Rafael Caldera Fuerzas Armadas de Venezuela 1970
El presidente Rafael Caldera entregando el sable a los nuevos oficiales en el Patio de Honor de la Academia Militar de Venezuela.

El cumplimiento del deber por encima de todas las dificultades

Discurso del presidente Rafael Caldera en el patio de la Escuela Militar, con motivo de la graduación conjunta de oficiales de las Escuelas: Militar, Naval, de Aviación y Fuerzas Armadas de Cooperación, el 6 de julio de 1970.

 

Con esta ceremonia austera pero llena de colorido y de emotividad, las Escuelas: Militar, Naval, de Aviación Militar y de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación, entregan a las Fuerzas Armadas, a la República y al pueblo de Venezuela una nueva promoción de oficiales jóvenes –como todos los jóvenes– llenos de ambición; ambición que debe realizarse en el cumplimiento de sueños de grandeza, en la participación en el desarrollo del país, en el fortalecimiento de las instituciones y en el engrandecimiento de la Patria a la que se han entregado por vocación irrefrenable.

Día es éste, de gran satisfacción para los nuevos oficiales y sus padres, que con muchos sacrificios los han acompañado a realizar esa primera etapa de su vida; para sus superiores y para todos los venezolanos, que vemos en esta ceremonia el cumplimiento de un acto de reafirmación de las instituciones republicanas, de un acto de fe en el país y en su destino.

Salen de las Escuelas –donde con afán entregaron años al robustecimiento de su personalidad– los nuevos oficiales, a cumplir otra fase del camino. Irán a realizar duras tareas, a enfrentarse de cerca con la realidad de la vida; muchos irán a regiones lejanas –en las que queremos desarrollar la Patria para que ella esté presente en toda la extensión de su territorio– y sentirán que allí donde estén, al lado de sus superiores y comandando hijos del pueblo, que están cumpliendo el patriótico deber de prestar el servicio militar, llevan sobre sus hombros, no sólo las presillas y las estrellas que los califican como oficiales de las Fuerzas Armadas Nacionales, sino también la responsabilidad de dar ejemplo del deber, de lealtad, de disciplina y de consagración a los altos deberes que escogieron al elegir su profesión.

Está por delante, abierta, una nueva etapa en la vida del país, al mismo tiempo que lo está en la vida de los nuevos oficiales. El coraje fortificado en el ejercicio diario, en el hábito de la obediencia voluntaria y legítima, en la confirmación de los principios fundamentales que inspiran la vida de la nación, será su mejor compañía y su mejor credencial para marchar hacia arriba.

Ese ascenso, que se va traduciendo en cada grado adquirido, no es ni debe ser otra cosa que el reconocimiento al esfuerzo cumplido y el estímulo para entregarse, más y más, al ejercicio de las altas obligaciones del soldado. Esos ascensos se irán haciendo cada vez más difíciles. La estructura piramidal de las Fuerzas Armadas hace que vaya disminuyendo la superficie de la base hacia el vértice.

Muchos irán acumulando credenciales: la antigüedad en el servicio, la fidelidad en el cumplimiento del deber, y entre ellos irán escogiéndose quienes, por la aptitud, por el estudio, por la idoneidad, por la dedicación a sus deberes, por la rectitud de la conducta, por el cumplimiento leal y estricto del deber profesional por encima de otra consideración, vayan siendo llamados a ocupar las plazas necesarias para el comando de las respectivas fuerzas.

Hago votos para que siempre, en la vida de las Fuerzas Armadas Nacionales, la selección para el ascenso esté guiada por el propósito puro y recto, por la intención firme y leal de servicio a la Patria y por la voluntad de cumplimiento de la promesa empeñada en el momento de asumir grandes responsabilidades que ha orientado los actos de quien ejerce la Comandancia Suprema de las Fuerzas Armadas, por el mandato de la Constitución, y de quienes ocupan, en las disposiciones legalmente emitidas y de los nombramientos cumplidos de acuerdo con las atribuciones legales, los altos cargos de responsabilidad y de mando en los distintos rangos de la Institución.

Esa rectitud es fuerza, es vida, es estímulo en la acción de cada uno de los oficiales, los cuales deben saber que su propia conducta es el único aval que ha de prevalecer en su marcha hacia su ascenso merecido, y que en cada oportunidad no les dará tanto mayores recompensas cuanto les proporcionará más altas y más graves responsabilidades.

Me siento profundamente emocionado cuando se cumple un acto como este. La entrega del sable a los nuevos oficiales de las Fuerzas Armadas, por las manos de un ciudadano que, en virtud de la Constitución, ejerce la Jefatura del Estado, es el mejor símbolo de identidad entre la conducta de quienes llevan las armas de la República y las instituciones que aquella misma se ha dado por la voluntad soberana del pueblo y por acatamiento a los principios que informan el ser de nuestra nacionalidad.

Al entregarles ese sable, este civil investido por la voluntad de los venezolanos con la responsabilidad de gobernar el país durante un período constitucional, es como si el sable lo recibieran ustedes de las mismas manos del pueblo que lo eligió; es como si lo recibieran ustedes por mandato directo de la misma Constitución de la que ha recibido su autoridad; es como si lo recibieran ustedes consagrado y concretado en los mismos principios que inspiran un modo de ser que hemos conquistado con nuestros sacrificios, nuestras luchas y nuestra perseverancia.

Aquí, esta tarde, en este momento de júbilo, reciben el reconocimiento de todos los venezolanos. Algunos de ustedes han sido objeto de especiales menciones y premios. Ellos sirven para recordar que es la recompensa moral, más que la material, el objetivo de un militar que siente y vive la verdadera índole de su profesión. Esos reconocimientos y menciones no son para que quienes los reciban se sientan superiores a los otros, sino para que se consideren más gravemente obligados, y que sepan que su ejemplo va a influir, quizás más que el de otros, en la moral de la Institución, en la solidez de la misma, en la fe viva y presente en el destino superior de Venezuela, del que es brazo ejecutor y celoso y perenne guardián, la Institución armada de la República.

Esta tarde, también nos sentimos complacidos y orgullosos. Pensamos que nuestro país se transforma cada día, y que cada vez toma más conciencia de sí, y sabemos que son los pueblos más cultos, los más desarrollados, los que avanzan más en los caminos de la historia, los que tienen mayor afecto y mayor admiración por sus Fuerzas Armadas. Tenemos que seguir adelante en el proceso de cultivar en nuestro pueblo el amor, el respeto, la veneración por aquellos que se consagran a servirle. A todos les recuerdo que, al fin y al cabo, la mejor satisfacción que han de tener no la van a obtener por recompensas exteriores, sino por el afecto de sus compañeros y por la admiración y el respeto de sus compatriotas.

Con esta profunda convicción, una nueva vida empieza para ustedes. En ella representan ustedes una parte muy noble y pura. Han oído a diario, en la Escuela, exaltar a la Patria por encima de todas las mezquindades, consagrarse a ella a costa de los sacrificios, entregarse con afán al cumplimiento del deber, por sobre todas las dificultades. Han escuchado que la disciplina es una virtud que honra a quien la practica, porque significa la obediencia voluntaria a una regla y a una norma que, al mismo tiempo, produce la satisfacción de la conciencia, la realización plena de la propia personalidad, la cohesión y la fortaleza de los organismos a los cuales se pertenece y se sirve con orgullo.

Rafael Caldera y los nuevos oficiales de las Fuerzas Armadas en 1970
«La entrega del sable a los nuevos oficiales de las Fuerzas Armadas, por las manos de un ciudadano que, en virtud de la Constitución, ejerce la Jefatura del Estado, es el mejor símbolo de identidad entre la conducta de quienes llevan las armas de la República y las instituciones que aquella misma se ha dado por la voluntad soberana del pueblo y por acatamiento a los principios que informan el ser de nuestra nacionalidad.»

Con esos principios, con esa fe en Venezuela, con esta voluntad de disciplina que a veces trae dificultades y renunciaciones, pero que siempre en definitiva es el mejor instrumento de una obra grande y noble, marchan a cumplir y a asumir un nuevo papel en la vida de Venezuela. Puedo asegurarles que la inmensa mayoría de los venezolanos siente, como yo estoy sintiendo en este acto, legítima satisfacción por ver su juventud militar sana de cuerpo, sana de espíritu, decidida firmemente a entregarse al estudio incansable y a la cooperación en la obra de desarrollo que nos está exigiendo, con un mandato imperativo, el actual momento nacional.

Jóvenes de las nuevas promociones que reciben hoy, con su sable, la condición y la investidura de oficiales de las Fuerzas Armadas Nacionales:

Que ustedes sean ejemplo para sus compañeros de aulas; que ustedes sean estímulo para las nuevas generaciones, y que, cuando al cabo de largos años de servicio, les llegue el momento de retiro, puedan mirar atrás sin rubor, y puedan decir: cumplí con mi deber, marché en el camino que me propuse, y cuando ascendí, paso a paso, cumpliendo noblemente mis obligaciones, vi ascender también, con el esfuerzo de todos mis compatriotas a esta Patria a la que pude servir y a la que me siento satisfecho de ver cada día más hermosa y más grande.