Caracciolo Parra León (1991)

Caracciolo Parra León por Pedro Mancilla. Esta ilustración apareció publicada en la tercera edición de Moldes para la Fragua (Editorial Dimensiones, 1980).

Caracciolo Parra León

Discurso de orden en el Acto Homenaje de la Academia Nacional de la Historia a la Universidad Central de Venezuela, con ocasión del cincuentenario del fallecimiento del doctor Caracciolo Parra León. Publicado en la Revista de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas, Nº 80, Universidad Central de Venezuela.

El nombre de Caracciolo (o Caraccioli) es el de una ilustre familia napolitana que descolló por varios siglos en la política, en la navegación y en la milicia, lo mismo que en las letras. Uno de sus vástagos, nacido en 1563 en los Abruzos y bautizado con el nombre de Ascanio, tomó el de Francisco al recibir las órdenes religiosas, a las que lo llevó su ferviente vocación. Se unió a los Bianchi della Giustizia para asistencia a los condenados al último suplicio y fue uno de los fundadores de la orden de Clérigos Menores que hacen el voto adicional de no aspirar a dignidades eclesiásticas ni pretenderlas en su congregación; y en consideración a sus virtudes y a hechos milagrosos de su vida fue elevado a los altares con el nombre de San Francisco Caracciolo.[1]

En el calendario litúrgico se fijó la fiesta de San Francisco Caracciolo el 4 de junio de cada año; y como el 4 de junio de 1819 naciera en Trujillo un hijo de don Miguel de la Parra y doña Ana Concepción Olmedo, le fue puesto ese nombre porque lo indicaba el santoral. Con él se inició una verdadera serie de venezolanos eminentes, descendientes de aquél y «tocayos» del santo abruzense.

El doctor Caracciolo Parra Olmedo —Caracciolo Parra, a secas, como aparece en despachos y correspondencia— tuvo una excepcional actuación en la ciudad de Mérida, donde casó con doña Julia Picón Febres. Se le conoce por el apelativo de «el Rector Heroico» y se le ha inmortalizado en el bronce como salvador de la Universidad de Los Andes, que en uno de los honrosos homenajes que se le han tributado, lo calificó de «varón ilustre que durante más de medio siglo sirvió con idoneidad y desprendimiento diversos destinos en la Universidad, la cual en buena parte debe su mantenimiento al tesón y a los nobles esfuerzos de aquel Rector».[2]

Un hijo del Rector Heroico, Caracciolo Parra Picón, fue vicepresidente de la República; dos nietos, Caracciolo Parra Pérez y Caracciolo Parra León, tienen puesto resaltante en la cultura de Venezuela. Parra Pérez, jurista, diplomático, historiador y político, dejó bien puesto el nombre en obras como la Historia de la Primera República, Miranda y la Revolución Francesa, Mariño, El régimen español en Venezuela, entre otras publicaciones de valor fundamental; participó en jornadas mundiales relacionadas con la Organización de las Naciones Unidas y con la UNESCO; fue ministro de Educación y de Relaciones Exteriores y jefe de misión diplomática en Italia y en otros países.[3] Parra León, trece años menor, tuvo una existencia mucho más corta, pero dejó una huella profunda en los dominios de la historia, marcó nuevos derroteros en la investigación, trazó rasgos muy definidos en el pensamiento filosófico y ejerció una considerable influencia en los predios universitarios, y en la actividad editorial.

Caracciolo Parra León —o como el abuelo, Caracciolo Parra a secas, porque así firmaba y así ponía su nombre en sus publicaciones, pues decía que le habían puesto ese nombre para reponer al abuelo—, nacido en Pamplona en 1901 por el exilio de su padre, pudo aprovechar la tradicional formación humanista y clásica que recibió «en las grises aulas centenarias del Colegio de la vieja y noble ciudad» y luego hacer una intensa pasantía de cinco años en Mérida, donde actualizó sus conocimientos y aquilató su vocación, dirigida especialmente a la educación, a la filosofía y a la historia.

Nieto de trujillanos, hijo de merideño y tachirense, ciertas característica del homo andinus se imprimieron en él de manera indeleble. Laboriosidad infatigable, conciencia del deber, amor al orden, firmeza de carácter, fueron atributos que dieron relieve y permitieron lograr un extraordinario rendimiento a su fabulosa inteligencia. Mantuvo hasta el acento dialectal, que no lo perdió nunca.

Cuando llegó a Caracas, joven de veintidós años de edad, ya estaba hecho. Era un hombre completo. Un humanista. En Mérida había decantado sus inquietudes intelectuales y hecho amistad con otros valores de su generación, entre ellos el destacado seminarista José Humberto Quintero, futuro cardenal arzobispo de Caracas, Tulio Chiossone, con quien enlazaría también familiarmente porque casaron con dos primas hermanas, Antonio Pulido Villafañe, Roberto Picón Linares y, para no hacer más larga la lista, el que había de ser en Caracas el más cercano de sus amigos y el más íntimo colaborador en sus planes y preocupaciones académicas, el futuro Premio Nacional de Literatura Mario Briceño Iragorry.

Una fiel y agraciada merideña prendó su corazón; con ella unió su vida y al irse al mundo eterno le dejó la tremenda responsabilidad de levantar una familia de seis hijos. En su discurso de grado en la Universidad Central, que más que balbuceo de un graduando parece el mensaje de un maestro, rememora «la apacible y suave hermosura que brota, como una opulenta rosa blanca, de Mérida, la más noble y española ciudad venezolana».

Pero lo más importante e intenso de su vida fue su labor en la que Andrés Bello llamó «anciana y venerable nodriza», la Universidad de Caracas. Fue vicerrector, profesor en diversas disciplinas e investigador del Archivo Universitario, y su formidable aportación a la vida y renovación de dos academias forma parte indisoluble de la etapa universitaria de su corta pero luminosa existencia.

Por eso el homenaje que hoy rinde la Academia a la Universidad en la ocasión de presentar el número del Boletín preparado en homenaje a Caracciolo y una nueva edición de su Filosofía Universitaria Venezolana (1788-1821), todo viene a ser un nuevo homenaje debido a aquel insigne formador de hombres, creador de iniciativas y programas, productor de textos perennes, con quien siempre se estará en deuda por lo que hizo y por cómo lo hizo, al servicio de ambas instituciones. Basta examinar el voluminoso Boletín preparado con benedictina devoción por Ildefonso Leal para darse cuenta de la gigantesca estatura del hombre y el volumen y calidad de su obra.[4]

No era, por cierto, la modesta Casa de Estudios de su tiempo, con menos de dos mil estudiantes en tres facultades y dos escuelas (Ciencias Políticas, Ciencias Médicas, Ciencias Físicas y Matemáticas, Odontología y Farmacia) un desierto de ideas y de maestros. No. Figuras destacadas de la intelligentsia había y el juicio de la posteridad las ha ido reconociendo sin mezquindad. En nuestra Facultad, en donde se inscribían todos los que tenían vocación para algún sector de las humanidades (por eso estudiaron Derecho hombres como Andrés Eloy Blanco, Pedro Sotillo, Julián Padrón, Arturo Uslar Pietri, Pedro Beroes, Juan Liscano) había profesores de gran mérito como Juan José Mendoza, José Manuel Hernández Ron, Carlos Sequera, Carlos Morales, Félix Saturnino Angulo Ariza, José Rafael Mendoza, Fernando Amores y Herrera, Lorenzo Herrera Mendoza, Francisco Arroyo Parejo.

Pero Caracciolo (así, por su nombre de pila, lo conocía toda la población universitaria) tenía algo especial. Sus exposiciones en la cátedra eran un sugestivo espectáculo. Más de un oyente espontáneo se acercaba a las puertas del salón para admirar aquella elocuencia tan fluida, aquella dicción tan correcta, aquella expresión tan convincente, aquella emoción tan contagiosa, aquella exposición tan ordenada y tan cabal. Oírle exponer, por ejemplo, el pensamiento de Kant, o el de Savigny —a quien llamaba el jurisconsulto más grande del siglo XIX—, era maravilloso; y conste que estoy mencionando autores con cuyo pensamiento discrepaba.

No era insinuante en su trato personal, pero tampoco era despectivo o grosero con los alumnos o los trabajadores. Nunca le vi cometer malacrianzas; pero tampoco doblegarse ante ninguna presión o amenaza, ni ceder en el rigor que estimaba justo aplicar en el manejo de la cátedra o en el ejercicio de sus funciones vicerrectorales. Era incapaz de calificar a un alumno injustamente.

En la polémica, absurda por su origen y por la dureza de sus términos, que le planteó en 1932 el ilustre venezolano José Gil Fortoul, entonces director de El Nuevo Diario, dijo con toda autoridad: «Como profesor jamás he intentado hacer prevalecer mis opiniones particulares, republicanas y respetuosas como las que más; nunca he impuesto ningún texto para el desarrollo de las tesis, que como se contraen generalmente a teorías filosóficas se encuentran con facilidad en muchos autores modernos; y tengo plena conciencia de que en los exámenes he distribuido las calificaciones prescindiendo de ideologías u otras circunstancias, con estricta justicia y aun a costa de disgustos».[5] Como docente no se limitaba a dar la lección magistral; se interesaba por las preocupaciones de los discípulos y buscaba estimularlos y aconsejarlos de acuerdo con la situación y características de cada quien.

Su inclinación preferente la compartía entre la Historia y la Filosofía, o mejor, la Filosofía y la Historia. Por eso hizo un esfuerzo enorme para hacer funcionar en la Universidad la Escuela de Filosofía y Letras, aunque en esto desgraciadamente, lo vencieron las dificultades propias del tiempo. Por eso también, aunque abrumado por los compromisos, atendía la Cátedra de Filosofía en el Liceo Andrés Bello en la que lo sucedió, cuando ya no pudo continuar atendiéndola, uno de sus estimados discípulos, el profesor Reyes Baena.

Por la misma razón orientó la enseñanza de los Principios Generales del Derecho hacia el terreno filosófico, amparándose en el argumento de que la filosofía estudia los primeros principios de las ciencias, y reparando la falta de que el pragmatismo dominante había desterrado del pensum de estudios la Filosofía del Derecho.

En cuanto a la cátedra de Derecho Español y Derecho Público Eclesiástico, su principal interés era hacemos conocer el régimen de las Leyes de Indias, raíz histórica de nuestra tradición jurídica, y el origen y desarrollo del Patronato Eclesiástico. Quería que tuviéramos una idea correcta de esta institución y de la legítima aspiración que sólo vino a realizarse en 1964, de regularizar mediante convenio las relaciones entre la Iglesia y el Estado.

Su preocupación por las normas éticas se revelaba en su concepción de las relaciones entre el Derecho y la Moral y de la normatividad superior a que debe en todo momento obedecer la conducta profesional del abogado. Vale la pena observar que cuando se pensó en establecer un curso preparatorio para los estudiantes de Jurisprudencia, él —que como vicerrector de la Universidad, en unión de Mario Briceño Iragorry, para entonces director de Instrucción Secundaria, Superior y Especial en el ministerio de Instrucción Pública, había sido promotor y organizador del referido curso en el año académico 1931-32— propuso se creara una cátedra de Ética General y Aplicada, la asumió él mismo y la desempeñó hasta el final durante aquel año inolvidable.

Era un tiempo en que la pobreza administrativa de la República no permitía abrir cursos universitarios sino cada dos años, costumbre que duró hasta 1932. La inquietud creativa de Caracciolo y Mario los llevó a obtener para los bachilleres de 1931, que debíamos esperar hasta 1932 la iniciación de los estudios de Derecho, la dotación para un curso preparatorio experimental con cuatro asignaturas, a saber: Ética General y Aplicada, a cargo de Caracciolo Parra; Historia de Venezuela (fueron las primeras aproximaciones que tuvimos a lo que hoy se llama Historia Documentada y Crítica), a cargo de Mario Briceño-Iragorry; Técnica de la Composición Literaria, a cargo del ilustre historiador, orador y académico Eloy G. González, y Latín, a cargo de un consumado latinista, Miguel Ángel Ayala Duarte. Valdría la pena revisar este proyecto, que no se pudo repetir después, quizás porque se considerara que seis años de curso (ahora son cinco) bastaban para obtener el grado.

En el cuadro que se nos planteó, la Historia en forma analítica pretendía darnos un mejor conocimiento de la patria; el latín era una concesión a los hoy menospreciados estudios clásicos; la Técnica de la Composición Literaria buscaba elevar el nivel de expresión de los futuros juristas; la ética implicaba el reconocimiento de que la formación de la conciencia en el profesional del Derecho debe anteceder a la adquisición de los conocimientos.

Del programa de Ética los temas conservan plena actualidad. La naturaleza y fundamento de la conciencia moral, el valor y universalidad de la misma y las causas perturbadoras de la conciencia, las fuentes de la moralidad y del deber y las consecuencias de la moralidad, comprendían los primeros 21 capítulos, que correspondían a la Ética General. Los temas 22, 23 y 24 se dedicaban a la exposición de la naturaleza y fundamentos del Derecho, preparando así al estudiante para abordar con éxito el siguiente año los Principios Generales del Derecho. Y la Ética Material o Aplicada comprendía la existencia, fundamento, clasificación y determinación de los deberes personales; la ética humanitaria, justicia y caridad; la verdad y la mentira, la concepción moderna de la veracidad, la esclavitud y la servidumbre; la libertad individual, las libertades de conciencia, pensamiento, prensa, profesión y trabajo, y el respeto del honor; el colectivismo y las diversas formas socialistas; la moral doméstica, la familia y el matrimonio, principales deberes que nacen de uno y otro; el feminismo desde el punto de vista de la familia, de la economía social y del orden jurídico; la moral cívica: la sociedad, noción y origen, y el Estado, definición, principales teorías acerca de su origen. Cuando reviso los apuntes mimeografiados elaborados para la asignatura, inspirados algunos en el Tratado de Filosofía de Gaston Sortais y dictados otros por el profesor Parra León, pienso si con las modificaciones necesariamente impuestas por la realidad del devenir valdría la pena considerar la necesidad de incorporar una materia como ésta a los estudios universitarios.

Por su catolicismo integral, no sólo reconocido sino proclamado por él con orgullo, así como por su formación clásica y su convicción tomista, no es extraño que haya habido quienes creyeran que su posición frente al orden político y social era de un conservatismo recalcitrante. No hay nada de cierto en esta apreciación. La concepción que defendió no fue la correspondiente a lo que Bello denominó «el tontillo aristotélico tomista», sino la del pensamiento tomista original, despojado de las deformaciones posteriores y reaparecido con sentido renovador en pleno siglo xx. Por tanto, al estudiar la moral cívica, condenaba la llamada doctrina del «derecho divino de los reyes» y sostenía que el pensamiento de Tomás de Aquino y el de los teólogos españoles del siglo XVI era el de que si toda potestad viene de Dios, no pasa directamente al gobernante sino a través del pueblo («omnis potestas a Deo pro populo»), lo que coloca al pueblo como titular de la soberanía que tiene su origen en el Creador.

Y en cuanto a la cuestión social, en una carta a Briceño Iragorry le dice: «Con un convencimiento firme y apegado a la realidad de las cosas, sostengo la doctrina social de la Iglesia. No sólo la estampada en las encíclicas de los últimos papas, divulgadas en todo género de términos por exposiciones tan inconvenientes como faltas de originalidad, sino la sostenida desde los días clásicos por la excelsa pluma del angélico y por la amable dulzura del seráfico,[6] ante la cual toda la moderna jerga de reivindicaciones y escándalos marxistas palidece y aun resulta “cavernícola”». Y agrega: «Aquí sólo tienes un mantenedor de la reforma social múltiple, la que se adapte a los métodos y a la época dentro de la vasta ideología del cristianismo». Como cosa curiosa vale la pena mencionar que, según el propio Briceño-Iragorry, cuando iniciaban la constitución de una asociación para exponer y defender el pensamiento cristiano, «la ponencia inicial de Caracciolo Parra fue: ¿cuál es en justicia el tipo de salario mínimo de un obrero en Caracas?». Y también señalar que cuando se refiere a la transposición moderna de los estudios sobre Derecho Natural, expresa: «La importancia del derecho social lo obligó a separarlo del derecho natural para profundizar su estudio y exponer al mundo una sociología llena de incontables novedades».

Sus libros más importantes han sido objeto de estudios críticos, de los cuales resulta un consenso general sobre su extraordinario valor, aun por parte de quienes adversan su criterio. La instrucción en Caracas, discurso de incorporación a la Academia Nacional de la Historia y estudio histórico anexo, con una copiosa e irrefutable documentación, le sirve de oportunidad para exponer su concepción filosófica de la Historia. La Filosofía Universitaria Venezolana, discurso de incorporación a la Academia de la Lengua y estudio histórico, obra que en edición facsimilar se presenta hoy como parte central de este homenaje, es la continuación del esfuerzo anterior, llevada la investigación hacia los altos niveles de la filosofía y a los tiempos de la Independencia.

Combatió la «leyenda negra» del supuesto oscurantismo colonial; sin negar ni absolver las fallas y errores de la época, destacó la sustantiva  formación que se mostró en la generación impar de nuestra Independencia. En su cálida defensa de la Universidad afirma: «No es, lo repetimos, que consideramos perfecta la Universidad Colonial: es que no convenimos en que para denigrarla se le atribuyan como defectos propios los que fueron efecto necesario del tiempo o del espacio; no aceptamos que se la proscriba con falsas aseveraciones; no queremos que se le nieguen méritos legítimos; nos parece que tal como existió, con los verdaderos lunares que pueden atribuírsele, cumplió una alta misión salvadora y difundió sin proscripción de lo esencial de la filosofía cristiana las ideas modernas».

Sería ocioso repetir aquí el examen que muy calificados venezolanos han realizado sobre esas obras, escritas para recompensar, con el magnífico fruto de su esfuerzo, el honor que las dos academias mencionadas le hicieron al elegirlo Individuo de Número. Las dos se complementan y por si fuera poco, la publicación que hizo en tres tomos de la Visita del Obispo Martí, y las Elegías de Varones Ilustres de Indias, de Juan de Castellanos, a los que según Tomás Polanco «puede decirse que levantó de sus tumbas para ponerlos a andar por caminos de la cultura venezolana»; la edición estupenda de las Analectas de Historia Patria (que comprende la historia de Oviedo y Baños, la de Caulín, la población de Mérida y San Cristóbal por Aguado y las Décadas Merideñas de Febres Cordero), la de la Historia de Alonso de Zamora, la de los Documentos del Archivo Universitario, y de importantes discursos y otros estudios, constituyen una de las más importantes contribuciones hechas en este siglo al acervo académico y universitario. Sus prólogos son un verdadero modelo de seriedad, de profundidad, de evaluación objetiva de las obras. Sólo por esos prólogos, Caracciolo Parra tendría un puesto de honor en la bibliografía venezolana.

Cuando Ildefonso Leal me requirió para decir este discurso en memoria de Caracciolo Parra en este acto, que se convoca como un homenaje de la Academia Nacional de la Historia a la Universidad, no tuve excusa válida para no aceptar. Comprendí que escogerme no tenía otra razón que la vinculación estrecha del discípulo con un profesor a quien a lo largo de siete años tuvo oportunidad de conocer íntimamente y por quien su admiración creció cada día más y con el transcurso del tiempo se convirtió en imperecedero afecto.

Muchos y excelentes estudios sobre Caracciolo Parra y su obra se han publicado durante el medio siglo transcurrido a partir de su fallecimiento. Emotivo y brillante, como salido de su pluma, es el ensayo de Mario Briceño-Iragorry, Trayectoria y tránsito de Caracciolo Parra; exhaustivo y preciso, el de Carlos Felice Cardot, al colocar su retrato en la Academia; ¿podría aspirar a superados, o siquiera a complementarlos y a los muchos y muy calificados juicios de la pléyade de personalidades que han rendido tributo a su memoria?

Lo que me toca, por lo tanto, es reactivar recuerdos de mi relación personal con el maestro. Seguí sus enseñanzas en la clase de Ética, en la de Principios Generales del Derecho y en la de Derecho Español y Público Eclesiástico, de 1931 a 1934. Compartí con él y con mi tío Plácido Daniel Rodríguez Rivero una misma oficina, que ahora forma parte de las dependencias de la Academia Nacional de la Historia, cuando, por haberle fallado un empleado, el Rector me encargó provisionalmente de servirle como amanuense y atender en lo posible las obligaciones de «Archivero provisional» de la Universidad. Recibí aliento de Parra León para estudiar a Andrés Bello y hasta me ofreció unos apuntes que tenía hechos sobre las ideas estéticas del patriarca de las letras americanas. Le confesé el desconocimiento general que los jóvenes de mi generación teníamos sobre nuestro compatriota;[7] le pedí bibliografía para ilustrarme, y al leer la Vida de Don Andrés Bello, por Miguel Luis Amunátegui, le dije que no me sentía capacitado para escribir sobre el tema que él me propuso, pero me estaba animando para hacer un ensayo de conjunto sobre la vida y obra de Bello. «¿Vd. se atreve?», me preguntó; y como le respondí afirmativamente, me fue prestando los quince tomos de las obras de la edición chilena, uno por uno, sacados en préstamo de la biblioteca de la Academia. Sobre ellos y a través de ellos hice mi trabajo. Cuando obtuve el premio, Caracciolo no podía ocultar su contento; él y Mario Briceño se empeñaron en darle brillo a la entrega del mismo, en un solemne e inolvidable acto que se celebró en este mismo Paraninfo.

Cuando dejó el vicerrectorado de la Universidad para asumir la dirección de la Biblioteca Nacional, nos llevó con él a tres de sus alumnos; a Edgar Sanabria como subdirector, a mí como jefe del Servicio de Catalogación y a Carlos Lander Márquez como oficial de este mismo Servicio, que fue debido a su iniciativa.[8] A los pocos días le notifiqué que el ministro Escalante me había llamado para ofrecerme la subdirección de la Oficina Nacional del Trabajo que se iba a crear, y me animó decididamente a aceptarla. El mismo estuvo poco tiempo en la biblioteca porque el ministro de Relaciones Exteriores, Esteban Gil Borges, lo llevó a la Cancillería donde hizo una excelente labor, revelando nuevas facetas de su personalidad. Precisamente acababa de descollar en Lima, en la Conferencia Interamericana, y de brillar en el discurso fuera de serie pronunciado ante la estatua del Libertador. Nuevos y amplios horizontes se le abrían, cuando una traicionera enfermedad le arrebató la vida. En enero de 1938, cuando renuncié a la ONT, quiso llevarme a su lado; de veras me dolió sentirme obligado a declinar una invitación tan atrayente.

En varias ocasiones lo acompañé a las humildísimas instalaciones donde tenía su empresa editorial. Allí lo vi, en la noble tarea de corrector de pruebas, que creo había ejercido antes en El Universal durante sus primeros tiempos en Caracas. Tengo entendido que El Universal ha gozado del privilegio de que sus textos fueran corregidos por gente de tan alta significación en las letras como Jesús Semprún, como Luis Beltrán Guerrero, como Pascual Venegas Filardo, como el propio Caracciolo Parra. En confianza me reveló que su pie editorial era «Editorial Sur América», pero que a sus publicaciones preferidas les ponía «Parra León Hermanos – Editores», como puede verse en las primeras ediciones de los libros que contienen sus trabajos de incorporación académica. Al humilde volumen que él mismo se empeñó en publicar como separata de mi ensayo sobre Andrés Bello, me hizo la deferencia de honrarlo con ese pie de imprenta.

Señoras y señores:

En mi modesto despacho de abogado está conmigo siempre un crucifijo, que lleva allí más de treinta años y que antes había estado acompañándome en un local del edificio Karam, donde mantenía mi escritorio. Ese crucifijo me lo regaló uno de los seres de más recia y cautivante humanidad y de más clara inteligencia que he conocido, el padre Víctor Iriarte, de la Compañía de Jesús. Me lo llevó como recuerdo de mi grado, celebrado apenas dos meses y medio después del desgarramiento que sufrimos con la muerte de Caracciolo Parra. Me contó que éste se lo había dado como muestra de cariño por su asistencia y su consuelo durante una grave enfermedad de su hijo mayor que lo puso cerca de la tumba. El padre Iriarte quiso entregármelo porque sabía cuánto apreciaría yo esa reliquia y porque suponía que, de haberlo podido conocer, Caracciolo aprobaría su gesto.

Cuando con los ojos puestos en su cruz y en su gesto doliente saludo con veneración al Maestro sublime que en su corta vida de treinta y tres años hizo la revolución espiritual más profunda y extensa que ha presenciado el mundo, no puedo menos que tener presente en mi memoria al otro maestro, que en una corta vida de treinta y siete años dejó huella perdurable en la cultura de Venezuela y en la mente y el corazón de sus alumnos. Ese Cristo representa la fe de Caracciolo Parra, una fe contagiosa y robusta. Su legado espiritual podría sintetizarse en este párrafo de su discurso de grado en la Universidad Central:

La fuerza inmanente que tiene la verdad conocida para hacerse cada día más comprensible; la necesidad que nos cumple a nosotros de explicarla y aceptarla; nuestra tendencia natural a verla multiplicada y universal; este anhelo insaciable de la mente por poseerla toda entera y en ella tener sus complacencias, hacen que la verdad no pueda permanecer paralizada ni en estado de reposo; le imponen un movimiento constante, fecundo y bienhechor; movimiento que empezó en nosotros con la conciencia racional y que habrá de terminar con nuestros días; movimiento que viene inalterable desde que Dios infundió en este cuerpo de barro de los hombres el soplo espiritual que es nuestra alma y que habrá de terminar tan sólo cuando el mismo Dios lo satisfaga en el majestuoso misterio de la eternidad.

Tales frases trasmiten el ser y la inquietud constante de Caracciolo Parra. Honrarlo a él a través del tiempo transcurrido es renovar los valores espirituales de que tan necesitados están el país y la Universidad.

 

Caracas, 7 de febrero de 1991.

[1] Enciclopedia Espasa.

[2] Véase la obra de Eloy Chalbaud Cardona: El Rector Heroico, Colección Ilustres Universitarios, Nº 1, Universidad de Los Andes, Publicaciones del Rectorado, Mérida, 1965.

[3] Véase Tomás Polanco: Con la: pluma y con el frac, rasgos biográficos del doctor Caracciolo Parra Pérez, Caracas, 1982.

[4] Universidad Central de Venezuela, Boletín del Archivo Histórico, Nº 8, Homenaje a Caracciolo Parra León a los cincuenta años de su muerte. Ediciones de la Secretaría de la UCV, Caracas, 1990, 557 páginas.

[5] La aclaratoria, con el supratítulo «Actualidad Universitaria», apareció en El Universal. Está fechada: Caracas, 12 de octubre de 1932.

[6] Tomás de Aquino y Francisco de Asís.

[7] Cuando publicado mi ensayo fui a una pomposa librería recién instalada en Caracas con el deseo de colocar unos ejemplares, la empleada vio la carátula del libro y me preguntó: «¿Andrés Bello, el chileno?». Así estaban las cosas.

[8] En su exposición al ministro de Instrucción Pública el 6 de enero de 1936 decía el doctor Parra: «Sin catálogos fieles, completos y cómodos, la utilidad de una biblioteca, sobre todo para el público, se reduce a su mínima expresión. Mas como se trata de muchos miles de volúmenes, que se deben revisar, curar y empadronar uno a uno, se impone la creación de nuevos empleados, que dirigidos personalmente por el director, emprendan tan ímprobo servicio: tanto más pesado y agotante cuanto que varios miles de esos volúmenes son presa, hasta hoy irredimible por falta de espacio, personal y dinero, de la acción destructora del tiempo y de la confusión más lamentable. Esta creación de empleados, sin la cual se frustrarían en gran parte nuestros deseos y nuestros esfuerzos, como ya sucedió con los de algunos distinguidos directores que nos precedieron, importaría un gasto quincenal de ochocientos cuarenta bolívares, o sea, nueve mil doscientos cuarenta bolívares en lo que falta del año económico: fuera de lo necesario para tarjetas y ficheros, una máquina de escribir, sustancias y aparejos de desinfección y otros gastos accesorios». Y terminaba su exposición: «Hago hincapié sobre todo, en la necesidad de ampliar el edificio, y de catalogar los libros, que es verdaderamente urgente; sin satisfacerla, ningún provecho durable se obtendrá». De allí salió, sin duda, el cargo de jefe del Servicio de Catalogación que me encomendó con la esperanza de formarme para cumplir ese cometido.