Aumentan las reservas
Recorte de El Universal del 15 de agosto de 1990, donde aparece publicado este artículo de Rafael Caldera.

Aumentan las reservas

Artículo para ALA, tomado de su publicación en El Universal, el 15 de agosto de 1990.

 

Entre las noticias que suelen enviarse desde los observatorios económicos internacionales, recientemente se colaron dos, que seguramente buscaban estimular a los presidentes Collor de Mello y Salinas de Gortari por sus severas medidas de reajuste económico, a la vez que incitar a los otros magistrados de América Latina a seguir su ejemplo.

Según el cable, las reservas internacionales del Brasil alcanzaron en junio a 7.780 millones de dólares, mientras que el año anterior, en el mismo mes, eran de 5.556 millones. Por otra parte, las reservas internacionales de México, en la misma fecha de junio de 1990 eran de 7.300 millones de dólares; y aunque habían descendido desde febrero, mes en que habían llegado a ser de 8.445 millones, todavía representaban un aumento sobre el año anterior, por lo que los analistas del Departamento de Estudios Económicos del Banco Nacional estiman «que la actual reserva internacional es favorable para llevar adelante el programa de estabilidad del gobierno».

Los indicadores económicos que sirven para poner el termómetro a las nuevas políticas de tendencia neoliberal exigidas por el sanedrín financiero mundial parecen ser las depreciaciones progresivas del signo monetario (motivadas frecuentemente por la búsqueda del equilibrio presupuestario) y la disminución de la rata inflacionaria (elevada por las propias medidas de reajuste); y la remoción de todo condicionamiento al acceso del capital transnacional.

La pregunta que inevitablemente surge ante estos indicadores es cuánto le cuesta a los pueblos adoptar medidas requeridas para que el Fondo Monetario Internacional pueda darles un «certificado de buena conducta», sin el cual la banca privada –y la banca auspiciada por organismos públicos internacionales– no puede entrar en arreglos para aliviar en algo el peso del servicio de la deuda y para dejarles llegar algún «dinero fresco», que en definitiva aumentará el volumen de lo que se debe, que ha sido el factor desencadenante de la situación conflictiva en que se encuentra.

Voceros autorizados del propio Fondo Monetario y del Banco Mundial han reconocido en ocasiones que el reajuste económico implica para los países del Tercer Mundo un costo social elevado; pero esta convicción no se refleja en un ablandamiento de las «cartas de intención».

Alguna que otra vez parecieran inclinarse a moderar un poco la dureza de su estilo, pero la ilusión de que darían importancia a las condiciones sociales para hacer más transitables sus rumbos resultó frustrada.

Al mismo tiempo que se anuncia que «aumentan las reservas» en países alineados en la nueva política económica, lo cierto es que aumenta la reserva en todos nuestros países frente a ese reajuste económico que condena a un número creciente de latinoamericanos a sufrir de hambre. Van estrechándose con peligro de desaparecer, las clases medias que se habían fortalecido en la segunda mitad del siglo XX, a las cuales cada vez se hace más difícil adquirir una vivienda o tener un automóvil; y es muy oneroso para los institutos científicos adquirir instalaciones y equipos, así como libros y revistas publicados, lo que estimula el «drenaje de cerebros», porque los técnicos, científicos e investigadores jóvenes no pueden resistir a la tentación de unos salarios más remuneradores y, sobre todo, al halago de trabajar en establecimientos bien dotados para aplicar sus inquietudes y sus conocimientos.

El presidente Paz Estenssoro me dijo una vez, ya para finalizar su mandato, que había tenido que despedir a millares de mineros en Oruro, porque el costo de producción del estaño era más alto que el precio internacional. Lo justo era que el mercado aceptara precios más equitativos, pero los compradores imponen precios bajos a través de la ley de la oferta y la demanda;  y los trabajadores cesantes, de los cuales me habló con el corazón transido el arzobispo emérito monseñor Jorge Manrique, siguen sin que la esperada reactivación económica se presente para volverlos a la vida activa.

En Bolivia, al mismo tiempo que el vicepresidente de Estados Unidos felicitaba al Gobierno por su valiente política económica, resonaba la declaración de un alto funcionario de las Naciones Unidas, de que el pueblo boliviano está en la peor condición de pobreza de todo el Hemisferio, incluido Haití, cuya dramática situación llena de angustia a todo el que en este continente tiene un poco de sensibilidad social. La declaración se fundó en indicadores sociales como la mortalidad infantil y la desnutrición, cuya potencialidad destructiva marcha pareja con el éxito logrado en la disminución de la tasa inflacionaria, la búsqueda del equilibrio fiscal y el aumento de las reservas del Tesoro.

Las noticias elogiosas de la política económica de México coinciden con una información, emanada nada menos que del PRI, de que la mitad de los 81 millones de habitantes vive en estado de pobreza, y de esa mitad, 90% registra algún grado de desnutrición. Y en Brasil, la situación es igual o peor.

En Nicaragua, donde la población esperaba confiada que el cambio de régimen significaría una superación de la crítica situación económica, se acentúa la carestía, se hace más aguda la pobreza y se operan sucesivas devaluaciones en el maltrecho signo monetario. Y en el Perú, donde una gran esperanza se abrió cuando su pueblo decidió jugar a la aventura eligiendo sorpresivamente Presidente al señor Fujimori, el despertar ha sido rápido: su promesa de restablecer las relaciones del país con los organismos financieros internacionales ha conducido a la adopción de medidas de reajuste que parecen superar a las que preconizaba Vargas Llosa y cuyo anuncio tuvo seguramente mucho que ver con el resultado electoral adverso al novelista. La iglesia peruana ha tenido que lanzar severas advertencias sobre la situación.

¿No bastarán estos hechos para hacer recapacitar a los dirigentes mundiales de la política y la economía sobre las consecuencias que puede producir el obstinado mantenimiento de sus dictados? En 1989, cuando ocurrió en Venezuela lo del 27 y 28 de febrero y 1 de marzo, comenté que los hambrientos habían roto a piedras y palos –y a costa de sus vidas– la «vitrina» (el «show window») de la democracia latinoamericana. Pero parece ser que esto se ha olvidado, o se ha considerado apenas como un mero accidente, a pesar de la tendencia a repetirse en otros escenarios y hasta en el mismo nuestro. La Oficina Central de Estadística e Informática (OCEI) acaba de declarar que 51,5% de la población venezolana se halla en estado de pobreza. Pero mientras tanto, las compensaciones que se ofrecen son pálidas y las condiciones son severas.

Se olvida que el meollo fundamental de la crisis ha estado en el peso insoportable de la deuda externa. El secretario general de la ONU, Pérez De Cuéllar, que al acercarse a la finalización de su mandato ha sentido más fuerte en su interior la presión moral de ser latinoamericano, ha declarado que la cuestión de la deuda externa «es la más angustiosa que enfrenta la mayoría de los países latinoamericanos». El año pasado designó al político socialista italiano Bettino Craxi como su Comisionado Especial para el asunto de la deuda; y aunque habríamos pensado ver a Craxi más activo, no sólo ante los gobernantes de los países deudores sino ante los de los países acreedores, esperamos que haya presentado un buen informe al Secretario General. Este ha manifestado que se propone llevar a la Asamblea General un documento que desearíamos sea capaz de remover terquedades en los altos círculos de poder universal y de abrir oídos que han estado cerrados ante la urgencia y la gravedad del problema.

Es el momento propicio para que se reflexione sobre la idea, en que a través de años hemos insistido, de la Justicia Social Internacional. De ello depende el futuro de la humanidad.