Rafael Caldera ascensos militares
El presidente Rafael Caldera durante una visita al submarino El Tiburón en el Puerto de La Guaira. 6 de enero de 1973.

Actuamos con espíritu de justicia, con el deseo de servir

Discurso en el acto de ascensos y retiros de oficiales de las Fuerzas Armadas Nacionales, en el patio de la Escuela Militar, el 4 de julio de 1973.

 

Nuevamente experimento la inmensa emoción de colocar en el pecho y en los hombros de distinguidos oficiales de nuestras Fuerzas Armadas, la Medalla de Honor General Rafael Urdaneta y las presillas y caponas correspondientes a los grados de General de Brigada, Contralmirante, Coronel y Capitán de Navío. Y dentro del simbolismo de esta ceremonia siento, una vez más, afirmarse mi orgullo venezolano, mi satisfacción por ejercer la honrosa función de comandar nuestras Fuerzas Armadas, y mi plena confianza en la firme institucionalidad representativa de un pueblo que con ritmo dinámico marcha a su desarrollo, y que tiene las espaldas cubiertas, porque las armas de la Patria están empuñadas por manos responsables y obedecen a conciencias robustecidas en el concepto de la institucionalidad democrática.

Le ha correspondido hoy la Medalla de Honor General Rafael Urdaneta en su primera clase, esa medalla de oro que es la distinción más significativa para un Oficial porque representa la recompensa moral por treinta años de servicio, con conducta intachable, al General de División Roberto Moreán Soto. Debo en esta oportunidad rendir públicamente homenaje a un oficial a quien conozco y estimo, y cuyas cualidades y experiencias al servicio de las Fuerzas Armadas constituyen motivo de honra y lección permanente para los integrantes de la Institución Armada.

No es solamente la amistad, amistad que estrechamos en horas en que covulsa la República por unión íntima de sus Fuerzas Armadas y de sus cuadros civiles, de su pueblo y de sus sectores dirigentes, se aprestaba a la reconquista definitiva de su libertad, y en que compartimos la generosa hospitalidad del Vaticano, que quiso amparar así nuestras vidas y nuestra libertad en aquellas circunstancias difíciles, sino también el aprecio y el conocimiento personal el que en esta ocasión quiero exteriorizar al General Moreán Soto.

Él ha amado la libertad y ha sufrido por ella, ha creído en las instituciones democráticas y ha padecido las vicisitudes que ellas han experimentado en Venezuela; pero ha sido un Oficial, un militar de vocación, de voluntad siempre dispuesta al servicio, de conducta leal y franca, y como lo ha recordado en sus elocuentes palabras, ha sentido el valor profundo de la disciplina, esa virtud que exalta la condición humana del soldado y que lo hace renunciar a otras satisfacciones, para conservar, por sobre todo, la satisfacción de cumplir en la construcción y en el mantenimiento de las libertades públicas y de la existencia pacífica y ordenada de la Nación.

En esta oportunidad, pues, pienso que los treinta años de servicio del General Moreán Soto pudieran tomarse como una expresión de lo que han sido treinta años de la vida de Venezuela y treinta años de la existencia de las Fuerzas Armadas, en que obstáculos, dificultades y vicisitudes, parecían a veces dar la impresión de que se había perdido el camino, y que él y otros oficiales recibieron, por obra de la soberanía nacional, la gracia de reincorporarse a las filas donde se les ofreció la oportunidad de servir, y, al mismo tiempo, de dejar ejemplo de disciplina y continuidad vital para las generaciones militares que los sucedieron.

Me ha correspondido hoy también, nuevamente, la honrosa tarea de colocar en los hombros de distinguidos oficiales del Ejército, de la Marina, de la Aviación y de la Guardia Nacional, las presillas y caponas correspondientes a los grados de General de Brigada y de Contralmirante, de Coronel y de Capitán de Navío.

Siento que estas manos venidas de la vida civil, son para ustedes, señores oficiales, las manos del pueblo que coloca esa expresión de los mandos en los nuevos escalones superiores, en los que han sido llamados con confianza plena, en que sabrán siempre ustedes responder a la Constitución y a los principios que inspiran la vida nacional, que estarán siempre dispuestos a la defensa de nuestra soberanía, de nuestra integridad, de la libertad y de la estabilidad dinámica de nuestras instituciones democráticas, y que estarán consagrados a fortalecer y robustecer la conciencia institucional en el seno de la institución a la que tienen el privilegio de pertenecer.

Entre las tareas que como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Nacionales la Constitución le asigna al Jefe del Estado, quizás una de las más difíciles, de las más delicadas, de las que mayor preocupación producen, es la de decir su palabra definitiva para la presentación al Senado de los candidatos a ascensos a los grados de Coronel y General y a sus equivalentes en la Marina de Guerra. Es una grave responsabilidad.

Una responsabilidad naturalmente compartida a través de los mecanismos que la misma Institución, de acuerdo con las Leyes, establece para la indicación de los candidatos que van a señalarse; una responsabilidad que deja siempre un poco de nostalgia, ante la imposibilidad que los hechos y las circunstancias colocan para proponer el ascenso de oficiales con limpia hoja de servicio, con condiciones de idoneidad y con calificaciones adecuadas y que, sin embargo, por todos los componentes que deben conjugarse en la decisión respectiva, no llegan a recibir, o no lo reciben en el momento esperado, el mérito, la satisfacción del ascenso a que con justicia pueden aspirar.

El ascenso en los cuadros superiores de las Fuerzas Armadas depende de una serie de factores: las plazas disponibles, la composición piramidal de la oficialidad, el equilibrio razonable entre las distintas promociones, la posibilidad del tiempo útil para el aprovechamiento de servicios, ya que si el ascenso es un reconocimiento y una recompensa, también es una nueva responsabilidad que se asigna para cumplir una nueva función.

En el cuadro de las Fuerzas Terrestres constituye realmente, para quienes tenemos que tomar y asumir plenamente la decisión correspondiente, un verdadero motivo de preocupación el ver que de un centenar de coroneles, con antigüedad y méritos suficientes para ser promovidos al escalón superior, solamente en algunas ocasiones como ésta, con las disponibilidades y necesidades de la Fuerza, el número de los señalados se limita a cinco. ¡Cuántos oficiales, que pudieran haber sido propuestos también, no lo son!

Pero lo que nos alivia en esta responsabilidad, que en dos ocasiones cada año se nos presenta, es el saber que actuamos con espíritu de justicia, guiados por el deseo de servir de la mejor manera a las Fuerzas Armadas, a sus intereses, sin actitudes discriminatorias, sin mezquinas razones que sean capaces de influir la decisión que va a tomarse. Y el hecho de que así lo sientan las Fuerzas Armadas es, quizás, uno de los motivos importantes por los cuales, en medio de todas las circunstancias humanas, que todos los cuerpos e instituciones constituidos por hombres tienen necesariamente que tener, prevalece una confianza de que se comanda la Institución con buena voluntad, con recta intención, con deseos de servirla y de servir los intereses superiores de Venezuela.

Debo en esta ocasión, en que está terminando su último período de sesiones ordinarias en el actual quinquenio constitucional el Congreso de la República, manifestar mi reconocimiento a la Comisión de Defensa del Senado, que en todas las ocasiones aprobó los ascensos propuestos por el Ejecutivo Nacional que me honro en presidir.

Y debo, al mismo tiempo, reiterar la profunda satisfacción que he sentido cuando en el intercambio y en el diálogo con miembros de nuestras Fuerzas Armadas a todos los niveles he encontrado siempre, en el fondo de su intimidad, la convicción de que pudiera haber sido que en alguna oportunidad no se hubiera dado satisfacción a un anhelo legítimo o a una aspiración bien fundada, pero que siempre se ha obrado con recta, diáfana y pura intención.

Y en ese diálogo que me he esforzado en mantener, y en el cual he querido tener abiertas las puertas de mi despacho para miembros de las Fuerzas Armadas a todos los niveles, desde los integrantes del Alto Mando Militar y los Oficiales Generales, hasta Sub-Oficiales o miembros del personal de tropa, o hasta los Cadetes que representan la expresión generosa de una nueva Venezuela en marcha hacia la conquista de su destino, y que reafirma su voluntad de servir siempre la Patria grande, he encontrado un gran espíritu venezolano, y, al mismo tiempo, un gran orgullo de dar un noble ejemplo.

Un ejemplo que el Ejército Libertador, al que le correspondió en los días gloriosos de la Independencia recorrer los campos de América para establecer la libertad, hoy quiere dar con sinceridad y con espíritu fraterno hacia todas las Fuerzas Armadas de países hermanos y amigos, manteniendo aquí su defensa y su respaldo a las libertades públicas que la Constitución establece, a los derechos humanos que nos esforzamos más y más por asegurar, y al propósito de transformación de estructuras y de marcha acelerada de nuestro país hacia su desarrollo.

Estos son los sentimientos que predominan en mi espíritu en esta mañana asoleada. Dentro de unos minutos, en un acto que será a continuación de éste, en el Salón Venezuela del Círculo Militar, tendré ocasión de imponer algunas condecoraciones, distinciones que la República ofrece a funcionarios civiles y militares, a miembros de otras ramas del Poder Público y a algunos representantes de sectores de la vida nacional, a través de los cuales quisiéramos simbolizar la presencia integral del país.

Estos actos de reconocimiento tienen un valor mucho mayor que la materialidad de una insignia: representan la conciencia de Venezuela de que necesita del esfuerzo de todos y de que el esfuerzo y el mérito de todos debe estimularse para que sea la voluntad de servir, el rendimiento y la dedicación en el servicio lo que se presente, en cualquiera de los órdenes de la existencia nacional, como título de reconocimiento ante sus compatriotas.

Dentro de las Fuerzas Armadas, esto se reconoce y se vive. Se siente que el progreso que logramos no está solamente en la adquisición de material y equipo, con los cuales hemos renovado la disponibilidad y la capacidad de defensa de nuestras Fuerzas Armadas en una medida incomparablemente superior a la de cualquier otra época de su historia, sino también en la superación constante, en el estudio y en el trabajo.

En este período de gobierno hemos creado el Instituto de Altos Estudios de la Defensa Nacional, la Escuela Superior de Comando y Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Cooperación; han surgido nuevos liceos militares; se está exigiendo ya el título de bachiller para ingresar en los Institutos de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas, y está en proceso el establecimiento de la licenciatura en estudios militares, para que los egresados de nuestras cuatro escuelas correspondientes a las respectivas Fuerzas, salgan con un título universitario tal como corresponde a la calidad de sus estudios, y estamos seriamente en marcha hacia la instalación, a través de un análisis de perspectivas y factibilidad, de un Instituto Politécnico Militar, que contribuya, en este orden, a realizar la plenitud en cuanto a la superación profesional de la capacidad de nuestros militares.

Señoras y señores:

Puedo afirmar que dentro de la nueva Venezuela muchos ejemplos pueden presentarse de la transformación profunda que nuestro país está experimentando para convertirse en un país moderno; pero no incurro en ninguna exageración ni es simple objeto de una preferencia afectiva, el poder manifestar aquí, hoy, en presencia del país entero, que Venezuela como un país nuevo, joven y en pleno desarrollo puede mirarse reflejado con satisfacción en sus Fuerzas Armadas, que cada día corresponden más a lo que ella es y cada día tienen más conciencia de que la tarea que ellas cumplen es indispensable para que pueda realizarse, en todos los otros órdenes, la gran empresa del desarrollo nacional.