Tenemos que ir a donde vayamos todos juntos (1986)

Rafael Caldera Demócrata-Cristiano, Lisboa, 1986.
Rafael Caldera durante su intervención en la Internacional Demócrata-Cristiana, en Lisboa.

Tenemos que ir a donde vayamos todos juntos

Discurso en la Asamblea General de la Internacional Demócrata-Cristiana, celebrada en Lisboa, Portugal, el 6 de junio de 1986.

 

He aceptado con sumo gusto la invitación que Andrés Zaldívar, presidente de la Internacional Demócrata-Cristiana me ha hecho, para dar un saludo y expresar algunas ideas en el seno de esta importante reunión. En efecto, ayer llegué de Venezuela y mañana cruzaré nuevamente el Atlántico para regresar a mi país.

He venido especialmente porque estoy convencido de la necesidad de que la hora actual coloca muy graves y urgentes responsabilidades sobre los Partidos Demócrata-Cristianos. Además, tengo el privilegio de haber sido el primer presidente de la Unión Mundial Demócrata-Cristiana, de su Comité Mundial, presidencia que entregué en Venecia a nuestro amigo Mariano Rumor, a quien debo reconocer el gran esfuerzo personal y la intensa dedicación que entregó a ese cargo. Por cierto, debo reconocer que me gustaba más la denominación de Unión Mundial Demócrata-Cristiana que la de Internacional Demócrata-Cristiana. Desde luego, este es un hecho consumado, pero creo que aquella nos daba una mayor identidad frente a las internacionales políticas; que el término mundial es más amplio y quizás más comunitario que el término internacional; y que al fin y al cabo esta idea de solidaridad en el mundo se expresaba mejor en el sustantivo de «Unión», que en la idea de una relación entre diversos grupos nacionales.

Debo manifestar que encuentro que la Democracia Cristiana, desde hace más de veinte años en que surgió la Unión Mundial sobre el encuentro de la Unión Europea –antiguos «nuevos equipos internacionales»–, la latinoamericana ODCA, Organización Demócrata Cristiana de América, y la meritoria y muy respetable Unión de los Partidos de la Europa Central en exilio, ha venido desarrollando su contenido y afirmándolo, y nos ha venido llevando a descartar cada vez más la tremenda preocupación que hemos tenido siempre de que nuestros encuentros se puedan convertir en eventos turísticos y hacer que sean realmente reuniones de trabajo, de esfuerzo y de compromiso para llevar adelante nuestra acción.

Por de pronto, la Democracia Cristiana se ha anotado recientes triunfos que han sido memorables. En América Latina, los más recientes, los de El Salvador, Guatemala y República Dominicana. En Europa, la demostración de que la Democracia Cristiana no se estanca y retrocede sino que avanza, le han dado consultas electorales recientes, entre ellas la brillante labor realizada por los partidos demócrata-cristianos de los Países Bajos. Pero, además, nuestros partidos, la Internacional Demócrata-Cristiana, se han hecho reconocer cada vez más como un factor indispensable en el mundo para el fortalecimiento y defensa de la democracia.

Y creo que podemos afirmar, sin temor a ser desmentidos, que hemos dado un ejemplo de lealtad a la fe democrática en todos los lugares del mundo, sin egoísmos ideológicos, sin parcialidades mezquinas. Hemos apoyado la democracia donde el pueblo ha votado por candidatos democristianos; hemos defendido la democracia en los países en los cuales la inclinación de la voluntad popular ha ido hacia otras fórmulas políticas. Para nosotros, la democracia en Costa Rica o en Honduras, dirigida por gobiernos socialdemócratas, es tan digna de apoyo y de ayuda y de solidaridad, como la democracia en El Salvador o en Guatemala, donde tenemos gobiernos demócrata-cristianos.

La relación con las otras internacionales políticas ha mejorado. Creo que debe mejorar mucho más. En un Congreso Mundial de la Democracia Cristiana realizado en Santiago de Chile, en los días de esplendor de la democracia chilena, hace ya varias décadas, la delegación venezolana propuso y fue aprobada la tesis de lograr entendimientos con las otras fuerzas políticas de genuino sentido democrático y de vocación a la apertura social para la defensa de la democracia y de la justicia social en el mundo entero. Esta idea la repetí en una reunión del Comité Mundial en Curazao, en las Antillas Neerlandesas, y creo que ha comenzado a operar, aunque no en la medida que sería más deseable.

La Internacional Socialista –que cada vez es menos socialista y más socialdemócrata–, la Internacional Liberal, la Internacional Demócrata-Cristiana, tienen un deber solidario y creo que a nosotros nos corresponde la iniciativa, nos corresponde ser los primeros en la afirmación de esta necesaria solidaridad, que no excluye nuestras luchas, tanto locales como nacionales, como en el plano internacional. Nosotros mismos, en mi país, estamos empeñados en una lucha dura y sistemática contra el actual gobierno social-demócrata, pero tenemos que convencer a todos los hombres amantes de la libertad y celosos de los derechos humanos en todos los continentes, de que somos nosotros, los demócrata-cristianos, los que esgrimimos la bandera de la solidaridad, la bandera de la libertad y la bandera de la justicia social, y de que en ese sentido estamos dispuestos a poner por encima de nuestros propios intereses de grupo o de lugar, los intereses generales de los seres humanos, los intereses de todos los pueblos en general.

Esto, desde luego, nos lleva al planteamiento de la existencia de una Internacional Democrática de orientación predominantemente conservadora. Si estamos dispuestos a llegar a entendimientos con los socialistas y con los liberales, para el beneficio general de los pueblos, no veo yo razón ninguna para que no podamos llegar a acuerdos temporales y hasta permanentes en determinadas y específicas áreas, con los partidos conservadores que sean genuinamente respetuosos de la voluntad de su pueblo y a los que no se les puede negar su característica democrática. Ahora bien, frente a esa Internacional, de inspiración o en la que predominan partidos de orientación conservadora, yo quisiera agregar a la clara e importante definición que acaba de hacer el señor Geissler, Secretario General de la Unión Demócrata-Cristiana de la República Federal Alemana, de mantener nuestra identidad y no incurrir en nada que pueda llevar a conclusiones que nos coloquen en el mismo plano del Partido Conservador Inglés o del Partido Republicano de los Estados Unidos.

Otro elemento que considero fundamental y que he planteado a los amigos demócrata-cristianos, al presidente Mock del Partido Popular de Austria, presidente de la Internacional Democrática –y que no sé si se ha tomado suficientemente en cuenta, pero que para mí es un elemento primordial ante cualquier tipo de ayuda–, es que no podemos prestarnos a que se juegue a dividirnos, a clasificarnos, a catalogarnos entre partidos demócrata-cristianos aceptables para esos partidos conservadores de otros países y partidos demócrata-cristianos excluidos y extrañados, porque les parece que su posición es demasiado revolucionaria o demasiado vehemente y no es compatible con los intereses que ellos tratan de defender.

Tenemos que ir a donde vayamos todos juntos y es indispensable que las decisiones se tomen de acuerdo entre todos. No podemos aceptar el precedente de que algunos partidos demócrata-cristianos, por importantes que sean, adopten sus propias decisiones en el campo de la política internacional sin tomar en cuenta que este campo nos pertenece a todos solidariamente y que todos tenemos el derecho y el deber de participar en cualquier decisión que nos pueda afectar.

Dentro de esta orientación general, tenemos mucho que realizar. Con el inolvidable Arístides Calvani habíamos planteado en relación a América Latina un objetivo que consideramos tiene que ser un objetivo general, un objetivo universal: en todo país, la democracia cristiana debe ser una fuerza de gobierno o una alternativa para el poder, o por lo menos una fuerza lo suficientemente seria y respetable como para influir, para participar en la orientación de la política general, en la decisión de los asuntos fundamentales. Ya pasó el tiempo en que en un país la democracia cristiana podía ser simplemente una ilusión, una afirmación ideológica, un club de intelectuales para producir un manifiesto o documento de gran valor desde el punto de vista literario o filosófico, pero de escasa influencia desde el punto de vista real.

Tenemos que luchar, y un Congreso como este nos ofrece la oportunidad para pedirle a todos los abanderados de la democracia cristiana en todos los países, el que tomen en serio esta gravísima responsabilidad. Tienen que abrirse a sus pueblos, tienen que lograr el acceso a las mayorías populares. Somos demócratas y como demócratas mantenemos el principio de que los pueblos se rigen por la voluntad de sus integrantes. No podemos constituirnos en islas segregadas, muy celosas de una posición que no llegamos a explicar suficientemente o llevar convincentemente al ánimo de esas inmensas mayorías, que están esperando de nosotros un mensaje de aliento y de fe.

Tenemos que combinar la afirmación de los principios, la especificidad de la doctrina, con el conocimiento real del alma de la gente humilde, con la realidad política, no en el sentido del pragmatismo mezquino e interesado, sino en el sentido de la obligación de la acción fecunda, que tenemos que cumplir para que cada vez sea más respetada la democracia cristiana en cualquier lugar del universo.

Veo con gran emoción el que estamos penetrando en otros continentes, de que estamos haciendo acto de presencia en el Asia y en el África. Sabemos que la denominación demócrata-cristiana en muchos de esos países puede constituirse en un obstáculo a la penetración. No se trata del nombre. Para mí un partido demócrata-cristiano no es el que adopta esa etiqueta, sino el que se inspira en los valores espirituales que integran lo que llamamos la cristiandad, el que se orienta en una doctrina que defiende la libertad, los derechos humanos, la institucionalidad, el pluralismo y que busca a través de un desarrollo que no puede ser solamente el aumento de los renglones económicos de la producción, la realización de la persona de cada uno, en cada sitio y en cada lugar.

Muchos partidos miembros de la Internacional Socialista no se llaman socialistas y quizás no son socialistas. Quizás en la Internacional Socialista en estos momentos hay muchos más partidos conservadores que en el seno de la Internacional Demócrata-Cristiana.

Tenemos que impulsar esta tarea y darnos cuenta de la realidad que estamos atravesando; y dada la circunstancia de que en nuestra internacional las dos fuerzas más importantes son la fuerza europea y la fuerza latinoamericana, debemos abordar los temas y superar las dificultades y las diferencias para que podamos lograr una acción constructiva, que no puede limitarse a la ayuda generosa, a veces convencional y quizás en alguna circunstancia caprichosa, que los partidos o algunos partidos europeos puedan ofrecer a los partidos o algunos partidos latinoamericanos.

Sabemos que estamos en condiciones diferentes y eso nos da mayor oportunidad para actuar. Sé que estamos inspirados por el mismo ideal y sé que en el fondo estamos movidos por una aspiración común. Ayer tarde le oímos aquí a Gabriel Valdés, que es la voz más calificada del legítimo pueblo chileno en la lucha dramática y magnífica por la reconquista de sus libertades, que el diálogo Norte-Sur parece terminar; que la preocupación por la Justicia Social Internacional está como marginada en el momento actual. Yo pienso que en el seno de nuestra Unión, de nuestra Internacional, podemos realizar, debemos realizar, el diálogo Norte-Sur, que no se expresa en la confrontación, que no busca colocar a unos en el banquillo de los acusados para reclamar posiciones que a lo mejor no pueden ser atendidas por los otros. Tenemos que plantear el diálogo Norte-Sur en busca de la solidaridad. Si los europeos son más ricos, más poderosos, tienen mayores posibilidades de influencia, eso, a los latinoamericanos no nos da el derecho de incriminarlos, sino al revés, de reclamarles el que ellos sean los agentes más destacados para que la gran Europa haga un acto de conciencia y tome la posición que esperamos quienes somos sus hijos, quienes estamos formados en su misma cultura, quienes compartimos sus mismas preocupaciones filosóficas y morales, pero que tenemos derecho a darle a nuestro pueblo lo que esa doctrina, esos principios y esa filosofía le han ofrecido.

Yo siento que en los problemas que se plantean no podemos exigir terminantemente a las potencias europeas, a los gobiernos europeos, el que de una vez realicen lo que nosotros creemos que deben realizar, porque estamos convencidos de que es su deber realizarlo. Pero sí tenemos el derecho, que yo quiero reivindicar aquí en nombre de los pueblos de América Latina y de todos los pueblos del Tercer Mundo, de pedir que los voceros de la democracia cristiana en los países de Europa occidental sean los primeros en la defensa de nuestros derechos, sean los más fuertes, los más enérgicos, los más calificados, para que los demás representantes de las corrientes europeas abran sus oídos, abran sus espíritus, a nuestros justos y urgentes reclamos.

Cuando un Ministro de Relaciones Exteriores europeo, demócrata-cristiano, como Giulio Andreotti, o como Leo Tyndemans, se hacen en el seno de la comunidad económica europea los defensores de América Latina, nos sentimos más demócrata-cristianos. Y no podemos aceptar que en algunas ocasiones prevalezcan en el seno de la gran Europa posiciones de egoísmos nacionales y de intereses materiales que llegan a ser hasta menos condescendientes de lo que en algunas ocasiones se muestran los Estados Unidos. Cuando la carne argentina o uruguaya se siente amenazada por la baja del precio de la carne de la comunidad europea, sentimos un alivio si sabemos que Andreotti ha llamado la atención para que esa situación no se establezca y para que no condene a graves condiciones económicas a países que viven de esa exportación.

Y  cuando planteamos el problema de la deuda queremos que dentro de la comunidad europea la voz demócrata–cristiana sea la más poderosa, para que se den cuenta los países de las entidades financieras prestamistas de que los latinoamericanos no somos pueblos maulas que se niegan a satisfacer compromisos, sino pueblos que están en una difícil situación y reclaman, para cumplir sus compromisos –que no estamos desconociéndolos por el deseo de desconocerlos-, de que se nos dé acceso a nuestros productos de exportación a precios justos, de que no se cierren los mercados, de que se nos dé la transferencia tecnológica y de que se pongan límites a las tasas de interés usurarias, que van contra la más legítima doctrina que el pensamiento cristiano de todas las épocas ha sostenido frente a la economía.

Somos realmente países, los de América Latina y qué diremos de los de Asia y África, que estamos en una situación económica dramática. Yo soy ciudadano de un país, Venezuela, que tiene fama de riqueza por el hecho de ser un país exportador de petróleo. Quiero decirles a ustedes una cosa: en la mejor de nuestras épocas, con la más alta exportación petrolera y con los mejores precios del petróleo, con el cambio internacional en las condiciones más favorables para nosotros, el ingreso per cápita en Venezuela ha sido inferior al límite de la pobreza crítica establecido oficialmente en los Estados Unidos de América. Nos han llamado ricos porque nuestros hermanos son aún más pobres que nosotros.

Pero, ¿con qué derecho se nos pretende reclamar el uso de nuestra supuesta riqueza? ¿con qué derecho se nos quiere hasta negar –como se nos negó en un momento dado– el acceso a los organismos multilaterales de crédito, cuando repito, el ingreso per cápita en dólares ha estado por debajo del ingreso que a un habitante de los Estados Unidos lo coloca en posición de recibir un auxilio, un subsidio de los organismos de asistencia social?

Esto no puede continuar y la democracia cristiana tiene que tener plena conciencia de ello. No estamos tratando de apostrofar a los ricos porque lo sean, pero tampoco aceptamos que la causa de nuestra pobreza se impute a pereza, o a incapacidad. Los factores económicos, históricos, políticos, sociales, son tantos que el mundo los conoce y no es necesario recordarlos. La Revolución Industrial hizo más ricos a los que ya eran ricos, estuvo apoyada en la explotación del trabajador, de la mujer y del menor, en la falta de seguridad social, en las jornadas de trabajo sin límites y, además de todo esto, estuvo apoyada en la esclavitud, que es la lacra más vergonzosa que la civilización cristiana ha tenido en su historia, al colonialismo que sustituyó a la esclavitud, y a la condición de proveedores de materias primas en que se nos colocó cuando políticamente se eliminó el sistema colonial.

Vamos a lograr, pues, que seamos todos una solidaridad. Sabemos que los partidos demócrata-cristianos no son dueños absolutos de sus países en Europa, que no tienen la posibilidad de cambiar las cosas de momento, pero queremos que su posición sea clara, firme, inconfundible, que no se nos quite la bandera, que no vengan a decirnos los socialistas que lograron que Palme en Suecia o Willy Brandt en Alemania se hicieran eco de sus preocupaciones y de sus aspiraciones, cuando nosotros podemos decirles que tenemos en el seno de cada uno de los países de Europa Occidental una voz demócrata-cristiana dispuesta a luchar por nosotros.

Y hay otro punto en el cual tenemos que ser claros: la posición frente a los Estados Unidos de América. Los demócrata-cristianos latinoamericanos no somos, no podemos ser, ni debemos ser, enemigos de los Estados Unidos de América. Lo que queremos es una nueva amistad, una amistad más justa, una amistad basada en la igualdad, que no es la igualdad de riqueza, ni la igualdad del poder, pero sí la igualdad de la dignidad, del respeto que se nos debe a nosotros, como la debemos nosotros al pueblo norteamericano. En el seno del Congreso de los Estados Unidos de América, o en muchas universidades que me han conferido generosamente honores que no merezco, he sostenido esa afirmación, que yo quisiera que los demócrata-cristianos europeos tuvieran presente siempre para juzgar las relaciones entre las dos Américas: «ser distintos, ser diferentes, no significa ser mejores ni peores. Somos sencillamente diferentes», y si bien es cierto que en muchos aspectos estamos muy atrás de donde ha llegado los Estados Unidos, también es cierto que hace más de trescientos años, cuando todavía ni soñaba la educación superior establecerse en los Estados Unidos, ya los países de América Latina teníamos universidades que estaban forjando y expandiendo cultura.

Nosotros queremos que la Europa Occidental, que es un aliado número uno para los Estados Unidos en su política internacional, mantenga siempre como una condición un trato justo, un trato noble, un trato claro para con los países de América Latina. Esto tuve ocasión de plantearlo en un memorándum que le entregué en Caracas, en diciembre de 1961 al presidente John F. Kennedy, y en un memorándum que le entregué en su casa de Rochendorf, cerca de Bonn, en febrero de 1962, al canciller Konrad Adenauer.

Tenemos que hacer sentir, por un lado, que la democracia cristiana europea considera que sus mejores relaciones con los Estados Unidos pasan por un nuevo trato para con los países de América Latina, y que los Estados Unidos sepan además que sus relaciones con América Latina tienen que descartar definitivamente el dilema de «o dictadores militares o gobiernos social-demócratas», para recordar que hay también una fuerza, la fuerza demócrata-cristiana, una fuerza enérgica que crece, que se fortalece y que representa legítimas aspiraciones, legítimos derechos de los pueblos.

Nosotros hemos planteado en el contacto que hemos tenido con los partidos políticos norteamericanos, con los cuales estamos empezando a colaborar en una labor de educación y de difusión de las ideas democráticas, de las que recientemente una jornada de bastante trascendencia ha sido la relativa a la re-democratización del gobierno en Chile, que se realizó en Caracas, que no aceptamos la identificación del partido Demócrata Cristiano con el Partido Republicano, ni del Partido Social Demócrata con el Partido Demócrata. Si quieren una relación, ambos partidos, que representan la inmensa mayoría de los Estados Unidos, que mantengan una relación con los partidos que representan a las dos grandes corrientes políticas de América Latina.

Yo quería informar de este punto porque creo que es indispensable, y así como hemos dicho, cuando se nos ha planteado el problema de la Internacional Democrática, dirigida por partidos conservadores, que mi partido Social Cristiano COPEI de Venezuela no tomaría ninguna decisión sin acuerdo con el Partido Demócrata Cristiano de Chile, ya que nos ha correspondido a ambos la responsabilidad de dirigir la solidaridad en nuestro continente, así mismo creo que cualquier posición que se adopte o pueda adoptarse en el porvenir en relación al Continente Europeo, tiene que buscar una relación estrecha con los países de América Latina, en la seguridad de que no seremos irracionales, de que no somos irresponsables, de que hemos demostrado a través del tiempo que tenemos conciencia de que no basta la ilusión, sino que es necesario contemplar la realidad para servir a nuestros pueblos.

Amigos y amigas: el pueblo en el mundo tiene hambre. Son muchos los millones que desde el punto de vista material no alcanzan a obtener lo necesario para una vida sana e higiénica; pero sobre el hambre material el mundo tiene hambre de solidaridad y de justicia.

Yo siento que cuando nos reunimos nuestros pueblos esperan un mensaje. Por eso se ha dicho que la presencia de los jefes políticos de Europa es importante porque aumenta la atención, porque despierta la preocupación, porque demuestra que hay verdadero interés en lo que salga de aquí para atender esa hambre de los pueblos.

Yo espero, deseo vivamente, que de esta reunión y de las próximas, salga un mensaje capaz de llevarle a los pueblos la seguridad de que sus esperanzas no están muertas, de que hay hombres y mujeres en todos los continentes que casa día se preocupan más por hacer que sea realidad la libertad, el respeto de los derechos humanos y la justicia social, tanto en el plano interno de cada país como en el plano internacional.

Muchas gracias.

1988. Marzo, 21. Aclaratoria al periodista Leopoldo Linares

 

Caracas, 21 de marzo de 1988

Señor
Leopoldo Linares.

El Nacional.

Ciudad.

Apreciado Leopoldo:

Con el solo objeto de rectificar una información que recogiste en tu artículo de ayer, y contrariando mi costumbre de no hacer aclaratorias a los amigos periodistas, debo manifestarte que nunca fui secretario de la Liga de Defensa Nacional de 1936, como allí se afirma. No fui miembro de la Directiva, aunque me lo propusieron, porque era norma de la Unión Nacional Estudiantil (UNE) que los miembros de su núcleo Directivo no formaran parte de la Directiva de ninguna organización política.

Tampoco fui militante de la referida Liga, en la cual mi única participación fue la de formar parte de quienes desfilaron desde el Club Venezuela (esquina de Mijares) hasta el Palacio de Miraflores. Allí, donde el orador de orden fue el Dr. José Ramón Ayala, Secretario de la Liga de Defensa – si mal no recuerdo – , improvisé un breve pero emotivo discurso manifestándole al Presidente que los jóvenes que allí estábamos respaldábamos su lucha contra el comunismo pero también estábamos dispuesto a apoyarlo para eliminar los restos del Gomecismo. La información sobre este discurso salió en La Religión, en el suelto que acompaño.

Respeto mucho la interpretación de los hechos, en la cual se fundan las calificaciones y ubicaciones de las personas y de los grupos. Estoy plenamente seguro, por otra parte, de la buena fe con que está escrito tu reportaje. Pero como se trata aquí simplemente de una cuestión de hecho, pienso que esta aclaratoria no te molestará.

Renovándote la seguridad de mi amistad y aprecio, me suscribo,

Cordialmente,

RCaldera (fdo.)

Caldera: Dos discursos (1989/1992)

Caldera: Dos discursos (1989/1992)

 

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Prólogo de Luis Castro Leiva

Dos veces se ha perdido la República ante nuestros ojos. Dos veces la palabra pública ha sido prodigada al viento. Dos veces en medio del ruido de las palabras una sola voz encontró su gravedad ajustada a la propiedad de las circunstancias, la verdad unida a la urgencia, la razón dentro de la historia. Nunca antes en su pasado reciente había la República solicitado tanto de una vez y obtenido tanto a cambio. Habló bien y rectamente el Presidente Caldera, dijo lo necesario, dijo lo suficiente.

¿Qué es el discurso político? Un modo de discurrir para decir y hacer con el decir lo bueno o lo malo, lo justo o injusto, lo verdadero o falso en la historia. Un modo de argumentar sobre la cambiante fortuna de los sucesos en medio de las pasiones y acciones humanas. El empleo de la Razón para razonar y persuadir sobre los dominios de la urgencia e inventar el curso futuro de los acontecimientos. Pero ¿qué ocurre en una República Democrática cuando la palabra del Político no se empeña, cuando la lengua de los Magistrados es torcida, cuando quienes la conceden no tienen derecho a darla, cuando quienes hablan callan, cuando quienes la profieren vociferan, cuando quienes la abusan se desnudan en su inconsistencia moral? ¿Qué ocurre?

Sucede entonces que la República se muere con la Democracia, y ésta en aquélla. Ocurre que la Sociedad se desentiende de los asuntos públicos y aprende los poderes del cinismo o de la hipocresía. Las personas se aíslan. Se amparan en la defensa de su egoísmo por efecto del desengaño. Que la Sociedad a través de su Pueblo cobija su ira, odia en silencio o se ilusiona con los errores del pasado. Peor aún, piensa de modo equivocado lo moralmente inaceptable: que la fuerza es el remedio para sus males, que hasta el magnicidio es exculpable. Dos veces en breve tiempo hemos sido los venezolanos testigos de cómo nuestra Sociedad Civil y su República se despedazan. Nos vimos a nosotros mismos haciéndonos daño a nosotros mismos. Fuimos espectadores de nuestra vergüenza. Vimos sepultar lo que habíamos logrado levantar con tanto esfuerzo después de tantos años. La primera vez fue el 27 de febrero de 1989; la segunda el 4 de febrero de 1992.

En las dos oportunidades escuchamos al mismo coro de voces desfilar por la Televisión. Oímos el ruido de las palabras. Una retórica deshabitada por sus creencias morales constitutivas, animada por la ignorancia, arrastrada por la reiteración, urdida por el tedio y la fatiga. Artimañas de conveniencia, verbo sin empeño, confusión, desorden, anarquía. Los lugares de la memoria pública escenarios para comedia. Los símbolos políticos solemnes banalizados por la impostura.

Peor aún, la palabra del Primer Magistrado improvisada, sin concierto ni ponderación, añorando aplausos de ruedo taurino en lugar de la gravedad de la aquiescencia legítima y callada de la conciencia.

Entre tanto estruendo y desvarío, de pronto, desde el lugar de más digna memoria constitucional, desde el Congreso de la República, dando acaso postrer lustre a la sede de majestades perdidas, emergió la cualidad de una voz, la del Político y de su Vocación, la del Orador: el Presidente Rafael Caldera, Senador Vitalicio de esta República democrática, habló a la Nación.

Se puede disentir de sus razones en estas dos piezas oratorias, que a continuación se reproducen; se pueden dar otras interpretaciones a lo expuesto en sus intervenciones. Pero una cosa está clara: entre todos los hombres públicos que han pedido la palabra o que han hecho uso de ella, sólo esa voz se ha tenido a sí misma como propia. Sólo ésa se pertenece a sí misma, sólo ella se apoderó de la conciencia de la República democrática y de la verdad de sus dificultades.

I

El primer Discurso, sobre el 27 de febrero de 1989, sorprende por su claridad y prudencia en medio de la conmoción causada por las acciones y pasiones desatadas. Fue la Sociedad lo que cayó ante la desgracia de nuestros ojos. La vida cotidiana se deshizo. Las normas y convenciones, el Derecho, toda forma de Control Social exhibió impotencia, se hizo la anomia.
Parte de nuestra moral social dejó de ser: la conciencia se hizo inconsciencia colectiva, los deseos y necesidades estallaron en un furor nunca antes visto por nosotros. Luego la Sociedad fue sembrada de muerte. ¿Cómo y qué dijo en ese entonces el Presidente Caldera a la Nación?

El discurso sobre esos sucesos se estructura de modo simple en una introducción y tres partes argumentales. Introduce situándonos en la gravedad de lo ocurrido, se duele del dolor y muertes causados, asume la responsabilidad de su palabra: nos dispone para pensar la hora. Exhorta a la Política a que canalice los sentimientos populares hacia actitudes cívicas. Y desde el inicio presenta el problema fundamental: que se vea la realidad tal y como ésta es en toda su complejidad, no como la ilusión de un ensayo que desea hacerla a imagen y semejanza de su tecnológica simplicidad.

En la primera parte, el Presidente aborda las relaciones entre Economía, Sociedad y Tecnocracia a la luz de la disolución social. Corrige el orden de las prioridades equivocadas. Precisa el significado de las percepciones sociales en juego. Economía y Sociedad, dice, no se excluyen, por lo contrario, se incluyen de modo necesario.

Desconocer el poder causal de esas implicaciones es efecto dogmático que delata ausencia de prudencia política fundamental. Imposible dejar de ver que sin Seguridad Social, sin vínculos institucionales estables de Solidaridad Social, el Liberalismo del Programa de Ajustes, del «Paquete», resultará en el fracaso de un «liberalismo a medias».

El remedio anuncia así su enfermedad. La Sociedad es precipitada a su ruina. La Técnica económica sustituye a la Política y compelida por el monetarismo del F.M.I. convierte la eficiencia y buena fe de los mejores técnicos al servicio de la desestabilización democrática. Desprovista de percepción acerca de las creencias morales que tiene el sentido común de esta Sociedad, la Técnica compromete las bases de adhesión del sistema democrático. Tampoco, continúa el discurso, ha de aceptarse el argumento de la fatalidad de las medidas ni confundir ese carácter fatal con el problema distinto de su bondad, maldad, conveniencia o inconveniencia. Es decir, de su moralidad o utilidad.

Propone el Presidente Caldera otra estrategia: administrar con justicia y honestidad el petróleo y atacar el problema de nuestra deuda externa. Concluye esta parte de su discurso con la frase que anunció el porvenir: «la democracia podía echarse por tierra».

En su segunda parte, el Presidente pondera el pasado. Recoge una experiencia colectiva. Emplaza con ella el rumbo escogido. Muestra el orgullo democrático que hizo de Venezuela ejemplo continental ahora roto por las formas más desesperadas de descontrol social. Revela el peso que injustamente debe asumir el Trabajo frente al Capital a expensas del trabajador.

Termina ese primer discurso con un cuerpo de argumentos cada cual más relevante para iniciar en aquel entonces una rectificación: el significado del tipo de reflexión exigida por las circunstancias; la naturaleza del deber de dialogar; la definición del llamado al sacrificio solicitado por las medidas; la relevancia del Pueblo como Sujeto de la Democracia para concluir con una admonición. Veamos los efectos de no haber escuchado al Presidente Caldera a tiempo.

Primero, el Gobierno no supo o no quiso reflexionar: no midió consecuencias, no estudió conveniencia, siguió simplificando la realidad. Ha cosechado la inestabilidad arriesgada. Segundo, confundió la concertación con el valor de hechos cumplidos, olvidó el sentido del diálogo. Dialogar suponía razonar antes para después alcanzar la confianza racional de un consenso fundado. Tercero, menospreció la historia política contemporánea y el valor que ésta otorga al sentido de la moral en Política: no se puede pedir sacrificios si no se tiene autoridad para hacerlo. Cuarto, lo más importante, no se puede hacer la Democracia a espaldas del Pueblo.

El Gobierno olvidó la Razón, dejó de percibir la realidad, dos cosas simples indicadas por el Presidente Caldera. Tres años después Venezuela dio, como temiera el Orador en ese momento, «un traspié».

II

El 4 de febrero, un día después del nacimiento del Mariscal Antonio José de Sucre, un grupo de Oficiales de nuestro Ejército quiso hacer suya la Constitución. La fuerza quiso pasar. No debió ser, no pudo ser. El Ejército constitucional asumió su responsabilidad para impedirlo. Una ironía cruel marca el episodio. Las Fuerzas Armadas que restablecieron el orden a un costo inmenso en vidas y dolor el 27 de febrero de 1989 expresaban ahora el clima de discordia que antes sofocaron. ¿Desesperaron en la comprensión de su deber? ¿Cómo explicar esta paradoja sin pensar en lo ya ocurrido? Pensar fue lo que no se hizo durante este segundo febrero. El miedo encarceló las mentes. Volvieron las voces a sus ruidos; se expandió la confusión. La palabra pública reveló temprano la fatiga ante la pérdida de su legitimidad. La TV reprodujo papeles desvaídos para malos actores. Y de nuevo, cuando nadie lo esperaba, se alzó de nuevo por segunda vez la misma voz.

Pidió la palabra el Presidente Caldera. En un discurso sucinto y ordenado, el ciudadano Rafael Caldera se atrevió a pensar por los que no podían ni querían hablar ya más. El silencio era la más elocuente verdad. Hizo tres observaciones sobre la técnica legislativa en torno al Decreto de Suspensión de Garantías, que inician su pensamiento para la ocasión. Las tres de importancia capital. Dos, sin embargo, se adueñan del sentido común.

Atreverse a cuestionar la tesis del magnicidio presentada por el Primer Magistrado de la República ha podido revelarse como una temeridad; fue un acto de valentía moral. Una apreciación adicional se puede añadir a la fuerza jurídica y moral de las consideraciones que hiciera el Presidente Caldera acerca de la justicia y legalidad de la acusación de magnicidio por su Juez y Parte: con un poder de fuego como el de los rebeldes, ¿qué hubiese quedado del Palacio, si el Terror hubiese sido el propósito de aquella voluntad? Por su parte, la tercera observación tuvo efecto predictivo inmediato: era preciso no excederse en el uso de la suspensión. La censura pretendió hacer del miedo la base para defender mal el miedo de un «liberalismo a medias». Olvidan los liberales a medias que la Libertad sólo se defiende con más Libertad.

Terminadas las observaciones al Decreto de Suspensión de Garantías, el Presidente ataca el fondo. Por primera vez en años un Orador desde el Congreso sintetiza las condiciones de posibilidad de nuestra Democracia. Enuncia su teoría de los cuatro factores de estabilidad institucional y el espíritu de los principios que los habría de animar:

(i) nuestra Democracia se sostiene por una comprensión civilizada del concepto de enemistad política en función del interés común;

(ii) por la lealtad profesional de las Fuerzas Armadas;

(iii) por la conciencia social del
empresariado;

(iv) por el consentimiento popular. Uno a uno, todos los factores se han hecho
pedazos.

La significación de este discurso se revela entonces profunda por su sencillez, pero, sobre todo, a nuestro entender, por algunas cosas decisivas. En primer lugar, porque dignifica un lugar privilegiado de la República. El Presidente salva su voto condenando sin equívocos el intento de fuerza, pero lo hace desde el Congreso, donde está y debe estar la sede de la voluntad constituyente y constituida de esta Nación, no desde un Canal de Televisión. Escoger ese lugar para hablar y no otro significó decirle otra vez a la Nación dónde debe estar situada la sede de sus Poderes Públicos.

En segundo lugar, el Presidente llamó al Congreso, a sus representantes, a ejercer sus responsabilidades, no a eludirlas. Pactar con la urgencia del miedo para rehusarse a la verdad fue la indolencia que el país vio en sus representantes. No vieron lo que toda la Nación observa con claridad. Los representados pensaron mejor que sus representantes. Que los representantes del Sujeto de la Nación, del Pueblo, sus Diputados y Senadores, no quisieron, no pudieron o no supieron pensar sino obedeciendo la voz urgida del Ejecutivo fue confesar que no entendieron la gravedad de su deber. Fue necesario que otro Presidente les recordara ese deber. En tercer lugar, el Orador describió la verdad de la República. Desde el 27 de febrero esta Sociedad se disuelve y su República se anarquiza. En política cuando no existe orden público, seguridad, condiciones básicas del liberalismo, cuando el régimen de sus principios y formas de gobierno se corrompen, aparece la necesidad de la fuerza para desgracia de la Libertad. Esconder el poder de esta verdad es esconder el poder de la Libertad.

El Congreso de la República, su Tribuna, su idea de representación, recobraron la dignidad de su lugar. La Sociedad Civil no ha perdido aún su República. La Democracia encuentra otra vez su decoro.

La Política recupera la dignidad de su oficio. La idea de servicio público halla de nuevo su vocación. El Presidente Rafael Caldera dijo lo necesario, dijo lo suficiente. La Nación en su urgencia ha oído bien. El pueblo ha sido interpretado en su deseo de Libertad. No hay «por ahora» que valga cuando se tiene a la rectitud como sentido del Deber.

En Democracia se es tanto más libre cuanto mejor se enrumben los deberes de Libertad. Las dificultades de la República en Democracia ponen a prueba al Político y a su vocación. Dos veces hemos oído a los políticos hablar y a la Política callar. El Presidente Caldera, Senador Vitalicio de Venezuela, el ciudadano Rafael Caldera, restituyó la idea de la Política a su vocación, su voz a la República.

La Nación ha oído bien. Volverá a escuchar.

Mensaje de Rafael Caldera al pueblo de Venezuela (2009)

Mensaje al pueblo de Venezuela

Divulgado con ocasión del fallecimiento de Rafael Caldera el 24 de diciembre de 2009.

1

Al término de una extensa parábola vital, puedo decir que he sido un luchador. Desde mi primera juventud, cuando Venezuela salía de la larga dictadura de Juan Vicente Gómez, hasta comienzos del siglo xxi, mi meta ha sido la lucha por la justicia social y la libertad.

Dos veces me tocó servir al país como Presidente constitucional y las dos fue mi primer empeño el que en mis manos no se perdiera la República. El pasado autocrático del país, su propensión militarista, los extremismos de la izquierda y las desigualdades sociales heredadas conspiraban contra el fortalecimiento de la vida democrática iniciada en 1958

Los líderes civiles luchamos durante largos años por construir en Venezuela una república democrática. Un país donde la presencia activa del pueblo en la decisión de los asuntos públicos se viera asegurada por la elevación de las condiciones de vida, el respeto a los derechos y la educación de los ciudadanos. Un país donde la firmeza de las instituciones acrecentara la separación de los poderes públicos y el imperio de la Constitución y las leyes.

2

Es necesario retomar hoy esa lucha para sacar a la República del triste estado en que la ha sumido una autocracia ineficiente. Es preciso detener el retroceso político que sufrimos y poner remedio a la disgregación social.

Me siento obligado a repetir algo que pude decir hace años. El reto -decía- que enfrenta Venezuela podría sintetizarse en los objetivos fundamentales a lograr:

La paz política y social, para superar la angustia y la zozobra y para encontrar convergencia fecunda a la pluralidad democrática.

La promoción del hombre, a través de la libertad, para realizar la justicia.

El desarrollo económico y social, para impulsar la marcha vigorosa del país y vencer la marginalidad.

Por eso este mensaje constituye una reafirmación de fe democrática.

Representa la vigencia de las ideas que alentaron el surgimiento de los partidos demócrata cristianos, ideas y principios que marcan un rumbo claro y justo.

De nuevo presenciamos cómo se combaten los extremos del liberalismo económico y el socialismo colectivista. Y de nuevo hemos constatado el fracaso de ambas posturas. Vemos el mundo sumido en una grave crisis económica, fruto de un capitalismo que quiso eludir toda forma de control. Vemos en la América Latina la propaganda de nuevas manifestaciones de socialismo, que sólo han traído dictadura y miseria allí donde han sido gobierno, como en la hermana nación cubana.

Encuentro, además, ahora una ocasión de esperanza. Esperanza apoyada en los ideales que nos alimentan y que toma cuerpo en la nueva juventud de la patria.

3

Ha sido larga la lucha por la libertad y la democracia. Esa lucha debe continuar. No cabe duda de que la democracia constituye la forma política más apta para garantizar y realizar la libertad. Pero aparte de su contenido sustancial, la democracia se reviste de formas, que aparecen como insustituibles, para expresar la voluntad del pueblo y permitir el libre juego de opiniones. El sufragio universal, la representación mediante el parlamento de la voluntad general, la existencia de partidos políticos, el régimen pluralista de corrientes y su expresión a través de los medios de comunicación social, viene a ser, si no la esencia misma, por lo menos la arquitectura para que la democracia se organice y funcione, el conjunto de medios prácticos para que opere un régimen político alimentado por la libertad.

Pensar que puede lograrse el desarrollo sin libertad, o a costa de la libertad, es olvidar que el desarrollo no tiene sentido si no es capaz de promover al hombre. Ni siquiera en su aspecto material es aceptable la posibilidad, porque un desarrollo material sin libertad sería incapaz de realizarse según un programa integrado, equilibrado y armónico, si a los puros objetivos materiales de aumentar la producción de bienes o transformar los sistemas productores, no los guían consideraciones de justicia, capaces de llevar su beneficio a todos los sectores y grupos de la sociedad.

Un gran aliento de libertad será el motor para la promoción del hombre. Creo en la libertad como la mejor condición de ascenso humano. No olvidemos las hermosas palabras de Albert Camus, testimonio de toda una generación: “La libertad es el camino y el único camino de la perfección. Sin libertad, se puede perfeccionar la industria pesada, pero no la justicia o la verdad”.

4

La democracia que hemos defendido es una democracia con sentido social. Una democracia donde se valore y se proteja el trabajo, pieza fundamental de la civilización.

Una sociedad democrática que enaltezca la familia, célula de la vida social. Por eso un gran empeño nuestro fue siempre la construcción de viviendas, a todo lo largo y ancho del territorio nacional, para dotar de hogares a tantas familias venezolanas que tenían derecho a aspirar a un futuro mejor.

Una sociedad volcada en la educación de las nuevas generaciones, no sólo para vencer el analfabetismo ancestral sino para desarrollar los niveles de educación superior que nuestro país requiere en el manejo de sus propios recursos. Si no somos capaces de formar, de capacitar, de darle sentido de seriedad, de trabajo, de responsabilidad y de técnica a las generaciones universitarias estaremos comprometiendo, irremediablemente, la verdadera soberanía nacional.

Hemos luchado también por la integración de nuestros países latinoamericanos, meta hacia la cual hemos procurado dar pasos firmes, a pesar de las dificultades antiguas y recientes.

Nuestra lucha ha sido siempre por la paz, convencidos de que ella es fruto de la justicia y el mayor bien que puede alcanzarse en la vida social.

5

Hoy tenemos que decir sin embargo que nuestro gran desafío sigue siendo el desarrollo de nuestros pueblos.

Un desarrollo sustentable, con atención a las condiciones y recursos del medio ambiente. Un verdadero desarrollo, fundado en las personas y respetuoso de su dignidad.

He sostenido al respecto que los cambios deben afectar a las estructuras sociales pero para renovar y fortalecer las instituciones. Las instituciones representan o deben representar lo permanente; no lo permanente inmutable ¾porque la inmutabilidad en los hechos humanos conduce al anquilosamiento y a la muerte¾ sino lo permanente dinámico, continuamente renovado. Las estructuras en cambio representan lo contingente, la disposición de los elementos dentro de la vida institucional y han de ser ajustadas y modificadas para que cumplan su función. Por eso hay cambio y hay revoluciones.

En América Latina se ha usado y abusado del término “revolución” hasta el punto de que los pueblos se van tornando escépticos ante su reiterada invocación. En esta nueva encrucijada decisiva hay que tener bien claro qué es lo que debemos cambiar y cuáles son las metas que tenemos que alcanzar. Destruir por destruir no vale.

La conciencia de la comunidad está predispuesta contra esos sacudimientos revolucionarios que, en definitiva, conducen a acentuar el atraso y que, a vuelta de diversas peripecias, llevan a aumentar la dependencia.

Las nuevas generaciones, por su parte, anhelan lanzarse a la conquista de la tecnología, al dominio efectivo de los recursos naturales, a la integración armónica que dé a nuestras naciones entidad suficiente para no estar sujetas al capricho de las grandes potencias. En suma, aspiran a una revolución tan diferente de las revoluciones tradicionales que envuelva, si se permite el juego de palabras, una concepción revolucionaria de la revolución.

El instinto certero de las masas desconfía de la revolución sin libertad, de la revolución que menosprecia la libertad, de la revolución que amenaza con extinguir la libertad. Porque la libertad, si no significa por sí misma la plenitud de la liberación, es el presupuesto de la liberación, es el instrumento para obtenerla.

6

Queremos la libertad para lograr la justicia y ejercer la solidaridad humana. Muchas veces he recordado que la Declaración de Filadelfia, en la Conferencia Internacional del Trabajo de 1944, en pleno conflicto mundial, dijo: así como la guerra, en cualquier parte, es una amenaza para la paz de todo el mundo, asimismo la miseria en cualquier país de la tierra es una amenaza ineludible para la prosperidad y el bienestar en todos los países.

En el programa del partido COPEI en 1948, reclamamos “la aplicación de los principios de la Justicia Social, que implican la defensa del más débil, en el campo de las relaciones económicas internacionales”.

Al transcurrir el tiempo, la meditación en el problema y el enfrentamiento de soluciones concretas me fue llevando más y más a una constante y decidida convicción en favor de la Justicia Social Internacional.

He señalado el hecho de que todos los esfuerzos por la justicia social dentro de cada país se estrellan ante las dificultades derivadas de la falta de justicia social en las relaciones internacionales. No se trata solamente de que se establezca un nuevo orden económico internacional; se trata de que ese nuevo orden arranque de la convicción de que todos los pueblos deben contribuir al bien común internacional mediante el cumplimiento de los deberes que la justicia social exige.

En su Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, el Romano Pontífice ha recordado al mundo que “la lucha contra la pobreza necesita hombres y mujeres que vivan en profundidad la fraternidad y sean capaces de acompañar a las personas, familias y comunidades en el camino de un auténtico desarrollo humano” (n. 13). “Por sí sola -añadía-, la globalización es incapaz de construir la paz, más aún, genera en muchos casos divisiones y conflictos. La globalización pone de manifiesto más bien una necesidad: la de estar orientada hacia un objetivo de profunda solidaridad, que tienda al bien de todos y cada uno. En este sentido, hay que verla como una ocasión propicia para realizar algo importante en la lucha contra la pobreza y poner a disposición de la justicia y la paz recursos hasta ahora impensables” (n. 14).

7

Necesitamos, para ello, un resurgimiento de los partidos políticos. A veces, el lenguaje contestatario de las estructuras políticas de la democracia formal se concentra en un ataque severo contra los partidos políticos. Se llega a oír la afirmación de que los partidos están llamados a desaparecer, para ser sustituidos por otras formas de organización social. Pero los partidos son necesarios como instituciones de formación y de expresión de los programas políticos, como vehículos para establecer en doble vía la comunicación entre pueblo y gobierno y entre gobierno y pueblo, como estructuras indispensables para llevar en la vasta extensión del país una aspiración armónica y establecer una coordinación jerárquica entre las diversas partes que concurren a la vida común.

Ningún otro tipo de asociación puede llenar este papel; y si se crea, con otro nombre, un organismo para sustituir al partido, pronto se verá ¾sea cual fuere el nombre que adopte¾ que en definitiva lo que ha surgido es un partido más: con frecuencia sin las virtudes, pero con los defectos que al partido se achacan.

Los propios regímenes políticos que niegan el pluralismo ideológico y establecen una organización estatal a base de una exclusiva concepción doctrinaria, no niegan la existencia del partido sino su multiplicidad, y caen en el sistema de partido único, oficial y totalitario.

No habrá sin embargo resurgir de los partidos sin una verdadera calidad humana de sus dirigentes.

Nuestros pueblos volverán a valorar las soluciones propuestas por la Democracia Cristiana en la medida en que la línea seguida por quienes la propugnan sea capaz de interpretar a la gente sencilla, hablar un lenguaje directo hacia su corazón e inspirarle confianza en su rectitud de intenciones, en su convicción sinceramente vivida de que hay que realizar la justicia y la solidaridad social.

8

Hemos de abrir caminos a la esperanza.

Tenemos una larga lucha por delante. La lucha es hermosa cuando la guía un ideal. Por eso la nuestra -que creemos en la persona humana, su libertad, la solidaridad y la justicia social- no aminora sino más bien alimenta la alegría, esa alegría interior que constituye la mayor fuerza para la constancia y predispone al éxito.

En mi larga vida de luchador, he tenido la oportunidad de ver altos y bajos en el camino de los pueblos de América Latina. Me llena de esperanza para el porvenir de nuestra nación la conciencia clara de que hay una nueva juventud que lucha por la libertad y quiere cambiar los actuales rumbos negativos.

Contamos con la ayuda divina, el don de la gracia, que viene de Dios, como recordaba el venerado Papa Juan Pablo II. Por medio de ella -nos dijo-, en colaboración con la libertad de los hombres, se alcanza la misteriosa presencia de Dios en la historia que es la Providencia (Centesimus annus, n. 59).

Al final, el tiempo de nuestra vida, intensamente vivido, también con el sufrimiento que marca el destino de todo hombre en esta tierra, está en manos de Dios. A su infinito amor y misericordia me confío.

 

Rafael Caldera