y de estudios renovados continuamente, estaba preparando un libro sobre un tema de su especial cariño: el de la infancia abandonada. Vecina ya la muerte, todavía hablaba de su libro. Pensaba que más adelante pudiera editarse, y hablaba de él con la misma ternura ejemplar con que recomendaba sus árboles o sus animales.

Dentro de toda esa vida (su Escritorio, su ternura por las cosas domésticas, su angustia por la patria, su pasión por sus libros, sus deberes gremiales) siempre siguió guardando puesto preferente la Academia. Pocos más constantes que él en la concurrencia a las sesiones. Ninguno más hondamente conmovido, al recibir la elección de Presidente. Estaba penetrado de ese hondo sabor de reunión creadora, que debía ser aliento y compromiso en los jardines de Academus ante la serena quietud de la tarde.

¿Qué más queréis, distinguidos y generosos colegas, que os diga en recuerdo y memoria de aquel cuya ausencia todavía constituye herida lacerante en lo más profundo de mi alma? ¿No será bastante recordar que a la Academia dedicó su último libro publicado y que en su seno pronunció su último discurso?

Sí, señores. Desde esta misma tribuna, en un doble homenaje al amigo y escritor que se incorporaba a la Academia y al antiguo maestro Gil Fortoul se despidió de la oratoria, amada musa de sus buenos tiempos, el Académico Tomás Liscano: aquel a quien me habéis dado el privilegio de elogiar como titular precedente del Sillón No. 2 que vuestra generosidad me ha concedido, y a quien, como hijo y amigo, compañero y discípulo, llora y no dejará de llorar mi corazón.

No es justo, honorables colegas, el que en estos momentos os obligue a padecer el duelo que su partida causó en mí, y menos, el sufrimiento que significó para mi espíritu el diálogo de sus últimas semanas de vida, cuando recogí religiosamente de sus labios el minucioso caudal de sus últimas disposiciones y el viril testimonio de su acendrada fe cristiana. Pero no podría omitir, antes de dejar este elogio y de presentar en vuestra mesa el trabajo escogido para mi incorporación académica, la mención del inolvidable momento en que de la Academia hablamos y en que como compensación a su dolor por no haberme visto incorporado surgió el propósito de suplicaros que el Sillón que me asignareis fuera, en definitiva, el mismo que con orgullosa devoción había ocupado él desde 1935.

De este modo, señores Académicos, mi compromiso es más solemne. Al privilegio de asistir a la Academia ha de sumarse como imperativo ineludible el deseo de que no se encuentre vacío el sitio de quien jamás hallaba razón válida para dejar de asistir a sus sesiones. Si mi falta de mérito pudiera cohibirme, nada podría excusarme el dejar hueco el puesto de quien militó sin desmayo y puso cuanto estuvo de su mano por el lustre de esta Corporación.

En aquel día inolvidable en que anticipábamos la visión de este instante, yo con la mía sangrante mientras él con su alma fuerte se aprestaba a partir hacia la patria que no tiene fin, me aseguraba que dondequiera que el Creador hubiera dispuesto que se hallase, éste sería un momento de supremo júbilo, si la Providencia accedía a hacerle partícipe de le emoción de este acto. Si la piedad infinita de Dios lo permite, reciba él, pues, en este instante, este homenaje que vuestra amistad ha auspiciado y que le ratifica mi acendrada lealtad y devoción filial.

Pero, ya que esta tierra del dolor no admite el puro goce de una alegría completa, perdonad que os diga que para mí este acto, lleno de honor y de satisfacción, no puede disociarse del pesar de esa ausencia. Y ya que él no puede estar aquí, físicamente, compartiendo con nosotros – ¿qué digo? ¿compartiendo? ¡llevando la parte principal en el júbilo de esta celebración! -, permitidme que, en medio de esta honrosa jornada de mi vida, ofrende a la memoria, no ya del académico, sino del padre y compañero, el tributo ineludible de una lágrima.

Tomás Liscano y su esposa, María Eva Rodríguez de Liscano.

Referencias

[1] La tradición oral que el Dr. Tomás Liscano guardaba a este respecto, la confirma en su biografía de Razetti el doctor Ricardo Archila, quien expresa: «En el laborioso pueblo de Quíbor, encontró la protección de dos amigos de quienes conservó siempre los más gratos recuerdos: el Pbro. Aguedo Felipe Alvarado, posteriormente Obispo de Barquisimeto, y don Carlos Liscano, comerciante, “y uno de los mejores hombres que he conocido’”»  (Dr. Ricardo Archila, Luis Razetti o Biografía de la Superación, Caracas, Imprenta Nacional, 1952, pp. 36-37). Lo púnico que habría que añadir a la cita es que don Carlos Liscano, el General Carlos Liscano, era un jefe político de prestigio; fue figura resaltante del Nacionalismo cuando el alzamiento del General José Manuel Hernández, y ocupó la presidencia del gran Estado Lara en tiempo del General Cipriano Castro. Hijo de don Carlos fue el abogado y escritor Juan Liscano, quien murió joven todavía, y quien dejó como único descendiente al valioso poeta y folklorista Juan Liscano Velutini.

[2] Carlos Felice Cardot, Décadas de una cultura, Editorial Ávila Gráfica, Caracas, 1951, pp. 164 y 213.

[3] El padre Eduardo Antonio Alvarez Torrealba nació en Quíbor el 13 de octubre de 1868 y allí mismo murió el 16 de septiembre de 1917. Fue ordenado por monseñor Diez el 1º. de enero de 1891; estuvo en Cubiro hasta 1893 y pasó luego a Quíbor, primero como teniente cura y después como párroco. Asistió al Congreso Eucarístico de 1907 como secretario de monseñor Alvarado y presentó notables trabajos. Sostuvo en la prensa de Caracas una brillante polémica filosófica con el Dr. Razetti sobre el origen de las especies. Fundó varios periódicos: El Apologista, 1898; El Pensamiento Católico, 1901, en el que colaboraron monseñor Castro, monseñor Alvarado, monseñor Silva (Ant. R.) y los doctores Agustín Aveledo, José G. Hernández, J.M. Núñez Ponte, Ricardo Ovidio Limardo, entre otros; La Razón, 1903, y El Angel del Hogar, 1908. Su tierra nativa le ha honrado con un monumento en el cementerio; con el nombre de un club y, recientemente, con un busto den la Plaza de la Ermita (datos biográficos que debemos a la amabilidad de Daniel Graterón).

[4] Su discurso de grado fue publicado en El Universal, de Caracas, el 11 de febrero de 1925. Al avisarle el recibo de Tildes jurídicas le decía Diego Carbonell, quien había sido rector cuando se doctoró: «Ella encierra muchos gratos recuerdos de aquella época en que conmigo muchos jóvenes como usted trabajaron por el brillo de nuestra vieja casona de la ciencia».

[5] Tomás Liscano, Tildes Jurídicas, Caracas, Editorial Sur América, 1932, XVI, 278 páginas.

[6] Tildes jurídicas, p. 15.

[7] En sesión del 31 de julio de 1933 fue elegido Individuo de Número para ocupar el sillón No. 2, vacante por el fallecimiento del Dr. Francisco Guzmán Alfaro.

[8] Tomás Liscano, miembro electo de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de Venezuela, La moral del abogado y de la abogacía, Caracas, Tipografía La Nación, 1934, 139 páginas.

[9] Estados Unidos de Venezuela, Academia de Ciencias Políticas y Sociales, Discurso y trabajo de incorporación del Dr. Tomás Liscano como Individuo de Número de la Academia. Discurso de contestación del académico Dr. Alejandro Urbaneja, Caracas, Lit. y Tip. Escuela de Artes y Oficios para Hombres, 1935, 40 páginas.

[10] G. Manrique Pacanins, de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, La influencia de Código Napoleón en Venezuela, trabajo leído en la Academia de Ciencias Políticas y Sociales de los EE.UU de Venezuela, en sesión del día 30 de agosto de 1935, Caracas, Tip. Americana, 1935, 31 páginas.

Doctor Tomás Liscano, de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, Sobre la influencia del Código Civil Napoleónico en la legislación civil venezolana (segundo estudio), Caracas, Tip. La Nación, 1935, 49 páginas.

[11] Doctor Tomás Liscano, La responsabilidad civil del delincuente, Caracas, Tip. La Nación, 1943, 125 páginas.

[12] Doctor Tomás Liscano, Libertad de prensa en Venezuela, Caracas, Edit. Iveca, 1947, 175 páginas.

[13] Ob. cit., pp. 41 y 170.

[14] La moral del abogado y de la abogacía, p. 7.

Arturo Uslar Pietri (1955)

Rafael Caldera, Arturo Uslar Pietri e Isaac J. Pardo.

Contestación de Rafael Caldera al Discurso de incorporación de Arturo Uslar Pietri como Individuo de Número de la Academia de Ciencias Políticas y Sociales

El Individuo de Número que viene hoy a incorporarse a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales trae como bagaje una obra intelectual de señalado mérito. Ampliamente conocido en el mundo de las letras, comenzó por el cultivo del cuento (Barrabás y otros relatos, 1928; Red, 1936; Treinta hombres y sus sombras, 1949) y ha demostrado singular maestría en los más variados géneros literarios. Desde la novela de raigambre histórica y contenido social, en dos apasionantes libros que con pinceladas maestras reviven el más sangriento de nuestros episodios nacionales (Las lanzas coloradas, 1931) y el más cruel de los conquistadores (El camino de El Dorado, 1947), hasta el ensayo, esa manifestación predominante de nuestra producción nacional, en la cual el doctor Uslar Pietri ha hecho resaltar la sagacidad de su inteligencia y la elegante forma de su estilo (De una a otra Venezuela, 1949; Las nubes, 1952). Libros de viajes (Las visiones del camino, 1945; Tierra venezolana, 1953; El otoño en Europa, 1954), artículos de prensa en diarios y revistas, conferencias, charlas de divulgación cultural a través de la televisión, han salido de la pluma o de la palabra de Uslar Pietri para acreditar sus singulares dotes de expresión, pues los temas y lugares por donde ha debido discurrir han parecido renovarse con las galas de su vestido literario, y esta característica propia del escritor, al aquilatarse cada día, ha recibido merecidos galardones, como el Premio «Arístides Rojas», otorgado a su novela El camino de El Dorado, y el Premio Nacional de Literatura, que le fue discernido en 1954.

De sus actividades intelectuales, dos parecen haber atraído su atención preferente o, por lo menos, a ellas ha aplicado el rigor sistemático de la enseñanza universitaria, a saber: la historia y crítica de la literatura, y la economía venezolana. A la primera corresponde su actuación como profesor de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Columbia (Nueva York, 1947-1950) y de Literatura Venezolana en la Universidad Central de Venezuela, y su producción de valiosos libros, como Letras y hombres de Venezuela (1948), Breve historia de la novela hispanoamericana (1955) y la selección Lecturas para jóvenes venezolanos (1954), así como de numerosos artículos; y motivó que se le encomendara la introducción a los Temas de crítica literaria de Andrés Bello en la edición de sus Obras completas que actualmente se hace. A la segunda corresponde el primer ensayo de su idoneidad docente, como profesor de Economía Política en la Universidad Central (1937-1941) y un pequeño pero valioso libro bautizado con el nombre demasiado modesto de Sumario de economía venezolana, para alivio de estudiantes (1945).

La enunciación precedente demuestra que sobran credenciales a nuestro recipiendario para ser admitido en el seno de esta corporación. Si su dominio del lenguaje como instrumento de expresión artística ha motivado su elección para la Academia Venezolana de la Lengua, correspondiente de la Real Española, sus amplios conocimientos y su obra divulgativa en materia económica justifican con creces su incorporación a la Academia de Ciencias Políticas y Sociales. Su labor en la Cátedra de Economía, de la que ha quedado buen recuerdo; su obra impresa, repartida en gran parte en artículos y trabajos diversos, así como en importantes documentos oficiales, prometen a esta academia aun más rica producción en un ramo cuya importancia es cada vez mayor. A ella le obliga doblemente su nueva condición de académico de Ciencias Políticas y Sociales, si no le obligara de antemano su intensa vida pública, la destacada figuración que ha tenido y el desempeño de posiciones sobresalientes, de lo que no es necesario hablar por ser sobradamente conocido y por constituir motivo de polémica a que no ha sido ajeno quien os habla.

No era yo, quizás, el más llamado para contestar en nombre de este instituto su discurso de incorporación. Otros distinguidos colegas tenían más credenciales que yo, y lo habrían hecho con mayor lucimiento. Pero al disponer el Cuerpo hacerme la encomienda, la he aceptado con gusto; abone mis palabras la sinceridad de este elogio y la cordialidad de espíritu con que, en nombre de todos mis colegas de academia, expreso la mejor bienvenida a quien sin duda constituye uno de los valores más representativos de las generaciones venezolanas que han actuado después de 1935.

Viene a sentarse el doctor Uslar Pietri en el sillón que desde hace años dejó vacante aquel ilustre maestro universitario y notable internacionalista que fue el doctor Francisco Arroyo Parejo. Al recibirse, evoca aquella figura singular que en los claustros de esta vieja casa universitaria constituía una como personificación de la disciplina que explicaba. Porque el doctor Arroyo Parejo era para nosotros una especie de persona irreal, elegante en su porte, intachable en sus maneras señoriales, lo mismo que aquellas normas ideales que enseñaba, llamadas a establecer la justicia entre las naciones de la tierra y a realizar el sueño de la igualdad de los Estados. Nunca supimos sus alumnos cuántos años tenía, porque la tradición oral nos revelaba que las canas ornaban su cabeza desde la más temprana juventud, y unas generaciones sucedían a las otras sin verle doblegarse bajo el peso de los años. La raya vertical de su silueta no se quebraba con su paso; lo impecable de su traje, rigurosamente aplanchado, jamás mostraba la fragilidad de una arruga o la malicia de una mancha. Pero era, al mismo tiempo, humano y blando. Su aparente severidad perdía rigor en el trance aterrador de los exámenes. Enseñaba un Derecho Internacional limpio, claro, geométrico; y el ensueño de un concierto universal de pueblos, donde la paz reinara con la fría serenidad del mármol era la norma de su vida, en la universidad lo mismo que en la Cancillería o en la academia.

Era, pues, expresión de una vida quieta, armoniosa y suave. Distinta, por cierto, de la realidad que las transformaciones sociales han impuesto ahora a los hombres. La vida bulle y cambia con vertiginosa rapidez. Así lo demuestra la mutación surgida en Venezuela al desarrollarse la economía petrolera.

Ese cambio profundo es el tema escogido para su recepción por el doctor Uslar Pietri y no podía ser más sugestivo. El petróleo ha transformado la vida nacional. Hay una honda diferencia entre la antigua Venezuela, con economía preponderantemente agropecuaria, no invadida todavía por la técnica y cuya ciudad capital apenas alcanzaba el centenar de miles de habitantes, y la Venezuela que al impulso de la economía petrolera se mueve con inquietud de torbellino, con sus masas de obreros cada vez más calificados y sus ciudades asomadas de improviso a los complejos problemas del urbanismo.

Uslar Pietri nos ha pintado en su discurso, con sobrios e impresionantes trazos, los aspectos principales de aquella transformación. Con profundo dominio de un tema que en diferentes oportunidades ha tratado, su discurso de incorporación viene a constituir una madura síntesis expositiva de lo que el petróleo ha significado para Venezuela. Dos características sobresalientes he creído encontrar en la pieza que acabamos de oírle: la elegancia atrayente de su estilo y la objetividad con que ha tratado el tema. Por otra parte, el recipiendario maneja las cifras con fina amenidad, muy semejante a la que caracteriza a los autores franceses, en cuyos textos literarios y científicos ha bebido un mucho de su densa cultura. Los temas económicos, de suyo áridos para los no iniciados, toman al ser tratados por su pluma un atractivo acento humano, y el uso discreto de las estadísticas, lejos de hacerse agobiante, sirve como de rasgo destinado a hacer más neto el motivo del cuadro.

Por supuesto, es razonable que la naturaleza del asunto y las preferencias del autor den tratamiento de favor a los aspectos económicos de la revolución –que no hay otro término apropiado para designar este cambio– ocurrida en Venezuela ante el empuje del petróleo. La radical modificación en el ingreso nacional, en el presupuesto, en la circulación monetaria, en el régimen de producción y consumo, en el poder adquisitivo de nuestra población, en nuestro régimen de pagos al extranjero, en nuestro mercado de divisas, en los índices de salarios, va haciéndose patente a través de la exposición del recipiendario. Pero como los factores económicos se entrelazan con los otros fenómenos sociales; como no hay mutación en las relaciones de producción o cambio que no influya sobre la capacidad de consumo y aun sobre los fenómenos aparentemente más distantes, como los que al orden de la cultura se refieren, preciso es reconocer que las transformaciones sucedidas en este país desde que el petróleo ocupó el primer renglón de nuestra economía productora rebasan su terreno propio, modifican la estructura social y provocan circunstancias que es preciso conocer y dominar para poner a salvo, en medio del cambio social, las características fundamentales de nuestra manera de ser.

El doctor Uslar Pietri, aun desde el campo puramente económico, llega sin poder evitarlo al terreno de las repercusiones sociales. Así sucede, por ejemplo, cuando desarrolla su tema favorito de «las dos Venezuelas coexistentes», la que vive del petróleo al ritmo de la moderna civilización y la que todavía no ha salido del pasado, encerrada en los campos o confinada a los cerros que circundan la metrópoli; cuando describe nuestro «capitalismo de Estado» y señala el fenómeno de la «suma de poder extraordinario reunida en el Ejecutivo Nacional»; o cuando indica cómo la riqueza petrolera le da al Estado venezolano, principal centralizador y «gran dispensador» de esa riqueza, «una fisonomía peculiar, que cada vez se aparta más de las concepciones doctrinarias que han encontrado expresión en nuestras constituciones» y sugiere «el curso previsible de su historia». Así ocurre, también, cuando el recipiendario se asoma a la transformación que la economía petrolera provoca en la vida de nuestra cultura. Pero el cambio social venezolano debido al petróleo puede observarse en un plano todavía más profundo: porque la riqueza proveniente de la explotación intensiva de nuestros yacimientos ha motivado cambios radicales en nuestra conducta social. El doctor Uslar lo apunta, al decir que «el carácter nacional, en muchos de sus rasgos recibidos, está en un proceso de activa metamorfosis». De donde surge esta cuestión, propicia para suscitar las más apasionantes investigaciones sobre nuestra psicología colectiva: ¿hasta dónde ha cambiado la manera de ser de nuestro pueblo, al pasar de su tradicional habitualidad de pueblo agropecuario a convertirse en el afortunado participante de una gran riqueza minera?

Don José Oviedo y Baños, el primero de nuestros historiadores, señalaba como circunstancia feliz el agotamiento de los veneros principales de nuestras minas de oro, que hizo a los venezolanos dedicarse a las labores de la agricultura. El argumento lo recogía y ampliaba Bello en su Resumen, colocándolo «entre las circunstancias más favorables que contribuyeron a dar al sistema político de Venezuela una consistencia durable». Querámoslo o no, esa circunstancia ha cambiado. Los agotados yacimientos auríferos –que solo resultaron en Guayana– han reaparecido bajo especie líquida y oscura. El oro negro que a fines del siglo pasado comenzaron a explotar en las tierras del Táchira pioneros venezolanos sin capital ni técnica, sale a raudales de la entraña de nuestra tierra, extraído por empresas cuyo adelanto las coloca entre las más avanzadas del mundo.

No es tiempo ni ocasión para lamentarnos del hecho. Hay razones para felicitarnos. Carreteras, tractores, materiales de construcción, automóviles, alimentos y bienes de consumo acuden a nuestro país, adquiridos con divisas de origen petrolero. El presupuesto se hincha y permite un amplio desarrollo de los servicios públicos. Hospitales, escuelas, edificios variados pueden surgir de la mano providente del Estado. Grandes campañas de saneamiento pueden emprenderse, con aumento inmediato del crecimiento vegetativo de la población. El sempiterno afán viajero de los venezolanos encuentra estrecho los caminos del Mundo. Es rara la línea de aviación que no traslade compatriotas nuestros a países remotos; e innúmeros conciudadanos están llevando a sus hijos –a veces sin suficientes precauciones– a educarse en otras civilizaciones. Todo ello nos hace más cosmopolitas, abiertos a todas las influencias, dispuestos a todos los esfuerzos, inclinados a las más variadas experiencias. Manejamos los productos técnicos del industrialismo extranjero como si fueran hechos por nosotros, y recibimos los modismos de otros pueblos como si estuvieran dispuestos para injertarse en nuestro folklore.

Pero hemos de tratar que no se diga de nosotros lo que de Francisco Fajardo dijera el mismo Resumen de Andrés Bello: que «el hallazgo de una veta de oro fue más bien el origen de sus desgracias que la recompensa de sus trabajos». Para lo cual es necesario percatarnos de que una riqueza de la magnitud de nuestro petróleo, al lado de grandes bienes, es susceptible de producir inmensos males y que uno de los más graves puede ser el desquiciamiento de nuestra idiosincrasia nacional.

Toda colectividad surgida alrededor de una mina se acostumbra a vivir del azar. Menosprecia el esfuerzo constante y pone a un lado la modesta virtud del ahorro, que ha hecho la grandeza de muchas naciones. El hábito de la ganancia fácil hace perder la noción económica del gasto; el uso de lo superfluo va más allá de los límites prudentes que lo frenan en una sociedad bien ordenada; se llega a admitir como necesidad el deseo de exhibir jactanciosamente una riqueza revestida de formas engañosas; y la vida económica adquiere resonancias de mito, que si en grado menor bastaría para atraer al inmigrante honesto, en medida mayor amenaza convertirse en señuelo para aventureros de variada calaña.

La misma fuerza de la moneda, que suscita admiración y envidia, crea problemas para atormentar las mejores cabezas. Nos da riqueza y bienestar, pero nos empuja a vivir de lo que otros producen, encarece nuestros renglones productivos propios, hace difícil el desarrollo de la industria y de la agricultura y nos expone a la atracción de múltiples especulaciones.

Estos síntomas acompañan inevitablemente el auge petrolero e imprimen en las costumbres modificaciones que no sé hasta dónde los sectores responsables nos preocupamos por impedir o, al menos, por paliar o, en última instancia, por canalizar. Parece a veces como si rivalizáramos en el propósito de acentuar el espejismo. El ansia de ganar dinero rápidamente atropella los valores sociales de jerarquía superior. El afán del juego toma proporciones de tal magnitud, que se convierte en actividad obligada hasta de las personas circunspectas; en una palabra, el hábito de ganar y perder introduce una norma de vivir al día y de gastar lo que se pueda, reñida con toda idea de previsión.

En medida mayor o menor, los pensadores venezolanos de estos tiempos se han dado cuenta de la paradoja creada por el petróleo. Al lado de la euforia jacarandosa ha estado siempre una inquietud: la de obviar los males que trae consigo esta riqueza inesperada, sin sacrificar sus beneficios. El alegre dispendio de la riqueza petrolera engendra un sentimiento de angustia, reflejado, mejor que en cualquier otra expresión, en la frase que el doctor Uslar Pietri ha reivindicado en otros importantes trabajos y en este preciso discurso: sembrar el petróleo.

La consigna de sembrar el petróleo implica la transitoriedad de una riqueza que se nos escapa de las manos y está llamada a desaparecer. Como lo expuso el propio Uslar Pietri al disertar ante una conferencia sobre relaciones humanas promovida por la Creole Petroleum Corporation: «Sembrar el petróleo significa utilizar la riqueza que Venezuela deriva de la industria petrolera en fomentar otras fuentes de producción, es decir, no comernos el dinero petrolero, no gastarlo alegremente en bienes de consumo, sino invertir una parte substancial de esa renta, de ese ingreso, forzosamente transitorio y aleatorio, en fomentar la agricultura, la industria y cualquiera otra forma de actividad que pudiera ser remunerativa para el país».

Pero la realidad exige más. No basta el objetivo –de por sí hermoso– de obtener para el país un beneficio duradero de una industria que se mira correr fuera de nuestro alcance. No es posible considerar la economía petrolera como distinta y superpuesta de la genuina economía nacional, así sea para reclamar que a esta se atribuya una parte del producto de aquella. Hay que integrar de lleno la economía petrolera en la economía venezolana. La realidad nos enseña que esta riqueza, hoy por hoy, a pesar de los problemas de la competencia y de las conjeturas, atómicas, está llamada a durar unos cuantos años más. Hemos de verla más de cerca como cosa nuestra. Hemos de hacerla más venezolana. Por ello, la experiencia está diciendo que sembrar el petróleo es parte de un objetivo más amplio, obligado aunque ambicioso: es necesario dominar el petróleo. Tenemos que abandonar el concepto del petróleo como una realidad que escapa a nuestras manos, para ganar la idea del petróleo como un elemento subordinado a nuestra realidad nacional. Ello ha de llevarnos a un entendimiento cada vez más fecundo con la iniciativa privada, nacional y extranjera, y a la colaboración cada vez mayor de nuestro capital humano en la explotación de esa riqueza nacional.

La industria petrolera es por muchos títulos nuestra primera industria, aunque no lo sea desde el punto de vista del empleo, ya que el número de personas que ocupa excede apenas de los cuarenta mil. Además, es centro de otras industrias. Aparte la actividad extractiva, surge una industria de refinación que para 1954 se acerca a los 26 millones de metros cúbicos de petróleo y alcanza el 23,4% de la producción. Una industria de transporte, que debería ser factor para desarrollar una gran flota mercante nacional; una industria de aprovechamiento del gas natural; una fuente de producción de energía eléctrica, y una serie de actividades nuevas, como puede serlo la industria petroquímica, encuentran en ella la base de su establecimiento.

Todos estos son signos optimistas, de los beneficios que deben esperarse de la integración definitiva del petróleo en la economía nacional. Uslar Pietri señala con mano maestra las principales etapas anteriores mediante las cuales ha ido aumentando Venezuela su participación en el producto de la industria. Debería añadirse el papel que en la venezolanización del petróleo tocó a la Ley del Trabajo de 1936. Papel decisivo, pues si no tuvo carácter fiscal, sus disposiciones elevaron el rango de los trabajadores y su participación en el rendimiento petrolero; impusieron a las empresas el deber de construir campamentos, hospitales, escuelas y otros establecimientos, de los que están con razón orgullosas; abrieron sus carreteras al tránsito; llevaron a los trabajadores de los contratistas los beneficios de los dependientes de las compañías. Establecieron, sobre todo, el porcentaje de trabajadores venezolanos, tanto manuales como no manuales, con lo que abrieron el camino para que músculos y cerebros venezolanos participaran en grado primordial en una industria venezolana, que hombres tan eminentes como el malogrado estadista Alberto Adriani llegaron a dudar si convenía fuera operada con nativos.

Mucho hemos aprendido en estas décadas, y una de nuestras más importantes adquisiciones es la conciencia de meditar y discutir los problemas de nuestro petróleo. Ya nadie infama como enemigo del país a quien leal y honestamente sirva los intereses de una compañía petrolera, pero tampoco se considera demagógica la posición de quienes aspiramos para Venezuela, sin lesionar derechos adquiridos, una injerencia cada vez mayor en su principal riqueza. Hubo un tiempo en que se juzgó exagerada la aspiración del fifty-fifty, es decir, repartir el producto por partes iguales entre el país, dueño de la materia extraída, y las empresas que con su capital y técnica realizan la extracción. Hoy, según cifras aparecidas en documentos oficiales, nuestra participación es mayor: en el decenio 1943-1953 correspondió a la nación un 56% contra un 44% para las compañías. No resulta, pues, descabellado, aun en el aspecto meramente fiscal, aspirar a un mejoramiento progresivo, y la mentalidad de la moderna industria norteamericana, que en nuestra economía petrolera tiene tanta importancia, se ha familiarizado con la idea de repartir con los trabajadores y con la colectividad la plusvalía obtenida por la empresa, pues la experiencia le ha mostrado que ello no le impide, si hay una dirección inteligente, obtener para los accionistas mejores dividendos y para los directores remuneraciones más altas.

La experiencia venezolana del petróleo es rica en enseñanzas. Ella desmiente aquellas plañideras profecías según las cuales el establecimiento de leyes avanzadas en favor de los trabajadores implicaría la ruina de la industria. Ella ha probado que la prosperidad del negocio es también compatible con la aspiración venezolana de obtener una participación más justa. Y otra enseñanza, de importancia no menor, es la interdependencia que la vida moderna establece entre las diversas naciones.

Cierto que Venezuela, por la afluencia de divisas petroleras, se ha colocado en peligrosa actitud de dependencia, como lo revelan las estadísticas recogidas por el doctor Uslar Pietri. Pero también es cierto que los pueblos mayores y más poderosos dependen de otros pueblos como el nuestro para asegurar su subsistencia. El petróleo venezolano constituye material esencial para la economía del mundo, lo mismo en la paz que en la guerra. Justo es, por tanto, que Venezuela aspire a una participación más efectiva en la política mundial del petróleo.

Por otra parte, ha de abrirse paso un concepto de justicia social según el cual, si el petróleo venezolano es especialmente indispensable en horas de emergencia, debe mantenerse en tiempo de normalidad el consumo en límites adecuados para evitar cualquier colapso.

Además, la experiencia de nuestro petróleo ha contribuido a destacar una noción trascendental en la humanización de la economía: la de que para asegurar el bienestar y evitar perturbaciones cíclicas, antes que restringir la producción hay que aumentar la capacidad de consumo de los más, que son precisamente los que menos tienen. Se ha observado que si los ciento cincuenta millones de iberoamericanos tuviéramos la misma capacidad de consumo que los ciento sesenta millones de estadounidenses, la industria del gran país del norte apenas se daría abasto durante muchos años para satisfacer la demanda. El caso venezolano demuestra que el aumento en nuestra capacidad de consumo ha coadyuvado para satisfacer la necesidad de expansión de mercado de los productores norteamericanos.

Lecciones, con todo, no más importantes que otras dos: la de que –sin caer en determinismos monistas– debe reconocerse la tremenda repercusión del cambio económico en toda la vida social, con cuyos fenómenos se entrelaza inevitablemente, y la de que la economía de un pueblo es un todo complejo, cuyas mejoras parciales pueden provocar graves dificultades si no alcanzan, en plazo razonable, a las demás actividades interrelacionadas.

El petróleo ha sido en Venezuela factor de insospechadas transformaciones. Pero, al mismo tiempo, ha habido que hacer frente al desajuste con las otras actividades económicas. La riqueza petrolera ha creado, sin quererlo, serios obstáculos al desarrollo de la agricultura y de la industria, por el aumento del costo de la vida y el encarecimiento de la moneda. Solo cuando logremos dominar el petróleo y hallar una armonía fecunda con las otras formas productoras, podremos decir que hemos obtenido para el porvenir nacional el provecho que estamos obligados a obtener.

Estas reflexiones sugiere el importante trabajo con que el doctor Uslar Pietri se incorpora hoy a esta academia. Muchas más podrían ocurrir al solo correr del pensamiento y de la observación de la vida nacional, pero sería abusar de vuestra paciencia engolfarnos en ellas. En ninguna parte mejor que en el meduloso discurso del recipiendario podría encontrar el observador perspicaz mayores motivos para meditar sobre el tema.

Felicitemos, pues, a la academia por aumentar sustancialmente su acervo de valores intelectuales, con la incorporación del nuevo académico. Y al reiterar al doctor Uslar Pietri la bienvenida más cordial de sus compañeros de corporación, estimulémosle a seguirse ocupando en estos temas fundamentales, de amplia proyección sobre la vida de Venezuela.

 

Caracas, 1955.

San Ignacio de Loyola: Hombre Completo, Ejemplo para la Juventud (1956)

Retrato a lápiz de San Ignacio de Loyola, por Pedro Mancilla, para la edición de Moldes para la Fragua de Editorial Dimensiones (1980).

San Ignacio de Loyola: Hombre Completo, Ejemplo para la Juventud

La figura extraordinaria de San Ignacio de Loyola, la proyección de su obra y de su vida, la significación en su tiempo, han llenado muchas páginas en la bibliografía universal. Combatiente a lo largo de toda su existencia, las controversias que originó han continuado, aunque modificadas a través de los tiempos. Forjador de caracteres recios, se le rinde un hermoso homenaje en el cuatricentenario de su muerte. Discurso leído en el acto solemne celebrado en el Aula Magna de la Ciudad Universitaria, Universidad Central de Venezuela, el 11 de mayo de 1956.

 

En un lugar de Guipúzcoa, cuyo nombre no puede olvidarse, recibió un día la invitación de Dios de darse a su servicio, un gentilhombre de rancia prosapia, sangre ardorosa y recia voluntad. Eran días aquellos en que aún campeaban por la literatura —y por la imaginación de los jóvenes— las aventuras de andantes caballeros cuya vida era jornada de peligros en busca de fama; tiempos cercanos de los memorables en que el Hidalgo de la Mancha habría de cumplir sus hazañas y dejar modelada, con sus carnes enjutas sobre un rocín magro, la figura romántica de una aspiración de justicia, rota contra los molinos de viento en el afán de desfacer agravios y enderezar entuertos en favor de los débiles y de los oprimidos.

Nuestro caballero, entonces conocido como «el gentilhombre Iñigo López de Loyola» según nuestro llorado amigo el historiador Pedro Leturia1, se hallaba en plena juventud. Una juventud madura en años, porque estaba en los treinta o ya frisaba en ellos; pero patente en el vigor del cuerpo y en aquella inquietud de alma que es patrimonio de todos los jóvenes en todos los tiempos.

Último vástago de una familia de trece hijos, había pasado oculto los primeros seis lustros de su vida, lo mismo que el Señor a quien habría de consagrar sus servicios y cumplir sus votos; pero a diferencia del Maestro, esos treinta años no fueron de santidad ni de humilde labor. Si su vida hasta entonces fue oculta, lo fue porque no había logrado acometer empresas de resonancia grande. Peleó, sirvió y también pecó; amó, y en los reinos de la fantasía imaginó un amor cuyo objeto quedó como el gran secreto de su vida; y, sobre todo, en horas de sueño y también de vigilia, soñó; soñó en mil formas caballerescas andanzas que dieran expansión a la fuerza incontenible de su espíritu.

Postrado estaba, con la pierna deshecha en honroso combate, cuando ganó su más recia batalla. De bárbaros dolores que soportaba sin gemir, salió con un tesoro de reflexión en su cerebro y un portento de energía en su carácter. Cambió sus ricos trajes por el tosco sayal de peregrino; abandonó la fanfarria de sus luchas pasadas; veló sus armas para deponerlas ante el altar de la señora de los cielos, y comprendió que las conquistas perdurables no se logran en el campo de la fuerza sino en el terreno del espíritu. Vivió desde entonces para una sola cosa; y cuando resignó su alma en manos del Altísimo, habría podido igualmente decir «todo está consumado» porque no hubo ofrenda que no hiciera «por la mayor gloria de Dios».

Iñigo, el aprendiz de caballero andante, el de la tibia rota por una bala afortunada, el de los huesos maltratados por los ciru­janos, ha dejado de ser. Ya es otra su figura, otro su pensamiento, otro su nombre. Es ahora Ignacio, el que atormenta su rudeza machacando latines y predicando caridad en las universidades de su época. Y va a ser San Ignacio, llegado a los altares por el camino vertical de un apostolado incansable y de un recio tesón en favor de la Iglesia.

Yo no voy a ocuparme esta noche del reformador eclesiástico que supo levantar de la postración en que se hallaba a la Esposa de Cristo. Esto ha de hacerlo el Arzobispo artista de la Sierra Nevada, cuyo lápiz ha trazado los rasgos de varones ilustres y cuya paleta ha tenido colores para el paisaje de las cumbres andinas. No voy a hablar tampoco del fundador cuya orden religiosa trabaja, lucha y vence, se extiende y multiplica en todos los confines de la tierra. Ni siquiera vengo a quemar incienso al santo a quien millones de personas rezan en todas las lenguas, mientras contemplan sus ojos penetrantes al venerar su imagen, cubierta por negro hábito o revestida con la casulla sacerdotal lograda en una vocación tardía.

Voy a hablar, en esta ocasión memorable, del hombre entero que había en Ignacio de Loyola. Voy a hablar del hombre, no para profanar al santo, sino para acercarlo a los humanos que queremos comprender su figura. Del hombre completo, eso sí, que se afirmó plenamente al negarse, y que se puso más cerca de sí mismo al colocarse más cerca de Dios.

Y no pudiendo resistir al deseo, expresaré el concepto que desearía desarrollar ante vosotros, con un venezolanismo familiar: San Ignacio de Loyola era un «palo de hombre». Todo lo que los venezolanos sabemos decir en este giro: la ausencia de toda cobardía, la presencia ejemplar de una voluntad integral, lo sugiere la consideración de su vida. El palo de hombre que San Ignacio fue es el que yo quisiera representar como ejemplo para la juventud. Porque también en nuestra época abunda la tentación del fácil lucro, de la gloria falsa, del placer mezquino y de la entrega vergonzante; y después de cuatrocientos años permanece fresca e intacta la lección magistral del guipuzcoano. Reviste plena actualidad el ejemplo de un palo de hombre como aquél, que supo consagrarse a un ideal, para encender, en quienes no hayan perdido la fibra, el entusiasmo de la vida heroica. Su recuerdo puede ayudar a salvar el deseo de nobleza que hay en el fondo de todo corazón juvenil. Puede ayudar a rescatar los valores más altos, que naufragan en olas del materialismo, y enseñar el camino de la superación verdadera, el cual supone creer firmemente, obrar con entereza y sentir con generosidad.

Busquemos, pues, al hombre. Hallémosle de salida hacia Manresa. Han pasado días largos en los cuales la dureza del trato quirúrgico ha servido para probar mejor su ánimo. El quiere luchar y vencer, pero la gracia le ha hecho comprender lo efímero de todo triunfo que no tienda a lo alto. Por su imaginación pasaron perspectivas, generosas sin duda pero en definitiva huecas, de las campañas del mundo aquel en que vivió y había creído. Pero no, él no quiere ganar triunfos pírricos. Quiere hacer lo que se debe para gozar de la victoria como recompensa final.

Va en plan de renuncias a todo lo que hasta entonces había llenado su existencia. Pero ha de hallar pronto la ocasión que pone a prueba la sinceridad de su propósito. Es el episodio de aquel moro a quien, después de haber encontrado en su camino y discutido con él sobre cosas teológicas, había dejado ir con la amargura de escucharle expresiones irreverentes de la Virgen María. Su antigua idea caballeresca le provoca retarlo a duelo singular. Con mucho cavilar, no se siente capaz de decidir; y después de recomendarse a Dios, deja suelta la rienda de su cabalgadura ante la encrucijada, y es ella la que toma el camino de la renun­ciación, mostrando la determinación del Señor2.

 En esa tortura del conflicto entre los rescoldos de su vieja noción de honor caballeresco y las nuevas palpitaciones de una idea superior, ha dejado en las manos de Dios la elección. Ha logrado su primera victoria. Aunque, debo decirlo, el triunfo no ha sido completo. Su voluntad no ha sido la que se ha decidido a renunciar al lance. Cuando la mula está en la encrucijada, su convicción no ha tomado aún el mando de su espíritu, atormentado por las ideas que al Quijote le sorbieron el seso y que a él le prendieron en hogueras el ánimo. Pero, aun imperfectamente, ha vencido. Y la clave del triunfo le acompañará siempre: ha dejado el asunto en manos del Señor y aprendido a resignar la suya en Su voluntad suprema. Admirémosle, pues, esta resolución y aceptemos la reflexión de Unamuno: «Conviene veamos en esto de dejarse llevar del caballo uno de los actos de más profunda humildad y obediencia a los designios de Dios»3.

Está en camino. Ha seguido la ruta por sobre su áspera y voluntariosa naturaleza. Pedro Calderón de la Barca va a expresarlo en verso, al cantar el episodio del moro4:

Pero, ¿dónde voy?, que ya

No es tiempo de bizarrías,

Y la milicia de Dios

No es la pesada milicia.

No. Es cierto. La pasada milicia quedó atrás. La nueva es milicia de Dios. ¡Afuera el oropel de engañosa campañas! La gloria fementida de las aventuras guerreras ha cedido el lugar a la gloria auténtica, que reside en la verdad indestructible del espíritu. Los trajes adornados del gentilhombre que peleara en Pamplona, ¡afuera! Vamos, por el camino de la penitencia, a buscar la verdad.

Pero todavía queda algo del viejo espíritu caballeresco, y ¿por qué no aplicarlo a las cosas de Dios? Hay que reconciliar a Amadís de Gaula con Francisco de Asís. El peregrino Ignacio no puede irse por el sendero de la vida ascética así como así. Ha de buscar el símbolo de su nueva carrera en la liturgia de las caballerías. Y por ello, con el coraje veinteañero que habría de mostrar también el cincuentón manchego en el proceso de sus destinos, este hombre de treinta años ha de velar sus armas para ofrendarlas a la señora de sus sueños. No ha menester transformar por obra de la imaginación posadas en castillos; castillo y muy de mejor calaña ha de encontrar en Montserrat, y no le hace falta buscar alguna Aldonza Lorenzo, así tuviera muy alto rango de nobleza, para fabricar una fantástica Dulcinea del Toboso: la reina de su vida ha de ser desde ahora la gran Madre de Dios, y en su santuario ha de dejar, ante su vera efigie y para siempre, su espada y su puñal. Ha liquidado hasta la posibilidad de que vuelva a tentarlo un hecho de violencia; ya no tiene espada y puñal con que pelear.

Este colgar las armas, así sea ante la Virgen, puede aparecer ante la juventud como un modelo difícil de imitar. La juventud ama la lucha; la lucha exige armas. Pero Iñigo, el gentilhombre antiguo, no queda desarmado. Lo que ha hecho es un cambio. Lope lo dijo, el fénix de los ingenios españoles, en famoso re­truécano:

La espada al altar ofrece,

porque se quiere ceñir

armas que conquistan almas;

que Dios se lo manda así.

 

Rafael Caldera de visita en Loyola, el 31 de marzo de 1978.
Caldera haciendo el saque de honor en un juego de pelota vasca en la Puebla de Bolívar.

Al desceñir hojas de acero que no pueden sino romper tejidos, verter sangre y destruir vidas, es porque el nuevo caballero va a armarse de otras armas mejores. No hay metal comparable al suyo, ni forja alguna puede ofrecer mayor vigor. Son armas que penetran las conciencias, que se hunden en lo más hondo de los corazones. Son armas de fuego que inflaman voluntades. Pero, portento incomparable, restañan ellas mismas las heridas que hacen, con raudales invisibles de un bálsamo infinitas veces más potente que el bálsamo de Fierabrás. Estas nuevas armas las toma en Manresa. Son los Ejercicios Espirituales. Le acompañarán toda su vida. Le ganarán sus mejores fortalezas y las dejará a la Iglesia como herencia valiosa.

San Ignacio no puede comprenderse si no se coloca su figura en su sitio preciso. Su fuerza emana de Dios. En el Todopoderoso ha puesto el tesoro de su voluntad y sin El no se atreverá a librar una sola batalla. Lo fundamental de su existencia —dice Hollis— fue el espíritu. No es verdad que San Ignacio fuera «un político eclesiástico muy atareado, canonizado por haber sido lo suficientemente astuto para idear la fundación de la Compañía de Jesús, del mismo modo que Lord Northcliffe fue nombrado par por haber sido lo suficientemente astuto para fundar el Daily Mail». Cierto que su vida «lo llevó forzosamente al contacto con los problemas políticos de su tiempo, y que demostró en ellos una capacidad que lo coloca en la primera fila de los estadistas europeos; pero esas dotes, que lo elevaron a la altura de Richelieu y de Chatham, fueron las que menos lo califican. La vida de San Ignacio fue una vida espiritual»5.

Empero, me diréis, si he prometido hablar esta noche del hombre y no del santo, ¿por qué hago hincapié en su entrega ilimitada a Dios? Es que, sin ella, el hombre no puede entenderse. No sólo el hombre-individuo que es San Ignacio, sino el hombre-especie, hecho desde su origen a imagen y semejanza del Creador. Allí estriba su fuerza.

Ignacio es hombre del Renacimiento. En su tiempo las universidades estudiaban a Erasmo; Luis Vives le acogía benignamente en Flandes; Francisco de Vitoria enseñaba en Salamanca y Miguel Ángel era escogido con el deseo de que trazara la iglesia del Gesú. Otros buscaron el Renacimiento en la filosofía o en el arte; él buscó al hombre en el señorío de la voluntad. El Renacimiento era un re-descubrimiento del hombre; pero mientras el hombre quería desligarse de su centro eterno y Martín Lutero exaltaba hasta en lo religioso la soberanía del individuo, Ignacio de Loyola encauzaba el movimiento que inspiró hacia un humanismo fundado en su centro preciso, que es Dios.

He aquí, pues, por qué Dios constituye su punto de partida. A El se entrega con la renunciación total de quien da «toda su libertad, memoria, entendimiento y voluntad» como en la famosa oración. Dios, a quien sólo pide «su amor y gracia, que esto me basta». Pero a quien ama con amor activo y no sólo contemplativo; Dios, a quien ama con voluntad de servir; Dios, a quien sirve con la caridad y con el sacrificio; pues para San Ignacio ‘‘el amor se debe poner más en las obras que en las palabras»6 y, lejos de extender ilimitadamente las prácticas piadosas, ha de pensarse que «a un hombre verdaderamente mortificado basta un cuarto de hora para unirse a Dios en oración»7. La identidad con el Creador es cuestión de fondo y no de forma. Que nuestra juventud lo vea, es exigencia previa para conseguir su destino.

La carrera escogida es difícil y larga. En esto también es modelo fecundo. El primer precepto formativo es inculcar la convicción de que el triunfo fácil es efímero, y los grandes caminos son largos y penosos. No le importa la edad para empezar. Parece no tener prisa todavía cuando, ordenado sacerdote a los cua­renta y seis años, espera hasta la Navidad del año siguiente para decir su primera misa ante el Pesebre en Santa María Maggiore, por no poder decirla en Belén.

Hace algunas semanas, un distinguido profesor italiano quería en Caracas, en una conferencia, explicar la civilización italiana en breve tiempo, y con este objeto comenzaba por definir otras civilizaciones en conceptos sintéticos; así, la civilización española podía ser considerada como la «civilización de la voluntad». El oírlo me hizo pensar en San Ignacio. Ignacio de Loyola ha sido presentado como prototipo de la civilización hispánica, pues la misteriosa providencia de Dios con España quiso que el cojo de Pamplona y un manco de Lepanto hubieran de servir para consolidar su significación universal. Pero lo es, sobre todo, por su prodigioso cultivo del carácter.

Pensemos en el esfuerzo inmenso que tuvo que hacer para comenzar a estudiar con la humildad de un colegial. Toscos estudios habían sido los suyos; y de acuerdo con lo que ha podido averiguarse, escasas sus lecturas. A los treinta y tres años comenzaba a estudiar en Barcelona; de allí irá a Alcalá y Salamanca; luego a París, y, finalmente a Italia, donde la voluntad de Dios lo asentará para establecer su Compañía y realizar su obra. En el estudio, doble ha de ser su lucha; contra la resistencia de su edad adulta sin hábitos escolares, por un lado; y contra la mística tendencia surgida de su conversión, por otro. De allí que el padre Larrañaga, en la introducción a su Autobiografía, considera el esfuerzo de sus catorce años de estudios eclesiásticos como «uno de los hechos más heroicos, si no el más heroico, de su vida»8. Poseído de la fiebre de servir a Dios, admite que tiene que empezar por graduarse en filosofía y en teología. Y lo hace. Ve que tiene que enterrar la semilla y esperar que dé fruto, y no le importan años para comenzar.

Su voluntad se vuelve formidable. Aquel carácter «seco y caliente» de que nos habla Unamuno, se doblega maravillosamente al imperio de la reflexión. Las noticias más desfavorables no alcanzan a inmutarlo más allá de algunos minutos. Medita en los problemas y escucha atento opiniones ajenas; implora a Dios antes de decidirse, pero una vez dispuesto sus decisiones son irrevocables.

Parte muy principal en la formación del carácter es el aprendizaje de la obediencia y del gobierno. Su idea de la obediencia, base de las Constituciones de la Compañía, ha constituido piedra de escándalo en incontables ocasiones; pero el ejercicio de la obediencia constituye, en su criterio, la perfección del albedrío y el triunfo de sí mismo «que es el más noble de los triunfos»9. Pensó, con Santa Teresa de Jesús, que la obediencia es la cosa más recia que se puede hacer, si se cumple como se ha de cumplir; pero la tuvo por la mejor escuela, cuando no se basa en imposición coactiva sino en ejercicio de la voluntad.

Ello explica su concepto de la autoridad. Supo ejercerla como nadie. Trazó líneas que han sido seguidas por sus hijos en cuatro largos siglos, pero dejó amplia libertad en la orientación peculiar de sus distintas provincias y casas.

No sintió agrado por la mandonería, ni le gustaban «los preceptos en virtud de santa obediencia»; buscaba convencer, y como sabía amar, lograba la adhesión integral a sus disposiciones10. Un hombre que sin ser cardenal ni obispo ni querer dignidades, obtuvo del Sacro Colegio seis votos para Papa, era el súbdito más humilde del romano Pontífice.

Atributo de esa voluntad férrea fue la virtud de la perseverancia. Educador de gente moza, creador de una orden cuya actividad primordial es formarla, dejó un tesoro con su ejemplo de tenacidad. «Nunca acometió una empresa que no llevara a cabo», dice el padre Nadal; y cuando el duque de Gandía se aprestaba a entrar en la Compañía de Jesús, de donde iría a los altares como San Francisco de Borja, le indicó rematar las cosas temporales comenzadas, «porque —escribía— deseo queden en su perfección todas vuestras cosas, cuando N. S. fuere servido que se haya de publicar la mudanza a Va. persona»11.

Vosotros, jóvenes, que sentís que vuestra existencia no debe consumirse en la vida muelle del egoísmo; vosotros, tentados por la corrupción y por la vanidad; vosotros, esperanza de la patria venezolana, que sentís en la sangre la necesidad de luchar por valores más altos, tomad ejemplo en el espíritu de sacrificio, en la lucha contra sí mismo y contra el mal, que supo desarrollar Ignacio de Loyola. Aclarad con su ejemplo el deber de luchar, que no es pelear groseramente, ni desear mal a nadie, ni poner la voluntad enfilada contra algo que nos perjudica o nos molesta, sino encaminarla a lograr una meta venciendo los obstáculos que se interpongan.

«Era un luchador y, sin embargo, jamás quiso luchar contra adversarios personales —nos dice su más reciente biógrafo, el padre García Villoslada, de afectuosa recordación entre nosotros—. Buscó grandes enemigos: los de Cristo, los de la Iglesia, los de la verdad y la justicia. Contra ellos combatió denodadamente. Como todas sus acciones eran maniobras de una grande y perpetua batalla contra el error y la iniquidad, se preocupaba seriamente, cuando alguna de sus empresas marchaba suavemente sobre ruedas, sin estorbos ni contradicciones. Sabía que Cristo y la Iglesia, como la verdad y el bien, serán siempre signum cui contradicetur. Por eso, la persecución, lejos de amilanarlo, ‘le aumentaba los bríos y la confianza’. Tanto que cuando, gastada ya su vida por los trabajos y las penitencias, se hallaba en cama enfermo, sus hijos y discípulos decían, según Ribadeneira: ‘Roguemos a Dios que se ofrezca algún negocio arduo, que luego se levantará nuestro Padre de la cama y estará bueno’. La lucha contra las dificultades constituía su mejor medicina»12.

Ofrendas florales ante la tumba de José Antonio Aguirre. País Vasco, 1 de abril de 1978.

 Recia formación del carácter, no por ello menospreció la inteligencia; precisamente porque quería hombres enteros, quería intensidad en el estudio, y dio el ejemplo. Las letras fueron base de la formación que ofrecía y para cultivarlas inició institutos afamados, punto de partida de la incontenible vocación docente de la Compañía de Jesús. Vivió entre universitarios. Con seis de ellos (el incomparable Francisco de Javier y los insignes Fabro, Laínez, Salmerón, Bobadilla y el portugués Simón Rodríguez de Azebedo) inició en un juramento eucarístico el día de la Asunción de 1534, en una capillita del barrio parisino de Montmartre, lo que había de ser la Compañía. Sintió y vivió la Universidad; y comprendió que la Universidad había de dar salida a los llamados a dirigir la vida humana por grados de superación.

Lo que no pudo él admitir fue que el cultivo de las letras constituyera entre los suyos simple expansión de regodeo, motivo de vanidad u orfebrería de la cultura. Las letras las entendía él para iluminar el mejoramiento de los hombres y el apostolado de la caridad. No llegó a dominar —ni quizás lo intentó— la belleza de la forma literaria; pero fue iniciador de un estilo macizo. En la elocuencia, prefería la claridad a la retórica: debía poseer, en sencilla oratoria, una fuerza de persuasión inflamadora.

No se aferró a sistemas de otros tiempos, antes luchó por abrir cauce a las preocupaciones de su época. Dicho con palabras de José María Salaverría  —el conocido escritor, homónimo, aunque no «sinónimo» del actual rector del Colegio San Ignacio, de Caracas—, su acción fue «entrometerse en la impetuosa marcha de lo nuevo para regir su paso y enderezarlo hacia donde interesa»13.

Como hombre entero, tuvo gran culto a la mujer. Pero no a la mujer rebajada a la condición de instrumento o motivo de frívola ocasión. Buen español y buen cristiano, fue la Madre de Dios, María Santísima, el objeto de sus más constantes desvelos. Ella, símbolo de pureza infinita, ejemplo de abnegación materna, marcó en el alma de Ignacio un jalón de belleza inefable. En la severa disciplina de los colegios de los jesuitas, su culto sigue siendo la nota poética que inspira los mejores anhelos a las mocedades robustas de cuerpo y alma; y su devoción en el equipo de las congregaciones marianas constituye la mejor defensa de la integridad juvenil contra el ambiente de lascivia circundante y su mejor preparación para hacer del hogar templo donde la esposa reine y se mantengan las mejores tradiciones domésticas.

El ascético semblante en sus retratos, la aspereza singular de su lucha, la proyección universal de su Orden en momentos dificultosos para la Iglesia, pueden dar la impresión, muy extendida, de que el guipuzcoano fundador era un ser insensible. Le faltaría, en tal caso, un tinte de humanidad para completar la ejemplaridad de su figura. Pero no hay nada de eso. Sus biógrafos señalan la alegría de su temperamento, y hasta alguien hubo que lo describiera como «un hombrecillo con los ojos alegres». Alegría bien fundada; pues en la historia de su conversión, al comparar el deleite transitorio de las cosas del mundo, que lo dejaba «seco y descontento», con los pensamientos en lo alto, dijo que «no solamente se consolaba cuando estaba en los tales pensamientos, mas aún después de dejados, quedaba contento y alegre»14.

En cuanto a insensibilidad, la historia demuestra lo contrario. Su camino hacia la santificación fue un ejercicio constante de la caridad. Regalaba lo que recogía y vivía en hospitales, entregado al bien de los enfermos y de los pecadores. Cuando estuvo en Azpeitia, después de convertido pero antes de terminar sus estudios, dejó entre sus instrucciones la de «que no hubiesen pobres mendicantes mas que todos fuesen subvenidos»15.

 Y lloraba. Era un palo de hombre y derramaba lágrimas. No las vertía por el dolor físico, que resistió estoicamente. Pero las vertía por el sufrimiento de los otros y por el dolor de sus pecados. Quizás, jóvenes y viejos que me oís, os extrañe escuchar que con frecuencia las lágrimas corrían de aquellos ojos avezados a ver la vida y dominarla. Ello ofrece a Marañón la oportunidad de escribir esto que no quiero dejar de leeros: «Me es grato hacer el elogio de las lágrimas en esta era nuestra, en que el llanto parece que va a extinguirse; y no ciertamente por falta de motivo, sino por falta de sensibilidad»16. Llorad también vosotros, jóvenes de mi patria, por el dolor ajeno; no con el llanto cobarde de las posiciones perdidas sino con el llanto varonil de Ignacio, el mismo de los santos y aun de los caballeros andantes, que lava las miserias humanas y echa sobre los dolores del prójimo el lenitivo de la caridad.

Que supo escoger su camino, lo prueba esta celebración. Hace cuatrocientos años que se fue a mejor vida y estamos reunidos para honrar su figura, acompañando a quienes se han comprometido a continuar su obra. Ignacio de Loyola está vivo. Su nombre mantiene resonante actualidad. Por algo la Iglesia ha fijado su fiesta en el día de su muerte, 31 de julio, porque es el día de su inmortalidad.

Rodeada de aspectos legendarios, su semblanza ha conmovido los temperamentos más variados. En su Vida de Don Quijote y Sancho, Unamuno parece a veces hacer más la biografía de San Ignacio que la del Caballero de la Triste Figura. En medio de su rebeldía siempre inconforme, no esconde don Miguel su admiración por el valor humano de su paisano Ignacio; y al comentar el episodio del Quijote con don Sancho de Azpeitia, se inflama de afecto por su tierra y grita: «¿Y cómo, contemplando a un vasco, y de Azpeitia, no recordar una vez más a aquel caballero andante vasco, y de Azpeitia también, Iñigo Táñez de Oñaz y Sáez de Balda, del solar de Loyola, fundador de la Milicia de Cristo? ¿No culmina en él nuestra casta toda?»17.

 No estaba equivocado. Muy pocos de sus contemporáneos han podido resistir como él el efecto destructor de los tiempos. El perdura. Su temple está en el nivel superior de los héroes. «Todo gran santo es un héroe —afirma Marañón— pero en San Ignacio el tema heroico adquiere una realidad y una grandeza patéticas»18. Ese heroísmo representa la seguridad de un credo que se vive y dentro del cual se muere serenamente. Todo héroe es hombre en grado eminente, pero el humanismo ignaciano busca al hombre en su esencia. No lo deja como isla perdida en medio del océano, sino como península arraigada al continente: a la tierra firme que es Dios.

Dice el mismo rector salmantino que «toda vida heroica o santa corrió siempre en pos de gloria, temporal o eterna, terrena o celestial». Al leerlo, no podemos menos que pensar en Bolívar. San Ignacio puso en obra el apotegma que habría de anunciar el Padre de la Patria: la gloria está en ser grande y en ser útil. Buscó la gloria, pero comprendió también que era una ilusión banal si no se la asentaba sobre la roca inconmovible. A Cristo sirvió; por Cristo luchó; y al Vicario de Cristo prometió imperturbable sumisión. Fue la gloria de Dios y no la suya la que puso por lema de su vida; pero al buscar aquélla, su propia gloria vino a servir como reflejo, porque la potestad del Creador se muestra en la criatura que le sirve.

Salió de Loyola en busca de aventuras, y por haberse negado a sí mismo, y por haber buscado la alta fuente de donde todo mana, murió contento de su vida. Distinta fue la muerte, aunque también serena, del caballero que iba a salir días después de la Mancha y que por haber puesto su ideal en motivos humanos murió desengañado. Dijo el Caballero antes de rendir su alma, que ya no era Don Quijote de la Mancha, sino que volvía a ser Alonso Quijano, a quien sus costumbres dieron renombre de bueno. El Santo, en cambio, no volvió a ser Iñigo, el de antes; se quedó Ignacio, de ahora y para siempre. Ambos simbolizan el espíritu idealista de los pueblos de nuestra estirpe; pero mientras el cervantino representa un impulso perdido en el vacío, el loyaltarra encarna el impulso que va consciente a donde quiere ir.

Rica en enseñanzas, la vida de San Ignacio de Loyola es un venero para la juventud. Según Salaverría «es un hombre que cree»19. No sólo eso, es preciso añadir. Es un hombre que ama y espera. Porque cree, espera y ama, busca la gloria verdadera: la del Señor que es la Verdad, la Esperanza y el Bien.

Se piensa con tristeza que las juventudes de hoy han perdido el amor por la gloria. Yo no quiero creerlo; y pues he aceptado complacido la inmerecida honra de participar en este acto, debo recordar a la muchachada generosa de esta tierra buena que no hemos nacido sólo para comer y divertirnos. Ahí está el ejemplo de un hombre muerto hace cuatro siglos, que vive todavía porque supo sentir más allá del estómago, creer en algo por encima del ego e inmolarse con santa gallardía. Si hemos de ser algo alguna vez, ello depende de nuestra juventud; que demuestre su capacidad de creer en aquello que no se expresa en cifras, de seguir generosamente un ideal y de afrontar con decisión el sacrificio. Una juventud que cultive, como Ignacio, el carácter; que viva, como Ignacio, en el servicio colectivo el evangelio de la caridad.

Si en esa juventud capaz de recoger su mensaje, cierran filas discípulos de los hijos de Ignacio de Loyola, ése será el mejor tributo a su memoria.

Notas

  1. El gentilhombre Iñigo López de Loyola en su patria y en su siglo, estudio histórico por el P. Pedro Leturia S. J., Montevideo, Editorial Mosca Hermanos, 1938.
  2. San Ignacio de Loyola, Obras completas. Autobiografía y Diario Espiritual. Introducciones, notas y comentarios del P. Victoriano Larrañaga S. J. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1947, pp. 147-148.
  3. Miguel de Unamuno, Vida de Don Quijote y Sancho, en «Ensayos», Madrid, M. Aguilar, editor, 1945, tomo II, p. 89.
  4. Ver las poesías ignacianas en San Ignacio de Loyola en la Poesía Española del siglo XVII, por Ignacio Elizalde S. J., «Commentarii Ignatiani», 1556-1596, Archivum Historicum Societatis Iesu, anno XXV, fasc. 49, Ian-Iun., 1956, pp. 200-240.
  5. Christopher Hollis, San Ignacio de Loyola, traducción de G. H. de Sala, Buenos Aires, Ediciones del Tridente, 1946, p. 10.
  6. Ejercicios espirituales, n. 280.
  7. R. García Villoslada, Ignacio de Loyola, un español al servicio del Pontificado, Zaragoza, «Hechos y Dichos», 1956, p. 411.
  8. y. Larrañaga, Introducción a la «Autobiografía», ob. cit., p. 74.
  9. García Villoslada, ob. cit., p. 418.
  10. Ibid., p. 420.
  11. Ibid., pp. 289, 899.
  12. Ibid., pp. 398, 399, 400.
  13. Loyola, por José Maria Salaverría, Ediciones de «La Nave», Madrid, 1929, p. 183.
  14. Autobiografía, pp. 133-134.
  15. García Villoslada, ob. oit., p. 124.
  16. Notas sobre la vida y muerte de San Ignacio de Loyola, por el doctor Gregorio Marañón, en «Commentarii Ignatiani», Archivum Historicum Societatis Iesu, tomo cit., p. 147.
  17. Unamuno, ob. y tomo cit., p. 116.
  18. Estudio citado, p. 133.
  19. Ob. cit., p. 181.

Discurso al regresar al país derrocada la dictadura de Pérez Jiménez (1958)

Recibimiento en Maiquetía a su regreso del exilio en Nueva York tras la caída de Marcos Pérez Jiménez en 1958.

El Milagro de Venezuela

Discurso pronunciado por Rafael Caldera en la Plaza Aérea Diego Ibarra, el 1 de febrero de 1958, al regresar al país, derrocada la dictadura de Marcos Pérez Jiménez.

Día hermoso de libertad

Parece un sueño. Hace menos de dos semanas dejaba yo la Patria por imposición de la tiranía, en medio de una noche que parecía negra y tenebrosa, y hoy estoy encontrando a la Patria en este día hermoso de libertad. Era negra lo noche, pero ya los relámpagos amenazadores de justicia y de ira habían puesto presente la voluntad del pueblo, que iba a la conquista de su dignidad. Y cuando Venezuela salió, y cuando Venezuela hizo acto de presencia, y cuando Venezuela se ganó el cariño de los pueblos de América y la admiración del mundo, fue porque el pueblo de Venezuela ya tenía hecha hace tiempo su decisión y estaba esperando con paciencia, pero no con cobardía ni con complicidad, el momento de rebelarse.

Yo no quiero caer en el lugar común, como lo han hecho todos los tiranos, de querer poner a sus regímenes despóticos junto a la gloria de los libertadores; pero sí puedo decir, porque es convicción honda que tengo, que nunca, después de los días gloriosos de la Independencia, Venezuela ha estado tan presente, tan admirada y tan querida en el continente americano.

El milagro de Venezuela ha marcado la hora de América; el milagro de Venezuela ha causado la admiración de todos. Y se preguntan: «¿De dónde salió aquel bravo pueblo del Himno Nacional, que parecía perdido?» ¿De dónde salió? De las jornadas gloriosas en que niños, mujeres y hombres de todas las clases sociales, con botellas y piedras, en La Charneca o en El Guarataro ofrendaron su tributo de sangre y de vidas anónimas, para ganar el puesto del decoro de enero del 58.

Ese pueblo estaba aquí, trabajando afanosamente por la causa de su libertad. Cuando aquí venían periodistas extranjeros, cuando llegaba gente de otros climas y manifestaban la impresión de que Venezuela estaba muerta, de que estábamos entregados de manos y pies, ante la voluntad caprichosa del tirano, podríamos decirles, y decíamos con optimismo, que el pueblo de Venezuela estaba entero y rebelde, soportando y esperando, esperando el momento con una clarividencia maravillosa. Día a día, año tras año, la lucha de Venezuela fue constante por su libertad. Y cuando sale la macabra historia de los crímenes del régimen pasado hay que decir, con la frente muy alta, que más que la historia de esos crímenes, ésa es la historia del heroísmo anónimo del pueblo, que dio víctimas a las fauces de la tiranía, y que tras cada baja tenía reemplazo para asumir el puesto del riesgo, el del sacrificio y el de la renunciación.

¿Por qué estaban llenas las cárceles? Porque había carne noble para llenarlas. Estuvieron a merced de los que quisieron cometer crímenes los cuerpos, pero no las almas rebeldes de los venezolanos, que estaban librando, día a día, la batalla de su porvenir. Cada estudiante, cada trabajador, cada dirigente que iba a la cárcel era víctima de atropellos, de torturas y de indignidades, pero nunca quedó un puesto vacío; tras de él estaba otro dispuesto a correr el mismo riesgo, a sufrir la misma suerte, a ratificar la misma actitud, a restablecer para siempre la democracia en Venezuela.

No es, pues, el milagro de una semana ni de dos: es el milagro de largos años de sufrimiento y de rebeldía, de ignorada y callada rebeldía, porque ni siquiera nosotros, a veces, podíamos saber cuántos y quiénes estaban en las cárceles. Era el esfuerzo diario, era de resistencia constante, era la actitud insobornable y anónima, frente a los millones del Fisco puestos en función de deformación y de vergüenza para un pueblo que tiene derecho a una vida mejor.

Y este pueblo, que supo conservarse en medio de la noche; y este pueblo maduro que supo esperar el momento propicio para salir al frente con toda la reserva de nobleza que tenía, este pueblo está disfrutando, para siempre, de esta atmósfera de libertad.

La consigna básica de los venezolanos tiene que ser: «Pérez, el último tirano».

El tirano recién derrocado fue el que cerró la historia de la ignominia, y no habrá nunca nadie tan ciego, tan perverso, que sea capaz de repetir la aventura suicida, sabiendo que Venezuela en casos como éstos sabe dar al mundo la lección más hermosa, más íntegra de una absoluta y total unidad.

Los estudiantes fueron la llama de la libertad

Por esa unidad, los estudiantes fueron la llama de la libertad. Ellos salieron a la calle a librar las primeras batallas, cuando el triunfo parecía imposible. Ellos salieron a aprender la lección de la Patria, porque la fuerza de los estudiantes fue un gesto constructivo para la nacionalidad, que debe aprender la primera lección, la básica lección, que es la lección de la decencia y de la ciudadanía.

Los estudiantes de todas las universidades, oficiales y privadas, hermanados en un solo abrazo, salieron a dar el toque de clarín; salieron a avisarle a Venezuela que ya el momento había llegado. Ellos fueron el canto del gallo en la madrugada de la libertad. Y si de alguna cosa debemos sentirnos orgullosos, es de haber rescatado la generación.

Si el régimen depuesto hubiera continuado, ésa hubiera sido la generación del rock and roll, la generación de la ruleta rusa, la generación de los actos de corrupción, la generación que estaba preparándose para asaltar organizadamente el Tesoro Nacional. De la conciencia de esa generación no se podrá borrar ahora el recuerdo de esos días memorables, no habrá ninguno de ellos que sea capaz de apartar de su conciencia, ante el camino, el recuerdo de este imperativo de Patria, que se hizo presente en ellos en el alborear de la nueva Venezuela.

Las mujeres

De nuevo las mujeres, las madres que tenían hogares que cuidar, las esposas que tenían maridos que atender, las maestras, las estudiantes, todas las que salieron a las calles a demostrar que, cuando tenían iguales derechos, era porque estaban convencidas de que tenían iguales deberes, y de que si habían reivindicado para sí el derecho supremo del voto, también estaban dispuestas a afrontar la barbarie desencadenada y a presentar sus carnes limpias ante el plan de machete, para aportar con ello la piedra básica del monumento a la nueva Venezuela.

La Iglesia Católica

Y luego la Iglesia, la Iglesia Católica, que no es, no puede ser ni será nunca un partido político, pero que hoy ha sido y tendrá que ser la depositaria de una doctrina, porque si en el mundo se habla hoy de los derechos de la persona humana, si en el mundo se habla hoy de civilización cristiana, es porque hay una doctrina de la que es su depositaria; y cuando la Iglesia sale a defender la base de la libertad, está cumpliendo su deber.

Que haya sido la señal de los tiranos la que haya llevado a las personas de los eclesiásticos a las cárceles y la que haya atropellado las iglesias, mejor para Venezuela y mejor para la Iglesia venezolana.

La Iglesia está al lado del pueblo sin denominación de partidos, al lado de su vida, convencida y demostrando para siempre que la religión no es planta que pueda desarrollarse con lozanía a la sombra corruptora de los poderosos; que la religión es una planta que necesita sol de caridad y necesita el riego y la sangre del corazón de los humildes para que pueda ser grata al apóstol de los campos abandonados de la humanidad.

Los que no militan en partidos políticos

Y luego los hombres y mujeres que no forman parte de los partidos políticos, los que no habían querido, por razones más o menos valederas, someterse a la disciplina de organización partidaria, ellos salieron también a asumir su responsabilidad, y se han ganado en esta jornada la ratificación del principio: profesionales, economistas, industriales, hombres de la calle, empleados y trabajadores, sin denominación política, todos tenemos un deber político fundamental y ellos han cumplido con su deber. Que haya una vida decente en la nación.

Y yo no les pide que abandonen su posición para ingresar activamente en el profesionalismo político; que lo vayan haciendo aquellos que se sientan convencidos de ser llamados a esta actividad; pero los que siguen siendo independientes, los que sigan diciendo que no les interesa la política, tienen que aprender a entenderla en estas jornadas como un deber fundamental: el de establecer la garantía de los derechos humanos, el respeto a la personalidad de cada uno para que se pueda vivir con paz y seguridad.

Las Fuerzas Armadas

Y luego, venezolanos que me oís, las Fuerzas Armadas. No creáis que hay ninguna institución que haya sufrido más en el quinquenio de Pérez Jiménez, que sin ser el instrumento de la opresión, fueron puestas por el dictador como una mampara para atraer el odio popular contra el Ejército. Sólo la lealtad de los militares, de los oficiales de la Aviación y de la Armada al ponerse al lado del pueblo, es la que ha salvado a la institución armada y la ha colocado donde debe estar, como una institución profesional, noble y legítima, compacta y unida, firme en sus postulados, defendiendo las libertades y respaldando la voz popular.

Los dictadores de hoy, que pretenden hacer del Ejército una máquina que no sienta ni oiga, ni vea; un autómata, un robot en sus manos, dispuesto a cometer todos los atropellos; los dictadores no entienden que los militares son hombres que callan por jerarquía y disciplina militar, pero que oyen, porque no pueden menos que oír el latido del corazón del pueblo; son hombres que tienen amigos y tarde o temprano tienen que reflejar el sentimiento que domina la nación.

Por eso, cuando se trata de buscar explicación al movimiento armado, que comenzó el primero de enero en Maracay y continuó en la Marina y culminó el 23 de enero con la salida de Pérez Jiménez, la única explicación que hay que darle es que el sentido nacional fue tan grande que no podía menos que penetrar en el seno de la institución armada. Era el reflejo del sentimiento nacional que no podía menos que llegar al corazón de militares que también eran venezolanos.

Y de los militares, los más militares, los que sienten más su vocación, los que tengan más orgullo de su uniforme, tienen que ser precisamente los más respetuosos con su pueblo y los más amantes de los principios fundamentales. Porque la institución armada tiene que nacer para respaldar esta base fundamental de la Patria, y todos los que estudian a fondo la defensa militar de un pueblo, entienden que el Ejército sin pueblo no puede nada y que el Ejército es fuerte cuando es la expresión de la voluntad del pueblo y tiene tras de sí al pueblo para respaldarlo.

Rafael Caldera con Jóvito Villalba y Fabricio Ojeda, en una caravana desde el Aeropuerto de Maiquetía, a su regreso del exilio en Nueva York tras la caída de Marcos Pérez Jiménez.

Que Pérez Jiménez sea el último tirano

Todos, pues, venezolanos; todos, pues, pueblo hermoso de Caracas, que ha salido por la defensa del Himno Nacional no sólo porque volvió a nacer el bravo pueblo, sino porque volvió a tocar la clarinada y percibir la consigna: seguid el ejemplo que Caracas dio. Todos, pues, pueblo de Venezuela, estudiantes y obreros, profesionales y comerciantes, sacerdotes, artistas, mujeres, periodistas; todos los que han luchado para ganar esta jornada histórica, el compromiso fundamental que tenemos es el que había dicho antes: que Pérez Jiménez sea definitivamente, para la historia de Venezuela, el último tirano.

Y para que sea Pérez Jiménez en la historia el último tirano, el deber de cada uno de nosotros no está cumplido todavía: tenemos que destruir la tesis sociológica del gendarme necesario, tenemos que acabar con la idea de que este pueblo es incapaz de hacer su grandeza si no gime bajo la bota de un tirano; tenemos que ganarle a Vallenilla la pelea con nuestro ejemplo, creando un orden legítimo y noble, demostrando que la paz no es la imposición de la voluntad de los bárbaros, sino emanación espontánea de la voluntad libre y soberana de un pueblo. Y ése es, venezolanos que me estáis escuchando, ése es el mensaje fraterno que yo traigo para todos en esta hermosa hora de júbilo para la Patria venezolana.

Hemos ganado la batalla de la libertad. Tenemos que ganar ahora la batalla de la paz. Tenemos que ganar la batalla del trabajo. Tenemos que ganar la batalla de la grandeza de la Patria.

Hace algunos años, un venezolano ilustre, colocado en una alta magistratura; un hombre, por cierto, de ideas políticas distintas a las mías, pero que me profesaba y a quien profeso una gran simpatía personal, me decía con una expresión terrible de desencanto: «Este pueblo sabe temer, pero no sabe obedecer». El pueblo de Venezuela se ha lavado esa mancha: ha demostrado que no sabe temer, y ahora tiene que demostrar, como ha empezado a demostrarlo, que sabe obedecer.

El pueblo que no pudo ser dominado por la fuerza ni con los miles de millones del presupuesto nacional, es el que tiene que respaldar ahora a sus autoridades, a sus dirigentes políticos, a los hombres que al frente de los sindicatos, de las organizaciones económicas y de todas las fuerzas nacionales tienen la responsabilidad de discutir y de trazar el camino. Este pueblo, noble y heroico, tiene que ser el pueblo vigilante y sereno. Que no se diga que porque Pérez Jiménez se fue ya nadie trabaja en Venezuela; que no se diga que el manguareo es enfermedad de la democracia y que es necesario el sable desnudo, inclemente sobre el cuerpo, para poder cumplir con el deber de hacer la grandeza nacional. Tenemos que entregarnos al trabajo, trabajar más que antes, ahora que los dineros del pueblo pueden invertirse en beneficio del pueblo. Ahora es cuando debemos demostrar que Venezuela no era grande por Pérez Jiménez sino a pesar de Pérez Jiménez.

Los partidos políticos

Es un hermoso y noble deber el que tenemos y los partidos políticos creo que hemos entendido la responsabilidad que tenemos en este momento en Venezuela. La propaganda de la dictadura quería hacer de los partidos una especie de lepra política, que manchaba al que estaba adhiriéndose a ellos. En los corredores de la Seguridad encontrábamos gente que decía, como para justificar su historia: «Yo no he pertenecido nunca a un partido político», como para decir «yo no he cometido nunca semejante delito».

Y mientras tanto, los partidos estaban cumpliendo su deber serenamente, silenciosamente, abnegadamente, en algunos casos heroicamente, soportando la persecución y manteniendo un clima de resistencia espiritual que hizo posible las jornadas brillantes de enero. Estos partidos políticos, a la hora de la liberación, no han venido a ver quién va a sacar la tajada más grande; no han venido a pedir puestos ni prebendas; no han venido a atizar odios ni venganzas. Están presentes, deponiendo diferencias legítimas y tratando de encontrar una fórmula que nos una a todos para dar otro ejemplo que sea digno del ejemplo de enero, diciéndole al mundo que Venezuela fue a unas elecciones y organizó su período constitucional y los partidos políticos fueron lo suficientemente nobles, lo suficientemente generosos para callar diferencias y ponerse todos de acuerdo, dándole a la Patria la paz que ahora necesita.

Este pueblo que ha sufrido y gozado también, porque sintió el dolor de la amargura pero sintió la satisfacción de su triunfo incomparable; este pueblo que ofrendó héroes anónimos en los barrios y en las calles de Caracas, en toda Venezuela; este pueblo tiene que ser ahora el mismo pueblo que obedezca a los boy scouts en las calles y que sin policía mantiene el orden público. Este pueblo debe saber que el mejor monumento que podemos levantar, porque se levantarán sin duda monumentos hermosos artísticamente, pero a pesar de todo, el mejor monumento que se puede levantar a los mártires de la liberación es crear en Venezuela un pedestal sólido de verdadera, efectiva grandeza.

Venezuela tiene derecho a ser gobernada democráticamente

El mundo entero está pendiente de Venezuela; el mundo está admirado de Venezuela; el mundo espera que Venezuela ahora sepa decirle que no sólo por la sangre, sino por el tesón y la voluntad, tiene derecho a ser gobernada democráticamente. Tenemos que inspirar confianza; que los hombres de empresa que vengan a establecer negocios, negocios lícitos, que no vengan a pretender manejarlos con la corrupción y el fraude; que los hombres que venga a establecer negocios lícitos y conformarse con ganancias justas, tendrán de nosotros apoyo, respeto, simpatía y consideración. Necesitamos desarrollarnos, necesitamos inspirar confianza, necesitamos demostrar a todos que hay un clima suficiente, y que la tierra venezolana es suficientemente amplia para que quepamos todos, siempre que vengan animados de una buena intención.

Debemos reconocer que el régimen lo manchó todo con sus negocios y maniobras. Por eso hubo violencia. Por eso desgraciadamente se produjeron algunos actos delictuosos, que pudieron crear un momento de alarma en todos los inmigrantes. El régimen no tuvo una política inmigratoria. El régimen no quiso valerse de los que venían buscando en Venezuela la tierra ancha y generosa y los utilizó como instrumentos al garete de sus maniobras y de sus perversiones.

Nosotros debemos decirles a los extranjeros que están en Venezuela, y a los que sigan viniendo, que nuestras puertas están abiertas, que hay mucha tierra para trabajarla, que hay mucha oportunidad para hacer la grandeza del futuro, que aquí tienen un país libre y digno y que no acepta comerciar con la vergüenza nacional, pero que extiende los brazos abiertos a los que quieran venir a mezclar su sudor con el nuestro, a los que quieran poner su brazo con el nuestro, a los que quieran encorvarse sobre nuestra tierra como los venezolanos. A los que quieran aportar su inteligencia, sus iniciativas, sus energías en el comercio, en la industria o en la agricultura, los consideramos como hombres dignos de ganarse el cariño, la simpatía y la voluntad de los venezolanos.

Las tiranías ofrecen una paz falsa

Y los hombres de empresa espero que no olvidarán esta lección: la paz que ofrecen las tiranías es una paz efímera y falsa. Las tiranías se ufanan de que ofrecen a los hombres de empresa un clima favorable para desarrollar sus negocios, y los hombres de empresa pueden sucumbir a la tentación de apoyar las tiranías mientras sus balances anuales les representen jugosas partidas de utilidades.

Es necesario que sepan que la tiranía da una paz falsa de pozo en que las aguas se pudren. Que la tiranía crea un clima de rencores, que se necesita la generosidad y la madurez política de un pueblo como el de Venezuela para que, a raíz de ganarse su libertad, dé este ejemplo de pacifismo, de orden y de comprensión que los venezolanos están dando.

Que sepan, pues, los hombres de negocios que deben buscar la paz en la realidad de la vida espontánea del pueblo; que deben discutir sus asuntos con los trabajadores, que deben someterse a las leyes, que deben reconocer los principios básicos que inspiran la vida nacional.

Que los trabajadores están esperando reorganizar sus sindicatos, reorganizar su fuerza, que los represente y defienda; pero creo que la lección ha sido lo suficientemente dura como para que los trabajadores organicen sus sindicatos sin sectarismos, sin banderías políticas, entregados a la defensa de los genuinos derechos del trabajador y, al mismo tiempo, dirigidos por hombres ya maduros, que han visto en otros pueblos, que han podido estudiar cómo los sindicatos fuertes no se hacen de la guachafita irresponsable, sino del trabajo circunspecto, serio, firme, ordenado y coordinado de las masas obreras.

A la conquista de la nueva Venezuela

Todos, pues, venezolanos, a la conquista de la nueva Venezuela. Vamos a inspirar confianza. Habrá hondas reformas que hacer, pero sería insensato comenzar a hacerlas a la loca, irresponsablemente, para sembrar pánico y crear inconformidad y plantear crisis económicas que puedan ser pretexto de nuevas perturbaciones nacionales. Vamos a hacer que los hombres que entiendan de los problemas fundamentales se reúnan y los estudien. Dirigentes de partidos, dirigentes sindicales, hombres de empresa, técnicos de la economía: vamos a estudiar esos problemas y vamos a afrontar los más necesarios y los más fundamentales. Vamos a irlos llevando con calma, con serenidad y con conciencia, sin apresuramiento, por esta libertad que hemos conquistado. Sería muy triste que se nos fuera a acabar en unos meses.

Sólo me queda decirles a ustedes que la impresión que traigo es también de honda satisfacción. Todos estamos dando muestras de que lo que teníamos estaba muy adentro, de que no estamos jugando un carnaval político que va a acabar en un miércoles de ceniza.

Pero les confieso a ustedes que he leído con satisfacción las declaraciones de la Junta de Gobierno. La Junta Patriótica, que ha sido la expresión de la voluntad popular, que ha sido una representación de las angustias, deseos y aspiraciones del pueblo, ha hecho bien en ir dando confianza a quienes le ofrecen lo que están obligados a cumplir.

No debemos pensar en que pueda haber mala fe en estas promesas; pero más que esto, ya que la política no vive de

las confianzas en personas, por seres que accidentalmente desempeñan cargos públicos, debemos crear un clima civil que haga imposible que se desvíe el camino que se va trazando. Aquí estamos, venezolanos, con la alegría de podernos mirar cara a cara, con la alegría de poder decir que hemos sido fieles a la verdadera causa de la Patria grande. Aquí estamos nosotros, y podemos decirle al mundo que si en Venezuela hubo hechos de violencia, todos esos hechos de violencia recaen sobre la cabeza del dictador y de sus consejeros.

El pueblo esperó con serenidad ejemplar

El pueblo llegó a la violencia cuando le cerraron todas las puertas de la transición pacífica. El pueblo de Venezuela esperó con serenidad ejemplar, y estaba dispuesto a allanarse a cualquier solución que abriera campos a sus anhelos y que restableciera las bases de la gran dignidad nacional.

Pérez Jiménez fue el encargado de cerrar, de darle con la puerta en las narices a todo aquel que pudiera abrir una salida decorosa, la que menos costara a la Patria, la que menos zozobra causara. Cerró todas las puertas, y fue cuando todos los caminos pacíficos se cerraron, cuando el pueblo provocado e injuriado, y vejado desde los voceros oficiales, hizo acto de presencia y para demostrar que tenía los pantalones muy bien puestos.

Día tras día los editoriales de El Heraldo provocaban al pueblo, diciendo que la prueba de que el pueblo de Venezuela no tenía una preparación política era que aceptaba los vejámenes oficiales sin haberse rebelado en la calle. Y el pueblo de Venezuela soportó una provocación tras otra, hasta que llegó el momento de confrontar la hombría de cada quien, y ahora es a esa Venezuela a quien le toca contestar: ¿Dónde estaba la hombría: en el pueblo sufrido, que soportaba la injuria en silencio, o en aquellos hablachentos a quienes les faltaron alas en los aviones para poner mar de por medio a la hora de ajustar las cuentas?

Yo recuerdo, ya para terminar estas palabras que están largas: perdonen ustedes que la emoción se ha desbordado por mis labios y no he podido contenerme; yo recuerdo que en uno de esos editoriales se dijo que los partidos en Venezuela no alcanzaban juntos para llenar el cine Pastora; por lo visto el cine Pastora como que se ha ensanchado un poco en estos días.

El régimen pasado, señores, murió de cobardía. El plebiscito fue una cobardía. La negación de toda lucha fue una cobardía. El encarcelamiento y el exilio de los dirigentes políticos fue una cobardía. El régimen tenía miedo. No quería atreverse ni siquiera a unas elecciones amañadas, porque sabía que sin propaganda, con censura, sin mítines, con que nos dieran el derecho a meter una tarjeta en el sobre y de mandar un testigo a las urnas electorales, los habríamos derrotado sin remedio.

Ahora, en este momento, yo debo dar gracias, agradecerles a ustedes este recibimiento magnífico. Agradecerle a la Junta Patriótica el honor que me ha hecho de venir a este acto, a presidirlo y a pronunciar tan hermosas palabras de bienvenida. El honor que me hecho Jóvito Villalba y su gente. Al que me hiciera Rómulo Betancourt y su gente también, recibiéndome juntos en manifestación de venezolanidad en el aeropuerto de Nueva York, haciendo que yo no pudiera sentir mis cortos días de exilio, porque encontré a Venezuela allá viva y bulliciosa y unida.

Vamos a ganar la batalla

En este momento de dar gracias a los que han sufrido, en este momento de rendir mi tributo de homenaje a los héroes caídos en la liberación; en este momento de hacer llegar mi voz de simpatía a los hogares que están huérfanos, donde hay viudas y madres que lloran hijos, hermanos, esposos, caídos en la lucha por la libertad; en este momento de dar gracias, yo vengo a pedir. Doy las gracias pidiendo. Quiero pedirle al pueblo: vamos a ganar la batalla del trabajo; vamos a ganar la batalla de la libertad; vamos a ganar la batalla de la economía próspera de Venezuela.

En los periódicos del mundo, pagados por el erario nacional, se ha venido sembrando la leyenda de que la riqueza de Venezuela, aquella riqueza aldeana, de nuevo rico, con que se nos quería presentar para ofender a los demás, era producto de la tiranía. Es necesario que demostremos que esa riqueza es producto de los dones que Dios puso en las entrañas de la tierra y el músculo y el cerebro de los venezolanos, sobre esta misma tierra generosa. Esa riqueza vamos a desarrollarla ahora, no para que se la cojan los ladrones, sino para satisfacer las necesidades de los humildes.

La libertad es la base de la grandeza

Es el momento de volver, dentro de la alegría, a la necesaria serenidad. Es el momento de demostrar de nuevo la madurez política del pueblo de Venezuela. Es el momento de tener confianza en los hombres que tienen que ocuparse de los partidos, de los sindicatos, de los Ministerios, en los cargos públicos, en los cargos técnicos, en las empresas, en los problemas nacionales.

No todo será perfecto desde el primer momento, pero por lo menos tenemos de ahora en adelante el derecho de hablar, el derecho de reclamar, la tranquilidad de ir por la calle sin que nos sigan los espías de la Seguridad hasta nuestros hogares.

El régimen decía que estaba trabajando por una Venezuela grande y próspera. La Venezuela grande y próspera no podía existir mientras no existiera la Venezuela libre. La libertad es la base de la grandeza y de la prosperidad. Hemos conquistado, venezolanos, el don inestimable de la libertad. Ahora nosotros mismos debemos conquistar el don de la prosperidad y de la grandeza de la Patria. Unidos todos, no con amapuches de embuste, cada uno en su posición, cada uno con sus ideas; pero todos encontrando que por encima de las propias ideas hay una superior. Que por encima de las propias aspiraciones hay aspiraciones comunes, y esas aspiraciones comunes se presentan en la grandeza verdadera, digna y libre de la Patria amada de Venezuela.

El Zulia: Caso ejemplar de vida regional (1958)

Rafael Caldera en la Universidad del Zulia, 1958.
Rafael Caldera recibe el título de «Profesor Honorario» de manos del rector de la Universidad del Zulia, Antonio Borjas Romero.

El Zulia: Caso ejemplar de vida regional

Discurso al recibir el título de Profesor Honorario de la Universidad del Zulia, en el Paraninfo de esta casa de estudios, el 20 de octubre de 1958.

 

Honra insigne, ésta, de aquellas que no se pueden solicitar ni declinar; inapreciable galardón, que colma el pecho con ancha sensación de plenitud; noble distinción inmaterial, que me vincula para siempre con este hogar de extensa irradiación, símbolo de los mejores anhelos de una tierra fecunda, cuya aportación a la comunidad nacional, abundante en cifras de producción mineral y agropecuaria y en movimiento mercantil, mayor ha sido en calidad humana, en adhesión a los títulos excelsos de la patria, en culto a los supremos valores del espíritu.

Generosa iniciativa de su estudiantado de Derecho, voto enaltecedor y unánime de sus autoridades académicas han hecho de mí, para satisfacción entre las más altas que he tenido o podré tener en mi vida, Profesor Honorario de esta Ilustre Universidad. Adquiero así un derecho moral de participación en la vida de este Instituto que honró con su bondad y con su ciencia el sabio Ochoa; que animó con su verbo elocuente el Dr. Delgado; que adornó Chaves con su inspiración artística. Adquiero un título para recorrer como propios estos claustros que se enaltecieron bajo los rectorados de Bustamante, y Montero, y López Baralt, y Serrano, y Rincón; y que, cerrados bajo una dictadura que tuvo la triste función de clausurar centros de alta cultura, se reabrieron bajo la dirección entusiasta de Jesús Enrique Lossada y han continuado firme ascenso bajo el rectorado de los otros distinguidos universitarios que los han dirigido.

Sin méritos suficientes para ello, pero por obra de vuestra generosidad, puedo sentirme, de ahora en adelante, miembro, aunque humilde, de la vasta parentela vinculada a la gran familia de Baralt, de Semprún, de Yepes y Udón Pérez; y pensar que Sánchez Rubio, Ildefonso Vásquez, Octavio Hernández, Marcial Hernández, Ismael Urdaneta, y tantos otros valores representativos del pensamiento y de la pluma que enaltecieron con su obra el patrimonio moral de nuestra patria, reflejan su luz sobre una casa que por bondad de ustedes podré desde este momento y para siempre llamar mía.

Al recibirme en este hogar señero, creo propicio el momento para meditar sobre la importancia que tiene el Zulia dentro de Venezuela, y sobre la significación que el hecho regional tiene para el progreso nacional. Porque no se puede tener cabal  idea de lo que Venezuela constituye como estructura nacional y de sus posibilidades futuras, sin apreciar lo que es el Zulia y lo que el Zulia representa en la vida venezolana.

Ha habido generalmente entre nosotros una especie de falso pudor para estudiar la naturaleza e importancia del fenómeno que lleva el nombre de región dentro de la vida de un Estado nacional. No sé cuál sea la causa. Tal vez, la falsa idea de lo regional como negación de la unidad; cuando lo cierto y verdadero es que el sentimiento regional bien orientado, y el fortalecimiento y el progreso regional, constituyen factores de carácter fuertemente positivo para el adelantamiento nacional.

El fenómeno regional en Venezuela, tiene en esta región un desarrollo magnífico. No sólo por el hecho histórico de que aquí mismo, a la orilla de este maravilloso lago, nació en las pupilas de Ojeda la visión del país; no sólo por la circunstancia de que su procerato, encabezado por la acerada figura de Urdaneta, a ninguno cedió en el amor sin límites por la patria naciente; no sólo por la coincidencia feliz de que un zuliano de valor ecuménico, cada uno de cuyos escritos era pieza antológica, fuera el primero y más afortunado en escribir la historia de la patria, cerrado el ciclo de la gesta magna; sino porque el zuliano es un nacionalista a ultranza, que no entiende su patria chica sino en la patria grande, cumpliendo una función puntera en el campo social, cultural y económico.

La región no es invención diabólica. Es desarrollo natural del instinto social de los hombres, que se van integrando en comunidades orgánicas para satisfacer necesidades de su vida material y de su espíritu. Tan absurdo sería decir que la región es enemiga de la patria, como pudiera serlo afirmar que la familia es un obstáculo para el acercamiento vecinal, o que el municipio sano y fuerte es una traba para el desarrollo de las comunidades más vastas. Hablemos, pues, de ella como lo hacía en Italia tiempo atrás el gran Sturzo: «como una unidad convergente, no divergente, del Estado… no como una eventual o burocrática o sistemática división de territorio… sino… como una realidad existente y viva en la unidad nacional» (Luigi Sturzo, I Discorsi Politici, Roma, 1951, Instituto Luigi Sturzo, p. 155).

El concepto de región es fecundo. Su comprensión exacta puede ayudar poderosamente a armonizar intereses e impulsar soluciones de largo alcance para los problemas nacionales. En Venezuela se ha evitado hablar de la región, mientras se ha gastado caudales de tinta y hasta vertido torrentes de sangre discutiendo sobre federalismo, un federalismo esquemático, formalista y uniforme, cuyas hondas raíces en el sentimiento popular no ha bastado para comunicarle vida lozana y firme. Mientras las discusiones pro y anti-federalistas han conducido a sistemáticos ensayos de posiciones contrapuestas, no se ha abierto camino a una progresiva y diferenciada autonomía regional, cónsona con los medios que hagan posible en cada caso el desenvolvimiento genuino de la vida de cada región.

Ejemplo interesante del estudio de la integración regional en el Estado nacional es, entre los más recientes ensayos europeos, el de la Italia de Post-Guerra. No digo yo ni por un momento lo he pensado siquiera que el grado de intensidad entre nosotros del fenómeno admita comparación remota con el de las regiones italianas, entre las cuales hay hondas diferencias de historia, de vida y aún de lenguaje. Creo, por el contrario, con O’Leary, que por encima de las tendencias localistas ha habido siempre en Venezuela una bien cimentada aspiración a la unidad. Los matices diferenciales son, de hecho, más tenues cada día. Pero es conveniente observar cómo en la constitución italiana vigente, rechazado el sistema federal por estimarse demasiado radical y hasta tendiente «a una neta transformación o a una desintegración, al menos temporal, de la estructura del Estado», se adoptó un amplio sistema de autonomía regional, cuyo grado sería excesivo en Venezuela a pesar de nuestro teórico carácter federal.

Comentando el regionalismo constitucionalmente adoptado, en una obra sobre la Constitución de la República Italiana de 1947, un profesor formula comentarios dignos de meditarse: «Respecto –dice– a la objeción que ha sido opuesta a la idea regional por quienes la consideran anti-histórica por contrastar con la tendencia unificadora que se afirma generalmente en el campo político y en el campo económico, es de observar que la tendencia unificadora se manifiesta y es útil principalmente en relación con los objetivos y fines generales que deben obtenerse, pero no en relación a los medios de ejecución y de los organismos político–administrativos que ésta presupone. Ahora, cuando entre nosotros se habla del sistema regional, no se piensa ni aún remotamente en desconocer la necesidad de los fines generales, unitarios, que el Estado debe, conforme a su esencia, determinar y perseguir con firmeza y continuidad en el interés supremo de toda la Nación; pero se quiere hacer referencia a los medios, a los órganos más adecuados para alcanzarlos mejor y más expeditivamente, con menor desgaste de fuerzas y con su cooperación más eficaz y, por tanto, con mayor rendimiento. El sistema regional es medio para un fin; la región como ente intermedio entre el Estado y las comunas, debe cumplir esta tarea notable de valorización de las fuerzas locales, dentro del cuadro y de los intereses generales del Estado» (Prof. Vincenzo Carullo, La Costituzione della Repubblica Italiana, Bologna, 1950, p.373).

Rafael Caldera y Nectario Andrade Labarca.
Rafael Caldera durante su discurso en el paraninfo de la Universidad del Zulia. Al fondo aparece Nectario Andrade Labarca, decano de la Facultad de Derecho.

El Zulia constituye, en Venezuela, caso ejemplar de vida regional. Su estructura como región no depende solamente de una definida circunstancia geográfica, sino de una integración histórica, forma común de vida, matices temperamentales y comunes aspiraciones, sentimientos e ideas. Asegura su vida regional la existencia de una gran metrópoli, definida cada vez más como una impresionante urbe moderna, con vida propia, centro de convergencia de intensas actividades, fuerza motriz de impulsos sostenidos de progreso.

El crecimiento demográfico va parejo, más que en otras comarcas, con la diversificación económica y el adelanto técnico. El comercio no es actividad artificial, sino desarrollo natural de una economía en pleno ascenso. No hay, sin duda, en nuestra patria otro ejemplo de unidad regional más completa, con fisonomía más marcada, con estructura más orgánica. Y al mismo tiempo, para bien del futuro promisor de la nación, el zuliano no deja vencerse por ningún otro venezolano en el amor apasionado por la patria. Si Venezuela nació entre los palafitos que aún sobreviven en Santa Rosa de Agua, está presente como el primer amor en el corazón de todos los zulianos.

No ha sido el petróleo (sobre el que se hace recaer todo lo que ocurre en el país) el que le dio a Maracaibo y a la comunidad zuliana un puesto de avanzada dentro de la existencia nacional. Antes del petróleo fue el Zulia y el Zulia sigue siendo, con el petróleo o sin el petróleo, gracias al petróleo y a pesar del petróleo, fuerza dinámica de primer orden y gran reserva humana en el inventario común. Su cultura gozó de justa fama hasta el otro extremo de los confines patrios. Más bien señalan los observadores que el impacto de la revolución económica causó perturbaciones en el movimiento cultural, ahora superadas francamente.

En 1898, la Redacción del «Boletín de La Universidad del Zulia» estaba en calificar aquella época como «de florescencia intelectual y que promete al Zulia triunfos y laureles gloriosos en los florecidos campos del saber».  Hoy, a los sesenta años, con lenguaje menos labrado, más a tono con el vocabulario de este tiempo, podría expresarse igual concepto afirmando que la vida universitaria y científica se encuentra a la altura del desarrollo cultural y técnico.

Más de ochocientos mil venezolanos y numerosos extranjeros viven hoy en el Zulia en una afanosa actividad, que no se contenta con los resultados obtenidos por cuantiosos que sean, sino que marca a cada paso nuevos hitos de superación. Nativos de otros Estados de la República acuden cada día a engrosar el número de sus habitantes, mientras el Zulia presenta el índice de emigración interna más bajo en toda la República.

Los zulianos han demostrado que la economía petrolera puede armonizarse con el desarrollo de una economía agropecuaria, logrando renglones que cuentan entre los más altos en las estadísticas nacionales. Sus hombres de empresa hacen empeño en modernizar y racionalizar sus actividades, tanto las que dependen de la tierra, como las relativas a ramos industriales, que aumentan continuamente como feliz prenuncio de una Venezuela moderna. Sus trabajadores adquieren cada vez mayor conciencia de sus derechos y de sus funciones, se organizan mejor en poderosos sindicatos, orientan la vida de éstos hacia senderos francamente constructivos y tienen a orgullo el que su esfuerzo sea elemento de primera línea en la conquista de un más alto nivel de producción.

No hay quien se acerque a esta región con ánimo desprevenido y escape de admirar su pujante vigor. Si sus ciudades han crecido, hasta por la fuerza de los hechos, y presentan los aspectos brillantes y oscuros inherentes al fenómeno urbano en el mundo moderno, sus campos se abren a la esperanza de una vida nueva, con base bien fundada en su potencialidad económica. El humo de las chimeneas, el girar incesante de las cabrias, el afluir de sus productos a los mercados, el movimiento de barcos y vehículos, no serán un obstáculo sino incentivo para fortalecer su aportación intelectual y moral. Todo el país debe mirar al Zulia como un ejemplo interno, como un estímulo propicio para que cada uno haga dentro de su propio terruño cuanto esté en su mano para cumplir en la porción de patria colocada a su alcance la obra reclamada por la historia, por el destino y por la hora decisiva que vivimos.

Si es deber que no admite excepciones para todos los compatriotas nacidos en otras regiones, cultivar una intensa simpatía por el Zulia, prohijar su justa aspiración por recibir mayor atención de parte del Estado venezolano y abrir cauce al reconocimiento de una más amplia autonomía, en la medida compatible con el interés nacional, ese deber es imperioso para quienes, además de los motivos generales, tenemos empeñada nuestra gratitud por la generosidad especial con que esta tierra pródiga ha tenido la benevolencia de distinguirnos.

Al recibir, señor Rector y autoridades universitarias, el honroso título de Profesor Honorario de este Ilustre Instituto, no encuentro palabras para expresar mi gratitud, agolpada en torrentes que desbordan mi corazón reconocido.

A más de mi hondo afecto por el Zulia, forjado en largos años, acendrado por amistad fraterna con hombres representativos de las virtudes de su pueblo, y acrisolado en momentos de intensa emoción colectiva, tendré de hoy y para siempre un nuevo deber con esta tierra, cuya Alma Mater, foco ardiente y brillante de su pensamiento, me recibe como miembro honorario de su cuerpo docente.

En su carta poética a Udón Pérez, Andrés Eloy Blanco consignaba en dos líneas lo que es el Zulia cuando abre sus brazos a quien gana su aprecio:

 

y Maracaibo, noble, como una buena mano

que sabe abrir la Barra si el que viene es hermano.

 

Aquí estoy, pues, con la pretensión de que para llegar hasta este Paraninfo, Maracaibo me ha abierto su Barra, porque me sabe hermano. Hermano, compañero, seré un zuliano más, no el de más mérito pero tampoco el menos fervoroso.

Mi corazón agradecido no puede sino pensar con alegría en la posibilidad de servir a quienes de modo tan gallardo han dispuesto exaltarme con esta honrosa distinción.

En sus autoridades universitarias, en sus profesores y en sus estudiantes, coloco, con mi profunda gratitud, el compromiso indestructible de mi devoción y de mi afecto.

Muchas gracias.

Rafael Caldera profesor honorario de la Universidad del Zulia
Rafael Caldera recibió el título de «Profesor Honorario» de la Universidad del Zulia el 20 de octubre de 1958.