Rafael Caldera junto al canciller federal de Alemania, Konrad Adenauer, el 2 de febrero de 1962.

«El Viejo» ha muerto de pie

Artículo de Rafael Caldera para El Nacional, del 21 de abril de 1967, en memoria del canciller y padre de la reconstrucción de Alemania, Konrad Adenauer.

 

Mucho habría sobre qué hablar hoy: para recoger, para interpretar, para reafirmar, para precisar cuánto se ha dicho en torno al mitin-impacto del sábado pasado. Pero es forzoso hacer un breve alto en el combate, a la manera de un minuto de silencio, para rendir tributo al gigante que se durmió en los brazos del Altísimo, al hombre ilustre de quien se ocupa el mundo entero, al nonagenario increíble, Konrad Adenauer, que rindió anteayer su última jornada y dejó tras de sí una obra cuyos perfiles se dilatan al transcurrir el tiempo.

Increíble nonagenario lo he llamado. Realmente, era un fenómeno impresionante. Aquel rostro magro, surcado de arrugas, mostraba una vitalidad en plena madurez. Aquel cuerpo delgado y erguido parecía hecho de una de esas aleaciones que la tecnología ha inventado para sus aventuras cosmonáuticas. Era un hombre en pleno elan vital, en tal forma que de tanto considerar un milagro su asombrosa existencia, llegamos a creer imposible su muerte.

En estos momentos viene a mi memoria la oportunidad en que pude estar junto a él durante cuatro días. Ya lo había encontrado antes. Había tenido la ocasión inolvidable de departir largamente con el Canciller en su casa de Rhöndorf. Era una mañana de febrero («2.2.62», recalcó al poner la fecha en un autógrafo que le enviaba a mi hija Mireya), y había nevado la noche anterior. El camino desde Bonn, bordeando el Rhin, parecía una postal navideña. Los niños, en marcha hacia la escuela, jugueteaban con la nieve todavía impoluta. La casa de aquel señor, jefe indiscutido de una gran nación de más de sesenta millones de habitantes, en la propia frontera de la guerra fría, sólo dejaba ver como signo exterior de lo que había en ella, el paso rítmico de un agente policial, abajo, en la calle. Muchas gradas había que subir para llegar hasta la puerta; al tocar, solamente apareció una doncella, que abrió, fue a llamar al dueño y nos sirvió café: en el marco de esa austeridad impresionante resaltaba la vigorosa figura de uno de los más extraordinarios estadistas del mundo. ¡Pensar que de sus decisiones estaban pendientes, dentro y fuera de su país, centenares de millones de hombres!

Pero el Congreso de Düsseldorf​ me dio la posibilidad excepcional de verlo en todos sus movimientos, de acecharlo en sus actividades, de hablar con él varias veces sobre diversos temas, de observar sus gestos, sus acciones, y hasta sus posibles debilidades. Al terminar aquella experiencia, aumentó hasta lo imprevisible la admiración que ya tenía por él. Alrededor de su personalidad dinámica giraba toda la Asamblea. Desde antes de empezar el Congreso, comenzó a discurrir. El domingo 28 de marzo (1965) agradeció al Primer Ministro de Westfalia-Renania el almuerzo que éste ofreció a los delegados: hizo un ingenioso recuerdo de su antiguo rol de Alcalde de Colonia, con motivo de la rivalidad entre su ciudad y Düsseldorf​. Por la noche hubo una concentración popular para anunciar al público la reunión y objetivos del Congreso: él pronunció el mejor discurso, el más vigoroso, el más entusiasta. Millares de personas lo aplaudieron entusiásticamente, lo aclamaron como a líder insustituido. Esa misma noche, después del mitin, tuvo todavía que hablar de nuevo, como Presidente del Partido, para agradecer el agasajo del Alcalde.

Al día siguiente comenzaba formalmente el Congreso. Antes de las 10 am estaba allí el anciano, que debió recorrer dos veces, para pernoctar en su casa, la distancia de unos 160 kilómetros que hay entre Düsseldorf​ y Rhöndorf. Subió ágilmente las escaleras, sin ayuda de nadie, hasta la alta tribuna de oradores; pronunció el discurso de apertura, y así siguió hasta que terminó el Congreso con su discurso de clausura. No faltó un solo día a las reuniones y actos sociales; a horas avanzadas de la noche iba por la autopista hasta su residencia y en la mañana aparecía de nuevo, dispuesto a hablar con los delegados, a intervenir en los debates, a departir con los invitados extranjeros. Sus intervenciones, a veces, estaban matizadas de penetrante humorismo: una verdadera joya fue la improvisación que hiciera, con un micrófono portátil en la mano, por más de media hora, en la cena que ofreció a los periodistas. «Señores periodistas, les dijo en un arranque: los políticos también tenemos corazón». La audiencia estaba cautivada. El último mensaje fue una arenga, al clausurar la asamblea, destinada a poner al partido intensamente en actividad para un período electoral que se consideraba difícil: «mis amigos, afirmó, no conozco una sola elección que no haya sido difícil; pero para ganar una elección se requiere ¡trabajo!».

La imagen de «El Viejo», como lo llamaban todos los alemanes –con entonación diferente según quisieran testimoniar respeto, afecto, animadversión o, simplemente, acatamiento– quedó grabada indeleblemente en mi recuerdo a través de aquella experiencia, y no he podido separarla después, del análisis de su obra o de su pensamiento. En carne y hueso (quizás más en «hueso» que en carne) se realzaba su figura mientras se humanizaba más.

Terminó el Congreso y todavía se sentó a firmar autógrafos para los jóvenes universitarios que acudieron a él; hizo un aparte para despedirme, para enviar conmigo un saludo a las gentes de América Latina y para prometerme venir a visitarnos, con dos condiciones: que pasaran las elecciones, porque tenía prometido luchar de lleno en ellas, y que sus médicos lo permitieran. La primera condición se cumplió victoriosamente; la segunda, ya no fue posible obtenerla.

Hoy se ponen de pie todos los jefes de estado, todos los conductores políticos, todos los combatientes por la libertad, todos los hombres que creen en la paz y, en especial, todos sus compatriotas, para reverenciar sus restos. Cayó casi inesperadamente. Todavía intervenía en la política, aunque separado de la dirección del partido que lo había hecho Presidente Honorario; iba todos los días a despachar en su oficina del Parlamento. La enfermedad fue rápida. El corazón se detuvo, porque ya había andado demasiado. Si los árboles mueren de pie, él, que fue un árbol centenario, tenía también que morir así. De pie ante la historia. Esperando, con gesto impasible, el veredicto de la posteridad.