Homilía en el novenario del doctor Rafael Antonio Caldera

Colegio San Ignacio, 4 de enero de 2010

Jesús Orbegozo S.J.

Queridos hermanas y hermanos en Cristo:

La celebración de la Eucaristía es un espacio donde los cristianos expresamos nuestra fe en Jesucristo, el hijo de María, donde nos sentimos hermanos y hermanas, e hijos de un mismo Padre.  Esta fe es el lazo que nos une y nos permite reconocernos como hermanos, hermanas e hijos.

La lectura del Libro de los Números nos puede ayudar a enmarcar los sentimientos que afloran en un tiempo de separación y despedida de un ser querido. En el Libro se nos indica cuál es el modo como el Señor desea que se bendiga a su pueblo y a sus hijos. Y dice así: «El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer tu rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz».   Este es el modo como el Señor nos mira, de modo cercano para que su rostro resplandezca en cada uno de nosotros y nos transforme; nos mira con benevolencia, concediéndonos la paz.  Y esta es la manera como se nos invita a desear la bendición de Dios sobre nuestros seres queridos. Así se la deseamos al Dr. Rafael Caldera, que estará ya en presencia del Padre, y así les deseo esta bendición a todos ustedes presentes en esta eucaristía, especialmente a su familia: esposa, hijos, nietos,…

En estas palabras no voy a intentar realizar una semblanza del Dr. Rafael Caldera, un intento que con mucho sobrepasa mis capacidades y que otros ya lo han realizado con acierto y esmero. Me voy a concentrar sólo en llamar la atención sobre un aspecto de su persona, su formación. Algunos de ustedes, muy probablemente, le oyeron decir que estaba formado por los «viejos jesuitas».  Personalmente, me resuenan varios temas. Primero,  me llama la atención que una persona, como el Dr. Caldera, con un currículum académico tan amplio, hiciera referencia a la formación recibida en manos de los «viejos jesuitas»,  como algo que marcó el rumbo de su vida entera. De su tiempo en el Colegio San Ignacio, se destacan dos cosas: que fue un excelente alumno y que tuvo como profesores a jesuitas insignes. Efectivamente, los cursos de 1927 a 1931, de 1º, 2º, 3º y 4º año de Bachillerato, Rafael Antonio recibe el reconocimiento de Excelencia como mejor alumno por su desempeño integral en el Colegio. La segunda cosa es que en ese tiempo había en el Colegio San Ignacio jesuítas insignes, tales como los PP. Luis Zumalabe, Manuel Aguirre, Ricardo García Villoslada, Feliciano Gastaminza, Luis Arrizabalaga y Víctor Iriarte entre otros, y los hermanos Bonet y Pepe. No dudo de la impronta humana y espiritual que recibió Rafael Antonio en esos años, de modo que la amistad y consejo de esos jesuitas le acompañaron  en su vida de adulto, dejando en su persona una huella profunda  que no se borró con el tiempo.

Ayer como hoy, los jesuitas hunden sus raíces pedagógicas en la experiencia ignaciana de los Ejercicios Espirituales y en la tradición educativa de la Compañía. De la experiencia educativa de Ignacio y sus primeros compañeros en la Universidad de París, se formuló un modo y orden de estudios conocido como la «Ratio Studiorum» que, desde el siglo XVI, impactó el modo de concebir e impartir la educación en escuelas y universidades en el mundo occidental. Pero este modo y orden educativo tiene impacto formativo si cuenta con la presencia de educadores apasionados que han hecho suya la pedagogía presente en los Ejercicios Espirituales, lo que se conoce como «pedagogía ignaciana».  Más allá de la trama conceptual con que se presenta la pedagogía ignaciana, está la experiencia en un Dios que se preocupa, se ocupa y se comunica de modo personal con cada uno de nosotros.

Los maestros de Rafael Antonio sabían que la educación se consigue queriendo a las personas, a sus alumnos, en la que la relación personal maestro-alumno, respetuosa y libre, es fundamental para formar el corazón del joven. En ese contexto de confianza, se le ayuda al joven a hacerse cargo de sus limitaciones y de sus múltiples potencialidades.

La mirada del educador formado en los Ejercicios Espirituales sobre el mundo, sin ignorar las profundas contradicciones y el mal presente, descubre que el mismo procede de la bondad de Dios, y que Él sigue estando presente y trabajando en el mundo aún en las situaciones más inhumanas.  Descubre, también, que el Dios hecho hombre en Jesús sigue invitando a que nos sumemos a trabajar junto a Él, así en la pena como en la gloria, ofreciendo todas nuestras personas para tal trabajo. El discernimiento como la búsqueda continua de lo que Dios quiere de nosotros, no para hacer el bien, sino el mayor bien, se vuelve la brújula que marca los pasos en un mundo complejo y, tantas veces, quebrado.

Por ello, esos «viejos jesuitas» vivieron su experiencia de ser maestros, formadores de jóvenes, con total «ánimo y liberalidad», asumiendo la vida con pasión, tratando de responder a la invitación del Señor en un seguimiento incondicional, que selló sus vidas, y dejando huellas indelebles en la formación de los jóvenes ignacianos. Quizás, algunos de los rasgos de esta pedagogía puedan iluminar, aunque sea parcialmente, la formación que recibió el joven Rafael Antonio y no pocas de sus convicciones y actuaciones posteriores. De hecho, al ir leyendo el mensaje póstumo al país del Dr. Rafael Caldera, me fueron viniendo a la mente claves de interpretación, más allá de las expresiones literales, que sin duda han tenido que ver con lo que fue su formación ignaciana.

El Dr. Rafael Caldera no siempre estuvo de acuerdo con la actuación y posiciones públicas de algunos «nuevos jesuitas», de ahí que hablara de  que su formación la había recibido por parte de los «viejos jesuitas». Estas divergencias son legítimas y, además, son una muestra de que la formación ignaciana es capaz de cobrar distancia crítica sin romper puentes de diálogo. Pero, también, en honor a la verdad hay que decir que siguió fiándose de la educación ignaciana impartida por los «nuevos jesuitas», como se muestra en el hecho de encomendarnos la formación de sus hijos en este Colegio. En definitiva, los «nuevos jesuitas» hemos tratado de seguir siendo fieles a lo mejor de la tradición heredada de nuestros mayores. De todos modos, las nuevas generaciones ya nos denominan a nosotros como los «viejos jesuitas» del Colegio San Ignacio.

Como Provincial de la Compañía de Jesús quiero expresar públicamente el agradecimiento por el respaldo que, en no pocas ocasiones, recibimos del Dr. Rafael Caldera, como persona, como profesional y como hombre público. Quiero expresar este agradecimiento a su esposa, Dña. Alicia, con la que he tenido el honor de colaborar bastantes años en la Fundación del Niño; y a sus hijos e hijas, Mireya, Rafael Tomás, Juan José, Alicia Helena, Cecilia y Andrés.

Queremos agradecer, una vez más, al buen Dios por la vida del Dr. Rafael Caldera, especialmente por su vida de hombre público, que dedicó su vida entera a construir un país en donde se alcance una paz política y social, una promoción del hombre con justicia y un desarrollo económico y social sin ningún tipo de exclusiones, en libertad y democracia.

Para terminar, llevemos en nuestros corazones las palabras de bendición que hemos escuchado: «El Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer tu rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz».

 

Amén.

 

Jesús Orbegozo, S.I.

Provincial