Nacido en la provincia venezolana, Rafael Caldera creció en el seno de una familia modesta donde aprendió a ejercitarse en eso que llamaría después el taller del propio esfuerzo. Huérfano de madre a los dos años, se harían cargo de él —como padres muy amantes— sus tíos María Eva Rodríguez Rivero y Tomás Liscano, matrimonio que no tuvo otros hijos. Estudió en la escuela pública en San Felipe, luego en el Colegio de San Ignacio en Caracas.

Hizo sus estudios de derecho, hasta el doctorado, en la Universidad Central. De trayectoria intelectual y académica objeto de reconocimiento internacional, poseedor de varias lenguas, pudo decir con verdad que era cien por ciento hecho en Venezuela. Casó con Alicia Pietri Montemayor. Tuvieron seis hijos y la dicha de celebrar juntos casi setenta años de matrimonio. De intensa vida pública, cuidó siempre la intimidad de su hogar, donde le gustaba reunir a sus hijos y nietos. Practicó diversos deportes en su juventud y hacía ejercicio a diario. Aficionado al billar, las bolas criollas, a los viajes, su preferencia siempre estuvo en el dominó.

Cristiano, de fe honda y recia, sin estridencias, consecuente a lo largo de su vida, una de sus mayores alegrías y satisfacciones fue la cercanía que pudo tener con el Papa Juan Pablo II.

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