En mis manos no se perderá la República (1968)

En mis manos no se perderá la república, Rafael Caldera
Proclamación de Rafael Caldera como Presidente de Venezuela en la sede del Consejo Supremo Electoral.

En mis manos no se perderá la República

Discurso de Rafael Caldera en la Sede del Consejo Supremo Electoral al ser proclamado Presidente electo el 11 de diciembre de 1968.

Hace veinte años, en un día como ayer, los pueblos del mundo se reunieron a proclamar desde París una Declaración Universal de Derechos Humanos. La humanidad acababa de padecer una cruenta guerra y se sentía la necesidad de reunir a todas las naciones para expresar la necesidad y la esperanza de un mundo en que los seres humanos liberados del temor y de la miseria disfrutasen de la libertad de palabra y de la libertad de creencia. Una declaración expresada por pueblos de la más variada tradición histórica, de la más variada composición étnica, de la más variada ideología política, de la más variada estructura social y económica, de las más variada convicción religiosa, proclamó la dignidad y el valor de la persona humana, el derecho a la vida, a la libertad, a la seguridad personal, a la igualdad, a la seguridad jurídica, a la justicia, a la familia, al trabajo, a la seguridad social, a la propiedad; el derecho a un salario equitativo, y a un satisfactorio nivel de vida; el derecho a la salud, al bienestar, a la educación; el derecho a la libertad y al funcionamiento de los organismo sindicales —aquí también representados dignamente en este solemne acto—; a todos los derechos fundamentales que son considerados indispensables para que se pueda conquistar definitivamente la paz.

Uno de esos derechos, consignados en el artículo 21, es el derecho de cada pueblo a darse su propio gobierno, a través de un sufragio universal e igual, secreto y libre. El pueblo venezolano acaba de ejercerlo y debemos considerar que al hacerlo no ha agotado en él sus posibilidades y sus esperanzas, sino que ha buscado, a través de ese propio instrumento, a través de la representación que él mismo ha elegido, la satisfacción de aquellos otros derechos esenciales sin los cuales no podríamos decir que hemos cumplido nuestro deber. El pueblo ha votado, ha dado ejemplo admirable de su capacidad y madurez en el ejercicio de sus derechos democráticos. A través de su actuación ha rubricado y reafirmado el título legítimo que posee, a que todos los organismos del Estado y los representantes de todas las capas sociales contribuyamos a hacer con nuestro esfuerzo generoso y constante el que no solo los derechos individuales, los derechos jurídicos, las garantías esenciales de la persona humana sean siempre plena e intangible realidad, sino también los otros derechos sociales, el derecho a una vida decente, el derecho a una remuneración satisfactoria, el derecho a un hogar donde pueda funcionar holgadamente la familia; el que se puedan obtener en un ordenamiento social que realmente esté presidido por la justicia y por la libertad.

Aquí procedemos a poner fin, como lo expresaba en sus hermosas y elocuentes palabras el señor Presidente del Consejo Supremo Electoral, a una etapa para abrir otra. Las primeras palabras que yo debo pronunciar en este acto, cargado para mí de emoción, de profundo significado, han de ser de reconocimiento a ese pueblo. A ese pueblo querido, a ese pueblo de Venezuela que cada vez se presenta más acreedor a nuestra admiración y a la admiración de todos los pueblos del mundo. La jornada electoral que estamos cerrando ha resultado realmente extraordinaria. La conducta del pueblo ha sido magnífica. La etapa de la campaña electoral, animada, intensa, fervorosa, donde la presencia de las multitudes fue siempre para escuchar, para animar, para estimular la presencia de los dirigentes políticos; después, el acto de las votaciones, que parecía rubricar en forma final, con su concurrencia ordenada, responsable y en una cantidad que supera todos los porcentajes establecidos en el mundo, el mérito de la campaña y todo ello resultó superado por la etapa de los escrutinios.

En esta larga fase de ansiedad, pudimos admirar más y más a ese pueblo, que pendiente de la palabra de los órganos electorales que le dijera cuál era la decisión de esta encrucijada de su destino, supo conservar en medio de profunda expectativa, de la inquietud que quitó el sueño a los hogares de los venezolanos durante largos días y largas noches, un sentido de responsabilidad, de moderación y de conciencia que realmente ha hecho de este proceso electoral algo más excelente que todo cuando nosotros mismos hubiéramos podido prever. Ese pueblo, las mujeres rivalizando con los hombres en la función patriótica y cívica de dar su colaboración para la orientación del destino nacional; los jóvenes rivalizando con los adultos en su preocupación, en su conciencia y en su sentido de responsabilidad; los nacidos en el exterior, rivalizando con los nacidos en el territorio de Venezuela en amor, en preocupación y en interés por los asuntos de la patria, todo el pueblo tiene que merecer el reconocimiento agradecido y emocionado de este venezolano a quien la voluntad mayoritaria ha escogido para la jefatura del Estado en el próximo período constitucional.

Las Fuerzas Armadas Nacionales han escrito un capítulo singular. No quisiera caer en lo que pudiera entenderse como la simple expresión de un cumplido. Para las Fuerzas Armadas Nacionales, mi emocionado, mi profundo, mi sentido agradecimiento. Como se ha dicho aquí, en los comentarios que han girado en torno a la fase final del proceso, todos los ojos del mundo estaban atentos a Venezuela. No ha sido feliz precisamente la historia de la América Latina, y las Fuerzas Armadas de Venezuela, en medio de la ansiedad, de la confusión, de la turbación y de la preocupación nacionales han dado una lección de civismo que los dirigentes populares estamos en el deber de proclamar, de reconocer y agradecer. Como próximo Presidente de Venezuela, nada puede serme más auspicioso saber que al entrar a ejercer mi mandato tendré el respaldo sólido, indestructible, firme de las Fuerzas Armadas Nacionales, con plena conciencia de que su deber es respaldar la voluntad del pueblo, mantener la vigencia de las instituciones y pensar siempre en la patria como objetivo fundamental de sus acciones y de su conducta.

Los medios de comunicación social merecen asimismo mi reconocimiento. La prensa, la radio y la televisión, en uso de una plena e irrestricta libertad, han tenido conciencia de lo que su papel representa en esta etapa de la vida venezolana. Hubieran podido enturbiar, confundir, el proceso que se vivía: tuvieron siempre presente que el mejor uso de la libertad es el que se hace con sentido pleno de responsabilidad; tuvieron conciencia de su significación en la vida moderna, de la importancia de sus actos y mantuvieron la actitud cónsona para que ganáramos todos esta hermosa batalla cívica, que tiene que llevar optimismo y confianza a todos los hogares de Venezuela.

Debo expresar aquí, en nombre del pueblo que me ha elegido, el testimonio de la más sincera gratitud y reconocimiento al Consejo Supremo Electoral. Sobre el Consejo Supremo Electoral ha recaído una grave responsabilidad y no creo que pueda ser nada más grato a los oídos de sus integrantes y especialmente a los miembros de su Directiva el que yo manifieste aquí, en nombre del pueblo de Venezuela: Señores miembros del Consejo Supremo Electoral: ustedes han cumplido su deber.

Principales candidatos en las Elecciones Presidenciales de 1968. De izquierda a derecha: Luis Beltrán Prieto Figueroa (MEP); Miguel Ángel Burelli Rivas (Frente de la Victoria); Gonzalo Barrios (AD) y Rafael Caldera (COPEI).

Empieza una nueva etapa en la vida del país. La obra del Consejo Supremo Electoral de llevar a feliz término este proceso, y de sus colaboradores anónimos, pero heroicos, en las largas veladas y en los difíciles momentos del proceso de escrutinios, nos llenan de profundo optimismo. El país se aboca a un cambio pacífico, armónico y creador; es la dinámica de la vida social; somos un pueblo joven, un pueblo que tiene conciencia de que el tiempo transcurre, que no admite vivir según cartabones estereotipados, de que ha de marchar hacia delante y que el deber de quienes tenemos sobre los hombros la responsabilidad de la conducción de sus distintas actividades, consiste en impulsar, interpretar, estimular esta fuerza poderosa y creadora que vive en el seno de la comunidad nacional.

Sé que el cargo que voy a entrar a ejercer es difícil y duro. He podido observarlo de cerca y de lejos; he podido mirarlo desde las intimidades del gobierno y desde los ajetreos de la oposición. No me ilusiono al respecto, pero siento gran optimismo y gran fe. Tengo el optimismo de que las fuerzas políticas en todo momento sabrán reconocer la preponderancia del interés nacional sobre los intereses de grupo y el gran optimismo de que el pueblo sabrá respaldarnos, y reclamarnos una actitud fundamentalmente cónsona con las exigencias de Venezuela. Puedo decir con plena conciencia, con absoluta seguridad:

Venezolanos: en mis manos no se perderá la República. Tengo una larga vida puesta al servicio del país y al cabo de ella creo conocer profundamente los sentimientos, la manera de ser, las reacciones, las preocupaciones, las inquietudes y las angustias de mis compatriotas.

No me toca exponer ahora un programa de gobierno. Esa será mi función, deber y obligación en el acto de la toma de posesión de la Presidencia de la República. Quiero expresar, sin embargo, que estoy perfectamente convencido de que Venezuela necesita, y se lo vamos a dar, un apasionado trabajo creador que estimule la investigación, que reconozca las capacidades, que ponga en función hacedora la energía de los técnicos, que utilice nuevas generaciones y nuevas promociones, ya plenamente capacitadas para el cumplimiento de su función; que promueva, estimule, coordine y aproveche los esfuerzos de todos, en todos los sectores del país político y del país nacional; que oriente el gasto hacia las necesidades fundamentales del país y que busque la mayor cooperación posible a fin de que este potencial humano que tenemos se aproveche al máximum en el beneficio colectivo.

Me guía como preocupación fundamental la paz. Quiero ser un instrumento al servicio de la paz de los venezolanos; quiero distinguir claramente entre mi papel, que hasta ahora ha sido el de un combatiente político, y el papel que me corresponde en lo adelante, que es el de un magistrado cuya función carecería de sentido si no se hiciera intérprete de todos los venezolanos.

Quiero llevar las mejores relaciones con el Congreso de la República. Quiero procurar el entendimiento leal y diáfano, con absoluto respeto para sus diferentes posiciones, con las fuerzas en él representadas. Quiero reiterar el llamamiento que formulé la víspera de las elecciones para que cerremos las heridas, para que olvidemos los agravios, para que pongamos el interés común, lo común del gentilicio y de la aspiración venezolana, al servicio de las esperanzas, de los anhelos y de las necesidades de nuestro pueblo.

Quiero hacer un llamado especial a las fuerzas económicas, para que entiendan que el momento es de optimismo y no de pesimismo, de progreso y no de retroceso, de aliento y no de desaliento; que es el interés del país el que les pide que lleven adelante su afán creador. Tengo la convicción de que resulta indispensable y necesario que el proceso de la producción se estimule, se incremente, para que el mismo beneficie al mayor número. Por esta razón, a quienes la representan, a quienes actúan en el campo variado de la actividad económica, les pido que una demostración de confianza en Venezuela, de confianza en su pueblo y de confianza en su próximo gobierno trascienda, y en forma tal que la economía no sufra la menor dilación ni ofrezca lugar a la menor duda, sino que continúe hacia delante para provecho del país.

Y al pueblo le reitero mi preocupación fundamental: sé que estamos profundamente obligados a él: con la gente que vive en las barriadas pobres, con los que se encuentran marginados del proceso social, con los que todavía carecen de ocupación estable, con lo que están esperando una vivienda que les asegura el texto constitucional, con los niños, con los jóvenes ansiosos de nuevos y más amplios horizontes, de nuevos y más amplios caminos. A todos les reitero que la vivienda, el deporte, la educación, la promoción popular, el estímulo a la juventud para que sea siempre fuerza creadora e impulsadora del progreso nacional, constituirán una preocupación permanente de mi acción al frente del gobierno. Les digo a los representantes de los organismos sindicales que las garantías plenas que la Constitución les da y que las leyes les garantizan, serán interpretadas siempre con amplitud, con plena conciencia de lo que las mismas significan y con reconocimiento por lo que han hecho por Venezuela a lo largo de estos difíciles años de experimento democrático. Quiero además que Venezuela ocupe un lugar distinguido en el mundo; que en el concierto de las naciones se la aprecie por su estatura, por su entidad, por su postura y que ella siempre, tal como el preámbulo de la Carta Fundamental lo establece, contribuya pacíficamente a los esfuerzos de todos los pueblos por la paz, por la libertad, por la consolidación de la democracia y por la realización de la justicia.

El Presidente en ejercicio, Raúl Leoni y el Presidente electo, Rafael Caldera, en el acto de proclamación de este último.

Vamos a empezar un breve período de transición. Son tres meses difíciles, tres meses durante los cuales el doctor Raúl Leoni es el Presidente de la República. A este eminente venezolano le corresponderá en la historia, entre otros títulos, el excepcional de haber sido el primero a todo lo largo de nuestra historia que entregue pacíficamente el poder a un Presidente electo por el pueblo y que ha conquistado su elección desde las filas de una oposición leal e insobornablemente democrática. Quiero manifestarle al Presidente Leoni, con el reconocimiento de los venezolanos por su conducta, que viene a redondear y a culminar el proceso de su período presidencial, que el Presidente electo no le creará dificultades, ni pretenderá interferir en los meses que faltan para que culmine su gestión política y administrativa; y al mismo tiempo quiero decirle a Venezuela que estoy plenamente seguro de que el Presidente Leoni sabrá interpretar esta difícil circunstancia, difícil sobre todo por las características en que se desarrolla y por la falta de un estatuto legal que regule la situación transitoria que ahora se abre: el doctor Raúl Leoni será incapaz de adoptar posiciones que puedan entrabar, perjudicar o comprometer la gestión que me toca realizar como Presidente de la República en el próximo período constitucional. Hemos sido amigos de muchos años; hemos compartido responsabilidades, presidiendo ambas Cámaras Legislativas.

No es fácil a veces llevar en forma armónica la bicefalia que el Congreso supone. Como Presidente del Senado el doctor Leoni y yo como Presidente de la Cámara de Diputados, elegidos por partidos distintos y que habían contendido lealmente en el proceso electoral, supimos mantener el mutuo respeto, la mutua colaboración y el mutuo decoro de nuestros cargos en beneficio de la autoridad del Congreso y de los intereses nacionales. Por ello, de una manera clara y leal, estoy absolutamente convencido de que la actual experiencia nueva para Venezuela que se abre con este breve período de transición, lo sabremos llevar adelante, él como Presidente en ejercicio y yo como Presidente electo que simplemente debe prepararse para entrar al ejercicio de tan alta magistratura.

Todos los candidatos que han participado en el proceso electoral tienen en este momento de mi parte el más sincero reconocimiento. De manera especial he de agradecer al doctor Gonzalo Barrios, al doctor Miguel Ángel Burelli Rivas y al doctor Luis Beltrán Prieto Figueroa su presencia en este acto, que también enaltece a la República, que también fortalece a las instituciones democráticas, que también llena de auspicios favorables la iniciación de una nueva etapa en la vida del país. Yo estoy seguro de que ellos y las fuerzas políticas que los respaldan y las demás fuerzas políticas contendientes en el proceso electoral y los demás participantes en el mismo, sabrán entender que por delante está algo que a todos nos atañe, que es Venezuela, y que ese algo es a lo que hemos dedicado devotamente largos años de lucha de esfuerzos y de sacrificios.

Deseo formular en este instante una petición al señor Presidente de la República, doctor Raúl Leoni: le quiero rogar el disponer que los actos de transmisión del mando se realicen con entera sobriedad republicana. No creo que debamos gastar sumas cuantiosas en celebraciones aparatosas cuando son tantas y tan graves las necesidades del país. Entiendo que daríamos un buen ejemplo y que estimularíamos la fortaleza del sistema democrático transmitiendo el mando con la sencilla severidad con que lo hacen las más sólidas y las más genuinas democracias. Por esta misma circunstancia le ruego comunicar a los gobiernos amigos con representación en Venezuela, nuestro deseo de que se abstengan de enviar embajadas extraordinarias, que nos obligarían y nos comprometerían —de acuerdo con la cortesía internacional— a agasajos que quizás no entrarían dentro del espíritu de la transmisión tal como en este momento la concibo. Le ruego al señor Presidente hacer comunicar por órgano del Ministerio de Relaciones Exteriores a los países amigos, mi personal deseo de que acrediten para el acto de la transmisión del mando a las misiones permanentes que tienen en Venezuela, para que de esta manera, sencillamente, con el júbilo popular, con la sencillez venezolana y con la sinceridad democrática, nos sea posible realizar en forma sobria este acto trascendental de la vida de nuestro país.

No pienso viajar al exterior durante los meses que faltan para mi asunción a la Presidencia de la República. Tengo la obligación de dialogar con todos los sectores del país. Tengo que estudiar, analizar e interpretar a fondo los resultados electorales. Tengo que indagar qué fue lo que quisieron expresar los venezolanos a través de los variados matices de la elección del 1° de diciembre. Tengo que hablar con los sectores económicos. Tengo que hablar con los sectores laborales. Tengo que hablar con los sectores universitarios. Tengo que hablar con los investigadores científicos. Tengo que dialogar —y quiero hacerlo— con todas las fuerzas políticas.

Por eso mismo quiero invitar en este acto, que cierra el proceso electoral, a los sectores responsables y especialmente a los medios de comunicación social, a que abramos una pausa política, a que hagamos un paréntesis en la lucha, a que nos acordemos de que ya vamos hacia mediados de diciembre y de que les demos a todos los venezolanos la comprensión del deseo merecido de descanso, de alivio que sienten en este momento, para que una vez pasado el período navideño podamos entregarnos de lleno a la resolución de aquellos problemas que para marzo de 1969 tendrán que verse solucionados. No implica ello el que yo pretenda negar a la prensa, a la radio, a la televisión, que tan generosas han sido conmigo, la información, las opiniones que ellas consideren; pero les ruego que me ayuden a que el debate político decaiga, entre en un paréntesis, en un cierto remanso, a que nos olvidemos un poco de las cuestiones que puedan estimular controversias y a que nos aboquemos a celebrar en todos los hogares de Venezuela esta gran fiesta anual. Yo quiero que ahora sientan todos el júbilo de la gran jornada que hemos realizado y cuya estupenda culminación lo constituye este acto pedagógico, extraordinario, ejemplar, en el cual Venezuela está nuevamente mostrando la majestad de su estatura, ante sus hijos y ante las naciones hermanas.

Quiero enviar a todos los hogares una palabra de aliento, de optimismo, de alegría y de fe. Quiero que estas navidades sean unas navidades alegres. Estoy seguro de que con ello interpreto el deseo del Presidente Leoni, estoy seguro de que con ello interpreto el deseo de todas las fuerzas políticas y sociales aquí representadas. Quiero en este solemne momento de mi vida invocar para mi pueblo, como lo hace la Constitución, la protección de Dios Todopoderoso para que marchemos hacia delante en paz y armonía y decirles a todos los venezolanos que les deseo unas pascuas muy alegres y un feliz año nuevo 1969.

Proclamación de Rafael Caldera por parte del presidente del Consejo Supremo Electoral, Manuel Rafael Rivero.

Discurso de toma de posesión del presidente Rafael Caldera (1969. Primer Gobierno)

Rafael Caldera fue juramentado como Presidente de Venezuela el martes 11 de marzo de 1969.

Discurso de toma de posesión como Presidente de la República

Caracas, 11 de marzo de 1969.

¡Sé cuánto envuelve el juramento que acabo de prestar! Tengo noción exacta de la magnitud del compromiso. De su cumplimiento penden esperanzas encendidas en los corazones de incontables venezolanos.

No puedo ignorar la importancia trascendente de este acto, sobrio y solemne. Desgarra mitos. Supera interpretaciones negativas de la vida venezolana. Abre presencia a un cuadro nuevo de realidades positivas.

Me entusiasma interpretar el anhelo de cambio que impulsa nuestra dinámica social. Ese cambio palpita en las aspiraciones de todos los sectores. Renovación, adopción de sistemas y estructuras cónsonas con las exigencias actuales, aumento de eficacia, inquietud juvenil cuya canalización es factible y cuyo fermento convertido en hálito de transformación se deja sentir en todas partes, sin que escape a ella ningún aspecto de la vida nacional.

El reto que enfrenta Venezuela en este instante podría sintetizarse en los objetivos fundamentales a lograr:

La paz política y social, para superar la angustia y la zozobra y para encontrar convergencia fecunda a la pluralidad democrática.

La promoción del hombre, a través de la libertad, para realizar la justicia.

El desarrollo económico y social, para impulsar la marcha vigorosa del país y vencer la marginalidad.

Poner todos mis esfuerzos en la superación de ese reto está envuelto en la promesa rendida ante el soberano Congreso. Cumplir y hacer cumplir la Constitución y Leyes de la República supone entregar todas mis energías a la faena de realizar los altos fines expresados en el preámbulo de nuestra Carta Fundamental y en las afirmaciones de su articulado.

He de empeñarme, no sólo en garantizar a cada uno el derecho a la vida, a la salud, al trabajo, a la libre expresión de las ideas, a la participación efectiva en la dirección de la comunidad, sino también en el acceso a la educación, la vivienda, la seguridad social, el estímulo de la familia como célula fundamental de la sociedad, el mejoramiento de las clases populares, el hacer del trabajo la base del progreso, el lograr que la economía esté orientada al servicio del hombre, el contribuir pacíficamente al afianzamiento de la paz y la vigorización de las instituciones democráticas en el concierto de las naciones y hacer cada vez más de nuestra patria ejemplo de solidaridad, dignidad y fortaleza interna.

A estos fines se encaminará la acción del nuevo gobierno, con la ayuda de otras ramas del Poder Público, de las instituciones y del pueblo. La magnitud de la empresa no puede acobardarme. Cuento con la fuerza incontrastable de la legitimidad constitucional y con el respaldo vigoroso del país nacional. Tengo el apoyo invalorable de las Fuerzas Armadas Nacionales, firmes en la institucionalidad democrática e inquebrantablemente leales al ordenamiento jurídico, como lo demostraron con su comportamiento ejemplar en el proceso cívico que hemos vivido. Me propongo llevar con el Congreso las más respetuosas y cordiales relaciones, de las cuales se desprenda una obra fecunda en beneficio de la colectividad. He sido miembro de tan alto cuerpo durante largos años y sé por experiencia que mucho se puede realizar cuando por sobre las diferencias partidistas logra predominar el interés del pueblo a quien se sirve y representa. Garantizaré un clima de respeto al Poder Judicial, cuya función estimo como de una alta prioridad, y le daré el estímulo y la cooperación necesarios para que esté en las mejores condiciones de cumplir sus elevados fines. A los legisladores y jueces ofrezco, pues, la leal disposición del Ejecutivo Nacional para un concurso armónico, enderezado hacia la obra por hacer.

Nuestra generación enfrenta el desafío de colocar a Venezuela a tono con lo que ocurre de grande, de útil y de justo en el mundo. Necesitamos competir en el terreno de la inteligencia, que es el terreno de la investigación científica, del avance tecnológico, del ascenso cultural, de la organización de una sociedad moderna. Necesitamos descubrir nuevas energías, no sólo en la naturaleza, sino también en el hombre. Necesitamos de cada habitante de este país sus reservas creadoras para la obra común. Necesitamos que el venezolano pueda dominar la naturaleza que lo rodea, pero necesitamos que pueda dominar también las relaciones sociales para hacerlas más justas y para que sea más feliz la vida de todos.

Necesitamos despejar supersticiones, prejuicios, complejos, espejismos mentales y psicológicos, quietismos y alienaciones. Necesitamos un esfuerzo mancomunado, una bondad generalizada, un fervor colectivo y una mística encendida para ganar el tiempo perdido. Los venezolanos estamos en deuda con nosotros mismos y con la humanidad. Superar ese pasivo es un compromiso de todos, porque es a todos el desafío planteado. Ninguno puede esquivar su aportación. Todos debemos cumplir con ese deber.

Para emprender el rumbo, reitero mi confianza en el pueblo venezolano. Tenemos un gran pueblo. Un pueblo inteligente, apto para aprender los más complicados procedimientos de la técnica y para asimilar la más alta cultura. Un pueblo bueno, presto siempre a convertir en forma de vida permanente los usos y costumbres más enaltecedores de la civilización. Un pueblo que ha mostrado alta madurez para ejercer los atributos del sistema democrático, para escuchar con respeto la cálida exposición de encontradas ideas, para respaldar con sencillez republicana la vigencia de las instituciones. Un pueblo que luchó, esperó y sufrió por conquistar la libertad y está decidido a mantenerla. Un pueblo que tiene conciencia de la dilatada amplitud geográfica y espiritual de la patria y aspira a ver en ella indestructiblemente la solidaridad y la concordia. Al pensar en él, bien podemos decir con el Libro de la Sabiduría:

En verdad, Señor, que en todo engrandeciste a tu pueblo y lo glorificaste, y no te desdeñaste de asistirle en todo tiempo y en todo lugar.

Asumo el deber de servirle desde un honroso y delicado puesto. Le he prometido trabajar para que un cambio favorable ensanche sus posibilidades de vida; para que lleguen hasta todos, sin discriminaciones lacerantes, las posibilidades efectivas de una existencia humana y progresista. Cambio sin odios y sin frustraciones; cambio sin exclusiones en el origen y destino del afán creador y sin marginamientos en el proceso constructivo. Cambio consciente de la realidad, enmarcado dentro de lo posible y ajeno a aventuras ruinosas. Cambio inspirado por un amor apasionado y ferviente a la patria venezolana.

Con mi fe puesta en Dios y mi recuerdo para aquellos que se fueron pero que nos dejaron la memoria de su afán solidario, me dispongo a andar a pie firme esta etapa decisiva de mi vida. Decisiva, por cierto, también para el país, por razones de coyuntura histórica. Por eso invito a todos, sin exclusión ninguna, a luchar por la paz, por la promoción humana, la libertad y la justicia, y por el desarrollo económico y social que plantea a nuestra generación un reto que no podemos ignorar.

En primer término, tenemos que luchar por la paz. Desde el momento de mi elección he puesto empeño en hablar sólo el lenguaje de la armonía y de la humana convivencia. Me he esforzado en no agraviar, injuriar ni ofender a nadie, individual ni colectivamente. Me propongo mantener esa actitud. No quiero que salga de mis labios combustible para hogueras destructivas. En medio del debate inevitable y conveniente de una democracia pluralista, aun en los momentos en que los ánimos suban de punto y las controversias se agudicen, quiero sostener una línea de conducta elevada y serena, cual conviene al Presidente de todos los venezolanos.

Estoy convencido de que el anhelo de paz política y social predomina de lleno en nuestra comunidad nacional. Al mismo tiempo, lo acompaña una honda necesidad de seguridad personal y familiar, de orden público sólido, de garantía efectiva en el goce pacífico de los derechos fundamentales. Este anhelo y esta necesidad brotan de lo hondo de todos los hogares, sin distinguidos de ninguna especie.

Una de mis primeras tareas se encaminará a satisfacer aquel anhelo y esa necesidad. No será tarea fácil. Habrá que avocarse a los diversos aspectos del problema de la delincuencia, reorganizar con seriedad los cuerpos policiales, atender la raíz misma de tan grave desajuste social. «El Gobierno del cambio» tiene empeñado el compromiso de atender con preferencia a este deber primario. A ello se orientarán arduos esfuerzos, para cuyo éxito solicito de antemano la disposición comprensiva y la cooperación de todo el país.

Tengo clara noción de las diferencias entre el hampa que azota nuestras ciudades y áreas rurales y los brotes de violencia organizada como fruto de determinadas concepciones ideológicas. Aunque a veces hayan marchado juntas, considero importante su diferenciación. Sin mengua de la firme energía que desplegaré en todo instante para defender la estabilidad de las instituciones contra cualquier acción insurreccional, estoy dispuesto a ofrecer a quienes se lanzaron por aquel camino y persisten en él, la oportunidad de rectificar. Ni las autoridades civiles ni las Fuerzas Armadas tienen interés en prolongar escenas de violencia que a nadie han favorecido y que sólo han ocasionado daños a ciudadanos pacíficos, a humildes campesinos, a oficiales o suboficiales en el cumplimiento de su deber militar, a venezolanos sencillos que prestan como soldados el servicio como una contribución irrenunciable a la integridad e independencia de la patria y a los mismos protagonistas de la aventura. Mi propia determinación, conforme con mis convicciones y antecedentes, de enfrentar sin vacilación cualquier hecho contrario a la paz pública y al orden constitucional, me da mayor autoridad para abrir en esta coyuntura el horizonte de una sincera pacificación. Hasta los más reacios reconocen que no hay en Venezuela circunstancias propicias para el éxito de un movimiento insurreccional y que quien tenga fe en sus convicciones debe irradiarlas dentro del ordenamiento legal.

El presidente electo, Rafael Caldera, y el presidente saliente, Raúl Leoni.

El presidente del Congreso, José Antonio Pérez Díaz, al imponer la banda presidencial a Rafael Caldera.

Al cesar definitivamente la confusión entre la delincuencia común y la violencia de origen político, erradicada ésta cabe lograr el concurso de todos para reducir aquélla a sus niveles mínimos. Frente al hampa no hay posibilidad de tregua. Los cuerpos de seguridad deben recibir sólido apoyo en su lucha contra el crimen.

El nuevo Gobierno se empeñará en que los mecanismos preventivos operen en darles rendimiento y corrección absoluta a los aparatos destinados a reprimir los hechos delictuosos, en obtener el funcionamiento eficaz de los mecanismos judiciales y correccionales y acometer una acción positiva contra las causas sociales del delito.

Considero como el primer factor para el afianzamiento de la paz el caudaloso deseo de armonía que inunda el ambiente y estoy dispuesto a aprovecharlo y fomentarlo. Quiero una patria amplia para todas las gentes que en ella moran o vengan a compartir nuestros afanes. Quiero servir al provechoso entendimiento entre el capital y el trabajo, con cuyos representantes he mantenido y mantendré un diálogo esperanzador. Quiero que existan siempre las más cordiales relaciones entre el Estado y las distintas expresiones, organizadas o no, de las creencias religiosas; con la que representa el credo mayoritario, enlazada en la génesis y el devenir histórico de nuestra nacionalidad, y con las demás iglesias y comunidades. Les aseguro, no sólo el respeto a la libertad de conciencia y de cultos que reconoce la Constitución, sino el estímulo y asistencia a sus obras sociales y educacionales, sin mengua del papel y responsabilidad del Estado en esos campos.

La tarea fundamental en los años del período que comienza es la del desarrollo. Por algo se ha dicho, en documento excepcional de nuestro tiempo, que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz. Los altos objetivos humanos están en definitiva sujetos a la transformación de la realidad económica y social.

Por ello, no inspirará la acción del Gobierno una preocupación simplemente económica sino, en forma simultánea, una preocupación social. El norte de los programas lo constituirá un orden social dentro del cual las oportunidades de empleo sean accesible; los servicios de agua, cloacas, calles, luz y teléfono lleguen a vastas áreas periféricas; la vivienda higiénica esté al alcance de las familias más humildes; la educación, la salud, la recreación, el deporte, los progresos de la cultura y los beneficios de la seguridad social constituyan una efectiva posibilidad común. En la ordenación del gasto público se tendrá presente la inversión más provechosa para los más necesitados y se propenderá a la progresiva incorporación y constante ascenso de los sectores populares a la dirección de la vida social, para realizar una efectiva democracia de participación.

Sé que para acercar estos objetivos al plano de las realizaciones es indispensable promover la actividad económica. Sé igualmente, que los solos recursos del sector público no bastarían para atender las exigencias del desarrollo. Estoy dispuesto a estimular la iniciativa privada para que cumpla dentro de nuestro proceso dinámico las grandes tareas que le corresponden. Haré el mayor esfuerzo para que los capitales, nacionales o foráneos, encuentren alicientes para inversiones sanas, de carácter reproductivo, dentro del respeto a nuestra soberanía y del fortalecimiento de la economía del país. Me esforzaré en mantener una política fiscal y monetaria sana. Como el petróleo es la fuente más importante de financiamiento de los programas de desarrollo, me esforzaré en armonizar el ritmo necesario de expansión de la industria, el aseguramiento de los mercados y la defensa de los precios con los requerimientos inmanentes de la nación y los derechos de las futuras generaciones. El nuevo Gobierno continuará las negociaciones sobre contratos de servicio para la explotación de nuevas áreas, y promoverá una gran consulta nacional, seria y ajena a intereses parciales, para que todos los venezolanos aporten sus ideas a la dilucidación del sistema mejor y más factible para sustituir el régimen de concesiones en las importantes áreas donde aquéllas se vencen a partir de 1983.

Sobre la perspectiva económica hay una firme atmósfera de optimismo, dentro y fuera de Venezuela. Nuestra demostración de madurez cívica y de solidez institucional ha contribuido a que se nos reconozca como una de las naciones con mayor derecho a un gran progreso.

Por otra parte, el incremento demográfico empuja nuestro destino con fuerza explosiva; y el Censo de 1970, que será dirigido a lograr un verdadero inventario de nuestras posibilidades y evaluación de lo existente, presentará un cuadro esencialmente dinámico de nuestra realidad social. No debemos, pues, perder un solo instante.

De allí la urgencia de revisar el gasto público. Reorientarlo hacia las prioridades impuestas por nuestra situación y objetivos, dentro de una firme actitud de sobriedad. De allí también lo ineludible de elevar a óptimos niveles la honestidad administrativa. La pulcritud y la eficiencia serán condiciones indispensables para desempeñar funciones en la Administración Pública. Sin contemplaciones se actuará contra las transgresiones.

El Gobierno funcionará como un equipo coordinado, homogéneo en sus propósitos y planes, aun dentro de la variedad que una concepción democrática amplia garantiza a sus integrantes. Los mecanismos gubernamentales se harán funcionar con la eficacia impuesta por los más avanzados sistemas tecnológicos, que aseguren la rapidez y precisión exigidos en la toma de decisiones en un país moderno. Todo ello forma parte de la reforma administrativa que se emprenderá sin tardanza, para dejar a un lado estructuras arcaicas, incapaces de marchar a tomo con la transformación del país y de la mentalidad de sus habitantes.

Me esforzaré, por otra parte, en fomentar una verdadera conciencia conservacionista del patrimonio nacional. Es necesario que los venezolanos abandonemos ya la actitud inconsciente de despilfarrar o permitir la destrucción de bienes cuya pérdida no se justifica. Quiero invitar a los hombres y mujeres responsables a coadyuvar, con celo permanente, en la vigilancia contra el deterioro de cualquier tipo de bienes de la herencia común: desde las grandes obras de ingeniería hasta las plazas, edificios y caminos; equipos mecánicos o instalaciones que después de puestas en servicio van dejando perderse para tener que hacerlas de nuevo, y especialmente árboles y ríos, gas natural u otras riquezas, renovables o no, que son legado generoso de la naturaleza. Se prestará preferente atención a las observaciones y denuncias con que colabore la ciudadanía, para lo cual se impartirán instrucciones desde el nivel jerárquico adecuado y se ejercerá permanente control sobre su cumplimiento.

En los últimos treinta años, las migraciones internas y el crecimiento urbano han sido impresionantes. Las grandes metrópolis, en especial Caracas, reclaman inmediato una acción eficaz. Millones de personas van abriéndose paso a fuerza de continua lucha y habitan en barriadas populares cuya magnitud crece en forma veloz. En el corazón de esas barriadas vive gente animada de una gran voluntad de superación. Han invertido esfuerzos y recursos cuya totalización llegaría a sumas gigantescas. Si se hubiera planificado a tiempo el desarrollo de esas zonas y orientado esa fabulosa inversión, tendríamos allí uno de los rubros más importantes de la riqueza nacional. Hoy el problema sea hecho muy complejo. Tengo conocimiento de la situación que se vive en esos barrios. Hay casos en que se trata de atender, por lo menos, necesidades perentorias cuya satisfacción no debe esperar plazos de diez o veinte años, aunque quizás estos resultarían vertiginosos, si se atiende a las expectativas actuales. En algunos pueden hacerse obras de remodelación de carácter más o menos permanente. En otros, la reubicación puede ser inevitable; pero reubicar supone ofrecer una alternativa inmediata; no hacerlo sería contrario a la justicia y hacerlo supone poner planes en marcha sin demora.

Atender el clamor de los barrios populares será una prioridad inmediata. Un ambicioso programa de vivienda popular será preocupación central del «Gobierno del cambio», cuya idea es la de que no se trata únicamente de construir habitaciones y de impulsar su construcción por el sector privado, sino de lograr conjuntos aptos para la vida humana, no sólo en la ciudad sino en el campo, cuyos pobladores esperan la mínima atención que les permita mantenerse en él y aminorar el éxodo rural.

 

No perderé de vista, en cuanto al desarrollo, que para ser integral y armónico debe ser regional. La conciencia de la regionalización en Venezuela se ha acentuado en los últimos diez años. El estudio de factores geográficos, políticos, demográficos, económicos y ecológicos define las regiones como unidades de características y exigencias determinadas. Uno de los primeros actos del nuevo gobierno será el de acoger, al menos como criterio provisional, una norma de regionalización acorde con los análisis hechos, para impulsar la preparación, creación y funcionamiento de órganos apropiados para el desarrollo de las regiones respectivas.

Prometí al pueblo del Zulia adoptar sin tardanza los pasos necesarios para que una Corporación de Desarrollo Regional se dedique, con autonomía y recursos suficientes, a planificar y ejecutar programas para atender los problemas urgentes de esa región, que aporta con sus recursos naturales la cuota más alta a la riqueza nacional. En los próximos días será presentado a las Cámaras un proyecto de Ley, que estoy seguro acogerá con beneplácito y despachará con prontitud el soberano Congreso de la República. Entre tanto por vía de las facultades ejecutivas, se creará una Comisión preparatoria y se la dotará de medios adecuados para que sus iniciativas puedan irse realizando aunque sea parcialmente.

El caso del Zulia no es único. Todas las regiones esperan una acción consciente y fecunda, capaz de impedir el funesto desnivel que se produciría si la acción oficial se concentrara exclusivamente en algunas. Hacia éstas afluirían incontenibles los recursos humanos de las otras, con lo cual se crearían o agravarían problemas que superarían los logros obtenidos. Por ello, la acción coordinada del Desarrollo Regional a través de una concepción nacional armónica, es un requerimiento urgente que el «Gobierno del cambio» se esforzará en atender.

La formulación de programas precisos para el desarrollo industrial, para el auge de nuestra minería, para el impulso a la electrificación, para la revitalización de la industria de la construcción, para el fomento de la pequeña y mediana industria y del artesanado, para el desarrollo agropecuario hacia formas de productividad cuyo rendimiento permita acceder a mercados externos, para la ejecución de una verdadera reforma agraria integral que incorpore efectivamente al campesinado a una economía moderna y promueva las grandes posibilidades de este sector humano logrando una más amplia distribución del ingreso, para el incremento del turismo doméstico e internacional, para la intensificación de la economía pesquera y para una explotación racional, científica y honesta de nuestra riqueza forestal, para la construcción de obras de infraestructura con sentido económico, incluyendo una red completa de autopistas y vías, aeropuertos y puertos, para la modernización de nuestro sistema de comunicaciones, responderá a concepciones nacionales plasmadas a través de la acción del Gobierno y de los programas de desarrollo regional.

Rafael Caldera durante su discurso ante el Congreso Nacional.

 

Sin mengua del papel de irradiación que a los centros energéticos compete, propiciaré una descentralización capaz de agilizar los trámites y resolución de asuntos que requieran la orientación, autorización o asistencia del Estado.

El reto que nos plantea el subdesarrollo nos obliga a buscar, ante todo, la promoción del hombre. Siempre he pensado que la primera riqueza de Venezuela, por encima del petróleo y del hierro.de sus tierras y ríos, es su riqueza humana. Tenemos un material excelente que reclama un gigantesco afán por promoverlo. El rescate del talento, perdido por falta de oportunidades en los sectores de menores ingresos, es una urgencia inaplazable.

La educación ha de ser tarea nacional de primer orden. Los esfuerzos del sector público y del sector privado han de concurrir aquí con mayor razón que en cualquier otra actividad. Los sistemas han de ponerse a tono con los profundos cambios de mentalidad operados en el mundo, para servir más eficazmente a las necesidades del país. Todo lo que se haga por armonizar criterios y zanjar diferencias a fin de lograr una regulación adecuada redundará en beneficio directo del futuro nacional. La actividad que se despliegue para lograr el rendimiento máximo de las inversiones actuales y de las que irá reclamando en forma creciente el desarrollo demográfico y socio-económico será agradecida para siempre.

Tenemos, pues, la obligación forzosa de encontrar rumbos de coincidencia para las corrientes más importantes y representativas del pensamiento. Ofrezco al servicio de este objetivo mi mejor disposición de espíritu, reanimada cada vez que levanto mi vista para proyectarla hacia los horizontes de grandeza que todo venezolano puede ver con sólo extender su mirada hacia las posibilidades nacionales. Esa visión sacude nuestras fibras más íntimas y nos hace considerar fácil el vencimiento de todo lo pequeño y mezquino ante el imperativo ineludible de un gran destino patrio.

Deseo fomentar decididamente todo lo que lleve a la educación y a la ciencia a incorporarse por nuevos rumbos a las exigencias del país. Considero inaplazable un vigoroso estímulo a la investigación científica y tecnológica en los institutos dedicados especialmente a ella, en las universidades, en los centros de investigación de institutos autónomos o de empresas particulares. «El Gobierno del cambio» atenderá sin demora la necesidad de una política de la ciencia. Estoy convencido de que el desarrollo nos impone la necesidad de manejar cada vez con mayor maestría nuestros recursos básicos; de abrir nuevas posibilidades a la industria petroquímica y a todas las demás manifestaciones de iniciativa nacional; de preparar un personal capacitado para asumir en forma técnica la dirección y ejecución de nuestro desarrollo industrial, de la reforma agraria y del desarrollo agrícola, pecuario, forestal y pesquero; de realizar las grandes obras de infraestructura que está reclamando el país nuevo en cuya construcción andamos empeñados y de conquistas para el hombre venezolano esa mitad del territorio nacional que en el Sur espera impaciente su presencia y su arraigo. Tenemos que formar el personal que estas actividades necesitan.

Un gran aliento de libertad será el motor para la promoción del hombre. Creo en la libertad como la mejor condición de ascenso humano. Soy uno de los redactores de nuestra Constitución y la suscribí con la convicción de que ella puede y debe cumplirse. Cada vez me convenzo más que nuestro pueblo superó las fases iniciales dentro de las cuales, apenas salido de un sueño secular, pudo ser susceptible a dejarse encandilar por el brillo de palabras sonoras o por el juego de encendidas consignas. Vivimos en una sociedad madura, donde predomina el análisis y es fina la percepción de los matices y donde, sobre todo, se ha hecho forma de existencia la pluralidad de las ideas como posibilidad siempre presente de escoger. La libertad es el motor que en cada uno determina el poder de avanzar. Ella será siempre motivo de respeto y fuerza de adelanto, mirada con especial simpatía e interés desde los cuadros del nuevo Gobierno.

En esa promoción del hombre, como es justo, miraré con cálida simpatía el estímulo al arte y la cultura, en cuyo impulso debemos estimular también la libertad creadora y ofrecer a las capacidades las oportunidades de realizarse plenamente.

Se atenderá de modo preferente a la juventud y la mujer. La mujer, que ha tomado conciencia de lo que representa como posibilidad de orientar y de influir en la vida de la sociedad a través de su inagotable reserva de emoción creadora y de su fe en los altos valores de la vida. La juventud, a la que veo como formidable potencial, capaz de ser aprovechado para las más nobles empresas y para las más grandiosas construcciones. Creo firmemente que estamos obligados a demostrarle que nos ocupamos de ella para abrir sinceramente vías anchas a sus inquietudes creadoras. El nuevo Gobierno espera ofrecerle más efectivas y abundantes oportunidades de educación y de trabajo, de formación, de recreación, de deporte y cultura, para que se incorpore de lleno a la dinámica optimista que es el motor de nuestro futuro nacional.

Y con ello, a través de la promoción del hombre y de la libertad creadora, marcharemos con paso firme a la justicia. Habrá que hacer frente a los problemas planteados por la Seguridad Social en sus aspectos administrativos, habrá que abrir canales para una mayor y más firme participación del trabajo en la formación y distribución del ingreso nacional y para una mayor participación de la población activa en el trabajo. Cuento con la madurez alcanzada por el movimiento sindical, firme en la defensa del régimen constitucional y consciente de su delicada responsabilidad para que sus conquistas revistan solidez siempre más recia, y con la cooperación ofrecida por órganos internacionales de la calidad y prestigio de la Oficina Internacional del Trabajo, que en este su año cincuentenario presenta abundantes ejecutorias, y con la cual me unen viejos y estrechos vínculos; y de las otras organizaciones y organismos dispuestos a prestar su colaboración en actividades que representen mejoramiento de los pueblos.

La preocupación por el progreso del país me hace mirar favorablemente el ensanche de nuestro horizonte internacional. Sin menoscabo de las relaciones tradicionales con los pueblos de este Hemisferio, las cuales aspiro a fortalecer y orientar hacia las mejores formas de decorosa amistad y colaboración fundada en la justicia social internacional, pienso que hay madura conciencia en la opinión sobre el establecimiento de relaciones con estados de organización política y signo ideológico diferentes de los nuestros, pero cuya presencia en el mundo y cuya influencia en las relaciones económicas no podemos ignorar. Es justo que, tratándose de aquellas cuya formulación doctrinaria discrepa de la concepción que inspira nuestra Constitución, el establecimiento de relaciones se condicione a requisitos cuya aceptación estimaríamos como prenda de buena voluntad y cuya fijación está admitida por los usos diplomáticos. Por otra parte, sin desconocer el alto fin que movió a Venezuela a no continuar relaciones con gobiernos surgidos en el continente por actos de fuerza contra mandatarios electos por voto popular, considero necesario superar aquella posición. Aun manteniendo la esperanza de lograr un acuerdo hemisférico que ofrezca fórmulas para solucionar casos similares, cuya incidencia deseamos sea cada vez menor, la revisión de nuestra posición se impone por la realidad. Venezuela no puede continuar confinada, sin relaciones con pueblos vinculados al nuestro por obligante fraternidad.

La misma preocupación del desarrollo y la convicción sobre el común destino nos hace ver con simpatía los esfuerzos constructivos para adelantar la integración de América Latina, como instrumento de su gran desarrollo futuro. No sólo en el campo económico, sino en el campo múltiple de la vida social y cultural. Sé que características peculiares de nuestra situación económica, el celo por la estabilidad de nuestro signo monetario, el temor de comprometer progresos logrados y de ver en peligro conquistas sociales de los trabajadores, han provocado serias preocupaciones sobre pasos propuestos dentro de la Asociación Latino Americana de Libre Comercio en relación al Pacto Sub-regional Andino. Estimo que los planteamientos respetables del sector privado deben ser considerados seriamente y que en materia tan trascendental deben marchar de acuerdo el sector público y el sector privado, ya que ambos, conjunta y no separadamente, integran la economía nacional. Pero soy optimista en cuanto la posibilidad de superar obstáculos y de encontrar fórmulas que, sin demoras inconducentes, pongan a nuestras patrias en el camino de fortalecer a la que por razones intemporales y por precisiones de nuestro tiempo es y será la gran patria común. Tengo fe en la capacidad venezolana y sé que llevaremos a la mesa soluciones positivas, proposiciones desprovistas de dogmatismo o de prejuicio que descarten todo complejo aislacionista de la mente de nuestros interlocutores y de la nuestra propia; para revelarnos como somos: un pueblo consciente de su destino, solidario con los pueblos hermanos, convencido al mismo tiempo de que esa solidaridad peligraría si en vez de vías abonadas por la madurez de la experiencia nos lanzáramos por simples caminos de buena voluntad o de imitación fiel de lo hecho en otros continentes en circunstancias diversas. Venezuela aspira a ir y está dispuesta a ir al proceso de integración con miras elevadas, orientada por el criterio de que cualquier paso en falso retardaría y obstruiría, en vez de facilitar y adelantar, el proceso de integración.

Por supuesto, que nuestras relaciones con el mundo se inspiran en los principios de respeto a la dignidad del hombre y a lo no intervención derivada del reconocimiento a la independencia de cada pueblo. El mismo deseo de paz de nuestra política interna nos anima en la esfera internacional. Repudiamos los hechos de agresión y estamos dispuestos a defender y mantener nuestros atributos soberanos. Partiendo de esta firme e inequívoca posición es como abrimos la ancha puerta de nuestra buena voluntad. Y en cuanto a la recuperación de las tierras de que fuimos despojados en nuestra región esequiba, el nuevo Gobierno recibirá el legado del Acuerdo de Ginebra, pues el próximo año terminarán las reuniones de la Comisión Mixta. Hacia el vecino pueblo guyanés nos mueven sentimientos fraternos y desearíamos llegar con él a fórmulas de cooperación para el desarrollo común; pero reiteramos la firme decisión de defender los derechos de Venezuela, cuya singular trayectoria pacífica en la vida internacional no debe servir para desconocerle o negarle lo que le corresponde a la luz inextinguible de la justicia y la verdad.

Los seguidores del nuevo Presidente colmaron la avenida y calles adyacentes al Palacio de Miraflores.
Afueras del Palacio de Miraflores momentos antes de la llegada del nuevo Presidente.
El presidente Caldera recibe a las afueras del Palacio de Miraflores a sus seguidores.

La política internacional de Venezuela, alentada por el deseo de contribuir a la paz, a la libertad y a la amistad entre las naciones, de elevar el patrimonio cultural y tecnológico y buscar su difusión entre todos los pueblos, se orientará también decididamente hacia el impulso del comercio exterior. Veo allí una necesidad vital e impostergable. La dependencia de un solo producto tiene causas variadas, pero la falta de mercados retarda sin duda las posibilidades de desarrollo. Iniciativas interesantes nos animan a esperar buenos frutos para una política de comercio exterior sistemática, inteligentemente orientada a lograr una economía de exportación, mediante la acción de una diplomacia cada vez más consciente de los intereses nacionales y de su propia responsabilidad. Este acicate contribuirá a mover activamente la reforma de nuestro servicio exterior.

El primer deber del nuevo Gobierno será proceder a la evaluación de los recursos con que cuenta para enfrentar los problemas. Habrá que precisar la situación en que se hallan los recursos fiscales, el monto de los compromisos contraídos y la medida en que se hayan consumido las diferentes partidas del nuevo presupuesto. De ello será informada la nación, teniendo presente la influencia del gasto público sobre la economía del país. Al presentar cualquier situación, se plantearán las medidas para impedir, sin incurrir en recargos tributarios ni manipulaciones monetarias, cualquier paralización o retardo de los pagos y planes de la Administración, que repercutiría negativamente en una economía cuyas perspectivas son ampliamente promisorias. La colectividad debe confiar en que el Gobierno no permitirá que la marcha progresista del país sufra perjuicio por cualquier circunstancia accidental y estoy seguro de su cooperación para vencer cualquier momentánea dificultad.

Después de azarosos procesos de inestabilidad e incertidumbre, ya se han cumplido dos períodos completos de gobierno emanados directamente del voto popular. Al ilustre venezolano doctos Raúl Leoni le ha correspondido la distinción histórica de haber sido el primero que hace la entrega pacífica del poder a un sucesor, electo por el pueblo, después de una campaña electoral de oposición.

El hecho mismo, por su novedad, ha puesto de relieve la falta de un instrumento legal adecuado para regular el breve pero delicado lapso comprendido entre la elección y la trasmisión de poderes. Creo conveniente llenar este vacío. Respetuosamente me atrevo a recomendar a las Cámaras Legislativas la adopción de un texto legal orgánico, razonable y previsor, aprovechando la experiencia lograda, con lo cual contribuiría a asegurar mejor para el futuro la marcha de nuestras instituciones democráticas.

La tarea que tenemos ante nuestros ojos, sin exageración ni dramatismo, es de dimensión impresionante. Pero puede cumplirse y estoy seguro de que se cumplirá. Para ello es preciso mantener encendida la esperanza y dispuesta la voluntad en el ánimo de los venezolanos.

Hace siglo y medio éramos apenas un puñado. No llegábamos a un millón de habitantes, dispersos en un vasto territorio de más de un millón de habitantes, dispersos en un vasto territorio de más de un millón de kilómetros cuadrados. No se había descubierto el petróleo. No teníamos caminos, ni telégrafo, ni surcaban el cielo los aviones. Sin embargo, la voz de un hombre incomparable despertó en nuestro pueblo el ideal y su emoción lo hizo recorrer distancias legendarias y escribir las páginas más brillantes de la historia del nuevo mundo.

La voz de aquel Hombre, que a través de los siglos se nos hace menos igualable, más inalcanzable, aunque también más presente en nuestra conciencia, ha vuelto a resonar con acento mesiánico. Desde la modesta casa que Zea comparó con la choza pajiza donde el fundador de Roma echara los cimientos de un imperio, ha resonado nuevamente su eco. Pasmados recorremos la cronología de aquella campaña, preanunciada el 15 de febrero en Angostura, en un discurso, y culminada el 7 de agosto en Boyacá, en una batalla decisiva. Hace menos de un mes se conmemoró el Sesquicentenario de la profunda y encendida oración, donde Bolívar vio la patria a través de las próximas edades y se sintió arrebatado al observar «con admiración y pasmo, la prosperidad, el esplendor, la vida que recibió esta vasta región».

Su vibrante mensaje está vigente. El pidió a los legisladores «conceder a Venezuela un gobierno eminentemente popular, eminentemente justo, eminentemente moral, que encadene la opresión, la anarquía y la culpa. Un gobierno que haga reinar la inocencia, la humanidad y la paz. Un gobierno que haga triunfar bajo el imperio de leyes inexorables, la igualdad y la libertad».

Tenemos una cita de honor con él ante la historia, para esforzarnos en realizar su ideal. No se trata ahora de campañas heroicas hacia paralelos lejanos, sino de realizar dentro de nuestras fronteras hacia afuera el desarrollo, sobre la base de un orden institucional como el que sus palabras de bronce definían.

Hagamos lo nuestro para corresponderle, aun rebasando la medida de nuestras limitaciones. Ahora somos diez millones de habitantes; el petróleo nos asegura, todavía, por muchos años, un volumen considerable de recursos; hay vías que cruzan nuestro territorio y debemos construir muchas más; tenemos a nuestro alcance los medios que ofrece la tecnología. Es tiempo de escuchar la voz de Bolívar.

Mantengamos inquebrantable fe en el sistema democrático, para cuyo funcionamiento acaba de mostrar nuestro pueblo una estupenda madurez. Recordemos que el cumplimiento de las reglas puede ser incómodo en determinadas circunstancias, pero permite asegurar el equilibrio e impulsar el avance en medio de la oposición de los contrarios. Y confiemos en la ayuda de Dios, que no la niega a los que se la piden con limpia y sincera voluntad.

Se la pedimos para Venezuela, para su pueblo y para su gobierno. Y comprometemos, como lo hicieron los fundadores del Estado, el sagrado de nuestro honor nacional, a la empresa de servir con denuedo, en beneficio de todos pero especialmente de los más humildes, guiados por la justicia e impulsados por la libertad hacia el progreso, la solidaridad y la paz.

 

Audio del discurso:

 

Las Fuerzas Armadas están al servicio de la Democracia (1969)

Rafael Caldera ante las Fuerzas Armadas 1969
El presidente Rafael Caldera entregando el sable a los nuevos oficiales en el Patio de Honor de la Academia Militar de Venezuela.

Las Fuerzas Armadas están al servicio de la Democracia

Discurso de Rafael Caldera en el patio de la Escuela Militar, en la graduación de los nuevos oficiales que egresan de las Escuelas Militares del país. En la ceremonia de graduación coincidieron las promociones José Gregorio Monagas, Antonio Ricaurte, José Heriberto Paredes y Batalla de Ospino. Caracas, 7 de julio de 1969.

 

Es hermoso símbolo la celebración en los mismos días en que se conmemora la fecha nacional de Venezuela, el grado de los nuevos oficiales que egresan de las Escuelas Militares del país. Ello implica la presencia de la juventud con su entusiasmo, con su decisión, con su coraje, con su fortaleza, con su espíritu ansioso de horizontes en las Fuerzas Armadas, organizadas y mantenidas por la República para sostener la independencia y la integridad territorial de la nación y la vigencia plena de la Constitución y de las leyes. Sangre joven y dinámica que llega cada año al seno de las Fuerzas Armadas para aportar –ella también– con rectitud, con decisión, un principio renovador, a tono con la dinámica transformadora de Venezuela.

Las Fuerzas Armadas responden a un país que lleva en sí una fuerza pujante de transformación. Por esto, a medida que la nación toma mayor conciencia de su destino, de su responsabilidad y de su compromiso con la hora que vivimos y con los tiempos que nos apremian y que están por venir, sus Fuerzas Armadas Nacionales demuestran esa misma vitalidad con sentido dinámico, con conciencia plena de los nuevos deberes que cada momento impone sobre los venezolanos, individual y colectivamente, dentro de su función característica y en el marco de su propia misión.

En la tarde de hoy hemos visto, en ceremonia emocionante, cómo después de varios años de estudio, regidos por disciplina y responsabilidad, egresan de sus escuelas, para integrarse al servicio activo dentro de las Fuerzas Armadas, representantes de nuevas promociones. Todos hemos podido sentir vibrar nuestra emoción en el simbólico acto en el cual el uniforme de cadete ya no se viste más y se reemplaza por el uniforme de oficial, momento en que los nuevos hombres de nuestras Fuerzas Armadas advierten que recae sobre ellos, para toda la vida, una responsabilidad trascendental.

Esa estrella ganada a través del estudio y de la disciplina simboliza mucho para cada uno de ustedes, para cada una de sus familias, que quién sabe a costa de cuántos sacrificios han sido artífices de esta culminación. Representa mucho también para la Patria y para sus Fuerzas Armadas, pues en la tarea que tenemos por delante en la Venezuela de hoy y de mañana, sabemos que nuestros esfuerzos resultarían vanos y que edificaríamos sobre terreno inconsistente si no contáramos con la presencia activa de las Fuerzas Armadas, constantemente renovadas, respondiéndole al país entero por el orden, la libertad, la paz y la convivencia.

Hoy, los nuevos oficiales, a través de un juramento inolvidable, entregan a esa grave función, a esa trascendente responsabilidad, el sentido de su vida. Esta tarde sentimos aquí que el esfuerzo que también la República ha puesto en su formación está correspondido por la decisión inquebrantable en cada uno de los nuevos oficiales de comprender y de practicar los deberes que su conciencia militar les impone, los cuales se basan, fundamentalmente, en la vigencia ordenada y cabal de las instituciones republicanas.

Para los nuevos oficiales empieza una etapa llena de ilusión y de entusiasmo, pero también erizada a veces de duras exigencias y de graves tentaciones. Es largo el transcurso que debe recorrer la vida de un hombre en el trecho que nace con la primera estrella hasta alcanzar el primer sol sobre sus hombros. Es toda una existencia. Los años de la escuela han terminado. Empiezan ahora las exigencias del servicio; en ocasiones exigencias rígidas, en ocasiones exigencias que llevan al ánimo de muchos la tentación del abandono y la renunciación.

Debe verse muy lejos la meta, debe sentirse a veces muy duro el silencio del esfuerzo diario ignorado, aunque fundamental para la marcha de la Patria. Entonces es cuando la formación recibida, el juramento prestado, el recuerdo de una tarde como ésta, única en la vida de un hombre, les ayudará a mantener la perseverancia como virtud fundamental y a recordar que la disciplina constituye signo de orgullo en la conciencia de un hombre libre, porque, como dijera en sus elocuentes palabras el Inspector General de las Fuerzas Armadas, es necesario saber obedecer para poder aprender a mandar.

Por delante de nosotros está, señores oficiales de las nuevas promociones, una etapa fundamental en la vida del mundo, una etapa fundamental en la vida de Venezuela. Entre el momento en que ustedes reciben la presilla con su primera estrella y aquel en que los primeros y más afortunados reciban el primer sol que los sitúe en la jerarquía de General, ocurrirán en el mundo muchas cosas. En esa etapa tenemos la obligación de recoger el reto que los tiempos nos lanzan, de trabajar muy duro para responder a nuestro pueblo, para responder a la familia venezolana, para responder a los imperativos del desarrollo y de la justicia. En esa labor –a veces a ustedes les costará creerlo– la tarea abnegada, diaria y silenciosa de cada uno de ustedes en el puesto de servicio, será un eslabón indispensable, pieza fundamental para que pueda lograrse el éxito que todos necesitamos y exigimos.

Caldera ante las Fuerzas Armadas
El presidente Rafael Caldera junto a la primera dama, Alicia Pietri y el alto mando de las Fuerzas Armadas Nacionales.

En Venezuela, una de las características fundamentales de la conciencia democrática del pueblo es la identificación que se ha logrado entre el país y sus Fuerzas Armadas. Es la convicción recíproca que existe de que la libertad, la dignidad del hombre, la justicia, los programas de desarrollo, la transformación progresista de la República, serían imposibles si las Fuerzas Armadas no estuvieran paso a paso y momento a momento, respondiendo a la misión que les incumbe.

Pero, al mismo tiempo se da en el seno de las Fuerzas Armadas la convicción más grande y plena de que su deber, su función, su dignidad, la satisfacción de la profesión a la cual se ha dedicado la existencia, no tendrían su plena realización si no se mantuviera el orden democrático basado sobre la dignidad de cada hombre, sobre la libertad de cada ciudadano, sobre el respeto de los derechos de todos, y sobre el compromiso de trabajar infatigablemente por el pueblo.

Estas ideas, señores oficiales de las nuevas promociones, estarán siempre vigentes en el ánimo de ustedes. Y en el momento en que algún susurro venenoso, por parte de aquellos que no pudieron encontrar caminos claros para satisfacer ambiciones, quisiera apartarlos a ustedes de la senda del deber, estará presente el juramento prestado, estará presente el orgullo de ser miembros de las Fuerzas Armadas de Venezuela, y estará presente la satisfacción inmensa de ser ciudadanos de una patria libre, de una patria que guarda con celo el decoro conquistado a través de los años por el sacrificio, por la abnegación y por la devoción de las grandes mayorías nacionales.

Señores subtenientes y alféreces de navío de las promociones «José Gregorio Monagas», «Antonio Ricaurte», «José Heriberto Paredes» y «Batalla de Ospino»:

Esta tarde, en nombre de la República, por mandato de la Constitución que me inviste con la honrosa responsabilidad de comandar las Fuerzas Armadas Nacionales, he puesto en las manos de ustedes, como símbolo de la responsabilidad que les entrega la República, el sable que caracteriza su nueva dignidad, su nuevo grado de oficial. He podido apreciar en el rostro de cada uno de ustedes la inmensa emoción, la emoción profunda de este acto simbólico; pero puedo asegurarles que yo también he sentido una emoción análoga. Al entregarles ese sable, he sentido como si estuviera renovando el juramento de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes del país, de defender la Patria y sus instituciones a riesgo de todo, hasta de entregar la vida si fuere necesario.

Al entregar ese sable he sentido renovar un compromiso, un compromiso del magistrado civil que por la voluntad del pueblo comanda las Fuerzas Armadas Nacionales, esas Fuerzas Armadas representadas por ustedes. He sentido renovarse la fe de todos los venezolanos humildes, que le han dado su vida y su aliento a las instituciones, en virtud de las cuales hemos celebrado un acto tan hermoso y solemne como éste.

Para ustedes, la entrega de ese sable representa además la entrega de las armas, que la República coloca en sus manos para defenderla: para defender la justicia, para defender la libertad, para defender la paz, para defender las instituciones, para defender el progreso legítimo, que arranca de las leyes y de la sinceridad en el cumplimiento del deber.

Esa entrega del sable representa también la confianza que la República pone en ustedes al entregarles una función de comando, en virtud de la cual van a tener bajo sus órdenes a otros ciudadanos nacidos en esta misma tierra y también partícipes del derecho y del deber de hacerla grande, próspera y feliz.

Con la entrega de ese sable y con el juramento que han prestado, confío en que ustedes, señores oficiales de las nuevas promociones, sabrán que los hombres que el pueblo va a confiarles, para que bajo sus órdenes cumplan el servicio militar, son seres humanos como ustedes, son compañeros en una labor creadora; y que las armas, que en nombre de la República, el Gobierno Nacional pone bajo la custodia de ustedes, son armas que jamás deben usarse para mancillar la justicia, sino que siempre servirán para darle lustre a Venezuela, para darle lustre a sus Fuerzas Armadas, para defender la justicia y la libertad, y para, con ellas, manteniendo la independencia y la integridad del país, hacer posible el progreso que lleve esa justicia y fecunda paz a todos los venezolanos de buena voluntad.

Rafael Caldera Fuerzas Armadas
El presidente Rafael Caldera durante su discurso a los nuevos oficiales.

 

Audio del discurso:

El cumplimiento del deber por encima de todas las dificultades (1970)

Rafael Caldera Fuerzas Armadas de Venezuela 1970
El presidente Rafael Caldera entregando el sable a los nuevos oficiales en el Patio de Honor de la Academia Militar de Venezuela.

El cumplimiento del deber por encima de todas las dificultades

Discurso del presidente Rafael Caldera en el patio de la Escuela Militar, con motivo de la graduación conjunta de oficiales de las Escuelas: Militar, Naval, de Aviación y Fuerzas Armadas de Cooperación, el 6 de julio de 1970.

 

Con esta ceremonia austera pero llena de colorido y de emotividad, las Escuelas: Militar, Naval, de Aviación Militar y de Formación de Oficiales de las Fuerzas Armadas de Cooperación, entregan a las Fuerzas Armadas, a la República y al pueblo de Venezuela una nueva promoción de oficiales jóvenes –como todos los jóvenes– llenos de ambición; ambición que debe realizarse en el cumplimiento de sueños de grandeza, en la participación en el desarrollo del país, en el fortalecimiento de las instituciones y en el engrandecimiento de la Patria a la que se han entregado por vocación irrefrenable.

Día es éste, de gran satisfacción para los nuevos oficiales y sus padres, que con muchos sacrificios los han acompañado a realizar esa primera etapa de su vida; para sus superiores y para todos los venezolanos, que vemos en esta ceremonia el cumplimiento de un acto de reafirmación de las instituciones republicanas, de un acto de fe en el país y en su destino.

Salen de las Escuelas –donde con afán entregaron años al robustecimiento de su personalidad– los nuevos oficiales, a cumplir otra fase del camino. Irán a realizar duras tareas, a enfrentarse de cerca con la realidad de la vida; muchos irán a regiones lejanas –en las que queremos desarrollar la Patria para que ella esté presente en toda la extensión de su territorio– y sentirán que allí donde estén, al lado de sus superiores y comandando hijos del pueblo, que están cumpliendo el patriótico deber de prestar el servicio militar, llevan sobre sus hombros, no sólo las presillas y las estrellas que los califican como oficiales de las Fuerzas Armadas Nacionales, sino también la responsabilidad de dar ejemplo del deber, de lealtad, de disciplina y de consagración a los altos deberes que escogieron al elegir su profesión.

Está por delante, abierta, una nueva etapa en la vida del país, al mismo tiempo que lo está en la vida de los nuevos oficiales. El coraje fortificado en el ejercicio diario, en el hábito de la obediencia voluntaria y legítima, en la confirmación de los principios fundamentales que inspiran la vida de la nación, será su mejor compañía y su mejor credencial para marchar hacia arriba.

Ese ascenso, que se va traduciendo en cada grado adquirido, no es ni debe ser otra cosa que el reconocimiento al esfuerzo cumplido y el estímulo para entregarse, más y más, al ejercicio de las altas obligaciones del soldado. Esos ascensos se irán haciendo cada vez más difíciles. La estructura piramidal de las Fuerzas Armadas hace que vaya disminuyendo la superficie de la base hacia el vértice.

Muchos irán acumulando credenciales: la antigüedad en el servicio, la fidelidad en el cumplimiento del deber, y entre ellos irán escogiéndose quienes, por la aptitud, por el estudio, por la idoneidad, por la dedicación a sus deberes, por la rectitud de la conducta, por el cumplimiento leal y estricto del deber profesional por encima de otra consideración, vayan siendo llamados a ocupar las plazas necesarias para el comando de las respectivas fuerzas.

Hago votos para que siempre, en la vida de las Fuerzas Armadas Nacionales, la selección para el ascenso esté guiada por el propósito puro y recto, por la intención firme y leal de servicio a la Patria y por la voluntad de cumplimiento de la promesa empeñada en el momento de asumir grandes responsabilidades que ha orientado los actos de quien ejerce la Comandancia Suprema de las Fuerzas Armadas, por el mandato de la Constitución, y de quienes ocupan, en las disposiciones legalmente emitidas y de los nombramientos cumplidos de acuerdo con las atribuciones legales, los altos cargos de responsabilidad y de mando en los distintos rangos de la Institución.

Esa rectitud es fuerza, es vida, es estímulo en la acción de cada uno de los oficiales, los cuales deben saber que su propia conducta es el único aval que ha de prevalecer en su marcha hacia su ascenso merecido, y que en cada oportunidad no les dará tanto mayores recompensas cuanto les proporcionará más altas y más graves responsabilidades.

Me siento profundamente emocionado cuando se cumple un acto como este. La entrega del sable a los nuevos oficiales de las Fuerzas Armadas, por las manos de un ciudadano que, en virtud de la Constitución, ejerce la Jefatura del Estado, es el mejor símbolo de identidad entre la conducta de quienes llevan las armas de la República y las instituciones que aquella misma se ha dado por la voluntad soberana del pueblo y por acatamiento a los principios que informan el ser de nuestra nacionalidad.

Al entregarles ese sable, este civil investido por la voluntad de los venezolanos con la responsabilidad de gobernar el país durante un período constitucional, es como si el sable lo recibieran ustedes de las mismas manos del pueblo que lo eligió; es como si lo recibieran ustedes por mandato directo de la misma Constitución de la que ha recibido su autoridad; es como si lo recibieran ustedes consagrado y concretado en los mismos principios que inspiran un modo de ser que hemos conquistado con nuestros sacrificios, nuestras luchas y nuestra perseverancia.

Aquí, esta tarde, en este momento de júbilo, reciben el reconocimiento de todos los venezolanos. Algunos de ustedes han sido objeto de especiales menciones y premios. Ellos sirven para recordar que es la recompensa moral, más que la material, el objetivo de un militar que siente y vive la verdadera índole de su profesión. Esos reconocimientos y menciones no son para que quienes los reciban se sientan superiores a los otros, sino para que se consideren más gravemente obligados, y que sepan que su ejemplo va a influir, quizás más que el de otros, en la moral de la Institución, en la solidez de la misma, en la fe viva y presente en el destino superior de Venezuela, del que es brazo ejecutor y celoso y perenne guardián, la Institución armada de la República.

Esta tarde, también nos sentimos complacidos y orgullosos. Pensamos que nuestro país se transforma cada día, y que cada vez toma más conciencia de sí, y sabemos que son los pueblos más cultos, los más desarrollados, los que avanzan más en los caminos de la historia, los que tienen mayor afecto y mayor admiración por sus Fuerzas Armadas. Tenemos que seguir adelante en el proceso de cultivar en nuestro pueblo el amor, el respeto, la veneración por aquellos que se consagran a servirle. A todos les recuerdo que, al fin y al cabo, la mejor satisfacción que han de tener no la van a obtener por recompensas exteriores, sino por el afecto de sus compañeros y por la admiración y el respeto de sus compatriotas.

Con esta profunda convicción, una nueva vida empieza para ustedes. En ella representan ustedes una parte muy noble y pura. Han oído a diario, en la Escuela, exaltar a la Patria por encima de todas las mezquindades, consagrarse a ella a costa de los sacrificios, entregarse con afán al cumplimiento del deber, por sobre todas las dificultades. Han escuchado que la disciplina es una virtud que honra a quien la practica, porque significa la obediencia voluntaria a una regla y a una norma que, al mismo tiempo, produce la satisfacción de la conciencia, la realización plena de la propia personalidad, la cohesión y la fortaleza de los organismos a los cuales se pertenece y se sirve con orgullo.

Rafael Caldera y los nuevos oficiales de las Fuerzas Armadas en 1970
«La entrega del sable a los nuevos oficiales de las Fuerzas Armadas, por las manos de un ciudadano que, en virtud de la Constitución, ejerce la Jefatura del Estado, es el mejor símbolo de identidad entre la conducta de quienes llevan las armas de la República y las instituciones que aquella misma se ha dado por la voluntad soberana del pueblo y por acatamiento a los principios que informan el ser de nuestra nacionalidad.»

Con esos principios, con esa fe en Venezuela, con esta voluntad de disciplina que a veces trae dificultades y renunciaciones, pero que siempre en definitiva es el mejor instrumento de una obra grande y noble, marchan a cumplir y a asumir un nuevo papel en la vida de Venezuela. Puedo asegurarles que la inmensa mayoría de los venezolanos siente, como yo estoy sintiendo en este acto, legítima satisfacción por ver su juventud militar sana de cuerpo, sana de espíritu, decidida firmemente a entregarse al estudio incansable y a la cooperación en la obra de desarrollo que nos está exigiendo, con un mandato imperativo, el actual momento nacional.

Jóvenes de las nuevas promociones que reciben hoy, con su sable, la condición y la investidura de oficiales de las Fuerzas Armadas Nacionales:

Que ustedes sean ejemplo para sus compañeros de aulas; que ustedes sean estímulo para las nuevas generaciones, y que, cuando al cabo de largos años de servicio, les llegue el momento de retiro, puedan mirar atrás sin rubor, y puedan decir: cumplí con mi deber, marché en el camino que me propuse, y cuando ascendí, paso a paso, cumpliendo noblemente mis obligaciones, vi ascender también, con el esfuerzo de todos mis compatriotas a esta Patria a la que pude servir y a la que me siento satisfecho de ver cada día más hermosa y más grande.

El Protocolo de Puerto España (1970)

Rafael Caldera durante una conferencia de prensa en el Salón Boyacá del Palacio de Miraflores.

El Protocolo de Puerto España

Conferencia de prensa número 58 en el Palacio de Miraflores, 25 de junio de 1970.

Los numerosos comentarios y las manifestaciones de política partidista que ha suscitado el anuncio del Protocolo suscrito en Puerto España en relación a nuestra vecina República de Guyana, hacen que mi conferencia de prensa de hoy, en su primera parte, la dedique enteramente a ratificar las consideraciones que he expuesto, y a ampliar las explicaciones que debo al pueblo venezolano, sobre una materia de tanta importancia, de tanto interés para el país, con lo cual estoy seguro de que el buen sentido y el patriotismo genuino del pueblo venezolano estarán plenamente de acuerdo con el Gobierno y con las razones que me llevaron a suscribir el Protocolo.

Debo, en primer lugar, afirmar, de la manera más enfática, que el Protocolo representa el mejor camino para mantener vivos los derechos de Venezuela, para mantener presente en el terreno jurídico su reclamación sobre el territorio situado en la ribera izquierda del Esequibo y, al mismo tiempo, para abrir un camino más constructivo y más provechoso en el tratamiento diplomático del asunto.

Frente a esta cuestión hay dos caminos: Algunas personas, de manera explícita o implícita, señalan el camino de la fuerza, pero éste no es el camino que, a mi juicio –y lo digo con profunda convicción– corresponde a la conducta y a los altos intereses de Venezuela. El otro camino es el diplomático, dentro del cual el Protocolo ofrece dos ventajas: la primera es la de tratar el asunto en un clima distinto al que prevalece dentro de un ambiente de hostilidad, que va provocando un aumento de la tensión, un fortalecimiento del antagonismo entre los espíritus y que ninguna ventaja positiva brinda como resultado a los verdaderos y genuinos intereses de Venezuela. La otra ventaja que ofrece es la de que la tramitación del asunto continúa en nuestras manos, sin que sea trasladada a manos de terceros en circunstancias en las cuales no podríamos garantizar que el éxito corresponda a la razón y a la justicia que asisten a los derechos venezolanos.

El protocolo tiene, por una parte, el mantenimiento de nuestros derechos en toda su integridad. Aquí tengo, por ejemplo, el artículo cuarto del mismo, que dice lo siguiente: «La celebración y la vigencia del presente Protocolo, no podrán interpretarse, en ningún caso, como renuncia o disminución de derecho alguno que cualquiera de las partes pueda tener para la fecha de la firma del mismo, ni como reconocimiento de ninguna situación, uso o pretensión que pueda existir para esa fecha».

Además, el artículo tercero del Protocolo al establecer el plazo de doce años, dice lo siguiente: «En la fecha en que este protocolo deje de tener vigencia, el funcionamiento de dicho artículo –es decir, el artículo cuarto del Acuerdo de Ginebra– se reanudará en el punto en que ha sido suspendido», es decir, como si el informe final de la Comisión Mixta hubiera sido presentado en este fecha.

A menos que –es muy interesante, esto que se agrega aquí– el Gobierno de Venezuela o el Gobierno de Guyana hayan antes declarado conjuntamente por escrito, que han llegado a un acuerdo completo para la solución de la controversia a la que refiere el Acuerdo de Ginebra o que han convenido en uno de los medios de arreglo pacífico previstos en al artículo 33 de la Carta de las Naciones Unidas.

Es decir, que la tesis de la congelación no es correcta, porque el Protocolo prevé, como es lógico y cónsono con la posición de Venezuela, que dentro de la vigencia del mismo, las partes se acercarán y en un tono de mayor cordialidad tratarán de mejorar sus relaciones y de perseguir por medio de la negociación directa –y que a nuestro modo de ver es, en este momento, el más conveniente para los intereses de Venezuela– ya sea la búsqueda de una solución definitiva para la controversia o ya sea el acuerdo destinado a escoger uno de los medios previstos en la Carta de las Naciones Unidas.

El Protocolo representa, pues, para Venezuela, algo muy positivo. Es el mantenimiento de nuestros derechos, fuera de los riesgos que, en el momento actual, podrían ser inconvenientes para el país y, al mismo tiempo, la apertura de un clima distinto para con un pueblo que nosotros no podemos considerar como enemigo y que, hasta ahora, frente a Venezuela, está en una situación tal que cualquier venezolano en Guyana ha sido visto como un peligro para su propia existencia, como una manifestación de enemistad permanente, hasta el punto de hacer imposible todos los nexos y todas las relaciones que tiene que haber entre dos países tan cercanos.

¿A quién favorece el plazo? Desde luego, en una negociación de esta índole la respuesta elemental es la de que favorece a ambas partes. Tiene que haber razones a favor de una y de otra para que se haya llegado al convenio. Ahora, yo rechazo de plano ese complejo de inferioridad que ignora que las posibilidades de Venezuela, sus programas de desarrollo, su influencia dentro del Continente, su imagen misma, que le da una autoridad mayor y creciente si se sabe ser consecuente con su tradición y con su historia, deben otorgarle mejores argumentos, mayores posibilidades, así como la concepción de una línea de conducta y de una programación más global, que la haga sentirse más segura en cualquier contingencia.

Sabemos bien que una materia como ésta, al ser presentada, razonada y discutida en el ambiente público –que garantiza la democracia y que yo he sido el primero en mantener y estimular– tiene para el Gobierno una serie de restricciones, porque cualquier expresión, cualquier manifestación ligeramente dicha pudiera, en un momento dado, desfavorecer los intereses nacionales y ser esgrimida en contra de su posición y de los fines legítimos que persigue.

Pero, dentro de esta situación, sé que el país entiende perfectamente la conducta, la línea y la guía que el Gobierno ha tenido. Algunos dicen: por qué debía firmarse el Protocolo ahora, qué razón, que prisa había para llegar a este acuerdo. Debo responder a esto con toda sencillez: la oportunidad para acordar y firmar el Protocolo era la que correspondía a la firma del informe final de la Comisión Mixta. La Comisión Mixta concluyó, o debió concluir sus labores –en consonancia con las disposiciones del Acuerdo de Ginebra– al cumplirse cuatro años del mismo, es decir, en el mes de febrero de este año.

Han transcurrido cuatro meses durante los cuales las conversaciones y discusiones entre las partes han retardado la decisión sobre la firma o no del informe final. Ya llegaba un momento en que la decisión de Venezuela tenía que ser definitiva sobre el particular y el mismo día que se suscribió en Puerto España el Protocolo o Modus Vivendi por el Canciller Calvani y por el Canciller Ramphal, simultáneamente se suscribía el informe final –con las observaciones que nosotros formulamos, así como con las que formularon los guyaneses– por parte de la Comisión Mixta que había sido prevista en el Acuerdo de Ginebra.

De manera que el Protocolo, o se suscribía en esas circunstancias o no; desde luego que en el interés de Venezuela el término del Protocolo produce el efecto de dejar las cosas en tal forma jurídicamente, que si a la extinción del Protocolo no se ha llegado a la solución de fondo del asunto, las cosas se encontrarán en el mismo punto como si ese día se estuviese firmando el informe final por la Comisión Mixta, y quedarían intactos todos los derechos y todos los arreglos que por el funcionamiento o por el no funcionamiento de la Comisión, y por todas las circunstancias transcurridas, Venezuela pudiera formular para ventilar más eficazmente sus intereses.

Por lo demás, es conveniente recordar que las negociaciones diplomáticas –salvo en los casos de guerras victoriosas o de situaciones de Imperios y Colonias– no son impuestas unilateralmente por alguna de las partes, sino que son el resultado de un acuerdo, de una discusión, de una deliberación. Las conversaciones se celebraron en Caracas, en Georgetown y en Trinidad y Tobago, a fin de poder llegar a un acuerdo que ambas partes aceptaron. Esto lo ha olvidado Venezuela algunas veces en su dramática historia de regulación y fijación de sus límites.

Don Santos Michelena, el eminente venezolano, en diciembre de 1833, celebró un tratado con el Canciller de Colombia Don Lino de Pombo, estableciendo una serie de aspectos de colaboración entre ambos países y fijando una línea territorial. El Congreso de Venezuela negó la ratificación del Tratado Pombo-Michelena, porque creyó que en la Goajira se estaban cediendo unas 60 millas de costa, al fijarse el Cabo de Chichivacoa y no el Cabo de la Vela o Punta Gallina, y porque se estaba reconociendo la jurisdicción de Colombia sobre el territorio de San Faustino, una pequeña extensión territorial existente en lo que es hoy el Departamento Norte de Santander.

Por estas dos razones: por considerar que Don Santos Michelena no debió negociar, sino fijar el territorio hasta donde los congresantes estimaban, no se ratificó el Tratado Pombo–Michelena. Y el resultado, todos los venezolanos lo conocemos.

Aquel tratado, que fue ratificado por el Congreso de Colombia, le reconocía a Venezuela la soberanía sobre una dilatada extensión en la ribera izquierda del Orinoco, que quedaba con sus dos orillas francamente en territorio nacional; y luego iba a llegar la jurisdicción de Colombia hasta Castillete en la Goajira, en vez de haberle quedado a Venezuela la mitad de la Península Goajira, como se establecía en el Tratado Pombo– Michelena.

Si aquellos congresantes hubieran tenido una visión exacta de los intereses del país y hubieran ratificado el Tratado Pombo–Michelena, no habría ahora ningún problema con Colombia sobre delimitación de áreas submarinas en el Golfo de Venezuela. Esta es la historia. De aquellos congresantes –algunos de ellos muy eminentes, otros menos– poco recuerda el piadoso silencio de la historia. En cambio, Don Santos Michelena ha sido reconocido como una de las figuras más brillantes de toda la historia venezolana.

Arístides Calvani y Rafael Caldera en 1970.

Respecto a si se debían hacer consultas previas, yo puedo asegurar que se realizaron con una amplitud tal vez mayor que en cualquier otro antecedente diplomático en Venezuela. Consultas, desde luego, sobre el fondo de la cuestión. En mi casa, hace varios meses, durante un sábado completo, desde muy temprano en la mañana hasta horas de la tarde, tuve reunidos a los hombres más autorizados en Venezuela por su conocimiento del problema de los límites con Guyana, entre ellos ex Cancilleres de la República de todos los Gobiernos, y autorizados especialistas, embajadores, etc., a fin de analizar, dentro de una reunión que fue ejemplar por su espíritu profundamente venezolano, cuál era la situación de Venezuela en el momento en que terminaban los 4 años de la Comisión Mixta y en que se reclamaba por Guyana la aplicación del artículo cuarto del Acuerdo de Ginebra. Fue una larga, exhaustiva reunión, en la cual se hizo un análisis profundo de la situación para poder explorar los caminos que más adelante debían seguirse.

El Canciller Calvani, varias semanas después, invitó a las mismas personas a una nueva reunión, para ponerlas al tanto de las circunstancias y características que había; y antes de ir a Trinidad se comunicó con gente importante y calificada de distintos partidos políticos, muchos de los cuales, como es natural, tuvieron que dar sus opiniones desde un punto de vista personal, porque al llevar a órganos colegiados, en los numerosos partidos políticos que tiene Venezuela y que están representados en el Congreso, podría exponerse la discreción indispensable que debe haber en los asuntos diplomáticos a una divulgación que podía ser perjudicial a los intereses de la República.

A veces, cuando uno va a celebrar un acuerdo en nombre del país y se divulgan los beneficios que se supone van envueltos o las razones que se considera son fundamentales para ese acuerdo, pudiera inducirse, en la otra parte, una actitud distinta, contraria o hasta modificada, cuyos resultados podrían ser después irreparables.

Se dice una frase que el pueblo, con su sabiduría inmensa, toma como norma en muchas de sus actuaciones: «Secreto de dos, es de Dios; secreto de tres, del diablo es». Eso nos decían a nosotros cuando éramos niños, y si los tres no son tres, sino muchos más, la situación es más difícil.

Yo recordaba en estos días una anécdota del Rey de Prusia, Federico El Grande, que en una circunstancia estaba preparando una determinada jugada diplomática o militar, internacional, que tenía sumidos a sus consejeros y a sus colaboradores en una serie de cavilaciones respecto a cuál era la intención del Rey, hasta que uno de ellos, aprovechando un momento de expansión, inquirió a Su Majestad sobre lo que estaba pensando hacer. Y Federico El Grande a su vez le preguntó si era capaz de guardar un secreto, y el cortesano le contestó: como una tumba, Majestad. A lo que Federico El Grande le respondió: pues yo también.

A veces, guardar un secreto es delicado, pero yo puedo asegurar que, en la medida compatible con los grandes intereses de Venezuela, se realizaron consultas muy amplias y que tal vez organizaciones partidistas, que han tomado posiciones muy radicales, fueron las más ampliamente consultadas y las que tuvieron una opinión más clara y positiva respecto a lo que se pensaba hacer.

En todo caso, debo decir lo siguiente: tengo clara conciencia de lo que es patriotismo; y también sé que algunas cuestiones se prestan no solo para el patriotismo sino, desgraciadamente, para patriotería. Y a veces hay propagandas patrioteras, de buena o mala intención, que no llegan al fondo exacto y profundo de las cosas. Sé, además, que sin ganar absolutamente nada en el terreno de las realidades, estábamos en un camino dentro del cual Venezuela encontraba cada vez mayor número de antagonismos.

Hemos mandado una misión a los países del África y en todos ellos nuestros delegados encontraron una actitud de suspicacia frente a una Venezuela que suponían quería atropellar a una de las pocas naciones de origen africano en América Latina.

Nos interesa mucho no sólo la amistad de los poderosos, sino la comprensión de los pueblos del tercer mundo, porque tenemos con ellos muchos intereses comunes y muchos proyectos y programas que realizar. No podíamos resignarnos a la idea de presentar a Venezuela como un país peleón, rodeado de conflictos por todas partes. El Protocolo de Puerto España abre una etapa muy significativa dentro de la tramitación de los asuntos, de los graves asuntos que a Venezuela y a su territorio corresponden.

Debo decirles, además, a los venezolanos, que esta decisión la adoptó el Gobierno de Venezuela con la más absoluta y plena soberanía; que fue iniciativa suya, que tramitó el asunto con pleno conocimiento de los intereses nacionales y que ese pleno conocimiento está absolutamente presente en nuestra conciencia.

Debo decir, además, que como Jefe de Estado y del Gobierno, la conducta, la suscripción por parte del Ministro Calvani del Protocolo de Puerto España, la comparto a plenitud, y asumo, con absoluto conocimiento de lo que ello envuelve, la responsabilidad de este hecho ante mi pueblo y ante la historia.

El pueblo venezolano y la historia dirán quién ha obrado con plena conciencia y conocimiento y defensa absoluta de los mejores, de los más altos y de los más legítimos intereses de Venezuela. Por eso estoy tranquilo ante la decisión que adopte el Congreso de la República, y por eso estoy seguro de la actitud de los venezolanos ante este hecho que considero uno de los más positivos que nuestra diplomacia ha logrado en los últimos tiempos.

Primer mensaje del Presidente Rafael Caldera ante el Congreso Nacional (1970. Primer Gobierno)

Primer Mensaje del Presidente Rafael Caldera ante el Congreso Nacional. Caracas, 11 de marzo de 1970.

Mensaje Presidencial

Ciudadanos Senadores:

Ciudadanos Diputados:

Vengo a esta casa, donde durante tanto tiempo ejercité una de las más importantes actividades de mi vida, a rendir por primera vez cuenta como Presidente de la República ante la representación nacional. Hoy hace exactamente un año del día en que vine a recibir el Gobierno, obtenido legítimamente en consulta popular; ahora me toca informar a la Nación a través del Congreso de la primera etapa cumplida en mi mandato.

El hecho mismo de la trasmisión de poderes constituyó en sí el acontecimiento político más resaltante del año de la cuenta. Por primera vez en la historia de Venezuela, un candidato de oposición llegó a la jefatura del Estado por vía del sufragio. Más de tres millones y medios de venezolanos, mayores de diez y ocho años, participaron en la consulta. Sin distinción de sexo, grado, cultura o posición económica, todos tuvieron oportunidad de expresar –y así lo hicieron en porcentaje abrumador– sus puntos de vista acerca de la conducción del país y de manifestar sus preferencias sobre el enrumbamiento que debía darse a la dirección del Estado.

La única excepción, de acuerdo con el ordenamiento jurídico, fue la de los integrantes de las Fuerzas Armadas Nacionales. Apartados del debate político, ellos no participan en las deliberaciones ni en las votaciones, precisamente para asegurar que todo el resto de sus compatriotas pueda hacerlo con absoluta libertad. Las Fuerzas Armadas, al velar por la normal celebración  del proceso electoral y al respaldar en forma diáfana el resultado de los comicios, se anotaron una brillante página en sus historia republicana y lograron con ello acrecentar el prestigio de Venezuela ante su propio pueblo, ante los pueblos hermanos y aún más allá de nuestro Continente. Esta misma posición, de subordinación jerárquica, inquebrantable disciplina y respaldo decidido a las instituciones democráticas y al Gobierno legítimamente constituido, ha sido característica indeclinable de su actitud en el año que finaliza. Por mi parte, he mantenido constante atención a su perfeccionamiento profesional y técnico y a su capacidad operativa y me he esforzado en ejercer rectamente, con el pensamiento puesto en la patria y en los altos intereses de la institución, las delicadas e importantes funciones que como Comandante en Jefe me asigna la Constitución de la República.

La síntesis pormenorizada de los hechos más resaltantes ocurridos en Venezuela en el año 1969, las cifras que reflejan las distintas palpitaciones del sentir nacional, aparecen recogidas en el Informe que acompaño al presente Mensaje y desarrolladas más extensamente en las distintas Memorias de los Ministros del Ejecutivo.

Quiero Presentar ante ustedes, ciudadanos Senadores y ciudadanos Diputados, la situación actual de Venezuela y sus perspectivas inmediatas; quiero señalar sus más urgentes problemas y sus más alentadoras esperanzas; todo ello partiendo de la convicción de que la obra por hacer no es patrimonio de un sector, ni de una rama del Poder Público, ni de una determinada parcialidad, sino que es el compromiso de todos: de quienes actuamos en la vida pública y de quienes se mueven por iniciativa particular, de quienes ejercemos el gobierno y de quienes representan al pueblo en los cuerpos deliberantes, de quienes nos movemos en la esfera de los intereses nacionales y de quienes tienen concretamente a su cargo intereses estadales o municipales.

El pueblo venezolano es uno y múltiple: uno, en sus aspiraciones y en sus necesidades: múltiple, en sus manifestaciones y en los órganos de su funcionamiento. A él nos debemos todos, y a todos en una forma u otra, nos pedirá cuenta. Nos pedirá cuenta de la voluntad puesta en el empeño de liberarlo, de transformarlo y de elevarlo, y de la cooperación rendida o de las dificultades creadas por acción u omisión a las medidas reclamadas por el interés supremo de la comunidad.

Los caraqueños acompañaron al Presidente Rafael Caldera en su camino al Palacio Federal Legislativo.

El cambio es una realidad

El período constitucional se inició bajo una aspiración común de cambio.

El cambio es una idea dinámica, de profundo contenido social. No puede ni debe reducirse al ámbito de una peripecia política, si bien la vida política como parte importante de la vida social participa íntimamente del fenómeno de transformación que se desea. Pero es necesario insistir en que la transformación a que se aspira supone una escala de valores fundamentales y que su planteamiento no tiene ni debe tener el carácter de una sustitución de personas o de motes, o el aspecto de una contienda entre fuerzas políticas como las representadas en el honorable Congreso, comprometidas solidariamente como están, por encima de sus diferencias, en el proceso necesario para hacer de Venezuela un Estado moderno y eficiente, para asegurar la dignidad humana y la convivencia armónica, para desarrollar la potencialidad del país, al servicio del ser humano, y para lograr la participación de todos en el proceso económico, cultural y político y en los beneficios obtenidos a través del progreso. Estos valores fueron estampados, en oportunidad memorable, en el preámbulo de la Carta Fundamental: ellos representan el compromiso del país entero y señalan directrices y metas de obligatorio reconocimiento a todos los órganos del Poder Público y al común de los venezolanos.

Uno de los aspectos más importantes del año transcurrido ha sido, justamente, el de que  la transición política se haya realizado de modo armónico y pacífico, con un mínimum de inconvenientes y de obstáculos.

El cambio es una realidad. No la mueven intereses mezquinos y nada habría sido menos útil que darle el sentido de una querella interminable entre apetencias partidistas. Debo y puedo decir que los objetivos del cambio tienen que mirarse en una perspectiva ampliamente nacional, y que en su cumplimiento está empeñada la responsabilidad y la buena voluntad de todos los venezolanos. Era tan unánime el deseo que en muchos casos se ha cumplido sin enfrentar oposiciones irreductibles y casi como si lo hecho hubiera sido lo más fácil de hacer.

La política de pacificación era una de las más hondas exigencias de toda la colectividad. Rehúsan acogerse a ella únicamente quienes están obsesionados con la idea de que solo por medios violentos se puede abrir caminos a la transformación de las estructuras sociales; y la critican quienes creen que el llamado a la paz debilita el concepto tradicional de autoridad y estimula a los aventureros. La inmensa mayoría del país, dentro de infinitas gamas de pensamiento y de actitud, coincide en que era necesario formular de manera gallarda y valiente una línea de pacificación capaz de llegar hasta donde fuera necesario: legalizar partidos e incorporar a la vida legal a quienes regresaran del despeñadero de la violencia y se dispusieran a someterse a la Constitución y las Leyes.

Se han dado pasos de notoria trascendencia en el camino de la pacificación, en el cual, permítaseme recordarlo del modo más enfático, no ha sido puesta en peligro un solo instante la autoridad del Estado ni se ha negociado la paz al precio del orden público y de la estabilidad de las instituciones.

Fuerzas políticas de significativa y controvertida importancia se han incorporado abiertamente a la actividad legal. Han sido capturados o se han puesto voluntariamente en manos de las autoridades numerosos ciudadanos que habían asumido una actitud marginada a los cauces constitucionales: aquellos venezolanos que han recobrado la libertad por acto derivado de mis atribuciones no han reincidido en hechos de violencia; quienes persisten en una posición obcecada se encuentran en número cada vez menor y sienten minada la fundamentación de su actitud, porque cada vez les acompaña menos el apoyo de quienes pudieron pensar que el destino de la patria venezolana debía jugarse una vez más a la violencia.

La política de pacificación no ha sido un hecho aislado dentro de la vida nacional: por lo contrario, ha sido un aspecto de un plan integral y armónico para vigorizar en todos los órdenes el cumplimiento del Estado de Derecho. He mantenido el más absoluto respeto a la libre información y a la libre expresión del pensamiento a través de la prensa y demás medios de comunicación; he guardado las mayores consideraciones a todas las organizaciones políticas sin discriminación alguna; he mantenido un clima total de respeto y de renovada cordialidad hacia las distintas ramas del Poder Público, en especial el Congreso, la Administración de Justicia y los órganos deliberantes de carácter regional o municipal. Ningún ciudadano ha sido objeto de persecución o discriminación a causa de las ideas que profesa, y a las actuaciones del Estado han podido concurrir en forma armónica, sin mengua de la dignidad y autonomía de cada cual, quienes representan en una forma u otra los múltiples aspectos de la existencia nacional.

Mi Gobierno tiene conciencia de que es un Gobierno de opinión. Su fuerza está en el diálogo. Su objetivo primordial es persuadir y sólo cuando se pretende subvertir por la fuerza la marcha de los acontecimientos y desconocer el principio de autoridad, se apela a los mecanismos establecidos por el Estado para asegurar el cumplimiento de sus disposiciones.

El diálogo se ha mantenido en forma continua y a todos los niveles. No hay expresión de la vida de Venezuela que pueda haberse sentido desatendida o ignorada. He dado a la prensa y demás medios de comunicación social la oportunidad de interrogarme todas las semanas acerca de la marcha del Estado y de las cuestiones que más inquietan a la población y he ofrecido en versión directa, a través de los canales de la televisión, una información sencilla y clara sobre los asuntos que un gobierno emanado del pueblo debe atender para responder a las aspiraciones de ese mismo pueblo. Invalorable ha sido la colaboración de los medios de comunicación para este diálogo y me complace reconocerlo.

El diálogo no se ha limitado, sin embargo, a los mecanismos de información, sino que ha abarcado en lo posible el contacto personal; a través de entrevistas, audiencias, reuniones, asistencia a los más variados eventos y visita continúa a todos los lugares del país. En el curso del año no hubo ninguna Entidad Federal donde no fuera. En todas partes he encontrado la mejor disposición de la gente a participar en la lucha por impulsar la marcha de Venezuela.

La Primera Dama, Alicia Pietri y el Presidente, Rafael Caldera, durante su entrada al Palacio Federal Legislativo.

Política exterior amplia y autónoma

En armonía con esta política interior, se ha definido una actitud de Venezuela en el mundo. Queremos proyectar la imagen de un país amplio y cordial. Sin desconocer las razones que inspiraron una posición anterior, nos correspondió recoger un verdadero anhelo nacional: el de abrir el campo de nuestras relaciones, restableciéndolas progresivamente con aquellos países de América Latina de los que nos hallábamos infructuosamente distanciados y estableciéndolas o reanudándolas con otros países del mundo, a los cuales no podemos ignorar; sin subordinarlas a la adopción de posiciones ideológicas sino a las condiciones que garanticen plenamente nuestra seguridad e interés nacional.

Queremos que se vea a Venezuela como lo que ella ha sido y es: una Nación amante de la libertad y de la justicia, consciente de su dignidad y decoro, dispuesta a trabajar por las mejores causas al servicio de la humanidad.

Hemos sostenido con machacona fe la tesis de la justicia social internacional, en virtud de la cual los pueblos más desarrollados, más poderosos o más ricos, no tienen mayores derechos sino mayores responsabilidades y están obligados a contribuir al desarrollo de los demás pueblos en la medida necesaria para asegurar el bien común universal.

Esta tesis la hemos hecho oír por audiencias cada vez más amplias y hemos tenido la satisfacción de que haya sido recogida, en señaladas oportunidades, por voceros representativos de otros pueblos.

Dentro de esa orientación general, hemos procurado estrechar lazos cada vez más íntimos con los países a quienes nos vinculan de manera especial la historia, la cultura, la geografía, la economía o las aspiraciones comunes. La obligante invitación que el Presidente Lleras Restrepo me hiciera para compartir con él en el Campo de Boyacá la emoción de rememorar, al cabo de ciento cincuenta años, la jornada que aseguró la Independencia colombiana y que él mismo tuvo especial interés en recordar como hazaña común de nuestras dos naciones, me dio la oportunidad de dialogar en forma fraternal y abierta, no sólo con el ilustre mandatario sino con el pueblo colombiano y sus más calificados dirigentes. En declaración conjunta, reafirmamos la solidaridad de nuestras patrias y fijamos objetivos concretos a la cooperación y al entendimiento. Los principios y aspiraciones de la «Declaración de Sochagota» fueron ratificados en nuestra entrevista de Ureña, en la ocasión del Sesquicentenario de la Gran Colombia, en que fue inaugurado el Puente «Francisco de Paula Santander». Estoy convencido de que las cuestiones que surgen de la vecindad, agudizadas por diversos factores, deben y pueden tratarse con la más diáfana franqueza y resolverse a la luz de la justicia y en el mejor interés de nuestros pueblos, que reclaman la concurrencia de sus esfuerzos en la tarea de conquistar un destino mejor.

Coincidió con mi visita a Colombia con la reunión del Parlamento Latinoamericano, ante el cual renové la vocación americanista de Venezuela, la fe en el hombre latinoamericano y la confianza en que sus sistemas parlamentarios, dinámicamente renovados, corresponden a las necesidades de estos tiempos.

No fue ésta, por cierto, la única jornada internacional en que participamos durante el año. Estuvimos presentes en reuniones múltiples y hemos tenido la satisfacción de acoger en Venezuela importantes asambleas, entre las cuales se destacan la IX Conferencia de la ALALC y la reunión de Ministros del Consejo Interamericano Económico y Social. En una y otra sostuvimos, llenos de convicción, la necesidad de un bloque latinoamericano, pacífico, constructivo y renovador, que emerge como una realidad de cuya acción esperan nuestros pueblos una reafirmación de su existencia y una adopción de compromisos en el seno del CIES, del diálogo institucionalizado entre los Estados Unidos, de una parte, y de la otra, los países de América Latina, a través de un sistema de consultas, constituyó un paso al que se le reconoce trascendental importancia para la resolución futura de los asuntos hemisféricos.

Aún sin carácter oficial, la conferencia de la Asociación Interamericana de Juristas constituyó una nueva oportunidad para la reafirmación de estos valores, ante una nutrida y calificada representación del Continente. La celebración en Caracas en el próximo abril de la Conferencia de los Estados Americanos Miembros de la Organización Internacional del Trabajo nos ofrecerá otra feliz circunstancia para ahondar en la búsqueda de un orden social justo y ratificar el compromiso solidario de lograrlo a través de un firme entendimiento regional.

De izquierda a derecha: Jaime Lusinchi, Alicia Pietri de Caldera, Rafael Caldera, Edecio la Riva y Pedro Pablo Aguilar.

Mirada hacia la integración

En materia de integración, nuestra actitud ha sido diáfana. El hecho de no suscribir el Acuerdo Subregional Andino lo considero ya en vías de ser correctamente interpretado por sus firmantes. Es sabido que fuimos a Cartagena a agotar todos los esfuerzos que nos permitieran hacernos parte de la integración subregional. Venezuela llevó una delegación amplia, encabezada por tres miembros del gabinete Ejecutivo y compuesto por funcionarios técnicos de los distintos Despachos, representantes del sector empresarial y representantes de los sectores laborales. Nuestra actitud fue tan clara, estuvo tan ausente de nosotros cualquier mezquino sentimiento, que hemos seguido después participando en actividades del área subregional en condición fraterna. El Ministro de Educación de Venezuela compartió con los Ministros de Educación de los países del área andina las importantes deliberaciones efectuadas recientemente en Bogotá, y le cupo la satisfacción de ver aprobado el Convenio «Andrés Bello» de Integración Educativa, Científica y Cultural. La ratificación por nuestra parte del Convenio Constitutivo de la Corporación Andina de Fomento confirmó nuestra determinación de avanzar en los caminos que conduzcan a una integración efectiva, compatible con nuestra peculiar situación económica. La Corporación tendrá su sede en Caracas y la participación de Venezuela será activa y entusiasta. Abrigo la más firme esperanza de que nuestros razonamientos hayan llegado por propia densidad al ánimo de los ilustres latinoamericanos que actúan al frente de responsabilidades oficiales en los demás países del área andina y de que no es utópico esperar el que se encuentren fórmulas justas, que consideren debidamente nuestra realidad y aprovechen nuestra buena disposición a integrarnos y todos los esfuerzos que estamos dispuestos a hacer, sin colocarnos ante el riesgo de graves peligros inmediatos que podrían tener irreparables efectos.

Sabemos que nuestra moneda constituye un factor pródigo en consecuencias, algunas de las cuales dificultan ciertos acuerdos de integración. Pero también sabemos que un bolívar fuerte, libre y estable es uno de los factores positivos de mayor importancia en nuestro desarrollo. No solo nos permite obtener en mejores condiciones el equipo necesario para nuestra transformación industrial, sino que estimula el ahorro y atrae la inversión de capital foráneo, garantizado por la libre convertibilidad. El deseo de lograr que la integración se realice superando estos aspectos contradictorios es algo que nos orienta especialmente hacia los aspectos de programación y complementación y que nos obliga al estudio profundo de los acuerdos de desgravación aduanera.

Al mismo tiempo que hemos cultivado nuestra honda y cordial vinculación con los países del área subregional andina, hemos puesto sincero empeño en acercarnos a los países centroamericanos y del Caribe. El Ministro de Relaciones Exteriores presidió una amplia misión de trabajo que durante varias semanas se reunió con los equipos correspondientes de los países de América Central. Fue una gira programada con seriedad y ejecutada con sobria y diligente laboriosidad. El fruto de estos contactos se está comenzando a sentir y ya se están realizando acuerdos a través de los cuales Venezuela hace acto de presencia en la vida de esta zona con la cual tenemos mucho que realizar en común. También visitó el Canciller a la República Dominicana y tuvimos el agrado de recibir en intercambio la visita del Canciller de aquel país.

La visita a Venezuela del Primer Ministro de Trinidad y Tobago, señor Eric Williams, invitado por mi Gobierno y recibido con honores de Jefe de Estado, constituyó una ocasión extraordinaria para adelantar la exploración de posibilidades conjuntas y para reiterar la firme, clara y amplia disposición de nuestra patria para llevar la mejor amistad con los países angloparlantes del Caribe.

Esto lo hemos reiterado de manera enfática en relación a la vecina Guyana. La terminación de las reuniones de la Comisión Mixta prevista en el Acuerdo de Ginebra y la proclamación de la República de Guyana han dado ocasión para que reiteremos firmemente la posición de Venezuela, que es, por una parte, la de defender  sus derechos inicuamente atropellados en una acción colonialista de la que no somos culpables ni guyaneses ni venezolanos y buscar para ventilar estos derechos las vías pacíficas más eficaces y operantes; pero, al mismo tiempo, reiterar a esa nación vecina, con la que tenemos muchos motivos para la amistad, nuestra amplia disposición de cooperar, con una visión clara del destino de los pueblos ubicados en esta porción del mundo y entre los cuales Venezuela tiene un papel cónsono con su historia y con su sentido profundo de igualdad y unión entre todos los hombres.

El Presidente Rafael Caldera es recibido con una ovación de pie por parte de senadores, diputados y público asistente al acto.

El reto del desarrollo

El reto fundamental que afronta nuestro país es el que plantea el desarrollo. Los objetivos del mismo son claros: la mayor utilización de nuestros recursos naturales, financieros y humanos para poner al máximo nuestras capacidades de producción y lograr beneficios que aseguren una participación de todo el hombre y de todos los hombres en el proceso social. Para ello necesitamos tomar exacta cuenta de nuestros recursos, defenderlos y aprovecharlos. En este momento nuestra economía depende especialmente del petróleo. Es firme nuestra aspiración de liberarnos de los riesgos de la monoexportación; pero al mismo tiempo sabemos que la defensa de nuestro producto petrolero, su acceso a los mercados internacionales a precios remunerados y en condiciones que aseguren una razonable expansión, constituye premisa ineludible para el cumplimiento de nuestros programas de desarrollo.

En materia de petróleo, arrancamos de premisas que consideramos de fundamental importancia para que nuestros esfuerzos obtengan el rendimiento a que tiene derecho aspirar Venezuela. Una y fundamental es la de sostener, ante todo, una política verdaderamente nacional. Para ello hemos solicitado la opinión y el concurso de todos los sectores, de todos los elementos representativos, de todos quienes puedan aportar algo, en opinión o acción.

Consideramos, por otra parte, que el petróleo seguirá siendo durante muchos años un factor de gran importancia en la economía nacional. Para el año 2000, todavía el petróleo significará mucho para los venezolanos, y como la demanda mundial de energía crece a medida de la población aumenta y que los programas de desarrollo se llevan a cabo, y como las posibilidades que abre la técnica a la utilización de los hidrocarburos son múltiples, el asegurar una presencia de nuestro producto en los mercados y una justa y remuneradora colocación del mismo en las transacciones económicas internacionales es algo hacia lo que debe mantenerse vigorosamente el empeño de todo el país.

Creemos que en materia petrolera se han ido logrando notables progresos; consideramos que estos progresos han de ser constantemente superados, como lo reclama la justicia y lo exige el desarrollo de Venezuela.

En el momento actual, el interés nacional en este ramo se ha dirigido y se dirige preferentemente hacia dos grandes objetivos: por un lado, poner término al deterioro de nuestra participación en las importaciones petroleras de los Estados Unidos de Norteamérica, adonde va el 47 por ciento de nuestra exportación, y asegurar un tratado hemisférico justo y una participación razonable en la expansión de dicho mercado para los años venideros, y por otro, impulsar la actividad de la industria y promover el cambio estructural del sistema, a través de los contratos del Congreso sobre el proyecto de bases de contratación que le fue sometido.

En lo relativo a nuestros suministros de petróleo a los Estados Unidos, estamos librando una batalla dentro de la cual la solidaridad explícita e implícita de todo el país ha sido un hecho alentador. Nuestros planteamientos han logrado una repercusión inusitada en aquel país amigo. El señor presidente Nixon y su gobierno han reconocido públicamente el compromiso de continuar el proceso de consultas que se viene realizando con nosotros, tanto a nivel técnico como a nivel político, antes de adoptar decisiones; y han reiterado en diversas oportunidades su consideración por nuestros alegatos, su reconocimiento por el suministro que en todas las circunstancias hemos cumplido, especialmente en aquellas en que estaba en peligro la seguridad hemisférica, y su determinación de no adoptar medida alguna que no tome en cuenta los intereses de Venezuela. Como, de todas maneras, son muchas las opiniones e intereses que en esta materia confluyen, tenemos que mantenernos vigilantes y firmes ante el curso de los acontecimientos, Como, además, en el asunto está envuelto también un país amigo tan importante como el Canadá, que al mismo tiempo que exportador de petróleo a los Estados Unidos es uno de nuestros mejores compradores de dicho producto; y como México y otros países del hemisferio también participan o pueden participar en el suministro de petróleo a Estados Unidos, hemos sugerido conversaciones conjuntas entre representantes de los gobiernos de los Estados Unidos, Canadá y México y del nuestro, y hemos, por otra parte, propuesto que las ventajas que obtengamos sean extendidas por igual a los otros países de América Latina que puedan hallarse en situación de exportar petróleo a los mercados norteamericanos.

No ha habido ocasión en que no hayamos hablado en términos de dignidad y de decoro nacional, sobre los planteamientos de Venezuela. En memorables oportunidades he dicho con entera franqueza que la decisión del Gobierno de los Estados Unidos, no solamente será definitoria  para Venezuela, sino que servirá de indicador determinante de cuál va a ser el signo de sus relaciones con la América Latina.

En los contratos de servicio vemos la apertura de un camino de cambios estructurales, a la vez que un medio para activar la industria, sobre todo en su fase exploratoria, reclamada por la conveniencia de aumentar las reservas probadas, a fin de asegurar mejor el porvenir. Según estimaciones de la Corporación Venezolana de Petróleo, la participación nacional en el producto a través del régimen de contratos de servicio propuesto llegará al 85 por ciento, en comparación con el 68 por ciento, a que se ha llegado a través del régimen de concesiones vigente; pero más importante aún es la participación operativa de la misma Corporación Venezolana del Petróleo en todas las fases de la industria.

En el Informe anexo y en la Memoria respectiva va un análisis más completo de lo concerniente a nuestra economía petrolera. Básteme ahora añadir a lo expuesto, algunas consideraciones. Una, la de que el contrato colectivo de trabajo celebrado por empresas con las organizaciones sindicales, a la vez que un nuevo paso de avance en la vida laboral venezolana, ha constituido clara indicación de la fe que aquellas tienen en las perspectivas de nuestra producción petrolera. Otra, la de que el Gobierno está consagrando mucho interés al análisis de las cuestiones jurídicas y técnicas y de las posibilidades económicas tendientes a aprovechar el gas licuado para convertirlo en un nuevo renglón de importancia en los ingresos nacionales. Y finalmente, la observación de que la producción petrolera, que por diversos factores bajó en el primer semestre de 1969, se recuperó en el segundo semestre hasta alcanzar en febrero de 1970 la cifra récord de 3,7 millones de barriles diarios.

El Presidente Rafael Caldera, ante el Congreso de la República, hace un balance de los logros y objetivos cumplidos por el gobierno en 1969.

Atención al sector agropecuario

Estamos, por supuesto conscientes de que el destino del país reclama un impulso muy firme para aumentar la capacidad productiva de las otras ramas de la economía y para ensanchar decididamente la exportación no petrolera.

En el sector primario, este esfuerzo se orienta sin desmayo hacia la agricultura y la cría. En el año de la cuenta, el crecimiento del producto agropecuario alcanzó a niveles satisfactorios, a pesar de que la estación de lluvias fue excepcionalmente anormal y ocasionó daños considerables. No obstante las limitaciones presupuestarias, el programa crediticio se llevó adelante decididamente y se realizó un gran esfuerzo de investigación, de extensión y de coordinación.

Singular importancia reviste la instalación del Banco de Desarrollo Agropecuario. El proyecto MAC-FAO sobre productividad ganadera (Venezuela 17) iniciado en la región andina, es una realidad en marcha. El Plan de Fomento Pecuario fue objeto de evaluación para reestructurarlo y se activó con favorables resultados.

El Gobierno no abandonó un momento la preocupación que debe mantener celosamente por la conservación de nuestros recursos naturales renovables. La elaboración de una política de aprovechamiento racional e integral de nuestra riqueza forestal y de nuestros recursos hidráulicos reviste proyección considerable.

La Reforma Agraria recibió durante el año un impulso notable, tanto desde el punto de vista de la dotación y asentamiento de nuevos adjudicatarios, como desde el de la consolidación de  asentamientos, El otorgamiento de títulos de propiedad fue una de las preocupaciones primordiales del Instituto Agrario Nacional, como lo fue también el estudio de la situación actual de la tenencia de tierra, para lograr la ordenación racional de la misma. El monto de los créditos suplidos por el Banco Agrícola y Pecuario en 1969 ascendió a un total de 312,1 millones de bolívares, casi veinte millones más que el año anterior.

Quiero señalar aquí que la atención a la economía cafetalera tiende a resolver, no sólo un problema económico sino un problema social, por el gran número de familias que viven de ese cultivo en regiones donde el ingreso per cápita es muy bajo. Algo similar ocurre con la pesca donde las posibilidades de expansión son grandes para una región cuya situación económica es sumamente difícil y donde anoto con agrado en el presente año la creación de la Junta Consultiva Nacional de Pesca, el proyecto MAC-FAO para investigación y desarrollo pesquero (Venezuela 14) y la construcción de la primera etapa del Puerto Pesquero Internacional de Güiria, que va a concluirse en el presente año. El café en las montañas andinas y la pesca en las costas del Oriente y Falcón son actividades cuya vigorización redundará inmediatamente en un alivio de la difícil situación de los habitantes de aquellas regiones y conllevará el cumplimiento de claras normas de justicia distributiva.

Quiero recalcar la importancia del Programa Integral de Desarrollo Agrícola, proyecto que, en acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo, constituye uno de los puntos importantes del Plan Extraordinario de Inversiones sometido a conocimiento del Congreso. Se trata de una inversión de ochocientos dieciséis millones de bolívares, de los cuales el 41,4 por ciento provendrá del crédito externo, en las condiciones favorables que pueden obtenerse del Fondo de Operaciones Especiales de aquel Instituto, en el cual los aportes de Venezuela no guardan actualmente proporción con la asistencia crediticia obtenida. El PRIDA supone la ejecución armónica en áreas ubicadas en cuatro regiones del país, de un programa que comprende créditos y asistencia al campesino, drenajes, vialidad, construcción de pozos, almacenes de tránsito, plantas procesadoras de grano, urbanismo, vivienda, acueductos y electricidad.

Venezuela, país minero

En cuanto a minería, la acción del Gobierno ha tenido presente la vieja y fundada idea de que Venezuela, en gran parte, es un país minero. Es satisfactorio anotar que la producción de hierro alcanzó cerca de veinte millones de toneladas, es decir, más de un 25 por ciento por encima del año anterior. Van a concluirse los estudios para la explotación del yacimiento de San Isidro y se adelantan gestiones para el aprovechamiento de las minas de níquel, de oro, de las minas de zinc, cobre y plomo de Bailadores y de los yacimientos de carbón existentes en el país. En cuanto a la producción de diamantes, no sólo aumentó su volumen en casi 60 por ciento, sino que se adoptaron iniciativas útiles para la protección de los mineros, para el aprovechamiento cooperativo de los yacimientos y para la prevención de los problemas sociales originados en los campamentos de explotación. En este año fue creado el Fondo de Desarrollo Diamantífero, cuyos resultados se espera contribuirán al mejor aprovechamiento de esta actividad minera.

Fe en nuestro desarrollo industrial

El desarrollo industrial del país está en marcha, Nos encontramos en un momento en que ya la industria venezolana, satisfechas las necesidades del mercado nacional, se prepara para conquistar nuevos mercados. La industria manufacturera tuvo un crecimiento de 4.4 por ciento en el año de la Cuenta. Dentro de ella, tomando en cuanta un descenso de la refinación petrolera por causas sobre todo físicas, el crecimiento del resto del sector alcanzó a 5.2 por ciento. Dentro de ese promedio, algunas ramas tuvieron señalada expansión: baste indicar que la industria metal-mecánica tuvo un crecimiento del 11.4 por ciento.

La industria de la construcción, de tan gran importancia no sólo por el elevado porcentaje de mano de obra que emplea sino también porque ella es condición indispensable para las obras de infraestructura, que dan cabida a las otras actividades económicas, y para las viviendas, que permiten el mejoramiento social, obtuvo en el sector privado un aumento de más del 25 por ciento. No es aventurado considerar que en este aumento ejercieron considerable influencia los estímulos oficiales dados a las iniciativas particulares en forma de exenciones a las inversiones correspondientes.

La producción de energía eléctrica aumentó considerablemente. Entre las obras de importancia terminadas en el año está la línea de transmisión entre Guri y Santa Teresa del Tuy, la línea entre Santa Teresa y Cagua, la entrada en funcionamiento de la Unidad No. 3 de la Central de Guri, la construcción de diversas estaciones y subestaciones, la ampliación de la planta de La Fría, la iniciación de la presa de Santo Domingo. Debe señalarse, por su importancia, el convenio de interconexión con Colombia, la extensión del servicio de electrificación de las áreas rurales, y la determinación de unificar el sistema de tarifas de CADAFE en todo el país, con ventajas para los consumidores que en algunos casos llegan a más del 40 por ciento. Las nuevas tarifas, fijadas a través de un estudio técnico por el Despacho de Fomento y la Administración de CADAFE, y procesadas a través de un diálogo fecundo con los Organismos Municipales, entraron en vigor el 1° de marzo del presente año.

Dentro del impulso industrial de Venezuela y la marcha a su liberación, imposible dejar de destacar la importancia de la industria petroquímica, y señaladamente el programa de El Tablazo, en el estado Zulia, que dará aliento vital y ofrecerá nueva fisonomía a los pueblos de la ribera oriental del Lago de Maracaibo; y el proceso de expansión de la Siderúrgica del Orinoco, a través de la planta de productos planos, de la planta de producción de hojalata y de otros proyectos.

El proceso de industrialización, puedo afirmarlo, no se detendrá. El Estado continuará dándole estímulo y protección. Nuestra preocupación en este sentido se orientará a estimular especialmente aquellas industrias que puedan competir en mercados más amplios, favorecer la efectiva incorporación de partes realmente producidas en el país, asegurar una calidad uniforme y satisfactoria y evitar que los precios suban desproporcionadamente ocasionando perjuicios a los consumidores y creando mayores dificultades a la exportación. El empeño hacia la productividad, la reactivación del estímulo a la pequeña y a la mediana industria para multiplicar el número de participantes en el proceso de industrialización y abrir un número mayor de oportunidades de empleo, y la construcción de parques industriales han sido acogidos con verdadera satisfacción por las comunidades respectivas.

El turismo constituye un renglón de inmensas posibilidades. La experiencia de otros países demuestra que con adecuada promoción y con la formación de personal capacitado, si hay conciencia clara de los beneficios que el turismo puede producir, se logran corrientes de significación. En Venezuela, el turismo cuenta con magníficas condiciones naturales: es necesario incentivar la dotación de los servicios necesarios para aprovecharlas. El Gobierno tiene gran interés en el fomento turístico para que, a vuelta de no mucho tiempo, esta actividad sea un capítulo importante en el ingreso de divisas y hasta un instrumento de redistribución del ingreso, por cuanto las regiones de menor desarrollo relativo, son las que mayores atractivos ofrecen a las corrientes turísticas.

El Gobierno se ha preocupado mucho por el fomento de la exportación de productos no tradicionales. Existe el consenso nacional de que en esta materia hay que proceder con rapidez para vencer los estadios iniciales, ya que sólo aumentando considerablemente el volumen de dichas exportaciones podemos salir de una dependencia exagerada de la exportación petrolera. El Consejo Nacional de Comercio Exterior ha sido creado y a través de él se realizará una acción coordinada por parte de los diferentes Despachos que tienen a su cargo la economía y relaciones con los otros países. El Gobierno ha tenido especial interés en mantener contacto con el sector privado para impulsar esta importante actividad.

Perspectiva económica optimista

La situación económica ha sido favorable y su perspectiva es optimista. Elementos fundamentales para ese optimismo son la estabilidad política, la estabilidad del nivel de precios, la estabilidad monetaria y la paz social. En 1969 se pueden señalar como elementos característicos el aumento del ahorro interno, el crecimiento de la participación laboral en el producto y el aumento de las exportaciones no petroleras.

Estos elementos revisten mayor importancia por las circunstancias que están ocurriendo en el exterior. El año 1969 ha presentado en el mundo peligros serios de desequilibrio monetario, afortunadamente en proceso aparente de recuperación; el alza de la tasa de interés y una corriente inflacionaria, que tiende a ejercer presión sobre nosotros, a través de las importaciones. Frente a este panorama no hemos estado inactivos. La medida de fijar tipos mínimos de interés ha servido para proteger el ahorro nacional contra las perturbaciones monetarias externas y contra una posible emigración ante el halago de una retribución más alta. Esa medida fue acompañada con el aumento de los intereses pagados a los ahorristas, con exoneración del impuesto sobre la renta a los intereses producidos por los depósitos a plazos no menores de 90 días, y con disposiciones tendientes a impedir la absorción del ahorro interno por inversionistas foráneos. Las medidas adoptadas dieron resultados patentes. Las reservas internacionales llegaron a 929,5 millones de dólares. La liquidez bancaria y el circulante monetario en poder del público aumentaron en relación con el año anterior. El activo de la banca comercial creció en más del 10 por ciento, y los depósitos llegaron a ocho mil ochocientos millones de bolívares.

Es digno de notarse el aumento de las inversiones en cédulas hipotecarias, que gozan de una amplia confianza del público y han tenido un papel importante en la construcción privada. Su monto, así como el de los préstamos hipotecarios superaron ampliamente y por primera vez, la marca de los mil millones. El Sistema Nacional de Ahorro y Préstamo tuvo un auge sorprendente: la captación de ahorros aumentó en más del 60 por ciento.

Las dificultades fiscales

La situación fiscal es la que dentro de la vida económica ha planteado al Gobierno mayores dificultades. El Congreso y el país entero están en conocimiento de esta situación. Mientras tanto, los requerimientos del país aumentan en una proporción mayor de lo que han aumentado los ingresos. El Gobierno se empeña en lograr un sano equilibrio presupuestario, pero al mismo tiempo siente el urgente llamado del país para que se impulsen e incrementen los programas de desarrollo. La búsqueda del equilibrio supone, ello es innegable, una corrección del gasto público: sin afectar los programas prioritarios de los cuales dependen el progreso y bienestar general, esperamos a través de una reforma administrativa integral y de la aplicación de los recursos a proyectos realmente prioritarios, limitar el crecimiento del gasto a los montos verdaderamente requeridos y mejorar el rendimiento. Pero al mismo tiempo, es indudable la necesidad de aumentar los ingresos. El estímulo a la actividad económica es un camino para ampliar la base tributaria, con lo cual el producto fiscal también aumenta. Por otra parte, una ordenación más cabal en la administración permitirá subir los índices de recuperación de cobranza por créditos u otros servicios prestados a particulares, y una acción intensa de fiscalización y de recuperación –como lo que actualmente se realiza con el nombre «operación blanqueo»– tiende a lograr que cumplan con justicia sus obligaciones tributarias todos los contribuyentes.

No consideramos el régimen fiscal como un elemento estático dentro de la vida económica del país; tampoco consideramos justo ni conveniente elevar la carga tributaria para enjugar déficit de ejercicios presupuestarios, y menos aún si no se ordenan efectivamente la recaudación y el gasto, en función de la eficacia y de la productividad.

No auspiciaría el Gobierno ninguna medida que tendiera a desalentar las inversiones y a reducir el incentivo conveniente para que aumente la actividad económica. La dinámica del desarrollo obliga a un análisis permanente y continuo del sistema de tributación para adaptarlo a las exigencias cambiantes de una sociedad en plena marcha ascendente. Cualquier modificación que fuera propuesta en la estructura impositiva habría de responder a los objetivos generales de la colectividad venezolana y no a solventar transitorias dificultades del fisco.

El uso del crédito público a través de las formalidades establecidas por la ley, la cual requiere la opinión del Banco Central y la decisión del Congreso, está muy lejos de constituir para el país un gravoso endeudamiento. La capacidad de crédito de que goza Venezuela es muy amplia, y menospreciarla sería renunciar  innecesariamente a una fuente de suministros que bien empleados aumentarán considerablemente la riqueza nacional. Así como es irreprochable la censura del crédito improductivo, destinado a gastos de funcionamiento o a cuestiones suntuarias, así mismo es justa la concepción de que urge aprovechar las posibilidades crediticias para realizar inversiones que multipliquen la potencialidad económica nacional.

Paz laboral y progreso social

Toda marcha expansiva de nuestra economía tiene como característica la de que en modo alguno se deja a un lado el progreso social. El Gobierno se preocupa por lograr un ambiente de paz constructiva entre el capital y el trabajo y en las negociaciones laborales interviene, en la medida que la ley lo establece y la necesidad lo reclama, con un concepto claro de la composición tripartita de la sociedad, que reclama entendimiento armónico entre los empleadores, los trabajadores y el Estado. Para 1969 se encontraban vencidos, o vencieron numerosos contratos colectivos; grandes sectores de trabajadores de diversos oficios y niveles sintieron la impaciencia de plantear problemas que en algunos casos venían acumulándose a través de los años.

El Gobierno ha tenido una gran amplitud para los planteamientos de los trabajadores y se ha preocupado por facilitar la solución de los conflictos en un sentido favorable a las reivindicaciones justas planteadas por aquellos.

Esfuerzos laboriosos de conciliación se han hecho en los casos planteados, y para la solución de los mismos ha contado con la colaboración de altos dirigentes del movimiento sindical venezolano y de figuras distinguidas u organizaciones representativas del sector empresarial.

Es oportuno señalar aquí que los actos de presión a través de huelgas o paros intempestivos o ilegales, no pueden aceptarse dentro de la concepción del Estado de Derecho. La ley y la negociación colectiva constituyen la fuente de donde deriva el trabajador su fortaleza; aceptar que se atropelle sistemáticamente sería en el fondo destruir la base sólida del progreso social. El Gobierno ha confrontado en el año de la cuenta situaciones que rompen la normalidad jurídica en las relaciones de trabajo, respaldadas a veces por respetables sectores de opinión y hasta por organismos deliberantes que revisten en el sector público una alta representación y autoridad. Pero es el momento de recordar que la Constitución y las Leyes imponen al Ejecutivo la obligación de hacer frente a los hechos contrarios al ordenamiento jurídico, como lo son esos conflictos laborales planteados al margen del procedimiento legal. Su actitud es serena pero de inquebrantable firmeza, como se lo imponen el prestigio del Estado y los supremos intereses de la colectividad.

Vale la pena señalar, como un signo de la paz social por la cual se ha luchado y se lucha, que en el año de 1969 se suscribió en Venezuela la cifra récord de 1.140 contratos colectivos de trabajo, entre los cuales deben destacarse el que rige en la industria petrolera y los que regulan las relaciones entre los entes públicos y sus trabajadores.

El problema de la vivienda

Un punto al que quiero referirme en relación con la situación económica y social de Venezuela, es la vivienda. Se trata de una necesidad primordial. Estoy convencido de que requiere un esfuerzo extraordinario. Pienso que a través de la vivienda, no solamente se fortalece la familia y se hacen más viables la higiene, la educación y la integración del hombre al proceso social, sino que al mismo tiempo se ofrece ocupación a numerosos desempleados y se genera un efecto económico multiplicador. He dicho en numerosas ocasiones, y estoy plenamente convencido de ello, que en el momento actual del país, el volumen del déficit habitacional y los requerimientos del crecimiento demográfico reclaman la construcción de un número de viviendas no menor de cien mil por año, para atender a las necesidades crecientes por el aumento de la población y a la vez reducir en proporciones efectivas la necesidad no satisfecha. Ahora bien, lo cierto es que en el año 1969 sólo pudo alcanzarse en total, mediante los esfuerzos combinados del sector público y el sector privado, la construcción de unas 52.000 viviendas.

La creación de la Comisión Nacional de la Vivienda, que coordina los organismos públicos y privados interesados en la materia, constituye un paso hacia la creación del organismo único que será necesario establecer más adelante para que el programa de vivienda reciba todo el impulso que reclama y merece. Entre las medidas de urgencia que se adoptarán será la de hacer urbanizaciones populares, en las cuales puedan venderse a precios mínimos parcelas ubicadas en tierras acondicionadas satisfactoriamente, con servicios de calles, agua, cloacas, electricidad y demás indispensables en la vida moderna. Una de las cosas que impresiona en la observación de los barrios populares que circundan nuestras grandes ciudades es el monto cuantioso de la inversión hecha por los habitantes de esos barrios, a costa de grandes sacrificios; y el riesgo de que esas inversiones se conviertan en nada por haber sido hechas en terrenos inadecuados, en zonas peligrosas, como las que por las recientes lluvias han sufrido grandes deslizamientos, lo que nos hizo solicitar un crédito especial para remediar parcialmente sus pérdidas.

En el Programa Extraordinario de Inversiones que va a presentarse al Congreso hay una partida especialmente destinada a la continuación de los programas de vivienda popular. En las principales ciudades como ocurre en Maracaibo con El Saladillo, ellos servirán al mismo tiempo para la reurbanización del área central. Estoy seguro de no equivocarme al expresar mi serena confianza en que los representantes del pueblo darán su apoyo con todo calor a los proyectos que favorecen los sectores necesitados y que tendrán una disposición favorable de ánimo para respaldar la expansión de los programas habitacionales.

La adecuación del territorio

En las exigencias que plantea el desarrollo y a cuyos principales aspectos he venido refiriéndome en los párrafos precedentes, se han tomado en cuenta fundamentalmente tres elementos considerados tradicionalmente como constitutivos de la sociedad: la tierra, el hombre y las estructuras políticas.

En relación al territorio, se ha impulsado a fondo la labor acometida por el Ministerio de Obras Públicas para las obras de infraestructura. No obstante las dificultades presupuestarias, ese Despacho ha sostenido un alto ritmo de inversiones. El plan de vialidad ha continuado con vigor porque, a pesar de que algunos consideran que en esta materia están satisfechas las necesidades nacionales, lo cierto es que los habitantes del interior de la República continúan asignándole a las obras de vialidad mucha importancia.

Se comenzaron una serie de vías urbanas e interurbanas en varias ciudades del país tales como: San Cristóbal, Mérida, Coro, Maracay, La Victoria, Valle de La Pascua; se ha puesto en marcha la Autopista Valencia-Campo de Carabobo; están terminadas o por terminar las avenidas La Limpia y Sabaneta en Maracaibo; la autopista Araña-Antímano, el dispositivo Puente Veracruz-Baruta en el área metropolitana y se adelanta el tramo de la Castellana-El Marqués de la Avenida Boyacá en la Cota Mil. Se han emprendido también nuevos trazados de carreteras, como el de la variante Puente Real-Las González en el estado Mérida.

Merecen destacarse adicionalmente algunos programas especiales, como el plan intensivo de elaboración de planos reguladores de casi 200 poblaciones del país, en el cual se trabaja activamente.

La vialidad rural ha recibido atención y se le continuará dando, mediante la multiplicación del kilometraje y sistemas más apropiados de mantenimiento. Todas las carreteras existentes están en gran parte malogradas por el tránsito de vehículos pesados, hasta el punto de tener que rehacerlas en algunos casos, y esta situación es más grave en aquellas que carecen de los adecuados servicios de defensa y drenaje.

En cuanto a los autopistas, creo que el grado de desarrollo y las perspectivas del país reclaman la construcción de una gran estructura vial que vaya desde Maracaibo hasta Ciudad Guayana, de la cual serían parte la autopista existente del Palito a Caracas y algunos tramos hacia el Oriente; pero esta autopista vertebral y otras que pudieran ser de gran utilidad, podrían construirse mediante financiamiento obtenido dentro o fuera del país, si se estableciesen mecanismos que desligaran estos compromisos de las obligaciones crediticias del Estado y aseguraran su pago a través de la tasa cubierta por los usuarios del sistema.

El crecimiento de las exigencias en materia de obras públicas, convertidas en verdadero clamor en cada momento histórico en que un cambio político fomenta la esperanza de que estas necesidades y problemas van a ser resueltas de inmediato, obliga a racionalizar las inversiones, para que con un costo menor pueda obtenerse el mayor resultado. Las construcciones escolares, por ejemplo, así como las construcciones deportivas, han podido realizarse, a pesar de las limitaciones financieras, evitando lo suntuario y lo monumental para buscar lo eficiente y económico.

La regionalización, proceso en marcha

El acondicionamiento del medio ha sido consideración de importancia para decidir el proceso de regionalización. El Decreto por el cual se adoptó, con base en estudios debidamente procesados, un sistema de regionalización que establece en el país ocho regiones administrativas, ha revestido indiscutible trascendencia. Dentro de ese decreto de regionalización se destaca la creación de la Región Capital, integrada por el Distrito Federal y estado Miranda y de la Región Sur, formada por el estado Apure, el Territorio Federal Amazonas y el Distrito Cedeño del estado Bolívar. La Comisión del Desarrollo del Sur planifica y comienza a ejecutar la construcción de aeropuertos, carreteras, servicios de radiocomunicación y exploración del terreno, en esa estupenda porción de la patria que espera con ansiedad de una población suficiente para ponerla en mayor actividad e incorporarse efectivamente el destino de la Nación. La creación de la Corporación de Desarrollo de la Región Zuliana por ley de la República, y la próxima creación de la Corporación de Desarrollo de la Región Nororiental son pasos importantes en el proceso de regionalización.

Conjuntamente con el proceso de regionalización se ha iniciado un movimiento de descentralización administrativa, del cual es manifestación la creación de seis sucursales de la Corporación Venezolana de Fomento, encargadas de llevar a las regiones las facilidades del crédito en función del desarrollo.

El acondicionamiento de territorio supone la construcción de puertos y de aeropuertos capaces de dar un servicio eficiente. Este Gobierno cree que los aeropuertos constituyen una necesidad primaria dentro de la vida de un Estado Moderno; por ella sintió viva complacencia al concluir y poner en servicio del estupendo Aeropuerto Internacional «La Chinita» en Maracaibo; la iniciación de las obras para hacer el Aeropuerto Internacional de Maiquetía algo cónsono con su movimiento y con su importancia y el Aeropuerto Internacional de Margarita, Isla que, con este aeropuerto y el Puerto Turístico Internacional, y otras medidas que se proyectan, podrá ser uno de los mayores centros turísticos del Continente. El mejoramiento y ensanche de otros aeropuertos cuyo estado reclamaba el esfuerzo puesto en transformarlos y las obras de construcción de bases aéreas corresponden a las imposiciones del progreso.

Es importante anotar en materia de comunicaciones la incorporación del servicio cablegráfico a la red nacional de telecomunicaciones y el desarrollo del plan quinquenal de la Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela, que ha dotado de servicios de telex y discado directo a las principales poblaciones del país y aumentado en más de setenta mil líneas urbanas y en más de veintiocho mil nuevos suscriptores el servicio telefónico, en cuyo mejoramiento persigue la meta de llegar por lo menos al doble del servicio existente para 1973.

 El cambio en la educación

En todo el proceso de desarrollo dentro del cual nos movemos y cuya realización pretendemos, sigue siendo centro principal el hombre venezolano, puesto que es él quien puede moverlo a su destino y puesto que el desarrollo ha de tener como finalidad prestarle las posibilidades de su plena realización personal y garantizarle la oportunidad de incorporarse al proceso social.

Para que el hombre, que constituye la mejor riqueza y el mayor orgullo de Venezuela, pueda vencer con éxito el desafío que el tiempo le formula, le estamos dando a la educación toda la importancia que le corresponde. Este año ha sido declarado por el Ejecutivo como el Año de la Educación Venezolana, en conmemoración del centenario del Decreto de 27 de junio de 1870.  Coincidencialmente, también 1970 ha sido declarado por la Unesco el Año Internacional de la Educación. Dentro del sistema educacional estamos efectuando una serie de cambios reclamados hace tiempo por la realidad venezolana. El cambio en el sistema educacional es una realidad y, por cierto, una realidad saludada con manifestaciones entusiastas de aceptación y estímulo por parte de los más variados calificados sectores que intervienen en el proceso educativo.

La creación del ciclo básico común para la enseñanza media; la adopción de un nuevo sistema para la evaluación del rendimiento escolar; el establecimiento de normas que consagran una concepción armónica de la comunidad educativa; la adopción de nuevos programas más a tono con el momento que vivimos, para la educación pre-escolar, para la primaria y para la enseñanza media; la reglamentación de la educación permanente de adultos; el decreto que hace efectiva la obligatoriedad de la educación física y el estímulo especial al deporte; la adopción de un plan de edificaciones escolares a bajo costo pero con todos los requerimientos: todo ello configura un proceso de vastas proyecciones.

De gran significación fue el hecho, cuya posibilidad de realización era puesta en duda, de la abolición del cupo en las ramas primarias y media de la educación. Toda la población escolar encontró ubicación en la escuela o en el liceo, mediante un esfuerzo gigantesco que tuvo éxito, pese a las restricciones en disponibilidad de fondos para los planes de enseñanzas, derivadas del aumento de remuneración a los profesionales del magisterio. Los maestros y profesores recibieron un incremento remunerativo superior al de cualquiera otra profesión. Hubo un acuerdo nacional en que participaron el Ejecutivo y el Congreso, para demostrar a estos compatriotas el alto aprecio a la elevada tarea que les incumbe y el propósito de remediar la injusticia de que eran objeto. Espero que los maestros y profesores aprecien en toda su magnitud la considerable carga que el Estado asumió para dar satisfacción a sus demandas y el sacrificio que ello ha significado para la colectividad y confío en que ellos constituirá un acicate para entregarse cada día con mayor devoción a sus labores, así como para reafirmar su voluntad de fortalecer el sistema democrático, a través del cual han podido lograr importantes reivindicaciones.

La puesta en marcha de la Universidad Simón Bolívar, ha sido el hecho de mayor importancia en la Educación Superior. Para lograrlo se trabajó activamente durante el año de 1969, lo que permitió iniciar sus cursos el 19 de enero de 1970. Al darle el nombre del Padre de la Patria a esta nueva Universidad, se quiso rendir significativo homenaje al hombre cuyo pensamiento y cuya acción constituye magisterio perenne para Venezuela y para todas las patrias hermanas y comprometer al nuevo Instituto a seguir el camino marcado por el paladín de la libertad, campeón de la independencia, avanzada del progreso y visionario de la integración latinoamericana.

La instalación y dotación del Consejo Nacional de Investigación Científicas y Tecnológicas, en cumplimiento de la Ley respectiva, vino a quedar coincidencialmente vinculada con el año en que la llegada a la luna le dio al hombre una nueva dimensión y marcó a la historia el comienzo de una nueva era, profundamente condicionada por la técnica.

Y la transformación del ordenamiento que rige la Universidad de Oriente constituyó un paso conscientemente dado hacia su autonomía, entendida en el legítimo sentido que siempre le han dado los mejores intérpretes de la comunidad universitaria y conducida hacia el ejercicio pleno de las funciones de autogobierno, de orientación académica y de administración por la propia Universidad.

Es de señalar que en el mundo la institución universitaria atraviesa por un momento de revisión y, en algunos casos, de desajuste. Los países dentro de los cuales la comunidad universitaria no goza del derecho de gobernarse a sí misma y al estudiantado se le considera estatutariamente como un elemento pasivo, sin participación en la dirección institucional, buscan a través de una proceso a veces conflictivo obtener siquiera alguna parte de la autonomía consagrada entre nosotros plenamente y regulada democráticamente por el ordenamiento jurídico. Como universitario que soy, vinculado hondamente a la Universidad a la que he dado gran parte de mi vida, he sentido las mismas preocupaciones que inquietan a los padres y madres de familia y al común de los venezolanos sobre la desnaturalización del régimen autonómico y sobre las perturbaciones, a todas luces infundadas, que han ocurrido dentro y fuera de nuestros institutos de Educación Superior. Abrigo plena esperanza en que una visión clara del problema, una serena preocupación nacional y un auténtico espíritu universitario logren el vencimiento de esas dificultades y hagan cada día más clara y efectiva la misión universitaria de formar hombres, de forjarlos para cumplir con éxito la gran responsabilidad que a las próximas generaciones impone el reto del desarrollo.

La promoción humana

El pleno y libre desenvolvimiento de la persona humana, definido como objetivo nacional en el artículo 43 de la Constitución, es, en nuestra concepción del desarrollo, algo fundamental. Creemos en la necesidad de promover al hombre y no consideramos que el desarrollo pueda tener verdadero sentido si se aparta la vista de quienes en una forma u otra, por razones derivadas más de las estructuras sociales que de su propia falta, están marginados del proceso social. Como el trabajo es uno de los derechos humanos cuya efectividad es más indispensable, se ha puesto empeño en una política de empleo que busque por todos los medios posibles el acceso de cada quien a las actividades cónsonas con su vocación y capacidades. La labor realizada por el Instituto Nacional de Cooperación Educativa ha recibido del Gobierno el mayor respaldo y reconocimiento. Se ha celebrado una importante convención a donde concurrieron organismos públicos nacionales e internacionales, representantes del sector privado empresarial, del sector laboral y de los organismos técnicos, para buscar en la raíz de los problemas y acometer las posibles soluciones. Lejana ya la celebración del Censo Nacional de 1961, las estadísticas sobre desempleo y subempleo resultan poco confiables, hasta el próximo Censo, que debería hacerse en el presente año y que al resolverse aspectos de orden presupuestario se debe llevar a efecto con disposición de procesar y divulgar sin demora los resultados obtenidos. Se estima en alrededor de un 8 por ciento de la población activa el índice de desempleo y ello impulsa al Gobierno a buscar a través de los caminos del desarrollo el remedio de fondo a este problema, que suscita un verdadero clamor nacional.

Los programas de salud y de seguridad social constituyen aspectos de una inversión indispensable para el aumento de la primera riqueza del país, su capital humano. Se han construido nuevos hospitales; se han acercado los centros de atención  a los lugares de trabajo y se han dado pasos para la dotación  de aquellos cuya construcción está concluida pero no han podido entrar en servicio. Una comisión calificada, que ofrece altas garantías de honestidad y de experiencia, se ocupa de procesar las ofertas que han llegado a la Administración Pública para la dotación de equipos necesarios a los establecimientos hospitalarios. Por otra parte, consciente de que la dispersión de esfuerzos y la falta de coordinación de planes entre los diversos organismos que tienen a su cargo el cuidado de la salud pública produce despilfarros o, en todo caso, impide el aprovechamiento pleno de los recursos invertidos, me he ocupado personalmente de poner en contacto a sus representantes para encauzar la aspiración general de que se vaya hacia un Servicio Nacional de Salud, a través de la coordinación de servicios existentes. El proceso tiene dificultades, como las que se crean cuando se han establecido diversas esferas de competencia con regímenes distintos para quienes actúan dentro de ellas; tengo fe en que en el presente año se adelantará notablemente en el área metropolitana este proceso, que ya ha tenido considerable éxito en entidades federales en las cuales funciona con éxito el Servicio Cooperativo de la Salud.

También abrigo la mayor confianza en que dentro del presente año entrará en funcionamiento el Consejo Nacional de Higiene, Seguridad y Medicina del Trabajo, adelantando así las actividades iniciadas con la creación de la Oficina de Salud Laboral y recogiendo las conclusiones de la Primera Reunión Consultiva sobre Riesgos del Trabajo, celebrada en Maracaibo en 1970. A medida que el país se dé mayor cuenta de la necesidad de conservar e incrementar la salud  y seguridad de sus trabajadores, obtendrá mayores logros en los objetivos del rendimiento.

La atención al hombre venezolano ha mantenido al Gobierno cuidadoso de los derechos de los consumidores. La experiencia demuestra que al proteger la producción, a veces no han sido tomadas suficiente y correlativamente en cuenta los intereses de la población consumidora, sobre la cual puede echarse una carga no siempre proporcionada a los beneficios recibidos. Lograr ese equilibrio  es uno de los deberes más importantes del Estado. Por esto se han adoptado determinaciones como la fijación de límites a los precios de los vehículos, la unificación y reducción de las tarifas eléctricas de CADAFE y la aplicación de sanciones previstas por la Ley a los acaparadores, medidas recibidas con amplio respaldo por la colectividad. Es importante también fomentar la toma de conciencia por la población misma. El estímulo dado a las cooperativas y a otras organizaciones de interés social está enmarcado dentro de esta línea de protección al consumidor.

 La promoción popular

La concepción humana del desarrollo, la convicción de que él debe propender a la incorporación  de todos al proceso social, explica el interés del Gobierno en la promoción popular. Una de las primeras disposiciones adoptadas fue la designación de una Delegada Especial para el estudio, organización y estructuración de la Secretaría de Promoción Popular. La persona designada para esta función insistió en que quería desempeñarla con carácter ad honorem. Ha trabajado con gran devoción, acompañada en sus esfuerzos por colaboradores que, en organismos públicos o en actividades de interés social e iniciativa particular, realizan labores que las estimulan para esta tarea, dirigida a provocar en los sectores marginados una toma de conciencia, una voluntad de organización y un espíritu de responsabilidad en el manejo de sus propios asuntos y sensibilización hacia los asuntos comunes.

La División de Urbanización y Equipamiento de Barrios creada en el Banco Obrero, está orientada en el mismo sentido, aunque dedicada específicamente a atender la necesidad urgente de los servicios humanos y la transformación  de las viviendas  en los barrios populares en la periferia de las ciudades. La Fundación para el Desarrollo de la Comunidad continúa con gran entusiasmo una labor que mi distinguido antecesor el doctor Raúl Leoni calificó en su penúltimo Mensaje al Congreso, como «Instrumento para promover la participación consciente y organizada de la población en las tareas del desarrollo nacional». Dentro del mismo orden de ideas de atender a las necesidades urgentes del pueblo fue creada una fundación denominada «Fondo de Solidaridad Social». La iniciativa surgió del llamado de angustia de quienes han estado en contacto con los daños sufridos, como consecuencia de hechos impredecibles o de fenómenos de la naturaleza y se proyectó con la idea de que la iniciativa del Gobierno provocara la participación de los particulares, de acuerdo con lo que el artículo 57 de la Constitución establece, al disponer: «las obligaciones que correspondan al Estado en cuanto a la asistencia, educación y bienestar del pueblo no excluyen las que, en virtud de la solidaridad social incumben a los particulares según su capacidad». Debo manifestar, a este respecto, que la comunidad no ha sido sorda al requerimiento de la Solidaridad Social, y que, por otra parte, el Voluntariado Social ha comenzado a prepararse, a través de cursos dados por personas profesionalmente preparadas, y ha iniciado la prestación de servicios en la atención hospitalaria y en otros aspectos de interés social.

Sé que la idea de la Promoción Popular, por razones explicables que tienen su raíz en la confrontación dialéctica de una campaña electoral, encuentra todavía reservas en sectores políticos que por su integración  y antecedentes están en una línea reconocida de convicción democrática y de compromiso de servicio al pueblo. También las hay en sectores sociales económicos que, sin embargo, han hecho profesión de amplitud y han dado testimonio de apertura hacia el cambio social que supone la incorporación del pueblo a la conquista de su propio destino. Deseo vivamente que aquellas suspicacias y reservas se desvanezcan, a través de un mayor examen del asunto y de un diáfano esclarecimiento de las finalidades superiores que inspiran los programas de promoción popular. Es el interés de Venezuela el que reclama un esfuerzo armónico y sincero cuyo beneficiario es el pueblo y cuyo fruto en todos los órdenes ha de recibirlo el país entero. La labor modesta y callada de la Delegada Presidencial y de sus colaboradores, en una tarea que aspiramos ver convertida algún día  en función de un órgano permanente del Estado, habrá de obtener –estoy seguro porque conozco la buena voluntad de mis compatriotas– el reconocimiento unánime de la nación.

No puedo dejar de mencionar, en el aspecto de la promoción del hombre, el interés que debe merecernos la juventud, para facilitarle, sin pretensiones paternalistas, la posibilidad de desarrollar lo mejor de sí misma, a fin de prepararse adecuadamente a asumir las responsabilidades que le demandará el país en las décadas venideras. Me he preocupado en manifestar el mayor interés por las actividades juveniles, en su amplia variedad. He deseado que los jóvenes me consideren siempre como un leal amigo, dispuesto a entenderlos, a considerarlos y valorar sus naturales impulsos hacia la conquista de un mundo mejor. He ofrecido el mayor estímulo al deporte y he fomentado en los barrios instalaciones populares abiertas a la juventud con preferencia a las construcciones lujosas. El 12 de febrero de este año dispuse la constitución de una Comisión Nacional de Programación Juvenil, para coordinar e intensificar las actividades que persiguen en forma sincera la promoción del joven.

Mucho más cabría indicar en el camino de la promoción humana. Prolijo me haría, sin embargo, si tratara de relacionarlo todo. Permítaseme, no obstante, añadir que así como he querido usar la condición de Jefe de Estado para estimular el deporte, así mismo he querido, con mi presencia y actitud de gobernante, estimular el interés de las nuevas generaciones por la investigación científica y tecnológica; y recordar que de no prepararnos suficientemente y disponernos a llenar el vacío  que nos separa de los países desarrollados, estaremos en peligro de caer ineludiblemente en la forma más grave de colonialismo. Si no formamos nuestros propios técnicos, otros vendrán de cualquier parte: y los procedimientos y metas que establezcan no serán los que correspondan mejor a nuestra idiosincracia, sino los que apliquen, quizás hasta sin adaptación suficiente, tomándolos de otras realidades.

El Ministro de Relaciones Interiores, Lorenzo Fernández, hace entrega de su Memoria y Cuenta al Presidente del Congreso Nacional, José Antonio Pérez Díaz.
El Canciller, Arístides Calvani, hace entrega de su Memoria y Cuenta.

El cambio de las estructuras políticas

 La marcha hacia el desarrollo ha reclamado y reclama una transformación de las estructuras políticas. En la organización del Estado, también el cambio es una realidad; una realidad, como dije al principio, dinámica y continua. Es un hecho reconocido el de que las estructuras de la Administración Pública no responden a las circunstancias del tiempo que vivimos. Mecanismos arcaicos restan eficiencia a la acción del Estado y de los entes públicos.

La reforma administrativa marcha con paso firme. La Comisión de Administración Pública ha sido reestructurada para dotarla de mayor eficacia. En la mayoría  de los órganos estatales y para-estatales, ya está funcionando un Consejo de Reforma Administrativa. Se han puesto en marcha algunos mecanismos de transformación y espero que en el próximo presupuesto se apruebe una serie de modificaciones que previamente se conversarán con los miembros de las comisiones legislativas.

La sola enunciación de los organismos que en este año de Gobierno han comenzado a funcionar es elocuente. Recordemos que han iniciado sus labores la Universidad Simón Bolívar y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas; que han sido creadas la Corporación de Desarrollo del Zulia, cuyo directorio se instalará en este mismo mes, el Consejo Nacional  de Comercio Exterior, La Comisión Nacional de la Vivienda que está funcionando, el Consejo Técnico de Telecomunicaciones, el Consejo Nacional de la Marina Mercante y la Junta Consultiva Nacional de Pesca; que ha sido constituido el Banco de Desarrollo Agropecuario; que han sido creados el Consejo de Asesoría Jurídica, presidido por el Procurador General de la República e integrado por los Consultores Jurídicos de los distintos Despachos; que se ha fundado el Fondo de Solidaridad Social y que se ha organizado y puesto en funcionamiento el Departamento de Urbanización y Equipamiento de Barrios del Banco Obrero.

Además de los Entes que acabo de mencionar y que no agotan por cierto la nómina de órganos destinados a atender urgentes necesidades, debo hacer referencia a la designación de un Comisionado Especial de la Presidencia de la República para atender las denuncias, quejas y reclamos que se formulen contra cualquier funcionario o rama de la Administración, con el objeto de comprometer a la propia Presidencia de la República en la lucha por erradicar los vicios y corruptelas administrativas, tanto desde el punto de vista de la honestidad como desde el punto de vista del deber de atender los planteamientos, solicitudes y reclamos del público. Para asesorar al Comisionado en estas delicadas funciones solicité el concurso de venezolanos eminentes de unánimemente reconocida reputación ganada con una vida consagrada al servicio de los demás y orientada por severas normas éticas. Sin percibir ninguna remuneración, estos ciudadanos aceptaron el encargo de ser ojos y oídos del país ante los hechos que dañan la función pública y que sería quizás demasiado optimista el pretender que han desaparecido por completo. La labor del Comisionado de Denuncias, Quejas y Reclamos, con la abnegada y positiva colaboración de los asesores que lo acompañan, ha sido llevada a cabo con fe en las tareas encomendadas y con el propósito de no dejar de investigar uno solo de los casos planteados, de estimular la confianza del público y de llevar adelante sus investigaciones sin dañar irresponsablemente reputaciones ni prestarse para negativos escándalos.

Las labores del Comisionado se iniciaron en la última semana de agosto de 1969. Su tarea ha estado dirigida, no a averiguar historias del pasado sino a suprimir las irregularidades que puedan cometerse en el presente y a poner todo el peso del Gobierno en impedir su continuación.

El problema de la inseguridad reviste hoy, en todas partes especial gravedad. Hermosas capitales de naciones dotadas de los más amplios recursos técnicos y económicos ven cada día con inquietud sucederse hechos de agresión, frente a los cuales no logran satisfactorios resultados los esfuerzos que se hacen para proteger la población. Hay ciudades importantes del mundo en las que ya no se puede transitar durante la noche y en las que hasta en plena luz del día suceden atracos que producen considerables daños a las personas y a los bienes. Al mencionarlo, no pretendo excusar el deber que nos incumbe para enfrentar en Venezuela el fenómeno de la delincuencia. Lejos de mi mente descargar al Gobierno de esta responsabilidad, que es la primera de las que corresponden dentro de los fines del Estado, Estoy convencido de que en el ánimo de la población el deseo de seguridad reviste una primera prioridad; por ello mismo, desde el propio momento en el que me hice cargo del Gobierno he puesto reiterados esfuerzos personales en la reorganización de los servicios que tienen a su cargo esta delicada función. Los cuerpos policiales de Caracas y del Interior han sido objeto de una evaluación que incluye el examen sobre la capacidad, antecedentes y condiciones psíquicas de sus integrantes. El resultado de esta evaluación ha sido, en algunos casos, alarmante. La formación del personal apto no es cosa de breves días: desde la selección de los aspirantes hasta el fomento de la vocación, la instrucción y entrenamiento necesarios, todo ello requiere un proceso que se está  cumpliendo con la mayor rapidez posible y cuyos efectos benéficos se harán sentir. Por otra parte, las condiciones sociales y económicas del personal encargado de la seguridad pública resultan todavía insuficientes para quienes prestan este delicado servicio.

A la iniciación del período constitucional, existía un amplio consenso sobre la necesidad de reorganizar, coordinar y profesionalizar las policías. En este sentido me moví, desde el primer momento de la instalación del Gobierno. La Dirección General de Policía fue eliminada. Para atender a los fines establecidos en el Estatuto Orgánico de Ministerios, ha sido organizada la Dirección de los Servicios  de Información y Prevención a cargo de competentes profesionales jóvenes, a los que se ha recomendado encarecidamente el mayor respeto de las leyes y de las garantías ciudadanas. Estas instrucciones se han dado a todos los organismos de seguridad. Si en alguna ocasión se hubiere incurrido en algún exceso, el Gobierno tiene abiertos todos los canales para su esclarecimiento y ha estado dispuesto a ser el primero en condenarlos.

La coordinación de los servicios policiales es una realidad en marcha, con la cual se han obtenido muchos logros, patentes en aquellas circunstancias en que se han producido perturbaciones del orden público, a los cuales se ha enfrentado con serena pero inquebrantable firmeza. El Comando Unificado Policial que está funcionando a todos los niveles de modo permanente, con indudables beneficios para el orden público y social.

En cuanto a la selección y profesionalización de los cuerpos policiales, se han dado instrucciones categóricas. Para que la tecnificación pueda hacerse de manera efectiva, y para que en la selección de sus integrantes no prevalezcan consideraciones políticas, he dado orden de que el frente de las policías estadales se vayan colocando oficiales activos de las Fuerzas Armadas de Cooperación, seleccionados por méritos y aptitudes, carentes por su misma profesión de inclinaciones políticas y de compromisos de grupo.

La creación de la Policía Metropolitana, mediante un ejemplar entendimiento entre los Concejos Municipales del Distrito Federal y del Distrito Sucre del estado Miranda, la Asamblea Legislativa del referido estado y los Gobernadores del mismo y del Distrito Federal, ha sido saludada con satisfacción por todos los habitantes de la capital de la República. El Gobierno Nacional, a través del Despacho de Relaciones Interiores, prestó su más decidido concurso para la realización de esta idea y tiene el propósito de continuarle dando la mayor atención para su progreso y constante mejoramiento.

Otro paso importante en materia de Seguridad Pública es la creación de la Dirección de Prevención del Delito en el Ministerio de Justicia. La convicción de que las transgresiones del ordenamiento jurídico no son hechos aislados, sino que en su génesis existen factores sociales de indiscutible influencia, obliga al Estado a investigar y atender hasta donde fuere posible esas causas, con la idea de que prevenir el delito es una grave obligación y de que la simple actividad represiva o punitiva sería cada vez más insuficiente si no fuera a lo hondo de la causalidad social.

En lo relativo al problema de la seguridad, hay una parte del territorio nacional que ha reclamado nuestra atención de manera especial: se trata de nuestras fronteras. Si bien en algunos trechos ellas se hallan todavía en territorio escasamente poblado, donde el intercambio humano es de poca consideración, hay algunas áreas donde la situación reclama una determinada línea de conducta. La región del Esequibo presenta la ocurrencia esporádica de incidentes de pequeña importancia, pero que pudieran estar encaminados a provocar situaciones delicadas; además, núcleos de pobladores indígenas ocurren en demanda de protección por persecuciones de que son objeto y nos plantean problemas de los que tenemos que apersonarnos por motivos de humanidad y hasta de decoro nacional.

Nuestra frontera con Colombia presenta un aspecto distinto. Las relaciones entre ambas repúblicas no pueden ser más cordiales y el intercambio fronterizo es creciente y fructífero. Sin embargo, se produce continuamente un fenómeno de inmigración clandestina, en contra de las leyes dictadas por el país en ejercicio de su soberanía.

Razones preponderante económicas, y entre ellas la diferencia del signo monetario, que produce una especial fascinación, estimulan el flujo incesante de pobladores los que, por otra parte, son de nuestra misma composición humana, de cultura común y con frecuencia arraigan definitivamente entre nosotros para formar familias venezolanas. Al lado de este hecho, ocurren también actividades ilícitas, como el contrabando, la trata de blancas y otros abusos que son perjudiciales para ambos países. Un diagnóstico preciso de la inmigración clandestina se está preparando mediante encuestas de urgente realización. Las autoridades policiales, de acuerdo con las instrucciones que coordinadamente dictan los despachos que tienen que ver con el asunto, y principalmente de los de Relaciones Interiores, Relaciones Exteriores y Defensa, tienen que estar pendientes de mantener la autoridad y de aplicar las leyes venezolanas; con todo el profundo sentido humanitario que hemos de mantener ante quienes son, como nosotros, hijos de la patria común pero con clara conciencia de asegurar y defender los altos intereses de Venezuela, cuya gestión nos está encomendada.

El Instituto Agrario Nacional tiene programas de asentamientos en regiones fronterizas para contribuir a mantener núcleos humanos permanentes, de inequívoco sentido nacional; y en otros lugares propicios para ofrecerles la oportunidad de regularizar su situación a quienes vinieron infringiendo nuestro ordenamiento legal, pero con su trabajo y su conducta se hacen dignos de preferente consideración.

En este tema de la seguridad interna y externa, papel primordial ha correspondido a las Fuerzas Armadas.  Conscientes de su función dentro de un Estado democrático, su labor ha sido invalorable, su rendimiento en la coordinación de los servicios positivo y su disposición a transformar sus cuadros, en función de la necesidad nacional y del progreso técnico, plena. Desde el estudio de las reformas legales en materia de Defensa Nacional y ordenamiento militar, hasta la renovación de sus sistemas de enseñanza y promoción, todos los aspectos del funcionamiento castrense han sido atendidos con la voluntad puesta íntegramente en el servicio de Venezuela.

Ciudadanos Senadores:

Ciudadanos Diputados:

El futuro de Venezuela se proyecta con hermosura. El análisis de nuestras posibilidades –y aún la ponderación de nuestros problemas– nos autorizan a tener fe en el progreso dinámico de esta nación joven y vigorosa. La clave del éxito está en que recordemos que nuestra grandeza ha brillado en las épocas en que hemos sostenido a toda costa la libertad y que el prestigio del gentilicio está asociado, a través de nuestras más excelsas figuras, al culto de los altos valores del hombre.

Además, hay un consenso cada vez más amplio en que para que la democracia representativa cumpla a cabalidad sus fines de servicio al pueblo y corresponda a las esperanzas que en ella han puesto los hombres, debe convertirse cada vez más en una democracia de participación.

Creo que para lograrlo hay que mantener y fortalecer las conquistas fundamentales de la democracia formal: el robustecimiento de los mecanismos institucionales garantiza contra los excesos del poder, previene las usurpaciones que tradicionalmente han frustrado las aspiraciones colectivas y abre caminos para que la opinión de cada uno entre al torrente de las inquietudes comunes y pase a formar parte de la voluntad general.

No creo, por lo demás, que la democracia participativa pueda ser obra artificial, improvisada por instrumentos jurídicos como esos que hicieron clamar a Bolívar y Bello contra el teoricismo político.

Creo que ella se obtiene estimulando la presencia diaria de todos los sectores en el debate nacional, haciéndole sentir a cada uno la directa responsabilidad que le incumbe en la defensa de sus intereses específicos y la obligación de todos de armonizarlos, y subordinarlos ante el bien común.

Esta convicción ha adelantado permanentemente en mí el esfuerzo del diálogo. He dialogado en escala nacional, en escala regional y en escala municipal. He dialogado en lo económico, con los sectores empresariales y con los sectores sindicales. He dialogado con los representantes de la cultura, de la ciencia y de la educación. He dialogado con jóvenes y viejos. He dialogado con quienes hacen de su vida un culto permanente a la actividad intelectual y con quienes a través del deporte buscan la clásica armonía en la salud de la mente y del cuerpo. He dialogado con quienes a través de funciones públicas consagran su vida a la colectividad, y con quienes en la iniciativa particular ejercitan actividades que redundan también en el esfuerzo colectivo, algunas de las cuales no tienen como fin el beneficio personal sino, a costa de grandes sacrificios, el bien de los demás. De manera especial he tributado mi respeto a las Instituciones que recogen, fomentan y orientan la vocación del hombre hacia lo alto: la Iglesia Católica, representativa de la gran mayoría de nuestra población y depositaria de valores inmensos en el propio ser de nuestra nacionalidad, ha recibido en todo momento del Gobierno testimonio de respeto, colaboración y simpatía; y las otras Iglesias, representativas de los cultos legítimamente establecidos en el país, no solo han gozado de la más amplia libertad, sino que han tenido de mi parte, y esta ha sido línea dictada a todas las dependencias del Gobierno, una permanente y cordial voluntad de fomentar la confianza recíproca, estimular sus nobles funciones y prestar a sus obras sociales el respaldo y la asistencia que han menester.

En el Mensaje que presento ante ustedes he procurado hacer una apretada exposición de las realizaciones e iniciativas del Gobierno en el año concluido. Al mismo tiempo, el examen de las orientaciones de la política ejecutada ha sido en cada caso acompañado de sus proyecciones inmediatas, las cuales constituyen los lineamientos básicos en el Cuarto Plan de la Nación. A través de un proceso de planificación democrática esos lineamientos serán precisados.

Una primera versión del Plan sirve de base para el trabajo que aceleradamente se realiza, a través de consultas ya iniciadas y que comprenderán a todos los sectores representativos del país. Con ánimo de abierta receptividad se acogerán las sugerencias que hagan, seguros como estamos de que ellas contribuirán a forjar un instrumento audaz y viable, adecuado a nuestra realidad y enderezado al bien común.

La obra cumplida es fruto de la incansable actividad, reconocida idoneidad y generosa dedicación de un valioso equipo de gobierno, cuyos méritos se aprecian más a medida que más se conoce su gestión. La labor de ese equipo consta en detalle en las Memorias de los Despachos respectivos. Si el Congreso así lo acordare, sería muy alentador el que los Ministros pudieran ir compareciendo ante sesiones conjuntas de las Cámaras, para explicar de viva voz y por lo que respecta a las materias que les corresponde, los aspectos más interesantes de la tarea confiada a su competencia.

Quiero hacer para terminar, unas breves consideraciones. Me he propuesto humanizar el Gobierno. Lo he intentado con decisión y pretendo haberlo logrado en la mayor medida posible, sin negar lo anteriormente hecho ni desconocer las fallas y errores de mi actuación. Como mi concepción política se basa en el reconocimiento esencial de la dignidad humana, pienso que donde no esté presente el sentido humano de la vida faltará el ingrediente principal.

Me he propuesto contribuir a humanizar las ciudades y los campos, las fronteras geográficas y las relaciones entre nuestra propia gente y la del nuestro con los otros pueblos.

Me he propuesto dar todo el aporte de que sea capaz al ideal de humanizar la economía, para que ella, como nuestra Carta Fundamental lo proclama, esté al servicio del hombre, Creo necesario incentivar e impulsar la creación de riqueza nacional, pero esta aspiración no la consideraría sólidamente fundada si no se enderezara al mejoramiento de la población, de modo obligante, al cambio de la forma de vida de los sectores más necesitados.

 Tengo la sensación de que el país aprecia este propósito. Por todas partes encuentro y he encontrado –aún en los momentos difíciles del año de Gobierno– una amplia comprensión general. De la expectativa favorable de los primeros días se ha pasado a la convicción de que hay efectivamente una voluntad de trabajo al frente del Gobierno, entregada sin reserva al servicio de Venezuela y de que es menester compartirla.

Convertir esa positiva disposición del país en fuerza impulsadora es clave para ganar, en beneficio común, la oportunidad que Venezuela tiene por delante. El avance del cambio y el signo afirmativo de su realización dependen de todos. Se ha andado un trecho mayor de lo que podemos apreciar nosotros mismos, ya que nuestra amplitud de observación está limitada por la inmediación de los hechos. Se ha realizado un movimiento en todos los órdenes, dentro de una clara concepción de las metas que es preciso alcanzar: de la voluntad común depende llevarlo aceleradamente hacia sus objetivos, sobre los cuales existe amplio consenso nacional.

Confiar en su realización no puede ser una utopía. No hay razón ni motivo para no cumplir ese proceso dinámico e irreversible que nos empuja y nos atrae. Sepamos ser dignos, sin resquemor ni mezquindad, de la tarea que nos exige el futuro de Venezuela, el cual depende en gran medida de lo que haga nuestra generación.

 

Ciudadanos Senadores,

Ciudadanos Diputados.

 

Towards a New Hemispheric Treatment – En inglés (1970)

Towards a New Hemispheric Treatment

 

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Speeches of the President of Venezuela, Rafael Caldera, on the occasion of his visit to Washington D.C., from june 2 to june 4, 1970:

  • At the reception by President Richard Nixon.
  • On the White House Lawn.
  • To the National Press Club.
  • Thank you speech at the dinner in his honor in the White House Reception Hall.
  • The Joint Session of the U.S. Congress.

 

Rafael Caldera ante el Congreso de los Estados Unidos (1970)

«En la esfera internacional, es difícil pensar que el pueblo que llegó a la luna no sea capaz de dar una contribución decisiva al desarrollo de otros pueblos», Rafael Caldera.

Discurso del Presidente Rafael Caldera ante el Congreso de los Estados Unidos

Al mediodía del míercoles 3 de junio de 1970 el Presidente de Venezuela, Rafael Caldera, se dirigió al Capitolio de los Estados Unidos donde pronunció un discurso en inglés ante ambas Cámaras del Congreso reunidas en sesión conjunta. A la misma asistieron en pleno el gabinete de Richard Nixon y el cuerpo diplomático. 

Señor Presidente, honorables senadores, honorables congresantes.

El honor que el Congreso de Estados Unidos me hace, al recibirme en esta sesión especial y conjunta, es sobre todo deferencia a Venezuela y a la familia latinoamericana de naciones. Este gesto obliga a mi profundo reconocimiento.

Estamos viviendo, en América Latina y quizás en el mundo, un momento decisivo para la confianza de los pueblos en la libertad. El resultado va a depender de la posibilidad de probar que a través de la democracia, mejor que de cualquier otro sistema, se es capaz de lograr la justicia y de realizar el desarrollo.

Quizás el hecho de venir de la tierra de Bolívar, pletórica de hechos gloriosos en los días de la independencia y de momentos oscuros en su proceso de organización política, un país que mantiene hoy, con inagotable fe, el sistema democrático, justifica que los ojos se vuelvan a observarnos y se oigan con simpatía nuestras palabras.

Sé que al hablar desde aquí me escucha el pueblo de los Estados Unidos. Porque todos los ciudadanos de este gran país, sea cual fuere su preferencia política, su orientación ideológica o su interés económico, saben que aquí se debaten las grandes cuestiones que interesan a la Nación.

El Congreso de esta Nación va a cumplir doscientos años. En 1774 se reunió por primera vez, en Filadelfia. En 1776, su declaración de Independencia inició un nuevo capítulo en la historia política del mundo. Durante estos dos siglos, a través de modificaciones profundas en la geografía, en el comercio y, específicamente, en la mentalidad de los hombres, el Congreso ha funcionado con increíble regularidad.

Es interesante señalar esta larga y continua vitalidad, porque a veces se quiere justificar otros sistemas con el argumento de la duración. Hay quienes se dejan deslumbrar ante la prolongación de sistemas surgidos por la violencia y mantenidos por la fuerza, los cuales en definitiva, sólo producen obras efímeras, destruidas por el movimiento pendular de las contradicciones históricas, En cambio, el sistema democrático ha probado su capacidad de permanecer en medio de las vicisitudes y adaptarse a nuevas necesidades y a nuevas ideas.

Durante esta larga experiencia política, los Estados Unidos han experimentado en su propia carne hondas transformaciones. Sufrieron el rigor tremendo de la guerra civil y los inmensos sacrificios de la guerra internacional. Han vivido etapas de angustiosa tensión. Han sentido orgullosa satisfacción de sus extraordinarias realizaciones y padecido frustraciones, no superadas todavía, que preocupan a sus más elevados espíritus.

En otras latitudes, estos doscientos años han visto pasar diferentes alternativas.

Estaba muy reciente la reunión del primer congreso de los norteamericanos en Filadelfia, cuando Napoleón Bonaparte recorría los caminos imponiendo su omnímoda voluntad. Quince años duró su parábola fulgurante, tiempo bien corto en la existencia de los pueblos.

En este siglo se construyo otro imperio, impuesto por legiones de camisas pardas, que propagaron mitos inhumanos con movimientos de relámpago, alegando la quiebra de la democracia representativa. Fracasaron los nazis, como tarde o temprano cualquier sistema negador de la libertad y de la dignidad humana. Mientras tanto, la democracia subsiste y está llamada a perdurar.

Pero es también cierto, Honorables Senadores y Congresistas, que en el momento actual la humanidad experimenta la urgencia de cambios fundamentales en su vida institucional. El avance increíble de la tecnología les acelera y, por otra parte, los presiona la urgencia de quienes no participan o no lo hacen en plenitud de los beneficios logrados. Este es un hecho indiscutible y no hay excepción en el mundo. Hay países donde las contradicciones se sepultan en el silencio de las catatumbas, pero no por ello se deja de encontrar a través de un análisis agudo, fermento creciente de intranquilidad. Ya pasó el tiempo en que las conmociones y tumultos eran el vergonzante patrimonio de países que no habían adquirido carta de entrada en el club exclusivo de los pueblos civilizados. La ebullición se nota hoy en todas partes. Las facilidades de comunicación, los trágicos conocimientos adquiridos en la guerra y difundidos a través de mil canales, la crisis de algunas ideas morales, todo coadyuva a que, por ambición o por error, se trate de empujar a los pueblos al torbellino de la violencia.

Sabemos que las grandes mayorías, lo mismo en los Estados Unidos que en nuestra América Latina, lo mismo en Europa que en el Asia o en el África, anhelan la paz. Una paz fecunda que permita a las familias criar a sus hijos sin zozobra, adelantar su labor con la seguridad de que el fruto de sus esfuerzos será estable. Pero, para canalizar y fortalecer la voluntad de estas grandes mayorías, para renovar su vacilante de en el porvenir, para esterilizar la disidencia de aventureros y guerreristas, es preciso convertir en realidad un mensaje nuevo.

Ustedes han comprendido que una sociedad libre para sobrevivir y justificar su supervivencia, debe esforzarse en impedir que una gran parte de ella, aun minoritaria, vegete en la pobreza y en el subdesarrollo cultural. Así mismo, en la comunidad de naciones, y concretamente en este hemisferio, para asegurar la paz y garantizar la libertad tenemos que esforzarnos en cerrar la brecha cada vez mayor entre la opulencia y la miseria, entre el desarrollo fantástico de la tecnología y el subdesarrollo.

Densas promociones de jóvenes están imbuidas de esta verdad, aunque actúan de modos diferentes. Unos, los más, se entregan al estudio de los sistemas sociales y políticos, de las modulaciones de la vida económica, de las posibilidades técnicas para transformar al mundo. Otros, los menos, se dejan seducir por un afán de destruir, con la idea ingenia de que la destrucción de lo existente bastaría para que surgieran después las fórmulas que hicieran al hombre más feliz. Es quizás el bullicio de estos el que más suena, amplificados por los sistemas de sonidos de la civilización industrial: aquellos están esperando de nosotros un programa claro y convincente, una conducta cónsona con las aspiraciones populares, una actitud optimista para afrontar con confianza el porvenir.

Una verdad reconocida en nuestra época es la existencia de la comunidad internacional. El aislamiento ya no tiene lugar. Cada vez son más cortas las distancias físicas, lo que hace más absolutamente anacrónicas las distancias psicológicas entre seres humanos. Dentro de cada país, ya no se acepta más la falsa idea de que un grupo de privilegiados pueda menospreciar las condiciones infrahumanas de existencia en que se encuentran otros. Asimismo, ya está definitivamente obsoleta la idea de que algunos pueblos poderosos y ricos, podrían desentenderse del drama de otros pueblos, que por una razón u otra no han podido alcanzar su desarrollo económico y social. Decisiones que a veces permanecen confinadas al ámbito doméstico, pueden tener repercusiones increíbles en la vida exterior.

Venezuela, por ejemplo, exporta petróleo. Nuestra economía depende en gran parte de nuestras exportaciones petroleras. Cualquier decisión relativa al acceso del petróleo venezolano al mercado norteamericano repercute enormemente a nuestras posibilidades de vida y desarrollo. Durante el último decenio, la posición relativa de nuestro petróleo en los Estados Unidos ha ido sufriendo deterioro. Nuestro pueblo no puede entender que se nos haga objeto de trato discriminatorio. En las situaciones de peligro que ha atravesado el mundo, y en particular este hemisferio, la seguridad del suministro de combustible por parte de Venezuela ha constituido la mejor garantía de la disponibilidad de energía para las confrontaciones decisivas. Por otra parte, las divisas producidas por nuestras exportaciones han sido base para nuestra estabilidad monetaria. Ellas han permitido ofrecer al comercio exterior una aportación importante. Para los Estados Unidos somos, a pesar de nuestra modesta población, el tercer cliente en el ámbito americano y el noveno en el ámbito mundial.

Un trato justo, no discriminatorio, que asegure la presencia firme del petróleo venezolano en el mercado norteamericano y una participación razonable en su expansión, rebasa los términos de un simple arreglo comercial. Es condición del cumplimiento de los programas de desarrollo de un país vecino y amigo y clave de orientación de las relaciones futuras entre los Estados Unidos y la América Latina.

La existencia de estas cuestiones es un hecho. Anoto con satisfacción el que ese hecho está en vías de ser debidamente reconocido. La tesis de Venezuela es la de ventilar en la forma más clara posible los asuntos relativos al petróleo, que por sí mismo constituye un bien cuyo aprovechamiento es interés común de la humanidad. No pretendemos ningún ventajismo; nuestros intereses nacionales en el punto resisten el análisis más cuidadoso y están dispuestos a verificarse en las conversaciones más amplias.

Problemas similares afrontan los demás pueblo de América Latina. Productores de materias primas, ven deteriorarse o estancare sus precios, mientras suben los productos industriales. La baja de un centavo en cada libra de café, o de bananas, o de estaño, o de cobre, ¿Cuántas escuelas u hospitales hace cerrar, cuántos trabajadores hace despedir, cuantos dolores causa, cuántas rebeldías engendra en países amantes de la paz, capaces como cualquier otro de lograr un destino feliz?

Argumentos poderosos para un nuevo trato hemisférico, son las comparaciones entre la cantidad de productos primarios que era necesario entregar hace diez años a los países desarrollados para adquirir un tractor o para pagar los estudios de un joven en un instituto tecnológico y las que se nos exigen ahora. Suben los precios de las manufactureras, en parte porque es necesario y justo mejorar las condiciones de vida y de trabajo de los obreros que en su producción participan. Mientras tanto, se ejercen presiones para bajar el precio de los productos, de los cuales derivan los países en vías de desarrollo sus posibilidades de subsistencia.

La fórmula para lograr relaciones felices que a su vez traduzcan en amistad y cooperación internacional la influencia de este Hemisferio en el resto del mundo, no puede ser la lucha despiadada por comprarnos más barato y vendernos más caro. La tesis de que más comercio hará menos necesaria la ayuda, es correcta, en la medida en que el comercio sea más justo y esa justicia se traduzca para los pueblos en vías de desarrollo en una posibilidad mayor de lograr su urgente transformación. Creo en la Justicia Social Internacional. Según la concepción de Aristóteles, la justicia ordena dar «a cada uno lo suyo». En el devenir de su pensamiento a través de la filosofía cristiana «lo suyo» no es sólo lo que a cada hombre corresponde, sino también lo que a «la sociedad» corresponde para «el bien común». No hay dificultad alguna en trasladar este concepto a la comunidad internacional.

Así como la sociedad, el ámbito nacional, tiene derecho a imponer relaciones distintas entre sus miembros, así la comunidad internacional exige a los diversos pueblos una participación cónsona con su capacidad para que todos puedan llevar una existencia humana. Las obligaciones y derechos de los distintos pueblos han de medirse, por ello, en función de la capacidad y de la necesidad de cada uno, para hacer viables la paz, la armonía y el progreso y todos podamos avanzar dentro de una verdadera amistad.

Ustedes representan a un pueblo que ha logrado una suma de poder y riqueza. Dentro de su propio país, a ustedes los inquietan los sectores que no han logrado asegurar un nivel de vida satisfactorio y se esfuerzan a darles la posibilidad de salir del estado de marginalidad social e incorporarse de lleno a los beneficios logrados por la comunidad nacional. En la esfera internacional, es difícil pensar que el pueblo que llegó a la luna no sea capaz de dar una contribución decisiva al desarrollo de otros pueblos.

He dicho al comenzar estas palabras que tengo la percepción de que hablo a todo el pueblo de los Estados Unidos. Estoy convencido de que el fututo del hemisferio depende de la medida en que ese gran pueblo haga suya la decisión de convertirse en pionero de la justicia social internacional. De asumir decididamente las cargas, obligaciones y compromisos que su inmensa riqueza y poderío le imponen frente a la América Latina y frente al mundo. En la medida en que ese pueblo, tan digno de nuestra admiración y de nuestra amistad, advierta que con lo que ha costado el programa de uno de los Apolos podría elevar el nivel de prosperidad y de felicidad de naciones como la nuestra, de cuya seguridad depende la suya, en esa medida estará abierto el camino para nuevos empeños y los doscientos años de experimento político de ustedes serán apenas el pórtico de varios siglos de vida democrática en el hemisferio occidental.

«Hay que repetir una y mil veces que ser diferentes no implica ser mejor ni peor. Los latinoamericanos tenemos nuestra propia forma de vida y no queremos adoptar servilmente las formas de vida que prevalecen en otras partes», Rafael Caldera.

Deseamos que los Apolos continúen explorando el espacio. Pero los resultados de esa misma exploración hacen más imperiosa la necesidad de lograr que en la tierra todos los hombres vivan mejor.

Con este objetivo podemos entusiasmar a los jóvenes para una empresa ante la cual lo negativo se aparte y una rotunda afirmación prevalezca. Podemos inflamar el ánimo de las nuevas generaciones para el rescate de la idea de libertad. Buscando libertad vivieron a Norteamérica hombres jóvenes como era el francés Lafayette, el polaco Kościuszko o el venezolano Miranda. Bolívar, el Libertador, dijo en un memorable discurso al Congresos de Angostura en 1819 de esta nación «que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en la libertad y se alimenta de pura libertad». La libertad puede sufrir su crisis más dura si no se alimenta con las realizaciones de la justicia social. El escepticismo de los jóvenes sobre la libertad y la década de los años 30 produjo la arremetida del fascismo y el nazismo, que amenazaron arrasar hasta los cimientos de la civilización actual no podemos dejar ahora a la juventud sucumbir ante el llamado de la violencia y ante la negación de los valores fundamentales que dieron a la democracia vigencia.

Yo he sostenido y sostengo, Honorables Senadores y Congresistas, que una robusta amistad con nuevo signo entre los Estados Unidos y la América Latina es una necesidad, no sólo del hemisferio, sino de todo el planeta que habitamos Hay que comenzar por un esfuerzo de comprensión. Hay que repetir una y mil veces que ser diferentes no implica ser mejor ni peor. Los latinoamericanos tenemos nuestra propia forma de vida y no queremos adoptar servilmente las formas de vida que prevalecen en otras partes. Tenemos un fiero amor a nuestra independencia; ponemos nuestra dignidad por encima de nuestras necesidades. Para nosotros, como para ustedes según lo han demostrado en los momentos decisivos de su historia los valores del espíritu privan sobre los intereses materiales. Sabemos que podemos contar con la comprensión de ustedes, porque como un gran filósofo contemporáneo, Jacques Maritain, ha dicho, «el pueblo americano es el menos materialista entre los pueblos modernos que han alcanzado la etapa industrial».

Yo estoy orgulloso de ser latinoamericano. Ello no me priva de entender y admirar otras culturas, ocupa la de ustedes un sitio relevante. Como latinoamericano puedo afirmar en este lugar tan representativo del pueblo norteamericano, que es hora todavía de encontrar el sólido terreno para levantarse sobre bases autenticas en el entendimiento que deseamos.

Hay en nuestro país como en todos los países gente para la cual el único objetivo es actualmente el «odio estratégico» contra los Estados Unidos. Son minorías comprometidas ideológicamente en una lucha  que aspiran convertir en verdadera guerra civil internacional. Pero su éxito sería muy pequeño, no obstante ser activas y estrepitosas si no hubiera inmensos sectores cuyos sentimientos pueden fácilmente convertirse en antagonismo, porque no están contentos con actitudes que con razón o sin ella atribuyen a los Estados Unidos.

Cuando las declaraciones de algunos políticos llegan a las columnas de nuestra prensa, cuando la conducta de algunos hombres de negocios no corresponde a los que debería ser, una sensación de incomodidad invade la sensibilidad de nuestra gente porque para bien o para mal somos sentimentales.

Del mismo modo, al hombre común de Norteamérica le llegan a menudo imágenes desfavorables del hombre común latinoamericano. El «latinoamericano feo» ha de ser para muchos (sin un «best seller» que lo pinte) la encarnación real de sus intratables vecinos del Sur. Esto no debe ser.

El hecho de que el Senado y la Cámara de Representantes, en momentos de tan intensa actividad dentro de la política interior del país se hayan reunido para recibir al Presidente de una República latinoamericana y escuchar bondadosamente sus sinceras observaciones, será recibido allá como una prueba de buena voluntad y un signo que anuncia grandes posibilidades para una amistad renovada.

Los valiosos intentos que se hacen en ambos lados con el fin de lograr un entendimiento sincero tienen que pasar a la opinión general de nuestros respectivos pueblos, cuya decisión es final en el sistema de gobierno democrático.

Por ello es necesario que los dirigentes políticos, a la par de los dirigentes culturales, y los dirigentes económicos, hagamos en esfuerzo sostenido para llevar la concepción de una nueva política hemisférica hasta el corazón de nuestros compatriotas.

No basta que los presidentes conversen: es necesario que lo que de positivo puedan acordar reciba un franco respaldo en los Congresos y que estos, a su vez, cuenten con la conformidad de los ciudadanos, como electores y contribuyentes.

Estamos convencidos de que si entre los Estados Unidos y América Latina no pudiera lograrse una amistad verdadera y durable basada en la justicia, dispuesta a la revisión franca de los procedimientos, mal podría el universo aspirar a una organización fundada en el entendimiento general.

Por lo contrario, sabemos firmemente que una nueva, vigorosa y fructífera relación hemisférica, impulsada por el valiente rechazo de todo la que el pasado puede obstruir los justos términos de intercambio, será la mejor contribución de este hemisferio por la paz mundial.

Al cumplir la democracia sus doscientos años de vida, demostremos que sigue siendo el mejor sistema de gobierno.

Audio traducido del discurso:

Palabras en el acto de apertura del Congreso de Educación Primaria (1971)

Rafael Caldera al inaugurar el Congreso de Educación Primaria. Caracas, 21 de marzo de 1971.

Palabras en el acto de apertura del Congreso de Educación Primaria

Palabras del Presidente Rafael Caldera al instalar el Congreso de Educación Primaria. Caracas, 21 de marzo de 1971.

A los cien años del célebre Decreto de Guzmán que estableció la instrucción pública obligatoria y gratuita, nada más oportuno que evaluar el proceso de la educación popular en Venezuela, señalar rumbos para su mejor aprovechamiento y estimular la participación de todos los sectores, en una tarea tan trascendente como lo es la formación de la conciencia y de los hábitos del pueblo. Guzmán Blanco, en el primer Considerando del Decreto de 27 de junio de 1870, establecía una declaración, que se encuentra en las constituciones modernas, con la única observación de que hay un vocablo que ha sido sustituido por otro, para darle una significación más integral. El habla de dicción o prosa hablando de educación, pero expresa en su primer considerando, que «todos los asociados tienen derecho a participar en los trascendentales beneficios de la instrucción».

Llegaban a Caracas los ecos del empeño puesto en la Argentina por Domingo Faustino Sarmiento, que en frase gráfica había dicho «el pueblo es el soberano, hay que educar al soberano». Llegaron también, por encima de las suspicacias derivadas de una interpretación mezquina del acontecer histórico, los reconocimientos que en Chile y otras naciones de nuestro continente se hacían a la incomparable labor de Andrés Bello, quien desde su Rectorado de la Universidad de Chile dirigía el Consejo de Educación y a través de él estimulaba con su esfuerzo, y los resultados fueron tangibles, la formación del pueblo a través de la educación.

Es cierto que los dos Guzmán, padre e hijo, por encima de ese mar de suspicacias que a una Junta Municipal ignominada la hizo rechazar un retrato de Bello para considerar «si más adelante se establecía en la Municipalidad de Caracas una sala destinada a personalidades extranjeras», supieron en medio del fragor del combate, de la pasión, del encono partidista y de su inquebrantable devoción por la causa liberal, que se debía, sin ninguna razón hostil al Magisterio de Bello en Chile, rescatar esta actitud. Por orden de Guzmán Blanco está en la Casa Amarilla, presidiendo las labores de la Cancillería, aquel retrato que en una hora infausta, representantes (que por cierto no fueron elegidos por el pueblo) de Caracas, habían rechazado a uno de los hijos más ilustres de esta capital venezolana.

Llegaba el eco de Sarmiento, llegaba el eco de Bello. Se sentía la necesidad de impulsar un proceso que pusiera al pueblo en efectiva capacidad de disponer de su destino. Por eso, el Decreto refrendado por el Ministro Sanabria era acompañado de una medida fiscal, la de crear la llamada «estampilla de instrucción», timbre fiscal que iniciaba una renta para acometer con más entusiasmo que recursos, la gran tarea de difundir la enseñanza primaria de Venezuela.

De entonces a acá la obra realizada, hay que reconocerlo, es inmensa. Para este año, entre educación preescolar y primaria tenemos más de 1.800.000 alumnos (probablemente más de la población total del país en el momento del Decreto de Guzmán). Los atienden más de 50.000 docentes y forman la base sólida de un total de esfuerzo educativo que llega a más de 2.400.000 alumnos y a más de 80.000 docentes, con un aumento total entre un año y otro, de más de 157.000 estudiantes en la matrícula, de los cuales más de 100.000 van a la educación primaria y preescolar. Quizás pocos países en el mundo, quizás ninguno en este continente han realizado un esfuerzo similar.

Especialmente los últimos decenios han revestido una intensidad especial. Pero, por eso mismo, es el momento de pensar hasta qué punto ese esfuerzo que el país realiza está dando todo el rendimiento exigido; hasta qué punto la tarea cumplida rebasa los límites de los guarismos para ir a la realización cabal del empeño de promoción humana a que nos sentimos más decididamente llevados, a medida que cultivamos más un esfuerzo nacionalista para hacer a Venezuela dueña y soberana de su destino.

Por eso, es una coincidencia feliz la de que el Congreso no solo se realice con ocasión del Centenario del célebre Decreto de Guzmán, sino también del Sesquicentenario de la inolvidable Batalla de Carabobo. Las naciones se hacen con hombres, y la promoción humana es el primer deber cuando se realiza cualquier programa de desarrollo.

Recuerdo que hace unos pocos años, un Ministro de Educación que había sido maestro y dirigente gremial, en un Día del Maestro, expresaba, más o menos en estos términos, la siguiente idea: «Hemos realizado algo notable en lo cuantitativo. Es necesario que nos pongamos a examinar ahora hasta qué punto hemos alcanzado las metas en lo cualitativo». Hablar sobre este tema, revisar este asunto, ofrecerle a quienes dirigen la educación en Venezuela la evaluación de las distintas condiciones administrativas, de ejercicio docente directo, o de las otras múltiples actividades en la enseñanza que nos da la experiencia, las enmiendas que tenemos que hacer, los caminos que hemos de trazar para responderle satisfactoriamente al país, en su forma de nuevas generaciones debe ser el objeto de este Congreso.

Sentimos que nuestros niños aprenden más cosas. ¿Hasta qué punto ello va a tono con la formación del espíritu para el cambio veloz que la humanidad experimenta? ¿Hasta qué punto estamos logrando robustecer el carácter para que puedan asumir con energía el papel que a las nuevas generaciones corresponde?

Cuando analizamos cada uno de los grandes problemas nacionales, desde el amor a la naturaleza hasta el mantenimiento de la paz y el respeto recíproco entre todos, sentimos que el punto de partida de las actitudes y la garantía del éxito en las empresas hemos de encontrarlas en las aulas de la Escuela Primaria. ¿Hasta qué punto logramos despertar en nuestros niños amor por la naturaleza? ¿Hasta qué punto logramos sembrar en ellos una preocupación por conservar y acrecentar los recursos que la providencia nos dio? ¿Hasta qué punto levantamos en su inquietud un interés de serio y decidido por el conocimiento científico y por la adquisición de la técnica? ¿Hasta dónde logramos que ellos entiendan que los objetivos por lograr no habrán de obtenerse solamente con buenas intenciones o con declaraciones hermosas, sino con el trabajo diario y fecundo, con esa mística del trabajo sin la cual es imposible lograr la grandeza de ningún pueblo? ¿Hasta qué punto estamos transmitiendo ese mensaje y a través de nuestro esfuerzo en la educación?

Asistentes a la instalación del Congreso de Educación Primaria.

Hace algunos años tuve el privilegio de conversar en una forma larga y tranquila con uno de los hombres más importantes de la nueva humanidad surgida después de la Segunda Guerra Mundial: el doctor Adenauer, Canciller de Alemania. Al expresarle yo mi admiración por la obra estupenda de reconstrucción de un país que resurgía entre las ruinas de una espantosa catástrofe, me respondía con una modestia que no sé hasta qué punto era más bien como un orgullo nacional expresado en suaves palabras: «Alemania es un país pobre; no tiene más riqueza que el trabajo». Pero, precisamente, el trabajo es una riqueza mayor que el petróleo, una riqueza mayor que las minas, una riqueza mayor que cualquier otra, la única capaz de multiplicar las capacidades de una nación cualquiera y elevarla por sobre sus caídas y reconstruirla por sobre su fracaso. Me preguntaba entonces hasta qué punto nosotros, en el gran esfuerzo que estamos realizando por la educación de nuestros niños, podemos inculcar en ellos como una mística irrenunciable el amor al trabajo.

Son muchos los aspectos por los cuales se paseará, sin duda, este congreso, integrado por gente que sabe lo que tiene entre manos, que ama a los niños, que los conoce, que ha vivido con ellos y que puede desahogar su experiencia para entregarla como un crisol a la formación de conclusiones positivas en su favor. Creemos necesario hacer todo lo que esté a nuestro alcance, y más si fuera posible, por llevar a los alumnos ese amor por la naturaleza, ese interés por la ciencia y por la técnica, esa voluntad de trabajo, la comprensión de los valores sociales y humanos, sin los cuales los objetivos trazados en el preámbulo de la Constitución, por los cuales luchamos sin descanso, y de cuya realización, aunque imperfecta, nos sentimos orgullosos, estaría expuesta a desaparecer en cualquier madrugada de la historia. La paz, la libertad y la armonía, esa armonía quién en el pensamiento de Fermín Toro era la que podía realizar el concurso equilibrado y constructivo de la unidad y de la variedad. Unidad, en la afirmación de los valores fundamentales de la comunidad nacional, unidad en el esfuerzo, en las ideas y en las preocupaciones; armonía, para que la variedad no conduzca a la dispersión de las capacidades; para que la unidad no se convierta en regimentación autoritaria y destructiva de la comunidad. Es el mismo pensamiento de Bello: educación integral: intelectual, moral y física.

Fortalecimiento y sanidad del cuerpo; ilustración del entendimiento y adquisición, no solo de los conocimientos del día, sino de la capacidad de adquirirlos, los que a cada momento surgen en la aventura tecnológica impresionante que la humanidad experimenta. Educación moral, para que el hombre se forje en la conciencia de la rectitud, de la honestidad y del bien, y para que entienda que por encima de sus apetitos y de sus intereses, por muy respetables que éstos sean, existe algo que emana de la comunidad y nos impone a todos, sacrificios de adaptación para que el empeño común se exprese en resultados realmente positivos.

Tiene este Congreso entre sus objetivos el de ahondar el concepto de la participación de la comunidad. Comunidad educativa y fortalecimiento de todo lo que tenga alguna relación con la educación con la Comunidad, que hace del estudiante, no un objeto pasivo en el cual se han de verter unas cuantas ideas, sino un sujeto activo que participa, que busca por su propio esfuerzo, aunado y acompañado por el padre y por el maestro, posiciones y objetivos, en forma al fin y al cabo dependiente de su propia energía y de su propio impulso. Presencia del maestro, del padre y del representante en entendimiento seguro. Es de los mejores educadores de quienes hemos oído la reiteración de que el 50% del esfuerzo se pierde si no existe armonía para que el medio familiar corresponda a los anhelos de una personalidad en pleno proceso de auge floreciente.

No creemos ya en los padres y madres que tomaban la lección a los hijos o que a través de castigos les querían imponer a rabiar el cumplimiento del deber escolar, pero tampoco debemos creer en los padres y madres que no saben dónde está la escuela, ni qué dice, ni qué quiere, que no preparan la receptividad ante la enseñanza del maestro, que no están dispuestos a cooperar para que la ardua tarea pedagógica de la juventud tenga un clima propicio que pueda hacer rendir frutos en su ánimo.

Todo esto espera el país del presente Congreso. Un Congreso amplio, abierto, un Congreso que no es para discutir ni para ventilar posiciones parciales; un Congreso para escuchar la voz de los que saben y procesarla, para que de allí resulten iniciativas que van dirigidas a los niños y, a través de ellos, a la Nación que estamos obligados a formar.

Resuenan en nuestros oídos las palabras de El Libertador. En aquella fuente inagotable encontramos mucho que nos hace sentir hondamente el papel que la educación tiene que llenar en un país para ser digna de su alta función. El maestro es —según él— «el hombre generoso y amante de la Patria, que sacrificando su reposo y su libertad se consagra al penoso ejercicio de crearles ciudadanos al Estado, que le defiendan, que le ilustren, que le embellezcan y le engendren otros tan dignos como él», es sin duda «benemérito de la Patria, merece la veneración del pueblo y el aprecio del gobierno, él debe alentarle y concederle distinciones honrosas».

Estoy seguro que los organizadores de este Congreso no desean otra cosa que fortalecer esa imagen del maestro venerado, respetable, capaz de sacrificar horas al reposo, de limitar por propia decisión su libertad para entregarse a las criaturas que tiene entre sus manos, dispuesto a forjarle ciudadanos al Estado, a la Nación creadora, y a darle a las nuevas generaciones ejemplo de rectitud, de honestidad y de bien. Yo felicito al Delegado del Ministerio de Educación y a la Comisión Organizadora por el éxito de sus labores, hago los votos más sinceros para que estas jornadas dejen un resultado feliz, y atendiendo a la cordial invitación de su Mesa Directiva, declaro formalmente instalado el Congreso de Educación Primaria.

Discurso en el Sesquicentenario de la Batalla de Carabobo (1971)

Rafael Caldera en el Campo de Carabobo en 1971
El presidente Rafael Caldera durante su discurso en la conmemoración del Sesquicentenario de la Batalla de Carabobo.

Si miramos atrás, es para reforzar la decisión de marchar adelante

Discurso en el Campo Carabobo con motivo de la celebración del Sesquicentenario de la Batalla que le dio la libertad a Venezuela, el 24 de junio de 1971.

 

Desde la ciudad de Valencia, el 25 de junio de 1821, el Libertador comunicaba al Congreso de la Gran Colombia reunido en la Villa del Rosario de Cúcuta: «Ayer se ha confirmado con una espléndida victoria el nacimiento político de la República de Colombia». Una semana más tarde, en Caracas, decía a sus coterráneos con estremecedor laconismo: «¡Ya, pues, sois libres!». Como si hubiera dicho: he logrado la libertad para mis compatriotas: ahora les toca mantenerla.

Sobrio, hermoso, vibrante, el parte de batalla. Noble generosidad, en el reconocimiento a José Antonio Páez, a quien en nombre del Congreso ha ofrecido, en el propio lugar del combate, el grado de General en Jefe. Sentidos rasgos elegíacos, en el adiós a Cedeño y a Plaza. Severa elocuencia en el estímulo al «impertérrito» Aramendi, al «intrépido» Rondón, al «valiente» Muñoz, al «benemérito» Farriar y a su insigne Batallón Británico; a Heras, a Rangel y a todos aquellos heroicos soldados cuyo coraje compendia en esta frase: «nada hará jamás bastante honor al valor de estas tropas». Y firme espíritu republicano, al concluir rindiendo ante el Congreso su Ejército, «el más grande y más hermoso que ha hecho armas en Colombia en un campo de batalla».

Bolívar sabía perfectamente y lo sabían también sus compañeros de armas, que eran protagonistas de una historia sin par. Sus hechos motivaron la frase de Martí: «¡Toda la nobleza de la libertad tiene allí cuna: no tuvo pueblo jamás mayor nobleza!». Ese pueblo estuvo allí presente: sacrificado y leal en el gesto antológico de Pedro Camejo, valeroso y constante en la acción anónima de incontables guerreros humildes, a los que hemos querido honrar perennemente, por sus esfuerzos del ayer y de hoy, con el monumento al soldado venezolano que en esta fecha dedicamos.

Nosotros vemos esa historia desde una perspectiva que la hace lejana, en inmóvil serenidad de piedra y bronce. Pero la velocidad de su ritmo nos espanta cuando repasamos la cronología de aquellas jornadas increíbles.

El 15 de agosto de 1818, Bolívar había anunciado a los neogranadinos: «El día de la América ha llegado, y ningún poder humano puede retardar el curso de la naturaleza guiado por la mano de la Providencia». El 15 de febrero de 1819, en el incomparable discurso de Angostura, traza rumbos precisos al porvenir de nuestras patrias. El 7 de agosto, en Boyacá, muestra de súbito que su concepción no era un sueño, sino una palpitante realidad. El 26 de noviembre del año siguiente, en Trujillo, negocia, de quien a quien, un armisticio y la regularización de la guerra con los que poco antes lo miraban como un cabecilla insurgente. El 24 de junio, en Carabobo, asegura la liberación de Venezuela. El mismo día pasa a Valencia. El 29 entra a Caracas. Allá lo aclama –narra Briceño Méndez– «un pueblo que enajenado de placer corría en tropel a participar de la felicidad de volver a ver, estrechar y abrazar mil veces al Padre de la Patria».

Pero no está para entregarse a las expansiones legítimas de la familia o la amistad o a la nostalgia por su ciudad natal. Abre marcha de nuevo. El 14 de julio, vuelto a Valencia, pide al Congreso como recompensa de su triunfo, decretar la libertad de los hijos de esclavos, que nazcan en Colombia. El 30 de agosto llega a Maracaibo. El 2 de octubre presta juramento ante el Congreso de Cúcuta. El 14 de diciembre, desde Bogotá, emprende la campaña del Sur. El 16 de junio de 1822 entra en Quito: se habían ganado Bomboná y Pichincha, no transcurrido un año aún de Carabobo. Entra el 11 de julio a Guayaquil. El 1º de septiembre de 1823 está en Lima; once meses de dificultades incontables, pero impotentes para mellar su voluntad, culminan en la victoria de Junín. Y mientras Sucre prepara el triunfo de Ayacucho, él convoca formalmente, el 7 de diciembre de 1824, a las naciones hispanoamericanas para reunirse en Panamá, en un Congreso de Plenipotenciarios destinado a consolidar su unidad, su soberanía y su integridad.

Rafael Caldera inaugura monumento al soldado venezolano en Campo Carabobo
Monumento al soldado venezolano, inaugurado durante la celebración del Sesquicentenario de la Batalla de Carabobo.

Viaja en abril hacia Arequipa, Cuzco y Alto Perú. Sus decretos de Cuzco son estimados como los más notables del Siglo XIX en pro de los indígenas. El 2 de agosto escucha en Pucará la profecía de Choquehuanca: «Con el tiempo crecerá vuestra gloria como crece la sombra cuando el sol declina». El día 6, a un año de la batalla de Junín, tiene lugar la creación de Bolivia. El 25 de mayo de 1826, envía a Sucre su proyecto de Constitución. Y al instalarse, el 22 de junio de 1826, en Panamá, el Congreso de Plenipotenciarios, llega al punto de ver casi lograda la unidad de América, ilusión definitiva de su vida.

Luego vinieron la amargura y el tránsito. Pero sus ideas y su ejemplo continuaron ganando batallas. Sobre corcel de bronce ha entrado cabalgando, no sólo a las ciudades que vieron sus hazañas, sino a otras que lo contemplan desde distancias de leguas o de siglos. Por el lustre de sus ejecutorias se le han levantado hermosas estatuas en Buenos Aires y en Santiago de Chile, en México y en Centro América, en Nueva York y en Washington, en París y en Roma. Su más significativa victoria acaba de ganarla en la tierra de donde vinieron sus mayores y donde nacieron aquellos a quienes combatió en Carabobo, al entrar triunfalmente a Madrid, a la que debe contemplar desde su mudez estatutaria, no sólo como la cuna de Teresa, la tierna esposa de su juventud, sino como la antigua capital de un Imperio, convertido, a fuerza de pujanza, en manojo de patrias soberanas.

Con referencia a Carabobo, apuntó Rafael María Baralt: «Las atenciones de la guerra, las tempestades civiles que a éstas siguieron, un fondo grande de levedad y de indolencia en el carácter nacional y mucha dosis de ingratitud, hizo que, pasados los primeros instantes de alborozo, se olvidaran los triunfos, los triunfadores y los monumentos. Acaso nuestros hijos, más felices y virtuosos, satisfarán la deuda de la patria, honrando las cenizas y la memoria de sus héroes».

Aquí estamos, pues, más felices, aunque no tan virtuosos, honrándolos, como Baralt quería. Honrándolos con la construcción de obras grandiosas y con realizaciones provechosas para las comunidades que estas tierras habitan. Honrándolos con la transformación, que nuestra generación ha impulsado, de un atrasado país rural en un Estado moderno. Honrándolos con la voluntad de seguir los valores eternos a los que ellos sirvieron y los objetivos de independencia y libertad que inspiraron su lucha y señalan hoy nuestro deber.

Esos tesoros nos costaron mucho, pero valía la pena, como lo dijo Bello:

«¡Tu libertad, cuán caro compraste!

¡cuánta tierra devastada!

¡cuánta familia en triste desamparo!

Mas el bien que ganaste al precio excede

Y ¡cuánto nombre claro

No das también al templo de la historia!»

 

El precio fue, en verdad, muy grande. Centenares de miles de vidas humanas, en la edad mejor para crear, construir y producir; destrucción de posibilidades de prosperidad y progreso; apelar a la fuerza para dirimir las contiendas, en el confiar a la violencia el rumbo de la historia, en el imponer rudamente desaforados apetitos y en el suprimir hasta la posibilidad de disentir, aplastada por el atropello brutal.

Pero, por lo mismo de que nos costó tanto, la libertad fue y es elemento constitutivo de nuestra existencia nacional. Libertad que para los hombres de nuestro tiempo, hastiados de los fuegos fatuos de una literatura de encargo, no es término vacío sino modo de vida, ejercicio de la propia personalidad, seguridad de moverse a voluntad dentro de los linderos del derecho, sin temer persecuciones ni asechanzas.

En esta llanura ardiente de Carabobo se selló un decenio terrible. Aquí se consolidó la Independencia. Aquí se ratificó la voluntad de venezolanos y de colombianos, unidos entonces en una gran República, de no ser gobernados por poderes extraños. De aquí salió Bolívar más firme en su propósito de seguir al Ecuador fraterno, al Perú milenario, al Alto Perú, –que al hacerse República tomó su nombre como presea de nacionalidad– y de incorporar a Panamá, cuyo Istmo consideraba predestinado para asiento del compromiso solidario de los pueblos de América de mantenerse soberanos y unidos. Como observa Lecuna, de aquí irradió una onda de optimismo que llegó a todas las antiguas Colonias españolas y contribuyó a acelerar el proceso de la emancipación: el 15 de septiembre se declaraban independientes los países Centroamericanos; el 21 de septiembre capitulaba la plaza de El Callao y el 28 del mismo mes se consumaba la independencia de México.

La experiencia nos demostró, no obstante, que los valores supremos ni se conquistan de una sola vez ni se tienen asegurados para siempre, una vez obtenidos. Han de volverse a ganar cada día. La libertad doméstica la hemos perdido muchas veces, y ha sido necesario readquirirla: la independencia lograda en lo político ha sido insuficiente y ha estado constantemente amenazada, en la medida en que hemos seguido dependiendo de otros pueblos en lo cultural y económico. Nos enseñaron los Libertadores que ser independientes no significa aislarnos, antes fortalecer vínculos de amistad y participar en las grandes empresas del hombre universal; pero, igualmente, que nuestra participación en el destino de la humanidad y nuestra cooperación con otros pueblos sólo podrán cumplirse en un terreno decoroso, en la medida en que fortalezcamos la conciencia de nuestra propia personalidad, en que seamos capaces de defender nuestros derechos y nos esforcemos en gestionar nosotros mismos nuestros primordiales intereses.

Nos enseñaron –y así venimos a repetirlo en nombre de todos nuestros compatriotas– que nuestros guerreros no lucharon para eternizar odios y que la paz fue vista, aun en medio del dramatismo bélico, como un objetivo final. Bolívar la consideró «más gloriosa que la victoria» en plena euforia por la liberación, pocos días después de Carabobo.

Desfile 150 años batalla de Carabobo
Desfile militar en conmemoración del Sesquicentenario de la Batalla de Carabobo.

Era difícil aprender la lección. Él mismo, con todo el prestigio de su gloria, pese al vigor formidable de su pensamiento, no logró se escucharan sus consejos. Una y otra vez recaímos en el odio de los bandos civiles, que precipitaron las horas más oscuras de nuestra accidentada historia. Una y otra vez reincidimos en contiendas aniquiladoras, sucedidas por períodos de tenebrosa humillación. Después de Carabobo no tenían justificación otras batallas, como no fueran las acciones finales para limpiar el territorio en aquellos lugares todavía en manos de los enemigos: el episodio homérico de la toma de Puerto Cabello, la batalla naval de Maracaibo, que cerró el proceso de la emancipación. Sin embargo, numerosas contiendas internas ocurrieron después y ensangrentaron nuestro suelo, movidas, en alguna ocasión, por ideales, pero perdidas siempre en el desbordamiento de los rencores y de los apetitos. De ellas salió Venezuela maltrecha, pero se fue aclarando la conciencia nacional. No más tiranías, no más odio, no más opresión, no más violencia. Estamos convencidos de la necesidad de preservar a todo trance libertad y paz.

Y como este año sesquicentenario se ha considerado propicio para la exaltación del ejército venezolano, es oportuno recordar estas palabras del Libertador: «El ejército no ha querido más que conservar la voluntad y los derechos del pueblo. Por tanto, él se ha hecho acreedor a la gratitud y al aprecio de los demás ciudadanos; y por lo mismo yo lo respeto. Este ejército ha sido la base de nuestras garantías y lo será en lo sucesivo. Yo lo ofrezco a nombre de este ejército como primer soldado de él, séame permitida esta vanagloria. Yo sé que él nunca hará más que la voluntad general, porque conozco sus sentimientos. Nunca será más que el súbdito de las leyes y de la voluntad nacional». Palabras emitidas en otro 24 de junio (1828), que podemos repetir hoy sin sonrojo, como expresión cabal de la Venezuela nueva que fortalece y ordena sus instituciones para asegurar su progreso.

Camino abierto hacia las metas que antes vieron Bolívar y los otros varones de su generación, ha sido también el aliento fraterno de Venezuela hacia los otros pueblos. Camino abierto y claro; una amistad sin sombras con naciones hermanas y países amigos, cuyas calificadas representaciones nos honran con su asistencia, que da más brillo a esta celebración. Porque si Carabobo no fue desgraciadamente la última de las acciones en que sangre venezolana fue vertida en territorio patrio en la guerra de Independencia, sí fue la única y la última de las contiendas armadas que nuestra nación ha librado en el plano internacional. Es simbólico el que al cerrar las páginas de «Venezuela Heroica», el narrador emocionado de la hermosa y trágica epopeya, dijera lo siguiente: «los rencores que suscitan las contiendas armadas ya no existen: se olvidaron las violentas pasiones, la emulación terrible y la crueldad recíproca; sólo vive el recuerdo de las grandes hazañas y el renombre glorioso de aquellos heroicos lidiadores que opuestos en ideas, tenencias e intereses, riñeron con singular bravura en pro de sus banderas».

La historia nos ofrece rica motivación para el presente. Nos acercamos a los héroes para buscar inspiración constantemente renovada a nuestro afán de lograr plenamente lo que a ellos los impulsó al combate. Encuentro, en este momento, obligante aceptar una invitación: la que Andrés Eloy Blanco formulara hace unas cuantas décadas, cuando todavía nos movíamos entre sombras, y tímidos signos de alborada apenas se atisbaban en la confusa lontananza:

Ven conmigo. Hablemos del presente.

No más hablar de ayer. El ayer sea la calma del altar:

nuestros mayores nos agradecerán seguramente hablar menos de ellos y hacer más por su idea.

Padres, Libertadores, al Panteón, al bronce y a nuestro amor tenaz,

aumentar en sus huertos la cosecha de flores y dejarlos en paz.

La barca de los héroes navega en los desiertos del pasado: llegaron,

abrieron nuestros puertos al sol, nos dieron velas, se volvieron a ir…

ya tenemos cien años hablando de los muertos,

sin recordar que América necesita vivir.

Antes, muerda el hachazo las carnes de la encina;

de la azteca ribera a la playa argentina

mil sirenas de acero revuelvan nuestro mar.

Que diga el Norte atónito: ¡Ya el Sur muestra los dientes!

y a los cuatro horizontes surjan los cuatro puentes

por donde el pueblo ha de pasar.

La Venezuela que viene por mis labios a rendir homenaje al Padre de la Patria y a la pléyade egregia de quienes, venidos de toda Venezuela, y de Colombia y otros puntos del nuevo y viejo mundo, lucharon por nuestra libertad e independencia, es una Venezuela empeñada en ganar y volver a ganar cada instante la batalla de la libertad. Libertad que se asienta en el respeto a la persona humana de cada uno de los habitantes del país, se expande en la pluralidad del pensamiento y de la acción política y se realiza en el derecho de cada hombre, de cada familia y de cada grupo a participar en el orden social y económico y en la construcción de un sistema que ofrezca posibilidades a todos.

Y es, asimismo, una Venezuela decidida a fortalecer su independencia. Conocemos a fondo los graves problemas que hemos de resolver; sabemos de nuestras fallas y limitaciones; tenemos presente la dimensión exacta del gigantesco esfuerzo requerido para lograr el desarrollo. Estamos empeñados en manejar con nuestras propias manos nuestros más importantes recursos, a través de un firme nacionalismo democrático; y el espíritu de Bolívar sabe que no venimos ante él con las manos vacías, ni mucho menos con el corazón trémulo, cuando nos acercamos a prometerle que su ejemplo será siempre nuestra mejor inspiración y aliento. Que en su pensamiento y en su acción vemos la fuente insustituible para robustecer la soberanía nacional en el campo político, cultural y económico; cumplir nuestros propósitos de lograr el desarrollo en todos sus aspectos y promover al pueblo, sujeto insustituible y término obligado de nuestros esfuerzos y progresos y de nuestro afán por realizar la justicia social interna e internacional.

Si miramos atrás, es para reforzar la decisión de marchar adelante. Es adelante donde Bolívar nos conduce. Desde su solio, en campo abierto, en la monumentalidad de Carabobo, nos marca el rumbo inapartable de la libertad, la paz, la independencia y la grandeza de la patria.