1990. Noviembre, 14. ALA / El Universal: Amazonia y Garimpeiros

 

Rafael Caldera de visita a la Amazonia venezolana, 1971
Rafael Caldera, durante su primer gobierno, acompañado por el padre Pedro Pablo Barnola, durante una visita a la frontera con Brasil. Amazonas, 18 de abril de 1971.

Amazonia y Garimpeiros

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 14 de noviembre de 1990.

 

La vasta región amazónica, por sus características, constituye un justificado motivo de preocupación para toda la humanidad, y especialmente para el creciente grupo de los ecologistas, que con entusiasmo y decisión lucha por mantener y defender la naturaleza.

Constituye también objeto de legítima preocupación para los indigenistas, empeñados en defender las castas autóctonas que sobreviven en esa región, resistiendo los embates del tiempo y las depredaciones de aquellos «civilizados» que los atropellan, en una búsqueda insaciable de beneficios económicos.

Lo erróneo, a mi modo de ver, es considerar que la conservación de la naturaleza se logra abandonándola; y que la defensa del indígena consiste en mantenerlo en miserables condiciones de vida, negándole los recursos que la civilización ofrece, incluyendo el idioma, indispensable para comunicarse con otros y para defender sus derechos.

Actualmente ocurre en el área amazónica una palpable demostración de lo que acabamos de expresar: la posición adoptada por los gobiernos de Venezuela a partir de 1974, de ignorar la existencia de esa vasta región y dejar a su suerte a las tribus indígenas que la habitan, ha producido como consecuencia la invasión de «garimpeiros» que amenaza el ambiente, arrasa el terreno, envenena y disminuye sus ríos, mientras siguen afectados por toda especie de carencias, y afligidos por varias enfermedades sus callados y resignados habitantes, cuya actitud pasiva se convierte en un alarido de protesta contra la injusticia y la desidia.

Cuando asumí la presidencia de Venezuela le recordé a mis compatriotas la expresión que un notable epidemiólogo venezolano, el doctor Rumeno Isaac Díaz, solía usar para definir una muy grave situación: «Venezuela es un país hemiplégico».

Según el diccionario, hemiplejía es parálisis de la mitad del cuerpo. Efectivamente, de 916.000 kilómetros cuadrados que constituyen nuestro territorio continental, el Territorio Federal Amazonas tiene 175.000, el Estado Bolívar 238.000 y el Territorio Delta Amacuro (que no es propiamente amazónico, pero sí orinoquio) 42.000; es decir, en total, más de 455.000 kilómetros cuadrados. En esa extensa región, sus habitantes, concentrados en el Estado Bolívar en dos ciudades importantes (Ciudad Bolívar y Ciudad Guayana) y algunas poblaciones más, y en los territorios en dos medianas capitales (Puerto Ayacucho y Tucupita) y en unas pocas cabeceras de departamento, no han alcanzado al 5% de la población del país, y si acaso llegan a ese porcentaje, y hasta pueden superarlo en los últimos censos, es porque ha aumentado la concentración urbana en los centros poblados, como consecuencia de las fuertes inversiones realizadas en el polo de desarrollo de Guayana y por el gasto público presupuestado en las entidades federales, que se consume casi totalmente donde tienen su sede los respectivos gobiernos.

Cuando fui por primera vez al hito de Cocuy, donde confluyen las líneas fronterizas de Brasil, Colombia y Venezuela, el último asentamiento que encontré fue un conjunto de no más de diez chozas llamado Santa Rosa de Amanadona, donde apenas un miembro raso de las Fuerzas Armadas de Cooperación cumplía todas las funciones, desde la de representar la soberanía nacional hasta la de instruir y dirigir a los niños para que, conducidos por él, nos saludaran y cantaran una estrofa de nuestro himno nacional.

Rafael Caldera en la Piedra del Cocuy, Amazonia venezolana
Rafael Caldera en la Piedra del Cocuy (1971).

Al llegar al hito, vino a saludarme un capitán del ejército brasileño, con su plana mayor, acompañado por los profesores del liceo que hay en su comando, el capellán, y un grupo de personas, jóvenes y adultas, que viven en el fuerte que hace años tienen al otro lado del río Negro. Los marginados sociales que se me acercaron, buscando ayuda, hablaban portugués. Confieso que sentí vergüenza. Vergüenza que se compensaba con el orgullo que inspira el soberbio monumento natural que es la Piedra del Cocuy, el cual se halla enteramente en territorio venezolano.

Decreté románticamente la creación de una «ciudad» a la cual denominé «San Simón del Cocuy», en homenaje al Padre de la Patria, cuyo busto heroico, en donde debía ponerse una hermosa placa, frente a la Piedra, mira con arrogancia el prodigio de la naturaleza. La idea era poner en San Simón al menos una guarnición, con elementos suficientes para acreditar la presencia de la República. Se inició la construcción de cincuenta casitas de madera, con sus servicios elementales: al terminar el período estaba ya lista la mitad, y la otra mitad en proceso de construcción. Una pista mediana permitía aterrizar aviones pequeños y transportes militares; y en la ribera del Brazo Casiquiare, que une al Orinoco con el río Negro, se inició un asentamiento de indígenas acompañados con algunos ex guardias nacionales, y le dimos el nombre de Solano, en homenaje a un gran gobernador que en la época colonial fue ejemplo de progreso en las tierras guayanesas.

Cuando entregué el gobierno tomaron la decisión de abandonar el programa por razones conservacionistas.

Los que me sucedieron le negaron continuidad. Sin embargo, cuando quise iniciar la campaña en 1983, yendo con un grupo de muchachos y muchachas a enviar un mensaje a las nuevas generaciones el Día de la Juventud, pudimos aterrizar en la pista, que llevaba varios años de abandono, y encontramos las casitas todavía esperando. La mirada del Libertador nos parecía decir: aquí estoy, cuidando lo que los contemporáneos de ustedes no quieren defender.

Tuve entonces la oportunidad de visitar el fuerte de los brasileños, porque ya no tenía impedimento constitucional para salir del país. No sé definir el sentimiento que esta visita me produjo: admiración a un país vecino, que teniendo ocho millones de kilómetros cuadrados se preocupa por su más remota frontera, o humillación por encontrar lo nuestro en triste forma, como si no nos importara nada lo que nos pertenece.

La idea de nuestro programa, en el cual trabajaron profesionales jóvenes de primerísima calidad, no era «poblar» la Amazonia venezolana, sino hacerla verdaderamente parte de la nación. Yo vi ingenieros con post-grado en MIT manejando tractores, si era necesario, para no retardar su trabajo. Así también los vieron las comisiones del Congreso que fueron a la zona.

Tal vez nuestro error fue el de darle al programa –también románticamente– el nombre de «La Conquista del Sur». Algunos creyeron que iba a ser algo parecido a «La Conquista del Oeste» en el siglo pasado, en los Estados Unidos, con su liquidación de grandes contingentes indígenas, con su extracción inmisericorde de los recursos minerales, con su arrase de numerosos bosques y con las escenas de permanente violencia explotada por los industriales del cine con las películas «western».

Nada de eso. Quizás habría sido mejor decir: «La presencia en el Sur».

Lo que queríamos era una acción controlada, con una vigilancia amorosa sobre los recursos naturales. A los indígenas queríamos llevarles salud y educación. Proporcionarles fuentes de vida y de mejoramiento. Observamos que los indígenas de la Gran Sabana, en el altiplano del extremo oriental, no han perdido su propia identidad por el hecho de que tengan acceso al vestido y a las medicinas de los otros venezolanos, y de que haya en Santa Elena de Uairén un liceo, y en otros puntos de su territorio centros educativos donde aprenden a vivir mejor. Yo no siento pena sino orgullo al encontrar indígenas que han aprendido oficios y alcanzado profesiones que no tienen por qué reservarse a los demás venezolanos. Ellos hablan su idioma ancestral, pero saben defenderse en español. Las emisoras que pusimos trasmitían en castellano, pero también en los idiomas indígenas.

Los indígenas que se educan son precisamente los que mejor defienden sus etnias contra su desaparición.

Incapaz me sentiría de ser enemigo de los ecologistas y los indigenistas. Sé que los anima una noble preocupación y comparto su aspiración de proteger la naturaleza y la población autóctona. Pero tenemos que ponernos de acuerdo en la manera de lograrlo. Cuando los gobiernos que siguieron al mío decidieron abandonar la Amazonia, observé que, teniendo por vecinos a dos países de tanta presión demográfica como Colombia y Brasil, cuando llegáramos a darnos cuenta de la realidad, encontraríamos nuestra tierra amazónica ocupada por brasileños y colombianos.

Es la ley natural. Sin embargo, ello no había sido tan grave como lo que ha ocurrido: millares de mineros, de varias nacionalidades, han entrado a saco en lo nuestro ocasionando daños irremediables, y no encontramos como eliminarlos y subsanar los desastres.

¿Será posible que entre tantas rectificaciones que está haciendo el presidente Pérez respecto de su primer gobierno, piense también en ésta? ¿Sería utópico esperar que, al menos, en San Simón del Cocuy se ponga una compañía del Ejército en armonía con la que los brasileños tienen en la otra orilla del río? Lo que no se cuida se pierde; se expone a que caiga bajo las garras de una desenfrenada explotación.

Para ponerle coto, es necesario asegurar la presencia efectiva y redentora de Venezuela en el Sur. En su propio Sur.