Artículo de Rafael Caldera ¿Después del comunismo?
Recorte de El Universal del 31 de enero de 1990 donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

¿Después del comunismo?

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 31 de enero de 1990.

 

Una afirmación frecuentemente repetida, la de que establecido un régimen comunista en cualquier parte, no podía ser derribado sino a través de las armas, ha sido desmentida por los recientes acontecimientos del Este de Europa. El movimiento que empezó con «Solidaridad» en Polonia, tomó características de avalancha cuando la «perestroika» levantó la pesada compuerta que contenía, desde la II Guerra Mundial, la corriente poderosa del sentimiento popular.

Muchos factores inciden en la sorprendente caída de gobiernos que lucían muy poderosos. Uno, sin duda, el sentimiento nacional. El comunismo llegó al poder por la fuerza, y más concretamente, por la fuerza militar de la Unión Soviética. El Ejército Soviético impuso gobernantes y partidos y fue el sostén fundamental de los regímenes. El recuerdo de la Primavera de Praga ha renacido con explosiva fuerza. En la propia Polonia, la ley marcial se había establecido por los dirigentes polacos argumentando que de no hacerlo la potencia imperial intervendría directamente. El Tratado Ribbentropp-Molotov ha salido a la luz en la discusión de la política soviética, invocado legítimamente por los países bálticos para pedir su autonomía, pues fueron entregados por los nazis como arras al Zar comunista.

Otro factor, no menos poderoso, es el amor innato de la libertad. Los regímenes comunistas, nacidos como minorías impuestas durante la guerra, se siguieron sintiendo tales y para conservar su privilegiada posición aplicaron el mismo sistema tiránico, cruel e inhumano que utilizó el leninismo y que fue inseparable de la imagen de José Stalin. Era demasiado para aquella gente llevar una férrea mordaza por más de cuarenta años.

Los gobiernos derrocados, vistos por sus súbditos como producto de una potencia extranjera, no sólo usaron métodos crueles para sostenerse, sino que derivaron hacia otros vicios concomitantes. El culto a la personalidad, el nepotismo, el «cogollismo» (el «cogollo» lo manejaba todo a su antojo y lo aprovechaba todo para sí) y la corrupción, denunciada en forma sorprendente, se extendieron prácticamente en todos los países que han experimentado ahora la insospechada trasmutación, vista por el mundo libre con alegría, pero también con sorpresa.

A lo expuesto es necesario añadir un factor económico. Los sistemas establecidos con la promesa de realizar el bienestar general fueron cayendo en abismos crecientes de ineficiencia. Tímidas reformas iniciadas en algunos, como en la economía campesina de Hungría, o en la estrecha apertura del mercado en China, contribuyeron a señalar la posibilidad de enfrentar mediante una mayor libertad económica la escasez y penuria que estaban sufriendo, en contraste con la abundancia y riqueza que quienes viajaban a Occidente encontraron al otro lado de su mundo.

Estas circunstancias políticas y económicas, y sin duda el sentimiento religioso y los valores espirituales que a pesar de limitaciones y persecuciones sobreviven en gran número de personas, produjeron un sentimiento de liberación que saltó a borbotones cuando la nueva política soviética despejó el horizonte de la permanente amenaza que mantenía cerradas las puertas de la libertad.

Ahora se plantea, dentro de este extraordinario proceso, una pregunta: ¿qué va a pasar, después? Un profundo artículo de ¡La Civilitá Cattolica!, del 6 de enero de 1990, cuya lectura debo a amable cortesía del cardenal Lebrún, concluye en que el momento político «es hoy de espera: una espera cargada de esperanza, cierto, pero no exenta de incertidumbre y temores. Tanto más cuanto que el mundo occidental, sorprendido por acontecimientos imprevistos, por un lado se mantiene incrédulo y suspicaz y por otro está inseguro sobre lo que hay que hacer y, sobre todo, dividido acerca de las iniciativas a emprender».

Parece cierto que volver a lo anterior es imposible. Ello supondría acciones descabelladas con consecuencias terriblemente traumáticas. Posiblemente se establecerá un régimen de democracia parlamentaria según el modelo europeo occidental, con libertades públicas y pluralismo partidista. El papel que los partidos comunistas jugarán dependerá de las circunstancias de cada país, pero posiblemente prevalecerá su transformación en partidos de fachada social demócrata, aunque en algunos se anuncia su desaparición. En cuanto al respeto a las creencias religiosas, parece asegurado, al menos en una medida muy superior a la que antes existía.

En materia económica, se abrirán caminos a la iniciativa privada y se aceptarán reglas del sistema que prevalece en Occidente, para obtener ayudas que son indispensables. Pero pienso que sería un error considerar que después de cuarenta años de «socialismo real» van a pasar a un sistema de capitalismo liberal con economía total de mercado. Lech Walesa en Caracas dijo que las empresas del Estado debían pasar a manos de los trabajadores.

Hace algunos años venimos pensando que la realidad de los hechos alienta una tendencia al acercamiento de las corrientes capitalistas y socialistas. El capitalismo occidental no es, como lo pretenden algunos corifeos latinoamericanos del neoliberalismo, un régimen de «laisez faire»: las leyes laborales y la seguridad social se imponen como correctivos al desenfreno de las leyes del mercado, las cuales, además, con constantemente intervenidas por decisiones de sus Bancos Centrales y de sus Ministros de Economía. El socialismo, por otra parte, se da cuenta de que no se pueden suprimir datos humanos tan importantes como la iniciativa privada y las fluctuaciones que las necesidades de personas y grupos imponen por encima de la rigidización del mercado exigida por el Estado absolutista.

Es viable que los acontecimientos de Europa intensifiquen ese encuentro. Pero creo que ellos le ofrecerán mayor presencia a la corriente demócrata cristiana, que defiende la libertad y acepta las funciones del Estado como moderador de las contradicciones y garante de los derechos humanos, el derecho a la vida y el derecho al trabajo entre ellos; que promueve un pluralismo respetuoso y sincero, y que además sostiene la vigencia de las leyes morales sobre la conducta política y económica del hombre y la primacía de los valores espirituales sobre los intereses egoístas.

Estos comentarios suscitados en torno a las llamadas democracias «populares» del continente europeo en las cuales se ha vivido la sorprendente mutación, dejan pendiente una pregunta: ¿y la Unión Soviética? El mundo sigue con simpatía, pero con ansiedad, lo que está sucediendo allá bajo la conducción de Gorbachov. La transformación política es un hecho tangible; los mismos factores que han devuelto la libertad a los europeos del Este, han despertado en la URSS; una transformación económica que viene, sin duda; la apertura a los valores espirituales ha sido significativa. Pero, por una parte, Gorbachov se sigue proclamando marxista y leninista y la estructura imperial de la URSS constituye un obstáculo de mayores proporciones para el logro de sus objetivos. 135 millones de rusos gobiernan a 150 millones de no rusos, repartidos en 14 repúblicas. Ya en muchas de ellas (las repúblicas bálticas de Lituania, Letonia y Estonia; Ucrania y Armenia; Azerbaiján y las naciones islámicas) aflora un vigoroso sentimiento autonomista reprimido muchos años, que puede alimentar aspiraciones a la Independencia, encabezados, por cierto, por los propios partidos comunistas en algunos casos. Un columnista de la revista «Time» ha comparado la URSS, en este sentido, con el Imperio Austro-Húngaro, que se disgregó al fin de la I Guerra Mundial.

Este problema y las controversias entre diversas nacionalidades hizo que el líder de la «pereztroika» sacara tanques y enviara soldados a imponer por la fuerza el mantenimiento del statu-quo. Es evidente que la transformación encuentra en la propia Unión Soviética muchas resistencias. El triunfo de la reforma es una necesidad para el mundo, para el mundo que quiere la paz, para el mundo que quiere el desarme, para el mundo que anhela poner los recursos de las grandes potencias al servicio de las necesidades de los pueblos, al servicio de la justicia social internacional. La afirmación de la «perestroika» es indispensable para que la inmensa China, las naciones comunistas que siguen en Asia practicando un régimen stalinista y los enclaves comunistas de nuestro continente, busquen definitivamente el camino de la libertad.