Esta ciudad en marcha

Artículo de Rafael Caldera para El Nacional, del 21 de julio de 1967.

 

Al releer los párrafos llenos de cariño que Oviedo y Baños dedicó hace dos siglos y medio a Caracas, vemos cómo su estilo culto y sereno, de corte clásico, elegante y sencillo, según calificativos de Caracciolo Parra León, toma tintes de luminosa poesía. A veces caemos en la duda de si será la misma aquella ciudad cuyo temperamento «además de ser muy saludable, parece que lo escogió la primavera para su habitación continua».

No la es, seguramente, aquella a que «los cuatro ríos que la rodea, a competencia le ofrecen sus cristales, brindando al apetito en su regalo, pues sin reconocer violencias del verano, en el mayor rigor de la canícula mantiene su frescura, parando en el Diciembre a más que frías», y mucho menos, cuyas calles «ni mantienen polvo, ni consienten lodos». Pero sí sigue siendo la ciudad cuyos criollos «son de agudos y prontos ingenios, corteses, afables y políticos» («inclinados a todo lo que es política»); quizás todavía en parte «hablan la lengua castellana con perfección, sin aquellos resabios con que la vician en los más puertos de las Indias»; continúan siendo «de espíritu bizarros, y corazones briosos», extremados en la hospitalidad; y sobre todo, sus mujeres son «hermosas con recato, y afables con señorío».

Venidos a formarnos y hacer hogar aquí, nos emocionamos al pensar con el historiador que «el que llegó a estar dos meses en Caracas, no acierta después a salir de ella». Pero ¿es la misma, al correr de los siglos? El paisaje, sin duda, sigue teniendo por límite la hermosura exuberante de sus cerros; la benigna claridad de sus días templados llena el ánimo, y la población conserva la vivacidad y gentileza con que la describe la crónica, mutada en afectiva evocación. Pero, agrandada hasta la magnitud de dos millones: ceñida con la incomparable diadema de haber dado a luz a Miranda, Bolívar y Bello; indiscutida como la capital política, la metrópoli cultural y el polo económico de Venezuela, nuestra amada ciudad sigue teniendo poca suerte.

Recogiendo trozos diferentes que le dedicó Bello desde Londres, imaginándola en su destrucción después del terremoto de 1812, hoy podríamos repetir su dolorosa invocación:

La cumbre, el verde soto,

el claro río y la cañada amena,

oh montes, oh colinas oh praderas,

orillas del Anauco placenteras,

¿ qué es de vosotros?

¿dónde estáis ahora?

No, no ha tenido suerte la ciudad al cumplir sus cuatro siglos de existencia. Tampoco la tuvo en los centenarios anteriores. Cuando cumplía sus primeros cien años, «arrasaban» a sus vecinos las viruelas y los aquejaba el temor continuo a los corsarios; en el segundo siglo, de nuevo las viruelas la azotaban y su rostro presentaba las marcas del terremoto de octubre de 1766; en el tercero, la situación nacional era caótica, e inminente el estallido de la guerra civil. Ahora, a los cuatrocientos años de existencia, pujante en su vertiginosa transformación, luce descuidada, castigada, incomprendida, sin que hubiera servido la ocasión para darle siquiera pulmones para respirar. En la ciudad no hay parques; niños y jóvenes tienen que jugar en las calles o deambular por ellas; sus vías están tronchadas; sus vecinos se mueven en inseguridad permanente y sus sectores periféricos padecen, a pesar del increíble esfuerzo que hacen sus moradores por integrarse al ambiente, un crónico estado de abandono apenas mitigado por alguna dádiva interesada que en cierto modo institucionaliza el estado de marginalidad.

No es justo negar méritos a quienes han realizado esfuerzos para que la efemérides cuatricentenaria no resultara totalmente negativa. Ni echar responsabilidades sobre una comisión a la que faltaron los medios y el estímulo. Es cierto que se han publicado obras valiosas, se ha reacondicionado la Catedral y el Teatro, se ha procurado celebrar algunos actos. El tenaz esfuerzo de ese caraqueño de excepción que es Mauro Páez Pumar ha culminado en la restauración de la Cuadra Bolívar y en el adecentamiento armonioso de la Plaza de San Jacinto, frente a la casa del Libertador. Pero, a falta de obras terminadas, lo que ha habido son grandes letreros, zanjas y festejos. Festejos cuya organización originó protestas del propio Ayuntamiento, y que no han logrado llegar al alma del pueblo.

Con todo, con su angustioso vivir, asfixiada por la utilización avarienta de cada metro de terreno sin dejar sitios libres para el esparcimiento, herida por el abandono de los obligados a velar por ella, Caracas sigue su marcha impetuosa. Más y más cada día, es a pesar de los obstáculos, el centro y símbolo del estado moderno. Magnificada por espontáneos esfuerzos, inicia su quinto siglo de vida como avanzada de una generación inconforme. Custodiada por sus montañas incomparables, majestuosa y pujante, recibe hoy el hálito de toda la tierra venezolana y se asoma al mar con pecho abierto. Por ese mar salieron sus hijos más preclaros a forjar cultura, a predicar la libertad y a realizar la independencia de todo un continente.

Bien merece que su cuarto «cumplesiglos» se convierta en fiesta nacional, porque su gloria es motivo de júbilo en toda la inmensidad de la patria.