La Reforma Agraria es punto de convergencia, de convicción unánime

Palabras pronunciadas por Rafael Caldera como presidente de la Cámara de Diputados al ser aprobado en tercera discusión el Proyecto de Ley de Reforma Agraria, el 20 de enero de 1960. 

 

Ciudadanos Diputados:

Considero interpretar el ánimo de todos al decir que uno de los actos de mayor trascendencia cumplidos por esta Cámara es la aprobación del Proyecto de Ley de Reforma Agraria. En el programa de gobierno planteado a la Nación en la víspera de la jornada electoral del 7 de diciembre, y que sirve de guía y orientación al actual período constitucional, se señaló éste como uno de los puntos de mayor importancia: «Reforma Agraria concebida como uno de los instrumentos fundamentales de la transformación económica del país. Además de dotar de tierras al campesino y de recursos para trabajarlas, la Reforma Agraria debe enfocar el problema rural en todos sus aspectos: económicos, sociales, técnicos, culturales, etc., y orientarse especialmente hacia el aumento y la diversificación de la producción agrícola y pecuaria. La reorganización del régimen de la propiedad de la tierra que implica la reforma agraria, garantizará y estimulará la propiedad privada que cumpla su función económica y social».

Estos dos párrafos constituyen un compromiso solemne con el pueblo venezolano. El pueblo fue a las urnas después de haber oído la declaración pública y solemne que los tres candidatos presidenciales, en nombre y con el respaldo de las fuerzas políticas que los postularon, presentaron a la Nación como compromiso solidario para ser ejecutado, fuera cual fuere la parcialidad a la que favorecieran los votos en los escrutinios de las elecciones de diciembre.

La Cámara ha estado siempre guiada por esas básicas ideas, y ha considerado con amplio criterio venezolano el Proyecto de Ley de Reforma Agraria, cuya discusión terminamos aquí esta tarde, que es el resultado de la aportación de los venezolanos de las más variadas posiciones y de las más variadas tendencias políticas e ideológicas. Hay aquí un ejemplar punto de convergencia, de convicción unánime, en el cual debemos todos mantenernos empeñados para que la Ley se convierta en realidad.

Por una rara circunstancia, el Decreto que creó la Comisión que comenzó a redactar el Proyecto de Ley Agraria estuvo suscrito por la Junta que presidía el Contralmirante Larrazábal, y la terminación de sus labores fue traída a esta Cámara por el Ejecutivo en pleno, encabezado en persona –realizándose con ello un hecho sin precedentes en nuestra vida parlamentaria- por el Primer Magistrado electo en diciembre del 58, ciudadano Rómulo Betancourt. Esa Comisión comenzó bajo la presidencia efectiva del Ministro Hernández Carabaño, quien continuó después ejerciendo su presidencia honoraria. Culmino sus labores bajo la presidencia del Ministro Giménez Landínez, quien había sido uno de los más laboriosos y entusiastas entre los miembros redactores desde la primera elaboración del Proyecto.

En la Comisión redactora estuvieron representados todos los matices de la vida venezolana. Formó parte de ella Monseñor Arias, trágicamente arrancado de la vida venezolana en el momento en que en forma más unánime y decidida le rodeaba el sentimiento nacional, hasta el doctor Salvador de la Plaza, cuya posición en las filas declaradas y consecuentes de la doctrina del marxismo revolucionario es de conocimiento general por parte de todos los sectores de la opinión pública. Formaron parte de esa Comisión líderes políticos, sindicales y agrarios, técnicos en la economía y en la agro-técnica, juristas, sociólogos y médicos de probada vocación venezolana, entre los cuales debo recordar por su tenaz y desinteresada labor al frente de la Comisión Coordinadora en los trabajos de las comisiones parciales, al ilustre científico y reconocida figura del civismo venezolano, doctor Martín Vegas.

Vino a la Cámara el Proyecto como la expresión de una conciencia nacional. De pocos instrumentos podría decirse con tanta propiedad como éste, que no es patrimonio de ninguna parcialidad, sino que corresponde íntegra y totalmente a la vida venezolana. Y dentro de la Cámara ha sido estudiado con devoción por una Comisión donde se han hallado presentes todas las fracciones políticas y todos los matices del pensamiento, El trabajo de esa Comisión ha sido ejemplar, y ha constituido, al aliviar considerablemente los debates en sesiones plenarias, una de las manifestaciones más positivas de la nueva manera de sentir y entender la responsabilidad del Parlamento en Venezuela.

El Proyecto de Ley de Reforma Agraria que se está aprobando esta tarde no representa una visión parcial de un problema tan grave como el problema agrario, en relación al cual dijera el presidente Medina Angarita, al presentar un Proyecto de Ley a las Cámaras Legislativas, que no hay «un» problema agrario sino «mil» problemas agrarios. La Ley ha estado siempre impregnada de esa concepción integral. No se trata de favorecer la economía con mengua de la justicia, ni de orientarse por un criterio estricta y unilateralmente social, sin tomar en cuenta los aspectos económicos que son fundamentales para el éxito de la empresa. Y en general, ha estado penetrado de un profundo sentido humano, que a la vez busca la abolición del latifundio y el desarrollo de la pequeña propiedad sin caer en los extremos del minifundio y al mismo tiempo fomentando los aspectos de la cooperación agrícola; ha presentado como una de sus características sociales y humanas más notables la del desarrollo, la creación, el fortalecimiento del núcleo agrario familiar.

La Ley resulta una combinación feliz de un sano idealismo y de una concepción realista de las posibilidades y circunstancias de la vida venezolana de hoy. Con ese instrumento en la mano, el Ejecutivo está acicateado para realizar una larga y dilatada labor de transformación de la estructura venezolana; pero al mismo tiempo no podrá decir que se le ha colocado sobre un terreno falso, que se le han hecho exigencias imposibles o que se ha dejado de ver lo que los hechos reales presentan para contemplar solamente la magia de las palabras. Se fomenta de una manera vigorosa la vocación de los hombres por la tierra, y todos aquellos que pretendan hacer de la tierra un verdadero instrumento al servicio de la riqueza nacional, cuentan con la protección que este instrumento les otorga, sin que al mismo tiempo se silencie ni se desestime la preferente necesidad de asegurar el acceso a ese bien fundamental de las clases campesinas que tienen el derecho y la necesidad de que se les incorpore definitivamente a la civilización moderna.

Disposiciones como las que estimulan y exigen la formación de un catastro de la propiedad territorial, están concebidas de tal forma para que ellas dejen de ser la eterna letra muerta en los discursos y textos aéreos y se convierta en una verdadera realización, punto previo para cualquier ejecutoria en el campo de la economía agropecuaria, y la adjudicación gratuita de parcelas de tierra a los campesinos cuyas condiciones económicas no les permita adquirirlas en otra forma es, al mismo tiempo que una medida de reconocimiento indispensable en el campo de la justicia social y de la justicia distributiva, un paso para que reciban no la tenencia precaria de algo que van a ver como una posesión fortuita y que no están en el de amar y de cuidar, sino como el principio de un arraigo definitivo conforme a la probada vocación de nuestros campesinos por la tierra de la que se nutren y a la cual están dando su esfuerzo.

Esta reforma agraria que aquí estamos ya con paso firme poniendo en el camino de una realización definitiva y seria, no ha estado animada por intereses políticos determinados, sino por el gran interés político de la conveniencia nacional, ni ha estado presidida por un afán de destrucción y de odio, sino por un afán sano y noblemente constructivo. Algunos de los parlamentarios, algunos de los grupos venezolanos podrán pensar que en algún momento alguna idea suya no fue aceptada, porque después de un largo debate en el seno de las Comisiones y de larga consideración por parte de la Cámara, se consideró que no era conveniente su incorporación en el texto de la Ley; pero sería gravísimo el que aspectos parciales que pudieran dejar alguna parte de insatisfacción en el ánimo de determinadas parcialidades pudiera, aun en el ánimo de los más apasionados, borrar el gran sentido positivo, el amplio margen que para cualquiera y en la posición más exigente, representa el instrumento legislativo con cuya aprobación esta tarde la Cámara está cumpliendo una de las deudas más sagradas contraídas con el pueblo de Venezuela.

No será perfecta esta Ley, pero ella representa un paso de notable avance y contrasta con todos los ensayos y experiencias frustrados en el curso de nuestra historia, en el que la violencia y la ligereza presentaron señuelos inmediatos que llenaron de ilusiones y que embargaron de alegría a las masas campesinas y que, al conducir de fracaso en fracaso, retardaron la obra de justicia social que en esta ocasión estamos tratando de emprender con seriedad.

Aquí estamos iniciando una experiencia. Esa experiencia podrá corregir en años sucesivos los errores que se observen. Pero yo no puedo menos de señalar en la tarde de hoy la actitud decidida, entusiasta, podemos decir, de esta agrupación de los representantes del pueblo, elegida con los votos libres de los venezolanos, entre los cuales había inmensos grupos campesinos, el entusiasmo con que se le ha dado preferencia por sobre cualquiera otra labor de la Cámara. Esta Ley pondrá en manos del Ejecutivo (ya que podemos anticipar que dentro de muy poco tiempo saldrá del Senado y se convertirá en Ley este instrumento) un medio de acción para cumplir, como todos lo esperamos y como todos se lo iremos reclamando, la labor inmensa, la labor de proporciones incalculables que representa esta transformación    que en forma pacífica y constructiva está ensayando Venezuela ante la curiosidad de otros pueblos.

Todos pensamos que no podremos hablar de pretender que vivimos en un país civilizado sino el día que la agobiadora dispersión en que se halla nuestra población rural se corrija, para que nuevas comunidades rurales permitan llevar los servicios básicos de la vida moderna, los servicios de la higiene y de la educación, la atención médica, la vivienda con sus requisitos esenciales y la capacidad para el progreso, a los grupos que vayan a cada uno de los distintos lugares que forman nuestro territorio, creando la realidad de una nueva vida.

Y al mismo tiempo que estamos abriendo la posibilidad de que nuestra población campesina se transforme en una población instruida y sana, que viva de la tierra y obtenga de ella rendimiento positivo, y a través de su mayor capacidad de consumo pueda constituir la base y el mercado legítimo de una industria nacional, con esta Ley se abre la posibilidad de cumplir otro gran deber histórico sobre el cual se ha hablado con términos cuyo dramatismo no exagera, sino que es pálido reflejo de la realidad en que nos encontramos: el deber de los venezolanos frente a nuestro medio geográfico, a nuestras zonas que hemos ido depauperando con una actitud irracional y que mediante un nuevo, más racional y más humano sistema de explotación de la tierra, nos permita su recuperación total, la recuperación de las hoyas hidrográficas, el aprovechamiento de nuestros recursos naturales renovables, para que en conjunción de hombre y tierra constituya una de las bases positivas de una verdadera grandeza de nuestra patria.

Yo no podía, ciudadanos Diputados, dejar de pronunciar estas palabras de reconocimiento y de optimismo y proclamar con ellas, ante la faz de Venezuela, la viva satisfacción que nos inunda en esta tarde por haber terminado las jornadas de la aprobación de este instrumento fundamental en la Cámara de Diputados. Por tanto, ciudadanos Diputados, es con la mayor alegría, con la mayor satisfacción venezolana, como declaro en este momento aprobado en Tercera Discusión el Proyecto de Ley de Reforma Agraria y dispongo su envío al Senado para que siga su curso reglamentario.