Panamá

Recorte de El Universal del 17 de enero de 1990. donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

Nos duele Panamá

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 17 de enero de 1990.

Para los venezolanos, la suerte de Panamá no puede ser indiferente. Tenemos fuertes nexos históricos y una gran afinidad humana con ese país hermano. Panamá formó parte de la Gran Colombia de Bolívar y ya en la Carta de Jamaica (1815) el futuro Libertador vio como un sueño que remataría la gloriosa aventura de la Independencia, que el Istmo de Panamá fuera para los pueblos libertados «lo que el Istmo de Corinto fue para los griegos».

Puso empeño en la realización de esa ambiciosa idea. El Congreso de Panamá, convocado en los mismos días en que se remataba le empresa liberadora en Ayacucho, fue un noble intento para que las patrias hispanoamericanas asumieran solidariamente la personalidad y el vocerío que deberían hacerlas respetables en el mundo. Si ello no se logró, a pesar de la aureola que le daba el momento cenital de Bolívar y el sacrificio que hizo su Canciller Pedro Gual trasladándose en medio de dificultades y de incomprensiones a Panamá y luego a Tacubaya, a casi 180 años, es razonable pensar que si el proyecto hubiera tenido éxito, no se habrían posibilitado tantas desventuras como las que han padecido nuestros países. Por de pronto, no es descabellado sostener que no se habría producido la aventura de Maximiliano en México, ni ese país habría perdido en manos del vecino del Norte la mitad de su territorio.

Panamá representa para los latinoamericanos, pero en especial para los países libertados por el egregio caraqueño, un símbolo de integración latinoamericana, una cita de honor que está vigente, para hacer de nuestros países, como dijera el Padre de la Patria en su célebre carta a O’Higgins, «una nación de repúblicas».

El canal interoceánico era una necesidad sentida a través de la historia que esperaba el avance tecnológico para su construcción. La apertura del Canal de Suez había sido preanuncio de que el Atlántico y el Pacífico se comunicarían por una vía acuática como se comunicaron el Mediterráneo y el Mar Rojo.

El poderío económico de los Estados Unidos, su perentoria necesidad de facilitar el intercambio entre sus dos costas oceánicas, su disposición de medios suficientes para afrontar los problemas de ingeniería, logística y salubridad, dieron ejecución a la obra, en momentos en que dominaba en la política hemisférica la Doctrina Monroe y ejercía la presidencia un político que creía en el gran garrote (the big stick) como instrumento idóneo dentro de una concepción hegemónica. Así, la independencia de Panamá, que era hasta cierto punto un hecho natural, surgió mediatizada por la soberanía norteamericana sobre la Zona del Canal, que partía en dos su territorio y compensada apenas con una renta, que vista a distancia hay que considerarla muy módica y con lo que podía beneficiarla el tráfico del Canal, visto como una especie de concesión generosa de los Estados Unidos a los demás países de la tierra.

La recuperación de la soberanía panameña sobre la Zona del Canal fue una aspiración compartida por hondo sentimiento latinoamericano. Cuando Venezuela recuperó su institucionalidad democrática y se instalaron sus cuerpos representativos, el primer Acuerdo que aprobó la Cámara de Diputados en materia internacional, que me cupo la honra de firmar como su Presidente, fue para manifestar la solidaridad de los representantes del pueblo de Venezuela con la aspiración panameña de obtener la soberanía, sobre la parte de su territorio que estaba en manos de la potencia constructora del Canal. Los tratados Torrijos-Carter, para cuya celebración fueron mediadores algunos gobiernos latinoamericanos, entre ellos el de Venezuela, presidido entonces por Carlos Andrés Pérez, quien tomó una parte muy activa en la negociación, fueron considerados como una reivindicación, no sólo panameña, sino latinoamericana.

En el camino hacia el ejercicio pleno de su autodeterminación, vino a plantearse la deplorable situación que ha culminado en los recientes acontecimientos. Desde el principio, la Guardia Nacional, única fuerza militar en aquel país, había jugado un papel de árbitro de la política y del gobierno. El general Omar Torrijos Herrera, quien usurpó el poder cuando el presidente Arnulfo Arias decidió removerlo de la jefatura de aquella fuerza, hizo de la Guardia un verdadero partido político: sus integrantes, desde los más altos hasta los rasos, hablaban de ella como podrían hacerlo los militantes más fervorosos de cualquier organización partidista.

A Torrijos se le pueden perdonar sus numerosas faltas por el empeño que supo poner en el rescate del Canal, pero dejó una impronta negativa en la praxis política. La renuncia forzada de presidentes títeres se hizo una costumbre reiterada. Dentro de la apariencia electoral se fijó como fecha para la trasmisión del mando el día en que Torrijos derribó por la fuerza al presidente Arias. A la Constitución se añadió una disposición transitoria en la cual se reconocía a Torrijos como jefe supremo y se le daba la atribución de designar a los más altos funcionarios del Estado. Noriega, como heredero de Torrijos, confirmó sus procedimientos: se abroqueló en la comandancia y se lanzó por un camino de desafueros y atropellos que no podían haber tenido más triste desenlace. Se le imputan numerosos delitos, desde el narcotráfico hasta el asesinato de políticos opuestos a su autoridad.

Las elecciones de 1984 culminaron en un fraude descarado, que le robó la victoria al anciano caudillo Arnulfo Arias. Para los Estados Unidos el hecho era aceptable entonces, porque el candidato de Noriega era un distinguido economista muy vinculado a los medios financieros norteamericanos. Pero comenzaron a mostrar preocupación cuando Noriega hizo renunciar al presidente Ardito Barletta por haber anunciado la decisión de hacer investigar el asesinato del ex ministro Spadafora. Lo ocurrido después fue cada vez más lamentable.

Y en el momento actual, América Latina, a la que se reprocha no haber ejercido una presión más eficaz para que se pusiera fin al despotismo y se reconociera la voluntad popular, se halla perpleja ante una invasión que repudia, pero que por medios excusados se anotó el derrumbamiento de un régimen arbitrario y culpable ante un gobierno nuevo, integrado por quienes tuvieron una amplia mayoría en la consulta electoral de mayo, pero mediatizado por una fuerza extranjera e iniciado en deplorables circunstancias.

Noriega, quien llegó al poder con una imagen de hombre inteligente, incurrió en el descaro de desconocer abiertamente el resultado electoral cuando se vio en la imposibilidad de repetir el fraude de 1984. Después tuvo la torpe arrogancia de declararse en estado de guerra con los Estados Unidos, anunciando una resistencia heroica que terminó en un desenlace bufo. Ahora los países de este hemisferio tienen el deber de ayudar a los nuevos gobernantes panameños a asumir plenamente su autoridad y de insistir ante Washington en la urgencia de retirar sus tropas para que el nuevo gobierno pueda ser realmente gobierno. Son personas de buena reputación, por uno de ellos, Ricardo Arias Calderón, tengo especialmente amistad y le profeso un alto aprecio. Si me fuere dable darles un consejo, quizás les recomendaría la convocatoria –en tiempo razonable– de una Asamblea Constituyente, para dar firmes bases jurídicas al nuevo régimen, que mal funcionaría dentro del confuso ordenamiento elaborado por el torrijismo y rematado por Noriega.

Pero la salida de las tropas invasoras es, sin duda, la condición más importante. En un libro que acaba de aparecer, con el título de «Ilusiones Perdidas» (Lost Illusions), el Embajador Paul H. Boecker, presidente del «Instituto de las Américas», con sede en La Jolla, San Diego, California, inserta 26 entrevistas hechas en 11 países latinoamericanos. Una de ellas es la mía; la hizo en Caracas el 22 de julio de 1988. El último párrafo dice lo siguiente: «Hace algunos años, con motivo del bicentenario de Andrés Bello, visité Washington y fui invitado a la Casa Blanca. El presidente Reagan estaba en California, pero el vicepresidente Bush me recibió. Después de una cordial reunión me invitó a visitar la Sala del Gabinete. Me presentó a los secretarios que estaban presentes, e indicando la silla del Presidente, me preguntó: –¿qué diría a Latinoamérica si estuviera sentado en esa silla? –Yo le contesté que les diría a los latinoamericanos que «nunca un soldado norteamericano pondría el pie en su suelo para violar su soberanía»».

Eso que entonces pensaba, somos muchos, al Sur del Río Grande y hasta el Norte del famoso río, los que lo seguimos pensando. Es una lástima que hechos fatales y concepciones erradas (de un lado y otro) hayan llevado a que esa deseada promesa no se cumpliera. Nos duele. Nos duele Panamá. Ayudémosla a salir del atajo.