El 18 de junio

Columna CONSIGNAS, publicada en el diario El Gráfico.

Cuando el movimiento copeyano hace del 18 de junio una fecha conmemorativa, le da una significación muy especial. El 18 de junio de 1946, anunciado en el Nuevo Circo de Caracas el primer mitin de la oposición, bandas comunistas armadas, apoyadas por Acción Democrática con la complacencia de las autoridades, pretendieron arrasar el derecho de COPEI en salir a la plaza pública a hablarle al pueblo venezolano.

No es una afirmación infundada la de que la responsabilidad de los hechos de sangre del 18 de junio recae de modo íntegro y exclusivo a los comunistas y sus cómplices, adeístas y gobierno. Porque el sabotaje fue maniobra planeada, avisada de antemano, anunciada por escrito en volantes con el pie de imprenta de la tipografía oficial del Partido Comunista. Porque las autoridades fueron oportunamente alertadas, y porque a pesar de haber comenzado los actos de violencia por parte de los saboteadores desde las ocho de la noche, todavía a las diez y media u once no habían llegado fuerzas de guardia nacional o fuerza pública (si de aquellas no se tenía disponibles) para dispersar a los grupos que irrespetando los derechos constitucionales y democráticos se apostaban, violentos y vociferantes, en las afueras del Circo.

Hombres que no se hallaban entre los saboteadores, sino que habían asistido al mitin y salían del local en la masa formada por los copeyanos, sus madres, esposas, hermanas, y los hombres y mujeres independientes que asistieron para rubricar su derecho a ser libres, cayeron ultimados por balas asesinas. Todavía hoy, a dos años de ocurridos los hechos, no se ha aplicado ninguna sanción. No han aparecido los culpables, no se ha evidenciado ningún interés en que aparezcan.

El cinismo de nuestros adversarios llegó hasta el extremo que todavía reproduce la prensa comunista de echar la sangre de esos hombres sobre el movimiento de COPEI. Es la típica maniobra comunista. Cuando cometen una fechoría, ésta se perfecciona echando sobre la víctima la responsabilidad de lo ocurrido. Hitler procedía del mismo modo. Incendió el Reichstag y no tuvo empacho en hacer aparecer el suceso como realizado por sus adversarios.

Es tan torpe la calumnia, que basta oír a cualquiera de los miles de personas que concurrieron al mitin, para oírles protestar contra la infamia. Pero los hechos son visibles. Los muertos no eran saboteadores apostados en las afueras, contra quienes presumiblemente dispararon quienes salían del mitin. Fueron también asistentes a él. Uno de ellos tenía estrecha amistad desde la infancia con uno de los dirigentes nacionales copeyanos. El padre de otro estuvo el año pasado en la casa central de COPEI, donde dijo emocionadas palabras que reclamaban castigo para los comunistas y sus cómplices, autores de la tragedia.

El pueblo que oyó a los oradores de COPEI ganó esa noche el derecho a que la oposición hablara. Si la desbandada hubiera sido el resultado del atropello, más nunca habría podido presentarse en la calle ningún opositor del régimen. La serena valentía colectiva de aquella noche fue decisiva en el ejercicio del derecho de pensar, de hablar, de censurar los errores del gobierno.

Los comunistas organizaron esa noche su reunión en el Olimpia, de donde salieron en brigadas organizadas y apertrechadas. Los adeístas, preparando su coartada, convocaron a reuniones fantasmas en las seccionales y se encontraban, sin embargo, los más caracterizados, en el Nuevo Circo. El gobierno, alertado, cerró los ojos y no mandó refuerzos, teniendo tiempo suficiente. Cuando se le reclamó, en lugar de justicia impuso una mordaza: la llamada tregua política, que terminó cuando las inscripciones electorales se abrieron y que constituyó ventajismo descarado. Pero la opinión dictó su fallo y desde entonces COPEI recibió su espaldarazo como el partido de la esperanza y de la dignidad venezolana.

Recordar el 18 de junio es conmemorar un atentado para que su memoria sirva de baldón al crimen y de eterno clamor de libertad.