Tiempo de construir

Discurso en el Campo de Carabobo, en el acto de la firma de la Ley de Reforma Agraria.

 

Grave deber engendra el llegar en romería solemne a esta llanura de la Patria con el clarín de los grandes anuncios. Severo compromiso crea el agitar consignas y conmover con el acento de las multitudes el sueño en bronce de los paladines de la nacionalidad. Sólo podría justificar la audacia, lo importante del caso y lo trascendente del propósito. Sólo la conciencia de que la Ley que aquí se firma para promulgarla es instrumento decisivo en la transformación de la estructura del país, y la decisión de empeñar mediante fórmulas sacramentales la voluntad de hacer obras de dilatadas proporciones, podían autorizarnos a montar sobre el campo que sangre y heroísmo venezolano consagraron, el escenario de una formalidad democrática cuya esencia es en sí misma sencilla y elocuente.

Mucho se ha hablado en estos dos años de Venezuela libre, acerca de la Reforma Agraria. Mucho en el pasado se habló, con el lenguaje de la lucha política, con el acento de la acción directa, con el tono de las proclamas encendidas en las campañas bélicas. Pero esta vez ha habido el deseo reiterado de hacer obra común, de no convertir en grito el deseo esterilizante, la empresa siempre retardada e inaplazable ya, de no dejar que la iniciativa se acometa bajo un color de secta, sino bajo el tricolor nacional.

No es tiempo de pelear

Si no tuviera otras credenciales que mostrar, le bastaría a la Ley que hoy se promulga la de ser resultado de un gran concurso de aportaciones múltiples, para tener puesto de preeminencia en Venezuela y en el mundo. La revolución venezolana a partir del 23 de enero, revolución constructiva y pacífica, presenta el signo de la gran unidad popular como la más señalada de sus características. Esa unidad engendró el anteproyecto de la Ley de Reforma Agraria; esa unidad lo convirtió en Proyecto; esa unidad lo ha convertido en Ley, y esa unidad es necesaria para que las aspiraciones en ella contenidas puedan hacerse realidad.

Por encima de las discrepancias parciales, la Ley representa una gran convergencia. Es un ejemplo de cómo pueden y deben armonizarse puntos de vista opuestos, si se atiende con preferencia al interés nacional.

Tiempo de tregua es éste; no para poner tensos los arcos y afilar las flechas esperando la señal de combate, sino para construir la base real, sin cuyo afianzamiento sería tonta y quimérica la querella por los intereses parciales.

Una cosa sabemos, y es que la zancadilla, la maniobra artera o la intemperancia sectaria, no pueden caber hoy en ningún cerebro capaz de ver claro nuestra realidad. Repudiables siempre, aquellas expresiones negativas resultarían tan insensatas como las de locos empeñados en desafío de piedras mientras bajo sus plantas se mueve el tremedal.

No es tiempo de pelear. Es tiempo de construir. Nuestros antepasados al pelear por una causa grande dejaron al menos inscrito el patronímico en el registro civil de los fundadores de la libertad del Continente. Pero sus hijos, nuestros padres y abuelos, siguieron de buena fe peleando, peleándose entre sí por la afirmación de ideas abstractas o la defensa de intemperantes posiciones, perdiendo el tiempo necesario para realizar la gran obra que los mayores no tuvieron posibilidad de cumplir.

La hora es de llegada, para que tras amarga y secular experiencia, recojamos el fruto de las meditaciones. Y el empeño común que estamos tratando de mantener, difícil de comprender para muchos en cuya visión están presentes cartabones superados por los hechos, recobra nueva fuerza cuando en un momento como éste, hombres venidos de diversas toldas concurrimos de nuevo, ahora para anunciar que un compromiso programático común se ha convertido en Ley de la República.

Saben los campesinos,  beneficiarios directos de este acto, que el provecho de la tierra que van a recibir en el proceso de ejecución de la Reforma depende de la estabilidad del sistema de gobierno que la auspicia. La quiebra de las libertades públicas y el establecimiento de regímenes despóticos han sido en más de una ocasión golpe de muerte a los programas de Reforma Agraria. Ocupadas las tierras otras veces, el infamante plan de machete en sus espaldas las ha hecho desocupar de nuevo, cuando el imperio del Derecho ha sido desalojado por la voluntad de los tiranos. La cuestión hoy no es obtener la tierra. Es recibirla en propiedad, con la garantía de una República gobernada democráticamente, robustecida en sus instituciones. Es recibir, con ella, la seguridad de la asistencia y el horizonte hermoso de una vida nueva.

La tierra no la da un Partido, sino Venezuela toda.

Así, el compromiso de esta tarde no se agota en los límites extensos de por sí, de la estructura rural venezolana. El programa aun limitado a la cuestión agraria, es comprometedor; pero la obligación que aquí renovamos toma aún más dilatado alcance. Aquí venimos a dar nuevo vigor al deber contraído de ir juntos por el noble camino al poner a marchar en serio esta Reforma. Las tierras que van a recibir los campesinos no las va a dar un bando, un partido, ni aceptaríamos que los aspirantes fueran clasificados en función del color de un carnet de militancia. Serán el pago de una deuda. Quien debe es Venezuela; ella es quien va a pagar, y los beneficiarios, sin distinción mezquina, habrán de ser, a secas, todos los campesinos.

Esto es lo que queremos. Y entendemos que para decir esto, aquí, frente al monumento de los próceres que Bolívar preside y ante la tumba que guarda los restos de un campesino anónimo (el soldado desconocido que murió en Carabobo o en otro de los campos de las batallas de la libertad), se nos ha invitado a participar en las jornadas que estamos realizando.

Es un alto interés nacional, sin cabida para mezquinas apetencias, el que ha presidido la elaboración y sanción de la Ley de Reforma Agraria. Ese alto interés general ha estado guiado por un ideal de justicia. No para auspiciar atropellos, ni para amparar campañas de odio social, hemos sumado nuestras fuerzas en el camino de la Reforma Agraria. La unidad que la impulsa no tiene el signo de la complicidad delictiva sino el de la solidaridad social. Sabemos que habrá dificultades en la aplicación de la Ley y que el eco de los intereses heridos se confundirá en muchas ocasiones con el de quienes efectivamente sean víctimas de amenazas o agresiones injustas. No nos inquietará la conciencia el resquemor de quienes chillen por verse quebrantar sus privilegios; pero no estará amordazado nuestro ánimo para reclamar el que la acción se mantenga en la ruta trazada por deliberación conjunta.

Las obras que inspira la justicia son durables. No así las que resultan de la arbitrariedad, la pasión o el rencor. Por ello auguramos para la Reforma Agraria, que se hará conforme a la Ley del 5 de marzo de 1960, una perspectiva amplia, fértil y duradera.

En nombre del Partido Social Cristiano COPEI, cuya voz me ha tocado levar en este acto unitario, saludo en esta tarde a los campesinos de Venezuela, en cuyas manos vuelve a estar, como en los días de Carabobo, bajo la inspiración de valores eternos, una gran posibilidad de futuro.