Pedro Grases: El polígrafo venezolano nacido en España (1980)

Rafael Caldera y Pedro Grases.

Pedro Grases: El polígrafo venezolano nacido en España

Discurso de contestación en la incorporación de Pedro Grases a la Academia Venezolana de la Lengua. Caracas, 24 de marzo de 1980.

Para un número no pequeño de venezolanos será motivo de sorpresa la noticia de que Pedro Grases se incorpora a la Academia de la Lengua. Todo el que le conoce, todo el que tiene aunque sea alguna idea de su obra debe considerarlo desde hace tiempo —y hasta me atrevo a decir: desde siempre— como un habitante de esta casa, como un individuo de número, como un ocupante por derecho propio. Prácticamente desde que llegó a Venezuela, hace ya más de cuarenta años, no hay empresa bibliográfica, no hay indagación sobre las fuentes de nuestra cultura, no hay actividad tendiente a la valorización de las grandes figuras de nuestra historia y de nuestras letras en que no esté asociado en alguna forma. Arduo trabajo, hecho con seriedad, a la vez que con una sólida formación filológica. No es él, por cierto, el único catalán que ha descollado en el conocimiento de la lengua castellana, al igual y aun por encima de muchos filólogos nativos de Castilla. Es un fenómeno muy característico de la vida española en todas partes de la península.

Nada menos que Jorge Basadre, el ilustre historiador peruano, dijo de él: «El gran maestro en la capacidad, en la exactitud, la minuciosidad y el rigor técnico que la verdadera disciplina bibliográfica demanda, es hoy, en América de habla hispana, el polígrafo español radicado en Venezuela, Pedro Grases, que tiene en su haber muchas contribuciones ejemplares referentes a ese país y a nuestro continente». Solo que debemos hacer, con todo respeto, una corrección al maestro Basadre, ya que en vez de decir «polígrafo español radicado en Venezuela», consideramos más correcto afirmar «polígrafo venezolano nacido en España».

Nació, realmente, en Villafranca del Panadés. No he olvidado la ocasión en que me llevó por aquellos parajes para que viera su ciudad natal, para que admirara su Museo del vino, para que me acercara a su historia y a su geografía, para que compartiera con él en San Miguel de Olérdola un inolvidable «conejo al ajo» y reposáramos un rato en su casita campesina. Pero Pedro Grases es venezolano y sin Venezuela no podría entenderse su obra, ni siquiera su figura. Cuando pasa una temporada en Barcelona, no es para descansar, sino para trabajar con más tranquilidad, con menos interrupciones. Como lo dijo una crónica muy iluminadora sobre los antecedentes de Grases: «De vez en cuando vuelve a Cataluña. Le gusta, claro, bañarse de nuevo en la suave luz mediterránea, oír que el pueblo conserva el viejo idioma catalán, hasta hace poco proscrito por otros golpes y limitado aun en su vuelo. Pero sin renunciar a respetables orígenes regresa a América, donde nacieron los nietos, se proyecta la obra y está atado el corazón».

De sus antecedentes europeos guarda su veneración por gente como Milá y Fontanals, o como Carlos Pi-Suñer; el recuerdo del magisterio de un Millás Vallicrosa, de Jordi Rubió-Balaguer o Pedro Urbano González de la Calle; pero fueron sus trabajos de Caracas los que le abonaron la amistad con su antiguo maestro don Ramón Menéndez-Pidal, con Amado y Dámaso Alonso, este último director de la Real Academia Española, o con Alonso Zamora Vicente, secretario perpetuo de la misma institución-crisol.

Vino a Venezuela, aventado por los horrores de la guerra civil, en 1937. Pudo haberse hecho un honorable comerciante de inmuebles, o haber fundado una empresa de construcciones, o acometido alguna de las muchas actividades que numerosos paisanos suyos, o inmigrantes de otras nacionalidades, abordaron con éxito y sin tacha; pero su vocación era la enseñanza, la investigación, la infatigable búsqueda que le vinculó indestructiblemente a los pensadores, a los escritores, a los forjadores de la historia venezolana, cuya actualización y reevaluación han sido en muchos casos resultado de sus afanes.

Cuando llegó a Caracas, mi ensayo biográfico sobre Bello, presentado, por cierto, a esta misma Academia en concurso por el Premio Andrés Bello, estaba recién aparecido, ya que fue publicado en julio de 1935. A través de ese librito surgió nuestra amistad. Una amistad sin sombras, iluminada por los infinitos resplandores de la gloria del «primer humanista de América» (como Grases se gozó en llamar a don Andrés) y renovada constantemente a través de los caudalosos motivos que nos ofrecían la vida y obra del insigne caraqueño.

Fue posiblemente él quien sugirió mi nombre a don Julio Planchart, llamado a su vez por don Rómulo Gallegos para que encabezara la nueva edición de las Obras completas de Bello, idea del patronato pro-estudios de Andrés Bello que Pedro Grases motorizaba en el Instituto Pedagógico de Caracas, adoptada luego por la Asamblea Nacional Constituyente a proposición de Andrés Eloy Blanco unánimemente acogida, y finalmente, por el presidente Gallegos y su ministro de Educación el doctor Luis Beltrán Prieto. La sugerencia de incluirme en la comisión editora, presidida por Julio Planchart e integrada además por Augusto Mijares, con Grases como secretario, fue apoyada por don Julio, quien la tramitó ante Gallegos. Este la acogió con generosidad y, no obstante ser yo ardoroso vocero de la oposición parlamentaria a su gobierno, no pensé sino en aceptar. Con ello quedó abierta para siempre la vía de una amistad y trabajo en común con Pedro Grases. Fallecido don Julio Planchart, ejerciendo Mijares el Ministerio de Educación, este decidió que yo asumiera la presidencia y que Enrique Planchart fuera nombrado como el otro miembro de la comisión.

Hoy, a través del decurso del tiempo, la comisión subsiste, pero solo quedamos Grases y yo. Muchas horas dedicamos juntos a decidir el nuevo plan de las Obras completas, a formar los nuevos volúmenes, a escoger los prologuistas y estimularlos y prestarles apoyo para el cumplimiento de sus importantes tareas, a descifrar manuscritos de Andrés Bello, a concebir y ejecutar la edición coordinada del Código Civil de la República de Chile, una de las más laboriosas fases de la labor cumplida. A corresponder con quienes en Santiago de Chile, en Bogotá, en Londres o en otros lugares podían investigar la huella bellista y enviarnos periódicamente material para incorporarlo al resultado de nuestros afanes; a realizar, en suma, una empresa bibliográfica que ha sido calificada por autorizadas opiniones como la más importante en los últimos tiempos en las letras hispanoamericanas. Día tras día, bajo la emoción de estas labores y con la colaboración de jóvenes promesas que ahora son autoridad en el mundo de las letras venezolanas, como Oscar Sambrano Urdaneta, actual director de la Fundación de La Casa de Bello, y Rafael Di Prisco, decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad Central, o también, durante algún tiempo, José Santos Urriola, decano de Estudios Generales de la Universidad Simón Bolívar, o el hoy senador Valmore Acevedo Amaya; lo cierto es que la comisión, que tuvo su sede, hasta la creación de La Casa de Bello, en la propia residencia de Grases, se vino a convertir en centro de actividades bellistas, no solo de Venezuela, sino, podríamos decir sin temor, de todo el mundo.

La contribución personal de Pedro Grases al conocimiento de Bello es fabulosa. Una de las aventuras bibliográficas más apasionantes que he conocido es su identificación del «Resumen de la Historia de Venezuela», publicado en el Calendario Manual y Guía universal de forasteros en Venezuela para el año 1810, y atribuido por explicable confusión a Francisco Javier Yanes, quien lo insertó parcialmente en su Compendio de Historia patria. Bello-historiador fue una gran novedad para los conocedores de su figura; Grases no solo rescató en forma indubitable este fruto de la formación caraqueña de Bello, sino que pudo con razón llamar al Calendario «el primer libro impreso en Venezuela».

La devoción de Grases por el Libertador, por Andrés Bello, por el precursor Miranda, por el mariscal Sucre, por don Simón Rodríguez, por Juan Germán Roscio, por Miguel José Sanz y los otros fundadores de la patria, así como por Cecilio Acosta, Valentín Espinal, Juan Vicente González, Rafael María Baralt, Lisandro Alvarado, o por Miguel Antonio Caro o Rufino José Cuervo, redondean su robusta personalidad, que se califica además por su respetuosa adhesión a Vicente Lecuna, a Julio y Enrique Planchart, a don Manuel Segundo Sánchez, a Luis Correa, a Cristóbal L. Mendoza y a tantos otros insignes compatriotas. Lo mismo lo vemos publicando los libros de «La Semana de Bello», de la que él fuera inspirador, que colecciones como las del Pensamiento político venezolano del siglo XIX, emprendida de consuno con el doctor Ramón J. Velásquez, para entonces secretario general de la Presidencia de la República, o como la obra Documentos que hicieron historia, con la cooperación de Manuel Pérez Vila, o como otras publicaciones, de la Academia de la Historia, de la Fundación Mendoza, del Banco Central de Venezuela, o de la Fundación Vicente Lecuna, o como la colección de la Gaceta de Caracas o del Cuatricentenario de Caracas, o como el Archivo de Sucre, o como la labor cumplida en forma tenaz y persistente en la edición de los Escritos del Libertador. Lo mismo se ha ocupado de la historia de la imprenta y del periodismo, que de la divulgación del original del Discurso de Angostura, con anotaciones del propio Bolívar. Son numerosas sus conexiones con historiadores e investigadores de este y del otro continente, y todo lo mueve su trabajo, en verdad incansable, sin el cual no sería posible explicar su rica y abundante producción, que para ser recogida en la edición que se prepara de sus Obras completas va a demandar el número respetable de catorce tomos.

Pedro Grases se levanta en plena madrugada. Es habitual su diario deslizarse por las calles de nuestra congestionada capital, libres a esas horas de tránsito, para despachar, antes, en la Casa Natal del Libertador, o ahora, en la Casa de Bello. En este sentido, es un anacoreta; su empecinado madrugar lo hace caerse de sueño cuando llegan las diez de la noche, así se trate del más importante espectáculo o aun de cualquier acto en el cual se le rinda uno de los incontables homenajes que se le han tributado en algún aniversario señalado, como el más reciente, al cumplir setenta años llevados con renovados bríos. Pedro Grases no es un «septuagenario», en cuanto tiene este término de algo que suena como peyorativo o decadente. Que la Academia me perdone si las raíces con que construyo este vocablo no encajan totalmente en la ortodoxia filológica, pero me suena mejor, dado su dinamismo, dada su irrenunciable vocación de servicio, llamarlo «septuagénico».

Sus cuarenta y tres años en Venezuela no los ha dedicado exclusivamente a su propia y personal actividad. Él ha sido consejero de todos, amigo de todos, consultor de todos los intelectuales venezolanos y de todos los estudiantes que han necesitado de él información acerca de algún libro venezolano de una edición poco conocida, de un autor venezolano, de un episodio cualquiera de la cultura de Venezuela; por lo que afirma con justicia Luis Beltrán Guerrero: «le deben lecciones no solo sus discípulos directos, sino todos los que en sus trabajos encontrarán gaje y bitácora, así propios como extraños; le somos deudores todos los que le hemos pedido un dato, un libro o un impreso raro, alguna erudita referencia». Y para rematar la magnitud de su tarea, fue formando una estupenda biblioteca en especial de obras venezolanas y de libros sobre la literatura latinoamericana y española, y con el respaldo solidario de su esposa y sus hijos, la donó a la Universidad Metropolitana, que dispuso darle su nombre para perennizar su gesto.

Tuvo tal vez sus detractores (no es raro que los haya tenido, porque hasta don Andrés Bello los padeció durante sus primeros tiempos en Chile), pero hace tiempo que ya Grases está por encima del bien y del mal. Gente de todos los partidos, de todas las corrientes del pensamiento, de todos los sectores sociales le reconoce y admira; y en la fecha, llena de general contento, de su septuagésimo cumpleaños, el presidente de la República, doctor Luis Herrera Campíns, le hizo el mejor homenaje que el país podía rendirle: el decretar la construcción de un edificio para la biblioteca que llevará su nombre, en la institución universitaria a la que cedió generosamente sus libros. Así se amortizó de algún modo aquella deuda de la que habló Pedro Sotillo: «Pedro Grases es hoy un criollo neto, un venezolano por los cuatro costados y con el cual la nueva patria tiene contraída una deuda, que es deuda de su alma y de su eternidad».

Esa deuda la tiene con él en mayor o menor grado cada uno de nosotros. Yo podría, por ejemplo, citar la que me corresponde, entre otras, por la magnífica colaboración que me prestó como director de Publicaciones de la Presidencia de la República durante el ejercicio de mi mandato. Pero la deuda principal es la deuda del país, al que a su vez Grases le debe el cariño, la receptividad, el amplio ambiente que le ofreció para desarrollar hasta grados insospechables, desde el primer momento de su llegada a Venezuela, su personalidad y su obra.

Muchas universidades extranjeras lo han tenido en su seno, exponiendo sus vastos conocimientos en torno a la vida cultural de América Latina. La cátedra Simón Bolívar, en Cambridge, Inglaterra, obtuvo de él un sobresaliente rendimiento. Pero, en medio de las tentaciones, que podrían ser por un lado la de regresar a la Península ibérica, o, por el otro, la de quedarse para siempre a investigar en la cómoda serenidad del ambiente universitario de alguna institución norteamericana, en definitiva decidió —como siempre confié que lo haría— regresar a esta tierra donde se le quiere, donde se le aprecia, donde se le respeta y donde está sembrada con raíces profundas su fructífera actividad intelectual. No hay ningún venezolano que se emocione más que Grases cuando descubre un nuevo documento del padre de la patria o un nuevo matiz en la vida de alguno de sus héroes. No hay ningún compatriota más orgulloso que él por la densidad y brillo de nuestra genuina cultura.

Y para rematar este lazo indisoluble, aquí, en Venezuela, está su familia, el mayor de sus tesoros, la presea de la que siente más orgullo. Porque esa unidad familiar, ejemplar en toda forma —con una esposa fiel que lo ha acompañado a través de todas las circunstancias, que ha compartido con él los sinsabores y las satisfacciones y que ha velado con él largas horas, y con sus hijos, cada uno de los cuales descuella en la profesión escogida, y con la hija nacida en Venezuela, venezolana siempre, ya esté aquí o al otro lado del océano, y quien supo inspirarle a su esposo un sincero amor por nuestra patria, y con los nietos que despuntan en las etapas iniciales de la formación y del estudio— constituye para él el mejor de sus logros. Puesto a escoger entre los catorce tomos de su producción literaria, y, por otra parte, su familia, no vacilaría en responder que es esta lo que vale más para él; solo que para su mujer y sus hijos, esa obra es venerada y amada como él mismo, porque la saben parte indisoluble de su propia vida.

Es difícil, muy difícil, recoger en un discurso toda la obra de Pedro Grases, que le daba desde siempre pleno derecho de entrar a la Academia y que constituirá timbre de orgullo para esta corporación. Sinteticemos este elogio con palabras de Augusto Mijares: «Digamos de una vez categóricamente: en la actualidad ninguna obra histórica de alguna importancia puede escribirse entre nosotros sin el recurrir a los estudios documentales y bibliográficos de Grases; y así será también dentro de cincuenta o cien años. ¿No indica por sí mismo este hecho irrefutable cuánto le debe la cultura venezolana a este infatigable investigador?»

Rafael Caldera y Pedro Grases en 1993.

He escogido, para redondear esta síntesis, esas palabras del común amigo desaparecido, el insigne escritor y noble cultor de los valores patrios don Augusto Mijares, porque, precisamente, Grases toma el sillón que con lujo de méritos ocupara aquel académico de brillante y densa producción, dedicada a exaltar los aspectos positivos de la realidad venezolana y a estimular, a través de la justa apreciación de nuestra riqueza humana, el deber de las generaciones presentes y futuras de engrandecer nuestro país.

Mucho quise a Augusto Mijares y le agradecí la amistad que me manifestó casi desde mi adolescencia y el aprecio que en más de una ocasión me dispensó. Una vez me escribió manifestándome el deseo de proponerme para la Academia de la Historia. La verdad dicha, no me atreví. No me he creído con méritos para formar parte de aquella corporación. Mucho después, Mijares tuvo la generosidad de presentar, con inolvidables expresiones, la segunda edición de un libro mío, Moldes para la fragua. En numerosas ocasiones conversamos sobre el drama venezolano, y a pesar de la tristeza que a veces lo invadía y la desesperanza que dejaba trascender su ánimo, lo más valioso de su obra estuvo encaminado siempre a señalar y destacar todo aquello que debe alimentar nuestra esperanza en el gran destino nacional.

A mi modo de ver, la mejor de sus producciones la constituye La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana, publicada primero por entregas en un diario de esta capital, de donde la fui recortando para esgrimirla, en virtud de su argumentación concluyente, ante la nefasta especie de que los pueblos hispanoamericanos por motivaciones sociológicas estamos condenados a una perpetua inferioridad. Mijares refutó, punto por punto, los sustentáculos de esa teoría y su ensayo constituye una de las piezas claves para la valorización cabal de nuestra realidad.

Dentro de este mismo propósito, vale decir, en el mismo orden creativo, hemos de colocar su biografía El Libertador, que ha tenido varias ediciones y ha recibido excelente acogida. Dice Fernando Paz Castillo: «es singular virtud de este libro la de mostrar junto a la grandeza del héroe, la sensibilidad del hombre», «un Bolívar tiernamente preocupado por lo que ama». Su importante volumen Lo afirmativo venezolano fue inspirado por el deseo de enarbolar lo positivo frente a lo negativo, para fundamentar el optimismo, contra el pesimismo que invade a veces gravemente el alma nacional.

Es esa preocupación la que alienta sus meditaciones. Así, Hombres e ideas en América es, también, un libro ejemplar. Aquella afirmación, por ejemplo, de que la regeneración argentina no la hicieron los inmigrantes sino los criollos, la de que la independencia de América es americana, no yanqui, ni francesa ni española, o la de que la obra de Bello es rotundo mentís a la interpretación pesimista de nuestra sociología, rebosan en nacionalismo latinoamericano. A Mijares lo lee uno con facilidad, pero hay que hacerlo con atención para sopesar cada una de sus consideraciones: tales, las que considera que las instituciones bolivarianas constituyen esfuerzos desesperados por sintetizar las realidades en pugna, y la frase final de su ensayo sobre un difícil tema, «El fracaso del Libertador como político»: «Desesperado porque creía que la sociedad, tal como había sido transformada por la guerra, no podría dar una base estable para la reorganización del Estado, quiso invertir temerariamente los términos y forjar un Estado que fuese la base de una nueva sociedad».

En toda su obra de escritor prevalece el sentido docente. Ello ha sido observado acerca de su novela Los adolescentes. Pero más aún resalta en sus ensayos sociales, críticos e históricos, y en sus numerosos artículos de prensa.

Sus discursos de incorporación a tres Academias Nacionales tuvieron significación trascendente. A la Academia de la Historia, en 1947, presentó un notable ensayo: Libertad y Justicia Social en el pensamiento de Fermín Toro. Para la Academia de Ciencias Políticas y Sociales, en 1960, preparó El proyecto de América, que considera «como parte de una doctrina que puede darnos también un plan de trabajo para el porvenir». Séame permitido recordar aquí con satisfacción, que me cupo la honra de haber sido uno de sus postulantes para dicha Academia; y transcribir dos o tres párrafos de aquel discurso, que son trasunto fiel de su pensamiento dentro de la misma línea de los otros libros a que he hecho especial referencia. «Se nos ha dicho —recuerda— que somos los hispanoamericanos, inconstantes, engreídos, desordenados, imprevisivos, deshonestos, que carecemos de capacidad política, que nuestro porvenir es la violencia como anarquía o como despotismo. ¿Y si no fuera verdad? ¿Y si fuera solamente una verdad transitoria? A lo menos por una vez tenemos derecho a preguntárnoslo. Quizás no nos falta capacidad política, sino educación política».

En otra parte observa: «no creo que sea demasiado jactancioso decir que América se salvó por una virtud que puso sinceramente por encima de todos sus defectos: el ideal igualitario. Bajo él amparó a nacionales y extranjeros, a todas las creencias y a todas las tendencias políticas, a todas las razas; y en el campo internacional, a débiles y poderosos». Y por allá exclama: «Mucho se habla hoy de los pueblos subdesarrollados. ¿No sería más sincero llamarlos pueblos superexplotados?»

En cuanto a esta Academia Venezolana de la Lengua, en 1971, para su incorporación presentó un magnífico estudio sobre el romanticismo que intituló: Vida romántica y romanticismo literario. Con fino sentido crítico distinguió entre el romanticismo como forma de vida y el romanticismo como expresión literaria y artística. Fue una magnífica aportación para la autoridad y prestigio de este cuerpo y para la mejor interpretación de nuestra historia y de nuestra cultura.

Estoy plenamente seguro de que si don Augusto hubiera podido ser interrogado acerca de quién debería sucederlo en la Academia, difícilmente habría escogido otro candidato más grato a su espíritu que Pedro Grases. El antiguo colega de la comisión editora de las Obras completas de Andrés Bello se habría regocijado de saber que le sucedería el secretario y alma de aquella comisión; el antiguo contertulio de los afanes culturales y patrióticos se habría sentido satisfecho de que ocupara su sillón quien va a rendir desde él el mejor culto a su memoria mediante una continua y provechosa actividad.

Para cumplir el requisito formal de incorporarse a la Academia, Pedro Grases nos ha traído un tema con el que se vinculan el problema de la más difícil de las traducciones, la traducción poética, y el de la función de la crítica ejercida con ánimo constructivo y generoso: en relación a uno de los más brillantes aedas del romanticismo alemán, vertido al castellano por uno de los más sobresalientes representativos del romanticismo venezolano y orientado por el consejo de uno de los más ilustres críticos que ha tenido la literatura hispánica.

El nombre de Juan Antonio Pérez Bonalde es para nosotros familiar desde los años de la escuela. Su poema La vuelta a la patria nos emocionó intensamente. Lo veíamos muy cerca de la altura de La oración por todos de don Andrés Bello. Hermosísimas palabras pronunció sobre él Andrés Eloy Blanco, en la oportunidad en que los restos de Pérez Bonalde encontraron definitivo reposo en la solemnidad del Panteón Nacional. Dijo el poeta cumanés del otro gran poeta:

«Ya lo veis: estamos celebrando la gloria de un poeta que anhelaba el regreso a la patria; pero no era solamente un regreso geográfico de simple travesía por el mar. Era algo más y esto lo prueba su destierro y su anhelo de encontrar su patria perdida. Es lo que quise decir en un poema: no sabemos a veces si es que se va el marinero de la patria o se va la patria del marinero. A veces son los hijos los que se apartan, irresponsables, del camino de lograr la patria; a veces es la patria misma en manos de esos mismos irresponsables, la que llega a apartarse del ideal de sus profetas y de la ley de sus apóstoles. Así, cuando se aleja este poeta, anhela el regreso de él a algo o de algo a él».

Me atrevo a pensar que sería difícil, por no decir imposible, hallar para la poesía un traductor tan fiel, y a la vez, con tanta alma de poeta como Pérez Bonalde. Estupenda ha sido considerada la versión bonaldina del célebre poema de Edgar Poe El cuervo. Lo mismo ocurre con sus traducciones de Heine. Pedro Grases, sumido en su función irrenunciable de investigador, nos trae una documentada historia de la versión del Cancionero (Das Buch der Lieder) de aquel gran poeta romántico europeo. En su relato se muestra un momento de incomprensible pequeñez de otra gran figura de las letras españolas, don Juan Valera, movido quizás por un poco de celos, por la prevalencia que Pérez Bonalde le dio a los consejos y juicios de aquel monstruo de las letras españolas, Menéndez y Pelayo. Según nos ha relatado Grases, Pérez Bonalde se dio cuenta de la superioridad de este crítico y siguió sus consejos; Menéndez Pelayo supo apreciar la calidad del poeta venezolano, le dio algunas indicaciones y le escribió una carta-prólogo con categóricos elogios. La traducción, a pesar del juicio adverso de Valera, resultó una de las mejores del Cancionero en castellano, y la amistad entre el santanderino y el caraqueño quedó como símbolo de una ejemplar cooperación amistosa entre los valores literarios de España y Venezuela. Esa relación entre Pérez Bonalde y don Marcelino, forjada al calor de las letras, y el estímulo y reconocimiento que Menéndez Pelayo supo darle a nuestro poeta, peregrino en sus andanzas de ultramar constituye un hecho lleno de significación, cuya divulgación, seguida a la investigación precisa, viene a constituir un título nuevo en la producción bibliográfica de Pedro Grases, a quien le faltan por llenar todavía quién sabe cuántos más, después de los catorce gruesos tomos que han de encontrarse pronto en nuestras manos.

Bienvenido a esta su casa el nuevo individuo de número, Pedro Grases, ya desde mucho antes consustancializado con la Academia Venezolana de la Lengua. Sabemos que en frescas mañanas sabatinas, en su hogar de La Castellana, desde donde se admiran las montañas que a Caracas circundan, nuestro recipiendario suele reunir una especie, como él diría, de «gremio de discretos»; animado por una taza de aromático café como las tertulias caraqueñas del 1800, para comentar e incentivar iniciativas movidas por una devoción al prestigio de las letras venezolanas. En la Academia, su voz y sus observaciones vendrán a enriquecer otra tertulia, pero muy emparentada con aquella. No hay nadie entre nosotros que no se sienta feliz hoy por la incorporación de Pedro Grases a las tareas de la corporación. Él trae las alforjas llenas, y no solo está la Academia de plácemes, sino que la opinión de todos aquellos que tienen que ver con la cultura dicen, a una sola voz, que en esta ocasión sí hemos acertado cien por ciento.

¡Bienvenido, señor! Acabe usted de entrar, que esta casa es suya y le pertenece, y usted la conoce y la estima en toda su integridad y hasta en sus menores detalles.