Rafael Caldera doctorado Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado
Rafael Caldera al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, de manos del rector Ricardo García de Longoria, en presencia del entonces presidente Carlos Andrés Pérez.

Como político me he seguido sintiendo un universitario

Discurso al recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado, en Barquisimeto, estado Lara, el 22 de marzo de 1990.

 

Más allá de cuanto habría podido ambicionar, la comunidad larense me ha colmado de honores y reconocimientos de un inestimable valor. Todos los sectores sociales han tenido conmigo una ilimitada generosidad, a través de actos en los cuales la nota dominante ha sido un ejemplarizante consenso, rebasando fronteras políticas o de cualquier otra índole. Hoy la Universidad Centro Occidental Lisandro Alvarado, que ya me había otorgado la medalla en que se simbolizan los valores que constituyen su razón de ser, me confiere un doctorado Honoris Causa, que hasta este momento sólo había dado al presidente Rómulo Betancourt y al rector Argimiro Bracamonte, dos personalidades de relevancia extraordinaria que recibieron esta honorífica distinción después de su fallecimiento.

No tengo palabras para agradecer a la UCLA esta honrosísima decisión. Al rector Ricardo García de Longoria y a todas las autoridades universitarias expreso mi más profundo agradecimiento. Me siento muy feliz al incorporarme a esta Institución, entre cuyos profesores y egresados hay ya nombres bien calificados en la vida cultural y científica de Venezuela. Desde esta honrosa tribuna abrazo fraternalmente a los docentes y servidores de la UCLA e invito a su muchachada estudiantil a trabajar sin descanso por los objetivos fundamentales del desarrollo, que no son sólo el aumento de la producción en los renglones de la economía y la superación técnica, sino también y prioritariamente la elevación de las condiciones de vida del pueblo.

Mi gratitud también para ese infatigable investigador y noble amigo Francisco Cañizales Verde. Cuando el rector García de Longoria le encomendó presentarme en esta solemne ceremonia lo hizo porque sabe de la amistad que nos une y de su permanente disposición a dar rienda suelta a sus caudalosos sentimientos, en elogio de quien admite como único mérito el afecto largo y constante por la gente de Lara y la solidaridad nunca regateada con las aspiraciones y reclamos de esta comunidad regional.

Este calificado auditorio, cuya asistencia constituye una distinción inapreciable para mí, realzada con la presencia del señor Presidente de la República, al escuchar las generosas palabras de Cañizales Verde podría sentirse llevado a imaginar que estoy en un nivel más elevado del que en realidad me corresponde. Pero hay algo en las palabras de presentación que sí quiero recoger como un trofeo, porque en ello está buena parte de mi vida. Lo de que, en medio de las diversas actividades que me ha tocado cumplir, desde que adolescente crucé por primera vez en Caracas el umbral de la vieja casona de San Francisco, he sido siempre un universitario.

Por lo menos, he tratado de ser un universitario y de comportarme como tal, aun en los momentos en que por consecuencia de la dinámica social venezolana, que en ocasiones ha sido traumática, me ha tocado parte activa en los conflictos de la vida universitaria, en los que como estudiante, como profesor y como gobernante me ha correspondido ineludiblemente participar.

He sido un político activo, y a la política ingresé desde los corredores de la Universidad. He afirmado insistentemente que una de las características positivas de la Venezuela de este siglo es la de que las fuerzas políticas que han tenido un rol protagónico en la búsqueda de un mejor destino nacional, surgieron de la Universidad. Brotaron de la confrontación ideológica en la Universidad, del combate por ideas y principios, circunstancia, por cierto, que ante su debilitamiento en el derivar de la praxis política hacia los predios del electoralismo y del clientelismo, hace sentir la necesidad de renovarla, como un reclamo especialmente de las generaciones jóvenes.

El reclamo de que, sin echar marcha atrás, se refuercen los altos objetivos, que a través de las diversas concepciones ideológicas, dieron vida a las agrupaciones que se formaron para comprometer voluntades y energías al servicio de los intereses de la comunidad.

Dije que como político me he seguido sintiendo un universitario; así, también, mis escarceos intelectuales y literarios arrancaron de la Universidad. Alguna vez se me ha imputado, con intención crítica, el que ni en el ejercicio de las responsabilidades del Gobierno he dejado de sentirme en el aula, rodeado de seres inquietos por conocer, por debatir y por analizar.

No niego que esa crítica tenga fundamento; pero no sólo observo que es difícil desprenderse de lo que ha sido para cada uno algo determinante en la existencia, sino que después del largo y difícil camino que hubo que recorrer para fundarla, la democracia venezolana necesita que se le señalen y aclaren caminos, que se le expliquen los objetivos, que se le analicen los problemas, que se le recuerden los fracasos históricos para no reincidir en los errores que los ocasionaron, y que se le mantengan presentes los valores supremos que han dado justificación y sentido a la lucha, encuadrada dentro del anhelo pluralista por un mundo mejor.

Cuando, después de un controvertido proceso electoral y al cabo de varios decenios de lucha política, fui proclamado Presidente de la República por el voto popular, recibí numerosas visitas, no sólo de felicitación y de estímulo, sino también de admonición y de consejo. Una de las más estimadas visitas fue precisamente la que me hicieron los cuatro rectores de las cuatro universidades nacionales autónomas, el doctor Jesús María Bianco –que en paz descanse–, el doctor Pedro Rincón Gutiérrez, el doctor José Manuel Delgado Ocando y el doctor Humberto Giugni, quienes presidían las Universidades Central de Venezuela, de Los Andes, del Zulia y de Carabobo. Me expresaron su satisfacción por el hecho de que después de José María Vargas, por primera vez un profesor universitario activo había sido elegido Presidente de Venezuela. Les pedí, por cierto, que me ayudaran a que no ocurriera conmigo lo que pasó con el egregio Vargas, que no pudo completar su período porque no logró armonizar su formación universitaria con los requerimientos de la política de entonces para el ejercicio del poder.

He recordado aquel hecho, para mí singular, porque creo ahora más que antes necesaria una reconciliación creativa entre la actividad universitaria y el acontecer nacional. El país está en crisis, pero también está en crisis la Universidad. La opinión pública no tiene una idea favorable de la Universidad. A pesar de que todos los padres y madres ansían que sus hijos sean universitarios y para ello están dispuestos a hacer todos los sacrificios y a no omitir esfuerzos y gestiones, los sondeos de opinión reflejan una cierta prevención frente a la institución universitaria. Se tiende a confundir la autonomía universitaria con los disturbios que con frecuencia ocurren en los recintos universitarios y con las interrupciones del trabajo universitario, que por diversos motivos, muchas veces legítimos, inevitablemente repercuten en disminución de los días de trabajo. Los paros y huelgas universitarias llegan al conocimiento del público a través de los noticieros escritos y audiovisuales, como acontecimientos del día, pero la gente no tiene oportunidad de informarse sobre la labor diaria y fecunda que la Universidad realiza.

Yo sostengo que lo más importante que hemos hecho en el último medio siglo, y más concretamente, en las tres décadas de vida democrática, ha sido el auge impresionante de la educación en todos sus niveles, desde el pre-escolar hasta el post-grado.

Doctorado Honoris Causa de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado.
Caldera luego de recibir el Doctorado Honoris Causa de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado.

Me siento orgulloso cada vez que puedo presentar ante auditorios extraños las cifras del crecimiento de la educación superior en los últimos decenios. Sostengo que ello no sólo nos ha permitido aumentar considerablemente el valor real de nuestros recursos humanos, sino que ha sido un factor de igualdad social, cuyos resultados me atrevo a considerar superiores a los de la propia Guerra Federal, sin el costo de vida y bienes que aquélla consumió cuando apenas empezábamos a reponernos del desgaste de la guerra de Independencia. Pero, por lo mismo de la importancia que atribuyo a la expansión de la educación superior, creo que en una hora en que se reclama al país tomar conciencia de sus necesidades y posibilidades, es indispensable que la institución universitaria asuma el rol que le toca para dirigir, para orientar y dar ejemplo, para ofrecerle a la comunidad, no sólo profesionales, científicos y técnicos, sino ciudadanos probos que den ejemplo de rectitud moral, de cumplimiento del deber y de vocación de servicio.

Yo he vivido y sigo viviendo en lo más hondo de mi espíritu el acontecer de la Universidad. De la Universidad en general, sin distinguir entre las universidades de proyección técnica o científica y las de orientación humanística, sin establecer dicotomías entre oficiales y privadas, ni entre experimentales y autónomas. Me alegro intensamente con sus triunfos, me he emocionado al verificar que sus egresados, cuando van a hacer post-grado a los más reputados establecimientos del mundo desarrollado, siempre o casi siempre aparecen por encima del nivel medio de los que hicieron pre-grado en aquellos ambientes de excelencia. He sentido también el dolor y la amargura de sus fracasos y de aquellos aspectos en los que se notan signos de decadencia. Me alarmo cuando en el seno de instituciones universitarias se crean situaciones de sectarismo y de violencia contrarios a la libre confrontación de las ideas y negadas a admitir la expresión de convicciones que discrepan con las dominantes. Considero que la creación y funcionamiento de nuevas universidades, como ésta, constituye un título de relevante mérito para los gobiernos democráticos; y sigo paso a paso sus progresos, tanto en el crecimiento de sus instalaciones y del número de sus alumnos, como en la variedad de sus planes de estudio y la renovación de sus métodos y funcionamiento.

Dentro de esta realidad, veo como un fenómeno natural la llamada democratización de la Universidad. La adopción progresiva de un régimen de autonomía de todas las universidades es una consecuencia inherente a su afirmación y crecimiento. Yo creo en la autonomía universitaria, y la he defendido hasta en momentos de actividad electoral, en que los asesores políticos indicaban que no gozaba de simpatía en los ambientes populares, porque la confundían con lo negativo que su praxis conlleva. Quiero manifestar en este acto tan solemne y de tanto contenido nacional y universitario, mi confianza de que los universitarios de Venezuela sabremos hacer balance de la experiencia de la Universidad autónoma y nos propondremos usar el privilegio de la autonomía como un instrumento para mejorar la educación y para ofrecer en la vida de nuestras universidades un modelo de democracia honesta, constructiva y renovadora que pueda ser aplicado con éxito en la conducción de la República.

Estoy seguro de que esta Universidad, que lleva el nombre preclaro del sabio larense Lisandro Alvarado, se empeñará cada día más en tomar posición de avanzada en la labor creadora, en el amor a la ciencia, a la justicia y al trabajo. La figura del epónimo se presta más que otras a sacar lecciones de la historia y a extraer orientaciones para el porvenir. Nacido en los propios días en que se preparaba la devoradora guerra larga, le tocó pasar –como a todos los de su generación– por períodos prolongados de desengaño, agravados cada vez que como un fuego fatuo se extinguían los escasos momentos de ilusión democrática. Su refugio, como el de quién sabe cuántos otros (aunque en una altura excepcional) fue el estudio y la investigación; el intento de conocer y estudiar desde sus primitivas raíces el hecho venezolano, con la esperanza de contribuir a que quienes lo sucedieran pudieran enrumbarse más certeramente por los caminos que desde la Independencia se añoraban.

Discípulo y ahijado de un gran educador, cuya memoria es honra y prez del magisterio larense, Egidio Montesinos, compartió con José Gil Fortoul, discípulo y ahijado también de Don Egidio, las preferencias del maestro en sus muchos años de docencia. Por mi padre adoptivo, que siempre se sintió un larense integral, Tomás Liscano, alumno de una de las últimas promociones del Colegio de La Concordia, oí desde niño hablar de Don Egidio, y de los labios paternos escuché numerosas anécdotas que me ayudaron a entender el drama de la generación de Gil Fortoul y Lisandro Alvarado, que consumió su juventud en la esperanza por una Venezuela distinta y al final tuvo que resignarse a servir en los cuadros que la autocracia férrea había reservado para ella: direcciones de Ministerios de la instrucción o de la diplomacia, Consulados, alguna que otra Legación, u otros cargos políticos y administrativos, salvo algún caso excepcional que permitió ponerlos más arriba. La pobreza general hacía depender la publicación de sus obras de la liberalidad oficial, cuya condición ineludible era la aceptación del sistema, aunque fuera expresado en frases de estilo o por lo menos de manera tácita.

Es sorprendente encontrar que, aún así, a principios de siglo y pese a las circunstancias políticas y a la penuria del medio, Venezuela tenía una pléyade de intelectuales de los más brillantes del Continente. Pero no se les ofreció la oportunidad de realizar la obra que les correspondía.

En lo político, después de la Guerra Federal, esos jóvenes, atraídos por el pensamiento liberal que dominaba aquí y en Europa, sufrían la contradicción de soportar gobiernos supuestamente liberales que ejercían una autoridad despótica, manejaban los escasos recursos del pueblo como cosa propia y menospreciaban los derechos humanos. Algunos intentaron la lucha en los días del «Ilustre Americano» y se conmovieron cuando en el bienio de Rojas Paúl pareció llegada para siempre la vigencia de un régimen democrático sincero. Una de las anécdotas que refería don Egidio Montesinos sobre su ahijado Gil Fortoul y que he recordado algunas veces, fue la de que, cuando éste comenzó en Caracas a participar en las luchas estudiantiles y lo pusieron preso en La Rotunda, su padre, el célebre «pelón» doctor Gil expresó: «¡el General Guzmán me está ayudando a formar el muchacho!». Esta expresión de aquel formidable y pintoresco caudillo regional es viva imagen de lo que ha sido muchos años una circunstancia habitual en el país: un estudiante protestando y un gobierno autoritario encerrándolo en una cárcel asquerosa de la que saldría curtido para el rudo enfrentamiento o domado para la aceptación pasiva de la realidad.

La reacción de Rojas Paúl fue un incidente pasajero. Andueza no pudo resignarse a repetir el ciclo en forma regular. Llegó Crespo, con su simpatía personal y con el arrojo que lo llevó prematuramente a la tumba, pero con su vocación irrenunciable de caudillo. Después aparecieron Castro y Gómez. La última ilusión, que también se extinguiría como un fuego fatuo, se vivió cuando en 1908 el general Gómez, silencioso y cazurro, abrió de nuevo las compuertas de la libertad. Es sintomático que, así como 1890 (gobierno de Rojas Paúl) fue el año en que se inició la publicación de libros como «El hombre y la Historia», 1909 fue también el año de «Alborada», la revista juvenil de Rómulo Gallegos, y de la publicación de la Historia Constitucional de Gil Fortoul y de la Historia de la Revolución Federal, la obra histórica más importante de Lisandro Alvarado.

El doctor Alvarado deja ver claramente en este libro su pensamiento liberal; pero al final no puede ser más desconsolador. «La lucha –escribe– fue en realidad por la democracia, y la federación asunto de forma; a lo que contribuyó sin duda la confusión por largo tiempo mantenida, de considerar la federación como atributo del movimiento liberal, y el centralismo como igual cosa del conservador; pero muy desde el principio chocó a los espíritus observadores lo utópico del pensamiento que a costa de tanta sangre fue por ellos defendido. Una correspondencia del general Mosquera dirigida al general Pedro Manuel Rojas e interceptada por el comandante Aniceto Parra manifestaba ya estas dudas, según parece. No ahondaremos mucho en esta materia, contentándonos con haber expuesto los hechos lo mejor que ha estado en nuestra mano; pero sí expondremos algunas opiniones que los corifeos de la federación han emitido, tomadas al acaso y propuestas como ilustración.»

«En Noviembre de 1864 el general José L. Arismendi escribía esto: “La independencia de que gozan los Estados dista muy poco o nada de la que les concedía la Constitución de 1858. Y no es de creerse que los sacrificios consiguientes a una guerra de cinco años, se soportasen para realizar un mero cambio de hombres, dejando sin aumento alguno el Poder de los Estados… El Poder Ejecutivo nacional conserva el grande instrumento de la corrupción. Las consecuencias no se han hecho esperar; antes bien han sorprendido por el cinismo de su reproducción. La Federación se ha iniciado en el Gobierno general con aquella misma inmoralidad que las anteriores Administraciones desplegaban a la mitad o al fin de la carrera. La República tiene la profunda convicción de los torpes manejos que la precipitan a su total ruina con el descrédito más afrentoso”».

«Manuel E. Bruzual, el mismo año: “Si el Ejército Federal había ocupado las ciudades y fortalezas, el principio político había alcanzado el triunfo. ¿Qué significaban, en efecto, esas dictaduras hilvanadas al jefe de una revolución que había luchado largo tiempo y acababa de triunfar para establecer la forma más perfecta de la democracia? No era posible comprender entonces que aquellos jefes militares fuesen, sin saberlo ellos mismos, los verdugos de la Federación”».

«Antonio Guzmán Blanco sostenía, en 1865, en plena Cámara, “que la federación no había sido, ni él la había tenido nunca como otra cosa, sino como un pretexto para hacer la oposición al partido constitucional”».

«Y terminamos con estas despreocupadas frases de Antonio Leocadio Guzmán ante el Congreso, al discutirse en 1867 la reforma constitucional: “No sé de dónde han sacado que el pueblo de Venezuela le tenga amor a la federación, cuando no sabe ni lo que esta palabra significa. Esa idea salió de mí y de otros que nos dijimos: supuesto que toda revolución necesita bandera, ya que la Convención de Valencia no quiso bautizar la Constitución con el nombre de federal, invoquemos nosotros esa idea, ¡porque si los contrarios, señores, hubieran dicho FEDERACIÓN, nosotros hubiéramos dicho CENTRALISMO!”» (Obras completas de Lisandro Alvarado, Vol. V, Historia de la Revolución Federal en Venezuela, Caracas, 1956, p. 597 y 598).

Con razón Picón Salas, al prologar una reedición de la obra afirma: «Se asoma (el doctor Alvarado) a los hechos como un geólogo a las grietas de un volcán. Reúne, describiéndolos, un conjunto de problemas nacionales que siempre apasionarán a los sociólogos y a los historiadores. Junto a la Venezuela de las leyes y las instituciones escritas, descubre otra multitudinaria y campesina sometida a la mayor intemperie de la incultura y la naturaleza» (…) «Con los límites de su dispersión y de su estilo, de los métodos positivistas que ya no bastan para penetrar los fenómenos de la cultura aquel maestro andariego, de adivinadora excentricidad, es uno de los venezolanos ejemplares de su desgraciado tiempo».

Debemos, pues, agradecer el que este tiempo, a pesar de sus nubarrones oscuros, ya no sea aquél en el que Don Lisandro Alvarado tuvo que vivir. Permítaseme citar de nuevo a Picón Salas, porque encuentro muy pertinente una observación suya, propicia para una reflexión interesante: «En el tiempo de Alvarado no había una Universidad venezolana que pudiera aprovechar y encauzar todos los atisbos y direcciones que bullían en su mente vagorosa por las disciplinas más dispares. En cualquiera de las ramas del conocimiento que cultivó como hombre escotero, perdido en una comarca de prejuicios o de tosca ignorancia, habría realizado una labor coherente y magnífica si las universidades de entonces hubieran comprendido que era mayor ciencia analizar la lengua y modos de vida de los últimos indios caribes o los movimientos de las masas populares venezolanas en el siglo XIX que la monótona glosa de los artículos del Código Civil o la repetición memórica de la Anatomía de Testut en que parecía agotarse la didáctica universitaria de nuestro país, hasta hace pocas décadas».

Démonos cuenta, a pesar de nuestra tendencia a la negación grandilocuente, de que la Venezuela de hoy es un país distinto y mejor que la Venezuela en que a gente como Lisandro Alvarado le tocó sobrevivir.

Levantemos el ánimo. Hinchemos las velas de la esperanza y soñemos en una Venezuela del futuro, en la que universidades, como será y deberá ser la Universidad Centro Occidental, ofrezcan hogar propicio a cerebros lúcidos y temperamentos inquietos como el de Lisandro Alvarado para realizarse a plenitud, no sólo en beneficio de sus propias personas, sino en trascendente servicio a la comunidad.

Soñar, al fin y al cabo, no es delito; y es pertinente recordar aquel dicho, de que ninguna realidad que haya logrado un ser humano no haya comenzado por un sueño. Soñemos despiertos para que ese hermoso sueño se realice. El porvenir de Venezuela tiene su más estimulante perspectiva en el futuro de la Universidad.