Artículo La vitrina rota otra vez
Recorte de El Universal del 12 de febrero de 1992 donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

La vitrina rota otra vez

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 12 de febrero de 1992.

 

Cuando a la iniciación del gobierno de Carlos Andrés Pérez (27 y 28 de febrero, 1 de marzo de 1989) ocurrieron dolorosos acontecimientos que impactaron el sentimiento nacional, hice un comentario que me pareció indispensable: la democracia venezolana, que era la vitrina (el «show window») es decir, el escaparate de exhibición de la democracia latinoamericana,  había sufrido un grave traumatismo. Se nos había presentado como un ejemplo, y en verdad lo éramos, de estabilidad, ya que mientras naufragaba el sistema democrático en países hermanos de mayor tradición institucional, nuestra democracia mostró una firmeza a prueba de todas las circunstancias. Esa vitrina, decíamos entonces, vio sus cristales destrozados a pedradas por los habitantes de los barrios periféricos de Caracas. Quienes nos ponían como ejemplo y los que nos tomaron como tal debían considerar que si esto pasaba en Venezuela, cualquier cosa podía pasar en otras partes.

Ahora la vitrina ha sido nuevamente rota. Esta vez, no a pedradas sino a culatazos. Han sido las armas de la República y lo que es peor, dirigidas por manos jóvenes de alta calificación profesional, las que desbordaron los cauces que la ley y el deber les imponían, con el propósito felizmente frustrado de quebrantar la institucionalidad y de imponer por la fuerza nuevos rumbos a la vida nacional.

Alarma y angustia hubo en todos los hogares en la madrugada del 4 de febrero. Sorpresa, sobre todo por la extensión insospechada del intento. No fue mayor esa sorpresa porque voces respetables habían venido anunciando la posibilidad de que recayéramos en uno de los males de nuestra accidentada historia política: la tentativa del golpe militar.

Se ha discutido y se habrá de discutir mucho más sobre la causalidad concreta del golpe en sí, es decir, la verdadera motivación que llevó a los cabecillas a intentar la deplorable acción. Como suele suceder en casos similares, pueden haberse conjugado motivos diferentes. Por supuesto, el primero, una errada concepción ideológica. El Jefe del Estado ha afirmado que los conjurados tenían una ideología fascista. Las revelaciones de un ex Comandante General del Ejército en un programa de televisión, en cierto modo corroboran ese aserto. En las declaraciones que hizo al diario La Columna el jefe de la insurrección en Maracaibo habló de una democracia más participativa, pero es difícil aceptar e interpretar esta aserción. El fondo está por aclararse.

Se ha tratado de explicar el alzamiento como consecuencia de las dificultades económicas que atraviesan los oficiales subalternos, suboficiales y personal de tropa. Se habla de una escasez tal de vivienda, que diversas familias tienen que hacinarse en un solo departamento. Se establecen parangones entre la remuneración y el costo de la vida. Sobre todo, se establecen comparaciones entre el nivel de vida de los altos mandos y el de los cuadros inferiores. Sin embargo, el Ministro de la Defensa ha manifestado que el movimiento no se debió a causas económicas, porque se han hecho esfuerzos recientemente por mejorar la situación del personal. Por otro lado, se trata de explicar la sublevación como un estallido contra la corrupción, especialmente contra los casos de corrupción denunciados y detectados en los altos eslabones de la cadena de mando, pero debe reconocerse que el ministro Ochoa Antich ha dado muestras de tener la decisión de no incurrir en encubrimientos.

Todo se presta a muchas consideraciones y reclama, sin duda, un profundo y ponderado análisis. Pero hay algo que nos tiene que preocupar aún más seriamente, porque sean cuales fueren los verdaderos factores de la intentona, no cabe duda de que el ambiente general, el tremendo malestar existente en la población fue, si no el motivo, por lo menos el pretexto para la descabellada operación; fue telón de fondo, caldo de cultivo, escenario propicio para que quienes pretendían derrocar el Gobierno constitucional se sintieran animados a intentarlo.

Nadie puede dudar de mi firme e irrevocable convicción democrática. Sólo la más perversa mala fe puede atribuir a mis palabras una intención mezquina, y muchísimo menos el propósito de justificar el hecho reprobable. Pero sentí mi deber, como lo sentí hace tres años, de decir mi verdad, de alertar a los más responsables de la dirección política del país sobre un estado de cosas que de no enfrentarse a fondo y sin demora puede producir las peores consecuencias.

Me sentí obligado a expresar sin tapujos lo que el país está sintiendo, en forma clara y precisa. Y me causa nueva alarma el hecho de que la respuesta sea la actitud ciega y sorda de ignorar los graves reclamos colectivos y pensar que solamente con el endurecimiento de la represión se puede estañar la quebrantada salud del Estado.

Lo digo con dolor, pero sería insensato ocultarlo; el pueblo no salió decidido a defender sus libertades, como lo hacía en forma caudalosa y vibrante en tiempos que ya creíamos definitivamente superados, cuando cualquier aventurero, por grandes que fueran sus disponibilidades, amenazaba la democracia.

La base más firme de sustentación del sistema es la fe del pueblo, la voluntad del pueblo, la decisión del pueblo para mantenerlo y defenderlo. No querer darse cuenta que en la realidad actual esa voluntad está, cuando menos, debilitada, no es torpeza, es culpa. La misma retórica de hace treinta años resbala sobre los oídos de la gente. No tiene efecto. El pueblo está ansioso de sinceridad y de verdad. La dirigencia ha perdido capacidad de convocatoria.

Lo ocurrido el 4 de febrero en Venezuela es un alerta, no sólo para nosotros, sino para nuestros hermanos de América Latina. La democracia recuperada en ellos con tanto júbilo atraviesa una etapa difícil. Los países industrializados que ofrecen un apoyo a nuestro sistema democrático cuya sinceridad no podemos negar, deberían por fin darse cuenta de que hay un trasfondo que ha sido y sigue siendo cada día más amenazador. La vitrina está rota. No se trata simplemente de reponer los cristales. Lo que urge es comprender que el costo social de los paquetes de reajuste económico que se nos imponen ya se hace intolerable para los pueblos y que el mejor apoyo que pueden dar a las democracias latinoamericanas es hacer que el Fondo Monetario afloje un poco los torniquetes que estrangulan en este hemisferio a millones de seres humanos y les hacen la vida casi imposible.