Caldera y Calvani: El nuevo comercio exterior - Luis Xavier Grisanti

Arístides Calvani y Rafael Caldera.

Caldera y Calvani: El nuevo comercio exterior

Por Luis Xavier Grisanti

La reforma de la política de comercio exterior fue anunciada por el presidente Rafael Caldera en su discurso de toma de posesión (11 de marzo de 1969). Esta reforma está insertada, no cabe duda, dentro de los principios de Justicia Social Internacional, Bien Común Universal y Nacionalismo Democrático, inspirados a su vez en la Doctrina Social de la Iglesia Católica:
«La política internacional de Venezuela, alentada por el deseo de contribuir a la paz, a la libertad y a la amistad entre las naciones, de elevar el patrimonio cultural y tecnológico y buscar su difusión entre todos los pueblos, se orientará decididamente hacia el impulso del comercio exterior. Veo allí una necesidad vital e impostergable. La dependencia de un solo producto tiene causas variadas, pero la falta de mercados retarda sin duda las posibilidades de desarrollo…»

La nueva política de comercio exterior descasará sobre tres pilares: 1. La integración latinoamericana y el ingreso de Venezuela al Pacto Sub Regional Andino; 2. La denuncia del Tratado de Reciprocidad Comercial con los Estados Unidos; y 3. La promoción de las exportaciones no tradicionales y la fundación del Instituto de Comercio Exterior.

Revolución tecnológica

La integración latinoamericana será uno de los pilares de la política exterior del primer gobierno socialcristiano (1969-1974). La vocación latinoamericanista de Rafael Caldera y Arístides Calvani no está solamente inspirada en el ideario integracionista de Francisco de Miranda y Simón Bolívar, sino en el incipiente (y todavía inconcluso) proceso de integración regional y subregional. Percibe el canciller Calvani, que es posible avanzar, por primera vez, en la integración económica de Latinoamérica y de la región andina:

«La unidad latinoamericana existe conceptualmente desde el momento de la independencia. Sin embargo, es sólo durante los últimos veinte años cuando el sueño del Libertador pareciera vislumbrarse…Inicialmente se habla de panamericanismo…Empero, progresivamente, se desarrollan los nacionalismos latinoamericanos. Las grandes transformaciones engendradas por la revolución científica y tecnológica dan a la Tierra una dimensión más reducida. Ya no es posible para un país aislarse de los demás y vivir solo. Vamos hacia mayores espacios socioeconómicos, socioculturales, socio-religiosos. La dinámica de la historia contemporánea nos conduce hacia una sociedad universal…»

En 1960, se funda el Mercado Común Centro Americano y en 1969 se suscribe el Acuerdo de Cartagena (Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador y Perú), piedra fundacional del Pacto Sub Regional Andino (actualmente, Comunidad Andina). En 1991, se firma el Tratado de Asunción, que dio origen al Mercado Común del Sur (Mercosur), integrado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay. Precede a todos ellos la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC, 1960); más tarde, Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI, 1980). En 1973, el gobierno del presidente Caldera y su ministro de Minas e Hidrocarburos, Hugo Pérez La Salvia, lideran la fundación de la Organización Latinoamericana de Energía (OLADE), con miras a promover la integración energética regional y uniformar los marcos regulatorios.

Pacto subregional andino

En su discurso de toma de posesión, el presidente Caldera esboza las líneas maestras de la política de integración y comercio exterior de su gobierno, reconociendo que existían en Venezuela reservas por parte de factores importantes del empresariado sobre el ingreso al Pacto Andino, por la competencia que ello pudiese significar para los productores venezolanos en el contexto de la política de sustitución de importaciones que hasta entonces había constituido el modelo de desarrollo de las economías latinoamericanas.
El Acuerdo de Cartagena fue firmado el 29 de mayo de 1969, tres meses después de la toma de posesión del líder democratacristiano. Venezuela no suscribió el convenio y en la Introducción a la Memoria y Cuenta del Ministerio de Relaciones Exteriores (1969), el canciller Calvani sintetiza la reserva venezolana:
«…No hay razón alguna…para interpretar en forma negativa las limitaciones y reservas que…hayamos podido oponer…a la Reunión de Cartagena…No fue posible dar ningún paso que se tradujera en perjuicio evidente para los intereses nacionales. En situaciones como esta sólo cabe arbitrar fórmulas que concilien las distintas posiciones en beneficio de todos.»

Calvani, hombre de Estado, condujo con esmero y ponderación las negociaciones para el ingreso de Venezuela al Pacto Andino, del cual Venezuela se hizo miembro en 1973. El gobierno nacional designó al Ing. Julio Sosa Rodríguez, respetado industrial venezolano, jefe de la delegación negociadora, con rango de embajador plenipotenciario, al término de su ejercicio como jefe de Misión ante la Casa Blanca (1969-1971).
La Comunidad Andina ha atravesado por diversas crisis a lo largo de su historia, las cuales han impedido su consolidación como zona de libre comercio y arancel externo común. Nunca ha alcanzado la conformación de un mercado común, ni de un mercado único, con libre circulación de bienes, servicios, capitales y personas; y mucho menos, una Unión Económica y Monetaria con una moneda única, como la Unión Europea, conforme al Tratado de Maastricht de 1992.
No obstante, es necesario afirmar que, sobre todo a partir de la firma del acuerdo de libre comercio de 1993, del establecimiento de un arancel externo común en 1994, y del Tratado de Trujillo (que reformó el Acuerdo de Cartagena y creó la Comunidad Andina y el Sistema Andino de Integración en 1996), se comenzaron a apreciar los beneficios de la integración, al incrementarse considerablemente el comercio y la inversión intrarregionales, principalmente entre Colombia y Venezuela. En 2005, se incorporaron como miembros asociados los países integrantes del Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay), en tanto que estos últimos también se hicieron miembros asociados de la Comunidad Andina. En 2006, reingresó Chile, pero como miembro asociado.
En 2001, luego de un esfuerzo diplomático intenso por parte de Bolivia, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela, la Unión Europea y la Comunidad Andina acordaron iniciar la negociación de un Tratado de Asociación, Diálogo Político, Cooperación y Libre Comercio (de IV Generación), similar al ya entonces suscrito por la UE con Chile y México. Hasta la fecha, Colombia, Ecuador y Perú han firmado dichos tratados de IV Generación.
Escapa del objeto de este artículo analizar el estado del proceso de integración andino o latinoamericano, actualmente disperso y estancado, lamentablemente. Sólo se desea precisar que, con todas sus fallas y tropiezos, económicas y políticas, la integración andina tuvo resultados concretos y beneficiosos hasta la pasada década. La globalización y el surgimiento de Asia como epicentro de la economía, el comercio y la inversión internacionales, han sacudido la viabilidad y vigencia de los sistemas de integración subregional en América Latina. Y, entretanto, varios países latinoamericanos han suscrito la Alianza del Pacifico (2011), de la cual son signatarios: Chile, Colombia, México y Perú, volcando su mirada hacia Asia.

Publicado originalmente por el Reporte Católico Laico


Habla Rafael Tomás Caldera - Cuestionario Papel Literario

Rafael Tomás Caldera retratado por Roberto Mata.

Habla Rafael Tomás Caldera

Publicado originalmente por el Papel Literario de El Nacional el 7 de julio de 2019.

Vivimos bajo la sensación generalizada de que Venezuela está al borde de un cambio inminente. Quisiera preguntarle por lo deseable: ¿Nuestro país necesita reconstruirse o requiere de cambios muy profundos, estructurales?

Veinte años largos
han pasado, veinte años en los cuales se ha destruido el país. Para quienes
despertamos a la vida pública con la caída de Pérez Jiménez, esa destrucción
consumada en este tiempo significa además una dura contradicción. Muchas veces
oímos a Rafael Caldera alertar, con el mito de Sísifo, cómo la historia del
país podía ser un continuo recomienzo: subir una enorme piedra a la cumbre de
la montaña para ver cómo, al llegar, rodaba hacia abajo. Una y otra vez. Estamos
aquí de nuevo en la situación de tener que volver a empezar, aunque con el
convencimiento de que no será igual la sociedad que pueda surgir de este
esfuerzo.

Pareciera que estamos
al final de una etapa. No se trata de hacer profecías. Es la simple
constatación de que, tal como vamos, no se puede continuar. Se insiste, con
razón, en que la situación no es sostenible. O da paso a un cambio político o
se produce un derrumbe (mayor). En las condiciones actuales de hiperinflación,
imposible de manejar por el gobierno, nada detendrá el éxodo que desangra el
país. Ni el colapso de los servicios. En cualquier caso, hay que pensar en
factores de corrección.

Para ello hay que
ahondar en el problema de Venezuela, de naturaleza espiritual. Hugo Chávez no
fue un accidente en la historia del país ni el efecto de un virus venido de
fuera. Fue fruto de tendencias de nuestra cultura, nuestra manera de ser. Llevó
a lo deforme, a lo enfermizo (los daños causados lo muestran), la tendencia a
la presunción, que analizó Mario Briceño-Iragorry en su Pequeño tratado. Llegó al poder por su ambición un hombre que no
estaba preparado para gobernar. Una vez más, a un siglo de distancia, se
repetía aquel nuevos hombres, nuevos
ideales, nuevos procedimientos
de Cipriano Castro, y con el estro de Neruda
se nos anunciaba que Bolívar despierta cada
cien años cuando despierta el pueblo
. Lo malo fue hacerle caso. Permitirle
destrozar las instituciones y la convivencia. ¿Omisión o más bien complicidad?

Oigamos la admonición de Gallegos: «Pero si es cierto que moral y política son dos cosas distintas, llena la historia de casos que lo demuestran, también lo es que en Venezuela un solo nombre ha tenido el grave mal, casi secular, de nuestra vida pública: inmoralidad. Que no ha residido solo —y esto hay que reconocerlo también en alta voz— en los hombres que han pasado por nuestro escenario político, sino también en la colectividad entera que, por entreguista o indiferente o pervertida, ha hecho posibles —incluso cohonestándolos— los abusos de la cosa pública, los atropellos de las personas y la prostitución de los principios desde la altura del poder. Que esto no habría sucedido sin aquello, porque es pedir milagros aspirar a que sea gobernada con rectitud absoluta, con altura espiritual respetuosa de las leyes, respetuosa de los derechos ciudadanos, una aglomeración de hombres que hayan renunciado al fundamental derecho de hacerse respetar como tales hombres, aceptando que se les cotice a precios más o menos bajos, sin contar las ventas gratuitas, y así se les lleve de aquí para allá a hacer lo que en el momento dado se les ordene. Que esto lo llaman disciplina, no siendo sino miseria humana»[1].

A lo largo de estos veinte años, en distintas oportunidades, los sectores democráticos han mostrado dificultades para acordar políticas unitarias frente a la dictadura. ¿Qué explica esta tendencia al desacuerdo? ¿Son negativos estos desacuerdos? ¿Hay en nuestras prácticas políticas una tendencia a la confrontación, aun cuando existan objetivos en común?

La primera dificultad vino de no reconocer lo que
se tenía enfrente, como en la parábola del ñu de aquel veterano periodista.

No hay, sin embargo, problema en confrontarse si se
tiene una comprensión compartida del bien que se quiere lograr para el país.
Comprensión compartida, esto es, objetivos en común, diferente de querer lo
mismo, que puede ser un factor de división como cuando todos quieren ocupar el
primer puesto. Digamos que es muy distinto identificarse con (la causa de)
Venezuela que ver a Venezuela a través (de la causa) del propio yo. Lo primero
une, lo segundo siembra división.

En medios de comunicación y redes sociales viene produciéndose un fenómeno: persistentes manifestaciones de nostalgia hacia el país previo a 1999. ¿Es posible que el deseo de cambio oculte, en alguna medida, un deseo de volver atrás? ¿Es retrógrado el deseo de volver atrás?

Ante las ruinas de lo que fue un país en desarrollo
surge la nostalgia, fuerza importante en el corazón del ser humano. Nostalgia
de un pasado que, como tal, no puede volver, no volverá. Pero también, y sobre
todo, nostalgia de unos valores de siempre: la paz, la cordialidad en el trato,
la posibilidad de emprender y de ver el futuro sin temor, con optimismo.
Nostalgia de nuestra mejor manera de ser, que debemos construir.

¿Qué reivindicaría del período 1958-1998? ¿Es factible recuperar algunas prácticas de esas cuatro décadas?

Es más difícil vivir en democracia y que gobierne
la razón —universal, para todos— en lugar de la fuerza con la que se impone mi
opinión, mi ventaja, la ventaja de mi grupo. Es más difícil porque requiere
esfuerzo cotidiano para sobreponerse a la disgregación. Y, sobre todo, porque
requiere valorar y realizar otra forma de vida. Una forma de vida en la cual se
aprecia a las personas, su trabajo, su familia, su libertad.

Esa fue la gran lección de la República Civil: cómo predominó la razón
por encima de la fuerza; cómo la fuerza estuvo al servicio de la justicia; cómo
tuvimos verdaderas instituciones. La democracia como forma política, en un país autoritario, de tradición
caudillista, fue posible por la calidad
de unos hombres
, dirigentes políticos que antepusieron la construcción de
la democracia y el desarrollo del país a lo que podían
ser sus intereses personales, incluso legítimos. Hombres capaces de enfrentar
la maldición de Sísifo y el defecto de la presunción; capaces, por tanto, de
continuidad en el esfuerzo por impulsar al país en el camino del desarrollo y
de la vida institucional. Enseña Hauriou al tratar de la institución: la subordinación de
la fuerza armada al gobierno civil no habría podido ser obtenida nunca por
simples mecanismos constitucionales. Es el resultado de una mentalidad, creada
por el ascendiente de una idea, la idea del régimen civil unida a la de la paz,
considerado como el estado normal.[2]

¿Hay factores o energías en la cultura política venezolana que nos permitan ser optimistas ante la necesidad de cambio? ¿O es razonable la sospecha de que el deseo de un poder clientelar y distribuidor de subsidios, sigue siendo un paradigma de una parte importante de la sociedad?

La democracia fue posible por esos factores o
energías. Señalaría dos factores muy importantes a tener en cuenta en adelante:
ajustar la vida y la norma; conservar y fomentar la capacidad de diálogo.

¿Fuerzas como la polarización, el revanchismo, la dificultad para escuchar opiniones distintas y la fragilidad de los liderazgos, deben preocuparnos? ¿Pueden ser factores que afecten la perspectiva de cambio?

Para reconstruir la
vida del país —la vida política, la vida económica, la vida social— será muy
necesaria una ética del trabajo.

Cuando tuvimos el boom petrolero de los años setenta y la
ilusión de la Gran Venezuela, se
generalizó —por no decir que se impuso, porque no hubo otra imposición que el
contagio— una mentalidad de acceso fácil y rápido a la riqueza. Se tomaron
malas decisiones que llevaron al ausentismo laboral y a la complicidad con la
corrupción.

En un país con poca
raigambre tradicional, por el impacto de sucesivas modernizaciones, se perdió
el rumbo: el avance en un desarrollo verdadero donde tuvieran prioridad la
vivienda, la salud y la educación. Al cabo de unos años, el movimiento
ascendente que llevaba la democracia venezolana se estancó y comenzó a
incrementarse la deuda social, al tiempo que la dirigencia de los partidos
asumía forma de oligarquía, aquellos cogollos
que los diversos sectores sociales replicaron.

La política, esa
actividad para el gobierno de las sociedades, depende de lo que Eliot llamó prepolítica: la manera de ser, los
pensamientos que se cultivan, las costumbres. La Venezuela que sufre el impacto
de la bonanza petrolera recibe, al mismo tiempo, el impacto de la revolución en
las costumbres de finales de los años sesenta y comienzo de los setenta.
Digamos mayo de 1968, como
abreviatura de ese conjunto de cambios. En la mentalidad de la gente, la
modificación de la moral tradicional. El auge de la sociedad de consumo, que
cristalizaría luego en la prédica neoliberal.

La Venezuela del
trabajo, de la modestia, del amor por la tierra dio paso a un viajar
incansable, al mundo de los tabaratos,
a la desmesura en las importaciones… ¿Acaso no se recuerda, no se quiere
recordar?

¿No fue ello el
antecedente inmediato del cadivismo,
las tarjetas, esos cupos que nos eran
debidos
aunque el país caminara a la ruina?

Se dice que el desafío que enfrentará Venezuela tras el cambio de régimen es inédito. ¿Comparte Usted esa afirmación? ¿Venezuela debe enfrentarse a lo inédito?

En la vida de cada persona y en la historia, cada
día es nuevo, cada situación inédita, aunque por supuesto haya elementos que se
repiten. La historia es ámbito de libertad, incluso cuando esta es negada.

Lo importante será tener presente que la vida es
quehacer, que el orden social hay que edificarlo cada día.

Por eso decía de la necesidad de una ética del trabajo: un modo de ser en el
cual sea más importante la persona, y la actividad de la persona, que las
cosas, el consumismo, la riqueza. El trabajo nos lleva a construir en común,
nos hará más solidarios: como diría Juan Pablo II, a ser todos responsables de
todos.

Cuando se asume de manera responsable el quehacer
de la propia vida, se puede enfrentar los retos que cada nuevo día, cada nueva
situación traen consigo.

Rafael Tomás Caldera


[1] «Un ejemplo de todos los días para todos los días», discurso-programa pronunciado en Barquisimeto el 23 de marzo de 1941, como candidato a la presidencia de la República. En Una posición en la vida, Caracas, Centauro, 1977, vol. I, pp. 164-165.

[2] Cf. Au
sources du Droit
, Paris, Librairie Bloud & Gay, 1933, p. 104.


La muerte de una democracia - Andrés Caldera Pietri

La muerte de una democracia

Andrés Caldera Pietri.

Bajo el título Cómo mueren las democracias, la editorial Ariel publicó recientemente la versión en castellano del libro de Steve Levitsky y Daniel Ziblatt, How Democracies Die (Nueva York: Crown, 2018). Un punto fundamental de esta obra es reconocer el hecho de que las democracias en nuestros días ya no caen de manera abrupta—a través de una revolución o un golpe militar— sino lentamente como resultado del gradual y progresivo desmantelamiento de las instituciones democráticas. Los autores revisan la experiencia en diversos países de Europa y América Latina, desde 1930 hasta el presente, buscando identificar patrones comunes en los procesos de transición de la democracia al autoritarismo. El interés de estos autores es advertir que ya los Estados Unidos ha dado el primer paso hacia el autoritarismo.

El proceso venezolano es sólo uno de los numerosos casos que los autores analizan para construir su teoría. Venezuela no es un tema principal en este libro. Sin embargo, en las pocas páginas que se dedican a nuestro país, se incurre en graves errores, incluso de distorsión de hechos históricos, cuando se busca identificar los factores que llevaron a Hugo Chávez al poder.

El proceso para restablecer la democracia y reconstruir a Venezuela tiene que partir de un análisis sereno y objetivo de las causas del deterioro y posterior aniquilación del sistema democrático. Estas notas, aunque escritas a propósito de este libro, pretenden también dar respuesta a una campaña sostenida y sistemática para achacar toda la culpa a Rafael Caldera del ascenso de Hugo Chávez al poder, pretendiendo ocultar así las verdaderas causas y los responsables de la tragedia que aún vive Venezuela.

Toda interpretación histórica que niega el compromiso de los fundadores de la democracia venezolana con la paz, el consenso democrático y el estado social de derecho hace un enorme daño pues, entre otras cosas, reivindica las razones que Hugo Chávez esgrimió para desmantelar cuarenta años de República Civil con su proyecto autocrático (recomiendo leer el libro Caldera y Betancourt, constructores de la democracia, de Gehard Cartay Ramírez, recién publicado por Editorial Dahbar Ensayos, ISBN 978-980-425-029-3).

Caldera y Betancourt, constructores de la democracia - Gehard Cartay Ramírez (Segunda edición, Editorial Dahbar, 2018).

Paso entonces a analizar, punto por punto, las afirmaciones hechas en el libro, resaltando en negrilla aquellas afirmaciones cuya falsedad busco demostrar:

  1. «En 1999 celebró unas elecciones libres a una nueva Asamblea Constituyente en las que sus aliados [se refiere a Chávez] se impusieron por una mayoría aplastante. Ello permitió a los chavistas redactar por sí solos una nueva Constitución». (p. 12)

No es cierto que los aliados de Chávez «se impusieron por una mayoría aplastante en 1999». Sus partidarios obtuvieron en esa elección un porcentaje cercano al que recibió Chávez en la elección presidencial de diciembre de 1998, meses antes; pero, con el pretexto de hacer una elección uninominal, éstos mismos la desfiguraron con una especie de «kino electoral», logrando con apenas el 35% de los electores el 96% de la Asamblea Constituyente, es decir, 125 de los 131 miembros. La abstención en esta elección fue del 53%; en el referendo consultivo previo había sido 63% y en el aprobatorio posterior 55%.

El liderazgo político, institucional y mediático del país, permitió que se desvirtuara con esta elección el sistema de representación proporcional y de minorías que tenía Venezuela desde la constitucionalidad de 1961. Esa Asamblea Constituyente de 1999 estuvo muy lejos de representar el espectro político del país.

  1. «Chávez, desde la prisión, cambió de estrategia y optó por alcanzar el poder por vía electoral. Iba a necesitar ayuda para hacerlo». (p. 27)

Falso. Hugo Chávez salió de prisión y su tesis fue abstencionista: la predicó públicamente, aún en contra de su compañero Francisco Arias Cárdenas quien fue candidato a la gobernación del Zulia, en las elecciones regionales de 1995. Al salir de la cárcel, Chávez continuó llamando a la desobediencia civil y militar contra el sistema democrático, pero su voz fue desatendida. No fue sino hasta tres años después que Chávez se convenció de cambiar su estrategia y participar en la contienda electoral para conquistar el poder. El mismo Chávez lo reconoció en su discurso «El Nuevo Mapa Estratégico»:

«Con ese mapa navegamos en el 94, en el 95 y en el 96. En el 96 empezamos hacerle adecuaciones. (…) Porque nosotros no teníamos dudas hacia dónde íbamos, ahora cómo hacerlo, si por la vía pacífica o por la vía armada, eso empezó a ser tema de debate durante varios años.

Entonces en el 96, en el 97 se abrió la ventana electoral de 1998 y decidimos irnos por ahí. Alguna gente de nuestras filas se fue sino molesta, desencantada; esa gente que siempre cree en la lucha armada pues». (Taller de Alto Nivel - El nuevo mapa estratégico - Hugo Chávez Frías - 2004, p. 19)

  1. «Aunque el ex presidente Caldera era un estadista avezado y bien considerado, en 1992 su carrera política se hallaba en plena decadencia. Cuatro años antes no había conseguido garantizar la candidatura a la presidencia de su partido [creo que se quiso decir la candidatura de su partido a la presidencia] y se lo consideraba una suerte de reliquia política». (p. 27)

Si se investiga en los medios de comunicación y se hace una revisión de todas las encuestadoras de opinión en los meses anteriores al 4 de febrero de 1992, puede verificarse que Rafael Caldera aparecía como el dirigente político con mayor credibilidad y con mayor posibilidad de ser Presidente en 1993.

Ya en diciembre de 1990, el connotado dirigente del partido Acción Democrática Henry Ramos Allup, en declaraciones a Ricardo Escalante del Diario El Universal, ante la pregunta de éste: «¿Está diciendo que Caldera es el precandidato más fuerte que en este momento está en la calle?», le responde: «Sí, por un hecho sencillo, porque incluso sin partido, está prácticamente punteando en las encuestas…» (El Universal, 2 de diciembre de 1990).

Meses antes, César Messori, periodista especializado en política, escribía en su columna Política del domingo: «A mi modo de ver, Caldera es en este momento el dirigente nacional con mayor éxito proselitista. Es el que con más inteligencia se ha mantenido al margen de las actividades autodestructivas de los demás políticos y el beneficiario de una actitud positiva frente a la crisis de liderazgo nacional» (El Universal, 16 de septiembre de 1990).

Entonces, ¿cómo se puede decir que se le consideraba como una especie de «reliquia política»?

Los autores desconocen, además, el protagonismo que tuvo Caldera desde 1985 en el proceso de reforma de la Ley del Trabajo, en el que una parte importante del sector empresarial, comunicacional, político y gubernamental pretendió a última hora impedir que la ley se aprobara, y bajo el liderazgo de Rafael Caldera la Ley Orgánica del Trabajo se sancionó el 27 de noviembre de 1990. Eso no lo logra un político cuya carrera «se hallaba en plena decadencia», como éstos lo sugieren.

  1. «Con todo, a sus setenta y seis años de edad, el senador seguía soñando con regresar a la presidencia y detectó en el ascenso de Chávez una cuerda de salvamento. La noche del primer golpe de Estado de Chávez, el ex presidente se puso en pie durante una sesión conjunta extraordinaria del Congreso y abrazó la causa de los rebeldes declarando: "Es difícil pedirle al pueblo…» [La cita que se hace de la frase no es textual]. (p. 27)

De la misma manera en que se ha venido haciendo en esa campaña sistemática para desvirtuar su actuación y su figura, se manipula un fragmento del discurso del 4 de febrero de 1992 para decir que Caldera «abrazó la causa de los rebeldes». Nada más falso. En su discurso, Rafael Caldera explica los cuatro factores que a su entender fueron fundamentales para establecer la democracia en Venezuela: el liderazgo político, los empresarios, las fuerzas armadas y el pueblo, y manifiesta su angustia porque el pueblo no salió a a la calle ese día a defender la democracia. Los sistemas de gobierno tienen que dar satisfacción y bienestar a los ciudadanos. Es por ello que dice en su discurso:

«Es difícil pedirle al pueblo que se inmole por la libertad y por la democracia, cuando piensa que la libertad y la democracia no son capaces de darle de comer y de impedir el alza exorbitante en los costos de subsistencia; cuando no ha sido capaz de poner un coto definitivo al morbo terrible de la corrupción, que a los ojos de todo el mundo está consumiendo todos los días la institucionalidad».

Ya venía alertando años atrás, en muchas oportunidades, sobre las desviaciones que se habían producido y que estaban generando desencanto y escepticismo en los venezolanos sobre la democracia y sus dirigentes, y lo señala nuevamente ese día:

«Hay un entorno, hay un mar de fondo, hay una situación grave en el país y si esa situación no se enfrenta, el destino nos reserva muchas y muy graves preocupaciones».

Tenía tiempo denunciando la corrupción, los excesos del poder, la multiplicación del gasto corriente, el peso enorme de la deuda externa y las fallas en la administración de justicia. Por tres años, él había estado al frente de la Comisión de Reforma Integral de la Constitución Nacional, para hacer los cambios institucionales que el país reclamaba.

Pero, cuando se hace referencia al discurso del 4 de febrero, generalmente se ignora el que pronunció Caldera tres años antes, con motivo de los hechos del Caracazo, desde la misma tribuna del Congreso, el primero de marzo de 1989. Para entender cabalmente el del 4 de febrero de 1992 es muy importante conocer el discurso del primero de marzo de 1989. ¿Por qué? Porque la coherencia de Rafael Caldera, presente en toda su vida política, se refleja nuevamente el 4 de febrero de 1992, y se comprende por lo dicho tres años atrás: como político social-cristiano se había opuesto a los programas de «shock» promovidos por el Fondo Monetario Internacional en ese tiempo, por considerar que su costo social era moralmente inaceptable.

«Yo creo que la economía y lo social son inseparables. Y de que es un error grave pretender dejar para más tarde que la gente coma, que la gente viva mejor, que la gente tenga mejores condiciones de existencia, para hacer una especie de ensayo…» , dijo en 1989.

De allí que manifestara su desacuerdo con el paquete de medidas anunciado por Carlos Andrés Pérez al iniciar su segundo gobierno. Por cierto, esos programas, de ajuste severo, han sido abandonados por el mismo Fondo y hoy son cuestionados por un buen número de economistas.

Sin embargo, a pesar de su oposición, en ese discurso de 1989, en que pide a toda la dirigencia del país que se prenda «la luz de la razón» y clama por rectificación, le da apoyo al presidente Pérez: «No soy yo quien vaya a negar la buena intención y el coraje del presidente Carlos Andrés Pérez para lanzarse por ese camino que los técnicos le han aconsejado…» (…) «Me parece que sería un error patriótico de la Oposición poner contra la pared a Acción Democrática».

No conforme con esto, el 15 de marzo, Caldera se reúne por dos horas en Miraflores con el presidente Pérez, y a pocos días de esta reunión viaja con él a Atlanta para plantear soluciones al problema de la deuda externa, a una reunión organizada por el Centro Carter, a la cual asiste el Secretario de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica, James Baker.

Caldera había hecho advertencias que resultaron premonitorias sobre lo que podría ocurrir si no se hacían las rectificaciones necesarias y por eso dice el 4 de febrero de 1992:

«Cuando ocurrieron los hechos del 27 y 28 de febrero del año de 1989 (…) No pretendí hacer afirmaciones proféticas, pero estaba visto que las consecuencias de aquel paquete de medidas que produjo el primer estallido de aquellos terribles acontecimientos, no se iban a quedar allí…».

Portada del folleto Caldera: Dos discursos, prologado por Luis Castro Leiva y epílogo de Manuel Alfredo Rodríguez.

Recomiendo leer los dos discursos completos, junto al prólogo de Luis Castro Leiva y el epílogo de Manuel Alfredo Rodríguez. Los pueden encontrar en este folleto ya digitalizado: Caldera: Dos discursos (1989/1992).

  1. «Aquel fascinante discurso conllevó la resurrección de la carrera política de Caldera. Al conectar con el electorado anti-sistema de Chávez, el apoyo público al ex presidente se multiplicó, cosa que le permitió llevar a cabo una exitosa campaña presidencial en 1993. El flirteo público de Caldera con Chávez no sólo ayudó a impulsar su resultado en las urnas, sino que, además, otorgó a Chávez una credibilidad renovada. Chávez y sus camaradas habían intentado acabar con los treinta y cuatro años de democracia en su país y, sin embargo, en lugar de denunciar a los líderes golpistas por constituir una amenaza extremista, el ex presidente les manifestó su simpatía en público y, con ello, les permitió acceder a la política en general». (pp. 27-28)

¿De dónde se saca que hubo «flirteo público» con Chávez y que «les manifestó su simpatía en público»?  Transcribo algunas frases del discurso de Caldera, el 4 de febrero de 1992: «… el deplorable y doloroso incidente de la sublevación militar…» (…) «… el golpe felizmente frustrado…» (…) «…actores del tremendo y condenable incidente…» (…) «El golpe militar es censurable y condenable en toda forma…» (…) «… la sublevación que ya felizmente ha sido aplastada…».  

Una cosa es interpretar lo que el país estaba sintiendo en ese momento, y otra es avalar los alzamientos militares. Lo último es falso. A los pocos días del golpe del 4 de febrero, Rafael Caldera asistió al Palacio de Miraflores, a un acto de respaldo a la democracia que contó con la presencia del secretario general de la OEA, señor Joao Baena Soares, y fueron muchas sus declaraciones en esos días planteando la necesidad de encontrar una salida urgente a la crisis dentro del marco democrático y constitucional. A un mes del hecho, por ejemplo, el 9 de marzo de 1992, Caldera estuvo en un foro en el Aula Magna de la UCV donde fue objeto de un intento de saboteo por partidarios de los golpistas, y allí no sólo los enfrentó, sino que hizo una apasionada defensa de la democracia: «tenemos el deber, la obligación de salvar el principio fundamental de la libertad, de los derechos humanos, del orden jurídico. . . Aquí en esta Universidad…  juré defender el derecho, defender las leyes, y he jurado después defender la Constitución y las leyes. No puedo traicionar ese juramento».  Recomiendo ver el discurso completo en el video:

https://www.youtube.com/watch?v=tgGCvjr-Jzg

Ante estas insinuaciones de «flirteo público», no está demás aclarar que Rafael Caldera nunca tuvo relación con Hugo Chávez. Hasta llegaron a hacer circular que era su padrino de bautismo, lo cual tampoco es cierto. Apenas Chávez obtuvo la libertad convirtió a Caldera en el blanco de sus ataques y pidió varias veces su renuncia. La primera vez que se encontraron personalmente en sus vidas fue después de las elecciones de diciembre de 1998, en la visita que Hugo Chávez le hiciera en Miraflores, ya como presidente electo.

  1. «Caldera ayudó asimismo a abrir las puertas del palacio presidencial a Chávez al asestar un golpe mortal a los partidos venezolanos establecidos. En un asombroso giro de ciento ochenta grados, Caldera abandonó el COPEI, el partido que había fundado cerca de medio siglo antes, y presentó una candidatura independiente a la presidencia del país, pero la partida de Caldera y la campaña anti-sistema subsiguiente contribuyeron a enterrarlos.» (p. 28)

En relación a Caldera y COPEI, desde hacía años se había producido un distanciamiento de la dirección del partido con el líder fundador por su postura en el liderazgo de la reforma de la Ley del Trabajo. La misma diferencia surgió en cuanto al paquete de medidas del segundo gobierno del presidente Carlos Andrés Pérez. Si se habla de un giro de ciento ochenta grados, se podría decir que Caldera señalaba que ese giro lo había dado la dirección de su partido frente a la auténtica posición social-cristiana. El líder fundador fue «excluido» de COPEI en junio de 1993, con el voto salvado de Luis Herrera Campíns, pero, al final, con el triunfo en las elecciones de 1993, el pueblo copeyano le dio la razón a Caldera.

Por otra parte, si se revisa el resultado de las elecciones presidenciales de 1993 se encontrará que los dos principales partidos del sistema, Acción Democrática y COPEI, que concurrieron con dos figuras de las nuevas generaciones, Claudio Fermín y Oswaldo Álvarez Paz como candidatos presidenciales, sacaron juntos menos votos que la suma de los obtenidos por Rafael Caldera y Andrés Velásquez. El país mostraba su claro descontento con la actuación de los dos partidos tradicionales del sistema y Caldera entendió el sentimiento nacional. No así los partidos, que ignoraron esa primera clarinada que pedía rectificación en su proceder.

  1. «El sistema de partidos se derrumbó después de que Caldera ganara los comicios de 1993 como candidato independiente, allanando el camino para futuros candidatos sorpresa. Cinco años después sería el turno de Chávez». (p. 28)

Decir que «el sistema de partidos se derrumbó después de que Caldera ganara los comicios en 1993» es una osadía. El partido Acción Democrática, habiendo tenido un presidente destituido y expulsado de sus filas, y habiendo perdido las elecciones de 1993 con una de sus figuras jóvenes más brillantes, gana 12 de las 22 gobernaciones disputadas en las elecciones regionales de 1995. Lo que sucede después es resultado del empeño del hombre fuerte de la organización, Luis Alfaro Ucero, en ser el candidato presidencial en 1998, cuando no tenía el arrastre personal necesario para ser el abanderado en esa campaña electoral.

En relación a COPEI es otra la historia: primero, porque el partido se empeñó en ser el más enconado adversario de Caldera y su segundo gobierno, en lugar de haber aceptado el veredicto del pueblo copeyano y buscar el entendimiento y la reconciliación. Caldera, siendo presidente,  ni siquiera fue invitado a la celebración del 50 aniversario de su partido, el 13 de enero de 1996 y, sin embargo, se presentó sorpresivamente en el evento. Lo llamaron «arrocero», por cierto. Y, en segundo lugar, por haber renunciado a presentar como candidato a una figura propia y empeñarse en buscar su opción presidencial para 1998 en una figura anti-partido como lo era la de la alcaldesa Irene Sáez. Al final, este empeño resultó fatal para ambos. Sin embargo, refiriéndonos a las mismas elecciones regionales de 1995, COPEI logró ganar 4 gobernaciones con candidatos propios y 2 en las que dio su apoyo. En otras palabras, AD y COPEI obtuvieron triunfos en 18 de las 22 gobernaciones puestas en disputa, además de tener entre los dos partidos mayoría en el Congreso Nacional. ¿Se puede decir, entonces, que «se derrumbó el sistema de partidos»?

La conclusión de esta historia es que en esas elecciones presidenciales de 1998 ambos partidos terminaron a última hora retirando a sus candidatos para apoyar a Henrique Salas Römer, quien había sido previamente atacado muy duramente por Acción Democrática, y que tenía perfil de candidato anti-partido.

El cambio de caballo a mitad del río resultó peor: muchos de los partidarios de Acción Democrática  y COPEI, ante esta decisión de última hora, terminaron votando por Hugo Chávez. Basta con comparar los votos obtenidos por Salas Römer en la elección presidencial del 6 de diciembre de 1998 con las tarjetas de AD y COPEI (un total de 732.157 votos) con los que sacaron ambos partidos en las elecciones parlamentarias, apenas 28 días antes (1.853.708 al Senado y 1.849.408 a Diputados) para constatar que hubo una disminución de aproximadamente 1.110.000 votos.

La ventaja con la que Chávez le ganó a Salas Römer fue de 1.060.524 votos (3.673.685 a 2.613.161).

Henrique Salas Römer y Rafael Caldera
Visita del excandidato presidencial Henrique Salas Römer al Palacio de Miraflores, el 11 de diciembre de 1998.

En mi opinión, el sistema de partidos perdió la oportunidad de fortalecerse al cerrar el paso durante el quinquenio 1994-1999 a la reforma integral de la Constitución que había presentado Caldera en 1992. Esta reforma, para ser aprobada, tenía que ser sometida al pueblo en un referéndum popular, satisfaciéndose el reclamo de los cambios institucionales —con énfasis en la administración de justicia y de profundización de la democracia— que se venía haciendo desde hacía años. Con ello se le hubiera quitado la principal bandera política a quienes promovían la tesis de la Constituyente, encabezados, desde luego, por el propio Hugo Chávez.

  1. «Con todo, en 1993, Chávez seguía afrontando un grave problema: se hallaba encarcelado a la espera de juicio por traición. Entonces, en 1994, el presidente Caldera retiró todos los cargos en su contra. El acto final de Caldera para impulsar a Chávez consistió en, literalmente, abrirle las puertas… de la cárcel. Justo después de su liberación, un periodista preguntó a Chávez adónde se dirigía, "Al poder", respondió él (p. 28)

Cualquiera concluiría, al leer el texto, que Hugo Chávez salió de la cárcel a encabezar las encuestas para no detenerse hasta ganar la elección en 1998. Nada más falso. La verdad histórica es que éste salió de la cárcel para estar en el cuatro por ciento (4%) de las encuestas hasta diciembre de 1997, es decir, apenas un año antes de las elecciones de 1998. Lo certifica Luis Vicente León, presidente de Datanálisis, una de las encuestadoras de mayor prestigio en el país, en un artículo publicado en el Diario El Universal en 2013 («… en diciembre de 1997 las encuestas mostraban una favorita para ganar la elección: Irene Sáez, mientras Hugo Chávez contaba apenas con 4% de disposición de voto…»).

Luego, no puede concluirse que su liberación tuvo como consecuencia inmediata su ascenso al poder. Chávez nunca habría dejado de ser minoría si grupos empresariales y comunicacionales muy poderosos, que estuvieron detrás de la candidatura de Irene Sáez, al ver que ésta se vendría abajo, no lo hubieran apoyado con toda fuerza.

  1. «La liberación de Chávez fue un gesto popular que respondía a una promesa electoral de Caldera». (p. 28)

Falso. Rafael Caldera fue el único de los cuatro candidatos con opción de ganar en esa elección que no hizo promesas en relación a los militares detenidos. No así en el caso de Claudio Fermín, Oswaldo Álvarez Paz y Andrés Velásquez, quienes sí manifestaron públicamente su posición favorable a la liberación.

Caldera había sido ya comandante en jefe de las Fuerzas Armadas y sabía perfectamente lo delicado del tema. Existía una ruptura dentro de la institución militar y de allí que el propio presidente Carlos Andrés Pérez, habiendo sido la víctima de las dos intentonas de 1992, iniciara una política de pacificación por la cual sobreseyó los juicios a muchos de los alzados y reincorporó a muchos de ellos a las Fuerzas Armadas. Esta política de pacificación militar fue continuada por el presidente Ramón J. Velásquez y la culminó el presidente Rafael Caldera.

Fue tan correcta esa política, que Caldera gobernó los cinco años de su mandato sin que hubiera un solo intento de alzamiento; a pesar de la gigantesca crisis bancaria que heredó del gobierno anterior (CAP II-Tinoco), que desestabilizó la economía del país; de los bajos precios del petróleo; y de no contar con una mayoría que lo apoyara en el Congreso Nacional.

La liberación de los militares alzados era un clamor nacional. Tanto así que la pedían la Conferencia Episcopal, los medios de comunicación y el liderazgo político en general. Es más, ya había sido introducida en el Congreso una Ley de Amnistía que contaba con los votos para ser aprobada.

Si algo hizo Caldera en forma personal y directa, en sus dos administraciones, fue la conducción de las Fuerzas Armadas. A pesar de los vaticinios de que no duraría al frente del gobierno, porque sería depuesto por un golpe militar, Caldera ejerció la presidencia en los dos quinquenios para los que fue electo, en 1969-74 y 1994-99, sin que hubiera un solo alzamiento militar.

  1. «Como la mayoría de las personas que integraban la élite venezolana, Caldera consideraba a Chávez una moda pasajera, alguien de quien probablemente el público en general se habría olvidado para cuando se convocaran los próximos comicios. Pero, al retirar todos los cargos contra él, en lugar de permitir que Chávez fuera juzgado y luego indultarlo, Caldera lo elevó y, de la noche a la mañana, transformó al antiguo golpista en un candidato presidencial viable». (pp. 28-29)

Esto revela desconocimiento del ordenamiento jurídico venezolano: el planteamiento se hace para sugerir que si se hubiera enjuiciado a Chávez y luego indultado, habría quedado inhabilitado políticamente para ser «un candidato presidencial viable». Falso. En Venezuela, bajo la Constitución de 1961, para quedar inhabilitado políticamente se requería una condena a prisión o a presidio. La inhabilitación era una pena accesoria a la pena principal. Es decir, si la pena, por ejemplo, era por diez años, la inhabilitación era también por diez años. Luego, al producirse un indulto, que suprime la pena principal, éste conllevaría la desaparición de la pena accesoria, es decir, la inhabilitación.

Algunos preguntan: ¿por qué Caldera no lo inhabilitó? desconociendo también que, bajo la Constitución de 1961, el Presidente de la República no tenía facultad para inhabilitar a nadie. Lo que los confunde es que ahora, por ausencia del Estado de Derecho, se inhabilita arbitraria e ilegalmente a todo líder político que pueda significar un serio desafío para el gobierno.

Ahora, ¿por qué, si era tan fácil condenar a Chávez, el presidente Carlos Andrés Pérez no logró que eso ocurriera en el lapso mayor a un año, con posterioridad al 4 de febrero de 1992, en que todavía estaba en ejercicio de la Presidencia? Puedo responder: porque la opinión pública venezolana estaba tan mayoritariamente a favor de los alzados que éstos se burlaron de los juicios, retardándolos al rebelarse a acudir a las audiencias. Es más, era tal la simpatía que tenían los alzados dentro de las Fuerzas Armadas, que no había jueces dispuestos a condenarlos. Al interior de las Fuerzas Armadas, su postura era vista también como crítica frente al Alto Mando Militar.

  1. «El 6 de diciembre de 1998, Chávez ganó las elecciones presidenciales derrotando con facilidad a un candidato que contaba con el apoyo del sistema. El día de la toma de posesión, Caldera, el presidente saliente, no fue capaz de tomarle el juramento al cargo, tal como dictaba la tradición. En lugar de ello, permaneció taciturno a un lado». (p. 29)

Otra afirmación equivocada: conforme a la Constitución venezolana, corresponde al Presidente del Congreso la juramentación del nuevo Presidente de la República. No es función del presidente saliente juramentar al presidente electo. Lo que sí fue una tradición que rompió Caldera por decisión personal –y que fue, a mi manera de ver, su forma de protestar–, fue la de no traspasarle directamente a Chávez la banda presidencial. Caldera estaba informado de que Chávez se burlaría de la institucionalidad del país al realizar un juramento «… por ésta moribunda Constitución…», al saber éste que la Corte Suprema de Justicia ya estaba decidida a dar luz verde a su proyecto de Constituyente, pese a no estar prevista en la Constitución de 1961.

Si la Corte no hubiera permitido la violación de la Constitución de 1961, Chávez habría tenido que gobernar en minoría en el Congreso —electo en noviembre de 1998—, como le tocó a Rafael Caldera hacerlo en sus dos períodos de gobierno. Habría tenido también que recurrir al diálogo y a la negociación para poder llevar adelante sus planes, dentro de los controles y balances propios de una democracia. Fue lo que le correspondió hacer a Caldera en sus dos gobiernos, incluso en las circunstancias más difíciles. Recordemos, por ejemplo, que a mediados de 1994 más del 80% de la opinión pública lo respaldaba en su enfrentamiento con el Congreso por la suspensión de las garantías constitucionales y le pedían que diera un «Calderazo», al estilo Fujimori en el Perú, pero él se mantuvo firme en su posición de no traicionar la línea de toda su vida de respetar y sostener el Estado de Derecho. Prefirió someterse a las condiciones de gobernar en minoría, en medio de una crisis de gran magnitud, antes de romper con el orden constitucional, aunque muchos pensaban que le sería difícil gobernar si no lo hacía.

  1. «Sin embargo, su ascenso al poder [se refiere a Hugo Chávez] contó con el impulso definitivo de un infiltrado consumado: el ex presidente Rafael Caldera, uno de los fundadores de la democracia venezolana». (p.26)

No es de extrañar que, con una percepción histórica tan llena de errores y distorsiones, los autores piensen tener justificación para concluir que uno de los fundadores de la democracia venezolana fue «un infiltrado consumado», revelando así un desconocimiento absoluto de su vida y trayectoria política. Lo grave es que estos autores no inventaron estas distorsiones históricas sino que, posiblemente y quizá hasta de buena fe, dieron por cierta la sistemática falsificación de la historia que ha hecho un grupo empeñado en destruir la figura Rafael Caldera para salvar u ocultar su propia responsabilidad en el ascenso de Hugo Chávez al poder.

Si se revisa la acción y el pensamiento de Rafael Caldera en sus setenta años de vida pública, es difícil encontrar un político más coherente y consistente en su lucha por la democracia, la paz, la justicia social y el Estado de Derecho. Basta con revisar sus artículos, discursos, conferencias y libros, desde 1936 hasta el 2006 (los cuales estamos publicando en este sitio web), para desmentirlo.

Caldera no sólo fue uno de los principales constructores de la democracia venezolana, sino que siempre estuvo comprometido y preocupado por su devenir. Nunca dejó de alzar su voz para señalar las desviaciones que la ponían en riesgo. La democracia es una batalla de todos los días y Rafael Caldera siempre estuvo  allí, para defenderla. Su compromiso llegó a tal punto que jamás quiso vivir fuera de Venezuela. Frente al deterioro de la administración de justicia y la crisis de los partidos políticos (recomiendo leer el trabajo de Juan Carlos Rey, «Crisis de la responsabilidad política en Venezuela», Fundación Manuel García Pelayo, 2009, ISBN 978-980-6531-14-7) que fueron socavando el apoyo del pueblo, y en particular de la clase media, al sistema democrático, Caldera lideró a partir de 1989 y por casi tres años el proceso de reforma integral de la Constitución, en el que se consultó al país entero, asesorados por los mejores constitucionalistas. El proyecto lo presentó el 27 de marzo de 1992 y llegó a segunda discusión en las sesiones de 1992-93, pero, sin embargo, no se llegó a aprobar en el quinquenio parlamentario 1994-99. En numerosas oportunidades, Caldera llamó la atención del Congreso sobre la urgencia de realizar esas reformas, pero sus reclamos cayeron en el vacío. La Reforma debía ser ratificada por el pueblo en un referéndum y habría calmado las expectativas sobre una Constituyente para realizar los cambios, y liquidar las pretensiones de quienes planteaban «refundar la República».

Frente a una crisis social y económica, calificada por Ramón J. Velásquez como la mayor en toda nuestra historia hasta ese momento, Caldera en su segundo gobierno logró equilibrar las cuentas del Estado, con la reforma tributaria, la creación del SENIAT  y su política de austeridad y de re-estructuración de la administración pública; bajó el monto de la deuda externa; estabilizó y reprivatizó la banca; ante los bajos precios del petróleo, abrió camino al aumento de la producción con el proceso de apertura petrolera; respaldó el acuerdo tripartito para la reforma laboral, de seguridad social y creación de fondos de pensiones; creó el Fondo de Estabilización Macroeconómica; y, en medio de la difícil situación, logró que el salario de los trabajadores del sector público se mantuviera por encima de la inflación y que el salario mínimo nacional fuera el segundo de América Latina.

Su principal aspiración fue la de entregar un país estabilizado y en orden a quien le sucediera en la presidencia, lo que él llamaba «armar el rompecabezas», mientras veía  cómo tomaba cuerpo el mensaje de la anti-política. Por eso, el 23 de enero de 1997, en la inauguración de la represa Macagua II, en Guayana, lanza la idea de realizar un debate nacional sobre los 40 años de la democracia y sus logros. Su propuesta cayó en el vacío.

Rafael Caldera durante la inauguración de la represa Macagua II, en Puerto Ordaz, el 23 de enero de 1997.

Igualmente, como uno de los arquitectos de la Constitución de 1961, Caldera había advertido que no se podía convocar a una Constituyente sin antes reformarla; que ello sería un golpe de estado, que produciría la ruptura del orden constitucional: «Cualquier camino que no sea el previsto por la Constitución rompería el ordenamiento jurídico, y establecería un precedente cuyas consecuencias recaerían gravemente sobre sus actores, sobre sus ejecutores, sobre sus realizadores»: La reforma a la constitución: una salida democrática (1992).

Tampoco fue escuchado.

Al llegar 1999 y se le facilita a Chávez su proyecto Constituyente, Rafael Caldera es una de las pocas figuras políticas de peso en el país que se opuso públicamente: «No se da razón del Proyecto de Constitución a que se aspira, pero sí se insiste en querer colocar en manos de un centenar de representantes la potestad de disolver los órganos del Poder legalmente constituidos y se insiste en el propósito de eliminar la no reelección inmediata y el apoliticismo de las Fuerzas Armadas, que tanto han significado y significan en la historia política de Venezuela y de toda la América Latina», dijo en una carta publicada en los medios de comunicación. Nuevamente no fue escuchado y Chávez lo calificó de «desfasado».

Todo esto se olvida, y quienes están detrás de estas campañas, lo que pretenden es convertir a Rafael Caldera en el «chivo expiatorio» de una culpa colectiva; cuando el camino de la reconstrucción del país empieza por reconocer todos, humildemente, nuestras culpas, en el proceso que nos llevó a perder nuestra democracia. Comprender y aceptar nuestros errores es fundamental para no volver a repetirlos.

  1. «Se sumió en una depresión prolongada, [Se refiere al país] una crisis que se dilató durante más de una década y prácticamente duplicó el índice de pobreza. Y como es natural, el descontento creció entre la población venezolana». (p. 26)

Dejo para última una observación sobre la explicación que se hace del proceso de deterioro de la democracia venezolana. Lo hago así porque me parece muy importante el que se estudie a fondo este tema.

Muchos analistas diferencian los tres primeros quinquenios de la democracia (1959-1974) de lo que ocurrió a partir de la primera bonanza petrolera, cuyo mal manejo triplicó la burocracia, quintuplicó la deuda y dio entrada formal a la inflación en el país. También la corrupción apareció en los más altos niveles de la administración pública. Se instauró, además, una mentalidad de excesos en el comportamiento del venezolano, propia de nuevos ricos dentro de lo que se publicitó como «la Gran Venezuela» y que otros llamaron «la Venezuela Saudita».

En su alocución de año nuevo, el 1 de enero de 1974, Rafael Caldera, justo antes de entregar el gobierno a su sucesor, Carlos Andrés Pérez, dice:

«El país entra en un auge económico sin precedentes (…) Los ingresos adicionales estimados para 1974, después de cubrir la suma de quince mil millones, a que en cifras redondas monta el presupuesto sancionado, han sido conservadoramente estimados en más de veintisiete mil millones de bolívares. Esto abre, sin duda, una oportunidad singular. (...) El saldo de la deuda pública se sitúa para el 31 de diciembre de 1973 en unos siete mil cien millones de bolívares, (...) con sólo una fracción de los ingresos adicionales que obtendrá la República en este mismo año 1974 podrían cancelarse totalmente esas obligaciones externas e internas...». (Mensaje de Año Nuevo 1974: «En Venezuela se ha logrado la paz»).

También es necesario considerar, en este análisis, el deterioro de la administración de justicia, pilar fundamental del Estado de Derecho, y que a mi juicio comenzó en 1969 con la creación por el Congreso Nacional del Consejo de la Judicatura. Rafael Caldera vetó esta ley y fue la única vez en que el veto presidencial llegó a la Corte Suprema de Justicia, donde perdió 8 votos a 7. El presidente acató el veredicto de la Corte, aunque no le favoreciera y le pareciera inconveniente para el país. Tiempo después, actores de la entonces Oposición admitieron que el poder judicial se partidizó, y sus fallas se convirtieron en uno de los temas centrales del proceso de reforma constitucional. Un rápido recuento lo hace Caldera en este artículo de opinión: La administración de justicia.

Más amplio, sobre este tema: Rafael Caldera y su veto a la creación del Consejo de la Judicatura.

Que, ¿cómo murió la democracia venezolana?, debería ser materia de un estudio profundo, objetivo y bien fundamentado; indispensable para la difícil tarea de reconstruir el país. Cuando soy invitado a universidades a conversar con estudiantes, la pregunta central que éstos me hacen es ¿cómo llegamos a esto? Como venezolano comprometido con la tarea de reencontrarnos con el país democrático que tuvimos, creo fundamental el tener claridad sobre el proceso que nos llevó a permitir que Hugo Chávez tuviera carta blanca para destruir nuestras instituciones.

Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba y Rafael Caldera, constructores de la única democracia que tuvimos en Venezuela, tenían muy claro que, sin una gran clase media, ésta no tendría sostenibilidad en el tiempo. Por eso, es concluyente que en los tres primeros gobiernos de la democracia la clase media creció y hubo un acelerado proceso de movilidad social en el país, como producto de la inversión hecha en educación, salud e infraestructura, dentro de un cuadro de alto crecimiento económico (5% promedio, con picos de hasta el 7%) y baja inflación (un dígito anual).

Paradójicamente, después de la primera bonanza petrolera, se le dio «visa de residente» a la inflación, y decisiones difícilmente reversibles, como la magnificación de la deuda pública y de la burocracia, marcaron un camino de marchas y contra-marchas en los años subsiguientes. Un malestar creciente en la clase media venezolana por su declinante poder de superación, aunado al deterioro de la imagen del liderazgo político y de la administración de justicia, por los excesos y la corrupción, fueron abriendo camino a la anti-política, las salidas mesiánicas, y a la sombra del militarismo, que siempre pendió como una espada de Damocles sobre la democracia venezolana.

Triste el momento en que el liderazgo del país como un todo, no sólo el político e institucional, sino el empresarial, sindical y comunicacional, no supo defender en 1999 el proyecto iniciado con el pacto de Puntofijo en 1958, cuya arquitectura jurídica se reflejó en la Constitución de mayor duración en la historia republicana de nuestro país. Veinte años después, esperemos que la lección haya sido aprendida.

Nada mejor para la tarea de restablecerla, con visión de perdurabilidad en el tiempo, que acudir a los conceptos de los constructores de la única democracia que hemos tenido: la idea del pluralismo, dentro de un Estado de Derecho que garantice la libertad y los derechos humanos, no es suficiente, mientras exista una gran parte de la población sin acceso a la educación, salud, vivienda, servicios y recreación. Sin una gran clase media, educada y sana, la democracia no se sostendrá en el tiempo.

De esos constructores vale también la pena rescatar el concepto de que la confianza del pueblo en sus líderes depende de que éstos sujeten su actuación a normas éticas, a que procedan con honestidad en su vida pública y privada, y a que den ejemplo de austeridad y decencia.

Caracas, enero de 2019.


[AUDIO Y VIDEO] Y Así Nos Va del #25Abr (Entrevista a Andrés Caldera Pietri)

En el programa del 25 de abril de 2018, los cabilleros Daniel Lara y Nehomar Hernández inician conversando sobre las protestas y represión que ocurren en el estado Zulia a causa de los apagones.

En el segundo bloque, tienen a Andrés Caldera Pietri, hijo del ex-presidente Rafael Caldera y ex ministro de la Secretaría de la Presidencia, quién viene a responder los comentarios que le atribuyen sobre su moral la opinión pública, además de hablar sobre la importancia de su padre para el país, el legado de COPEI para la república civil y la labor que viene haciendo la Fundación Tomás Liscano para el rescate de la memoria histórica sobre los períodos presidenciales y legado de Rafael Caldera.

VIDEO

https://www.youtube.com/watch?v=fq1n8CuHSj0


2018. Febrero 21: A casa llena foro en la UCV, «Del Militarismo a la Libertad»

Rafael Tomás Caldera durante su intervención en el foro «Del Militarismo a la Libertad».

A casa llena foro «Del Militarismo a la Libertad»

En el evento se presentó el libro Rafael Caldera, jurista integral (2017), el cual reúne trabajos de los doctores Alfredo Morles Hernández, Tulio Álvarez y del historiador Gehard Cartay

 

El pasado miércoles 21 de febrero, en la Sala Francisco de Miranda de la Universidad Central de Venezuela, tuvo lugar el foro «Del Militarismo a la Libertad», preparado por la cátedra de Derecho Constitucional de esa casa de estudios. El mismo contó con la participación del filósofo Rafael Tomás Caldera, quien disertó sobre la lección de la «República Civil» y su capacidad para construir instituciones en libertad.

Seguidamente, el constitucionalista Tulio Álvarez remontó sus palabras desde los inicios de la república hasta la Constitución de 1961 y alegó el rol fundamental de Rómulo Betancourt y Rafael Caldera en la construcción democrática. También diferenció la institución militar de la corriente militarista.

Posterior a ello, el historiador Gehard Cartay alertó sobre los «fantasmas» del militarismo en la Venezuela actual, los cuales –a su juicio– han desconocido el estado de derecho que imperaba en Venezuela.

El acto finalizó con la participación de los asistentes, entre las que destacan las palabras del vicealmirante (r) Jesús Enrique Briceño García y del profesor de Derecho Constitucional, Nelson Chitty La Roche.

 

 

Para descargar en PDF «El problema de nuestra forma política», de Rafael Tomás Caldera, hacer click en este enlace

 

A continuación, presentamos en video las tres ponencias del foro:

 

Rafael Tomás Caldera

https://www.youtube.com/watch?v=td1Z4y-6K94&t=1055s

 

Tulio Álvarez

https://www.youtube.com/watch?v=-OeKTGFbKIw&t=3s

 

Gehard Cartay

https://www.youtube.com/watch?v=c-3j5wQ1q_o&t=4s

 

 


#Opinión El chivo expiatorio - Andrés Caldera Pietri

El chivo expiatorio

Por Andrés Caldera Pietri

A lo largo de estos años, mucha gente se ha hecho eco de una campaña dirigida a hacer culpable a Rafael Caldera de todos los males que hoy vive el país, por haber liberado a Hugo Chávez. Caldera le dio la libertad a Chávez, pero no lo hizo presidente.

Si pensamos en el futuro, nada peor que distorsionar nuestra historia contemporánea:

1- En 1994, Rafael Caldera culmina un proceso de pacificación militar iniciado por los Presidentes Carlos Andrés Pérez y Ramón J. Velázquez, quienes habían sobreseído la mayoría de los juicios a los militares responsables de los alzamientos del 4F y 27N de 1992. La aspiración de todos ellos era ser reincorporados a las Fuerzas Armadas. Para ese momento, sólo quedaban en prisión y en el exilio los dirigentes de esos movimientos, a los que mayoritariamente la comunidad venezolana, comenzando por los ex candidatos presidenciales Claudio Fermín, Oswaldo Álvarez Paz y Andrés Velásquez, la Conferencia Episcopal y el Congreso de la República –donde ya se había introducido una Ley de amnistía para liberarlos- pedía les fueran otorgadas iguales medidas de gracia. Más aún en el caso de Hugo Chávez, quien había llamado a la rendición de las armas.

La opinión pública estaba tan a favor de los alzados que, habiéndose declarado éstos en rebeldía, habían transcurrido dos años y los juicios no  habían avanzado. Si no, ¿por qué no fueron condenados durante el año y medio en que CAP todavía era presidente, siendo víctima de los alzamientos?  Como condición para otorgarles el sobreseimiento, Caldera les exigió pedir la baja de la vida militar a quienes tenían ambiciones políticas. Algunos preguntan, ¿por qué no los inhabilitó? No están informados que, bajo la Constitución del 61, el Presidente no tenía facultades para inhabilitar a nadie.

2- Hugo Chávez salió de la cárcel y pasó cuatro años en el 4% de las encuestas, donde todavía estaba en diciembre de 1997, es decir, apenas un año antes de las elecciones de 1998 (cito al Presidente de Datanálisis, Luis Vicente León, en un artículo suyo en El Universal en 2013: «… en diciembre de 1997, las encuestas mostraban una favorita para ganar la elección: Irene Sáez, mientras Hugo Chávez contaba apenas con 4% de disposición de voto…»).  Elites dirigentes y sectores muy poderosos del país -que originalmente estuvieron detrás de la candidatura de Irene- apoyaron la de Chávez, convirtiéndolo, con el voto mayoritario de los venezolanos, en el triunfador de esa elección.

3- En 1999, ante la propuesta de la Asamblea Constituyente –a la que se opuso Caldera por haber sido convocada sin antes reformar la Constitución de 1961– esas mismas élites, no sólo aceptaron la ruptura del orden constitucional, avalada por la Sala Político-Administrativa de la Corte Suprema de Justicia, sino también la implementación de un sistema de elección que le dio a Chávez, con el 35% de los votos, el control del 96% de la Constituyente. Allí comenzó la depredación de la institucionalidad democrática venezolana.

En su primer gobierno, Caldera hizo uso del perdón para incorporar a la vida democrática a los dirigentes de la guerrilla armada. Como gobernante cristiano, Caldera también perdonó a su carcelero, Miguel Silvio Sanz. No son pocos quienes piensan que la pacificación fue fundamental para la estabilidad y el progreso de Venezuela.

En su segundo gobierno, la pacificación militar logró, frente a la fractura que existía en las Fuerzas Armadas, que en el quinquenio 1994-99 no hubiera un solo intento de alzamiento militar, pese a los reiterados llamamientos de Chávez a la insurrección; a la gigantesca crisis  financiera heredada de CAP II-Tinoco; y a los bajos precios del petróleo.

En 1997, la economía se estabilizó, creció y la inflación comenzó a bajar, gracias al plan Sosa, la apertura petrolera y la agenda Venezuela.  Se firmó el acuerdo tripartito para las reformas laborales y la seguridad social, largamente esperado en el país, y abortado por el gobierno que le sucedió.

Rafael Caldera usaba frecuentemente el «mito de Sísifo» para referirse a la tradición venezolana de repetir los errores del pasado. El «chivo expiatorio» es otra tradición muy nuestra para evadir responsabilidades, buscando quien expíe nuestras culpas.

Lo trágico es que ambas no nos permiten crecer, y avanzar.

 

Publicado originalmente por La Patilla el 28 de enero de 2018.


2017. Noviembre 25: Rafael Caldera homenajeado en Lima por sus aportes al Derecho Laboral

Los días 22, 23 y 24 de noviembre de 2017 se realizó en Lima el Congreso Internacional de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social, en homenaje a Rafael Caldera.

Rafael Caldera homenajeado en Lima

Mireya y Cecilia Caldera Pietri viajaron a Lima, invitadas por la Asociación Iberoamericana del Derecho del Trabajo y la Seguridad Social «Guillermo Cabanellas», organizadores del Congreso Internacional de Derecho del Trabajo y la Seguridad Social que se celebró los días 22,23 y 24 de noviembre en la sede del Colegio de Abogados de Lima, en homenaje a Rafael Caldera. 

Ellas recibieron la orden «Justicia Social», otorgada a Caldera post-morten, «por su brillante trayectoria académica, jurídica y científica en el Derecho del Trabajo y la Seguridad Social». 

En este Congreso, fueron muchas las referencias a la influencia de Rafael Caldera en el Derecho del Trabajo en Latinoamérica. Al destacar su contribución en las aulas, textos y participación activa en esta rama del Derecho, lo confirmaron como una referencia obligada para quien tenga interés en la materia.

Mireya, en sus palabras, al agradecer el homenaje, se refirió al valor humano del trabajo y la necesidad de crear una civilización del trabajo: «Esta afirmación de lo humano debe cumplirse luego con mayor razón en el establecimiento de condiciones adecuadas en la convivencia, en la actividad social y en la vida de cada persona. Parte de lo que amenaza con trastornar el orden humano es hoy el énfasis inmoderado en el consumo, esa multiplicación de lo superfluo, la incesante creación de necesidades».

En las jornadas también se presentó la obra «El Salario», del abogado Teodosio Palomino, la cual está dedicada a Rafael Caldera.

Entre los participantes que tomaron la palabra estuvieron: Pedro M. .Angulo Arana, Presidente del Colegio de Abogados de Lima; Manuela García Cochagne, ex ministra del Trabajo del Perú; Iván Campero Villanueva, Presidente de la Asociación Iberoamericana del Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social; Jesús Rodríguez Cebreros, Catedrático de la Universidad Autónoma de Bajo California, México; Cora Sara Macoretta, de la Pontificia Universidad Católica Argentina; Jorge Rondón Vásquez, Profesor Emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Perú; Augusto Valenzuela Herrera, Presidente del Consejo Consultivo de la Asociación Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social «Guillermo Cabanellas» con sede en Guatemala; Estela Lazzari, representante del Poder Judicial de la Provincia de San Luis, Argentina; Francisco Pérez-Amoros, Catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, España; Domingo Sávio Zainaghi, Presidente del Consejo Consultivo de la Asociación Iberoamericana de Derecho del Trabajo y de la Seguridad Social «Guillermo Cabanellas» con sede en Brasil; Augusto Ferrero Costa, miembro del Tribunal Constitucional del Perú;y Teodosio Palomino, autor del libro «El Salario», presentado en el acto y también en homenaje a Caldera.

Palomino, en sus palabras, afirmó que «al Dr. Rafael Caldera no solamente lo reconocían y lo respetaban en todas las latitudes, como a un símbolo de la Política Social iluminado, sino también, por haber aportado, contribuido y dejado huellas indelebles a las ciencias jurídico-laborales en beneficio de la sociedad e integración de nuestros países». Se refirió a Caldera como: «un jurista sobresaliente, un orador brillante y profundo, un politólogo cuyo renombre sobrepasó los linderos de América por la sencillez filosófica de sus ideas, por la comprensión y amplitud de sus conceptos y aptitudes y su permanente actualidad». 

Palabras de Mireya Caldera Pietri

Mireya Caldera Pietri en la sede del Colegio de Abogados de Lima, en representación de la familia. Lima, 24 de noviembre de 2017.

Doctor Teodosio Palomino,

Queridos amigos:

Volver a Lima, adonde vine por primera vez con mis padres, en plena juventud, es ocasión de recordar tantos momentos buenos, llenos de esperanza en el porvenir de nuestros países; y de sentir de nuevo el encanto de la ciudad virreinal, con la acendrada cortesía peruana. Para una venezolana, la magia de Lima supera cualquier expectativa. No en vano la sintió muy hondamente el Libertador Bolívar. Volver hoy, invitada gentilmente por el destacado laboralista Teodosio Palomino, quien al presentar su libro sobre El salario quiere rendir especial homenaje a mi padre, ha hecho de esta visita un regalo que he de atesorar en mi recuerdo y agradecer siempre.

Obligada, por así decir, a dirigirles algunas palabras en nombre de nuestra familia, quisiera aportar, con mis saludos y la manifiestación de nuestra gratitud, algunas reflexiones en la escuela de mi padre, Rafael Caldera.

1

En su estupendo estudio sobre Rafael Caldera y el Derecho del Trabajo, María del Rosario Bernardoni recoge una anécdota narrada por el malogrado laboralista uruguayo Oscar Ermida Uriarte, donde se refleja la preocupación activa de Caldera por la situación del derecho laboral. Dice Ermida: «Corría el año 1995, Rafael Caldera inauguraba su segunda Presidencia y realizaba una visita oficial a Uruguay. En ese marco invitó a quienes calificó como «un grupo de amigos» a un desayuno privado en la residencia del embajador de Venezuela en Montevideo, donde se hospedaba. Éramos siete u ocho los invitados, entre los que recuerdo a Arturo Ardao, Adolfo Gelsi Bidart y cinco «juslaboralistas»: Américo Plá Rodríguez, Héctor-Hugo Barbagelata, Oswaldo Mantero y yo, que era por mucho el más joven y me sentía como un «infiltrado» en una reunión de viejos amigos de edad y posición venerables. Fui atento observador, no actor. La «velada matutina» comenzó con previsibles preguntas políticas que los invitados formulaban a Caldera, sobre Venezuela, Uruguay, América y el mundo (¿de qué otra cosa se iba a hablar con un dos veces Presidente y Senador de una nación importante?). Pero al cabo de unos veinte minutos en ese tren, Caldera cambió bruscamente de tema: «Mis amigos: lo que a mí me preocupa más es lo que está pasando con el Derecho del Trabajo. Hay una ofensiva mundial contra el Derecho Laboral. ¿Qué dicen ustedes? A partir de ese momento, por una hora y media, por lo menos, no se habló más que de flexibilidad, desregulación y otros asuntos del Derecho del Trabajo. Desde entonces guardo para mí este testimonio que, más allá —o más acá— de las discrepancias jurídicas y políticas que pueda tener con Caldera, lo erigieron —al menos ante mis ojos—, en un «juslaboralista» a carta cabal. Un hombre político de primerísimo nivel, que quería robarle unas horas a sus deberes de Estado para conversar privadamente con amigos y colegas no políticos, sobre el peligro que se cernía sobre el Derecho laboral».[1]

Preocupaban a mi padre, siempre atento a la evolución de las sociedades, las amenazas que se cernían sobre el Derecho del Trabajo. Por una parte, de manera muy clara, la desregulación que, con el argumento de hacer más flexibles las condiciones del trabajo en las empresas, confunde las cosas y retrocede en lo que han sido verdaderas conquistas en la humanización de la vida. Es ese liberalismo que, como ha sido señalado[2], pone a competir las legislaciones en lugar de las empresas. Desde luego es lógico y puede ser necesario que se busque tener flexibilidad en un mundo en el cual los cambios tecnológicos se suceden a ritmo casi vertiginoso. Pero no podemos perder de vista el valor humano del trabajo, a lo cual quiero referirme un poco más adelante.

Por otra parte, la automación, con el componente —cada vez mayor— de lo que se ha llamado «inteligencia artificial», amenaza la estabilidad del trabajo tal como se ha concebido hasta ahora, después de la Revolución Industrial. Son enormes las inversiones que se hacen en China, en Rusia, en Silicon Valley para desarrollar las máquinas autónomas que deben remplazar al hombre en muchas de las tareas que hoy por hoy realiza. Es una tendencia, quizás irreversible, que obliga a considerar el problema con mucha atención y explica en parte lo que se ha traducido como verdadera amenaza al Derecho del Trabajo, objeto de la conversación en el desayuno evocado.

Parte de los asistentes al evento en la sede del Colegio de Abogados de Lima.

2

Pero el trabajo no puede ser considerado como un simple medio para asegurar la subsistencia propia y de los nuestros. Cuando hablamos del valor humano del trabajo y, en la base, del derecho al trabajo y el deber de trabajar —con la solidaridad que nos hace a todos responsables de todos, como diría san Juan Pablo II[3]—, consideramos esa actividad humana, acto de la persona, sin la cual no se desarrolla el ser humano, no madura en su responsabilidad ante Dios, ante sí mismo y ante la sociedad.

La parábola evangélica de los talentos[4] ha sido siempre enseñanza elocuente. Con la vida, hemos recibido capacidades para dar fruto —en conocimiento, convivencia, transformación del mundo—. Son alabados y recompensados los que supieron poner empeño en su actividad; es reprobado aquel que, por cálculo, mezcla de temor y de pereza, se limitó a no perder lo recibido.

3

Rafael Caldera defenderá siempre este valor humano del trabajo. Con ello, el derecho al trabajo y, por consiguiente, la regulación jurídica de la relación laboral, el Derecho del Trabajo. Escribía en su libro Especificidad de la Democracia Cristiana[5]:

Sabemos que en la mayoría de los pueblos existen grandes contingentes humanos marginados del orden social, que no disfrutan de los elementos indispensables para una vida humana, y que no pueden realizar, ni siquiera en medida precaria, las aspiraciones inherentes a la dignidad de su propia persona. Estos marginados carecen de trabajo, que es el elemento fundamental de la organización social. Y al no tener acceso al trabajo, no lo tienen tampoco, a través del trabajo, a otros bienes que la sociedad puede y debe permitirles lograr: alimentación, vestido, vivienda, es decir, las necesidades primarias del orden económico; mas también educación, salud, recreación sana y posibilidad de progresar y mejorar. Estos marginados dentro de cada sociedad constituyen un testimonio permanente que hiere las conciencias acerca de la injusticia del orden social establecido. La situación se agrava y se hace más patente y dura, si se traslada de la escala nacional a la escala mundial.

En la misma obra, verdadero compendio de su pensamiento político, había explicado el valor del trabajo en la concepción social de los movimientos demócrata cristianos, a los cuales consagró su lucha[6]:

Para el movimiento inspirado por la Democracia Cristiana —dice—, el trabajo constituye valor esencial de la sociedad. Esto arranca de los textos, pero especialmente de un hecho histórico de rotundidad inconmovible: si los fundadores de todas las grandes religiones pertenecieron en una forma u otra a las clases o grupos más importantes de la sociedad, al cristianismo lo fundó un humilde trabajador. Moisés, aunque de origen desconocido para la sociedad egipcia, fue educado en la corte del Faraón. Mahoma era un gran conductor militar. Buda, un príncipe. Confucio, un filósofo. El cristianismo tuvo su fundador en un obrero, un trabajador manual. No hay en los textos sagrados nada que califique a Cristo siquiera como un artista en el ramo de la ebanistería. Al presentarlo como carpintero, lo señalan como un trabajador no calificado; tanto es así, que cuando va a su región natal, lo consideran poco autorizado para pronunciar discursos y dirigir exhortaciones al pueblo. Cuando predica, dicen: «pero, ¿no es este el carpintero, el hijo del artesano?». Sus propios familiares lo consideran impreparado para la función de maestro. Por otra parte, la religión cristiana es, al mismo tiempo, la única de las grandes religiones en la que el fundador es no solamente un intermediario entre la divinidad y los hombres, sino la divinidad misma. Participa de la naturaleza divina. No es un simple enviado; es, dentro del dogma, el mismo Dios. Y esto constituye un hecho histórico de tal magnitud que nos cuesta trabajo imaginarnos en toda su proporción lo que significaría para la sociedad antigua el prestar adhesión a este credo religioso, cuyo inspirador no era solo un obrero manual, es decir, un representante de una clase social a la que no se le reconocía igualdad de derechos, capacidad y posibilidades, sino que ese obrero manual era, precisamente, una de las Tres Personas de la Divinidad.

Sin embargo, la proclamación del trabajo como valor fundamental, a pesar de ser, quizás, el elemento histórico más importante de la gran revolución que implicó el cristianismo, se desconoce y se deforma a través de los tiempos. Y llega a ser inconcebible para nosotros que, después de veinte siglos de vida cristiana, en los países cristianos esté por dársele verdadera vigencia al principio de la dignidad del trabajo.

Rafael Caldera recibió la orden «Justicia Social» post-morten, «por su brillante trayectoria académica, jurídica y científica en el Derecho del Trabajo y la Seguridad Social».

4

Ante las transformaciones actuales, pienso que mi padre estaría en honda meditación y no vacilaría en afirmar con un texto del magisterio pontificio[7]:

De este modo, la solución para la mayor parte de los gravísimos problemas de la miseria se encuentra en la promoción de una verdadera civilización del trabajo. En cierta manera, el trabajo es la clave de toda la cuestión social (…) Unas relaciones de trabajo justas prefigurarán un sistema de comunidad política apto a favorecer el desarrollo integral de toda la persona humana.

La situación contemporánea, en efecto, y las tendencias que pueden marcar nuestro futuro hacen más necesario, quizás urgente, el planteamiento de una verdadera civilización del trabajo.

En todo tiempo, la finalidad del esfuerzo civilizatorio ha sido la afirmación de lo humano: ante el desafío de los elementos naturales, en primer término y —hay que decirlo— también de manera constante, como hemos visto en esta última temporada de catástrofes provocadas por huracanes o movimientos sísmicos.

Esa afirmación de lo humano debe cumplirse luego con mayor razón en el establecimiento de condiciones adecuadas en la convivencia, en la actividad social y en la vida de cada persona. Parte de lo que amenaza con trastornar el orden humano es hoy el énfasis inmoderado en el consumo, esa multiplicación de lo superfluo, la incesante creación de necesidades.

El empobrecimiento interior a que conduce se manifiesta en una desmesurada atención a las diversiones y el entretenimiento. La sociedad de consumo es una sociedad volcada a los juegos, los espectáculos, la distracción continua a través de los medios de comunicación y las redes sociales. Eso hace difícil la vida democrática, puesto que socava el sentido de responsabilidad ciudadana y abre la puerta a nuevas manipulaciones, muy eficaces a corto plazo pero incapaces de construir un orden social justo y estable.

Al mismo tiempo, no conduce al desarrollo económico y social de los pueblos. La inclinación al consumo no se ocupa de modo directo en aliviar la miseria, abrir nuevas oportunidades a la gente, impulsar los cambios necesarios para crear sociedades más humanas. Es cierto que toda elevación en el producto interno de las naciones repercute de algún modo en una mejoría de las condiciones de vida. Pero la creación de riqueza sin atender a la justicia social genera cada día mayores desigualdades y produce el que se concentren en muy pocas manos ingentes recursos.

5

El trabajo, todo trabajo, es manifestación de la eminente dignidad del ser humano. A través del trabajo no solo se puede implantar un orden humano en el medio ambiente sino que cada uno desarrolla sus cualidades personales. Signo claro de madurez es así la capacidad de producir obras que acrecienten el patrimonio de todos en una sociedad.

La automación permitirá liberar muchas energías, que podrán emplearse entonces en servicios para enriquecer y hacer más humana la convivencia. Nada de eso será posible, sin embargo, si no se afirma de modo inequívoco el valor de la persona y, con ello, el valor intrínseco —no tan solo utilitario— de su actividad laboral.

En cierta manera, el punto de referencia más claro y sólido al respecto lo aporta nuestra fe cristiana. Al concluir mis palabras, con profundo agradecimiento por este homenaje, permítanme citar de nuevo unas inspiradas líneas de mi padre[8]:

A la entrada del austero edificio que en Ginebra ha servido de sede a la Oficina Internacional del Trabajo, hay un mural inmenso. Fue regalado por la Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos. Es una representación de las profesiones más diversas, alrededor de Cristo obrero.

Tal es el símbolo del concepto cristiano del trabajo, cuya realización cabal es premisa para la reorganización del mundo. Han transcurrido veinte siglos desde que Cristo vino, y la poderosa indiferencia de quienes no saben mirar hacia arriba ha opuesto innumerables obstáculos a la verificación de aquella idea. Pero al ver, allí donde se reúnen los representantes de los gobiernos y de las fuerzas vivas de los más lejanos continentes, la figura de Cristo obrero (figura de Dios hecho hombre, no en carne de filósofo o guerrero, sino en carne de trabajador), es imposible no experimentar una sana sensación de optimismo.

Pensando en Cristo carpintero se enaltece el papel de quienes por su oficio de trabajadores manuales pueden llamarle «compañero». Meditando en las largas horas que pasó encorvado sobre el banco de carpintería, no cuesta mucho comprender la dignidad humano-divina del trabajo. Y a los labios aflora, guardando como fondo en la conciencia la sublime poesía social envuelta en el Sermón de la Montaña, una bienaventuranza más. La bienaventuranza implícita. La bienaventuranza del trabajo.

«Bienaventurados los obreros, porque ellos son compañeros de Cristo».

Muchas gracias.

[1] Ver Rafael Caldera, Derecho al trabajo, Carcas, Cyngular, 2017, pp. 177-178.

[2] Cf. Alain Supiot, El esopiritu de Filadelfia (La justicia social frente al mercado total), Barcelona, Península, 2011.

[3] Cf. Sollicitudo rei socialis, n. 38.

[4] Cf. Mt 25, 14-30; Lc 19, 11-28.

[5] Especificidad de la Democracia Cristiana, Caracas, Dimensiones, 10ª edición 1987, pp. 111-112.

[6] Ibíd., pp. 94-96.

[7] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción sobre Libertad cristiana y liberación, 1983, n. 83

[8] Rafael Caldera, Moldes para la fragua, Caracas, Dimensiones, 3ª edición 1980, pp. 430-431.


Óscar Yanes entrevista a Rafael Caldera (1976)

«Mi vocación no era ser Presidente»

Entrevista realizada por Óscar Yanes, en calidad de Director de la Revista «Bohemia», el 12 de enero de 1976.

Rafael Caldera no había cumplido treinta años cuando fundó COPEI. Sin embargo, pese a su juventud, ya tenía un largo historial político. Cuando asumió la sub dirección de la Oficina Nacional del Trabajo no tenía veinte años. El Ministro del Interior, Diógenes Escalante, apenado, trató de explicarle al joven Caldera que no podía ser Director por razones de edad. Caldera aceptó las disculpas, pero lo que quizás no supo nunca el Ministro del General López Contreras es que aquel muchacho estaba dispuesto a trabajar en la oficina hasta de escribiente, porque ya para entonces el doctor Rafael Caldera quería forjar un nuevo Derecho Social en Venezuela.

El mismo entusiasmo y la misma fuerza de voluntad que dedicó al Derecho del Trabajo se lo dedicó a la política y nació COPEI. Mantener una organización política no es fácil. Los partidos se parecen un poco a los periódicos. Editar es relativamente sencillo, pero que el diario se mantenga, haga, y forme parte de la opinión pública es muy difícil. Lo mismo ocurre con los partidos. Grandes figuras han fracasado en esta empresa. Hoy, el doctor Rafael Caldera se siente orgulloso de COPEI. Es su hijo mayor, su hermano y amigo.

Sin mucho preámbulo comenzó la conversación con el ex Presidente.

La Democracia Cristiana

Óscar Yanes (ÓY): En Venezuela van a celebrarse el 13 de enero los treinta años de la fundación de COPEI. En Europa, los socialcristianos están celebrando treinta años. ¿Cómo explica esa curiosa coincidencia?

Presidente Caldera (RC): Los treinta años de la Democracia Cristiana en Europa guardan estrecha relación con la finalización de la segunda guerra mundial. Destruida Europa Occidental, arruinada no sólo física sino socialmente, la Democracia Cristiana surgió como la fórmula capaz de realizar una labor estupenda de reconstrucción y de renovación moral y material. Países que fueron dominados por el fascismo se convirtieron en democracias, monarquías en repúblicas y centros donde había dominado la opresión se convirtieron en avanzada del progreso social. Ello fue fruto del esfuerzo de los demócratas cristianos, que lanzaron las consignas que estaba reclamando el momento y que además de realizar una gran labor en el interior de sus países tomaron a su cargo la empresa de la unificación de Europa.

En Venezuela, la fundación de COPEI siguió de inmediato a los acontecimientos del 18 de octubre de 1945, que vinieron a romper la antigua correlación de fuerzas y a plantear una nueva situación en el país. Un grupo de jóvenes universitarios que venía desde diez años atrás ensayando las formas de realizar una nueva concepción política, se dieron a la empresa. Los mayores teníamos o íbamos a cumplir treinta años. Nos acompañaba un grupo selecto de venezolanos patriotas simbolizados en el doctor Pedro del Corral, que acababa de cumplir su medio siglo. Pero la coincidencia no deja de tener cierto carácter que me atrevería a llamar providencial. Justamente en estos mismos días está cumpliendo treinta años la gran revista de pensamiento demócrata-cristiano chileno Política y Espíritu, por cierto, recientemente suspendida por el gobierno militar.

Es que la Democracia Cristiana surge como una respuesta al escepticismo que sobre la democracia misma habían despertado los totalitarismos de izquierda y de derecha a partir de la revolución rusa en 1917 y de la revolución fascista en Italia en 1923. El mensaje maritainiano había prendido en el alma de jóvenes generaciones, de maduros conductores y de grandes contingentes populares. Una democracia renovada, centrada en la filosofía cristiana y basada en la dignidad de la persona humana, fue la respuesta al desconcierto y a la crisis espiritual que entonces vivía la humanidad. En Venezuela, nuestra línea fue la de apoyar todos los aspectos positivos de la revolución iniciada el 18 de octubre, exigiendo al mismo tiempo el cumplimiento de los compromisos que sus dirigentes habían contraído con el pueblo y reclamando el respeto al pluralismo ideológico como base de la convivencia y de la estabilidad democrática. Sin que hubiera habido ningún contacto, es lo mismo que los demócrata-cristianos exigían en Europa.

Nuevas formas

(ÓY): Los nuevos planteamientos que se hace el hombre de hoy y que han afectado evidentemente al marxismo y a la socialdemocracia ¿no imponen también una revisión filosófica al socialcristianismo?

(RC): Sin duda. La humanidad avanza y, en algunos aspectos, vertiginosamente. El progreso tecnológico plantea inquietudes de una dimensión inimaginada al hombre actual. La concentración urbana hace surgir nuevas formas de vida, que no encajan dentro de las estructuras tradicionales de la ciudad, y provocan una serie de situaciones que demanda urgente respuesta. Por otra parte, los pueblos exigen con rapidez la solución de sus problemas más graves y la conciencia de solidaridad universal reclama que no existan pueblos marginados ni sectores marginados. Todo ello requiere nuevas soluciones, pero éstas deben basarse en los principios inmanentes de la dignidad del hombre, de la libertad como base para el progreso y de las instituciones como fundamento del orden social.

Hay muchas semejanzas entre los que encontró hace treinta años, en 1945. Fundamentalmente, hay una duda en grandes sectores populares acerca de la democracia. A esta duda hay que contestar con afirmación optimista, con fortalecimiento de actitudes y principios y por ello creo que el papel de la Democracia Cristiana para ganar el destino de la humanidad en este momento es comparable al que asumió y cumplió con gran éxito treinta años atrás.

Los «peces rojos»

(ÓY): A raíz de la muerte de Gómez los jóvenes socialcristianos eran muchas veces llamados fascistas o falangistas, hoy se les dice en algunas ocasiones comunistas, ¿qué es lo que ocurre con el socialcristianismo y la opinión pública, para que se le califique siempre de modo muy extremista?

(RC): La lucha de la Democracia Cristiana contra las estructuras actuales en pos de la justicia social, hace que muchas veces se le haya señalado con calificativos que tratan de ubicarlos en los cuadros de la extrema izquierda. Un conservador colombiano dijo una vez que nosotros éramos «peces rojos nadando en agua bendita». Por otra parte, nuestra defensa de la libertad, del primado del espíritu sobre los intereses materiales, nuestra afirmación filosófica ante la concepción materialista de la historia, hace que en los cuadros dialécticos de éste se nos haya confundido muchas veces con los movimientos de fuerza que bajo la denominación común de fascismo y con un signo totalitario hicieron frente a la avanzada comunista en Europa y en otros países. Yo creo que la mejor definición de la Democracia Cristiana está en ambas críticas, ya que tiene una posición propia que inevitablemente choca con el conservadurismo de unos y con el dogmatismo revolucionario de los otros.

No hay justificación para Gómez

(ÓY): ¿Qué recuerdos y reflexiones le despierta la dictadura de Juan Vicente Gómez?

(RC): Es curioso que en la actualidad, a los cuarenta años de fallecido el gobernante de más prolongado ejercicio autocrático en el país, haya ciertas tendencias por justificarlo, o por lo menos explicarlo. Yo entiendo que se le explique, en razón de una serie de circunstancias históricas, pero no estoy de acuerdo en que se justifiquen sus acciones y orientaciones. Pertenezco a una generación que nació cuando el general Gómez llevaba varios años mandando y que cuando éste falleció en el ejercicio del poder, ya se iba a constituir en una generación adulta.

He estudiado con objetividad los resultados de aquella prolongada dictadura, y sin poder negar algunos aspectos positivos que indiscutiblemente tiene, puedo asegurar que los resultados fueron dramáticamente negativos. Basta observar las cifras de analfabetismo, el bajo índice de educación a todos los niveles, el estancamiento y retroceso de la educación universitaria, para que pueda formarse un concepto de la postración en que Venezuela se encontró entonces. Como muchos otros muchachos de 20 años, saludé emocionado con el año 1936, los albores de una nueva época. Recibí con veneración a las figuras que se habían convertido casi en míticas, a través de la trasmisión oral de sus gestos de resistencia contra la tiranía; sufrí también muchas desilusiones al que ver que no todos revestían la personalidad que suponíamos en ellos. Me encontré con que, dentro de las propias generaciones jóvenes, muchos a quienes consideraba orientados por nobles ideales de renovación democrática, estaban comprometidos con posiciones sectarias que no querían tolerar siquiera ni mucho menos aceptar discrepancias. Por ello, formando parte de un grupo de estudiantes me lancé a una lucha que condujo a la formación de un movimiento y finalmente a la constitución de un partido político. Y pienso, no creo equivocarme, que la participación que me ha tocado en la construcción de este partido político es la parte más importante que podría presentar en el momento en que me exigieran cuenta de los actos de mi vida.

La política no es profesión

(ÓY): Usted, como profesional de la política, ha vivido momentos muy difíciles. ¿Qué es lo que le hace mantener la moral en alto y conservar la serenidad durante estos momentos difíciles?

(RC): Si supiera que nunca he querido admitir ser un profesional de la política. Me explico. Me he entregado a la lucha política en alma, vida y corazón, pero he querido siempre ver la política como deber y no como actividad profesionalizada. Por eso he compartido las intensas horas de trabajo político con labores de investigación o de cátedra o con el ejercicio de mi profesión de abogado. Comprendo que ello constituye un hándicap pero he preferido afrontarlo para sentir que no dependo totalmente de las contingencias de la lucha política. En cuanto a su pregunta, creo que en cierta manera está adelantada la respuesta con lo que acabo de decir. Para quienes ejercen la política como actividad profesional, para quienes ven ella solamente una ciencia o un arte, debe ser muy difícil mantenerse en la posición que se juzga como correcta en momentos en que las dificultades aumentan o en que los resultados se ve que no van a corresponder al esfuerzo. Pero cuando se ejerce la política como deber, cuando se hacen las cosas porque en conciencia se considera que se deben hacer y no se toma como norte de los actos el cálculo de los resultados, entonces se goza de una armonía entre la conciencia y la conducta que es lo que permite mantener alta la moral y conservar la serenidad ante las más delicadas situaciones.

(ÓY): Muchos dicen que usted fue educado y formado para ser Presidente de Venezuela. ¿Cuándo pensó por primera vez en ser Presidente?

(RC): Se ha dicho que todos los venezolanos desde niños, oyen de su madre y de sus parientes la afirmación de que deben ser Presidente de la República. Yo no creo que ello imprima un destino. Mi vocación no era ser Presidente, sino, más bien, ser dirigente, o si se quiere, líder de un movimiento inspirado en una fundamentación filosófica y en una voluntad de servicio. Cuando me lancé por primera vez como candidato presidencial, a la edad de 31 años, para enfrentar a una figura de la talla de Rómulo Gallegos, que me doblaba en edad y que me superaba en credenciales en una forma aplastante, lo hice porque después de ensayar otras fórmulas, llegamos a la conclusión de que una candidatura propia lanzada sin vacilaciones y trabajada sin descanso era lo que podía afianzar la fisonomía del partido ante la vida venezolana.

Tuve la fortuna de competir decorosamente con don Rómulo Gallegos: él con más de 800 mil votos, yo con cerca de 300 mil; y creo que la participación que mi candidatura representó, constituyó un hecho indudablemente favorable para la educación democrática de los venezolanos. Ya después de esta candidatura, el 58, después de que fracasaron los intentos para una candidatura unitaria, fue casi inevitable repetir y hacerlo en un brevísimo plazo porque la campaña propiamente dicha empezó el primero de noviembre y las elecciones se realizaron el 7 de diciembre. El 63, fue cuestión de afirmar el derecho del partido a aspirar a la presidencia: la circunstancia de haber superado en votos a eminentes venezolanos como el doctor Uslar Pietri, el Vicealmirante Larrazábal y el doctor Jóvito Villalba, fue lo que me convirtió en el aspirante calificado para las elecciones del 68, que me llevaron a Miraflores. De allí el que se me hubiere visto como un candidato pertinaz, cuando en realidad mi candidatura fue una necesidad de afirmación y crecimiento de un partido como COPEI que necesitaba fortalecer y clarificar su imagen de una manera diáfana ante la conciencia de Venezuela.

COPEI y la dictadura

(ÓY): ¿Cuál fue a su entender el papel de COPEI durante la dictadura?

(RC): Del 24 de noviembre de 1948 al 23 de enero de 1958 hay que señalar tres etapas diferentes: la primera corresponde a los dos años de presidencia del comandante Delgado Chalbaud. Educado en Francia y deseoso de buscarse, en medio de las dificultades, una solución política a la vida del país. Durante esta época, el papel de COPEI estuvo, por una parte, en tender lazos de comprensión a los antiguos adversarios políticos convertidos en perseguidos por obra del cambio violento en la organización del gobierno y, especialmente, en insistir en la necesidad de buscar una salida institucional, a través de un llamado a elecciones, que culminó, en los mismos días del asesinato de Delgado con la promulgación del Estatuto Electoral. La segunda etapa, correspondió al dificultoso proceso eleccionario, dentro del cual, pese a las circunstancias adversas, se logró una expresión inequívoca y abrumadora de la voluntad popular. Fue este pronunciamiento de la voluntad popular el que llevó al entonces jefe de turno a asumir el poder como lo hizo el 2 de diciembre de 1952.

Del 53 al 58, durante el quinquenio se hizo más dura la represión: se multiplicaron nuestras visitas a las cárceles y nuestra actitud de resistencia cívica, mantuvo en el ánimo público la idea de que estaba vigente el propósito de los venezolanos de reconquistar las libertades. Fuimos un factor de unidad entre las fuerzas democráticas y por ello debo sentirme complacido de que mi breve exilio en Nueva York constituyera la oportunidad para formalizar un entendimiento entre los partidos de oposición, la mayoría de los cuales estaban proscritos, para emprender juntos, de manera armónica, la tarea de restablecer las instituciones democráticas.

El 23 de enero

(ÓY): ¿Cómo definiría usted el espíritu del 23 de enero y cuál fue entonces el papel de su partido?

(RC): Creo que lo fundamental del espíritu del 23 de enero fue el consenso, casi unánime, de los venezolanos, en establecer un sistema de vida democrático. El experimento dictatorial había llevado hasta los sectores tradicionales proclives a sostener los gobiernos de fuerza, a aceptar que la democracia era el sistema de gobierno ideal para Venezuela. Hubo unidad de militares y civiles, de empresarios y trabajadores, de gente de la ciudad y del campo, y esta unidad se afirmó por encima de las diferencias ideológicas de los diversos grupos políticos. Ese consenso fundamental, que fue la base de la institucionalidad generada el 23 de enero del 58, sólo comenzó a fracturarse cuando la experiencia cubana movió a algunos sectores a un tipo de acción directa que pretendía poner al lado las fórmulas que la democracia había establecido y a realizar un proceso que pudiera ser en cierto modo imitación del que se cumplió en aquella nación hermana.

Eso, no obstante, que puede recordarse que el propio comandante Fidel Castro, en el discurso que pronunció en la Cámara de Diputados que yo presidía, cuando nos visitó en 1959, observó que las reivindicaciones populares que la revolución cubana estaba tratando de lograr por medio de las armas, podría Venezuela obtenerlas a través de las instituciones democráticas. El papel de COPEI, del 23 de enero en adelante, fue el de servir al fortalecimiento de esas instituciones que habían sido logradas con el sacrificio, con el esfuerzo y con la esperanza del pueblo venezolano.

La «Guanábana»

(ÓY): ¿Y qué me dice usted de la célebre «guanábana», es decir, de esa alianza entre Acción Democrática y COPEI que duró todo el quinquenio de Gobierno del presidente Betancourt?

(RC): No creo que se haya olvidado que el 31 de octubre de 1958, en mi casa, que entonces se denominaba Puntofijo, en Sabana Grande, se firmó un pacto entre los tres mayores partidos con el objeto de comprometerse a gobernar juntos durante el primer período constitucional de gobierno democrático, aun cuando cada partido fuera con sus candidatos propios y distintos a la lucha electoral. Ese célebre pacto de Puntofijo nos llevó a participar en el gobierno del señor Rómulo Betancourt a partir de 1959. Algunos sectores, que se presentaban entonces como visceralmente anti-adecos, consideraron que nosotros habíamos cometido una especie de traición e inventaron lo de la guanábana porque es la fruta tropical, que es verde por fuera y por dentro blanca. Lo cierto es que por única vez en Venezuela se vio a dos partidos que habían combatido entre sí duramente (y que después se siguieron combatiendo) compartir las tareas de gobierno en circunstancias muy peligrosas para el país, para la democracia y para el propio gobierno. Separada Unión Republicana Democrática de sus responsabilidades gubernamentales y pasada a las filas de una dura oposición.

COPEI consideró su deber continuar hasta el último día del período del presidente Betancourt cumpliendo su compromiso. Hubo momentos en que teníamos la impresión de que con sólo sacarle el hombro a nuestra responsabilidad, el andamiaje del gobierno se podía caer; pero ello nos hacía sentirnos más obligados a perseverar. Fuimos a elecciones con candidatos que se enfrentaron: el doctor Leoni por Acción Democrática, que ganó la elección con 900 mil votos, y yo como el principal candidato de oposición, que quedé de segundo con 600 mil. El hecho de que hubiéramos realizado esa lucha electoral y sin embargo nos hubiéramos considerado obligados a mantener nuestro apoyo al gobierno hasta el último día del período lo considero un hecho único en Venezuela y su importancia histórica creo que no se podrá desconocer. Por de pronto, debo decir que el que fuera Jefe de Estado Rómulo Betancourt, jamás niega la significación trascendental de nuestra participación en su gobierno.

Los celos adecos

(ÓY): ¿Y cuál fue el papel de COPEI durante el Gobierno del presidente Leoni?

(RC): Con el doctor Leoni no pudimos entendernos para continuar en el gobierno. Y ello es comprensible. Acción Democrática estaba celosa de nuestro crecimiento y pensaba que nuestra presencia en el gobierno debía realizarse de tal forma que no nos beneficiáramos de ella para seguir aumentando nuestros votos hasta el punto de ganar el poder. Por otra parte, nosotros nos considerábamos con derecho a reclamar una participación más sustantiva, desde luego que la voluntad del país nos había mostrado una adhesión mucho mayor que en 1958. Esto hizo que el presidente Leoni gestionara, mientras hablaba con nosotros, un entendimiento con los partidos Unión Republicana Democrática y Frente Nacional Democrático que habían estado en la oposición durante el quinquenio precedente y así surgió el gobierno de «Ancha Base».

Nosotros decidimos en nuestra Convención no formar parte del Gobierno, pero le abrimos una etapa transicional para no causar grave daño al funcionamiento democrático, con la fórmula que llamamos «Doble A»: Autonomía y Acción. Esta transición tuvo que acelerarse por la actitud del Gobierno de Ancha Base y del partido Acción Democrática y nos correspondió cumplir  una importante tarea de oposición democrática durante el quinquenio 64-69.  Recuerdo que dos periodistas norteamericanos, Knovak y Evans, dijeron que la ventaja que tenía el gobierno de Leoni ante otros gobiernos constitucionales de América Latina que se veían en situación precaria, era el tener una «leal oposición», como era la oposición democrática que hacía el partido socialcristiano COPEI y que yo encabezaba. Fue esa actitud de oposición, rabiosamente adherida a los principios democráticos y siempre pendiente de los intereses del país, lo que nos abrió el camino para el triunfo electoral del 1  de diciembre de 1968.

El interés social

(ÓY): Se ha dicho, señor Presidente, que su gobierno le puso dificultades a su sucesor, el señor Carlos Andrés Pérez, para entregarle en 1974. ¿Qué hay de cierto en ello?

(RC): Esa afirmación es absolutamente falsa. Después del 9 de diciembre de 1973, no sólo establecimos contacto con la oficina del Presidente Electo, sino que le pedimos designar comisiones para entrar en comunicación con todos los Despachos e Institutos Autónomos, a fin de enterarse de la situación de éstos y de los planes en marcha. Hay abundantes testimonios de estos contactos dirigidos a evitarle al país los traumas de la interrupción de los proyectos. Si éstos no se continuaron no fue porque no se enterara de ellos quienes iban a desempeñar los cargos, sino porque el nuevo gobierno consideró conveniente una estrategia de romper con lo que estaba realizando el gobierno anterior. Una comparación serena y objetiva con lo que ocurrió el 69 daría como resultado el que nosotros, a pesar de haber tenido muy escasa información sobre lo que se hacía por quienes nos entregaron el gobierno, nos esforzamos en continuar todos los proyectos que estaban en marcha y que juzgamos de interés nacional.

El poder

(ÓY): Usted fue un candidato permanente hasta que llegó al poder. ¿Qué pensaba cada vez que perdía, qué pensó cuando ganó y que pensó cuando estando en el poder su partido perdió las elecciones?

(RC): Lo de candidato permanente ya lo he explicado. El partido encontró en cada campaña electoral la oportunidad para hacer más claros sus planteamientos y más vigoroso su mensaje. Inicié la lucha como candidato con menos de 300 mil votos, después obtuve 400 mil, después 600 mil y después un millón de votos que me llevaron a la presidencia. Por tanto, cada vez que perdía encontraba que no habíamos en realidad perdido adherentes, sino aumentado el número de aquéllos que creían en nosotros. En un partido nuevo como el nuestro, esta proyección era algo fundamental. Cuando gané, lo que pensé es que caía sobre mis hombros una inmensa responsabilidad, y mi vivo deseo y mi constante preocupación fue tratar de no defraudarla.

Hoy me siento feliz de que mi gobierno sea para mis compañeros de partido la mejor credencial de una actitud ante Venezuela. Cuando el partido perdió las elecciones pensé que nos tocaba todavía una dura brega hasta llegar a ejercer la función ductora que aspiramos a cumplir en la vida de Venezuela. Observé también que habíamos aumentado, y considerablemente, el número de la gente que creía en nosotros y consideré que este aumento nos obligaba y nos obliga más que nunca a continuar empeñados en la lucha. Por lo demás, los resultados, aunque nos golpearon, los recibí sin amargura. Al fin y al cabo, para los demócratas sinceros, el pueblo no se equivoca. Nos hemos dedicado a analizar cuáles fueron los aspectos en que pudimos estar equivocados para no haber obtenido el triunfo final, o cuáles fueron los recursos de que se valió el adversario para superarnos, a pesar de nuestro crecimiento. Hoy pienso que mucha gente está revisando los puntos de vista que sobre la labor del gobierno anterior y las perspectivas del país tenía el 9 de diciembre de 1973.

Lo que más afecta necesariamente a un gobernante cuando, terminado su período, es el de que se queden muchos planes y programas en marcha. Para no poner sino un ejemplo, el menos político de todos los que podrían presentarse, bastaría recordar el que el Plan Vacacional de la Fundación Festival del Niño, uno de los esfuerzos más bellos que se han hecho a favor del niño venezolano, fue definitivamente arrumbado, simplemente porque era un esfuerzo de la Primera Dama correspondiente al período anterior. En dimensión nacional y en cada uno de los estados fueron muchos los programas que se truncaron también abruptamente. El proceso de regionalización, que respondía a un gran clamor nacional, ha echado definitivamente hacia atrás; y la conquista del Sur, un objetivo de alcance transgeneracional, se convirtió en un simple rótulo y se frustró el noble impulso que un grupo de jóvenes que formaban equipos interdisciplinarios le habían dado a la empresa que suscitó la admiración de los parlamentarios de todas las toldas políticas y de todos los venezolanos que llegaron a conocerlo.

(ÓY): Usted siempre se ha caracterizado por hacer una oposición gallarda y leal. ¿Cree usted que la oposición correspondió en la misma medida a su Gobierno?

(RC): Esa pregunta creo que mejor que yo la puede responder y la está respondiendo cada día la opinión nacional.

El estilo democrático

(ÓY): Usted, durante su Gobierno, hizo cosas que nunca se vieron en Venezuela. Los empleados públicos, por ejemplo, podían expresar sus preferencias políticas sin temor a represalias, y en la propia campaña electoral los empleados públicos que militaban en el partido que hoy está en el poder publicaron un aviso en los periódicos para manifestar apoyo al candidato presidencial adversario de su Gobierno. Muchos dicen que Venezuela no estaba preparada para ese estilo de gobierno. ¿Qué cree usted?

(RC): Creo que Venezuela no está acostumbrada a muchas formas del estilo democrático de gobierno, precisamente porque no se han aplicado antes. Mi Gobierno al iniciar el cumplimiento de estas viejas aspiraciones tenía que enfrentarse a la falta de hábitos en los destinatarios del mensaje democrático para recibirlo e interpretarlo a plenitud. Pero creo que algún día hay que comenzar y que los surcos abiertos deben dejar alguna huella aun cuando a veces traten de borrarla. El respeto a la decisión política autónoma de cada empleado público es inherente al estado democrático. Eso sí, ese empleado no debe confundir su simpatía por una tolda política que puede ser de oposición, con una actitud de negligencia o de entorpecimiento a las labores administrativas. Allí está el meollo y es lo que hay que lograr: que el empleado cumpla sus tareas administrativas eficazmente, sea cual fue el partido que se halle en el poder, sin perjuicio de que tenga y manifieste sus simpatías por cualquier otro partido, así sea de oposición.

El chiste de Tarzán

(ÓY): ¿Por qué se disgustaba cuando llegaba a sus oídos el comentario público en Venezuela de que «Caldera es un Presidente de lujo»?

(RC): Porque Venezuela es superior a cualquiera de nosotros y aún a todos nosotros juntos. Por mayor que sea el esfuerzo de un gobernante en superarse, nunca le quedará grande al país: siempre el país será mayor que él.

(ÓY): Pocos presidentes en Venezuela han sido tan leales al equipo de gobierno como lo fue usted. ¿Le molestaba mucho el chiste que hacían sobre su persona y Tarzán? ¿Hoy, qué piensa de aquel equipo? ¿Cuáles fueron sus virtudes y cuáles sus errores?

(RC): Me molestaba el chiste que llegó a ser repetido hasta por el candidato presidencial de oposición, hoy Jefe de Estado, porque envolvía una gran injusticia. Tuve uno de los mejores y más eficaces equipos de gobierno que ha habido en el país. Hoy se están dando cuenta quienes lo negaban.

Ese equipo se entregó con mucha devoción y lealtad a servir a su pueblo y por ello todo reconocimiento que se le haga no constituye sino una obra de justicia. Virtudes, las más importantes fueron la idoneidad, la honestidad y la lealtad al compromiso; errores, los de querer a veces realizar una serie de ideales sin suficientes concesiones a la realidad del país que es compleja y delicada. A veces, por ejemplo, jóvenes ministros se exasperaban porque tenían que dedicar mucho tiempo a las audiencias personales, cuando ese tiempo se lo exigían las labores del Despacho; pero, al reducir las referidas audiencias, no se daban cuenta de que se enfrentaban a una desagobiante tradición según la cual hay mucha gente que en el país tiene mucha importancia por una razón o por otra y que se siente personalmente afectado y hasta víctima de la peor injuria si el Ministro no dedica un tiempo suficiente a oír sus planteamientos, así sean aquéllos que había podido resolver cualquier funcionario subalterno.

Pero el mayor inconveniente que todo Ministro eficaz encuentra es no contar con un personal suficientemente capacitado y con una organización adecuada. En cuanto al personal, el propósito de mantener la estabilidad y de establecer la carrera administrativa nos obligó muchas veces a soportar la presencia en las oficinas de mucha gente que no rendía satisfactoriamente. En cuanto a la desorganización administrativa, tuvimos primero que estudiar, analizar y estructurar un plan de reforma administrativa, pero luego nos encontramos con que el Congreso se constituyó en una traba permanente y sistemática para que esa reforma administrativa se realizara.

Angustia nacional

(ÓY): En su trascendental discurso sobre la cuestión petrolera en el Senado, usted dijo algo así como que se sentía «angustiado por la angustia» en torno al futuro petrolero. ¿Tiene todavía esa angustia?

(RC): Comparto con numerosos venezolanos una viva preocupación por el sesgo que va tomando la cuestión petrolera. Los tradicionales mecanismos de presión se incrementan considerablemente sobre el país a medida que llega el momento en que ejerza a plenitud su soberanía. Nuevamente se crea la imagen de una supuesta superproducción como si el consumo de petróleo no aumentara en el mundo y las reservas de hidrocarburos no siguieran siendo limitadas.

El propio gobierno expresa que las compañías, para comprar nuestro petróleo, proponen una baja de precios y que al no aceptarse éstas reducen considerablemente sus compromisos. Las empresas transnacionales siguen dominando el mercado y los voceros de nuestro principal país comprador, los Estados Unidos, adoptan a veces un tono de abierta amenaza. Pero todo ello me obliga a recordar de nuevo la invocación que hice al «guáramo» de Simón Bolívar. Quisiera recordar que al hablar de la nacionalización del petróleo dije: «No creo, por ningún respecto, que convenga una actitud si por tal se entiende una decisión alocada y una conducta irresponsable. Pero considero indispensable una actitud optimista, convencida de la gravedad del paso que se va a dar, pero convencida también de la necesidad y de la capacidad de superar los riesgos y dispuesta a vencer con inteligencia y coraje los obstáculos».

La recuperación del poder

(ÓY): COPEI ha vivido muchas fechas aniversarias históricas, ¿cuáles han sido, a su juicio, las fechas aniversarias más históricas de COPEI y cómo enjuicia usted estos treinta años del partido socialcristiano?

(RC): Creo que entre los aniversarios de COPEI deberían destacarse el de 1958, porque significó la alborada del gran movimiento de liberación que iba a culminar diez días después; el de 1968 porque inició el año de la victoria, culminando en el triunfo electoral del primero de diciembre del mismo año; y así deberá serlo el de 1978, que nos marque el camino de la recuperación definitiva del poder. Creo que son muchos los venezolanos que así lo desean y que consideran que lograrlo depende, fundamentalmente, de nosotros.

 

COPEI no se divide

(ÓY): COPEI no se ha dividido nunca. Es el único de los grandes partidos venezolanos que no ha sido víctima del fraccionalismo, pero hoy, señor Presidente, todo el mundo habla de la división. ¿Cómo enjuicia usted la situación interna de COPEI?

(RC): No es un secreto para nadie que no me hace feliz la pugna interna por las posiciones directivas, pero de allí a aceptar que COPEI esté al borde de la división, hay una distancia kilométrica. Puedo asegurarle que la división, ese fenómeno que ha afectado a a casi todos los partidos democráticos no ocurrirá en COPEI.

Democracia interna

(ÓY): Un político venezolano se hizo famoso porque le preguntaron algo sobre el futuro político y dijo textualmente que él no aflojaba prenda. ¿Usted, señor Presidente, no me puede aflojar ninguna prenda acerca de la candidatura presidencial de COPEI?

(RC): El Partido en su Convención Extraordinaria de este año y atendiendo a una iniciativa mía, creó un organismo especial, llamado a impactar profundamente en la vida nacional: el Congreso Social-Cristiano, integrado, no sólo por los dirigentes del partido sino por los dirigentes copeyanos de los distintos sectores sociales y por numerosos independientes. Si la voluntad unánime del partido fue la de crear ese organismo y sujetar a él la escogencia del candidato presidencial, parece, por lo menos, imprudente, el que yo me lance a hacer anticipos sobre la decisión de ese Congreso.

Muchos podrían pensar que el cuerpo creado constituye una mera fórmula, una apariencia, una armadura vacía, por lo contrario, creo que darle vigencia a ese organismo es asegurar de antemano una gran respuesta nacional para el candidato que se elija. Lo que puedo asegurar de una vez es que la escogencia del candidato presidencial se hará, como es la norma de COPEI, con el más absoluto respeto a los principios de la democracia que se practica internamente como se practica en el ámbito externo.

Aguas que se van al mar

(ÓY): Mucha gente pregunta qué habría hecho usted si durante su Gobierno hubiera recibido el chorro de oro petrolero que sacudió a Venezuela al comienzo de la actual administración.

(RC): Me parece que la misma pregunta envuelve la contestación. Hay consenso en que si hubiéramos podido disponer de los recursos que nuestra política nacionalista le aseguró al país como contrapartida de su actividad petrolera, habríamos podido dar pasos trascendentales y definitivos en el proceso de desarrollo de Venezuela. Lo que más inquieta hoy a los venezolanos es que este chorro de dinero pase a nuestro lado, como las aguas que se van a la mar, sin dejar cumplida la función que en una oportunidad única habría debido cumplir para convertirnos en un país desarrollado.

El trabajo constante

(ÓY): Evidentemente que hemos abusado de su tiempo, pero al público le interesa siempre saber si los ex presidentes, como humanos que son, también son víctimas de la nostalgia del poder. ¿Cómo vive usted y cómo se siente como ex presidente?

(RC): Vivo como antes, trabajando mucho, ya que ni me siento inclinado a la holgazanería, ni los compañeros, amigos o relacionados de toda índole, me lo permitirían; dicen que la mejor fórmula de descanso es el cambio de actividad. Tengo mucho que hacer para completar algunos libros cuya publicación estoy comprometido a hacer. Se me piden con frecuencia conferencias y discursos y aunque muchas veces tengo que declinar esas invitaciones, no puedo eludir atenderlas en varias ocasiones al año. Por otra parte, son muchos los copeyanos, los independientes y la gente de otros partidos que me honran solicitándome entrevistas para hablar sobre la situación del país y sobre los problemas pendientes. Debo decir que como ex Presidente tengo una gran satisfacción: la de ser recibido en todas partes con afecto, con estimación, con una benevolencia y una simpatía que me llenan de profundo e íntimo regocijo.

Caldera-Betancourt

(ÓY): Entre el ex presidente Betancourt y usted, pese a la lucha política, siempre han existido relaciones cordiales y dicen que alguien dijo una vez, hace algunos años, que el ex presidente Betancourt era el «único copeyano adeco». ¿Qué es lo que ha fortalecido las relaciones entre ustedes, pese a las profundas divergencias políticas?

(RC): Entre el ex presidente Betancourt y yo, a pesar de las distancias ideológicas y políticas y aun de la distancia generacional, existe una amistad sincera y cordial. Creo que la sinceridad del aprecio que recíprocamente nos tenemos, constituye un hecho favorablemente estimado por todos los sectores. Pienso que la estimación de Betancourt por nosotros se debe al reconocimiento de la lealtad, diáfana y a veces ruda, con que hicimos nuestros planteamientos y mantuvimos nuestra solidaridad en la defensa de las instituciones democráticas y en la lucha por Venezuela, especialmente a partir del 23 de enero de 1958.

Por nuestra parte, reconocemos en Betancourt uno de los venezolanos más importantes de este siglo y tenemos conciencia de los grandes esfuerzos que ha tenido que hacer, a veces dolorosos y hasta traumáticos, para lograr soluciones viables que conjuraran los terribles peligros a que ha estado sometido el experimento democrático. Se trata de un político realista pero que en medio del pragmatismo de sus actitudes ha estado guiado fundamentalmente por el propósito de contribuir a la transformación democrática de Venezuela. La colaboración entre su partido y el mío y entre nosotros mismos, personalmente, durante los años transcurridos del 58 al 64, es un caso único en la historia política de Venezuela y tal vez bastante raro en cualquier país del mundo. Creo que fue esa colaboración el factor más importante y decisivo para que no se frustrara nuevamente el camino democrático que empezó a recorrer Venezuela, llena otra vez de esperanzas, pero también de confusiones, en la fecha citada del 23 de enero de 1958.

Luis Herrera

(ÓY): Presidente, hemos hablado de todo, menos de Luis Herrera.

(RC): Luis es un calificado luchador, dotado de gran talento y muy conocedor de los problemas nacionales. Tiene derecho a aspirar y muchos ven con simpatía la posibilidad de que sea escogido como fórmula electoral de COPEI. Yo no creo conveniente anticipar una decisión, como tampoco debiera retardarse. Todo a su tiempo. Algo en que he insistido e insistiré es que el candidato que se presente al país, debe aparecer nítidamente como candidato de todo el Partido y no de una fracción. Más aún, no sólo de todo el Partido, sino también de todos los sectores independientes que van hacia la democracia cristiana como la alternativa válida. Esto no es lo que quieren algunos voceros tradicionalmente adversos a nuestra organización, cuyo objetivo visible es provocar disensiones internas o, por lo menos, tensiones. El deber que nos incumbe a los dirigentes es conjurar ese objetivo.

(ÓY): ¿Volveremos al poder?

(RC): No me cabe duda, siempre que no perdamos la perspectiva y no agotemos nuestras energías en una pugna estéril.

(ÓY): Señor ex Presidente, mucha gente no ha entendido que usted no asistiera a los actos del primero de enero en el pozo Zumaque No. 1. ¿Querría usted explicarnos la causa de su inasistencia?

(RC): Nadie habría deseado más que yo compartir la significación de un acto llamado a simbolizar la ejecución de la Ley de Nacionalización del Petróleo. Pero las razones que me privaron de esa satisfacción son muy claras:

  1. Después de la promulgación de la Ley, se ha decidido toda una política que compromete el futuro del país, sin que se me hubiera pedido una opinión, ni siquiera por fórmula. El mismo día primero de enero se perfeccionaban convenios ya celebrados con las empresas que anteriormente tenían a su cargo la producción petrolera, para confiarles el mercado y la tecnología. No quería que mi presencia pudiera interpretarse como si yo conociera y compartiera decisiones tan importantes. Hay que recordar las advertencias que hice al discutir la Ley, observando que si se abría una rendija se desarrollaría una fuerte estrategia para presionarnos. Temo que esa estrategia se esté desarrollando.
  2. El montaje y el aparato de propaganda ante los actos del primero de enero no me parecieron los más cónsonos para darle a los actos una amplia significación nacional.
  3. El Partido Socialcristiano COPEI expuso públicamente estas y otras razones para que sus dirigentes no concurrieran, y aunque estoy exento de disciplina partidista, consideré procedente hacerme solidario de la posición del Partido en un asunto de tanta significación.