Armar el rompecabezas
Recorte de El Universal del 18 de diciembre de 1991, donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

Armar el rompecabezas

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 18 de diciembre de 1991.

 

ROMPECABEZAS, es el nombre de un divertido juego cuya solución reclama inteligencia, imaginación y paciencia. El diccionario de la Real Academia lo define así: «Juego de paciencia que consiste en componer determinada figura combinando cierto número de pedacitos de madera o cartón, en cada uno de los cuales hay una parte de la figura».

Mientras mayor y más bella sea la figura o el paisaje que va a aparecer al quedar armado el rompecabezas, más laboriosa será su composición. Hay rompecabezas muy sencillos, para despertar el ingenio en los niños desde la primera infancia, pero los hay sumamente complicados: millares de piezas, cortadas en formas caprichosas, a primera vista dan la impresión de algo imposible de arreglar.

A mi hija Mireya, aficionada a este deporte de la inteligencia, le he traído de algunos de mis viajes, rompecabezas hasta de 3.000 piezas. Los hay mayores todavía; pero para solucionarlos se requerirían muchas horas y a veces varios días de entera consagración. El esfuerzo, sin embargo, queda recompensado por la intensa satisfacción que se va produciendo cuando comienza a aparecer la figura, y hay una especie de éxtasis cuando se llega a completar y se muestra ante los ojos completa la hermosura y colorido de la obra. Es casi como si el que arma el rompecabezas se considerara autor de la pintura. La siente como obra suya por haberle dado su forma, por haber descubierto su encanto.

La situación actual de Venezuela da la impresión de un rompecabezas. Un rompecabezas muy grande, con muchas piezas disímiles, que parecería no ofrecieran posibilidades de integración para alcanzar la armonía del paisaje.

Todo en la actualidad se muestra signado por un espíritu de contradicción. No hay diálogo entre los diversos sectores y cuando se lo pretende establecer resulta un verdadero diálogo de sordos: cada quien dice una cosa diferente y en ninguno hay la intención de ponerse de acuerdo con el otro. En las propias esferas de dirección del país, llamadas a señalar rumbos claros para que la comunidad marche, son más las contradicciones que las coincidencias. El ministro de Cordiplán dice una cosa y el presidente del Banco Central otra. Raras veces se muestran de acuerdo el Ministerio de Fomento y el Ministerio de Hacienda: aquél es responsable del régimen de la industria y el comercio, y ésta de las finanzas, y se supone deberían marchar en completo acuerdo. La presidenta del Instituto de Comercio Exterior se vio obligada a dimisionar por no estar conforme con el rumbo de la política oficial, a pesar de ser funcionario de gran confianza. La estimación de los ingresos petroleros llevada al proyecto de presupuesto por el Ejecutivo este año estimaba volúmenes de exportación y valor cambiario de la moneda diferentes de los que apreció la empresa oficial coordinadora de las actividades del ramo.

Cuando se oye un anuncio de un vocero oficial se espera seguidamente, por ello, otro anuncio contradictorio que enseguida vendrá. Ha habido casos de discrepancia entre un ministro y su viceministro. No han faltado contradicciones entre el titular de un despacho y su superior inmediato, el Presidente de la República. Y que me lo perdone el Jefe del Estado, quien declara todos los días, y algunos días, varias veces.

Las autoridades ordenan que las manifestaciones estudiantiles no se repriman con armas de fuego, pero los noticieros informan de casos de heridos y aun fallecidos a consecuencia de disparos efectuados en los eventos. Y para reconocer que las contradicciones no se ciñan al sector oficial, digamos que también los manifestantes pacíficos aparecen acompañados por delincuentes potenciales (no pueden llamarse de otra forma) que están «encapuchados» para cubrir su identidad, hecho que hace presumir en ellos el propósito de realizar acciones de violencia.

No se enganchan entre sí las piezas del rompecabezas. No puede entenderse cómo un presupuesto nacional de 860.000 millones de bolívares, se repite hasta la saciedad que el Estado no tiene dinero. Se añoran los tiempos en que «había dinero para todo», siendo que el último presupuesto anterior al boom petrolero fue sesenta veces inferior al actual (se arguirá que ahora el bolívar vale menos, pero su merma, desde 4,30 a 61 por dólar, es sólo catorce veces menor, de donde resulta que calculando el presupuesto de 1974 al cambio de entonces y el de 1992 al cambio de hoy, el nuevo resulta, en dólares, cuatro veces más alto que aquél).

Se repite en todas las formas que ya pasó la época en que el petróleo era el padre providente que lo solucionaba todo: pero eso ocurría cuando el crudo se vendía a menos de dos dólares el barril, precio del cual había que descontar el costo de producción y la parte correspondiente a las transnacionales concesionarias, mientras que ahora se vende a cerca de veinte dólares y su producto, deducido el costo, no se reparte sino que va íntegra a las arcas del Estado o a las de Petróleos de Venezuela.

Nadie puede explicar semejante confusión. No se entiende cómo se ha deteriorado el país, hasta el extremo de tener que entregarlo a manos privadas, casi siempre mayoritariamente su función. No solamente la Corporación de Mercadeo y el Banco de Desarrollo Agropecuario, que en su tiempo fueron modelo de eficiencia, terminaron disueltos a consecuencia de la incuria y corrupción que los invadió, sino que también la CANTV, una empresa que tuvo mucho prestigio, y VIASA, que fue una línea modelo, y las industrias pesadas de Guayana, que con orgullo exhibimos a los visitantes extranjeros. Se consideran en tan mal estado que no se quiere admitir otra salida que la de soltarlas como sea.

Los servicios públicos no funcionan, pero todos los días se anuncia la subida de las tarifas que pesan sobre las espaldas de los usuarios. Se habla de grandes planes para mejorar la justicia, pero no funciona la seguridad personal, ni las cárceles están medianamente presentables, ni la administración de justicia trasmite ante la sociedad civil una imagen de eficacia y rectitud. No se enfrenta el complicado problema de tránsito, ni se agiliza la construcción o reparación de vías indispensables para la rapidez de comunicaciones que demanda un país moderno. La vialidad rural es más un motivo para reiteradas declaraciones que una realidad medianamente aceptable.

Se habla con insistencia y hasta con jactancia de que la situación económica ha mejorado mucho, para lo cual se hacen comparaciones con países hermanos que están peor que nosotros; pero al mismo tiempo, las estadísticas más respetables denuncian cómo ha aumentado y aumenta el porcentaje de quienes no perciben lo indispensable para una vida sana. Una minoría cada vez menor ostenta sus riquezas, pero una mayoría cada vez mayor se hunde en la pobreza. Se hacen declaraciones de austeridad, pero se les condimenta con pomposos actos de derroche.

Hay que armar el rompecabezas. No es fácil, pero es preciso decidirse a ello. Mucha voluntad, mucha imaginación, mucha paciencia hay que dedicar a esta inaplazable labor. Cuando se arme, irá apareciendo en toda su impresionante belleza el paisaje. Cuando se logre ultimar la tarea, podrá admirarse en toda su esplendidez la verdadera y noble realidad venezolana. Se podrá ver que Venezuela tiene todo lo necesario para ser un país próspero y feliz. Todas las piezas aportarían su cuota para realizar el conjunto. Sin delirios de grandeza, nuestro país puede alcanzar un nivel envidiable en el concierto latinoamericano.

¿Vale la pena intentarlo? No sólo lo vale, es imperioso hacerlo. Porque dejar que el vendaval se lleve como hojas secas las partes del rompecabezas, sería un crimen imperdonable, e irremediable.